Todo es de color

Están (han y lo seguirán haciendo) tomando las calles. No lo dicen a las claras los pieles claras, pero lo insinúan en sus noticiarios de bustos parlantes, lo analizan los panelistas de las tertulias con algunos matices, pero qué mejor que matizar para confirmar, asentar, consolidar la mayor de una afirmación que flota en el aire, lo muestran esos torpes y nefastos programas de los departamentos de relaciones públicas de las fuerzas policiales que pululan en el éter enseñándose como frontera sanitaria-legal-civilizatoria-servicial-impoluta-sacrificada-defensora del bienestar social frente al mal los malvados la infracción la ilegalidad. Son las bandas latinas que asolan las noches blancas, la banda juveniles que de California saltaron a El Salvador Honduras Guatemala y por eso de las pieles oscuras a todo el continente tan lejano para verlo y tan cercano para calificarlo. Y tras el irrefrenable impulso de considerarlos adolescentes sicarios del maligno, la imagen se desparrama en las sinapsis de los telespectadores cibernautas lectores, si quedan en número suficiente. Anegan las percepciones de los aborígenes que construyen la verdad de su milanesa. Porque latino (nada tiene que ver con los etruscos) es piel con facciones diferentes fáciles para la nueva eugenesia que todo lo mide y cataloga es reggaetón hip hop trap insolentes-incorrectos-primitivos-desvergonzados- molesto (qué rápido se envejece) es violencia-arma blanca-fierro tumultuoso es vestimenta colorida de mal gusto talles exagerados cadenas de oro es acento de léxico encriptado amenazante-irredento-del gueto, es postura mano de dedos manos tatuajes vueltos simbolos, pero es también familia que los pare es incultura es miseria es gastronomía es (mal) hábito es descontrol es carne de cañón es posible mestizaje es santería, es todo lo que amenaza.

Con la mirada intacta ante la sorpresa que acompaña desde el tiempo del ñaupa (aunque el cuerpo vaya diciendo basta), cada llegada de trabajo contacto mezclo camino me busco la vida y sobre todo me abandono en cualquier terraza para llenar la panza de dobles de cerveza y mirar poner en claro mi piel clara y mi cabeza oscura. Sí, están y le hacen tanto bien a la ciudad que hace daño a los sentidos. todavía no ocupan su merecido lugar político (que no sea cómo Londres que pasaron cuatro décadas para ser representados). Es más que los sentidos que están padre, son las formas que están acojonantes son las miradas que refrescan-incitan-iluminan-construyen son quienes salvaran a los pieles claras de sus telarañas aunque no lo sepan o rechacen. Dos tres cuatro más muchos dobles más para brindar porque ellas solo ellas dan una chance a los que vienen atrás. el flow es contagioso y no discrimina pieles porque todo es de color todo es de color todo es de color… Salú.

Un hombre (tan) solo

Se da, pensó Ventura amanecido en una calma chicha salina putrefacta recalentada. Le echó la culpa a la falta de vientos a la mar sin borreguillos a las ausentes aletas que le rondan para saberlo vivo, a la incomparecencia de esos sueños ruidosos del deseo. El océano, a veces, es un espacio tediosamente vacío. Hay que saber soportarse, pensó. Al fin de cuentas, hiló párrafos, no recuerda cuándo comenzó a hacerlo cuándo supo que el corso le venía a contramano, si fue de chico por ansiedades de joven en la calle o en la mar por ansiedades de adulto sin compromisos legales por ansiedades, si la curiosidad le había marcado ser inconcluso, saltamontes langosta migrante o era justo todo lo contrario y la necesidad lo había convertido en un Diógenes de intangibles patrimonios. Ni bien ni mal. Ventura no está para juicios. De alguna manera así ha sido antes del naufragio y no hay vuelta atrás no hay remar para evitar que amanezca y vivir en la acogedora oscuridad no hay dramas y sí risas porque todos sus fantasmas tienen sentido del humor son alimenticios doctos irónicos y muy, pero muy, cínicos ácidos picantes y cogen de película, nada que ver con almas cándidas de los acompañados. Se da, es así, habla Ventura sin auditorio, se ama solo ducha solo matea solo camina solo viaja solo trabaja solo toma solo come solo interactúa solo festeja solo espera solo brinda solo siente solo en medio de la multitud, de la diversidad, de los paisajes, de las ciudades o, como ahora, del vacío y su tediosa calma chicha. Ventura hace memoria, «entramos y salimos dejando indemnes de nuestra selva a quienes penetran, tantas nuestras faltas de ortografía tantos nuestros errores gramaticales, tantos nuestros acentos, somos tan de cuadros chicos…», pero para sacar la letra de esta banda sonora matutina despelotada ajada de salitre y piel y nada excitante recordable peleable abrazable para invocar e irritar a los dioses de los elementos: “soberbio en la cuerda floja mantiene alta la vista en su equilibrio/ sobre su frente la carpa, recuerda un rito tan triste como antiguo / detrás sin riesgo ninguno mil ojos desconocidos que le observan esperan en su silencio que un leve fallo le pierda y caiga en tierra / no ven a un hombre en el hombre, ni tan siquiera su vida interesa, tal vez querrán conocerla cuando retiren el cuerpo de la arena / un hombre solo, un hombre sólo”, amasijaban Décima Víctima en un concierto de hace muchos años cuando parecía que no se estaba tan solo y hablaba hablaba hablaba hasta empastar la comisura de sus labios y saberse pesado, escribía escribía escribía hasta lograr el silencio. Ni bien ni mal. Se da en el circo que es tierra o mar, qué más da, nunca se tiene lo que hace falta, cree Ventura que rasga la memoria para con un mediomundo pescar las palabras de Marguerite Duras: «la soledad no viene, se hace…, yo la hice», yo la hice yo la hice yo la hice para ser un hombre (tan) solo.

Staccato-silencio-loca

Staccato, notas acentuadas recortadas para exagerar el ritmo contra un ministro de consumo que pone en la partitura qué son y representan las macrogranjas. Saltan las notas. En el pasado también opinó sobre el turismo devastador depredador insostenible de trabajo basura y se la tienen jurada. Pero esto de hablar del lado oscuro de la ganadería hiere lo patrio que para algunos es como cuestionar la jota. La carne es carne y qué más da si viene de extensiva o intensiva, es carne. Se arma una big-band por intereses varios. Lo insultan, menosprecia y hasta se chotean de sus palabras. Hablamos de esos cortes de carne (cerdo, ternera, ave) envasados en bandejas de muchos lineales y vitrinas de los supermercados y afines que menguan en la plancha de tanto sudar una vida inmóvil farmacocinética umbría. Comida basura chatarra y hasta ultraprocesada. Después lo médicos dictan que los males entran por la boca mientras sacan un papel sobre la comida equilibrada y nutritiva. Vistazo mueca y cálculo económico. No da, por la boca vendrá la muerte. Y esa carne del lineal, tiene forma de carne, recuerda algún sabor de la carne y llena la panza. Silencio, las notas se cortan abruptamente.

Staccato, un príncipe de la Britania quiere hacer un “sinpa” porque aduce que la cuenta la pagó el muerto. Qué gracioso era abusar de status posición notoriedad para intimidar y abusar a menores. Estaban todos los libertarios en las fiestas, hasta alguno que fue presidente y lo votaron decenas de millones porque los representaba en dichos y actos. Silencio porque cruzando St James´Park los “viernes de vino” era un botellón sabido en plena pandemia. Otro votado. Un mentiroso compulsivo que tiene un botón rojo para su armamento nuclear. Ahora le reclaman, se disculpa, le piden la cabeza, dice que trabajaban, no le creen. Pero el ruido de hoy lo llevó ayer al número 10 de Downing Street cuando el staccato era a puro ritmo. Vendrá mañana el silencio.

Un muchachito que juega al «sphairistiké» por los lawn tennis del mundo donde acuden la gente bien con sus viseras a cuadros y lentes de sol, mintió a las autoridades de emigración australianas y entró sin vacunarse. Se armó el quilombo a todo ritmo, tipo los Blues Brothers. Las notas bien marcadas y cortas suenan a nacionalismo religión antivacunas cálculo mediático mentiras risas banderas íconos.

A todo ritmo el staccato cumple su forma silencio-notas acentuadas cortas-silencio. Es injusto atacar el estilo. Son los tiempos soportes herramientas, el tsunami que una periodista blandía cuando los teletipos escupían noticias descontrolados. Una llevaba a la otra y debajo de una piedra alguien emergía para decir lo antes callado. Un tsunami que terminaba en la calma chicha. El viernes pasado, se cumplieron 44 años de la muerte del rey del ritmo, el maestro del staccato que fue seña de identidad de Juan D´Arienzo. Un viejo fascinante a mis ojos infantiles que de vez en cuando me levanta el ánimo escucharlo. Y espero su risotada jajajaja cuando le saca los acordes a su orquesta típica en “Loca”. Sin letra, todo dicho en cada nota de su staccato insolente porque loca es la diaria que aceptamos asumir contra ese mínimo criterio.

Estoy lleno de serrín

Era una tórrida tarde de verano lejos del río. Los gurises, aún pálidos tras cambiar de hemisferio, se mostraban inagotables inmunes al jetlag y los mosquitos excitados por el desborde de la naturaleza en sus retinas por los bichos y aquella pileta fácil de nadar de zambullir de chapotear entre risas nerviosas y tragos de agua imprevistos. Los gurises hay que tenerlos con la edad exacta para acompañar sus energías y, hay que reconocerlo, a mí me agarraron en los descuentos del complemento (una incógnita un decoroso suplemente un cinco sin recorrido). Hasta los perros habían desistido de seguirles el ritmo acostumbrados a un mundo de grandes más bien quieto y nada ruidoso. Las chicharras hacían de escobillas y entre charlas de encuentros de tiempos de ausencia de siestas en hamacas, se logró que cambiasen la pileta por una mala idea:

las guerras de agua con mangueras baldes pomos bombitas donde el objetivo era empapar ahora a la abuela ahora al viejo ahora su mamá ahora al marido de la abuela ahora a mí. Tranquilidad con atenuantes de a mí no tiren para allá, no sean malos que tengo una lesión cerebral; una tórrida tarde de verano. En esas, Aníbal, un amigo de la familia egresado como abuelo un par de décadas atrás tuvo la feliz idea de calmar a las fieras con música y juegos y mucha calma y mucha paciencia. Por turnos les cantaba “soy payasito de circo, estoy lleno de serrín, si me tocas el ombligo, con los brazos hago así (abrazos)”.  Primero empezó él, después les dejó a ellos y ya pudimos tomar unos mates y secarnos. Lo recuerdo porque me pareció brillante como una acción de comunicación alternativa fácil de entender y carente de todo contenido más que mostrarse como un “payasito de circo” que, por otro lado, es una figura desconocida en la actualidad o cuando menos sin el peso escénico de antaño.

Quince años después, la escena de domar los ímpetus infantiles a través de un autómata lleno de serrín nos produce risa cuando damos pie al estribillo  con soy payasito de circo… La verdad, funcionaba y los gurises veían en la figura de Aníbal un más allá vuelto un payasito, algo que hoy los expertos en mercadotecnia han trasladado a la política como herramienta principal de la dirigencia de los neopolíticos empresarios masterizados en postgrados ligeros livianos inmediatos tsunámicos y clonados donde la parte es el todo y la respuesta es un guiño un gag un verbo fácil sin contenido. No es nuevo, pero la sociedad de la imagen, rota la vergüenza de la falta de rigor, la utiliza sin rubor (quizás, tan solo quizás, el camarógrafo sienta incredulidad por lo que el objetivo capta y retransmite). El Campechano (y su corte) reinó a piacere no hace tanto. Fue ayer, nomás, y bastaba un guiño de humor para la genuflexión de quienes sabían que tan solo era un agujero negro de la transición española. Pero hoy, en el occidente que es poniente, la platea cada vez más mueve la cabeza al ritmo heavy metaleros lisérgicos donde la letra es innecesaria, pero no la imagen. Un ejemplo paradigmático es el presidente de Uruguay, sí la misma república que trascendió por otro presidente, el Pepe Mújica, ahora es gobernada por una agencia de comunicación atenta a una bolsa imaginaria de valores que maneja con descaro como si las personas fuesen tan solo audiencias para un rating sin método de medición, pero con titulares. A sus ya conocida frases sin contenido (haré la excepción de la primera: “gobernaré para los malla oro”, una declaración de principios propia del siglo XVIII, pero con contenido ideológico al fin y al cabo): “me hago cargo”, que es salir del paso sin pronunciarse, esperar el olvido con otro tema, tan solo ruido, “la libertad responsable” para la trasladar a la población la culpa de la inacción gubernamental (el país de América del sur que menos gastó en la lucha contra el Covid-19 con resultados dramáticos), “vuelvo con deberes para hacer”, infantil respuesta para evitar en qué se falló y qué se hará con la plaga de incendios forestales, o sin frases, vistiéndose de militar en África, de piloto de combate, empapado por el agua mostrando músculos de gimnasio, tenso hasta el ridículo con los puños cerrados, obsesionado por los selfies por algún complejo de ser algo que la naturaleza no le dio. Y todo palidece con una supuesta encuesta (al menos una al mes se publica siempre con resultados abrumadores de aceptación), que en estos día reflejaba que, ni más ni menos, él, Luis Lacalle Pou es, tras Joe Biden, la figura pública internacional más destacada. ¡Qué loco! ¡El segundo más destacado del mundo! ¡Guau! Y tercera Merkel. ¡No se compara! ¡Viva el segundo más influyente! ¡Por favor, quiero un selfie con tremendo personaje!

Aquella tarde tórrida de verano se vuelve a repetir pero sin gurises disfrutando y Aníbal jugando a bajar la algarabía con su canción.  “Soy payasito de circo, estoy lleno de serrín…” si me dan una encuesta desopilante, con los brazos hago así…

El nido del cuco

Primero, necesitamos confirmar tu identidad. A continuación, encontrarás instrucciones y un vínculo que puedes usar para cargar una copia de tu documento de identidad con fotografía emitido por el gobierno. ¿El gobierno? ¿Cuál?, pensé que podía ser prófugo y estar por el éter conectado con compinches. Vamos, eso me dijiste cuando entré y solo querías una dirección de correo. Pensé que la contraseña era un guiño de colegas, de complicidad, de qué pasa tío, todo bien por acá o todo mal pero el maldito guiño nos hace vivos. Está bien, sos el I’m A Beleiver de Neil Diamond y yo quería escuchar a Wyatt, porque tu máquina nada tiene que ver a la Soft Machine antes de quebrarse en un día de junio de golpes de estado de 1973 a miles de kilómetros y vos volando al frío piso. Asegúrate de cargar una copia legible en la que se vean claramente el nombre completo y la foto del documento de identidad. Esta información se mantendrá en confidencialidad y tu documentación se eliminará. ¿En serio?, no importa que el viejo Robert esté en una silla de ruedas y yo me haya convertido en un trozo de metal oxidado para seguir pensando que, bueno, son divertidos pero inútiles, que tragamos tus reglas escritas y tenemos que darte hasta nuestros calzoncillos sucios porque chequeados, los eliminarás. Ten en cuenta todas aquellas cuentas en conformidad con la política de cuentas de parodias, comentarios y admiradores de Twitter  no incumplen nuestra política de suplantación de identidad. Entonces, desde la mitológica California, sos otro más de mis gobiernos, por eso me pides mi documento de identidad que eliminarás y yo crédulo confío para que un evangelista brasilero no enlace mi cuenta a sus malditos feligreses admiradores de twitter. Sí, poca conexión o mucha, o risas o drama de frenopático donde tirar el váter por la ventana para salvarse del gobierno de la enfermera Ratched te define porque tu nido del cuco gobierno administración maquinaria y enmiendas, no nosotros los pacientes los locos los tarados los rotos los quebrados los ausentes los alucinados los constructores de castillos en el aire los flipados…, estamos ciegos pero vemos lo que se tira en el tarro.

Dos piedritas

Ventura nota sus piedritas en el bolsillo del pantalón. Han estado en sus bolsillos más de quince años. Son dos, chiquitas limadas por la arena la mar el viento, una clara y la otra oscura. Fue en la playa un tormentoso día de verano esperando el ocaso, una de esas infinitas fronteras de arena y mar portuguesas donde la costa de oriente enfrenta al poniente. Julieta y Matías revoloteaban como crías de gaviota jugando a buscar los límites de un paso más ante las olas y dos de vuelta para procurar refugio entre las piernas y las manos de su viejo, atentos a las palabras hiladas en historias de navegantes precipicios galernas monstruos marinos y marinos monstruosos, a la parodia hecha sketch donde los tres rodaban hacia atrás para despedir el sol y quedarse bocarriba mirando el cielo que oscurecía sin el rayo verde que deberían buscar el resto de sus vidas. Fue ahí que Julieta las encontró se las puso en su mano y le hizo cerró el puño. ¿Te gustan?, somos Matías y yo, es un regalo para que nos recuerdes siempre cuando estés lejos papá, dijo Julieta. Él las metió en el primero de todos los bolsillos que le habitarían. Nunca ejercieron de cábala y menos de amuletos; tan solo eran dos piedritas sueltas de un instante en su memoria de salitre. A veces las sobaba dentro del bolsillo, a veces las hacía saltar como un circo de pulgas, a veces las frotaba como dados trucados, a veces estaban calladas y ausentes, pero estaban. Cuarenta años atrás, un día caminado por la Koutoubia de Marrakech una gurisita de no más de cinco años se le había acercado con unos tan-tan de porcelana para vender. Un dírham, le dijo, lo que hasta para él, un estudiante sin un peso de sobra, le pareció demasiado barato. Le dio 10 y ella los rechazó. Insistió y entre sonrisas ella por fin los aceptó y se fue blandiendo el billete como la reina de Saba. Al día siguiente en su caminata rumbo al souk, alguien le tironeó de la mano con insistencia y al girarse vio a la gurisita que rápida por cumplir su mandado le enrolló un collar en su muñeca y salió a la carrera riendo en su juego de aprendizaje. Naranja y negro, de cuentas. Ventura lo llevó puesto hasta que un día la mar se lo arrebató. Fue el único collar que llevó en su vida. Ahora recuerda que le dolió perderlo y también juramentarse que ninguno otro portaría jamás. Las piedritas por ello habitan en el bolsillo donde se cuentan las monedas para comer. Sólo una vez yendo a buscar un trabajo, uno más, en un aeropuerto, uno más, una guardia de fronteras, no una más, miró la bandeja de lo que lleve encima y mirando las piedritas mezcladas con billetera monedas teléfono encendedor cigarrillos libreta pasaporte, le soltó una sincera sentencia: “sus hijos” y Ventura levantó sus cejas. No sabe por qué ahora vuelven los instantes, pero tiene la certeza que cuando dé su última voltereta para atrás, las dos piedritas volverán a una costa cualquiera a la espera de dos crías de gaviotas humanas y un bolsillo para acompañar el tránsito errante de otro cualquiera. Así ha sido y será si hay Julietas y Matías. Y los hay.

El sindicato del sueño

El Sindicato de Linyeras-Perroflautas-Homeless-Transeúntes-Hombres del Saco, Bichicomes-Hurgadores-Cirujas-Vagabundos-Mendigos-Vadios-Crotos-Pichis-Atorrantes-Indigentes y afines (LPHTHSBHCVMVCPAI+ por sus siglas no en inglés) comunica “su solidaridad con los otros, con los que a diario tuercen la cabeza maldicen su presencia prenden fuego ríen su desgracia tapan su nariz putean su descanso denuncian a sus hijos-animales-sonidos por las nuevas restricciones de los gobiernos que los aboca a una nochevieja solitaria consigo mismo sin la distracción de la compañía sin el fugaz y entretenido encuentro sin los brindis por un nuevo año de éxitos. Se puede, ¡ánimo!, basta con inventarse un relato, recrear los sentidos ausentes de personas amadas, darse manija con golpes de suerte, estimarse más allá de la apariencia, saberse errados-acertados-contradictorios-entreverados, personas solo y solas por una o varias noches, nuevas o viejas el universo no entiende de cosmogonías. ¡Ánimo!, la mano pasa por ustedes, por ese increíble instinto de seguir, cada uno con sus singularidades que de a poco son colectivas. Sí, una o varias noches sin la evasión entretenimiento pagado es fiero, pero no el final. Les enviamos un abrazo solidario”. En una ciudad que no importa dónde.

Odín, el gato del baldosero

Existen constructos sociales que se convierten en señas de identidad de un territorio, vuelto sociedad, a la espera que un arqueólogo, cientos de años después, interpretará sin género de dudas hasta que, miles de años después, vengan otros que le pinchen el globo con otra teoría sin género de dudas. Uno de ellos es: los montevideanos caminamos con la cabeza gacha (rápidamente conduce al fácil desglose de un vendedor que ve tristeza o lo que es lo mismo reflexividad o lo que es lo mismo soledad o lo que es lo mismo perfil bajo o lo que es lo mismo, faltos de la alegría pasión jubilo color entusiasmo grandilocuencia percibidos en esos territorios que nos abrazan: Brasil y Argentina). Lejos de juzgar la justeza o no del signo, existe (lo que encontrarán los arqueólogos) un elemento de uso cotidiano que se expande por la ciudad y como en pocas otras ciudades se considera: las baldosas.

De 20 x 20 cm, cemento, mayoritariamente grises, pero también amarillas o rojas (de chico creía que las amarillas eran señal de opulencia), cuadriculadas o en barras, mezcladas sin una uniformidad establecida, dan para que desde chicos las asumamos como un divertimento más de caminar rumbo a alguna parte. Es entretenido caminar. Ciertamente con los años y dado que su mantenimiento es cosa complicada el mapa de las veredas adquiere matices: las raíces de los árboles las destrozan generando pequeñas cordilleras a sortear, las faltantes espacios para jugar a la bolita y por supuesto, las flojas que pisarlas conlleva motear los tobillos de gotitas de barro húmedo y muchas puteadas o sentir que aún se está vivo (son las “baldosas mojadas” que, además, es un gran tema de Luciano Supervielle). Para una mirada del norte, las veredas de Montevideo son un atentado a la inclusión por lo complicado de caminar sin saber “lo que puta pasa”.

Desde hace bastantes años existe un artista urbano que todo el mundo de su barrio conoce, pero que mantiene y es mantenido en el anonimato sin marchantes que alimente leyendas y venda su obra con suculentos beneficios con nombre ficticio. Su territorio es la Ciudad Vieja. Dos por tres, en la madrugada, lo recorre con un carrito de supermercado cubriendo las baldosas faltantes con un collage de retazos de baldosas coloridas que compra en una barraca porque cree en el espacio común de todas las personas. Le han llamado viejo loco, artista urbano (cosa que niega ser aunque los demás lo creamos), vagabundo, pobre, lo han creído vándalo y hasta se dio la orden y su contraorden de eliminar sus baldosas. Él a lo suyo. Lo han ido a buscar para conocer su vida y lo único que confirmado es que durante décadas vivió en el exterior, en España, Italia y Estados Unidos, que trabajo en la comunicación y retornado a principios de siglo, en su barrio, recuperó una pasión juvenil: hacer collages cuando demasiadas cosas confrontan en la cabeza. Y, porque le tememos al anonimato, alguien supo que su gato se llamaba Odín (una vez uno de sus referente había comentado que los nombres de los gatos deberían llevar una “i”) y le fue quedando (eso de los nombres uno no puede luchar contra los demás), Odín. Bueno, Odín es el nombre del gato del baldosero de la Ciudad Vieja o del barrio Concepción o de la Aduana, como quieran llamarle. Y es otro buen motivo para caminar con la cabeza gacha por Montevideo.

Sólo busco otra chica

“Bueno, no quiero cambiar el mundo, no estoy buscando una nueva Inglaterra,
sólo busco a otra chica…” retumbaba con una guitarra conectada a un vetusto Marshall en los caños londinenses de acarreo de ganado en pie rumbo a sus tediosas diarias de té con leche en cocinas enmoquetadas de rubia en bikini en la tercera página del Sun de sándwich de cremas y pavo partido en cuatro triángulos para alargar la media hora de almuerzo de borracheras a la carrera antes de la campana de sexo automatizado. Está bien o mal o no lo sé pedir deseos a estrellas fugaces que son satélites, hardware espacial que dicen y entendemos como nuestra felicidad, parece propagar en sus ondas entubadas Billy Bragg. Fuera, exhumados, el conflicto llevaba años. Así debía ser. Derechos y libertades que se peleaban para romper la milenaria condena de Sísifo del día a día del yo-tú-él-ella-usted-nosotros-vosotros-ellos-ustedes (algunos no. Pocos. Pero admirados. Deseados. Emulados. Adorados). Y sí, se perdió. Perdió el amor en todas sus expresiones, el amor político, el sentir por quien se desconoce, pero se percibe igual de necesitado de vivir que la imagen que nos devuelve el espejo cada mañana.

Renunciar a cambiar el mundo se ha vuelto cambio. Qué loco. Los baby boomers ajados cansados canosos oxidados descolocados jubilados enrocados en el relato de un siglo pasado y por ello derrotados so pena de ser estigmatizados como no democráticos, nostálgicos de violencias callejeras-sierras maestras-casbas-selvas, peor, populistas contradictorios conversos, ya fuimos. Mirar al horizonte pasa por saber que el sistema colapsa. Solo.

Gracias al brexit, ¡bien brexit!, sabemos que la estacha está a punto de cascar, que sin las personas nada funciona. que el relato del empresario como generador de empleo basura-esclavo-caritativo-xenófobo no funciona. que los baby boomers ya pocos quedan para asumir la derrota. que se llamen como se llamen las actuales generaciones no transan. que no se avergüenzan con su no trabajo por un salario de miseria. que saben que hacen falta pero no para transformarse en ese ganado en pie que transitaba por los caños de la guitarra con voz de Bragg. que si odias mi color acento olor, mi cultura, se siente, es lo que hay valor. y no hay más. oh, pobre Inglaterra, pobres centros de poder que ya nadie quiere pintarles en la pared. Pensaban que la muchachada del hoy sería tan inocentes como lo fuimos nosotros, que bastaba con tirar unas monedas en la funda de la guitarra y seguir el paso. no. dos, tres, cinco años a lo sumo para que nosotros seamos outsiders que sólo busquemos otra persona para perdernos entre sus piernas y ustedes, simples egoístas, lidien con el dilema de ser inclusivos, equitativos, diversos porque les va en sus billeteras (lo único sagrado en sus miserables vidas). “I don’t want to change the world, I’m not looking for a new England, I’m just looking for another

El juego de la oca

Durante diez años los aqueos guerrearon, fueron guerreados, tentaron entrar, rebotaron, obedecieron, acataron, pero sobre todo, se aburrieron un rato largo entre tanta orden confusa de avanzar-retroceder-amagar-confinar. Diez años en perspectiva, tal como se relata la historia, son un suspiro, pero hay que vivir la diaria de esas 24 horas x 365 días x 10 años. Un coñazo diríase por los aborígenes de la península del Poniente europeo. Y, para entretener a la huestes acampanadas, vaciarlos de inquietudes y explicarles que estaban al albur de las circunstancias sin margen de maniobra, transitaban el tiempo jugando con el disco de festos, hoy considerado el origen del juego de la oca. Después alguien le dio una pensada y vino el caballo, pero mientras, para atrás para adelante en la cárcel o en el pozo cruzando puentes cayendo en la muerte y dados que sigan tirando los dados (la versión de las casillas encriptada para descubrir el Camino de Santiago by Templarios, bueno, es eso, una versión).

Tres mil y pico años después, el juego de la oca es un clásico de los juegos de mesa que sobrevivió casi como un medidor de la buena o mala suerte que nos acompaña para recorrer esas 63 casillas hasta el jardín-paraíso-edén de la oca, llegar por fin al final, sin otra estrategia que el azar de los dados.

Un juego estúpido, pero nos explica devenidos en fichas que un dedo mueve a su antojo desde marzo del 2020. Los científicos fueron claros, lógicos y alejados de pronósticos explicaron las reglas de una pandemia. Había muchos otros juegos de mesa para plantear estrategias, adelantar movimientos o calcular que casa casilla conlleva una siguiente jugada. No. Vistos por nosotros mismos, hemos preferido convertirnos en fichas de la oca, dejarlo a la azar de los dados y, tras 19 meses que arrancamos desde la casilla de salida, las nos confinamos usamos mascarillas dejamos de besarnos nos separamos para llegar tira por que me toca a los puentes de ya está controlada el vamos que se puede ¡qué vienen los turistas!, la mirada comparada de lo mal que van en otros lares o de lo bien que van en esos lares al vamos primeros-segundos-terceros somos buenos malos, las mutaciones Delta (plus, plu+plus)-indias-brasileras-Ómicron (las que vendrán esperando la carroza), salvamos la navidad (uno y dos ya en los cines) vacunados uno-dos-tres (¿vendrán cuatro-cinco-seis?), salvemos la economía porque sin economía ¿qué carajo somos?, ya estamos llegando a la normalidad nueva vieja ajada ¡pero normalidad!, hasta que listos para llegar al jardín de la oca, mierda, caemos en la casilla de la calavera y vuelta a empezar desde el inicio.

En una pandemia, lo decían en marzo del 2020, hasta una inmunidad total y global no existe el politiquero claim: “está bajo control” y menos aventado con exclamaciones. Podíamos haber elegido otro juego, seguramente no habríamos llegado al contador de 4 millones de muerte que sigue creciendo, más acorde a lo que pretendidamente creemos ser, pero no (aburrimiento-pereza-azar). Somos las fichas del juego de la oca o del disco de festos y parece que falta mucho para inventarnos el caballo de Troya. Vaya, igualmente nos quedará la Odisea de Ulises.