Los fusiles abandonados

La guerra en Ucrania no sentará cátedra aunque por ilusiones de revertir el modus operandi de los conflictos ¡qué la inocencia nos valga! Digo, los sudaneses de la frontera marroquí que huyen de una guerra olvidada pero real, son una banda organizada violenta y matarlos no tiene castigo, sean 23 o 37, y es más, hay que juzgarlos por intentar tiznar la blanca madre blanca Europa en contraposición con otras victimas, los que proceden de Ucrania también huyendo de la guerra. Sigue igual. Tampoco la solidaridad que acudió “en masa” a la fronteras de aquel país a rescatarlos: está más cerca Lesbos, Trípoli, Ceuta, Melilla, las costas atlánticas marroquíes donde están los que ya no esperan más que vivir. Seguirá igual y podría haber sido un espejismo lo vivido tras el estallido del conflicto o “la normalidad” de los números clausus raciales.

En las últimas horas, el impresentable Vladimir Putin llamó a filas a parte de sus reservistas para combatir y, como es lógico, muchos que se consideran afectados por edad decidieron poner tierra por medio, convertirse en prófugos (no desertores) ante la posibilidad real de pelear salir herido o muerto en un conflicto que no lo consideran propio. Por supuesto, en Occidente es noticia que abre noticiarios sin medida ni una mínima reflexión y sí más bien como un síntoma de debilidad y soledad del impresentable Putin (repito adjetivo porque me parece más abierto y acorde a lo que cada uno quiera sumar). Pero, y si Occidente que se considera partícipe (por ahora con armas, logística y dinero), hiciese esa misma llamada a sus reservistas; ¿qué ocurriría? ¿serían los hombres y mujeres occidentales casi héroes o cuando menos atinadas personas que deciden huir de un conflicto que no lo sienten como propio? ¿Se mantendría el halago y se buscarían fórmulas para mantenerlos insertos en la sociedad? Y la más fácil: ¿serían noticia?

En la guerra de Vietnam, esa espina clavada que tiene EEUU y que pese a publicaciones y películas nunca ha podido acomodar el relato porque por única vez la prensa tuvo las manos libres para informar, decenas de miles de muchachos estadounidenses se convirtieron en prófugos aunque se les tildase de “desertores” erróneamente (el prófugo no se presenta a filas y el desertor se marcha de las filas). Miles, decenas de miles, sobre todo en Canadá pero también en México y por el mundo. A tal punto que Bob Dylan habló de ellos una canción en 1975, If You See Her, Say Hello (If you see her, say hello / She might be in Tangier…). Eran antipatriotas, vagos, hippies, drogadictos y, lo que es peor, estudiantes universitarios… Pasaron algunos años para permitirles el regreso al Estados Unidos derrotado.

Cuando Antonio Tejero y otros y otras decidieron intentar un golpe de Estado en España, allá por un febrero sin carnaval de 1981 (o quizás ellos y ellas eran las mascarita y nadie se dio cuenta), en el Parque de Automóviles de la Armada española en Madrid, la espera era tensa y nerviosa. Los automóviles listos para intervenir ya que la Armada era contraria al golpe y en esos momentos las preguntas rondaban las cabezas de los acuartelados. ¿Habría un conflicto real? ¿Las fragatas y corbetas abrirían fuego contra los tanques de Milans del Boch en Valencia? ¿Qué hacer? Pero sobre todo, ¿cuál sería la mejor ruta de escape? ¿Francia o Portugal? La guerra la patria el deber eran cuestiones que se alejaban a cada minuto que pasaba. Sí estaban las querencias presentes. En aquel cuartel atrás de la Plaza Roma, cada uno se debatía un dilema moral lindo en teoría, pero complicado en la práctica cuando pintan bastos: vivir o pelear. Por suerte, estaban los veteranos, aquellos a punto de jubilarse y que habían vivido la guerra civil española. De entre ellos, Manolo, el jefe de chapa y pintura, viendo los corrillos de marineros y sus miradas pérdidas frente a los automóviles listos para desertar, con tranquilidad pasmosa soltó: “cuando se tuvo noticia del alzamiento nacional y el estallido de la guerra civil, en Ferrol, donde hacia la mili como vosotros, solo se veían fusiles abandonados, tirados por el suelo o apoyados contra la pared. Ni guardia quedaba en las garitas. ¡Al carallo con los guerreros!”

«La Frontera Salvaje», dato mata relato

Durante siglos, primero las potencias coloniales europeas y después Estados Unidos, América, la que antes era y ahora ni por su nombre es y se refugia con una terminología inexacta (entre latina, hispana, ibera porque que a nadie le digan que Norteamérica incluye a México), fue una frontera salvaje divida por un océano que sumó un río, pero sobre todo, muchos prejuicios que hicieron el relato que hasta hoy nos acompaña. Un relato lleno de causas ficticias inventadas prejuiciosas que dan una consecuencia: el continente más imposible de la Tierra.

En el hoy se repite como un mantra Cuba Venezuela Nicaragua representan todo el mal que nadie desea para sus vidas, aquello de si no te duermes viene el hombre de la bolsa para sumergirte en terrible pesadillas. Y pongamos que el hombre de la bolsa existe, pero por qué existe, qué le llevaron a protagonizar el papel del malo en la película (si verdaderamente es el malo o su bolsa está llena de maldades) o es parte de ese relato de seres fantásticos o ángeles caídos. Es evidente y conveniente que exista una mirada reduccionista de buenos y malos, de puros e impuros, de divinidades y demonios que nos permitan prejuzgar a los demás, cuestionarnos y a lo sumo, ser condescendientes con esa paternal mirada: no saben lo que hacen, nos están cualificados para gobernar, son populistas, no tienen solución o más abiertamente, es una merienda de negros, hacen el indio, son comunistas vagos indolentes aprovechados salvajes sucios… Es larga la lista pero de una u otra manera, enfrentar una noticia sobre un acontecimiento en el continente americano está llena de prejuicios y solo aporta la certeza de la imposibilidad de ser de cientos de millones de personas.

El libro “La Frontera Salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina”, de Jorge Majfud, es una sisga tirada al muelle para acercar esa nave del prejuicio creado a través de los hechos y que explica con datos ese terrible accionar impuesto por EEUU como nueva potencia colonizadora y a la postre imperio global que arranca a primeros del XIX hasta el hoy. Datos de fuentes existentes y contrastadas (las que salvaron del fuego o la picadora de papel), de las actas y comités del Congreso de EEUU, de los discursos presidenciales, de las publicaciones públicas, privadas o mercantiles, de los informes diplomáticos, de las universidades y, por supuesto, de las hemerotecas.

Datos y no relatos que explican los hechos que sabemos que existieron pero mejor dormir no vaya a ser que venga el hombre de la bolsa. Porque sabemos que el genocidio de los pueblos originarios en EEUU existió como la esclavitud durante siglos de personas traídas de África, pero nos falta saber cómo semejante barbarie en nombre de la civilización (democrática y llenas de leyes en pos de la libertad) se justificó, normalizó y alentó en palabras de sus protagonistas. Y son terribles descarnadas persistentes y están ahí para su consulta.

Datos y no relatos de 200 años en nombre de la democracia la libertad el cristianismo y  el beneficio empresarial de invasiones golpes de estado de bloqueos de asesinatos masivos de poner y quitar presidentes de explotación de la carne y los recursos del financiamiento del caos donde sacar partido.

Datos y no relatos de cómo el accionar fue mutando en función de los tiempos, de las herramientas utilizadas en cada momento: el Estado, los mercenarios o filibusteros, las empresas (las que inmortalizaron el peyorativo nombre de “las repúblicas bananeras”, las agencias gubernamentales, los terroristas a sueldo y, cómo no, los medios de comunicación siempre dispuestos a un relato a una fake news por una cifra considerable

Datos y no relatos que explican ese fanatismo despiadado que hoy nos acompaña y explica que otro Donald Trump (que no es el primero ni mucho menos) o un Bolsonaro ambos elegidos por los votos sean el bien frente al mal de un Petro o un Lula (ni que decir de Maduro, Díaz Canel u Ortega).

Datos no relatos fruto de años de investigación desde adentro, desde una universidad de Jacksonville (ciudad que lleva el nombre del séptimo presidente de EEUU célebre por su odio a los indios que justificaba: Los indios fueron completamente derrotados y la banda de descontentos fue expulsada o destruida… Aunque debimos actuar con dureza, fue algo necesario; nos agredieron sin que nosotros los provocásemos, y esperemos que hayan aprendido para siempre la saludable lección.) y que intenta entender esa justificación al fanatismo que de alguna manera afecta a todo occidente sumido entre el bien y mal. No es lo mío hacer críticas a un libro, pero me parece fundamental su lectura para hacer evitable el final del relato anunciado y, sobre todo porque, dato mata relato.

¿Cuál es el lema de los cadetes de la militar de West Point? ´NO MENTIRAS, NO ENGAÑARÁS, NO ROBARÁS NI PERMITIRÁS QUE OTROS LO HAGAN´. Pues, yo he sido director de la CIA y les puedo asegurar que nosotros mentimos, engañamos y robamos. Tenemos cursos enteros de entrenamiento para eso. Los que nos recuerda la grandeza del experimento estadounidense. (risas y aplausos) Mike Pompeo, Secretario de Estado de Estados Unidos. Texas A&M University. 15 de abril de 2019

Es lo que el público pide

En una pequeña ventana en el margen inferior derecho de la pantalla pasa una caravana fúnebre o unos caballos fúnebres o unas personas fúnebres o unos soldados fúnebres pero pasan y no dejan de pasar mientras la locutora avisa que se viene un otoño y, peor aun, un invierno donde pasaremos frío, mucho frío porque alguien la cagó y ahora toca pasar frío, mucho frío como escarmiento, y que compraremos menos comida, mucha menos comida como escarmiento porque las monedas suenan poco en nuestros bolsillos y alguien se la está llevando a paladas porque la carestía es negocio legal y lícito y, a la vez, hay un making of de una guerra entre el mal y el bien. Vaya, ahora le encuentro la lógica de la ventana en la pantalla porque está mostrando que una semidiosa del bando del bien está siendo paseada a su última morada y es necesario no perder detalle no vaya a ser que se levante y vuelva al trono o que un fanático republicano le lance un reproche a su ataúd o a la comitiva real que lo es en uniforme medallas y número. Hay un empacho de medievalismo fúnebre o así lo siento. Es la última voluntad de la fallecida, es su última puesta en escena diseñada al milímetro, dice la locutora. Años planificando esta demostración de nostalgia imperial casi faraónica es uno de esos espectáculos deseados por los programadores de la realidad. No sé por qué me vienen las imágenes de una plaza en Corea del Norte (que no está invitada ni tampoco Rusia ni Afganistán ni Venezuela porque las espadas de la libertad y la democracia están en alto) festejando al líder, pero eso son cosas mías que tengo testa cattiva. Un espectáculo que bate récords, donde los súbditos hacen trece horas de cola para saludar a su reina muerta tras trece horas de colas porque el número importa y el sharing es una medida inventada hace siglos para hacernos sentir culpable con la sentencia: es lo que el público pide. Y sí, solo me alegro por los vendedores de merchandising con sus tazas, pines, banderitas, juegos de té, platos y demás abalorios recién importados de Asia, de sus antiguas colonias. Es cierto, faltan representantes de los territorios antes colonizados y ahora explotados por compañías o pacificados por las armas (hasta un punto que la solución nunca es solucionar el problema). Pero faltan, claro que faltan en el desfile los pueblos de África, Asia, Oceanía, América y el Caribe con sus danzas de guerra presentando vasallaje a la muerta (no en vano fue la propietaria de un sexto de la tierra) como en vida mostraban los medios sus viajes imperiales e imperiosos (quizás sería un exceso una ristra de esclavos encadenados que están en el origen de las ganancias que pagan el espectáculo con trece horas de colas y ventana en la pantalla todo el día). No, el desfile es blanco y el único exotismo posible es el gaitero escocés omnipresente en una unión de territorios que se agarran con pinzas. Un espectáculo lleno de imágenes de profunda emoción o no tanto, pero la locutora del noticiario así lo lee en el teleprónter y si lo dice la tele será cierto. Caballos perritos ositos (al zorro nunca lo invitan), hijos nietos bisnietos sobrinos primos cuñados y cuñadas son objeto de deseo de los objetivos de las cámaras porque en el espectáculo unos ven la normalidad de una familia que perdió a la abuela pero que se odian o aman o desprecian pero con uniformes y medallas y otros ven la divinidad que pese a los impertinentes revolucionarios franceses nunca ha dejado de existir por el bien de nuestras distraídas vidas que necesitan ese símbolo que nos rige haciéndonos diferentes, partes de un gran mundo lleno de hambre muerte mísera odio guerras y dictaduras corporativas. Es un espectáculo real y como dicen en el teatro cuando sobreviene una muerte, debe continuar porque a juicio de los programadores de la realidad: es lo que el público pide.

Narcisos en flor

Nada es por casualidad aunque le otorguemos al azar un protagonismo inexplicado, pero necesario como una tercera persona que nos acompaña como una sombra nocturna. Lo digo porque hacer poco una amiga desconocida ya de años en una red social tuvo a bien recordar una entrevista hecha por Rosa Montero para El País en 1984 dejaba correr la grabadora y sus dedos tecleadores de la máquina de mostrar la autoestima de su entrevistado. De aquel lejano al treintañero al presente septuagenario los hechos han confirmado la sinceridad de sus palabras. Punto a su favor.

Hasta el momento las señales eran claras, sus actitudes evidentes, la gestualidad condescendiente y las palabras, a veces propias a veces puestas, tienen esa grandilocuencia de transmitir que en estos tiempos y por su gracia, la gracia de tres, vivimos momentos históricos (hay que desconfiar de quienes se creen forjadores de historia, pero es una opinión de veterano), vivimos en tiempos de guerra y lo que es peor, justificada gloriosa necesaria; una cruzada en el nombre de otra cruz igual de militarista. La simbología es bella, dicen.

Hasta el momento conocíamos que el rival de nuestro protagonista estaba personalizado en un siniestro presidente exhibicionista montado en un caballo con el torso descubierto, haciendo artes marciales contra (in)voluntarios soldados, mostrado sus fálicas armas en desfiles, practicando deporte, acariciando niños portadores de ramos de flores, distanciando a sus pares en kilométricas mesas decimonónicas, jactándose de un difuso pasado en la KGB y, sobre todo, de gestualidad pétrea y palabras ásperas. Vladimir Putin es un combo que gusta presentarse con la verdad en sus palabras y, en caso contrario, con la fuerza de sus puños para terminar una noche de vodka mal enfocada. Por su lado, el presidente del otro bando, Volodimir Zelenski, encarna al superhéroe de película, recordado por las escenas donde saca una metralleta y extermina un parlamento, por sus acercamientos a cámara para reclamar armas y dinero a los telespectadores, impoluto en una guerra, musculado a cada más, uniformado pero con estilo, capaz de mostrar ese lado más chic para la prensa de variedades, omnipresente pero siempre peinado, devenido en una mezcla de Jesucristo-Churchill-Bruce Wayne y que no acepta aplausos menores a diez minutos.

Y aunque la respuesta a la pregunta hasta el momento no se quiere dar, ¿por qué han llegado a la guerra si se sabía que el camino era-es-será la paz?, se explica en la entrevista de Rosa Montero, donde su entrevistado, el jefe de la diplomacia europea Josep Borrell se “desnuda” para estas pobres personas que lo leemos vemos escuchamos aceptando que para eso está (para defender y exportar la democracia y la libertad sin pedir nada más que unos recursos unos mercados una frontera más allá) y que él decide por…, bueno, mejor leer qué siente cuando nos ve:

“Lo cierto es que el mero hecho de hablar en público, sólo el hablar en público, es ya una satisfacción erótica. Yo la he sentido incluso como profesor de universidad. Primero, porque hay una relación de superioridad manifiesta. Ya de entrada te sitúas sobre una tarima, sabes mucho más que los demás y no pueden interrumpirte fácilmente. Luego tu ego ya está situado por encima del común de los mortales. Y eso gratifica. Si encima lo haces bien, desarrollas una cierta satisfacción intelectual, porque ves que razonas y los demás escuchan tus razonamientos…”

Narcisos en flor o flor de narcisos, justo lo que las personas no necesitan ni ayer ni hoy ni mañana. O eso creo.

Elegir el llanto

El gobierno Canario anunció que en lo que va de año, al menos 1.000 reinas y reyes, princesas y príncipes, duquesas y duques, infantas e infantes, murieron o desaparecieron en la travesía atlántica conocida como “la ruta Canaria”. Y aún falta lo peor, cuando la mar y el tiempo cambian el escenario y se arbola. Un escenario más de los muchos con los que Europa y Estados Unidos conviven adentro de sus murallas salinas espumosas dulces alambradas desérticas, de púas y cemento. Pasmosa y argumentada normalidad. Sus viajes no son oficiales, no les bailan con su exótica vestimenta las tribus blancas del norte. No les muestran sus cuerpos pintados. No les cantan en sus primitivas lenguas ni le comparten su comida de plástico. Cuando acontece la muerte no se paran las rotativas, no se repasa su vida como hitos de la supervivencia humana llevada al extremo y aun así, sonrientes optimistas creyéndose posibles, constructoras de sueños. No se hacen panegíricos semblanzas in memoriam, ni se cuenta que lo han sido todo por todos con sus resistencias que han sufrido el saqueo vandálico de sus recursos la guerra la hambruna las enfermedades la contaminación que las aguas y el viento arrastran desde lejanos reinos a sus vidas. No hay lutos oficiales ni lazos en los perfiles de las redes ni cortejos fúnebres ni tuits ni telegramas ni fotografías ni familias pueblos países imperios mundos desconsolados. No hay. Simplemente no hay, desaparecen o yacen en fundas mortuorias rumbo a cementerios de tumbas NN, sin nombre sin historia sin llantos de miles de millones de personas que sienten congoja por su muerte, también anunciada. Son los que no son, los que nunca fueron, los que no paralizan el tiempo con sus ausencia, los que nunca entendieron que la democracia y la libertad tienen fronteras, pruebas de aptitud, reglas llenas de palabras asesinadas, color de piel. Son reinas y reyes que buscan refugio que no invaden buscando recursos, imponiendo religiones culturas…, creando súbditos. No celebro muertes, pero elijo a quienes llorar.

Los malos desde la butaca

Volvieron, por esa casualidad de los programados, las películas de soviéticos malos o depresivos a punto de desertar o de acento con licencia para morir o de asesinos de la KGB. Casualidades. Ya había un kilombo porque en la guerra fría a los soviéticos también le llaman rusos para mojarle la oreja y recordarles su pasado imperial. Medio loco pero en realidad, si se cambia en el ushanka  la estrella roja por el águila bicéfala de Iván III  ya se puede reponer las viejas películas hasta que la factoría del entretenimiento (ahora en fase de producción acelerada) emita las nuevas y juegos de guerra con el aguilucho de dos cabezas en las pantallas.

Por las mismas me arrancaron de la memoria todos los malos que la pantalla nos mostró desde la infancia. El éxito absoluto de los malos y que marcó un camino cuasi científico para poner en valor al cine como método de generar opinión y prejuicios desde la niñez, fueron los INDIOS. 

El invento del cine se demostró como un medio perfecto para llenar un vacío en la historia de EEUU y el avance de los imperios por el mundo. Fácil de consumir de guionizar la imagen, aunque ficción, daba la certeza de un relato reinterpretado acomodado justificador del genocidio que los blancos anglosajones y cristianos practicaron, sobre todo a lo largo del siglo XIX donde se centraron las películas (muchos de sus protagonistas aun vivían cuando se proyectaban las primeras películas). El cine no deja lugar a la imaginación y permitir que toda la extensa documentación oficial y privada, las actas políticas, las hemerotecas… fuese interpretada por las nuevas sensibilidades (pocas pero nuevas) de la opinión pública era “poco democrático y menos cristiano”. Así pues, el cine que representaba un avance tecnológico para sacar pecho de clase de “raza”, se aprestó a explicar hasta la saciedad que no había existido un genocidio que no habían robado los territorios que no habían esclavizado a otros humanos y que, en todo caso, si era todo lo contrario había ocurrido por el bien del espectador que desde su butaca disfrutaba del bienestar gracias al sacrificio de aquellos cristianos racistas asesinos esclavistas ladrones. Un chantaje emocional para un niño que no nos convertía en eso, pero entendíamos que los buenos también hacen esas cosas y por nuestro bien por la democracia por la libertad por las leyes del hombre y las divinas. Por supuesto, soñábamos con participar en una carga del Séptimo de Caballería a pura corneta. Por supuesto, sabíamos que “hacer el indio” no estaba bien. Por supuesto, creíamos que el asunto era: “o ellos o nosotros” (nota: los chiquilines en la calle cuando jugábamos a policías y ladrones, siempre queríamos ser estos últimos; resistencia inconsciente o carne de diván, vaya uno a saber).

La historia de los indios como seres malos y dignos de matar sin remordimientos y hasta con alegría para un final feliz duró medio siglo (y está vigente porque la televisión tomó la posta y como producto barato las sigue emitiendo como el “cine del oeste”) y se convirtió en género que estiró como un chicle el papel de los malos.

Si el perfil de los malos “históricos” estaba definido y consolidado, en papel secundario, acompañando la historia de Estados Unidos y del imperio británico (los indios de la India eran malos malos y algunos, malos malos y musulmanes), se incrustó a los mexicanos que además de malos, eran vagos, imposibles, de sangre impura entre india y europea, la mediterránea. Sin pintura de guerra y  con ropas occidentales, aunque sucias, los mexicanos del cine del norte aportaron el nexo de unión de los malos del presente. El cine como creador de opinión pública en convivencia con la televisión y la información (ahora se suman los juegos y aplicaciones) funcionales a mantener el pensamiento único: el norte es por definición la esencia de la libertad la democracia las leyes y la periferia (el sur aunque no corresponda muchas veces con su situación geográfica), odiosamente rica en recursos, necesita ser intervenida en nombre de la democracia la libertad el progreso por su manifiesta incapacidad intelectual cognitiva y amenazante con los valores dados. Así los malos aunque diversos compartieron un mismo perfiles para acompañar las guerras e intervenciones en el mundo: estuvieron “los Charlies”, odiosa variante asiática capaces de vivir en el subsuelo y de resistir varias muertes, los revolucionarios centroamericanos y sudamericanos que aportaron el narcotráfico como arma de destrucción masiva en casa hasta llegar a quienes hasta la guerra de Ucrania eran protagonista de toda la maldad que Occidente puede aguantar: los musulmanes. Ahí, además de estar en peligro la democracia la libertad el progreso y el libre comercio, estaba en juego la religión. Igual de sucios, mal vestidos (ninguno de los malos saca lustre a la hebilla de su cinturón), barbudos, caóticos se sumó el fanatismo que las creencias aportan a la maldad. Y como es el hoy (bueno el hasta hace un rato porque ahora son los rusos eslavos), verlos en la calle, fuera de la pantalla, inquieta.

Los malos desde mi butaca tan solo fueron los indios de los 60. Inevitable. Para desgracia de los estudios de la industria cinematográfica y los programadores, en la calle los malos de verdad, los que hacían daño de verdad, eran iguales a ese mundo blanco que me rodeaba y odiaba sin remordimientos. Y mierda, 60 años después se sigue en la misma y como en los juegos de policías y ladrones, por suerte, muchos optamos por ser ladrones o malos porque la historia no es un invento y tampoco el presente aunque la pantalla todo lo aguante en una butaca.

Amo a Cuba

¿Usted apoya a la dictadura de Cuba? ¿Usted apoya a las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua?, enfatiza el periodista que le han editado recientemente un libro “desvelando las atrocidades de la diaria cubana”, lo mentiroso que es el gobierno donde ya no están los Castro pero que de alguna manera están como cuando éramos gurises y nos decían que los abuelos estaban en el cielo atentos mirándonos protegiéndonos de los demás, pero sobre todo de nosotros mismos, de esa naturaleza a domar en el dogma que es uno o son varios, uno para cada ocasión. El entrevistado duda, intenta buscar las palabras para que su imagen no se vea comprometida para que digan sin decir para gambetear el momento para que la certeza que lo es en la intimidad o entre pares parezca pero tampoco mucho en nuestro mundo de libres libertarios de una única y absoluta libertad extrema: una, grande y libre (faltaría más). Y la situación ocurre a 10.000 km de mis dedos pero podría ser a 100 o 606 o 2.000 porque la onda expansiva solo entiende del procesamiento del lenguaje natural, de matemáticas y del significado correcto aunque cambien las palabras para llegar a él o ella que viene siendo el ser libre o la verdad revelada.

Amo a Cuba. Tras 60 años sigue siendo el imprescindible sparring de aquellos que creen que serán campeones por su portentosa derecha. Amo a Cuba porque es chiquita poco poblada rodeada de mar cerca de Times Square de Trafalgar Square de la Plaza de Oriente de la Praça do Comércio de la Place de la Concorde de la Grand Place de Alexanderplatz. Y sí, de la Plaza Independencia, de Mayo, del Zócalo, de Praça dos Três Poderes…, de todas las plazas de la retícula donde se rumia amor y odio por Cuba y hace gastar palabras por ser insolentemente soberana y sus ocho millones de personas de impura e impía sangre esos fantasmas que acuden por la noche para secuestrar a la gurisada temerosa de dios. Amo a Cuba sin folclore, descascarillada a punto del derrumbe que nunca llega porque algo salió mal en su obsolescencia programa y eso que lo han intentado todo desde invasiones fallidas a bloquearla para que se mueran de hambre (esa piadosa y misericordioso método que las democracias cristianas aplican bajo el lema de “el hambre te hará trabajar” o entender o acatar la doctrina) a cientos de atentados, al no-terrorismo con resultado de muerte de los “freedom fighters” que por la Florida se les encuentra. Amo a Cuba porque no ha dejado de ser solidaria con el resto del mundo con esa arma de destrucción masiva: el conocimiento de puertas abiertas sin los royalties ni dependencias. Porque pese a quien le pese, siguen creando y dando, yendo y estando donde el mercantilismo no ve negocio.  

Y sobre todo por ser un enigma indescifrable que molesta inquiere desnuda, hace gastar claims, horas de noticieros, condiciona entrevistas posturas y genera las contradicciones sobre lo políticamente correcto. Amo a Cuba porque saberla, vaya, me hace sentir libre, sonreír, ser feliz. Probablemente, seguro, amar y odiar está en el mismo saco y por ello también odio a otras islas o países o estados que son cajas fuertes, paraísos fiscales que sustraen en nombre de la libertad lo imprescindible y básico para una vida digna (ya saben, esas pavadas que adoctrinan de cultura, salud, justicia social, igualdad…). Nadie pregunta a los que verdaderamente inciden en la diaria de las personas restando derechos y servicios sociales educación salud por guardar ese dinero legal o ilegal : ¿apoya a los paraísos fiscales?, ¿apoya o está de acuerdo con las dictaduras financieras, con la soberanía global de las corporaciones? ¿Y las teocracias y reinos del Golfo? No, total, para la dignidad de los nadies nos otorgan la vida tras las muerte que no hay aunque los púlpitos florecen por doquier. Pero en vida, amo a Cuba.

«No blondes allowed»

Difícil que el espejo nos devuelva una imagen de racistas cuando se dice por activa y pasiva que estamos en la era postracial. Ahí está el nazismo salvaje para salvarnos de no serlo aunque obviemos que su crueldad tan solo fue un tsunami de décadas de gestación y siglos de justificación y señalamiento de la epidermis como signo visible entre lo que es y no civilizado. En el mejor de los casos admitimos el término “prejuicios” que funciona igual que “mercados” en la economía: existen pero no sabemos dónde, son culpables pero apócrifos, educados pero anónimos pero sobre, están en la diaria sin cuestionamientos. Muros, estatuas, edificios, calles, libros de textos, películas, noticiarios…, multitud de signos consumidos sin entender su significado.

Hace 53 años, el 17 de febrero de 1969, en la escuela secundaria Cabin John, de Potomac, Maryland (EUA), su director Tom Warren, ideó un experimento que provocó un gran impacto informativo: “concibió la idea de convertir la Semana de la Hermandad, una observancia oficial de la tolerancia en todo el país que comenzó en la década de 1930, en una lección sobre el desarrollo y la propagación de los prejuicios. Pero en lugar de discriminar al puñado de niños negros de la escuela, lo harían apuntando a los alumnos rubios”, según recuerda el Washington Post. Oficialmente se había prohibido la discriminación racial en los centros docentes en 1961 (no se puede concederles la medalla al interés por la inclusión social a los estadounidenses), pero como bien señala Jorge Majfud prohibir no significa eliminar.

El planteo fue sencillo: recuperar lo que hasta hace bien poco era una normalidad y que pasaba por visibilizar y convivir con la iconografía racista: se colocó en la puerta un cartel: «Los rubios utilizan la puerta lateral». Al ingresar (por esa puerta lateral) los estudiantes rubios enfrentaban uno más explícito que delimitaba su espacio de los otros, los comunes: «No blondes allowed (No se admiten rubios)” y por megafonía y en periódico de la escuela se difundía el mensaje: «las personas rubias son inferiores e indeseables». Los monitores del pasillo se burlaban de ellos, en clase, sus profesores no los llamaban a opinar, en el almuerzo y la biblioteca, les obligaban a sentarse en una mesa separada, tenían baños segregados por el color de su pelo. Por un lado los monitores, los de cabello oscuro, colocados en el bando correcto, dominante, ganador ejercieron su poder de represión u observancia de la norma. Por el otro, muchos estudiantes rubios se radicalizaron para protestar por su discriminación y reclamar sus derechos humanos.

El experimento concebido para toda la semana, apenas duró tres días por su gran impacto (masiva protesta de los padres, abarrote de medios de comunicación para su cobertura), pero dejó muchas preguntas en el aire en torno a los prejuicios de raza (al racismo, carajo). Maryland no es el Sur profundo de EUA, el Sur Confederado que fue a una guerra civil para defender su derecho a la esclavitud (hoy en día no es raro que muchos papafritas en todo el mundo porten su bandera en conciertos de rock), tampoco era el Vietnam o la Sudáfrica del apartheid o las reservas de pueblos originarios ni mucho menos los países por debajo de su frontera Sur; entonces, ¿es posible que el racismo habite a nuestro lado? Otra de las preguntas que surgieron por el aparente cambio de roles fue: ¿se puede enseñar a los niños a tener prejuicios o a resistirlos? Medio siglo después muchos de aquellos alumnos que padecieron la segregación recuerdan: «Imagina que tuvieras que pasar toda tu vida así»; «Me impactó mucho. No hay manera de que alguien pueda hacerte sentir lo que es con sólo palabras»; «Simplemente sacaba a relucir lo que los afroamericanos estaban sufriendo todo el tiempo»; «Parecía que los tipos duros tenían vía libre para acosar a la gente»;. «Agradecí no ser rubio: todos teníamos algo de miedo de algunos de los ejecutores»; «los vigilantes de los pasillos se convirtieron en neonazis, se tomaron su trabajo demasiado a pecho» y un dato curioso revelador y que todos conocemos que apunta el Post: ninguno de esos ejecutores respondió a las repetidas solicitudes de entrevistas.

Si bien nadie se reconocía racista y menos explícitamente, en el condado de Montgomery del experimento, en 1969, existía frente al juzgado una estatua confederada, el propietario del teatro lo vendió en 1961 cuando le obligaron a terminar con la segregación, la escasa población afroamericana vivía en Escocia, el barrio negro en condiciones deplorables (no tuvieron agua corriente hasta mediada esa década); es decir, los alumnos estaban rodeados de signos de discriminación.

El experimento expiró el miércoles, apenas tres días después, el impacto de lo que era ser discriminado en aquella época tuvo gran repercusión. Hoy, en Occidente, el nacionalismo blanco está en auge y lo invade todo, bien por el poder de los votos, bien por asumir que no se es y en realidad son prejuicios veniales. Las noticias para señalar ponen el origen de las personas cuando cometen un delito, las noticias una y otra vez se hacen eco de supuestas disonancias en otros lugares (nunca de armonías), los muros bordados de concertinas se levanten para que no entren las pieles oscuras, las estatuas de esclavistas devenidos en mecenas impulsores del bienestar están en las plazas o en centros docentes, los libertarios se quejan de su falta de libertad para expresar todo el odio que llevan dentro, a las deplorables condiciones de vida se les llama pisos patera (para que no se olviden del cementerio marino que cruzaron) y si ponen la manta en la calle, delincuentes, se entretiene con la burla, se teme que un solo niño gitano o emigrante, estropee a toda una clase, se agolpan bajo plásticos a las personas que bracean el campo porque son leyes del mercado y, sobre todo, se educa a ese resto del mundo que hoy habita al blanco, democrático y cristiano Occidente. Quizás porque las palabras no llegan a explicar lo que otros sienten, habría que reeditar por un momento  ese experimento y colgar el cartel: «No blondes allowed». A lo mejor se ven resultados.

Viver não é uma esmola

Nico está por Río de Janeiro. Descartamos hablar del Corcovado Pan de Azúcar Copacabana. Le digo que las ciudades grandes del fin del mundo para el visitante del norte tienen un no-sé-qué-sé-yo de Blade Runner donde muchas pieles blancas son replicantes, que estaría bueno mirar a las personas con tiempo. Ayer actuó Bia Ferreira. Tenía muchas ganas de verla y salí de la cueva de la esquina. La música es un acto privado -ya sé, se dirá que no entiendo un carajo y que es justo lo contrario pero no lo creo- y un concierto en la calle, en lo público, lo es más. Me gustó; me gustó mucho porque saltando estilos declamando rap o trap la tiene clara por donde vienen los tiros: los prejuicios enseñados y asumidos. Porque se enseñan los prejuicios. No se nace con ellos, ni son herencias genéticas. Se enseñan educan y viven como liberadores de espacio, tarjetas de corte entre lo importante y el resto, siempre menor sin importancia cultural lejano problemático. Es acumulativo invasivo y cada año se borran fotogramas para evitar sorpresas. Por eso está bueno que Bia con sus rabiosos 29 años venga por esta esquina. Es legible su diaria, presente y pasada, es inimaginable creíble, es axila sudada real sin aguas de colonia ni perfumes exóticos, es cuando te pica la piel y sabes el porqué, es cuando hablar es solo un defecto, es saber que solo vivir es un acto de insolencia y resistir con vida una provocación, es más, mucho más, es un desacato un oportunismo una estafa un estado de vagancia perpetuo al mundo de leyes, libertades y democracia que repiten los replicantes con sus inexpresables prejuicios. Difícil no leerle la letra a Bia Ferreira, aggiornada fresca irreverente de cantautora viviautora insolenteautora . Sí, tiene razón en el tema “Cota não é uma esmola”, ibuprofénica limosna dominical que endulza los prejuicios; aunque escuchando todo el concierto le cambiaría la “cuota” por Viver não é uma esmola.

El Rey de Espadas

¿Tienes un traje?, fue la pregunta que me agarró por sorpresa aquel verano del 84 en las primeras prácticas en la agencia. Como la respuesta fue negativa, siguió la recomendación “pues, cómpralo si quieres asistir a los actos del rey”. Obviamente, no asistí, ni había monedas ni interés por tomar notas en esos actos de relaciones públicas del monarca con empresarios que abrían sus puertas en el reino. Igual, con los años, compré un traje a plazos por trabajo. Después vinieron otros lowcost sin plazos, también por trabajo, por rito. Con traje, señor; sin traje, chaval. Un juego de confusiones en la senda que muchos hemos recorrido para las monedas a falta de contactos o familia que abren puertas en cada profesión. Sin quejas porque el camino es estar sin ser me permitió asistir a rituales que otros consideran importantes, bajo la premisa que una vez mi viejo, en conversaciones y de soslayo me ofreció: “si la otra persona considera interesante el ritual, vos estás mirando o pensando en lo tuyo, pero estás para hacer feliz a esa personas. Total, nunca es más de diez minutos y a vos no te mueve el piso”. Y sí, te levantas sientas arrodillas descalzas descubres tapas danzas…, o simplemente no vas, todo depende de la curiosidad y la capacidad de sincretizarte para evitar la representación y falsedad que conlleva actuar para la prensa que después explica lo representado y nunca lo vivido. No hay ofensas ni agresiones; son rituales, también llamados protocolos en la vida política, a los que nadie obliga asistir.

El caso del rey Felipe VI en la ceremonia de toma de posesión del nuevo presidente de Colombia, Gustavo Petro es paradójico porque si algo tienen y mantienen a capa y espada las casas reales es el rito, el protocolo, el traje. Nada a la improvisación. Nada al descuido. Decir que no estaba en el guion del acto traer la espada al escenario es simplemente para desternillarse de la risa. Que los demás mandatarios se levanten y el rey no, es una descortesía (quizás fruto del automatismo sobre su supuesta figura totémica que se ejerce en sus rituales), es marcar paquete anacrónicamente (vaya uno a saber lo que estudió de la historia de España que no pudo reprimir la defensa de la figura de su antepasado, el absolutista Fernando VII, frente a la espada liberal y libertadora de Simón Bolívar, otro español de origen, porque las guerras de independencia fueron una suerte de guerra civil, de españoles liberales en América contra españoles absolutistas en América) y una demostración ideológica (los reyes no se substraen a la misma y probablemente no hubiese ocurrido si el acto fuese con Iván Duque).

En fin, ya está. Llama la atención que en la representación española de la toma de posesión democrática, por primera vez un presidente de izquierda en Colombia, país no menor en el continente, faltase el presidente de gobierno, Pedro Sánchez. Fue el rey y pasó lo que pasó. “El por qué no callas” de su padre se reeditó con el “no me levanto frente a la reliquia de una espada de hace dos siglos”. Será que los liberales de antaño hoy son los comunistas actuales y los absolutistas del pasado los neoliberales del presente; será. Y como pintan espadas, el ya Rey de Espadas debería saber que los tiempos cambian (en familia propia) y siempre puede excusarse y no comprar un traje para asistir a un rito. Nadie lo echará en falta.