El camino de las hormigas

12106985_10206069913805706_8466365508031770982_n

Pepe Mujica se va. Lo anunció en el mitin que cada octubre recuerda al Che Guevara. Y lo hizo de paso, sin exigir la alharaca de la asistencia, como todo lo suyo, entre amigos. Tiene que estar cansado. Como un tipo normal que ansía nuevos paisajes donde enroscarse. Irse de la política no es dejarla, es saber que las fuerzas no dan más para enfrentar el careteo diario de quienes sólo tienen en la política su modus vivendi. Los profesionales. Igual, ante un eventual revés electoral del Frente Amplio en las próximas elecciones generales, deja la puerta para el retorno como un militante más. Sería un mal dato, pero nada de extrañar en un continente asolado por la presión mediática financiera y jurídica, por los mesías que prometen lluvias de millones a poco que se les deje vender lo de todos. Veremos.

Y se va a su chacra a “mirar el camino de las hormigas”, una metáfora de las sociedades que hemos permitido construir, donde la distopía es cada vez más real y próxima, donde ser obrera o soldado es un fin en sí mismo de las personas con tal de no quedar excluidos de la colonia. Y así lo propagan los voceros mediáticos: estar, aunque no se sea. Reverenciar a los pocos fértiles, a las reinas, que son lo que el colectivo nunca será. Y admirarlas echándose la culpa. Las hormigas, como las personas, no nacen todas iguales.

El Pepe se va y sólo hay un análisis posible de su legado político: ser el primer presidente que no dejó de ser persona cuando asumió el cargo. Su máxima acerca del poder, que nada cambia y sí todo demuestra sobre quién es la persona que lo ejerce, lo llevará hasta su última mirada. La imagen de Pepe es un simple espejo de la mayoría ciudadana. Visto investido como presidente, no se volvió un “doctorcito” de cuidadas y atildadas formas que, hasta su llegada, se presuponía que iba con el salario. Tuvo el mejor trabajo de la república y lo ejerció como Pepe, no como Don José o como el Sr. Mujica. Su imagen, eso que tanto prima en nuestras sociedades, el ser percibido cómo, y que hoy transciende la proximidad para ser virtual (hasta el momento, la forma más sublime de mentir y autoengañarse inventada), es la antiimagen de lo establecido. Lo que muchos sueñan ser y de tan fácil que resulta, pocas personas lo logran.

Los estándares, de un lado y del otro del espectro político, han condenado a nuestras sociedades a ser cada vez más injustas, más desiguales. Lejos de representar la figura del romántico héroe que surge de la opresión, Pepe mantuvo su imagen de carancho. No explotó su condición de rehén como vaticinaban los “expertos” politólogos. Del comandante Facundo, sin noticias. Su paso por el senado, ser el más votado del paisito, estaba jalonado por lo que se consideraban anécdotas, peculiaridades de opositor que el poder revertería y excentricidades que hacen al homo político. De ahí la creciente fascinación de quienes trabajamos en comunicación: ¿Pepe sería quién de ser Pepe, una vez en Casa de Gobierno?

Y lo fue. Para desgracia de unos y alegría de otros. Aquellos acostumbrados a medir las formas podrán en duda su presidencia, los resultados. De izquierda y derecha. Las reglas que nos han llevado a este politeísmo financiero que canibaliza a sus crías, exigen que el sapo no se salga del pozo. Sin embargo, y quizás se necesiten años para considerar los resultados, nadie ha ponderado suficientemente lo intangible de su figura y cómo benefició al conjunto, lamentablemente más a los propietarios, primeros en ganar y también en llorar porque no comen lo suficiente. Porque Pepe, viejo astuto e inteligente, ha sabido ganarse un hueco en la globalidad. Y para las dimensiones del paisito, es demasiado. Quizás Islandia sea un caso similar. Uruguay ya no es sólo fútbol. Es un país serio. Hasta matea con orgullo el perfil bajo. El buen trabajo hecho por el Frente Amplio, la reducción de la desigualdad, de los índices de pobreza, del desempleo, los planes educativos como Ceibal, la introducción de la hectárea productiva, el cambio del modelo energético hacia las renovables, la revisión histórica, la descriminalización del consumo de drogas blandas, las leyes de paridad de géneros, etc. necesitan, en términos de sociedades interrelacionadas, un portavoz, una imagen, alguien que visibilice un trabajo colectivo. Y ahí, ese intangible, fue Pepe. Sacó del anonimato, del monocultivo futbolístico como imagen. Por cierto, hasta la imagen del fútbol, del proceso, de lo que debe ser un jugador, se observa desde la centralidad como rara avis. Culpa de un maestro de escuela llamado Tabárez.

Qué si el presidente más pobre del mundo; qué si sus discursos de extrema coherencia y léxico inventado o errado; qué si sus medidas arriesgadas; qué si su casa es un nido de caranchos como su pelo y aspecto, qué si su viejo Fusca del 86; qué si sus uñas largas; qué si sus reiteradas alusiones a la felicidad; qué si sus años de encierro en aljibes y celdas de cuarteles; qué si dona el salario… lo que sea que por admiración o animadversión que se exclame de él. Lo cierto es que demostró que es posible otra forma de ser y entender la política, el servicio público. Acá y acullá. Y, lo mejor, que se hizo entender. La hizo sencilla. Sin pedestales. Usando los escenarios del tiempo y no siendo usado por éste. No es uno más. Nadie debería ser uno más. Es lo que son quienes muchas veces lo votaron. Ahora será Lucía, sus próximos y las hormigas quienes los que escuchen mascullar sus miradas. Un buen tipo este Pepe.

Anuncios

Esse est percipi

borges-y-bioy-casares

“La poesía puede corregir las erratas de la historia”, dijo Caballero Bonald al recibir el Premio Cervantes. Ojalá. La realidad es que las erratas construidas por el relato oficial subyacen en las rancias instituciones académicas. Qué desastre hacer de un cuento, de una ficción creada y no cuestionada, una historia y, peor aún, una identidad por la que se pelea y se mata. O se muere. Los manuales urgentes, hoy, la llaman posverdad. Analgésico término nacido para morir por un liviano numeral que contenga otra verdad ficcionada más inmediata; igual de efímera. Dice el investigador Henry Engler que las neuronas conversan entre ellas hasta que una sustancia obstruye el diálogo. Es el alzhéimer. Y más que carencia es abundancia de una sustancia innecesaria. Metáfora de nuestras sociedades.

Cuando Tulio Savastano, presidente del club Abasto Juniors le explica a un incrédulo e inocente ocasional Bustos Domecq que el último partido de fútbol de verdad se jugó el 24 de junio de 1937, en la capital argentina y que, desde ese preciso momento, “el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”, éste, siente que se revuelca en el polvo. Hasta se permiten el lujo de hacer esperar, Savastano, claro, de ningunear a Ferrabás, el locutor de la voz pastosa, el animador de la sobremesa cordial de las 13 y 15 y del jabón Profumo. Así, Borges y Bioy Casares escriben un relato, “Esse est percipi”, donde plantean que la verdad se había transformado en “un género dramático”, una invención paralela en la que lo real ya no era necesario (los partidos de fútbol ya no se jugaban más en las canchas, sino que los goles, las expulsiones, los penales o los tiros libres se creaban en los despachos de los dirigentes de los clubes, para que luego el relator oficial transmitiera esa realidad prefabricada con la misma pasión con que la hinchada lo escuchaba vociferar a través de los parlantes).

Es linda la fecha y tiene su contexto en la fecha de publicación del libro Crónicas de H. Bustos Domecq, 1967. Momentos que como las franjas de un cubo de Rubik al moverse para lograr un color predominante hacen un ruido casi de ruptura, un lamento que igual no evita el ansia de mover y lograr. Y aquellos, el ruido era la televisión, los estudios donde construir la diaria y la respuesta en ese mismo sentido, lo que quieren las personas, de otros medios tradicionales y de la publicidad, la “contramarca” que le llaman.

Y antes, mucho antes, fueron las homilías, el rito, sabedores qué con el libro, también relato ficcionado, no llegaba. La versión oficial viene dada desde el arte rupestre a los petroglifos, pasando por la escritura hecha desde el poder (quizás por ello, los nunca suficientemente indagados y considerados documentos de las rutinas diarias, aporten mucho más contenido y contexto), los teatrillos ambulantes, las iglesias, igualmente nómadas hasta llegar a nuestro ahora.

Si es cierto que “ser es ser percibido”, el siguiente es deschavarnos como parte necesaria del relato, averiguar el porqué de nuestro autoengaño. Cómo convivimos de forma natural con el autoengaño. Cómo no necesitamos del otro para el engaño. Por ahí se puede hablar de la predisposición con naturalidad de la posverdad, o cómo queramos llamarla, de la necesidad de atrapar la verdad en un relato para que la realidad pueda camuflarse en otro lugar. Y, quizás, darle la razón a Nietzsche cuando afirmaba que la verdad es la mentira mejor contada.

Mañana será peor

elel.jpg_1718483347

Cada 11 de octubre, un despertador imaginario me arranca de mis sueños de hombre común (blanco, medio letrado, otro tanto domado, dependiente con ínfulas de no serlo, migrante a perpetuidad, ateo, papá de dos chiquilines, precario y solitario), abriendo un mapamundi en el techo de la pieza. Es tan chiquita la centralidad y, sin embargo, tan dañina que, paneando con la mirada a la periferia, una y otra vez me asaltan la misma pregunta: ¿cómo era el mundo un 11 de octubre de 1492? La única respuesta posible: biodiverso.

De los 11 de octubres, poco o nada se explica. A escape libre o con matices ideológicos que edulcoran y reafirman las distintas posiciones oficiales, los debates del siglo XVI sobre la humanidad o no de las personas encontradas siguen vigentes en la actualidad bajo otras formas de colonialismo: civilización frente a barbarie. Formalizados como humanos, pero categorizados como subdesarrollados, explica la pétrea emoción de ver como miles de personas mueren ahogadas en el Mediterráneo. La centralidad se formó con la muerte y con ella ejerce su dominio en un siniestro libro de balances.

Cada 11 de octubre, siento como la historia en la centralidad, que es la blanca en la periferia, está en manos de oscuros funcionarios, apenas escribas de un campo de exterminio que anotan el día y la hora de los tormentos, de los nacimientos cautivos, de las muertes adjudicadas; colaboradores necesarios para la credibilidad de los hechos. Y da asco, dan asco, la falta de revisionismo, la construcción educativa para los más jóvenes de un pasado ya irreversible. La historia oficial, la dada, es más sombras que luces. Nada habla de genocidios, de la barbarie civilizadora, del expolio sistemático que hoy es normalidad justificada. Y avalada con o sin matices.

Cada 11 de octubre, siento mí culpa, la de mis antepasados descendiendo de los barcos. Colonialismos bajo nuevas banderas republicanas. Blancos contra blancos. Europeos frente a europeos. Los humanos originarios tan sólo fauna. Los negros, importada. Los mestizos, nacidos para la pobreza. Un paisaje que transciende a un continente pero que, de alguna forma se estableció a la mañana siguiente de aquel día.

Y vista la absoluta desidia con la que enfrentamos nuestra diaria, la normalidad ante la ignominia con la periferia, la reivindicación de las sombras, el sembrado de dudas sobre los genocidios acaecidos y la necesidad de poseer, cada 11 de octubre, el último día de libertad para los pueblos originarios y los descendientes de los esclavos, me despierto con el desasosiego de saber que mañana será peor.

 

Ilustración de: Theodore de Bry

Ordem e progresso

1321263584100.jpg

Resulta normal ver pintadas bandereas brasileras en las demasiadas favelas que la historia cosechó en las ciudades de Brasil (o “del” por su pasado imperial). Los trapos nacionales son los ponchos que visten la desnudez de los habitantes de cada país disimulando pellejos curtidos, tetas agotadas, mocos chorreantes y lágrimas salinas. Uniformados tras un discurso del tardío XVIII, que entona estrofas contra tiranos y que apela a la libertad, a la muerte como medio, dos siglos después, se vuelve lógico, quizás irremediablemente normal, entender por qué una mayoría de “no seres”, continua auto agrediéndose con sus elecciones. Brasil, su bandera y Comte, es un relato de una realidad que impera en el Occidente parcelado de Estados.

La primera vuelta de las elecciones en Brasil ha sido devastadora. Igual que en Estados Unidos, Hungría, Italia… Rara avis, México. El positivismo con su triada de altruismo, orden y progreso hizo valer su dominio y capacidad de atemorizar a quienes tan solo piden sobrevivir a la noche y amanecer un nuevo día. Y son los más y aunque pertenezcan a minorías tradicionalmente oprimidas, vejadas, invisibilizadas que, sumadas, hacen una mayoría arrasadoras, palpitan una desazón, un temor, un sálvese quien pueda que, lejos de alimentar la biodiversidad del cambio, los sume en el esquema opresor clásico contra el cual saben convivir, aunque sea en el más absoluto abandono.

El Orden abandera descaradamente posiciones misóginas, machistas, homofóbicas y racistas. Como fundamentaba Comte, reclama a la familia como unidad básica para el sostén moral de la sociedad que construirá la felicidad y llevará al Progreso, su fin. Brasil, cualquier país occidental, ha visto la necesaria y legitima reivindicación de las minorías, de la mujer, de la biodiversidad étnica, de las migraciones que nos ha enfrentado, en las últimas décadas, a una deconstrucción social que plantea un nuevo paradigma social más justo. Sin embargo, no se supo (ni se sabe), transmitir, vender en términos de mercado. Tantas voces se han alzado al mismo tiempo que, lejos de reivindicarlas con alegre expectativa de un nuevo Orden, ha abierto las puertas a estos positivistas del XXI. Y no es nuevo, los fascismos europeos (presente en todos los países europeos, aunque después entrasen en guerra entre ellos), o el nazismo, actuó de la misma forma: primero proclamarse víctimas de las ideas o de los Otros, después votar a un mesías salvador. El Orden frente al Caos. Y este último, expresado por la violencia física, verbal o emocional. Y ya está construida la víctima que en muchos casos fue nacido y criado como victimario.

El Progreso es presentado, vendido y consumido por un sistema político partidario-empresarial-judicial-mediático (y militar, que está), que si bien corrupto, está en el génesis de las sociedades vividas. Es lo conocido. Lo tolerado. Una cadena trófica social. Demencial. Es. Nada importa, en Brasil, los 30 millones de personas que los dos gobiernos de Lula sacó de la pobreza. Apostar a crear nuevos consumidores, siendo válido, se ha demostrado demasiado endeble y frágil a los vientos de esta crisis global que aún estamos padeciendo. Es la cuenta de resultados de unos pocos lo que motiva el Progreso. La cuenta del almacén de los más parece, y así está representada, asociada a ver como se agranda la brecha entre ricos y pobres. Es cultural. Aceptamos que a la cara se nos diga que la felicidad del mañana viene por el ajuste del presente. Pero el mañana nunca llega y el presente, bueno, siempre es presente. Los organigramas estatales del poder son sólidos, se han reconstruido tras los gobiernos progresistas y han sabido saturar a las personas de mensajes simples, verdaderos o falsos da igual, pero organizados en un círculo económico, judicial, militar, mediático y educativo. Porque desde que nos nacen las libertades, derechos, obligaciones y democracias, son concepto abstractos y lejanos que debemos aprender a depositarlos en ese círculo que, a la fuerza, deben tener razón. Y el Progreso es el fin.

El altruismo no figura en la bandera de Brasil; sin embargo, subyace con más importancia del que apreciamos a simple vista. Ahí está, fuera simbolismos, la tabla de salvación de las creencias. Y en Brasil, al igual que en otros países, la fe va a la urna. Y más ahora con las iglesias virtuales, con su peso en los medios tradicionales o redes sociales. Y las creencias tiene un discurso simple, son un cuento de hadas que se asume y abandera, que se acata. Dios está en el parlamento o en la habitación de al lado. Y si la vida es un valle de lágrimas, la muerte es el paraíso.

Ordem e Progresso, tantas veces leída la bandera deja en esta primera vuelta (y probablemente confirme en la segunda a finales de mes), todo su simbolismo patriotero para tornarse una triste y lamentable realidad: Jair Bolsonaro como presidente. Y ningún país del Occidente, ninguno, está a salvo. Saravá.

La maleta

LV_20111207_LV_FOTOS_D_54357254253-992x558@LaVanguardia-Web

Madrid. Aeropuerto de Barajas. Dos bandejas con tus secretos de bolsillo se deslizan por una cinta para ser escaneadas por el ojo electrónico mientras sentís que en cualquier momento, sin el cinturón, tus pantalones caerán irremediablemente. Te hace gracia sopesar la reacción de las personas alineadas en esta cadena de desmontaje al verte en calzoncillos. Risas, rubor, espanto, vítores, insultos. Y tu calentura fundida. Antes, vestido, ya sentís cierta bronca de pasar este trance. Con suerte, al final, atraviesas el arco detector de chatarra sin que suene delator de olvidos y un tipo uniformado te pase una pala portátil entre tus piernas. Hay uniformes solo para dos géneros. Y, aunque todo esté en orden, cabe la posibilidad de “la aleatoria”, esa que te cae porque alguien se huela que sos más listo que las máquinas y escondes un arma de destrucción masiva y que amerita una revisión personalizada. Nada de prisas. Nada de excusas sobre el inminente despegue. Son uniformes privados que juegan a ser públicos y estrictos y, seguro, con un sueldo de mierda de los que le gustan a Christine Lagarde. No para sí misma. En ese caso, valora su trabajo.

Desde el 11S estadounidense, la supuesta seguridad ha subido en Bolsa. Está todo dicho y también padecido. La seguridad es una oportunidad económica y una herramienta política para las posverdades. Los acompañantes del conductor de la diligencia que sobrevivieron a los ataques de los pieles rojas, bandidos y renegados, crearon empresas (también los conductores), que hoy venden tecnología de seguridad por doquier. Casas con alambrados electrificados, guardias, escáneres hasta la médula del hueso, más guardias, biométrica facial, chips, drones, más y más guardias, detectores varios, blindajes, electrónica de espionaje, las redes sociales con sus algoritmos alcahuetes y, no lo había dicho, guardias. Contratas y contratistas varios. Lo privado ocupando lo público. Y, nosotros, viendo inertes, nuestra condición más cómoda, cómo se reducen derechos personales. Mi única jactancia, haber vivido el final de los logros en libertades y derechos. Y haberlos disfrutado. Ahora, hablar con de eso casi resulta ciencia ficción.

Volviendo al aeropuerto, ayer, en Madrid, me abalanzo a comer algo. Y es que la incertidumbre de los tiempos para el control de seguridad hace imposible disponer de los propios en uno de los estupendos bares de la capital. Al llegar a un mostrador detecto una maleta de mano solitaria. Bien, alguien despistado. Pasa el tiempo y nadie acude a remediar la pérdida. Le consulto a la camarera y ya lo sabe. Le pregunto si no se debería llamar a la policía y me dice que sí. Viene el sándwich. Horrible, sin la grasa del Brillante. La bebida. Nada ocurre. Descartado el olvido, fantaseo en si estaré viviendo mi último mordisco de vida. Hay que entretener el momento y tampoco se pierde mucho. Igual me pica la curiosidad. Le consulto otra vez a los empleados y me dicen que han llamado. Pienso, guau, tanto quilombo para entrar y tan poca prisa para un elemento sospechoso  de manual en sus academias. Lo comento con ironía y el encargado (hasta las pelotas de un cliente rompe pelotas), me dice que las reglas son esperar a que pase alguien de seguridad por la zona. ¿Esperar? Los veo y con su ritmo de trabajo les chupa un huevo estar atentos a esa casualidad. Es divertido imaginar en el boom, el estallido. Hago bromas macabras. Ahora somos, ahora no somos. Al final, el reloj y el embarque me arrancan del mostrador de ese bareto de Barajas.

Me voy pensando que la situación es extraña. Un contrasentido. O, más bien, una lógica que los vendedores de seguridad distorsionan y que las personas compran. Y votan. A unos metros me cruzo con dos Guardias Civiles y no puedo evitar preguntarles si es normal que nadie se preocupe por una maleta abandonada, olvidada; en fin, sola. Y, ¡cha-chan!, se ponen en alertan y salen corriendo para el sitio conmigo. Uno al otro se dan órdenes y yo tengo que indicarles dónde (por suerte no me llaman “chico”, tampoco “caballero”). Se hacen con la maleta con cuidado ante la mirada de los pasajeros en tránsito. Faltan los aplausos. Los camareros, a esa altura del momento, me deben odiar. Yo les digo que me largo, que sale el vuelo. Nos despedimos con un “gracias señor”. Mejor que chico. Tengo que confesar que cuando el avión despegó, de reojo miré a la terminal que se me escapaba por la ventana. Reglas para entrar, reglas para esperar, reglas para ser. Y una maleta solitaria. Cosas.

 

 

Un Mercadito Ecológico y de Proximidad

14701036_164766723981185_7179180654170825815_o

El primer domingo de octubre del 2016, el Campo de la Leña amanecía sembrado de unas pequeñas carpas bajo su magnífico arbolado. La incertidumbre era grande. Se intuía que la población coruñesa demandaba un mercado de productos ecológicos y de proximidad, pero también que para muchas personas, la información de la que disponían era contradictoria: bueno pero caro, curiosidad frente a incredulidad. La apuesta fue clara: realizar un mercado chico, un mercadito, para promocionar esta producción y comercializadores, facilitar los cambios en los hábitos de consumo de las personas e informar. Al ayuntamiento le costó unos meses entenderlo, sacarse esa pelusa del todo gratis porque cualquiera pone una carpa. Pero lo hizo y fue más allá financiándolo, un caso único en Galicia. Al mediodía el Campo de Leña estaba llena de personas. Fue un éxito y el tiempo ha dado la razón.

En estos dos años de fríos, calores, lluvias y vientos, han pasado más de 70 productores, tiendas coruñesas y transformadores que con su trabajo se han ganado eso tan difícil para muchos que es la fidelidad de los clientes. Los productos frescos son las estrellas, cómo es lógico, porque aúnan calidad única y sabor incomparable; “los de siempre”, como aseguran las personas de más edad. Y, ya no hay temor por su precio. Los elaborados, sobre todo, destacan por el componente creativo de quienes trabajan en su producción. Son estupendas sorpresas dominicales. Y los textiles, en una ciudad muy impregnada por el sector, un descubrimiento. También las organizaciones que trabajan en comercio justo y ecológicos, en los procesos de inclusión, en el reciclaje. El Mercado es eso y mucho más porque cada domingo que despliega sus carpas, se construye una vez más.

En estos dos años, también, hay un aprendizaje, una observación sobre las tensiones de los extremos que giran alrededor de la ecología. Certificados frente a proximidad. Cada uno con sus razones, pero enfrentados. Faltan los espacios comunes. La política anegando con sus intereses las posturas. Y, en muchos casos, la perversa relación de subvenciones, el clientelismo ancestral que tanto daño hace. Ahora son las grandes marcas que entran en sus estrategias de marketing verde y suena a la milonga de la responsabilidad social corporativa. Igual, son pasos. Punto pragmático. Pero nos falta una ecología en los procesos comerciales, las administraciones, en el relacionamiento. Falta sostenibilidad y respeto por las personas que, vaya, también formamos parte de la naturaleza. Sin embargo, vale la pena. Y sobre todo por las personas que nadando en aguas turbulentas, apuestan y viven en el difícil equilibrio de vivir según sus criterios vitales. Quizás por eso, en el mercadito, es impagable robar conversaciones, arrancar historias reales.

El mercadito es ecológico a la interpretación de sus usuarios. Es comida o ropa o objetos hechos de verdad. Y, no seamos malos, es una depresión entrar en los supermercados y comprar, probablemente más barato, la comida basura, es carne que encoje, esa fruta que no sabe, esas verduras que desaparecen fuera de los lineales, por decir algo de la normalidad que aceptamos sin rechistar. Leyes de mercado frente al mercadito. Y por ahí, gana el mercadito. Lo suscribe un urbano bien contaminado y sin el postureo.

Y dicen que llueve

shutterstock_208429462.jpg

Si existe una certeza en el mundo de la comunicación corporativa es que la verdad, lejos de ser un sujeto absoluto, se construye y se hace verdad comprable, creíble, de fe. No en los medios de comunicación que tan solo son unos amplificadores de las fuentes. Son dos mundos diferentes. Las sociedades construidas desde la revolución industrial, además de cambiar el paradigma productivo, cambió la forma de relacionarse y legitimar frente a la opinión pública (en más, clientes, como si fuese un contrato), la avalancha de cambios que se vaticinaban. Y fue real. Trocaron los tiempos de uso, la necesidad consumo y la inclusión de un mayor número de potenciales clientes. En Japón, la figura divina del emperador, vistos los fracasos bélicos, mutó a la empresa. Es un caso extremo, pero válido. Está fe ciega en el producto, con sus valores devenidos en marca, y esta, bajo su paraguas corporativo nos es natural. Nacidos y criados en el sistema. Su credo, el libro que dirían las creencias religiosas cada vez más retorcidas y siempre aggiornándose, es la ciencia. Todo, absolutamente todo lo que hace feliz a la persona, tiene una base científica. Hasta el amor. Y la pelea está claramente ganada, entre otras cosas, porque las mismas religiones de libro, en su momento, supieron jugar con la ciencia de los clásicos para ganar adeptos (los monasterios eran bibliotecas de lo prohibido, el islam propagó la medicina, matemáticas, el marco filosófico, etc y el judaísmo, individualizado por la diáspora, el marco productivo basado en la investigación. Eran otros tiempos, pero el conocimiento que producía beneficios y con ello felicidad, lo manejaban las religiones (de ahí que la historia se haya convertido en mero libro de actas y que ahora, gracias a los avances científicos, este en pleno proceso de redefinición o descubrimiento de sus tramos más oscuros).

Me apasiona la ciencia. He vacunado a mis hijos y, cuando toca (toca poco), voy al médico. Tomo el espidifen para resacas y dolores de cabeza. Nada más. Hace años, tuve la oportunidad de integrar equipos de consultoría en comunicación para la industria farmacéutica; es decir, laboratorios y centros de investigación de ámbito global y que, han sabido convertirse en referentes mundiales. Básicamente: posicionamiento de producto, destrucción de reputación de productos, creación de percepción de enfermedades para dar respuesta a las mismas. En aquellos años, creía que el sector financiero y la automoción, donde también participaba, eran implacables, poderosos, absolutos. Me equivocaba. Nada es comparable con el sector farmacéutico, entre otras cosas, hablamos de vida y muerte, de su solución o, por lo menos, su postergación. Básicamente, cuando enfrentamos una situación de crear una enfermedad, se plantea a medio y largo plazo; es decir, en una franja que puede llegar a los 20 años de trabajo. Porque la enfermedad y su tratamiento, se tiene que incorporar al colectivo, ser parte, naturalizarse. Ejemplo, los analgésicos. Las primeras estrategias de comunicación arrancan en la Segunda Guerra Mundial cuando la potente industria alemana, situada en un bando, no puede satisfacer la demanda global y permite que la industria aliada cree estrategias rápidas de creación y posicionamiento de marcas que sustituyan a las conocidas. Y tuvo éxito. Tanto que, en un reciente estudio medioambiental de varias universidades sobre las cuencas hídricas que rodean las ciudades, se ha detectado problemas natatorios y de reproducción en especies marinas derivados de la excesiva tasa de los componentes de ibuprofeno que desechamos por el sistema cloacal (el cuerpo elimina por la orina un 70% del analgésico consumido y, por año se consumen, por ejemplo, en el caso argentino que está medido, 37 millones de dosis en una población de 43 millones. La cuenta, que la haga quién quiera).

Volviendo al esquema de trabajo de comunicación para introducir una enfermedad, la prioridad es el posicionamiento ante los prescriptores: los médicos. No se actúa directamente sobre el cliente final ya que se consideraría publicidad con toda la carga negativa que conlleva la herramienta. El médico suele ser engreído y petulante (las mofas sobre estos profesionales no tienen límites en los laboratorios), porque creer decidir en la salud, ser la mano que da bienestar. Y lo hace, claro, pero siguiendo unas pautas de otros. Desde hace décadas, están sobreinformados. Este fenómeno actual de la sobreinformación a través de las redes sociales, ya lo padecían los facultativos con su vademécum y, sin lugar a dudas, el mayor entramado de medios de comunicación especializados que existe como colectivo. En este océano de sobreinformación, la persona, sobrepasada, escoge, tiene sus referentes, sus fidelidades porque le merecen garantía intelectual. Sus procesos de fe. Los laboratorios (no hay historias conspirativas porque entre ellos compiten utilizando las mismas armas), a través de la ingeniería empresarial están detrás, ocultos, de los principales institutos de investigación, universidades y fundaciones. Se investiga en función de una oportunidad de mercado. Se patrimonializa la ciencia. Y en un marco de competencia, hasta se falsean resultados (ver reclamo de la Asociación Estadounidense de Publicaciones Científicas que a finales de los 90´, pleno subidón del neoliberalismo, amenazó con no publicar más resultados que no estuviesen plenamente contrastados). En la mayoría de los casos, los investigadores/científicos, no son conscientes del grado de manipulación. Al fin y al cabo, son personas que desarrollan un trabajo y que les permite vivir en unas determinadas condiciones de bienestar. La figura romántica, que puede haberla, es literatura mayormente. Hacen su trabajo correctamente, pero en función de las necesidades de la industria. Y lo publican. Y el médico lo consume. E interiorizado como verdadero, lo prescribe. Y llega al cliente final, el que va a la farmacia. Y el sistema funciona sin necesidad de publicidad, con la confianza en la cadena de valor del producto. ¿Alguien fue a una farmacia y comprobó la cantidad de medicamentos que consume una persona mayor? Salen, literalmente, con una bolsa de productos. Todos recetados, por supuesto. Por supuesto, paralelamente, se publican o emiten en medios de comunicación generalistas, domesticada la información, los resultados, siempre “avances en la lucha contra el…”. Son los periodistas científicos que, básicamente no tienen formación alguna. Y es que, en la comunicación corporativa del sector, por ley, el director de cuentas, sí tiene que ser médico y periodista. Una diferencia importante. El mensaje tiene que ser creíble por los prescriptores.

Por último, hay otras herramientas para estimular la prescripción que, sin embargo, dada la desmesura, se han visto limitadas y controladas por la OMS y los distintos gobiernos nacionales: los congresos (la visita médica es comercial). Esos foros donde, se supone, se intercambia información y se presentan investigaciones. Es, de lejos, el primer sector en este tipo de eventos. Y fue tal el desmadre que hoy están sujetos a limitaciones en el relacionamiento con los facultativos, docentes e investigadores que asisten.

Desde hace un tiempo, asisto a un intercambio virulento, que va in crescendo, entre defensores de la ciencia y los que apuestan por métodos alternativos. Agridulce la sensación. Por un lado, la certeza de la efectividad de la comunicación corporativa. Qué no es bueno por saber que se ha logrado confundir ciencia con el patrimonio de la ciencia. Y también, que se ha vuelto una creencia de libro. Por otro lado, las medicinas alternativas que han confundido al chamán ancestral con el curandero. Y, de una u otra forma, el resultado no es bueno.

El debate ha subido de tono e intensidad y, así lo siento, recuerda a los que existieron (todavía existen en otras latitudes), con el tema del aborto o sobre el divorcio, por ejemplo, donde unos llevan la discusión a anular al otro, a la imposición y no a la libertad de poder ser y expresarse, de optar, sin obligar (éramos unos asesinos quienes queríamos legalizar el aborto, unos inmorales por atentar contra lo que dios unió…). Cada uno debe de tener la libertad de actuar, optar, decidir cómo se relacionado con la medicina sin que por ello nos afecte a los demás (¿quién desconoce casos donde la efectividad del tratamiento sea en un sentido y otras, en el contrario?). La libertad personal no se impone al colectivo. Y este, a través de sus portavoces locales, que bien por proximidad o afinidad, se siente amenazado. Siente la necesidad de posicionarse en el siempre vigente debate de modernidad (con todos sus valores y simbolismos), frente a barbarie (con las mismas cargas). Y creo que se equivocan. Se puede, y se debe, criticar la democracia por imperfecta sin declararse contrario como sistema. Se puede, y se debe, criticar al capitalismo por sus sistemas financieros especulativos y convivir con el mismo haciendo un uso más solidario y comprometido. Todo pasa por la obligación. Y, en este caso, con la experiencia adquirida y sin renunciar a vacunar a mis hijos o sentarme una vez cada cinco años frente al médico, se puede criticar a los propietarios de la ciencia sin dudar que la misma está en el principio de preguntarse sobre los misterios que nos rigen como humanos. Es y debería ser una parte fundamental de toda sociedad. Pero no lo es. Es esclava de un financiamiento, de un consejo de administración y de los resultados de un parqué bursátil. Y ahí, se puede volver y de hecho ocurre en muchos casos, se vuelve perversa. Y si somos capaces de detectar y hasta apodar con fakes o posverdades a otras industrias o sectores que influyen nuestro relacionamiento, estaría bueno cuestionarse si verdaderamente es lluvia lo que se cuenta.