El voto está en las calles

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Un niño de dos años llora aterrado dando pasitos perdidos en la acera. Su madre, con un bebe en brazos, suplica entre sollozos que paren, que su marido no sabe nada. En el pisco, sangrando, el papá y el esposo, aguanta las patadas de tres policías de investigación que mezclan insultos, preguntas y golpes. Son las 7 de la tarde. Me acerco y con amenazas me obligan a marchar. Yo tengo 12 años y siento como mis tripas se retuercen. A veinte metros, en la parada del ómnibus, las buenas personas que esperan el transporte, aseveran: “con los delincuentes, mano dura. Solo así aprenden.” Son los años 70´, están suspendidos los derechos individuales y se aplican las Medidas Prontas de Seguridad. Es el preludio de la dictadura cívico-militar y las fuerzas armadas ya están en las calles. Es Montevideo.

Hoy, las encuestas echan humo. El suicidio del “Kiki” Pastorino, de 21 años, tras el asesinato de la cajera, genera réditos políticos. El 78% de las personas quiere la implantación de la cadena perpetua. El 43%, la pena de muerte. Las encuestas hay que ponerlas siempre en cuarentena. Igual, el debate está en la calle. Su primer asesinato, hace unos meses ocupo poco espacio. Un joven de 19 años. Ajuste de cuentas. Su segundo asesinato fue a su ex pareja. En diciembre. Ni con el estado de opinión favorable para terminar los feminicidios, tuvo el eco. No hubo manifestaciones, ni paros, como se hace cuando asesinan, por ejemplo, a un taxista. Denisse Legrand, acertadamente, insinúa que hay mujeres de primera y de segunda. La marginalidad es una doble condena para una mujer. El tercero, desata el espanto de la sociedad: asesina por la espalda a una cajera que deja un niño de 7 años. Tres muertes, tres actitudes. Y la cuarta, la del joven matador, un estado de opinión. Reprimir es la conclusión fácil pero como apunta un titular de La Diaria: “Muerto el perro no se acabó con la rabia”. Y ahora, se instalarán más alambradas electrificadas y se verá el oportunismo político. Justo hace unos días, quienes se autoconvocados agropecuarios le exigían al gobierno que deje de destinar recursos a las medidas sociales. Una ironía. O una realidad: es más barato la represión de la exclusión enquistada en el modelo occidental que la inclusión. Del 30 – 70% actual, se camina a paso firme a la distopía del 3 – 97%. Entonces, la opinión pública ya no contará.

Cruzo el río y el últimamente coreado por las hinchadas (“¡Mauricio Macri, la puta qué te parió!) presidente convoca una rueda de prensa para amedrentar a los jueces que imputaron a un policía por gatillo fácil. Cuatro tiros por la espalda a un delincuente que huía. El policía, sobre pasado en kilos de grasa, es un héroe para Macri. Y en su lastimero argumento, el mandatario apela a la dureza para recuperar la calle. Otra vez las calles. Y sale el nacionalismo de la argentinidad “al palo” que cantaba la Bersuit. Discurso para la clase media. La alta, vive en sus bunkers. La ceocracia que gobierna el país vecino ha disparado el desempleo y la precariedad vital. Pero estos discursos también elevan las expectativas electorales en las encuestas.

Al norte, el presidente Temer, hundido en su popularidad (3% de apoyo) que no lo salva ni el “lava jato” contra Lula, ha conseguido del senado su apoyo para militarizar Río de Janeiro. Represión al estilo “Tropa de élite” pero masiva. Y su publicista y asesor de imagen se frota las manos y lo proclama candidato para octubre. Las buenas gentes quieren que las favelas no dejen su condición de zoológico humano. Volverán las razias contra los niños de la calle (una vez un policía de la bonaerense, confundido porque me creía de los suyos al presentar una denuncia por el robo de un perro me espetó sobre los niños de las villas: “hay que matarlos de chiquitos. Les hacemos un favor. Nunca serán personas.”). La calle. Otra vez

Siete días de navegación y nos plantamos en África. En Melilla. El puerto de esa ciudad pondrá concertinas para evitar que los niños (3000 al año), se cuelen en los transportes al continente europeo. Saltada la doble valla de la vergüenza (llena de concertinas) que ya es un mobiliario más de la ciudad, sus nuevos residentes transeúntes quieren seguir viaje su destino vital. Una concejala del PP, Acevedo, con un discurso contradictorio, avala la decisión de las autoridades portuarias porque los melillenses ya no soportan que estos niños hayan tomado las calles. Represión para liberar las calles (entonces, ¿por qué no facilitan su marcha? En fin, es lo que es).

Las calles, nuestra seguridad, el caladero de votos. El miedo a la inseguridad es una percepción inoculada largamente. La lógica de la posesión como valor supremo necesita de un enemigo a quien castigar para alimentarse para sentirse como un recurso finito, escaso, único. Y el discurso de la calle como propiedad da votos. Es el espacio, su propiedad. Siempre ha sido. Desde el neolítico.

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La primera cita

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Ventura avistó un trozo de diario aproximándose al bote. Era como una red de deriva que el homo estúpido ideó para pescar indiscriminadamente al azar de los vientos y las corrientes, depredando con la atenuante de un encuentro fortuito. La tapa y la contratapa flotaban flexionándose con el movimiento del mar.

Mucho antes de su naufragio, cuando las orillas eran invitaciones a marchar, Ventura inició el camino de desaprender a leer. No a escribir, aunque fuese incapaz de leer lo escrito. Y era mucho. Los papelitos de sus bolsillos, la casilla de correos de envíos, las carpetas de documentos, las libretas apiladas o esparcidas por sus ocasionales casas, estaban llenas de textos para destinatarios que solo él conocía. Una escritura automática de Lebrero, ajena y contaminada por lo cotidiano. Muchos comienzos inconclusos. Tantas palabras taponaron sus arterías y nunca tuvo plata ni tiempo para hacerse el bypass que las personas acometen para celebrar sus nuevos estadios vitales, esos de “ahora lo comprendo” o los de “ya reaprendí a ser, a entender”. Así, se fueron agolpando, coagulándose hasta convertirse en una masa espesa, en un entrevero donde buscarle sentido resultaba imposible. Debatió sobre el sentido y la necesidad de recibir más información, so pena de no entenderla, o liberarse de lo que resultaba un disco rayado. Liberado, desaprendió a leer. Igual, cualquier objeto procedente de atrás del horizonte, donde se suponía que era el final del precipicio de la sociedad que habita en las alturas, le resultaba agradable y lo festejaba, aunque solo fuese con el tacto de sus dedos.

El diario, bien lavado por el tiempo flotando a la deriva, carecía de la prestancia de un formato sábana. Cosas de las tendencias, de las rotativas, de las tecnologías y los tecnócratas que hoy mandan en las editoras. Tantos años descubriendo los secretos de doblarlo y doblarlo hasta dejarlo en cuartos de página, lejos de haber sido una enseñanza inútil de su viejo, le mostró que cada noticia merecía un contexto para su lectura. Que eran periodista y lector quienes finalmente maquetaban la noticia a descubrir.

En cuarto página se leía una columna habitual, la crónica de una velada de boxeo o las de Racing, si no jugaba con Peñarol o Nacional que entonces pasaba a toda plana y los policiales de medio pelo que, a la postre, son los que marcan el pulso de la ciudad, la diaria. Los periodistas sabían que estaban destinados a ser enmarcados en ese tamaño de lectura y en sus maquinas acometían el texto con la densidad y calidad de los caracteres necesarios para la agilidad. Pocas o ninguna floritura. También, en cuartos, se leían los clasificados y las necrológicas, esa rara costumbre que adquieren muchas personas con la edad para certificar el “no somos nadie”. Verlos a toda página se atragantaba a más de uno.

En cuartos de páginas hay principio de lectura en movimiento, de premura y, en muchos casos, de intimidad, o así lo asoció Ventura desde chico. Un café a la espera, el ómnibus camino a algún lado, la parada recostado contra la pared o la cena de conversaciones cruzadas con el vespertino como escudo (viejos vespertinos, los diarios de la noche, que ya nunca volverán con sus aromas de tinta impregnando la cena).

A media página, solo con una doblez, que era la forma como los canillitas y quiosqueros vendían la prensa, la noticia política o la crónica de cabecera con títulos a toda página y foto prevalecía, salvo algún policial de infrecuente. Los habitas de la media página eran desde en casa por la mañana tomando mate, el boliche antes de comenzar el copetín o haciendo cebo en el trabajo (fácil de esconder para no ser detectado). A toda página, en cambio, era un simple vistazo, dos o tres palabras para anunciar lo gordo informativamente del día que las radios ya habían adelantado y la televisión puesto en imágenes. Un juego de ingenio semántico para atraer y ya está. Ventura, en aquellos tiempos, solo la desplegaba sentado en el váter.

Izó su presa pensando que una vez seca sería un buen aislante para el frescor de las noches. “Se quedaban cortos en la facultad – clareó un comentario al aire -, un diario también sirve como aislante del frío en una moto o en un bote o en la calle, además de para envolver el pescado.” Pasó horas mirando como lentamente el sol hacía su trabajo de secante. No tenía otra cosa que hacer y ya había superado su carácter de soldadito que se autoimpone un trabajo como una guardia. Hasta en la más absoluta soledad, a muchas personas les cuesta desprenderse del deber y su cumplimiento. Se generan unas rutinas de obligado cumplimiento y se mantienen unas formas que en el fondo, tan sólo es la esperanza en el subconsciente. El abandono y su libertad viene con el tiempo. Y no necesariamente la desesperanza. Es asumir la situación en positivo, sin el yugo de la educación que cada cultura impone para disciplinar a las personas. Ventura lo observaba sin tocarlo, disfrutándolo antes de tiempo con solo imaginar su textura sobre su panza.

Abierto sobre el banco de la proa, con la tapa y la contratapa frente a él, lo miraba como a un cuadro, más allá de los trazos principales. A cada rato lo acariciaba con sus dedos para medir la humedad que aun restaba preso de cierta impaciencia. Y lo hacía siempre por su contratapa, por donde recordaba que empezaba su lectura cuando tuvo la capacidad de comprar sus propios diarios. Las tapas, pensaba, eran un reclamo vacío de contenidos mientras que la contra, tupidas de palabras, era donde habitaban las plumas que son escondidas por los editores y por, vaya uno a saber por qué, no podían renunciar. Los versos sueltos, irredentos, los relatos escritos entre vahos de experiencia, ironía y cinismo. No los periodistas que escriben en la doble de Opinión, bajo el ala de la línea editorial. No, los buenos están en las contratapas de los medios. La contra fue lo último que Ventura desaprendió como lectura. Pero lo hizo y ahora se limitaba a acariciar el papel prensa, la foto de la columnista y la otra nota, a tres columnas que respiraban demasiados huecos a su entender. “Los tiempos, son los tiempos, seguro. Le dan espacio a los lectores irredentos para que no se les traben los ojos y terminen como yo. Casi me da pena no saber leer. Se asombraría la mujer de la foto sobre su columna. Alguien en medio del océano leyendo su instante de locura escrita. Linda locura, creo. O rabiosa. O cínica. Su foto me inclina al cinismo. Me meo. Si lo supiese, alguien en un lugar de la tierra compra un diario que el viento arrastra al mar y este lo mantiene a flote buscando a su último lector. Y me agarra a mí, un naufrago que ya no puede leer. Tanto viaje para terminar con su cara sobre mi panza escuchando las historias y canciones que me mando antes de derrotarme al sueño. Tanto viaje para que su cara sea un abrigo nocturno.”

A la tapa no le daba pelota. Grandes tipografías y una foto que estaba seguro nadie recordaría. Le hizo gracia una publicidad de estanterías metálicas a pie de página. Se preguntó quién compraría un periódico y de paso, unas estanterías. Muchas veces le habían explicado en vano la fórmula de los impactos publicitarios. Muchas veces que él despachaba rebajando el rigor de la misma, dudando de la exactitud de su formulación, haciendo bromas con los caos mentales que producían queriendo ser científicos de la comunicación. Una tapa aguanta cualquier cosa, solía pensar, hasta aquella única palabra recontra declinada que ocupa tres líneas y le llevó dos cervezas tranquilas en Helsinki, cuando Finlandia todavía no era una marca. Así conoció a Ylva. ¿Qué será de la vida de Ylva?, pensó, ¿qué será de la vida de muchos otros con los que coincidí alguna vez? Intentó recordar algún detalle más de aquella mujer, allá de su capacidad para decir en dos segundos aquel ilegible título de tapa. Y su traducción al español con acento brasilero. No al portuñol, en constante construcción según el precio del arroz de frontera. Fue una tarde estupenda que le fue fácil rememorar. Nublada, Finlandia; fría, Finlandia; lenta, Finlandia. Ylva había nacido en San Pablo y su piel mostraba la curtiembre paulista. Igualmente, Ventura nunca hubiese apostado que aquella mujer, de unos treinta y algo, enfundada en su campera de plumas, fuese casi una vecina. Era nórdica. Europea nórdica. Nariz chica, rubia, obvio, y ojos ligeramente rasgados pero no tanto como las tribus de más al norte. Quizás por la ropa, más colorida, le habría quitado su extranjería. ¡Macanas!, solo a los yanquis se les reconoce por su particular ropaje ecléctico (que los más decididamente tachan de mal gusto). Ylva, como había tomado la iniciativa de salvar a Ventura en su trabalenguas de la tapa del diario, se auto invitó para compartir mesa. “¡Cómo carajo era el nombre del pueblo! Empezaba por pe: Perito, Petela, no Petelo, no, pe, pe…” se interrogó en voz alta Ventura. Ya me saldrá, concluyó, para evitar el bucle que con la edad entran las personas que se consideraban memoriosos y que ven como se les va yendo, reduciendo a una vocal, a una letra, a un sonido que tortura y tortura hasta que se da con el nombre después de horas o días.

Tras las presentaciones y sus preguntas de tanteo para corroborar que la intuición no les había fallado a la hora de elegirse como ocasionales compañeros de mesa, Ylva, amena e inteligente conversadora, justo contra lo que Ventura no tenía antídoto, le narró la particular historia de sus antepasados que a finales de los años 20´ se embarcaron, con otro centenar de personas, en un viaje hacia Brasil para construir su utopía: una sociedad vegana. Ella sabia adornarla con detalles que no importa si eran inventados. Del mustio y congelado verde musgo al sudoroso y titilante verde musgo. De una sabiduría silvícola a otra ignorancia entusiasma e ilusionante silvícola. Matices, tan solo detalles, de quiénes tienen las puertas del mundo abiertas. Aunque era diseñadora industrial, le venía de familia, metidos en el negocio de los medios de comunicación, contar relatos e historias. Las largas noches del norte también hacen escuela. En 1929, sus antepasados habían llegado al Brasil con la idea de fundar una sociedad libre de alimentos cárnicos y más estricta que solo comer verduras. Los había de muchas profesiones aunque primaban los agricultores. Construir es un pacto de unos muchos y el centenar de personas resultaba abultado en el mato atlántico brasilero. Dicen, decía Ylva, que el segundo de sus grandes motivos era escapar del previsible estallido de otra guerra mundial. A Ventura le pareció más plausible este segundo argumento, quizás, porque entraba en más en radio de intereses conocidos y que de alguna manera profundizados, quizás, porque se reconocía poco más que un oyente en la cultura vegetariana y, más aun, en la vegana. Cuesta asumir que poco se ha inventado realmente en la conducta humana, que se patina sobre la misma mancha de aceite aunque las formas sean diferentes. Además, el periodo de entreguerras, a su juicio, tuvo que ser cruento y miserable, depredador, mentiroso, de emociones a flor de piel, de revanchas guardadas, una maquina de convertir a las personas en victimas de un modelo condenado a fracasar. Como el que viven los que están más allá del horizonte, sonrió por su lejanía. Los Hitler, Mussolini, Stalin, Churchill ya existen, o existían antes de mi naufragio, matizó, ahora. Los mares se llenan otra vez de carga humana que huye sin saber bien lo que les espera en las orillas donde arribaran.

Aquel proyecto de sociedad utópica duró 10 años sobrepasados por la naturaleza propia y del medio. Ylva, mirando al embarcadero frente a la terraza parodió su sentencia: “Finlandia, ya lo ves, es un modelo no exportable a otras latitudes. Y los fineses, aunque simulen ser autómatas, puestos en otras condiciones ambientales, al final, son humanos y adquieren los comportamientos locales. Siempre con el toque, finés -risas de ambos. Por eso, tras la pelea con la naturaleza, los mosquitos y las relaciones con brasileros y otros migrantes, los abuelos desistieron y se marcharon a Sao Paulo. ¿Y adiviná a qué? – al boleo Ventura le lanza un tópico absurdo: a poner una sauna. Exacto – contesta Ylva -, una y muchas más saunas para deleite de paulistas. Y se hicieron de oro. Y de las saunas a un diario, después una radio, otra, otra, el periódico lo transformó en una editorial con revistas de deportes, moda, bueno, tuvo la oportunidad y la aprovechó.”

Ylva y Ventura se desnudaron de trozos vividos por cada uno con la certeza de que nunca más se cruzarían en una terraza de una cervecería. Linda mina, le vino a la boca, “¡qué gélida estaba la primavera allá al norte! ¡Mierda, Penedo es el nombre! Penedo, entre Río y San Pablo.” Y descansó aliviado de hacerle un corte de mangas al bucle del olvido.

Los ruidos en la panza le despertaron. Casi era noche. Miró a la puesta del sol por cábala. Nunca se sabe. La doble página del diario ya estaba seca, lista. Royó un trozo del pescado desecado que su impericia le obligaba a racionar y se reacomodó con la foto de la columnista del diario en su panza. Imaginó escuchar un texto descarnado y lleno de ironía que un día ella escribió manoteando en su propio océano. Era una cita, la primera en demasiado tiempo.

Halladas en Madrid las Meninas robadas en Canido, Ferrol

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En 2008, Eduardo Hermida se embarca en una idea sentipensante, que dirían en Colombia, para transformar un espacio, que es un barrio, olvidado de la ciudad de Ferrol que supo ser aunque no lo supiesen ver. Canido. Un proyecto, ya realidad, estupendo, digno de una personalidad que siente su entorno, que le duele, que es capaz de imaginarlo desde su prisma de artista. Un espacio que, por suerte, fue y es compartido por muchos y que a la vista de los hechos, robado por otros. Rescato de su dossier lo que él mismo escribe: “En una especie de espontánea socialización del arte a favor de la causa comunitaria del barrio, las Meninas de Canido es un triunfo del talento artístico como vehículo de comunicación y punto de apoyo para la solución de necesidades urbanas.”

Ayer, una amiga común, hablando del poco respeto que se tiene sobre las ideas y propuestas, sobre el intelecto inquieto que se niega a sumirse en una vida funcional por parte de las administraciones locales, me contó de que el Ayuntamiento de Madrid, recogió la propuesta de Canido bajo el título de «Meninas Madrid Gallery», donde 90 esculturas personalizadas por distintos artistas ocupan las calles de la capital. Según leo en el ABC, medio cañero con las acciones del consistorio actual, la iniciativa “nace de la Asociación Empresarial del Comercio Textil y Complementos (Acotex), la organización más representativa del sector Moda y Retail de Madrid, para reforzar la imagen de la ciudad y el turismo de compras.” Y a ella se suma con entusiasmo la alcadesa.

Las casualidades no existen. Hoy en día todo se encuentra por internet. Ya antes, el plagio se realizaba yendo a exposiciones y obras teatrales o montajes escénicos para copiar iniciativas de “estos pobres artistas que solo ven el arte y no su utilización comercial”, dicho por una directora de una empresa francesa de showbusiness. Pero este caso es más hiriente porque lo realizan quienes fueron votados para un cambio en las formas, no solo para lo simbólico. Nadie le pidió permiso a Eduardo Hermida, nadie lo convidó, que por otro lado hubiese sido más efectivo e ilusionante, a participar. Simplemente se fusiló. Y probablemente, en lo legal, nada se pueda hacer. Queda lo moral. Y en eso, todo hay que decirlo, Carmena le escribió un correo de disculpas. Seguramente nada supo, aunque sí la concejalía de turno que autorizó el robo de la idea. Total, quién le puede decir algo desde uno de los barrios más olvidados de los territorios olvidados del noroeste. Tampoco el Ayuntamiento de Ferrol reclamó, aunque sí saca pecho en las ferias de turismo.

La corrupción también es en especies, no solo en plata. El fin, los votos. Y por lo visto, hay algunos, no todos, de los jóvenes políticos que ya son profesionales de la política. ¡Cómo la casta!

Lo que estoy seguro es que Eduardo Hermida seguirá creando proyectos estupendos, maravillosos, llenos de sentido y criterio porque tiene lo que muchos carecen: sensibilidad por su entorno y por las personas. Y eso, no lo dan los votos. Qué disfruten madrileños y visitantes capitalinos de una idea “robada”. Y si quieren, Canido está en Ferrol. Seguro que Eduardo Hermida los recibe con cariño. Tiene ideas propias.

Imagen: Machbel

Palabras de pobres

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Orfeo yace tirado en el suelo desencajado de dolor. Lo sabe, ha escuchado al espíritu de Eurídice en el inframundo de un terreiro de santo: está muerta. A él se acercan el niño que ya sabe que con una canción el sol aparece en el horizonte y el viejo Hermes, el cuidador de la estación de tranvías, la experiencia. Los tres en plano son pasado, presente y futuro. Orfeo, entre sollozos le declara a la experiencia: “Yo ya no tengo nada en la vida. Soy más pobre que el más pobre de los negros”. Hermes, que tantas veces ha vivido la sobrevivencia, con voz suave, calmadora, le contesta: “Pide caridad, mi hijo. Todos somos pobres y la única palabra que se puede decir es una palabra de pobre: gracias”. “Orfeo Negro” (Marcel Camus y coguionista Vinicius de Moraes), la noche y su irremediable mañana de carnaval, vio la luz en 1959. Muchas décadas han pasado remontando una situación que hoy, más que nunca, se desinfla con descontrolada velocidad. Muchas personas empeñaron sus vidas por erradicar la caridad como método en pos de la equidad. Y visto en la distancia, valió la pena, aunque el castigo por tanta osadía sea cruel y cruento, avasallador, camuflado en máscaras de progresía e intelectualidad mediática. El pobre es hoy más pobre porque se ha legalizado su pobreza y asumido desde un discurso benévolo, buenista, correcto pero distante, desde la frontera de un bienestar no permitido al Otro. El goce, es cosa de pocos.

Y como si Hermes siguiese inclinado consolando a Orfeo, la escena, como un plano continuo de un movimiento Dogma olvidado, podría añadir otras palabras de pobres como, “por favor” y “perdón”. Porque si se inocula desde la infancia que la vida, para sobrevivirla, depende de un poder al que agradecer la gracia de mantenernos vivos, aunque sea en el dolor y la miseria, es otra realidad que la caridad nos obliga a pedir por favor nuestros derechos y libertades, como las que tienen otros. Por favor y gracias no como una cortesía sino como una condición. Por favor. Gracias. Y la tercera, igualmente de pobre, es la necesaria marcha atrás que la osadía de ser pensante a veces nos vuelve descuidados diciendo o haciendo lo que consideramos correcto. Entonces, no queda más remedio que pedir perdón. Las reglas son las reglas, ¿verdad Hermes? Por las dudas, gracias por sus segundos, por favor no se enojen y perdón por el vuelapluma.

Los canallas no mueren de vergüenza

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Está buena la frase. Podía ser un graffiti. Sabiduría anónima manuscrita. Es una adaptación, después incluyo la original, de Lacan, en 1970. Los canallas están por todas partes, nos los cruzamos a diario y hasta convivimos en un descuido. Intencionado o no. Sería fácil poner solo el foco en la dirigencia política o económica, ibuprofénica medida que nos calma y forma equipo. Con los primeros, una buena parte, existe un pacto donde unos mienten, otros los votan, luego se enriquecen, se les insulta y parece que no hay más remedio que volver a votarlos. Con los segundos, nos financian, nos ponen los servicios que supuestamente nos hacen la vida más cómoda y se acepta una pequeña y reiterada estafa, mensual.

Los canallas se hacen, no nacen. Los hay de todas las intensidades y edades, que no resulte cruel rescatar de la memoria a ese niño sibilino que siempre está detrás, nunca delante, de los hechos. Y con la edad, todo crece. Los hay de pelo largo y corto. Es igualitario en género, tendencia y tonalidad. También en rasgos e idiomas. De estudios primarios, secundarios y terciarios. Son canallas con vaselina o a pelo.

Su ideario, obtener el beneficio del otro. Son el yo sublimado: cosmético y veneno. Su medio: el dominio. Sus herramientas el maltrato y la explotación en todas sus manifestaciones, ya sea de género, infantil, animal, medioambiental. Por supuesto, económico. Y en estos días, un secreto que nadie quería prestar oídos, la cara oculta de algunas organizaciones no gubernamentales a los cuales se les cedió, subvencionando, por supuesto, el papel protagónico de la acción de emergencia sanitaria, la cooperación social.

“Conducta sexual inapropiada”, atemperan sus comunicados que admiten una situación conocida desde hace años. De algo sirven las facultades de Comunicación. Hay mucho dinero en juego. Así que no entraremos a juzgar cómo se reclutan a sus trabajadores. Y todo huele a ese tufillo de “mal de muchos”. Son canallas. Y lo son porque ellos representan la esperanza de millones de personas que, a falta de la solidaridad de los estados, ven llegar a estos trabajadores con sus limpios chalecos, sus llamativos logotipos e impecables camionetas como una única oportunidad de vida. Son los del primer mundo. Los buenos. Y en realidad hay un buen trabajo de muchos, aun a pesar que la mayoría lo utilicen para forjarse un currículum, su propia fuente de trabajo.

No pasará a mayores. Los tiempos informativos vendrán a echarles una mano. A lo sumo una ciclogénesis puntual. Lo saben bien quienes han hecho de la canallesca una forma de vida (y son una legión). Y volviendo a Lacan y su frase: “Es preciso decirlo, morir de vergüenza es un efecto que raramente se consigue.”

 

La mar de Moebius

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Ventura izó su cuerpo en la proa del bote para expulsar la solitaria que le recorría bajo su piel. A falta de tocino para tajearse y engañarla en su voraz ruta, hizo lo que tantas veces le había resultado: gritar hasta la afonía al horizonte que le aparecía por la popa, dejando en primer plano los tres metros de lancha, su presente, y la mar, estúpidamente, calma navegada sin estelas. Una revancha. Una forma como otra cualquiera de poner fin a muchas horas remando absorto en vidas que ya no eran palpadas pero que aun, las pensaba. Como el nadador de fondo que entre brazada y brazada construye relatos breves para aliviar la resistencia del agua, entreteniendo el tiempo al que desprecia para no saberse imposible, Ventura había desarrollado la capacidad de hacerlo lo mismo entre palada y palada, ajeno al juicio crítico de su improvisada forma de remar. Y lo hacía durante horas, sus horas inventadas. Alguna vez intentó bogar durante la noche y terminaba distraído por la gráfica de bóveda. Y reía descubriéndose que ni el aislamiento lo alejada de la imagen, de esa construcción estética que entra por los ojos y se deconstruye en la mente para expresarla con los dedos en el aire. Hasta los presos en sus celdas de castigo, de paredes opacas, recrean imágenes transformadas por la mente de hermosa insensatez. Imposible encarcelar a la persona en cuerpo y mente. Lo saben y, o torturan la carne, o adormecen la mente. Por eso, las noches de Ventura eran gráficas, visuales, que lo adormecían sumido en el goce de crear sus propias constelaciones. Remar, no, eso era por el día. Sin mirar buscando un destino, a veces haciendo de barquero alemán de los siglo XIV en sus naves de los locos, a veces haciendo de improvisado tripulante de una improvisada tripulación de Shackleton que huye del hielo aprisionador, a veces de curioso y furioso maorí fascinado por el vacío oceánico al que intuye aguantador de prófugas islas, a veces como si él fuese el culpable de apretujar el espacio para convertirlo en una banda de Moebius que una y otra vez lo devolvía al mismo punto con miradas diferentes. El final siempre era un geiser de palabras acumuladas, liberadas al aire que lo separaba del horizonte. Unas veces su speech era de disculpas por haber naufragado, un m’aider encubierto en busca de un rescate, otras, sin embargo, tenían el gusto y la fuerza amarga de un mate matutino donde estar perdido era putear contra el ruido acusador de disidente, algunas, también, alucinógenos encuentros con sus querencias tatuadas, que de espaldas, vivían ajenos a sus gritos de estar vivo y, cómo no, unas veces lo malo era bueno, y al revés, lo bello se había se ajado, y rejuvenecido, el almizcle era salino, sabroso, intenso y al volver, un recuerdo de puerto, borracho, empecinado. Vacío, contemplaba el silencio de la mar océana. Su mar de Moebius.

Ciudad Vieja, ¿le dan una pensada?

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Primero las redes, ahora los medios, es evidente que se están templando las lonjas para el definitivo plan de peatonalización de la Ciudad Vieja, en A Coruña. Está bueno, es lógico y casi llegará al final de la legislatura. Las prioridades van por barrios y hay que saberse bancar los tiempos de otros. De lo leído, me falta el modelo (lo mismo que al reino). No basta con quitar los autos, hay que saber cuál será el papel que le tocará jugar al barrio histórico de la ciudad. A este trozo de territorio, en un extremo, no viene nadie exceptuando cuando llega la feria medieval. La ciudad no cuenta con parte vieja. A la vista del debate, la Ciudad Vieja, será otro ejemplo más de la gentrificación donde solo los con mayor capacidad de recursos podrán soportar el pago mensual de los insumos. En la misma no hay nada y muchos de sus establecimientos están con el traspaso anunciado en internet. Vivir cuesta más que a un vecino de otro barrio. Y los servicios son menores por la complejidad de obrar sobre piedra. El vecindario o está envejecido o tiene una alta capacidad económica lo que, en ambos casos, puede asumir y/o suplir las carencias. Por eso, y para evitar que se convierta en un gueto de ricos o de empleados de Inditex, es necesario analizar a la Ciudad Vieja y pensarla a corto, medio y largo plazo (no me gusta llamar al modelo plan integral porque los sucesivos fracasos del término lo han vaciado de contenidos; es como la dichosa transversalidad)..

En primer lugar habría que considerar sus hándicaps naturales: está en un extremo y tiene como barreras una plaza desolada, María Pita, y unas pendientes considerables que motivó la instalación de un ascensor. Es decir, no es cómoda para el resto de la ciudadanía. Tanto es así que el paseo marítimo que la circunda se llena los fines de semana y nadie se le ocurre entrar al barrio porque, básicamente, no tiene algo atractivo más allá de las edificaciones antiguas. Y por ahí sale el segundo problema: nadie invierte porque no es una zona de paseo y el ayuntamiento no tiene planes específicos para rehabilitar la vida de un espacio ciudadano. Al contrario, el Ayuntamiento y sus tasas municipales suelen ser el problema. Las iniciativas hosteleras u comerciales no llegan ni a la consideración de golondrina. No dan los números, se mire por donde se miren. Es una pena que no se tome ejemplo de otros ayuntamientos, sobre todo nórdicos, centroeuropeos y anglosajones que aplazan los deberes impositivos (no los condonan ni generan subvenciones que a la postre es la herramienta del clientelismo), para permitir que prospere la iniciativa. Por supuesto, exigen un plan de viabilidad. Y son garantes ante las compañías de energía (el agua es municipal). Es decir, te dan chance. Acá no, la funcionaria de turno, estresada por su aburrida vida de 8 a 15 horas, de lunes a viernes, reclama los impuestos antes de nada. Y comercios y hostelería, que asumen rentas altas, consumos altos por deficiencias en los servicios y el pago de los impuestos (que no pido que se eliminen), abren sus puertas para cuatro vecinos. Negocio ruinoso. Cierre a la vista.

En segundo lugar, considerado los hándicaps, se buscan las soluciones, se crea un modelo específico. Es innegable el potencial de los barrios históricos (si tienen tiempo viajen a Pontevedra). Pero no llega con su carácter histórico, hay que darle un sentido, un criterio único, un valor que dicen los marketeros ya que el espacio, por sí solo, es el escenario. Más que al turista ocasional, hay que buscarle su lugar dentro del conjunto de barrios, de la ciudad, para atraer al propio ciudadano a un espacio único, singular, con carácter. Ahí puede existir muchas opciones de eje convocador de personas que incorporan una parte de la ciudad a sus rutinas periódicas. Particularmente, porque conozco la experiencia en otras ciudades y su implantación no ha generado la odiosa gentrificación, me gusta el concepto de “barrio de las artes”. La ciudad respira plástica (que tampoco lo ven y se la juegan solo a la música), hay una buena base editorial o de librerías, gran número de fotógrafos, existen proyectos audiovisuales, música y, por supuesto, arquitectura (hasta hay una Escuela de Arquitectura en la ciudad). Se debería apoyar la instalación de propuestas ligadas al criterio principal que arrastren otros emprendimientos complementarios y hacer de la Ciudad Vieja un lugar de visita. Y por supuesto, establecer programas de rehabilitación acertados, posibles.

Personas + espacio singular = a un signo claro más en beneficio de toda la ciudad. Los hándicaps ya se encargarán de regular los flujos de personas.

Por último, es importante que el modelo escogido, si alguna vez se contempla, sea complementario para el resto de propuestas que tiene consolidada la ciudad. Eso es el carácter y a cualquiera nos resulta fácil localizar diferentes estilos en la urbe. No es un todo igual pero sin coches y con edificios de piedra, es lo que mentalmente cualquier persona se representa mentalmente sobre lo qué encontrará en el espacio. Esta o cualquier otra propuesta de modelo debería estar junto al proyecto de retirar únicamente los autos de la Ciudad Vieja. ¿Le dan una pensada?