Los piel clara

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Existe un dicho, un maldito dicho, pero dicho al fin y al cabo que rebota entre los muros de casas encaladas. Las de las carpinterías azules. Las mil veces fotografías. Un dicho tunecino. O argelino. Transfronterizo, seguro. De cuna mediterránea. Oído también en las orillas de enfrente. También de casas encaladas. Blanqueadas cada año. Con escoba, mortero, agua y cal muerta. Y carpinterías de colores. Las membranas vibraban antes del cataclismo. Qué lo hubo. Tuvo que haber existido. Como el terremoto de Lisboa. El de 1755 donde emergió el Marqués de Pombal para enmudecer el dicho. Para borrar y dibujar. Y en la orilla septentrional, el olvido. Tan solo aparente. La genética recuerda a más de la mitad de sus actuales moradores de esta Europa meridional que, en los vientres del pasado, aquellos a quienes se refiere con desprecio el dicho eran sus antepasados. Por eso el cataclismo. Que no existió porque falta en los libros de historia. Romanos, visigodos, árabes, al fin cristianos y sus esclavos. Decenas, cientos de miles. Desde aquella mañana del 8 de agosto de 1944, en una playa cerca de Lagos, cuando la crónica de Gomes Eannes Azurara, a falta de oro describe la novedosa mercancía, “se desembarcaba a los prisioneros. Estos eran negros y tan feos de rostro y de figura, que parecían venir de un mundo inferior.” Y se distribuyen por el Mediterráneo desde el Atlántico. Pero desaparecieron de la historia. De la inquietud. Ya no hay vergüenza, solo ignorancia. Y en la postmodernidad, nunca concluida, se acuñó, una vez retomadas las rutas de negreros esclavistas, una suerte de condescendiente diferenciación para quienes venían, vienen y vendrán a avecindarse: los subsaharianos. Los pieles claras de la otra orilla del Mediterráneo tienen un maldito dicho: “Ojalá que dios no ennegrezca tu vientre”. Veremos si cruza el dicho, ahora tan claros y civilizados, y que otro cataclismo, si lo hubo, guarde esta vez en la memoria y en la mirada muchos, muchos, que una vez, alguien de sus antepasados estuvo en un vientre esclavo.

Pepe sabe

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En sus primeros meses en prisión, Meursault aprende a matar el tiempo. Todo es nuevo. El sol ardiendo en las calles de Argel, los aromas de ciudad quemada, los deseos imprevistos, la excitación en el mar, la indolencia subir y bajar escaleras, de caminar, era su diaria en libertad. Preso, su hallado método de resistencia: la habitación. Por azar recuerda una habitación vivida. Día a día va encontrando objetos, instantes, cosas que estaban perdidas; pero estaban. La reconstruye en su cabeza. Son memoria. Concluye que: “Comprendí entonces que un hombre que no haya vivido más que un solo día podría, sin dificultad, vivir cien años en una prisión. Tendría suficientes recuerdos para no aburrirse. En cierto modo, era una ventaja.”

Pepe anda plantando sus flores en la chacra. A falta de ese paneo de cámara que siempre deja entrever la vida de Lucía y él con su cama sin hacer, los cinco dedos de la botella de whisky que aún restan por beber, el mate aprontado, la bolsa de la compra colgando de la pared, la libreta sobre la mesa, lo entrevistan por videollamada. No es taciturno como Meursault, su método de preso fue galopar a lomos de hormigas que no conocen de encierros ni soledades. Construyó lo que las armas no proporcionaban. Su felicidad. A Lucía y a él, les han dado palos con ambas manos. En cada entrevista, las mismas respuestas. Driblea lo personal, la anécdota de haber sido guerrillero, senador, ministro o presidente. Su hilo conductor es el mismo: la plata no compra vida. La plata no compra vida pero sí la destruye. Lo hace con las personas, la naturaleza. Crea decorados, anula sentidos. La plata no es el sol de Meursault libre.

Y mientras los aviones con cargamentos sanitarios se subastan en vuelo al mejor postor, los multimil millonarios juegan a la filantropía debidamente publicitada y el lobo europeo sopla para derribar una casa que parecía común, al día siguiente, en estos momentos de vivir por correspondencia, los gurises me escriben con una sucinta conclusión: Pepe sabe.

Renta básica universal

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Estamos entreverados. Hay una cierta sensación de apriete. Hay una necesidad ahora mismo en entrar en hibernación para despertar en una primavera posible de vivir, con nuestros territorios de caza rebosantes de comida. No es posible estar en la guarida insomnes, entre el desasosiego de no estar y no ser las personas que nos creemos, que exigen y cumplen, y la que nos muestra la realidad, donde estamos con las manos atadas en un bote al garete en el medio del océano. La incertidumbre no se banca con consejos de psicólogos sociales. Es personal e intransferible. Y cicatriza mal, si llega el momento de poder lamernos nuestras heridas y verlas frente al espejo. En cada país, salvo China, existe un estado de confrontación de sus gobiernos y oposiciones que aporta poco en cómo se enfrenta una pandemia. Y es terrible por la inestimable mano que se le da a los partidos oportunistas del feudalismo político, siempre simples en sus ideas y propuestas. Y hay una retransmisión confusa, una necesidad de cubrir horas en llegar y mostrar que se llega con las medidas que se adoptan que enchastran la cancha y ya nadie tiene claro sí se hace o no, si es ahora o mañana, si es una realidad o una propuesta. Se satura al cuete con tanta información que, por ende es ilegible.

Ayer, la ministra de industria de España, recitaba todas las medidas que, ayer eran nuevas o se sumaban a las de anteayer y que, obviamente esperan ser enriquecidas con las de hoy y, seguro, las de mañana. Ayer, también, el liberal The Economist publicaba una editorial sobre la necesidad de un gobierno fuerte frente a la pandemia. Alguien con tino matizó: un Estado. La realidad es que vivimos en sociedades castigadas por crisis económicas donde la informalidad de las relaciones se ha tolerado como mal menor. No estamos en regla, total o parcialmente. Comemos y nos vestimos. A veces salimos a tomar algo. Pero tranzamos pequeñas irregularidades (y los gobiernos lo saben) para resistir. El alquiler sin legalizar que te propone el arrendador porque así da el precio. Los contratos labores con partes de la artesanía financiera. Los intercambios de servicios sin factura porque, bueno, sirve a ambas partes… Existe un estudio donde se refleja que las medidas, leyes, decretos, etc. generados por gobiernos solo pueden ser cumplimentados por un 15% de la población a la que van destinados. El resto, por algún motivo, no cumple, no accede, se queda en el limbo burocrático. Y ahora, el bicho, que no entiende de nuestras sociedades construidas, nos ha venido a mostrar que tan solo son escenarios de un plató. Pura fachada.

Ya hace tiempo que se estudia y hasta se proyectan escenarios que nos permitan mantener cierta imagen de permanencia para evitar la realidad: los índices de pobreza disparados. No dan, en este modelo de bienestar donde la mano de obra está lejana geográficamente, los números de correlación entre la oferta y la demanda de trabajo. Ah, los fundamentos morales que se imparten, hablan del trabajo como valor supremo. Bueno, desde muchos córneres ideológicos, la renta básica universal, se considera seriamente. Y qué mejor momento que el hoy, con la pandemia, para aplicarla, por lo menos temporalmente. Se necesita una medida sencilla, fácil de aplicar y, sobre todo inmediata. Una medida que mantenga el músculo social listo para el post evento. Que si hay que estar tres meses encerrados no signifique que cada uno haga la guerra con su cuenta. Que no deje gente atrás. Que no los consuma entre lo posible y lo imposible. Que se entienda por qué se es parte. Que solvente de una vez por todas la incertidumbre de la encrucijada y, sobre todo, que libere las capacidades y recursos de la principal tarea: pelearle al bicho. La renta básica universal durante la pandemia demostraría que las constituciones no son un mero marco teórico y nadie es mendicante. Porque de una u otra manera todos somos empleados, desocupados, trabajadores informales o sumergidos, migrantes avecindados, personas en situación de calle, autónomos, pequeños y medianos empresarios, arrendadores y arrendatarios… en un mismo barco.

La ruta de la seda

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Hay una imagen que me perturba cada mañana cuando accedo a los medios de comunicación: el mapa del contagio. Esos círculos rojos que se superponen sobre mapamundi, con diferentes tamaños e intensidades. Hasta hace poco, partían de China y terminaban en Europa. Ahora, Estados Unidos es su “stazione termini”. Por el momento, las ronchas del bicho en el resto de la tierra aparecen sin patrones, fuera de la ruta. El olvido, otra vez por el momento, de estos territorios les ha dado un impasse de espera. Cuando llegué será desolador. Como antaño, cuando sus personas y riqueza eran codiciadas por Europa. Por los mercados. La esclavitud, el oro, la plata, el petróleo, la comida los ponía en ese mapamundi que manejamos. Y las rutas, a contrapartida, les llevaban enfermedades devastadoras, genocidas. Porque el bicho, este bicho, que antes fue la peste negra, la mal llamada gripe española, no ha inventado nuevas vías que pudiesen despistar y dejar fuera de juego a las sociedades, ya definitivamente paradas del trayecto. Cumple con una ruta previsible irremediablemente asociada a los mercados, a las antiguas compañías de indias. Toda esa historia que nos convoca y que eufemísticamente llamamos, del “descubrimiento”, fueron y lo siguen siendo comerciales. Podríamos remontarnos a cualquier época, pero basta visualizar los diferentes mapas desde el siglo XV y veremos cómo pequeños reinos como el español (Castilla), portugués, holandés, británico… trazaban esas rutas sin otra implicación que conseguir recursos y riquezas para mantener sus cuicas europeas. Y lo hacían, fundamentalmente, a través de compañías (privadas) y financiadas por la banca (privada). Sí, se le agregaba el supuesto sustento moral de las religiones, ese papel civilizatorio que se devolvía, junto con las enfermedades, con manufacturas. Por supuesto, la historia oficial habla de conocimiento, de intercambio, de progreso, también. Y mucho (a nadie se le escapa las veces escuchado: “los civilizamos” como si fuera un valor por sí mismo. Nada, o muy poco, so pena de la excomulgación por delito de demagogia, de los bichos. De sus rutas. De sus muertos.

Y sí, cuando cada mañana veo los mapas, me viene a la cabeza porque es tal cual, aquel camino con más de 2300 años (hay quién la sitúa, cuando era de jade, a los 7.000 años) por donde venían de Oriente a Occidente, caravanas llenas de productos y que ha quedada en nuestra memoria, con cierto romanticismo por los Marco Polo de turno, como: La ruta de la seda. La más vieja ruta comercial. He de reconocer que desde el principio rascó mi cabeza. También mis dudas para no asociarla con otras rutas (hoy muy vigentes): la de las personas migrantes. Su bicho es la vida. Convendría no olvidarlo.

El aplauso disciplinado

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Yo no aplaudo. Dicho así, seguramente que a más de una persona le dará ganas de arrancar estas palabras como a la mala hierba (esa brizna de pasto que crece sin domesticar y desde chicos nos enseñan a odiar). No aplaudo cada día a los servicios médicos. Hay algo que no me cuadra, que me falta, que me sobra.

No aplaudo porque me sobra el implícito discurso belicista y simplista, impostado y machacón de políticos y medio de comunicación que replican los vecinos desde sus ventanas: “son el ejercito que cuidan nuestras vidas”, transformándolos “en los soldados que mandamos a la batalla (menos mal que los asesores de propaganda todavía no incluido en su “guerra” los himnos patrios y las banderas, ahora que Europa y el mundo desempolvan soberanías y fronteras)”. Es una pandemia no una guerra. No hay otros, estamos todos.

No aplaudo porque me faltan los eslabones de esa cadena de transmisión que nos mantiene posibles, alimentados, entretenidos, amparados…, personas, muchos de ellas sobrevivientes de otras crisis, que sin estar preparadas aceptan dar la cara, contener nuestras incertidumbres, miedos, impaciencias, malhumores, ponerle oído a las soledades, intercambiar sonrisas. A distancia. A ellas, a estas personas, no las bancan los aplausos. Son, bueno, las del supermercado, las de la tienda, panadería…

No aplaudo porque me falta el nosotros (habrá tiempo estudiar y analizar este confinamiento voluntario), si realmente nos creemos también parte de la solución o, como siempre, deudores de una ente supremo. La generosidad de los vecinos, el aguante de las criaturas, el empeño de muchos por sacarnos una sonrisa, ayer lejanos y hoy próximos, los furtivos e inesperados mensajes de salutación que iluminan nuestras improvisadas celdas, las músicas y relatos que emergen sin pedir reconocimiento, la desnudez de las personas sabias… contienen al bicho invisible y hacen, vaya uno a saber cómo, que la pandemia no se mida (como antaño), en millones de muertos. Esta singularidad, que desmonta la individualidad, somos nosotros.

No aplaudo por que no me cuadran los héroes y heroínas, esa herramienta infantil, junto con princesas y príncipes, hadas y magos, que nos ayudaban a imaginarnos posibles y a salvo en el mundo hostil de los adultos. Y estaban buenas. En ese momento. Luego crecemos y comprendemos el entorno.

El personal médico está haciendo un gran trabajo que es el suyo. Ejerciendo una profesión que soñaron, escogieron y, ojalá, con pasión. No están en primera línea, son profesionales de la medicina. De riesgo (ahora, ayer, mañana pero también en la diaria cuando no se les abraza y agradece suficientemente). Por eso se capacitan. Y los banco dejando a un lado la hipocresía de quienes hoy sacan humo con sus manos, cual chantaje sibilino y ayer los mandaron al horno mercantilizando la salud, su trabajo, las batas blancas. Pelillos a la mar, palmaditas en el lomo.

Aplaudí el primer día. ¿Cómo no lo iba a hacer?

Todo bien si les satisface aplaudir durante cinco minutos cada día. Las verdades absolutas, puras, de laboratorio aún son un anhelo para los generadores de contenidos. No existen. Son tiempos desquiciados. La disciplina del aplauso, entre el reconocimiento y el olvido no puedo acompañarla.

Bajar un cambio

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Hace años decidí cerrar mis cuentas en redes sociales. Al final se salvó la de Zuckerberg por eso de amistades lejanas (excusa barata porque tras una cuarentena y rompiéndome las pelotas con las noticias que me perdía, la abrí otra vez. Mal por mí). Fue especialmente efectiva y nunca sabré explicar cómo lo hice, la del pajarito. Tenía cantidad de contactos profesionales y para un periodista, titular es relativamente fácil o, por lo menos, ceñirnos a un espacio concreto. Estaba la otra crisis, la del 2008 y del otro lado de la mar océana me permitía ver perspectivas aunque mi índice se acalambrase superando el interminable scroll de repeticiones, respuestas, retuiteos. Unos años de hechos puntuales y devastadores donde las redes, también la de Mark, aportaban un soterrando diálogo a los posicionamientos de los medios de comunicación. Pero pasó o, digamos, vinieron años de entre crisis, donde las redes se convirtieron en la hoguera de las vanidades de demasiados (hablemos claro, el 99%) que sentían la necesidad de mantener y aumentar su popularidad a través de las mismas abriendo la canilla a seguidores/amigos (seguidores ya es elocuente su carga conceptual de liderar). La adicción fue tal que más vale no enumerarla porque abruma. En mi caso, me hinchó las pelotas y de ahí aquella decisión. Por cuestiones laborales (resiliencia) he administrado diferentes cuentas. Divertido porque se puede crear y aplicar determinados estilos de comunicación más allá del compulsivo efecto de mostrar. Y engañar. Porque, veamos, todo acto que se traslada a las redes sociales tiene en mayor o menor medida un engaño. Nadie publica, “bo, vinieron cuatro gatos”, “bo, nadie lee mis libros”, etc. (siempre está recurrida técnica de cerrar el objetivo de la cámara y con cuatro ya se puede decir que fue un éxito, que una multitud acudió y así, justificar con los patrocinadores que, por supuesto, admitirán porque tampoco quieren asumir que se le vendió una milonga).

La cuestión es que con el pajarito abrí una cuenta donde ver que ocurre y que prácticamente sin movimiento (desenganchado como fumador asqueroso que le protesta a quienes mantienen el hábito). Pero llegó COVID19 (a Mariscal le deben estar estallando los oídos) y el confinamiento ha vuelto a provocarme la curiosidad de vichar la red. Lo primero, están los que estaban (ahora líderes de opinión/publicación, no está claro) y muchos más ya cómodos y con cierta familiaridad (hay auténticos intentos de ligues o por lo menos insinuaciones: emisor de referencia mujer, mayoría de seguidores hombres. Y viceversa). La segunda, es un estado de saturación en toda regla (allá cada uno con su tiempo). La tercera, es fútbol, todas las personas son directores técnicos (ahora en gestión de crisis) y se paga bien jugadores de cancha que, verdaderamente son los interesantes. La cuarta y última, quizás la que más me está impresionando (porque seguiré, como todos, menos la de las fotos que no me da el cuero), es la cantidad de personas que siguen a estos líderes de opinión (ta´bien, me aggiorno: influencers) para vomitarles toda su bilis. Impresionante imaginarlas. Viven en un pedo de esos que cuando sube casi no llegas al baño. Pero para eso está la resaca maldita donde uno se promete no repetir o por lo menos dejar pasar un tiempo y circunstancias más prometedoras. No. Vomitan y vomitan el virus de sus tripas. Es cierto que producen risa (dale, alguna vez ayudaste a vomitar a una persona querida muerto de la risa, ¿o no?). Lo que ocurre que en está situación no se libran ni los de trabajo garantizado o de buen pasar. Está las personas susceptibles, nerviosas, procesándola a ponchazos y aunque se saben que están ahí (los resultados electorales ha recorrido como un calambrazo nuestra espina dorsal desde hace un tiempo), este embrutecimiento irracional de los comentarios en redes sociales también les daña, aunque no lo crean, a sus escribas. Hay muchos lugares en el casa. De continuar vomitando en el baño de las redes sociales los engullirá su caño. Si supiesen, con las semanas que nos quedan en nuestros presidios, lo bien que sienta bajar un cambio…

#VomitarNoEsLibertadDeExpresion

La ventana indiscreta

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Hemos cumplido la primera semana de cuarentena en el Reino de España. Encerrados pero públicos. Quizás, más que nunca porque nuestras interacciones, sí o sí, son telemáticas, a través de nuestros aparatos electrónicos de comunicación, que son varios. Una primera semana dando “me gustas”, compartiendo contenidos, proponiéndolos y ya que estamos medios desnudos en casa, mostrando más de lo acostumbrado nuestra desnudez sin complejos porque, al fin y al cabo, la paralización laboral, el vacío de los espacios públicos (esos dos metros de separación cuando se sale a comprar no termina de generar sensación de acompañamiento), inocula, hasta el más templado, una poción de apocalipsis.

Una semana, segmentada en días, exudando actitudes, emociones y estados de ánimos que lejos de ser individuales (que lo son cuando se generan pero están condicionados por la posible respuesta de nuestros “amigos”, “seguidores”… y si el análisis, que se hace, fuese por horas veríamos como esa no respuesta condiciona la siguiente publicación o la calla por 24 horas), se vuelven más que nunca colectivos. Siempre es un error considerar el entorno como cierto porque para eso es entorno, pero muchos…

Lo primero es ver que los días han pasado entre salutaciones (habrá que analizar ese maravilloso instinto humano de trasgredir: no se puede besar o abrazar, entonces lo deseo y cambio mis despedidas incluyendo besos y abrazos a borbotones. Es decir, los emoticones sacan humo), reconocimiento de culpa (al estilo argentino que sabe que todos los demás son culpables por sus conductas menos ellos que tan solo describen el panorama. Dicho con todo el cariño a mis familiares y amigos que residen en la Banda Occidental), la solidaridad compulsiva compartiendo noticias de “expertos” que ha abierto la cancha a productores de fakes news organizados a la par de iniciativas de “auto-ayuda” y propuestas artísticas (en este punto, y dado el rigor chino al enfrentar la crisis, los italianos han marcado una senda imparable de “balcony” escenario), el humor como mecanismo de restar importancia (la sátira y sarcasmo nunca suficientemente aplaudidos), la elección de héroes y heroínas adjudicado al personal sanitario (esta vez el copyright sí lo tienen los chinos que han ido más allá de los aplausos) y, finalmente, estamos entrando en una pausa en la comunicaciones. Quizás por cierto cansancio, porque el algoritmo de las redes nos repiten una y otra vez lo que creen que nos gusta o porque han empezado a surgir discrepancias (no diría discusiones porque hay un enemigo común que todo lo tapa) que se transforman en silencios. Porque mientras todo esto ocurre en las redes sociales, los medios tradicionales (prensa, tv, digitales y radios), rellenan con todos los contenidos actuales posibles (la cuota de publicidad es un tema para el análisis: todavía se venden coches cuando las automotoras están cerradas y no se puede circular, por ejemplo) y en el caso español, el asunto de las comisiones ilegales de la Casa Real y la doble moralidad del gigante mundial Inditex ofreciendo colaborar con 45.000 mascarillas por un importe de calderilla frente a sus beneficios anuales de casi 4.000 millones de euros a la vez que estudia un ERTE para que pague el Estado a sus miles de asalariados de forma temporal ha provocado cierto mal rollo (eso sumado a las posturas políticas habituales: te apoyo pero lo haces mal, ya te lo dije y me diste vuelta la cara…, lo de siempre).

Un tuit de hoy de Jorge Majfud (profeor y escritor uruguayo en una universidad estadounidense) plantea con certeza y amabilidad que estamos en la “primera” pandemia. Creo que tiene razón. Y que, sin saberlo y menos quererlo, somos los protagonistas de la crisis perfecta (el tono belicista de los políticos es cuasi psicópata), el escenario impensado (o no), el “test market global” orgásmico donde los “analytics” de los principales motores de búsqueda Google, los Amazon, Aliexpres y los especializados o enmarcados territorialmente, las redes sociales, Facebook, Twitter, Instagram y otras (menos la de contactos… y no lo sé), los servicios de mensajería Whatsapp, Telegram y otros, necesitaban. Porque: ¿cuándo todos estos soportes y herramientas tienen a su público objetivo, el que tiene mayor capacidad de compra (que el futuro es unidireccional en el consumo) y que reside en sociedades cada vez más homogéneas y concretas geográficamente a su alcance durante un tiempo que permite seguimiento y contraste (lo único inservible son las franjas horarias de uso)? Encerrados, quietos, mostrando nuestros deseos, impulsos, necesidades. Viendo y analizando nuestras interacciones, respuestas. Asociándolas a todas ellas con objetos y servicios para adelantarse a nuestras necesidades o, peor, descubriéndolas. Y todo con un virus selectivo, no sangriento ni ruidoso, que afecta mayoritariamente a las personas grandes con otras patologías… Es la tormenta perfecta para ellos (no diré como burlarse del algoritmo buscando estupideces aunque sería estupendo intentar despistarlo: be stupid!). Asustados, enfadados  y encerrados, seguimos siendo consumidores. Y lo comunicamos a través de nuestros clics abriendo esa ventana indiscreta para ser observados, medidos, analizados. Hitchcock propuso con su Rear Window (La ventana indiscreta) que las fachadas cuentan poco, que la diaria oculta, la creída intimidad, se vulnera por las ventanas traseras, la de la comunidad de vecinos. Y sí, tiene pinta de primer ensayo esta crisis.