Camina Como Piensa

32_Milena

Cuando el anschluss se normalizó en Europa como oprobio de los llamados demócratas, principalmente los gobiernos del Reino Unido y Francia firmantes de los acuerdos de Múnich, ella se cosió una estrella amarilla de David a sus ropas y caminó por Praga. No era judía, sólo necesitaba caminar como pensaba a sabiendas que sus pasos se podrían desvanecer en alguno de los trenes que partían sin retorno a uno de los florecientes lager nazis. Tenía 43 años en ese momento. Intensos. Fronterizos. La nacieron en tiempos donde la eugenesia era ciencia para la alta burguesía. Su paso por la escuela Minerva, un reducto académico del feminismo checo (la soberbia intelectual predominante dejaba islas al pensamiento alternativo), el repudio a la ideología filonazi de su padre y la muerte de su madre a los 16 años, la abocaron a construirse una ruta vital propia, en constante confrontación entre lo aceptado, establecido y lo anhelado, que lejos de ser un mero sueño, experimentó. Amó bien y mal. Amó mucho. Y eso lo cobran. Migró y retornó. Vivió como pudo, a manotazos, entre cartas de amor que supo transformarlas en periodismo diferente, amante, perdido. Y comió de trabajos golondrina. Dice su biografía: escritora, periodista y traductora. Exigua descripción, creo. Sobre ella se ciernen suposiciones de promiscuidad, de adicciones, de enreveradas actitudes. Todas ciertas, por suerte, y para desgracia del puritanismo, esa losa recurrente que fundamenta un apocalipsis por llegar. Fue una ex de todos los relatos de su época a los que observó, abrazó y abandonó en busca de su propia interpretación. Y no se lo perdonaron ni tras su muerte, transformándola en mujer de, en musa de, en escritora de, en traductora de… De esa forma su nombre perduró en los quioscos de una Europa de postguerra, fría, ordenado el universo de los roles.

Los cuatro años finales en el lager de mujeres de Ravensbrück, donde una infección renal la mató, fueron igual de intensos y controvertidos, despertando el mismo ruido entre carceleras y recluidas que su Praga natal o la Viena migrante y bohemia. Como en libertad, supo mirar y encontrar a quien le alimentaria la sonrisa y las ganas, Margarete Buber-Neumann. Su Grete, veterana de un campo de concentración estalinista y entregada a la Gestapo en sus escasos 39 años, selló con ella un pacto para escribir y luchar contra el olvido de una época demolida con bombas. Y lo cumplió. Por eso sigue estando.

Milena Jesenská, la mujer de la estrella amarilla, la que caminaba como pensaba, la postrera traductora y amante de Franz Kafka, la que escribió una nota fúnebre para el diario Narodni Listy de Praga diciendo que era “tímido, retraído, suave y amable, visionario, demasiado sabio para vivir, demasiado débil para luchar, de los que se someten al vencedor y acaban por avergonzarlo”, la que en una de sus cartas le dice “Nos estamos amando mientras el mundo cae”, vuelve a resurgir en un libro de Ana Arzoumanian: “La Jesenská”. Dicen que transgénero. Puede ser. Ciertamente hermoso. Y curioso por plantear en todo ese remolino transitado su conclusión vital: “no entiendo”. Una atemporal sensación que nos acompaña para explicar la contradicción de conocer lo que no se entiende.

Un siglo antes, a diez mil kilómetros, una mujer llamada Camino Como Pienso, parió a quien supo enfrentar y ganar por un momento a otro anschluss normalizado que validaba otro exterminio. La mamá de Nube Roja, fue mucho más que madre pero le faltó una Grete compañera que escribiese su “no entiendo”.

Anuncios

Democracia interna

s_100065_11035_condor.jpg

Ficcionar la realidad del poder, lejos de plantear interpretaciones estéticas sobre los mecanismos que rigen las tomas de decisiones, es (ha sido, fue) una herramienta útil para crear la conspiración como una figura caricaturezca, una “de novela” o “una película”, poco o nada creíble por la opinión pública, a excepción de los “conspiranoicos” (condescendiente apelativo de las personas que se miden a sí mismos como correctos, lógicos; en definitiva, serios, conscientes que hay cosas que se deben archivar bajo el “secreto de estado”). Los malos actúan como seres despiadados y caprichosos. Asesinos o delincuentes por impulso. Sus códigos están alejados de la diaria que se considera aceptable o, cuando menos, no tienen la estética (importante en nuestras sociedades para diferenciar lo bueno de lo malo), de financistas, ejecutivos de retail, clérigos y otros capos de la normalidad.

Las diferentes mafias son un buen ejemplo. Un poder alternativo estructurado. No la de “El Padrino”, sí “Los Soprano”. Galicia tiene interiorizada su propia mafia (quizás no tan arraigada en el tiempo como las regiones del Sur italiano). Olvido, pobreza, frontera y su peculiar litoral ha sido una oportunidad para su desarrollo. Las constantes noticias que reflejan distorsionados a los personajes de sus clanes, calman las sospechas de las personas “de bien”. Son ellos, no somos nosotros (salvo en las sedes territoriales donde nadie es ajeno al conocimiento). La precuela de las mafias transportistas de droga fue el tabaco. En los años 70´, un director de banco (se suele obviar la reflexión que toda actividad económica, legal o ilegal, tiene una génesis financiera similar en la que una persona acude a solicitar un préstamo a usureros oficializados o clandestinos cuyo objetivo primario es la obtención de beneficios. Eso del dinero limpio o sucio, blanco o negro, es puro verso: es plata. Punto), relataba sus experiencias en las reuniones de un clan mafioso que se había financiado para la compra de barcos de pesca para el transporte de tabaco: “bajo una parra, el jefe sentaba a todos los distribuidores de España. Allí se discutían productos, métodos y aceptación del público, además de arreglar cuentas y ver casuísticas del funcionamiento de la red. Eran distribuidores transparentes, cumplidores de los códigos de la organización. El jefe, “patriarca” es el término gallego, se ocupaba también del bienestar de sus trabajadores. En una ocasión, preguntó por la hija de uno de ellos que suponía en edad de esposarse. Efectivamente, la muchacha estaba de novia. La siguiente pregunta resultaba obvia, ¿quién es él? La respuesta, como era de esperar, fue positiva, se le había investigado y dado el visto bueno. El patriarca, satisfecho, ordenó pues la boda de aquella chica que, por supuesto, financiaría como sumo gusto ya que, a la postre, el novio pasaría a ser un empleado más de la organización”.

En estos días, el gobierno de Estados Unidos entregó al argentino más de 40.000 documentos desclasificados de la CIA sobre la represión durante la dictadura (1976-83). Especialmente singular son los que se refieren a la “Operación Teseo”, nombre operativo por la que se describía el Plan Cóndor diseñado, asesorado y financiado por Estados Unidos, en connivencia con los distintos poderes financieros locales de Argentina, Brasil, Bolivia, Chile y Uruguay (ocasionalmente Perú, Colombia y Venezuela), que utilizaron a los militares para un genocidio sistemático de quienes, bien militar, política, sindical, social o culturalmente enfrentaban los primeros síntomas de la actual democracia excluyente (en datos: 50.000 personas asesinadas, 30.000 desaparecidas y 400.000 encarceladas). Lo novedoso es descubrir la “normalidad burocrática” de su documento fundacional (septiembre de 1976) que explica organigrama, estructura, financiamiento y de los métodos de toma de decisiones: la elección de objetivos (secuestros, desapariciones o asesinatos) será por votación.

La sede se estableció en Buenos Aires con representantes permanentes de los servicios de inteligencia de los países participantes que pagan una cuota de inscripción y otra mensual (como un club). Existían dos departamentos diferenciados: “inteligencia”, quienes recogían información sobre objetivos y “operaciones”, los ejecutadores. Según el documento, “el número mínimo de agentes provisto por cada servicio participante será, en lo posible, de cuatro personas, con una mujer a ser incluida eventualmente. Cada país tendrá un equipo similar en reserva, listo a cubrir cualquier eventualidad”.

Para llegar, y se llegó mucho por desgracia, los delegados de Argentina, Uruguay, Chile, Paraguay y Bolivia debatían y elegían por mayoría simple a sus víctimas. Al elegir los blancos, explica el documento de la CIA, “cada representante presenta su selección de un blanco en la forma de una propuesta. La selección final de un blanco será por votación y se determinará por mayoría simple. En caso de desacuerdo, se hace un acta del debate que será firmada por los respectivos representantes y enviada a los servicios correspondientes para su información”. Una democracia interna entre iguales. Surrealista. O no tanto.

Las zambullidas

2.jpg

Zambullirte desde la popa de un carguero cuando está anclado en una rada, en lastre, a la espera de muelle, es una sensación excitante (no a lo Johnny Weissmuller, de cabeza y después de un grito prolongado espantapájaros, parado, de pie, como en un ascensor sin piso. ¿A lo gilastrún? Puede ser; paráte en la borda y verás un mar demasiado alejado para florituras cinematográficas. Además, se vicha más el descenso). Cuando entras en el agua como un cormorán disléxico, aparece un gran timón. ¡Mierda qué son grandes! Rojo, picado por el óxido, con incipientes colonias de mejillones, parece una hoja de hacha de perfil. Justo detrás, la hélice, el factor de riesgo tatuado para unas cuantas generaciones cuando los barcos eran un transporte colectivo con altas probabilidades de ser usado. Venía de fábrica en las ciudades portuarias incluir la advertencia de: “¡Cuidado botija con la hélice! Hay dos carteles que han desaparecido de nuestros exteriores: el “Beware of propeller” en las aletas de los barcos de nuestros paseos por los muelles y, también, el “En caso de accidente no quitar el casco” para las motos (las leyendas urbanas hablaban de extraer cerebros pegados al almohadillado del casco). Las hélices son como los tiburones: tienen más fama que delitos. Timón, hélice y, si miras hacia arriba, ¡qué lo parió!, está demasiada alta la matrícula del barco.

Tuve suerte, la primera vez fue en el Tirreno y los tanos estaban rompepelotas con la limpieza del mar (lo habían hecho como el culo hasta finales de los 60´ llenando la Riviera de cemento para el turismo de sol y playa, pero supieron parar, traspasar el destino a los españoles que le agregaron fiesta y siesta para destruir su litoral mediterráneo.  Italia es contraste. Tiene una historia bipolar de momentos y personas. Garibaldi, un ejemplo. Amas u odias a los tanos. Por suerte hay muchos y diversos). Nosotros éramos grasa, roña, cucarachas, mamparos hinchados por el agua, óxido…, y, sin embargo, susceptibles de apreciar lo bueno (no todos, por supuesto), asumirlo y practicarlo. Las aguas estaban limpias, transparentes, frescas. Hasta nos bañábamos amarrados en puerto.

Zambullirte y faltarle el respeto a la hélice está bueno. Inmóvil igual amedrenta. Es una milica que avanza destruyendo, arando las aguas. Uno de los considerandos cuando se embarca es la forma de alejarte cuando caes al agua de esa cortadora de salames humanos. Miras por el costado calculando la velocidad y cómo alejarte del torbellino de las aspas de bronce que te va a filetear. Cada tripulante una teoría. Cuando llega la ocasión, se improvisa.

Nadar junto al carguero tiene un punto diferente. Falta la proximidad del suelo. Flotas suspendido entre lo conocido y la profundidad que existe y es real, un agujero negro que traga y traga, que es parte de nuestros decorados supuestos, que te espera. Es algo erótico penetrar el mar. O eso pensaba. Por otro lado, la perspectiva, un contrapicado del navío que fuga más de lo imaginado, no apoya. Demanda situarse. Quitar la impresión de las dimensiones descomunales de la estructura de hierro pintado y nadar. Así funcionan los mecanismos de ubicuidad.

Tres compañeros no saben nadar. Ni les interesa. Hay cierta mítica absurda sobre los marineros que no saben nadar. Pareciera que se tiene un plus de hombría. Una estupidez. Si vivís sobre la mar la lógica obliga. No existen impedimentos aparentes para aprender a flotar y desplazarse sin necesidades de estilo alguno. Los soviéticos (en general los países del Este, cuando el mundo era Oeste y Este), se tomaban en serio las cuatro nociones básicas de supervivencia mientras nosotros fumábamos y tomábamos cervezas en la popa del barco sin articular palabras enlazadas. Difícil conversar. Solo en puerto, al final de la estancia, nos excedían las palabras. Navegando, silencio. Se navega a guardias y el trato es mínimo a excepción del cocinero y el marmitón. Así que el fuera de rutina, sino había un hecho convocante, más bien era hablar para adentro. Rumiar.

Los que estábamos en el agua nos dividíamos entre los que hacían la plancha, los que no paraban de trepar por la escala para zambullirse, su verdadero objetivo de deseo, y los que nadábamos a tramos; un engrasador llamado Francisco y yo.

Nadar me calibra. Aísla lo que inquiero. Lo descubrí de chico. Por eso entrenaba distancias largas. Te daba más tiempo para estar entretenido en un hábitat no pautado, neutral, ajeno a los quilombos. El viejo puteaba por abandonar el fútbol (con mi mal carácter no desentonaba en el centro de la defensa) y dedicarme a algo sin brillo social. Respiro por la izquierda. Por ese lado observo. Y nado. Olvido la hélice, el timón, la ubicuidad con sus profundidades o perspectivas. Nado, sólo nado. Cada braceada me despeja. Lejos de llegar, nado. Lejos de ganar, nado. Lejos de putear, nado.

Aquella tarde en el Tirreno de aguas limpias, la zambullida empezó alejarme de una etapa que estuvo bien navegar. Zambullirse, refrescar la rutina para verla desde otros ángulos y nadar para alejarse, quizás, disperse la cabeza, pero hay tantos Tirreno, océanos y puertos de recalada por descubrir que, aún varado, habitan con sus texturas. Y para eso están las zambullidas.

 

Lo siento

Vari_Carames

La mañana me despierta con un whatsapp (estúpida herramienta como todas las mensajerías y redes sociales), notificando un inminente desenlace fatal. La pareja de un buen amigo, ya no remará más la barca. Ahora se deja llevar por la deriva. Una buena persona, sin duda, pareja de vida de mi amigo. El tiempo perdido me refleja. Quizás nos refleja a todos. Remeros de la nada. Pondremos trapos calientes; estamos entrenados en olvidar y ser olvidados. La verdad, no hay una explicación posible a nuestras conductas. Perdemos contra el ruido de las palabras, las texturas de las pieles y los aromas que no están debidamente encapsulados para el consumo ad hoc. Lo único que sabemos es trabajar, si hay suerte de tener un trabajo. Enrevesados y enreverados los unos contra los otros. O peor, consumidores de compañías a cambio de renuncias. Líquidos. Viendo como gastamos los días en tediosas rutinas de fracasos o éxitos; rutinas, al fin y al cabo. Se podría decir que este cimbronazo nos cambiará. Imposible. Hemos perdido el placer de la compañía. Y comenzamos las edades de los duelos para constatar que nuestras vidas son un cumulo de olvidos sin querer, de seguir hacia adelante buscando un premio que nunca llegará. Y sí la muerte. Y a lo peor, como fantasmas alguna vez alguien que nos haya olvidado nos conversará. Mi amigo es un buen amigo. Por eso nos hemos olvidado de llamarnos, vernos, de crearnos circunstancias para el encuentro. Hoy le he mandado un whatsapp diciéndole lo mucho que lo siento. Ni una llamada. Esperar para abrazarlo con tanta demora refleja hasta que punto somos espectros del bienestar y el malvivir. Y lo siento, Vari.

Un techo índigo

declaración-cielo-e1549541568509.jpg

Me faltan 45 de los 90 grados de cielo nocturno. ¡Qué menos de 70 para ventilar la diaria! De todas formas, 45 grados es casi un logro y el balcón, que es más bien una longaniza, da para fumar un cigarrillo con los horizontes opacos contra la barandilla (no confundir con los pelotudos que obligados por una falsa civilidad o peor, en cumplimiento de una orden, fuman en las ventanas de sus casas con la cabeza gacha entre puteando o sintiéndose al final en enfermos). Demasiadas personas, proporcional al número de habitantes de las urbes, temen a la oscuridad. Más al Norte. Cuando visitan las ciudades del Sur, con algunas excepciones, suelen reparar en la escasez de luz y comentar con refinadas y tristes palabras: “lástima que sean ciudades tan oscuras…”

Es curiosa la falta de necesidad por los cielos nocturnos siendo éstos un espacio común a todos. Les faltan las banderas, las propiedades. Las personas no dudan en iluminar con soles artificiales sus hábitats para ampararse de la oscuridad que debemos suponer contenedora de maldades acechando el bienestar. Festejan con luces, engalanan edificios con iluminación artística y si molestan, ponen persianas. Es curioso. Y ninguno estamos a salvo en esto de sobrevivir, depender, tranzar o simplemente comportarnos como estúpidos viviendo vidas prestadas.

Nadie pasma en los balcones y terrazas que avizoro desde la buhardilla de la avejentada Ciudad Vieja. Solo haces de luces que salen hacia el cielo como defensas antiaéreas para derribar gaviotas. Blancas, luminosas. A cada grado que baja la mirada el cielo se opaca con rojizos velos. En ciudades como Madrid (de la cuál soy fan por diversos motivos), todo el cielo es bayo. Es recomendable no mirarlo. Quizás desde la altura de la sierra, por lo menos cuando había prisa por modernizarse, se contemplaba un cielo estrellado cohabitando con formas luminosas de su conurbano de pueblos y urbanizaciones (bajo determinadas circunstancias bromeaba con su parecido a un plano de “Encuentros en la tercera fase”). La presencia de la luz es tan poderosa que, tras la urbanización de las calles, vienen ellas. Y muchas veces, no se edifica nada más, pero ellas están, solas, columna y luminaria, vendiendo progreso, seguridad, confianza.

No conozco el nombre de las estrellas y menos identificar a las constelaciones o planetas. Venus, la cruz del sur y la polar (por cuestión de rumbo). Mirarlas construye (y deconstruye) relatos, desanuda sensaciones (no corta gordianos entresijos que tampoco me da para el misticismo), y como gran parte de ellas están vivas, sea cual sea el concepto que se quiera firmar, hay una sutil percepción de movimiento (en cursi normativizado: titilar). Están también los aviones, entre ellas y nosotros, con sus parpadeantes rojos, verdes y blancos a rumbo, silenciosos a nuestros oídos, y los satélites reflejados por la luz.

Al final se concluye que si nadie protesta por ocultarle el firmamento nocturno, por escamotearlo de sus diarias, será porque tan sólo se aspira a los actos de obligado cumplimiento (situaciones románticas) acompañados de frases mal encajadas o a las publicitadas como noticia (La notte di San Lorenzo es un clásico). Y para cumplimentar, la mayoría de las veces hay que agarrar un auto y largarse a la oscuridad del rural o de la costa. Eso sí, cuando hay luna llena las personas se ponen nerviosas, la miran con asombro y reconfortados por la intensidad de su luz (pocos reparan en la armonía estética del cielo cuando hay luna creciente).

Dos sótanos, una planta baja, una pieza interior y dos patios de luces pelean en mi libro contable frente a varios balcones (en uno de ellos me inoculé que era bueno gastar el tiempo mirando el cielo nocturno. Siendo sincero, buscaba al Apollo 11 rumbo a la luna [aseguré ver a los astronautas caminando en el Mar de la Tranquilidad], después platillos volantes y las estrellas estaban allá), dos fondos, tres azoteas, una terraza y muchos ventanales en el haber. Aprovechar un rato mirando un techo sin pintar, se agradece.

Los tuaregs son conocidos como los “hombres azules”. Llegan y se van de las ciudades. Sus ropas y turbantes de algodón están tintadas con índigo, uno de los tintes ancestrales de la humanidad. Generación a generación el tinte pigmenta su piel. No existe alguna de las plantas que lo posibilitan en el Sáhara. Quizás, en algún puerto de recalada, en los destinos de Este a Oeste, unos tuaregs olvidados lo escogieron haciéndolo suyo porque, como cuenta la herencia oral, el índigo es el color del techo de su casa, el cielo.

Las estrellas están cada noche; sólo hay que apagar muchas luces para prender las miradas.

Cables pelados

cables-3.jpg

Se está empezando a romper el cable. Conecta mal. Hay que darle varios cuartos de vuelta cuando se enchufa a la computadora. Mirar si se prende la luz testigo y, vamo´ arriba, funciona. Y no sé por qué puta pasa (sí, lo sé). Miras para atrás y te ves pasando de utilizarlo como finito (sobre la mesa, en los sofás, piso, cama, donde cuadre). Da igual si el cable está retorcido. Y acontece. Nunca me ha interesado conservar la maquinaria más allá de lo estrictamente necesario. Y menos lo eléctrico (demasiada electricidad, luz, en nuestras diarias; las personas temen a la oscuridad, no saben vivir en ella). Las casas donde habito están llenas de cables, alargadores, ladrones, de adaptadores para Australia, Uruguay, Argentina, Estados Unidos o las islas británicas. Los compraba en los aeropuertos, como los cigarrillos y el whisky (nunca compré un libro; son deprimentes en sus expositores). Las ciudades, también.

Está a punto de joderse definitivamente, de transformarse en un estúpido extra de mes que llega antes de lo previsto. Porque está diáfanamente claro que se estropeará del todo. Que habrá que buscar un lugar donde comprar un cable para una computadora veterana, con el teclado gastado y funcionando. Por ahora funciona. Mal. Mejor dicho, regular (mírame y no me toques). Es un relato repetido varias veces. En pocas ocasiones he sustituido el aparato a los primeros problemas. Momentos estúpidos y si se quiere, prepotentes, fruto de meter en la vida a artilugios por impulso, por sucumbir al ruido de poseer. Líquidos, se dirían. Creo que sólo una vez fue justificado arrojar a la mar, por el portillo, un pasacassette. Mi primera compra importante tras ganar el jornal navegando. Un Philips. Nunca más compré ni compraré aparato alguno de esa marca. Por resentimiento, digo. Un devorador de cassettes. Y en la mar no hay esquinas con disquerías para ir y comprar discos para transformarlos en cassettes (las tiendas de discos o disquerías, no hace mucho, eran populares y las había especializadas según ritmos o genéricas. Eran una experiencia iniciática con sus cabinas para escuchar discos mientras te fumabas algo sin filtro. Un mundo de cabinas, ahora que lo pienso, con las de teléfonos para hablar a larga distancia, sentado como un pelotudo y jugando con la lapicera mientras imaginabas a la otra persona del otro lado del cable. Cables, muchos cables; cables que una operadora enchufaba en un panel. Un mundo mágico). Al primer incidente con el pasacassettes, era muy joven, le otorgué la duda de la casualidad y del movimiento marino. Al segundo, comprendí que algo pasaba. Dos veces, mal asunto. Igual, le conferí el beneficio del cambio como, de reconducir su conducta como si fuese humano. Al tercero me enojé. Cómo era posible si era nuevo (empezaron las puteadas a la familia de los dueños de Philips, al uruguayo de viveza criolla que me lo había vendido en Rotterdam y a la lora que nunca falta). Y al cuarto, salió volando por el portillo sin tocar metal y haciendo un ruido hueco al tocar el agua. Me sentí bárbaro. Sin música, pero bien. Al llegar a Hamburgo (en una calle de St. Pauli, llena de tiendas con relojes digitales, radios, televisiones, sex-shops, ropa de las bases militares yanquis y teatros cabarets), compré uno chiquito, Grunding, para tirarlo y, sin embargo, se murió de viejo. Sonaba. Siempre sonó.

La tónica general es alargar estérilmente la relación dándole cuartos de vueltas al cable sabiendo que es cosa laudada (es un mal que no tiene vacuna, por el momento, y que las personas aplican también a sus relaciones. A veces, hasta se mandan un hijo como cuarto de vuelta analgésico. No se prende la lámpara del testigo, prepárate porque cuando, al final, se encienda, es temporal. Está jodido). Existen un tipo de personas (en este caso se debería decir que hay dos tipos de personas: los otros y yo, pero es falso, por suerte, vivir binariamente), que creen que sus artilugios son sagrados y conservarlos un rito religioso. Son los que enfundan. Lo enfundan todo: muebles del comedor, equipos de música, autos, televisores, computadoras, vajillas, librerías, ropa y abuelos. Y desenchufan. Y todo está en su orden primigenio. Cuando los incorporan les otorgan en espacio concreto. Y yacen. Les hacen fundas para que descansen hasta que llega su hora de ser usados. Algunos pasan años enfundados adquiriendo carácter de reliquias. Otros, como la maldita computadora que me ocupa por culpa de su cable de energía, tienen el ritual de la bayeta que los cubre (se podría decir que los arropa) cuando descansan de su función. Y cuando lo encienden limpian la pantalla. A éstos, es difícil que se les jorobe el cable. También que lo disfruten plenamente.

Quedan días, semanas o meses. Depende de la paciencia (que a veces viene y otras está ausente) para darle cuartos de vuelta. No sirve cualquier cable y empalmar ya no es opción. Mientras tanto, aguantar con los cables pelados es casi es una condición más de vida.

Peras al olmo

mexico-yaquis.png

Las reacciones en el Reino de España a unas sencillas y nada amenazantes palabras del presidente mexicano López Obrador solicitando un reconocimiento colectivo a millones de personas que generaciones tras generaciones, durante cinco siglos, han sido un mero decorado del paisaje, no sorprenden (tampoco la omisión de la misma en Noticias 2, supuestamente, el noticiero televisivo más arriesgado). Está hablando del presente, de frenar una inercia histórica inimaginable para quienes sólo lo ven tras el vidrio del relato y que arranca en la conquista. Es una cuestión de justicia donde, paradójicamente, ganan todas las partes. No se dará. Por ahí las agencias de comunicación, de estudios sociológicos (mercado) y los algoritmos certificarán que al igual que dividir el pasado entre un antes y después de Cristo, se aplica el mismo patrón como método de olvido de un antes supuestamente arcaico y un presente supuestamente civilizado.

En este caso, como en otros periféricos de la hegemónica centralidad, la inclusión (que no se desea contemplar sino es bajo el formato de la caridad) sólo es posible a través del reconocimiento (al final parece que el siglo XVI se cerró en falso admitiendo que las personas y pueblos originarios del Mundus Novus tenían alma). Las ciudades de América, grandes y chicas (salvo las más recónditas y sin recursos naturales estimados), tienen un occidente en sus centros, un cinturón mestizo en sus ensanches y grandes conurbanos donde habitan los olvidados que nacen sin ser parte. Condenados a vivir sin manchar ese mundo central; condenados por ese olvido a una escasa expectativa de vida; condenados a vivir pidiendo permiso, a recordar que una vez perdieron, fueron conquistados, redimidos de su barbarie.

Resulta desolador desconocer culturas y sociedades como parte de nuestro todo en igualdad. Nadie subirá al rey, ni al papa, ni a los presidentes de las repúblicas que antes eran gobernadores, caudillos o virreyes al altar de sacrificios para extraerles los corazones y dárselos a Quetzalcóatl. La biodiversidad a la que se apela tiene, si se respeta, muchas cosmogonías diferentes. Reparar (en) su presencia es un regalo que, para muchos, exterminados, llega tarde pero para los millones de personas es salir de esa sombra construida, de ese pecado original otorgado. Y los hechos están ahí, los de ayer y los de ahora. El alma es lo de menos.

López Obrador dio en el clavo con su solicitud inclusiva (el mundo hispanoamericano {iberoamericano, que Portugal también debería hablar] es blanco y cristiano, habla español). Expresa un ahora que arranca hace quinientos años. Y es lo que se pide, hacer un gesto simbólico para continuar entre todos, sin olvidos, sin relatos hegemónicos. Todo el mundo sabe que pedirle peras al olmo es un imposible. Pero había que preguntarlo, solicitarlo, verbalizarlo.  Ahora, cada cual con su relato.