Tenerse y no ser tenidos

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Una joven pareja duerme bajo un montón de frazadas y cartones en la entrada de un teatro de la Avenida Corrientes, en el Buenos Aires que interpreta la ficción. Para muchos es un túmulo, son residuos vivientes, proyecto fallido, molestia, impúdicos malvivientes que nunca deberían haber salido de su villa miseria, esas repúblicas independientes dentro de las repúblicas imperfectas de un continente que pugna por ser blanco y donde el color es folclore, recurso natural, estampa para foráneos de cielos grises. Entreverados sus cuerpos y sueños, invisibilizan el hervidero de corbatas, tacones, punguistas, policías y turistas que pululan la avenida, siempre en venta, reclamo, bandera de una cultura para la exportación.

Una joven pareja duerme al mediodía a salvo de la violencia de la ética de las normas, de la caridad de las creencias, de la aculturación vigente, de la moral de las ideologías. Cohabitar espacios comunes sin derechos de propiedad, tangibles o no, es una agresión para los excluyentes, una falta de respeto para los herederos de la educación importada (aunque no importante). Ellos han saltado la tapia de la vergüenza que nos aprieta, de las dependencias que condicionan nuestra forma de amar, de entender al otro, de necesitarlo, sentirlo, babearlo. Nosotros, los paseantes formales, prescriptores de la autoayuda, llenos de amigos y consoladores virtuales, de pixeles sustitutos de pieles, nos atemoriza imaginarlos desnudos bajo las mantas y en nuestras mentes de muertos vivientes atisbamos un colchón manchado por el sudor. Sudor no humano. Sudor de pobre. Peor, de no ser. Y amamos en privado. Si lo hacemos. No saltamos la tapia de lo correcto para buscar lo que cabeza te trae cada noche porque amar sin el confort de lo establecido es hacerlo desnudos, con la mente en pelotas.

Una joven pareja duerme a la intemperie de un estado. Probablemente si pudiese se volverían tan obsecuentes como nosotros. Eso grita la gilada. Nunca llegarán, forman parte del populacho del populismo, de la enfermedad crónica de vivir siendo un daño colateral de la sociedad. Se ha creado un mundo asistencialista perverso que tan solo da tiempo para seguir como nadie. Y, como nada es nuevo, nada es un tsunami que te agarra desprevenido, la inmunidad física y mental los ha vuelto peligrosos. El que más da, asusta. Y lo saben. Con derecho se ríen de nuestros pretendidos sufrimientos. Sin embargo, ahí están amándose a las puertas de un teatro de una avenida que sale en todas las postales de la ciudad.

Mañana el túmulo será más grande, se llenará de chiquilines que como ellos se inmunizaran de nosotros. El entrevero de sueños y piernas será más grande. Pero eso es mañana; hoy, a poco que no me mienta, siento que me dan una triste envidia. Tenerse y no ser tenidos. Amar sin interés, cosa difícil. Y así nos va.

 

Fotografía: Paul Schneggenburger

 

 

La artista y el capitán

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Se entreveraron entre sus piernas llenas de palabras, texturas, aromas. Ella buscaba mar y él tierra. Durante meses, sus encuentros esporádicos comenzaban en la Aduana, en una mesa junto a una ventana de La Tempestad. Sin cita previa. Micaela sabía inexplicablemente cuando se aproximaba la fecha y revisaba la sección portuaria del diario buscando el nombre del navío. Guillermo, adecuaba sus singladuras para arribar cuando el teatro descansa. Ambos esperaban al otro. Repetían la secuencia del primer encuentro con el temor del primer desencuentro que nunca llegaba. Dos whiskies dobles observados, narradores del mes de ausencias. Sentados uno frente al otro interpretaban a dos viejos amigos sin prisa; a dos amantes indisimulados. Sus cuerpos eran iridiscentes a los deseos. Caminaban, después, la Rambla como territorio neutral, entre fronteras donde los otros deambulaban sin nacionalidades a la espera de ser encontrados. Les bastaba una mano firme para invadirse de historias descubridoras. Ella, un mundo de resonancias. Él, un tiempo constante a 15 nudos. Una persona, un objeto, cualquier cosa servía para tirar del hilo de las coincidencias que, cada mes, los encontraba irremediablemente excitados por saberse próximos al otro cuerpo. Paseos extendidos que los deconstruían lentamente: sus puertos, los cabarets de aire denso y húmedo, miles de páginas inacabadas y los brotes de locura etílica enfrentados a los teatros, a las compañías de polvorientas rutas, públicos iracundos, galanes improvisados, a las noches opiáceas de experimentación y sexo.

Cada día, de los tres en puerto, lo finalizaban derrotándose en un amueblado de la ciudad, territorio neutro, entre fronteras.

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La decisión la tomaron entre retazos de historias contadas. En La Tempestad, él dijo que era su último viaje. Ella lo llevó a su casa de la infancia, en Malvín, abandonada, casi frente al mar, rodeada por un jardín crecido. La imaginaron propia. Y caminaron por la Rambla contándose cuentos. Durmieron exhaustos en un amueblado conocido por muchas noches de sudores y palabras. Por la mañana se despidieron. Ella le dio un papel con la dirección de la casa y él, otro con la fecha del regreso. La casa floreció otra vez para alegría del vecindario. Ella se hizo escultora de jardines metálicos. De cada fascinación vivida crecían varillas oxidadas, planchas de acero que a lo lejos se presentables como tajamales o rejas que abrían espacios. Él, lleno de lienzos de intensos colores cada uno de los recovecos que una vez propuso quien había construido. Una máscara de retales cada uno enmarcado con distintas maderas que le llamaban para estar. Ambos escuchaban las ideas que los vecinos aportaban y satisfacían las fantasías de los dueños de la calle, la chiquilinada. El interior era neutro, la vida estaba fuera. Fueron años de amores compartidos e inacabados. De destruir y construir. Ella tenía su anterior vida a la vuelta de la esquina. Y la llamaba. Una y otra vez la reclamaba. A él le golpeaba el salitre y el horizonte que escondía el sol. Resistentes cambiaron sus profesiones a tallador y escritora. Compraron una vieja casa, perdida entre campos de dunas en Rocha, como un refugio. La respetaron como la conocieron y se encerraron durante temporadas. Uno solo del otro. Ahí surgió la gran obra. Ahí surgieron los fantasmas de madera. Un día ella volvió a la ciudad que la devoró entre halagos. No volvió. Y él, ni cuenta se dio. Sus tallas crecieron en una carrera para terminar con toda la madera que el mar había arrojado. Y también se marchó.

Las casas volvieron a su abandono.

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“La artista y el capitán” fue una obra inverosímil. Eso dijo la crítica. Y ante la duda, el aplauso. No escribió otra. La narró y explicó como una docente. La interpretó y dirigió en todas sus versiones. La odió. Aceptó llevarla al cine para traspasar fronteras. Conferenció. Rellenó todos los huecos que solo ella y el capitán conocían para darle un argumento más digerible, una lógica de todos, transgresiones conocidas y asumibles. Y se odió. Conoció a un tipo con todas las características aceptadas por el círculo de interpretantes. Y tiró la toalla. No tendría una mano de póquer mejor.

4

El capitán volvió a su lugar de nacimiento: la mar. Picó, rascó, lijó y puso minio en su cuerpo. Una y otra vez hasta dejar lisa su piel. Regresó a sus puertos, sus putas, sus drogas, sus horizontes a rumbo y sus páginas tentadoras. Y las escribió como cartas. Cada una de ellas fue a la papelera de una dirección que ya no existía. Pesé a todo siguió para remediar su autodiagnóstico contra los brotes psicóticos. Distorsionó apretujando sus momentos hasta escurrirlos del sudor aromatizado de la artista. Y el propio. Y el de ambos. Tras meses a rumbo, se perdonó. Siguió con sus cuentos irracionales y los correos sin contestación.

5

Una mañana, tras dejar a su hijo en el colegio, llegó a su oficina donde se engañaba como un nuevo reto. Su secretaria le entregó un paquete que olvidó sobre su mesa para perder la mirada por la ventana como cada mañana. Los halagos habían menguado, pero aun existían. Eran nuevos. Todo era nuevo menos ella. Encendió la computadora para retomar el párrafo que desde un mes se le atragantaba. Era bueno; muy bueno. Y no fluía más. Tampoco lo borraba. Miró el paquete y lo abrió para ver su contenido: el pasaporte del capitán, su certificado de defunción y una carta de un consulado. Se rio. La malaria lo había vencido. Le quitó el bloqueo a la cuenta y leyó durante semanas los años transcurrido. Y el párrafo fluyó.

Fotografía: Vari Caramés

Nuclear sí, por supuesto

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Aviador Dro suena extramuros de un convento de clausura. Plaza de las Bárbaras. Imagino a las reclusas, “las almejas encerradas” como un día Martina, con sus cuatro años, me explicó certeramente confundiendo monjas y clausura en la tradición de la educación oral, aterrorizadas con esos satanes musicales. El sitio es estupendo. Suena como el culo. Me vibra el esternón. Da igual, es verano y nadie examina la acústica. Los conciertos han cambiado y los músicos están habituados a los que quieren escucharlos, los que están, pero con terminal telefónico no están,  los que fueron para tener música de fondo en sus encuentros con amigos y aquellos que tan solo buscan una postal, la foto, el microvídeo para decir que estuvieron. Todos esperan el hit de hace 35 años. A lo mejor lo disfrutaron, o crecieron, o lo recomendaron. Es lo que hay.

Un par de días, una multitud (por lo menos 200 veces más personas), acudió a ver a Miguel Bosé. Coetaneo de los Dro. Los politólogos lo saben: en conciertos de personas como Miguel Bosé está el caladero de votos. Es un tipo que sale en televisión desde hace varias generaciones. Ha tenido hits industrializados y comercializados. Su vida privada tampoco es ajena a la masa que cuando lo ve recuerda episodios recogidos por los medios de entretenimiento. El público va porque es lindo, famoso, tiene un espectáculo correcto y baila bien (esto es como cuando alguien te dice que lo mejor de la película es la fotografía) y les recuerda algún episodio de su vida: primer beso, encuentro, sexo. Hay varias generaciones. En el medio, mensaje anti Maduro que, a ojos de observador de comunicación, es más efectivo que lo publicado por los medios. Curioso que no reivindique la igualdad en Qatar, Arabia Saudita o los Emiratos, por ejemplo, que tan directamente debería afectarle. Probablemente no sepa ubicarlos en un mapa.

El Bandido de Bosé despierta el éxtasis. Lo mismo ocurre con el Nuclear Sí de Aviador Dro, aceptando las proporciones. El corazón malherido del bandido que renuncia a ser lo que fue por ella se la sabe toda la plaza que se ilumina de metal Smartphone. Fotos, selfies, vídeos en modo vibrador. El gai se vuelve hetero por amor. Y además ya dijo que está contra Maduro. Le faltó lo del vientre de alquiler. En las Bárbaras su refugio radioactivo hace bailar y cantar. Los empleados de Inditex, ya una tribu en la ciudad, lo disfrutan junto a los veteranos movidos. Es un chiste y suena bien. Y no era un chiste en 1982. Un toque de atención contra aquellos que cambiaban la pana por los trajes. Contradecir la norma para hacerla estallar y pensarla otra vez, Sam. Y de repente se me ocurre como se entendería si el nuclear sí, por supuesto, se cambiase por el burka sí. O cualquier otra cosa. Desprendernos de esa modorra boseneana que tanto convoca para entrar en los oscuros vericuetos de nuestras formas. En fin, tuvo bien el rato, aunque sonase como el culo.

Poner la fecha

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El rostro de Charlotte Bartholdi, una fanática luterana que prohibió a su hijo casarse con su gran amor por ser ésta de origen judío, es la versión comúnmente aceptada a la hora de encontrar el modelo donde se inspiró Frederic-Auguste Bartholdi cuando esculpió “La libertad iluminando el mundo”, regalo francés a los Estados Unidos y que todos conocemos como La Estatua de la Libertad. Revancha, ironía o simplemente falta de creatividad, dado que el conjunto, seamos malos, camina por la cornisa de la neutralidad escultórica del neoclásico. La doña de bronce en cuestión ha sido la primera referencia, desde 1886, que tuvieron los emigrantes europeos a su llegada a los Estados Unidos. Mira al Este y no es casual. Su culo apunta al interior quizás para no mirar el genocidio en el que se sustenta esa democracia. Españoles, franceses (con mala consciencia o alcahuetes del nuevo orden mundial y de ahí dadores del monumento) e ingleses primero limpiaron el terreno de pueblos originarios (con o sin alma) antes de transformar en la cuna de libertades que representa esta interpretación de Libertas. Curioso. En realidad, es lo normal en nuestra especie animal. De la Europa blanca vendrían los sobrantes de su perenne conflicto religioso territorial (podría estar también en la costa oeste pero a los asiáticos, se consideró, mejor no guiarlos). Y es que las democracias sólo funcionan bien blanqueadas (parece que grita la tribuna). Los pilares de la democracia que se ansía son genocidas y racistas. ¿Cuál es la diferencia con Hitler y su raza aria? Quizás que lo hizo de golpe. Tenía otros medios. Y los nazis se creían libertos de la opresión financiera judía. Una locura que, sin embargo, se asistió sin mayor resquemor. ¿Alguien se puede creer que desaparezcan diez millones de personas y nadie se pregunte algo; dónde o por qué? Destruidos los símbolos nazis nos queda la mujer con cara luterana. Y la tenemos hasta en la sopa o por lo menos en las matrículas de los autos de la ciudad que señaliza y que todos admiran por diferentes razones. Es de visita obligada (siempre defrauda su tamaño) y las personas suelen emular la experiencia de aquellos migrantes desdichados y su encuentro con el paraíso de las oportunidades, de básica constitución y lleno de enmiendas.

Después de la Segunda Guerra Mundial, algunos de los países europeos se significaron en la procura de un estado del bienestar que los diferenció claramente de los Estados Unidos. Dos modelos que pugnaron tres décadas (aún hay quien defiende que existe la diferencia): la culta, solidaria y social Europa versus la libertad individual estadounidense. En estos días existe una campaña de la Fundación Carreras contra la leucemia donde anima a poner fecha a su erradicación como enfermedad mortal. Para ello, hay que poner dinero. Cada uno de nosotros. No el Estado vía impuestos. La investigación, parece ser, solo es posible en la sanidad privada. Siendo así, el segundo paso es disponer de los medios económicos para el acceso a esa cura posible (como en el país de la estatua), lo que; en definitiva, es un filtro entre vivir o morir. El tercer sector en Europa está casi totalmente en manos privadas. Las emergencias humanitarias no están en la agenda política; por el contrario, las marcan (y no juzgo su criterio) las organizaciones privadas que, además, muchas veces son el instrumento o la fuente, para otros fines.

Esta campaña para recaudar fondos contra la leucemia es un síntoma claro e irrefutable (lo contrario sería un engaño), que la señora esa de la antorcha ahora también ilumina esta orilla y que, al igual que el genocidio de los originarios de las tierras americanas, es aceptado.  ¡Salud!

Imagen: El roto

Prohibido prohibir

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Una noticia, de las llamadas “de relleno”, abofetea el atardecer. Si existe un denominador común en este imberbe siglo que nos rige ese es el volumen; la cantidad nos marca. Nunca hago apología del pasado porque las circunstancias determinan los contextos y éstos, vueltos cotextos, nuestras vidas. Parece lógico creer que, no hace mucho, las dimensiones de la tierra eran mayores y nos otorgaban espacios más amplios para toquetear realidades y proyectos. Espacios más amplios es igual a más necesidad de tiempo para recorrerlos. Y todo esto era gratis y posible sin diferencia de clases. Otras, sin embargo, y de ahí mi rechazo a la comparativa temporal, únicamente eran posibles para quienes tenían una capacidad diferenciadora, bien cultural y educacional, bien, y odiosa, económica. Es decir, la cantidad nos mengua en lo personal, nos obliga a compartir los espacios comunes desde otra perspectiva mucho más compleja y dinámica.

La naturaleza vital del volumen es devoradora y su máxima expresión es la bulimia consumidora. La ansiedad por consumir cosas, objetos y servicios nos genera una competición por los espacios comunes. La Tierra es nuestra, en propiedad, con todos sus abalorios en forma de paisajes, seres, culturas e historias. Y el low cost, la herramienta de futuro para rellenar nuestras panzas deseosas del placer engullido. Somos como cruceristas que bajan en puerto y caminan y caminan para alcanzar el máximo posible de ítems en un tiempo determinado; Diógenes sin saberlo. Hemos ido tan aprisa como las comunicaciones que nos han aceitado los nuevos hábitos y costumbres que hoy tenemos y que, mañana, serán otros más efímeros, rápidos y cuantiosos. Es lo que hay.

La noticia de que el ayuntamiento de Barcelona propone derogar la ley que prohíbe “jugar a la pelota” en los espacios comunes es un soplo de aire fresco, como que se abre una ventana y se estira un cachito la Tierra. ¡Qué linda pavada! Porque el low cost, el volumen, la velocidad y sobre todo el acceso a ello, vendido como una democratización de las oportunidades, nos fue inoculando, subrepticiamente, a la prohibición como instrumento de ordenación del consecuente caos en el espacio público. Las libertades (positivadas en las diferentes legislaciones [vistas teóricamente son abrumadoramente mayores] y cartas magnas) se han vuelto abstractas y, lo que es peor, beligerantes a través de las prohibiciones por un claim político-publicitario que habla del bien común. Y las otras, las reales, las que desde el principio del homo no necesitaron reglarse porque afectan a una lógica como especie, nos la metieron por la puerta trasera y sin pensarlo, aceptamos. Básicamente, la lógica mercantil, que a la postre es la norma suprema que está presente en cada acto, nos rige para dirimir nuestra libertad enfrentada a la libertad de otro. La palabra mágica: garantía.

La garantía ha sustituido a la libertad y la prohibición se considera un mal necesario (cuando se percibe que bien presentada, ni eso). Fornicamos, amamos, comemos, criamos, relacionamos, hablamos, trabajamos, vacacionamos, compramos, etc. con garantías. Jugar a la pelota, sobre todo en la infancia, carece de las garantías de no romper una ventana, pegarle un pelotazo a una anciana, aceptar un resultado, mantener a salvo la ropa y el cuerpo y hacerle calvas al pasto. Y, sin embargo, al igual que amar sin formulismo, expresarse sin la corrección política del grupo, tocar la fruta con las manos y acerca a la nariz, y tantas otras cosas que antes hacíamos solo regidos por el criterio de probar y errar, de cuestionar, de juzgar y decir, nos hacía más libres, aunque seguro que menos elegantes.  “Prohibido prohibir” fue el lema con el que se tomó las calles en el mayo del 68 francés. Y no pasó de ahí.  Y así nos va.

 

Otros números

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Es una mañana de un domingo de verano ambiguo. Ayer, el grueso de las escasas pertenencias, se estivaron en el estudio de un amigo. Mudanza. Otra. La media le sale a casi una por año. Más de cincuenta. Hubo años de sedentarismo y otro, por el contrario, vertiginosos; de culo inquieto, no más. Pocas han sido memorables. Nacer en una tribu de cultura cazadora-recolectora, siempre en movimiento, es más frecuente de lo que la opinión imperante cree. Los herederos de los agricultores del neolítico establecieron en su sedentarismo el pensamiento único: la propiedad. Y vista desde la óptica o posicionamiento que se quiera, se han pasado miles de años peleando y matando por poseer. Lo que sea, un terreno, una persona, animales, objetos y eso, claro, es una carga pesada para llevar a cuestas si lo que se desea inconscientemente es perseguir horizontes por pura curiosidad.

Las mudanzas tatuadas son pocas. Obvio, todas suponen un cambio y, sin embargo, solo algunas de ellas fueron liberadoras de una situación o ilusionantes proyectos que arrancan. Esta, sin tener la certeza, lo es por lo segundo (me viene a la cabeza el bodrio de película con título publicitario “Volver a empezar”). La primera en solitario fue más bien una invitación a la marcha. Y es que cuando tu vieja te llama por el apellido y dice que ya no tenes llaves del apartamento, lo único que resta es tomarte un bondi a alguna parte y esperar que te manden la valija. Después vinieron las de barco y avión. Las de los puertos eran demoledoras por su lenta conclusión. Las de los aeropuertos, cuando éstos estaban humanizados con sus terrazas para los adioses, perfectas en tiempo y forma. Ahora desapareces en una misma sala, sin zapatos ni cinturón, más pendiente de los vigilantes mecanizados que de esa última mirada a lo que queda atrás.

Las mudanzas tienen que ver mucho con la caza y recolección de fuentes de ingresos que transformamos en energía (después la desperdiciamos adecuadamente). De memoria, veinte trabajos aproximadamente. O más. Seguro que olvido alguno. La mayoría propios de la comunicación o de sueños infantiles. Otros, no; tan sólo salvavidas. La media de permanencia ronda los dos años, pero, haciendo cuentas de la vieja, hay un buen ramillete de contratos semestrales en contraposición con los que te van oxidando poco a poco. Permanecer varios años en una misma empresa distorsiona el ser y establece una relación perversa con los otros al creerse parte, estar identificados con un sujeto jurídico con el cual se comparte demasiado tiempo y, lo que es peor, se establece relaciones personales viciadas por mediar un fin lucrativo. En plata, no se elige a la persona que está a tu lado gran parte del día. Y si genera contradicción, chau. La historia es que el trabajo ahora mismo es un altar donde nos postramos implorando una limosna.

Los trabajos, para los de la tribu, suele conllevar traslados de ciudades, países y continentes. Que recuerde, fueron cinco países y ocho ciudades. Y repetidos, idas y vueltas en algunos casos (sin contar la estupenda experiencia de navegar en la mercante). Olores (no sé adscribir categorías, pero sí asociarlos a sensaciones gratas, de placer o desagradables), costumbres, pieles, sonidos y tonalidades insinuantes y perturbadoras que habitualmente son la antesala y otros que vendrán. Situaciones y espacios que nunca están al alcance de turista que por mucha sensibilidad viaje con un tiempo determinado y sin la vocación de perderse a propósito lo que le motivo el desplazamiento. El turista como una triste consecuencia de la globalización.

Los espacios sudados, la mayoría de las veces, están habitados por personas. Establecer relaciones es enriquecer el hipotálamo. Confundirlo para que concluya que solo el mestizaje, a los de nuestra tribu, lo alimenta. Aun las puristas y prognatas sociedades, amuralladas de prejuicios, tienen una mirada, un descubrir de sus biologías estructuradas. Y el intercambio de salivas y susurros, de miradas y texturas, pese a su carácter efímero, tiene un poste restante en la memoria. Acá o allá, vas sumando a personas indescriptibles al bagaje de andar caminando, de acá para allá. No son medibles, digamos que son los justos y que en el bondi quedan asientos vacíos que, quizás, alguien suba a compartir una amistad, una mirada. Y ninguno se baja en parada alguna.

Lo único que compartimos con la tribu de los agricultores, sin sucumbir a la posesión, es cuando un rayo te cae para partir la baldosa. Si ocurre, el resto, y no importa el número, fueron apenas relámpagos.

Vivir sin la propiedad como horizonte no implica renunciar a los derechos y libertades reales como individuo, como sujeto. No somos el homo sacer que contemplaban los romanos donde la impunidad, por no estar dentro de la paradoja de la soberanía, nos incluye y excluye. Creer que cualquiera de los descendientes de aquellos agricultores tiene la potestad de putearnos, es desconocer lo que la globalidad también ha desvelado: los migrantes, sea cual sea el adjetivo adjudicado. Y no es una guerra, es más bien lo que cita Giorgio Agamben en el Cualquiera: “el ser no importa cual, sino el ser tal que, sea cual sea, importa…”

Mudanza, segundos fuera, un montón de números de asalto.

El show de Truman

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Cuando en nuestra infancia la luz metálica del televisor invadió la casa no alcanzábamos a comprender que con el tiempo sería el elemento de la familia que nos educase. Solo el perro no le dio pelota (algo que me hizo pensar que, por lo menos su sonido, no era natural). Habría mucho que discutir si es la televisión, femenina y portadora del pecado original o, el televisor, machista sucesor del que lleva la voz cantante en la casa. Como era un gurí, no cuestioné la verdad de la realidad emitida, si bien, existió todo un proceso de acostumbrarse, educación y sumisión. El televisor no miente. Y en esas de ir aceptando que mi viejo no ocupaba la cabecera de la mesa porque eso era darle la espalda a la mesa con ruedas del televisor (algún día un arqueólogo sensato descubrirá que la portabilidad de la mesa con ruedas de los primeros televisores fue decisiva en las comunicaciones; una genialidad del diseño industrial), que la entrada de los dormitorios estaba obstaculizada y que debíamos respetarla como a los candelabros o la vajilla de porcelana alemana de la abuela (existe una anécdota elocuente en la familia sobre mi sonambulismo por exceso de pizza y fainá en la cena donde la centralidad de la misma era que llegaba dormido al dormitorio de los viejos y con sumo cuidado esquivaba el televisor. Parece ser que la primera vez, ya eran conocidos mis paseos nocturnos que iban agregando cerrojos a la puerta principal, mi vieja se abalanzó hacia la puerta para proteger el electrodoméstico más preciado y que en sucesivas veces llegaba, lo sorteaba y seguía en mi mundo onírico hasta recibir la orden de volver a mi cuarto, evitando, claro, al televisor. Hasta dormido lo respetaba).

En invierno, cuando anochecía pronto y los deberes de la escuela me retenían en casa (con la calle, en mi infancia, el televisor la perdió), emitían un programa infantil con un tipo estrambótico llamado Pilán que había nacido para el audiovisual. Un programa donde había de todo, sobre todo los dibujos animados, y de locución directa a la gurisada. Tal era su estilo lo que me provocaba estar seguro de que el tipo tenía muchísimos televisores en el estudio del canal y nos observaba a cada uno de nosotros en nuestras casas. Era imposible que acertase cuando mirándome fijamente me preguntaba: “¿tomaste la leche? ¡Andá a tomar la leche!” Y, bien pelotudo, cabeza baja, me iba a la cocina a buscar la leche vespertina y maldiciendo por semejante intromisión en mi intimidad. Por suerte, como el tema de los reyes magos y la navidad, una delación me sacó de la ignorancia, aunque pasé una buena temporada obedeciendo al Pilán del televisor.

Hace relativamente pocos años caí en manos de una empresa que organizaba showbusiness al estilo yanqui. Francesa. Los migrantes cambiamos de empresa con relativa frecuencia. Como novedad me fascinó observar (y participar) de aquel trabajo que además de presentaciones espectaculares de marcas y productos, trabajaba la comunicación directa a través de los meetings anuales de grandes compañías. Un sector lucrativo ya que las empresas invierten entre 1 y 3 millones de euros en a lo sumo un par de días (incluido la logística) para dar a conocer a su red continental o nacional los productos y estrategias que se implementaran en esa campaña (un director general me comentó que, en realidad y pese a lo elevado de la cifra, era un ahorro si se medía el tiempo y la efectividad del mensaje haciéndolo lugar a lugar). Recibíamos un briefing y poníamos en marcha toda la maquinaria creativa para crear los mensajes a comunicar en una puesta en escena que llevase a esa red de profesionales a la exaltación y convencimiento que eran afortunados de estar en la compañía. Para ello, y dado que estos eventos no dejan de ser un directo, se contaba (estoy en pretérito, pero es igual en el presente) con profesionales del teatro y cine, actores, periodistas, deportistas, músicos y toda aquella persona que sumase valor a esa compañía. Es una forma tradicional de ganar dinero de forma complementaria (una vez un actor definía su trabajo en estos eventos con la elocuente frase: “es como regalarles una porción de pollo gratis”). Y la puesta en escena era creativa si bien, se jugaba con las adaptaciones de referentes conocidos por todos (digo esto porque las había de todas las formas posibles y circula en youtube una horrenda puesta en escena donde participa Rodrigo Rato, antiguo director del FMI, ministro, banquero, recluso, investigado… de Noteges donde los participantes, además de bailar hacen la formación “tortuga”, característica disposición romana en batalla). Bueno, sin llegar a ese punto, si he participado de muchas similares en su fondo y mejores en su puesta en escena (el portfolio era bueno). Y en esa época, sin lugar a dudas, la estrella era la interpretación adaptada al cliente de “The Truman Show” (El Show de Truman). Era finales de siglo y la película (para mi gusto mala y que tuve que ver a posteriori para saber porque se excitaban los creativos pensándola), de 1998. Crear una sociedad para un “hombre verdadero”, lleno de cámaras donde los espectadores (la red) participaba en la consecución del objetivo (vender más y creerse centro del mundo) siendo observadores y observados, era una locura. Llenos de pantallas, nada se le escapaba al ojo del director de ese reality. Y la red, siempre en edificios muy Calatrava, vivía intensamente el momento, llegando a cantar o encender bengalas de niños que tenían dispuestas bajo los asientos. Recrear una sociedad que, según su compañía, era perfecta, llena de valores propios y asexuada, por supuesto. Jugar a dioses, o a dios y sus angelitos (no faltaban los discípulos encarnados por las jefaturas de comercial, marketing, innovación, etc.).

Vuelta al presente, viendo la participación del presidente Mariano Rajoy como testigo en el juicio del caso Gürtel, me vino este vuela pluma (un poco extenso de más) de El Show de Truman. La puesta en escena acertada, sin investigados o público a sus espaldas, el traje cuasi de luto y los letrados presentes, pero no enfrentados, sin la cercanía que levanta las emociones. Todo medido. Y no es para menos porque las respuestas del presidente dejan entrever que probablemente él, al igual que Truman Burbank vivió durante 27 años encerrado en una cúpula donde ni el cielo ni el mar era reales y menos los actores secundarios y los extras vivían vidas verdaderas. Y lejos de ser ficción (la excusa perfecta), es una realidad construida. Porque a Rajoy lo hemos visto huir de las cámaras, hacer marcha atlética (no quiero recordar esas imágenes) por Sanxenxo, decir frases incomprensibles, poner cara de no romper un plato, callar como respuesta, saltar en el balcón de Génova, ir de romerías, de mítines por plazas de toros y hasta cocinar. Casi lo conocemos desde antes de su nacimiento (aunque haya sido un niño siempre con barba).Por ahí todavía no está definido quién hace de Christof, quién dirige las cámaras. A Truman Rajoy solo se le puede imputar haber estado tantos años en la inopia (estrategia de su partido), de no ver que la reiteración real de acciones ilegales a su alrededor. Él era el protagonista feliz en una cúpula de personas raras. ¡Qué le vamos hacer! Bueno, quedaría un último impulso de Truman Rajoy para encontrar el cartel de la salida de su particular Seahaven (su refugio marino), subir las escaleras y salir al mundo real. Y, en ese caso, estaríamos encantados de escuchar con su pronunciado acento gallego la muletilla del cinematográfico colega: “Y por si no nos vemos, ¡buenos días, buenas tardes y buenas noches!”