Patoteros, matones, manadas…, cagones

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Unos rugbiers argentinos, de veraneo, matan a golpes a un joven. Le dejan la huella de unas zapatillas en la cara. Ensañamiento. Descarga emocional de cagones, de tipos llenos de temores que buscan refugio en la manada. Porque este asesinato tiene mucho que ver con las manadas de otras orillas. De hooligan/barrabrava. De paramilitarismo. O eso creo. Todos se encomiendan a su dios de turno para su diaria, todos hablan camaradería (detestan por inquietante desestabilizador al término solidaridad), de la historia oficial que los contiene en un lisérgico determinismo histórico, de la jerarquía balbuceando sonidos más bien de primates (en eso hay que reconocérselo, se jactan de que no perdieron el tiempo con curiosidades intelectuales lo que es sorprendente, pero es). Y como cantaba Carlitos (las nieves blanquearon mi sien…), la figura que recreo al leer sobre estos hechos, ni es nueva y sería osado aventurar un origen y menos único. Digo, han estado siempre. La publicidad negativa para unos es positiva para otros. Son notorios con sus actos. Antes estaban los que entraban en la tapa de los diarios (por suerte de tamaño sábana), los noticiarios radiofónicos llenos de efectos especiales y los que, cuando funcionaba, en el televisor. Pero estaban. En la calle se los conocía. Los viejos, que ya habían vivido lo suyo, sin televisor, aplicaban psicología inversa artesana, llamándonos patoteros cuando pasábamos los días con la barra en una esquina, el territorio. La patota. Una ofensa para la barra que, sin embargo, surtía efecto. Teníamos códigos (no hablábamos de los mismos, se sobreentendían). Básico: ir para adelante. Mano a mano. Atender el consejo de los viejos: nunca busques bronca, pero si hay que responder, la distancia y para adelante. Después pavadas menores (familia, amigos y alguna paja mental fruto de las películas, libros y revistas de aventuras) que vienen de fábrica, del proceso de elaboración (problema de tornillería). Tampoco estaba presente en la diaria donde primaba eso de ir pasando el tiempo e interminables conversaciones de oídas, o leídas. No es una oda a la violencia. Era nuestro contexto. Pero toda está basura (suena duro. Bueno, peor suena la infamia de sus actos, de sus asesinatos), tienen inductores que los arengan en la importancia del grupo, su actuación, su cruzada frente al otro. Organizaciones civiles, militares, religiosas. Casi siempre hay un fin de poder (tener un volumen, serlo), que hoy, vuelven a tener visibilidad y representación política, cuando no gobernar, en distintos parlamentos del mundo. Y ya sabemos lo acaecido cuando han sido gobierno. Pensar que ahora somos tan listos cómo para evitarlo sería repetir otra vez más el pasado. Esas organizaciones son un virus. Resistente. Afecta sin remilgos. Difícil trepanarle el cráneo. Patoteros, matones, manadas, cagones. Buscan reivindicarse en el abuso, en el racismo, la xenofobia, la generofobia, la aporofobia.

 

(¡ah!, la barra, creció con clases en el nocturno y, obviamente, nos quedamos con nuestras conversaciones en constante aggiornamiento, digo)

 

Amor curtido

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Una y otra vez, los vientos nos encontraron, y no les estoy debiendo porque antes también nos alejaron a un mundo air-mail de papel de 60 gr, que a veces, al tacto, antes de abrir la carta, descubríamos el premio de una foto (era importante actualizar la mano que escribía para desnudarnos de pasado. Pasado y contexto). Se comprendía. Las metrópolis padecían lo mismo. Los teléfonos eran trampas a larga distancia.

Una y otra vez, los vientos nos encontraron para perdernos en eternos momentos de conversación saciante, de increíbles vericuetos, evocadora de andanzas, en escenarios imprevistos (o no). Un vinito. Ay el sherry, tan a desmano. Y un whisky. Bueno, el plural es lo correcto. La revisión histórica, debilidad. Sin dramas. Bastantes risas. Y puteadas. Las de ayer. Ahora incorrectas erróneamente. Tiempos. Temas menores, árboles que no dejan ver el mato.

Una y otra vez, los vientos nos encontraron en el, palabra de cuñado, mejor restaurante del mundo. La comida es una gran contradicción. Habla mucho. Necesita de aprendizaje y relato. De miradas coloridas. A partes iguales. De texturas sorprendentes. Aromas inquietantes, reveladores. Aporto, me aportan. Los años a miles de kilómetros no fueron en vano. Son geografías que incorporó y están en su mesa. Y sí, es de agradecer sabrosamente.

Los vientos nos encontraron como hermanos. Medios, dicen las personas y sus certezas (así en la tierra como en sus cielos). Hoy cumple 75 años dando. Dar es dar. Una linda cifra (tiene algo de plan quinquenal). Contracultural, mágica, revolucionaria, migrante, metódica y por siempre, curiosa. Amante de vivir amando con sus armas nunca entregadas.

Los puertos tienen bitas donde hacer firmes los amarres. Escasos y sólidos. Tiene razón Bauman cuando relojea la levedad líquida de las relaciones que nos coloniza. Y el líquido lo es en contraposición de lo sólido. Ahí está Cristina. Insolente, sin alaracas. Entre libros y fogones, vinitos y conversaciones, entre ausencias que duelen y presencias que gratifican, oteando los horizontes desde la rambla donde habitan sus querencias, Nati y Cisco, junto a Daniel, de carne y hueso.

Una y otra vez, los vientos nos encontrarán entre ceñidas con nuestro amor curtido. Salú, hermana.

Un negro anónimo

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Primera estrofa, su contenido pinta un escenario de gloria en el que el sol asoma e ilumina, hasta con fondo musical… casi una puesta en escena teatral. Segunda estrofa, el cambio de melodía acompaña un tono más mesurado y dramático para presentar a los demás personajes: los enemigos. Inmediatamente se vuelve a las palabras y al sonido triunfal para mostrar en acción a “nuestros soldados”, posesivo que denota que la composición está dirigida a compatriotas, sin dejar de ser ellos los valientes protagonistas que “inscriben en la historia, su mejor página”. Tambores y trombas, cornetas… patachín-patachan…, piribipíiii… Con la base del paso de la oca, las tropas nazis desfilan por París siguiendo el mismo recorrido que de las francesas en la primera guerra. Es el 14 de junio de 1940 y la capital francesa es un balcón al mundo que los marciales teutones lo avizoran ario, luterano y nacional-socialista. La Marcha de la Victoria es su banda sonora.

Los milicos son seres extraños. Raros. Básicos. Por eso, Dwight David «Ike» Eisenhower, decidió hacer lo propio cuando desfiló con las tropas de la 28.ª División de Infantería del Ejército de los Estados Unidos por los Campos Elíseos de París el 29 de agosto de 1944. Tambores y trombas, cornetas… patachín-patachan…, piribipíiii…, sin paso de la oca, en el mismo balcón del mundo, no exentos de marcialidad y con la mirada puesta en el cielo blanco, protestante, de libertad y democracia sui generis (el sueño americano del todo vale contra quienes no lo entienden o comparten). La Marcha de la Victoria es su banda sonora.

Treinta años antes, las estrofas emocionan a los británicos que aclaman la coronación de rey Jorge V. Es 1911. Tanta emoción que convoca la partitura, se ve adecuada para el inicio de un reinado y, quizás, para que se les piante un lagrimón a la audiencia. La Marcha de la Victoria es su banda sonora. La coronación de la reina Isabel II como monarca del Reino Unido, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Pakistán y Ceilán el 2 de junio de 1953, también es reconocida la rareza de su condición (que cualitativa y cuantitativamente se les podía llamar extraterrestres), la falta de creatividad en post de la tradición escoge (ya adivinan) a la Marcha de la Victoria como su banda sonora es ese interminable recorrido en carroza con su sonrisa y saludo automatizados.

Pero, ainda mais, los tambores y trombas, cornetas… patachín-patachan…, piribipíiii… se escuchan a diario en Buckingham Palace. La Marcha de la Victoria es su banda sonora. A paso lento, recreando que fueron y quizás sueñan (no cuesta nada) con el brexit volver a serlo. La apestosa realidad es que dicha Marcha de la Victoria está entre las cinco partituras más utilizadas del mundo (incluido al espídico ritmo utilizado en la Plaza Roja de Leonid Brézhnev y compañía).

La Marcha de la Victoria que con tanta gallardía y orgullo interpretan y se prenden a desfilar, sea el paso que sea, los ejércitos de la cristiandad de occidente soñando y con sus pelos de punta porque han logrado una “victoria” con ese mal que cada día muda de piel, es La Marcha San Lorenzo, y compuso un negro que, por serlo, no mereció ser enterrado con su nombre. Hijo de la esclava Natalia Silva y de padre, por suerte, desconocido (hay personas que mejor desconocerlas), nació en San Carlos, Maldonado, en la Banda Oriental del Uruguay. Virtuoso desde chico con el violín, dicen las crónicas que fue “agitador social”, maestro y periodista y que saltó a la Banda Occidental del Uruguay tras las luces de esa gran ciudad que es Buenos Aires. De ahí giró por varias ubicaciones argentinas hasta que, en 1901, en Venado Tuerto donde se había parado, compuso La Marcha San Lorenzo para recordar al soldado Cabral, al coronel Riccheri y la gesta de San Martín. Un profesional de la música. Compuso más y tuvo momentáneos éxitos. Pero era negro. Y la vida, al igual que ahora, dura. Por unos insignificantes pesos vendió los derechos a la Casa Breyer de Alemania que la renombró y le sacó réditos. El cayó en el olvido (los creadores sin contactos saben bien de qué escribo). Y en 1920 murió. En la miseria. Pesé a haber ejercido también como militar y funcionario de policía la institución policial no admitió que el compositor de la marcha que cada día sonaba en los cuarteles, fuese enterrado en su panteón: “por ser negro”. Una tumba sin nombre. Una tumba para el olvido.

Hay veces que la historia se revela. Menos veces de las deseadas, de las justas. Cayetano Alberto Silva, autor de la maldita marcha, de música para teatro, carnavales, tangos y lo que las mañanas le propusiesen, ahora ya no es anónimo. El hijo de la esclava Natalia, el negro, murió sin saber la ironía de aquella partitura que corona reyes o conquistas y que, vaya uno a saber, la pensó para arrancar revueltas.

Nunca caminarás solo

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Anoche, el polígono era un inmenso estacionamiento de camiones. Dejé las llaves, agarré mis cosas y espere la llegada del taxi. El 463, me dijo una operadora entre risas contenidas. Prendí un cigarrillo mientras esperaba y lamía el cansancio de un viejo percherón que ha pasado todo el día tirando de carro. Un carro de leche lleno de casilleros con botella de la pasteurizada y yogourt embotellado. Como los de Conaprole subiendo por Canelones desde el Templo Inglés. La imagen me espabiló el recuerdo de que hoy, en el barrio había fiesta. Las Llamadas de San Baltasar. Barrio Sur y Barrio Palermo, rivales y hermanos como dice el candombe. Me entretuve con el recuerdo a 10.000 kilómetros de las lonjas, mates, vino, cerveza, marihuana y las gotas recorriendo el cuerpo más allá del ombligo mediador. El taximetrista me preguntó por el recorrido, que era mejor dar un rodeo para evitar la riada de autos que acudían a la llamada del desfile de los Reyes Magos, que si recién ahora terminaba la ruta… Demasiado cansado para contestar, supongo que le contesté sí a todo y vehículo circuló por el horizonte sinuoso de aquellos que, uno tras otros con sus luces rojas, marchaban a cumplimentar la Llamadas de su ciudad. Lo reconozco, no ser parte, a veces, es hermoso. Es una construcción en mi caso, aprendida en las singladuras cerca de alguna costa donde hasta se podía atisbar el sonido de las risas. Primero amarga, después resignada y al final, deseada. A veces. No es el caso de los olvidados. Sin embargo, a fuerza de vivirlo uno llega a creer que alguna, tan solo alguna vez, las personas deberían saltar el mostrador y sentir que son los ajenos, las luces que se atraviesan y dejan atrás y no sólo quienes conducen para cumplimentar los ritos asignados.

Los taximetristas españoles, en su mayoría, tienen la membresía de la radio de los curas. Difícil diálogo. Mientras, inevitablemente nos sumábamos a la cola de un atasco, el periodista de turno que mezclaba el último minuto sobre los desfiles con el debate parlamentario para investir, o no, de una vez por todas, o no, extrae el corte radiofónico donde Iglesias le dice al postulante Sánchez: “tu nunca caminarás solo”. No sé si el cansancio tras 18 horas despierto, el sentirme ajeno por un rato, la perspectiva de llegar sin ganas de algo, tan solo de tomarme un whisky y dejar que me atrape el sueño en la silla frente a la computadora o el recuerdo de las fiestas del 6 de enero en el barrio lo que me produce un estado de melancolía. Hay algo de “la tristeza de la democracia” que escribió Alexis de Tocqueville, en el mejor libro sobre la democracia en los Estados Unidos, La democracia en América, en 1835. Algo que Iglesias, tan dependiente del poder, ejemplariza volviéndose en lo que Tocqueville anunciaba: “No hay nada menos independiente que un hombre libre”.

Roger Bartra, en su libro de ensayos “La melancolía moderna” apunta, creo con certeza porque ya he descansado y llevo termo y medio de mate: “Las personas son hoy seguramente más libres que en la época de Tocqueville, pero dependen más de la inmensa fuerza de la globalización y de las redes económicas, políticas y mediáticas que las rodean”. ¡Ay, Iglesias!, otrora adalid de las revueltas del 15M que una extraña mutación genética aceleró su envejecimiento y que hoy, acariciando una cartera de cuero oficial, confunde Anfield Rd con la Carrera de San Jerónimo, creyendo que tras sus citas celebres (seguramente inducidas por el exceso de lectura de las propias de Selecciones del Reader’s Digest sentado en el trono del baño), la bancada, que no tribuna, sacará las bufandas moradas, que no rojas, para acompañarle con un leve movimiento rítmico la canción adaptada “You’ll Never Walk Alone” (1945) popularizada por Gerry & The Pacemakers en 1960 y que se ha convertido en un himno de un cuadro (Liverpool) de una ciudad que nunca volvió de su importancia portuaria pero que manotea seguir flotando en el océano. Un himno de atravesar tormentas, oscuridades, lluvias y vientos que arrastran sueños y corazones para seguir caminando. Un himno, como todos, para surtir efecto en la masa y cantar aunque te puteen. Bueno para el fútbol; malo para la política. Bueno para la guerra; malo para la política. Bueno para borracheras; malo para la política. Recursos de profesor universitario para púberes audiencias. Puede ser la melancolía o que, al fin y al cabo, también se camina solo, lo que me hace cariñosamente huraño. O eso creo.

 

Los mocasines

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Las tardes en la calle Lima, entre Justicia e Inca, se armaba un barullo de piernas para trancar y patear la pelota de plástico. Una por partido. El segundo encuentro se jugaba con los restos. Pantalones largos y cortos, sin tregua.

Walter Carlitos, llamado así por su viejo Walter y por el amigo de este, Carlitos, en esa tradición ya extinta de considerar a los amigos parte de una familia más amplia, la del barrio, heterogénea, mestiza, fruto de segundas, terceras o cuartas generaciones de migrantes que se entremezclaban compartiendo valijas, era de ideas fijas y escasos recursos. Salvo dos o tres de la barra, estaba en el promedio: pantalones con marcados dobladillos que al igual que los anillos de los arboles van marcando el crecimiento, remendados varias veces (hasta que inventaron las rodilleras, también aplicadas para roturas en el culo dado que el mundo era más rugoso y las caídas raspaban hasta el coxis), ropas hechas por vecinas de metro, lentes, dedal, alfileres y tiza (las del “quédate quieto un cachito que te estoy midiendo”), chancletas y dos pares de zapatos (los de invierno para escuela/liceo, lluvia, barro, relucientes los lunes y en cumpleaños y, por supuesto, para jugar en la calle y correr delante de la cana. Otros, para verano, frágiles, de lona, frescos, para pasear y jugar que, tarde o temprano, veía aflorar los dedos gordos entre deshilachadas úlceras). Las camisetas de fútbol no eran habituales y la máxima expresión de la pasión por un cuadro se mostraba con banderín sobre la cama. Una vida de viejos laburantes, de radio, de abuelos con acentos, de olor a Primus, de figuritas, bolitas, trompos, rayuelas, cuerdas, de pañuelos vueltos gorros cuatro puntas, zaguanes, túnicas y moñas, de conversaciones entre balcones, de azoteas y claraboyas, mate, mucho mate con bizcochos, de ravioles y cuentas que nunca daban. Era un mundo a granel, poco envasado, de boliche en la esquina con amplias ventanas que daban para esconderse tras un diario formato sábana. De calles amplias y autos, muy pocos, sin reglas. Y pulgas, bastantes. La Comercial, barrio mixto de casas, barracas, talleres y comercio. Barrio clase media frágil. De las últimas generaciones que cruzaron fugando su destino. Y de sus descendientes. De otros, también descendientes. Se suele recordar a los migrantes de éxito económico. A los dictadores, lo mismo. La historia obvia el contexto de los logros que enaltece, transmite, tatúa. Las historias de éxito del barrio era aguantar. Con más o menos insolencia, divertimento y solidaridad. De otro siglo. Los barrios del motor de explosión, los nacidos en torno a una fábrica, los que están en el medio de alguna parte semejan parecidos y en verdad, tienen un microcosmo lleno de matices. A veces, clase media. Durante unos años. después bajón, caída a la supervivencia. Ente subidas y bajadas unos se van quedando creciendo el inquilinato por piezas, como al principio cuando la llegada de los barcos. La Comercial, también se fue vaciando.

Walter Carlitos era de ideas fijas. Un cabezón medio maniático. Pero ¿quién no? En las fronteras adolescentes se empieza a rendir cuentas de las fijaciones. Estaban los adictos a la lectura de revistas del mercado de la reventa. Los contenidos mantenían su vigencia de mano en mano, de ojos en ojos. Los salones de revistas, aunque se llamasen kioscos y hoy solo vendan refrescos, golosinas y cigarrillos, eran cambalaches de pilas temáticas llenas de papel, dibujos, fotografías…, que abastecían las curiosidades de la chiquilinada. Muchas revistas. Partituras, patrones, mapas, planos, extranjeras, de humor, eróticas… Cada gremio tenía su revista. También los lectores de biografías que se adiestraban para su vida llena de citas de otros. Los que desarrollaban habilidades inútiles pero que tenían su temporada de gloria como escupir con precisión, la meada más larga o hablar eructando, bueno, frases cortas o el abecedario, encender los pedos como reactor a chorro, mover las orejas. Por el contrario, los lectores de Mecánica Popular miraban todo en tres dimensiones y aunque muchas veces insufribles, terminaban armado artilugios con clavos y gomas, construyendo las chatas, arreglando los mecanismos de los juguetes de hojalata.

Walter Carlitos tenía fijación por los mocasines. Tenía un par. Invierno y verano. O con dos pares de calcetines o sin ellos. Negros. De estilo italiano, decía. Los había visto un año antes en esas salidas al centro con sus viejos y su hermana donde hay cine, pizza y fainá. También muzzarella. Y con la panza llena, caminar por 18 de Julio encendido, ajetreado, sonoro. Tenían dos salidas en familia, además de las visitas de rigor para darle besos a unas tías lejanas de caras empolvadas o en los cumpleaños de los primos o los viajes colectivos en bañadera a la playa o al Parque Lecocq: una era en primavera, al Parque Rodó, el paraíso para la gurisada audaz en sus autos de choque, en el 8, el pulpo, la montaña rusa, el tren fantasma o en la rueda gigante. También pizza. Y algodón. Y las lanchas a pedales. Y la de otoño por 18. Fue ahí, fantaseando frente a las vidrieras, que descubrió aquellos mocasines de punta estilada que junto a otros zapatos se significaban por su cartel: “estilo italiano”. Nunca antes había visto zapatos con tanta prestancia. Durante un año alimentó su instinto para conseguir plata. Mandados para los viejos del barrio por el vuelto, venta de revistas de moda en la calle, reparto de pasta los domingos por la propina y barrer el boliche de Manolo el sábado tras el liceo. Igual no daba. Estaba cerca. La mano se la dio su vieja que puso el resto para su cumpleaños, justo cuando entraba la primavera y las esquinas del barrio se llenaban de atados de jazmines por dos pesos.

Walter Carlitos tenía las ideas claras. Tras estrenarlos en el cumpleaños de quince de Devita, de disfrutar de la ligereza de su cuero bien curtido durante toda la noche de baile, de observar sus costuras y doblarlos contra las leyes de los contrafuertes, de mirarse en el espejo del ropero de los viejos para ver si aquellos mocasines encajaban en sus fantasías, decidió que ellos lo merecían. Hasta gastarlos sin remedio ni reparación los calzó. Invierno y verano. Los disfrutó y aunque al principio resultaban disonantes, Walter Carlitos solía asegurar que aquellos mocasines de estilo italiano también tenían un hueco en el barrio. Y ya se sabe, en La Comercial, por la tarde, la gurisada se entreveraba tras una pelota con championes, alpargatas o mocasines…

Laudado

 

Ventura desconectó con la mesa llena de restos. Las prohibiciones de un pobre que se resistía a ser un supuesto. Una botella de Johnnie etiqueta negra con un cuarto por consumir, una papelina de falopa que restregándola todavía sacaba una raya, diez euros de hachís que ya eran cuatro, un copetín para quien espera una cena de vaca sangrante, cigarrillos desparramados esperando ser fumados, filtros, un billete de dólar para esnifarse cualquier cosa y su cédula, pura cábala, del paisito de los pájaros pintados para cortar, alinear, prolongar. Tras la computadora con un texto inacabado, la foto enmarcada abrazado con sus hijos que su barrio de adopción le había regalado para pasar el cambio de año y, buenas personas, muchas noches más. Pero la vida es caprichosa. Baja la persiana sin avisar. Elige el cuándo. Los porqués son, por demás, obvios. El castigo viene acumulado. También los manoteos. Las putas resiliencias tan de moda que las buenas gentes alaban cuando van dejando a otros en las cunetas del camino. Ventura desconecto con el gesto plácido. Sin cartas. Sin cuentas pendientes. Insatisfecho. Cómo no. Igual, laudado. En paz. Y lo encontraron porque el remix de El Perfume llevaba dos días repitiéndose. Bajofondo. Tango club. Una forma como cualquier otra de desconectar. Un día, el último del año, no importa el lugar. Solo la foto, pero nadie lo entenderá.

Asimetrías

tennis.jpgHace más o menos treinta años que se oficializó la era de la globalización. Internet, se dijo, nos planteaba vivir en una ágora donde la rosa de los vientos achicaba las distancias. Distancias virtuales. Sin embargo, la globalidad ha evidenciado que el mundo es demasiado grande para quienes rodean el tótem del centro. Que la periferia está muy lejos y es desconocida. Peor, que carece de interés, que sólo es relevante para mostrar tragedias, para construir los peldaños de una escalera ciega, asimétrica.

La primera de las asimetrías existentes arranca en el conocimiento. Los escuálidos contenidos de los planes de estudios de primaria y secundaria crean las condiciones para esa actitud generalizada de desidia. La posibilidad de uso de las tecnologías de la información para descubrir espacios, culturas e historias (oficiales o revisadas o cuestionadas) desde la escuela, no existe, se ha suplantado por una suerte de “inspección técnica de alumnado (como los vehículos)”, que es el Informe Pisa tendente a enderezar las torres de la curiosidad, siempre peligrosas para el pensamiento único. Se educa para formar parte de la mecánica (“La estatua del jardín botánico” de Radio Futura) de los valores en detrimento de aquel viejo concepto de universalidad, inquieto y curioso, lleno de nieblas a disipar.

(Parece que fue ayer cuando en los salones de la escuela, la nº8 de 2º grado, República de Haití, Pepita o Juanita o tantas otras maestras o el director Rabindranath te mostraban el mundo, sus historias y culturas, desplegando uno de aquellos mapas de pared cuarteados que enmarcaban las palabras o te hacían volar con los bueyes perdidos. Algo tan sencillo como hacer presente, ubicar, contextualizar las palabras, perdura hasta el final de los tiempos de cada uno)

La segunda de las asimetrías de la globalidad la expresan los colegas de profesión. Sorprende la ignorancia de la periferia que, ni tan siquiera, está presente entrelíneas. Profesionales universitarios que no utilizan los paréntesis cuando deben informar (a las órdenes de las empresas periodísticas que son parte como tales organizaciones con ánimo de lucro) y que se vanaglorian de ser “un cuarto poder”. Ninguna sección está a salvo. Ni tan siquiera la cultural, otrora amplificadora (cuando formalmente no éramos globales), de la América mágica. Este año ha sido intenso en movimientos sociales y políticos que no han merecido un análisis sosegado, crítico. El populismo se presenta como folklore, la desigualdad como daño colateral y los territorios como recursos de una riqueza que necesita de la blanca mano blanca para que de frutos. Y no es por discursos, que también, es en la diaria donde flota ese paternalismo de lo posible frente a lo imposible. Y se transmite, se absorbe por la opinión pública que rodea al tótem.

(Resulta incomprensible como los tiempos de la periferia se han adecuado a un Greenwich central. Salvo las irredentas estaciones de la naturaleza, las sociedades periféricas consumen tiempos ajenos para, quizás, entender que también están en las rotaciones de la tierra. La centralidad está en imbricada en la información de la periferia y se consume bajo la premisa de estar a disposición)

La tercer y última de mis asimetrías (hay infinitas), pasan por las personas que pese a ser educadas y no recibir la información completa, se les suponen un plus de curiosidad, de rebeldía, de interés por revertir situaciones. No hace mucho, un director de una gran productora con más de 30 años de experiencia incursionaba en una película en el Sur. A su regreso, contaba sorprendido por la infraestructura humana y técnica de aquel país americano. La pregunta surgía: ¿por qué es posible que segmentada la vida en una profesión se desconozca esa lineal y estrecha realidad? ¿A qué se debe tal desinterés? La segunda, como quien dice, ayer mismo, otra persona implicada en la temática de género, que asesora e imparte cursos, que pelea justamente para revertir la iniquidad entre sexos, admitía que era incapaz de ponerle nombre a las geografías, menos a sus historias y culturas. No lo consideraba necesario en su trabajo social. Otra vez el cuestionamiento me aborda: ¿cómo desconocer realidades en sociedades cada vez más mestizas? ¿Acaso, hasta en el pensamiento progresista solo existe una realidad posible?

Por supuesto que en la centralidad existen personas con pensamiento crítico. No muchas. Tras el tsunami de esta década, la ola en retirada ha dejado una orilla yerma. Y ya no es tan solo la imposición sino la falta de interés, de curiosidad, la renuncia explícita a una riqueza mortal, latente a tiro de piedra. Si se quiere.