Hoy estoy raro

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Leyendo la sentencia a los 19 políticos andaluces liderados por Chaves, Griñán, Álvarez, Zarrías y compañía, tras un año de deliberación, por prevaricación y malversación respiro porque pegó en el palo. Unos días antes y ahora estaba Vox formando gobierno. Suena sospechoso, ¿no (“El Bello Sánchez” sacaba pecho públicamente sobre la influencia del gobierno sobre el poder judicial)? ERES + Procés + migrantes = VOX.

Viendo las caras de los condenados es imposible no recordarlos con menos años, menos, kilos, más pelo y no tan blanco. Con mi gastada memoria y sin sacarme una chuleta de internet aparecen también otros nombres y desordenadamente: Felipe González, que perdió las últimas elecciones por la corrupción generalizada (Malesa, Filesa, Time-Sport, Guerra…), mención aparte a Roldán en calzoncillos, Fraga Iribarne y su red clientelar con los Cacharro Pardo, Baltar, Pío Cabanillas, Rajoy padre (caso Redondela en las postrimerías del franquismo) e hijo y todos los gerentes, desde el mítico Naseiro que un defecto de forma lo libró y desde aquella dirige las “inversiones” en Argentina y Uruguay de sus correligionarios hasta el archifamoso “aguanta Luis” que le espetó Rajoy a Bárcenas, Fabra, alías “el aeropuerto del abuelito” o el amigo del Pelado de la lotería que le transmitía  superpoderes para ganar nueves el sorteo, Cifuentes “la distraída de las cremas”, González con sus pisitos y el Canal de Isabel II (toda la troupe popular de su época), Pujol, que amenaza con tirar de la manta como le toquen sus comisiones, el 3% de Convergencia i Unió, Camps el “Dandy” de los trajes, Gürtel, pendiente e interminable con personajes como “El Bigotes” diciéndole te quiero a Costas, el hermano de Hacienda, Rato en Bankia, Rajoy regalando 66.000 millones de euros a la banca (santa Rita, santa Rita, lo que se da no se quita), la financiación ilegal de los partidos… Me cansé. Da pereza pensar en cada caso. Absolutamente, con diferentes grados de intensidad, todos los partidos políticos, nacionales o regionales, están pringados. Creo que se debería dejar unos puntos suspensivos…………….. para que cada uno ponga sus casos más próximos en ayuntamientos, provincias, autonomías, administración central y otras varias como puertos, universidades, fundaciones…. Y la Casa Real, esa fortuna el rey jubilado y el cuñado con sus copy page (qué cutre). Fueron 4.000 políticos imputados en el período que nos atañe. Y se volvió normalidad. Y se reclama como tal. Oh! Se ha hecho tanto…, declaman los dependientes. Y tan mal porque el resultado es el que es. Bueno, estéticamente, no. Eso importa. La arruga es bella. La corrupción, parece, también. Y algunos se la llevaron al bolsillo. Y otros crearon esas redes de complicidad, del silencio y apoyo comprado. El clientelismo. Esa es la maldita normalidad. Porque la justicia, si llega, solo mueve el polvo del olvido. O la saturación de tantos.

Quizás por eso, como tocaba el Cuarte de Nos, Estoy Raro. Hoy estoy raro, y no entiendo por qué… Será que hoy me puse a recordar…, y aparte de la broma de Vox, que tampoco lo es, la verdad es que hay un cierto sentimiento de déjà vu. No sorpresa. La normalidad es esa. Muy poco erótica, por cierto. De pago. No vale la pena ni apelar a lo que parece lógico. Porque es ilógico. Y está, y por lo visto, estará presente en el futuro (basta ver a los substitutos que ahora son titulares). Así que, volviendo al Cuarteto, lo mejor es “sentarme a esperar, que se me pase, y chau.”

Soldadito boliviano

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El último golpe de Estado en Bolivia al gobierno del MAS es el 189 desde su independencia en 1825. Golpes de estado que aprendimos a refugiarlos tras los uniformes militares por ser ellos quienes portan las armas y también fáciles de descatalogar por su ociosa intelectualidad. Son de usar y tirar. Aceptar la sociabilización militar, en cualquier país del mundo, es renunciar a derechos, a la lógica de la libertad real como la de expresión. Es la despersonalización del individuo (ocurre lo mismo en los funcionarios religiosos, sea el credo que sea). Llega a un punto surrealista donde tanto se condena, con sentencia firmada, a los objetos por malfuncionamiento: a un camión que no arrancó en un desfile, al palo de la bandera que cayó en una tormenta o a una puerta que no se abrió en el momento acertado, por ejemplo. Y si esto hacen con los objetos qué decir con las personas. Es la cadena de mando. El acatamiento irreflexivo. La cadena que eslabón a eslabón se va oxidando de resentimiento. El de abajo espera un ascenso para tener otro más abajo. Pero es que además, como una plaga, se fomenta. Es necesario que todo el milicaje se adhiera al abuso, que no exista la salvedad, la mente pensante. Eso queda afuera. Te golpean, golpeas. Cuando puedes. Y así en toda la cadena. Los coroneles o capitanes de navío son ridiculizados por sus generales o almirantes. Están a punto de llegar pero no lo han hecho todavía. Así en toda la cadena. Y como son brutos, que se jactan de serlo, tampoco están bien pagados. A cambio se les da prebendas. Pecata minuta. Ropa, casa y comida. Y mucha bebida. Beber es de machos, carajo. Un milico borracho, está simpático en su universo.

El revisionismo histórico buscando en las guerreras de los militares encontró los papelitos de quienes habitualmente salen impolutos en los golpes de estado: los civiles. Los milicos no saben dirigir un país a menos que sea un cuartel. Y tampoco. Detrás está la mano financiera, los propietarios de suelo y el subsuelo, los exportadores y especuladores, las corporaciones internacionales que alguna vez se llamaron independentistas, revolucionarios (ante de darle sentido popular al término) y desde la creación de los partidos políticos, partidaria. Al milico, más ocioso que belicoso (basta hacer números para dudar de sus funciones, por suerte, que no es cosa de andar armando guerra de vecinos a cada rato), le basta con para ponerle enfrente todo aquello que rechaza por formación castrense: igualdad, libertad y justicia (hasta tienen la propia para entenderse en su asocial vida). Y desde el siglo XX, todo se reduce en un enemigo: el comunismo. El comunismo que está fuera de los cuarteles (con alguna excepción como fue la Venezuela de la década de los 50), en las calles que una vez, por joda nomás, juraron defender. No matan indígenas; matan indígenas comunistas. Ni negros; sí negros comunistas. Ni pobres; pobres comunistas. Y por supuesto la LGTBI+ es comunista por definición. Esos papelitos de los partidos tradicionales (que le meten a los milicos), los conservadores y liberales, en sus vertientes neo y sin ella, que tampoco son angelitos, cuando se sienten en minoría, cuando levantan la bandera del victimismo, les escriben el guión y les abren las jaulas para reprimir, con la crueldad o la banalidad del mal y siempre con sus armas.

En estos días Chile y ahora Bolivia han mostrado lo fácil que es matar al pobre. Hacerlo con la sonrisa del odio y la saña del cobarde ante la vida. Lo hacen probres vestidos de uniforme mandados por la autoproclamada elite criolla. Los Mesa, Camacho y ahora por Áñez, la nueva autoproclamada presidente del país del altiplano. Matan a sus hermanos.

Hace décadas Nicolás Guillen y Paco Ibáñez escribieron “Soldadito boliviano”, dibujando al soldadito: “Con el cobre que te paga, soldadito boliviano, que te vendes que te compra, es lo que piensa el tirano…” Ya sabemos que todo se repite, pero, también, que se resiste aunque las familias lloren a sus muertos. Y los que dan los golpes, también. “Soldadito boliviano, que a un hermano no se mata, que no se mata a un hermano”.

Como una rana en invierno

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El 18 de septiembre de 1938 desde un balcón de la municipalidad de Trieste, Benito Mussolini anunció la promulgación de las Leyes Raciales. Principal objetivo erradicar de suelo italiano a los judíos. No eran los únicos. La plaza aplaudió. Europa murmuró. El mundo le prestó atención. Nadie abucheó. Tampoco se tomaron medidas coercitivas; era una cuestión interna, dicho con toda la flema. La unicidad étnica estaba en boga, no les era ajena, menos desconocida. La Alemania indisimulada, olímpica un par de años antes sin atletas judíos y dos después de la final del Campeonato Mundial de fútbol en el romano Stadio Nazionale del Partito Nazionale Fascista (1934). No había señales para alarmarse. Normal. Eso parece. La eugenesia post darwiniana (los suecos a la vanguardia con su Instituto Estatal para la Biología de las Razas), los gitanos nunca bien tratados, los zoológicos humanos, antes la esclavitud multipropósito, los aborígenes del mundo de dudosa alma, cuasi un mero soplo divino. Y se seguiría hasta el neolítico, génesis del yo antes, de las tribus mío-mío. Hay un aprendizaje consentidor en el odio al otro. Todo en diferentes grados de intensidad, desde la levedad de unas miradas silenciosas, cómplices y condescendientes hasta la excitada proclama de uniformidades. Pero el volcán avisa con sus fumarolas la erupción por venir. Y estalla.

Ocho años antes, en Milán, nació Liliana en una familia judía secularizada a la que disfrutó hasta la tarde del balcón. Ella y la familia cumplían los requisitos para ser odiados por la turba del Reino de Italia. Y si bien los judíos no eran numerosos a ellos se les unían otras etnias y hasta se recurría a un tirabuzón argumental que diferenciaba a los arios de la costa septentrional del Mediterráneo de los cetrinos y negros pobladores de la meridional, la africana, ese proyecto de un imperio de dementes que creían descender de los romanos. Un mar, dos razas.

Desde 1938 su padre comprendió que debía poner a salvo a su familia. Liliana pasó a la clandestinidad como miles y miles de chiquilines. La maduró antes de tiempo. Después vino el intento de cruzar a Suiza, pero no eran la familia Von Trapp y los suizos eran eso, suizos. Las sonrisas y lágrimas, el paraíso que contaba el film es la visión de postguerra para invalidar la complicidad de muchos que no estaban en primera línea de fuego. Y al final, ya con 13 años, Liliana Segres fue deportada un 30 de enero de 1944 al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Conocemos de sobra los nombres de los principales pero existía en la Europa germanofilia un salpullido de campos con distintas funciones y con distintos intereses. A ella le tocó trabajar para Siemens, la misma que luce sus rótulos en las ciudades, la de los trenes de alta velocidad, la de las grandes maquinarias y hoy, la vanguardia contra el cambio climático.

Del Reino a la República Social de Italia, la conocida como República de Saló (otra titiritera república como Vichy donde el gobierno lo ejercía la Wehrmacht), en el norte de la caña de la bota, la del actual Matteo y Berlusconi. Deportaron a 776 niños y niñas menores de 14 años. Volvieron 35. Ella volvió sola. Tenía 15 años y un tatuaje: 75190.

“Como una rana en invierno “ es un libro de Daniela Padoan donde entrevista a tres mujeres que volvieron del holocausto: Liliana Segre, Goti Bauer y Giuliana Tedeschi. La mujer, nunca suficientemente encontrada en la centralidad de la Shoah, aunque bebiesen la misma leche negra del alba, al atardecer… la misma que sus compañeros en el infierno, los hombres. Destruir la identidad de las mujeres era llevarlas a los desgarradores versos de Primo Levy: «Considerad si esta es una mujer, quien no tiene cabellos ni nombre, ni fuerzas para recordarlo, vacía la mirada y frío el regazo, como una rana en invierno”.

Liliana Segre volvió a esconderse en la casa de sus abuelos maternos. Aprendió a callar, a imitar la vida de los demás. Se casó con otro superviviente y tuvo tres hijos. Y convivió con los de borrón y cuenta nueva, con los que rechazan la memoria histórica porque todo el mundo debe callar, todos tienen cadáveres detrás, todos, todos, todos. Todos no. Aunque de tanto repetirlo se lo creen. Liliana rememora todos esos años de ferviente democracia que pasa y pasa las hojas: “Fue muy difícil para mis parientes vivir con un animal herido como yo: una niña pequeña regresada del infierno, que decía ser mansa y resignada. Pronto aprendí a guardar mis recuerdos trágicos y mi profunda tristeza por mí. Nadie me entendía, era yo quien tenía que adaptarme a un mundo que quería olvidar los dolorosos sucesos que acababan de pasar, que querían comenzar de nuevo, ansiosos de diversión y despreocupación”.

Desde los 90 fue reconocida su historia. Libros, documentales, títulos universitarios hasta ser nombrada senadora vitalicia en 2008. Hoy tiene 89 años. Las Leyes Raciales no están vigentes y, sin embargo, las fumarolas del volcán avisan que, una vez más, el odio se ha instalado en Europa. Por doquier, como antes, las hordas del odio al otro llenan las plazas con sus trapos identitarios. Ya, como ayer, son partidos y muchos gobiernan. No hace falta recurrir a las hemerotecas para recrear un pasado. Es presente. Y nadie mejor que Liliana sabe sus consecuencias. Igual, estoica, como una rana en invierno, resiste el insulto y la mofa de quienes liberan sus frustraciones e impotencias escribiéndole cada día 200 mensajes intimidatorios. PEGIDA, Liga Norte, Amanecer Dorado, VOX… Son millones. Están llenos de odio y sólo buscan exterminar al otro para sobrevivir ellos. Como tantas veces en el pasado.

Con el crucifijo y el fusil

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Un manifestante pro democracia y libertad rocía con alcohol a un médico pro dictadura y le prende fuego. El hombre corre envuelto en llamas. Por supuesto, es grabado con sus teléfonos por los luchadores de la libertad. Es en Hong Kong, China. Recuerda al jefe de policía de Vietnam del Sur que ejecuta con su pistola a un prisionero. Es lo mismo. No. En aquella instancia los medios de comunicación, inevitables testigos, dieron la noticia como la salvajada que era, sin escatimar que eso no era el medio para la democracia.

La televisión pública española se esfuerza en remarcar que Evo Morales renunció. Se apoya en las declaraciones del ex presidente y candidato con mejor imagen para Occidente, Mesa que afirma que no es un golpe de estado y sí una renuncia. Apenas hace dos días, el comandante en jefe de las fuerzas armadas bolivianas, Williams Kaliman “sugiere” que el presidente debe renunciar para evitar daños entre la población. No, no es un golpe de estado. Sí, sí que lo es. Y además clásico. Amenaza velada con el poder de las armas. La televisión habla de “grave” fraude electoral. No lo era con 46% de los votos. Sí con 47%. Vaya, qué darían los gobiernos europeos, tan defensores de los valores democráticos si obtuvieran el 46% de los votos. Pero, la referencia es la OEA, el dúctil Almagro que avisa sobre un plan continental de Maduro. Sí, es una estupidez. Pero es lo que hacen los acólitos del país sin nombre del Norte. Por cierto, su presidente, Trump no tiene pelos en la lengua para festejar el GOLPE DE ESTADO EN BOLIVIA. Europa, calla. Y otorga. Cuando se desarme el país, será momento de avalar a las grandes corporaciones para extraer el litio, gas, petróleo… boliviano.

La noticia continúa comprendiendo que lo dicho por Kaliman es imposible de cumplir. El ejército y la policía, ahora sí, deben reprimir a balazo limpio a los vándalos. En la secuencia se intuye que los vándalos son partidarios de Evo Morales. Esos del 46 o 47%. Y concluye con un Evo Morales caricaturizado como refugiado, no asilado, en un avión rumbo a México. Ese país del Norte dará mucho que contar en breve. Se sabe.

El ultra derechista Camacho, otro candidato con esa especie de milicia croata que sobrevive en Bolivia, llegó a casa de gobierno con una bandera y una biblia. Ah, bueno, son de los buenos. Los de Francisco. O no. Eso lo deberá decir el Vaticano. Y las tropas, que ahora van a salvar su patria, que en Bolivia es matria, llevan un fúsil y crucifijo. Es una nueva cruzada le habrán dicho sus mandos. De las que gustan en Occidente.  ¡Viva Evo Morales!

A toda costa

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Lula libre, qué alegría. Está fuerte, con ganas, entusiasmado. Es contagioso. Apenas un espejismo en esa larga secuela de juicios que le restan. La lawfare funciona. Es también la estrategia contra Cristina Fernández en Argentina. Los genéticamente corruptos saben responder, manejar los tiempos desde sus cuarteles de invierno y naturalizar el concepto de que todos tenemos un precio. Enchastrar que algo queda. Y, por lo visto, da sus resultados. Lula libre, qué buena noticia. Por lo personal, por sus batallas a dar.

En su frontera oriental, Bolivia es sometida a un golpe de estado. Cuando el sistema se estropeó, y no era la primera vez, los teletipos escupían que restaban por contar los distritos tradicionalmente ganados por Evo. Era factible que alcanzase los votos necesarios, ese margen abisma de más de 10 puntos con el segundo para evitar la segunda vuelta, según su constitución. Pero fue la gran oportunidad para que la oposición cívica y religiosa, liderada por el mediático y ex presidente, y con muchas cuentas pendientes con Evo, Carlos Mesa alimentase los disturbios y, vaya, como siempre, ahora saltasen sectores de la policía y el ejercito. Es curioso porque en su frontera oriental, ya orillas del Pacífico, las protestas contra la brutal grieta de desigualdad en uno de los países que más se vanagloria de democrático, los militares y policía reprimen despiadadamente a la población (20 muertos, más de 1.000 heridos y 13 mujeres desaparecidas…). Ahí, ningún sector del ejercito o de la policía se levanta proclamando que no actuará contra su pueblo. En Bolivia, sí. Por supuesto. En Brasil, no, obvio. Piñera optó por la clásica: primero declarar que están en guerra, después reprimir sin límites, después maquillar el gobierno y ahora anda en esas de que, quizás, hubo excesos y lo arreglará. Los muertos no resucitarán. Pero está bien visto en el olimpo occidental de las tierras del Norte. Ah, el norte, pero más cercano y en el mismo Pacífico, se reacomoda suspendiendo sus cámaras legislativas. Calma y tensa espera. Obradecht, la constructora brasilera, pateó el tablero. No dista de las actuaciones del resto de grandes constructoras civiles del mundo. En la frontera septentrional, Ecuador se ha desangrado durante semanas en la calle. El transporte, igual que en Chile, está vez dando cumplimiento a las recomendaciones del FMI que ensancha la brecha de igualdad incendió la protesta. El movimiento indigenista llevó las culpas. Vaya, Evo es indígena. Casualidades para conformar una opinión extra continental. Colombia en ese limbo diseñado por Uribe. Es otra frontera. El Vietnam pendiente sudamericano. Sí pero no. No pero sí. A su lado, Venezuela fuera de servicio. La bicefalia mediática, el muchacho que levantó la mano y 62 países lo confirmaron por presidente (a lo peor, la levantaba para ir al baño). Hoy está en lista de espera. Ni los conservadores españoles recurren a Maduro para hacer sus campañas electorales. Solo Almagro, desde sus tela de araña de la OEA, proclama que América del Sur de costa a costa, y a toda costa, vive la maquiavélica estrategia del conductor venezolano. Falta la segunda vuelta en Uruguay que se dan por ganada a los rosaditos y con un Cabildo Abierto, línea neofascista, que solo tienen un tema: la seguridad.

Lula está livre, qué bueno.

Mate, pucho y lectura

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La facultades de antaño, aquellas masificadas, de bares para cañas y canutos, para cafés y polémicas, tenían un anfetamínico deseo de postular nuevas formas de hacer las cosas. Por lo menos en Ciencias de la Información. Ejercíamos de estudiantes a tiempo completo, en la farra o en largas noches de libros y apuntes. La hemeroteca de Tirso de Molina estaba llena y cada materia, hasta las de relleno, tenían una mirada. Cierto, existía una porción del alumnado despistado, de paso, na procura del título ansiado que le facilitase la promoción social. La ucronía es abyecta por definición.

Aquellos años entre dictaduras y reencuentros democráticos, algunos casi una resucitación se analizaba y proyectaba el papel de la empresa periodística. Los dueños de los medios y, por ende, el objetivo a transformar. Quizás, ahora que nos planteamos tantas cosas con la irrupción, por suerte, del feminismo político, somos periodistas, género femenino, por haber nacido como profesionales con el pecado original. Es más, somos novísimos como estudiantes terciarios, algo que nunca tuve la certeza de si fue o no correcto subirnos un peldaño más en la escalera. Nacimos como instrumento de un organigrama financiero o empresarial, siempre una corporación, novedoso y ventajoso, que reportaba más beneficios a sus creadores (los Rothschild o los Von Thurn und Taxis, por ejemplo). Nunca acompañamos, en aquellos momentos, la noticia social, la revuelta o la consagración de las administraciones medievales. Se aproximaban más los bufones, artistas itinerantes y titiriteros a la pregunta y cuestionamiento que los relacionistas de esas casas europeas.

Aquellos años entre quienes habían sabido pelearle y sacar la nota a la luz en el oscurantismo de las dictaduras y las ansiosas promociones, daba la falsa impresión que las empresas periodísticas estaban abocadas a reestructurar su modelo y dar cabida, desde su línea editorial, a los vientos de cambio de las sociedades. Medios escritos en todos los formatos, radios, experimentos televisivos, agencias de noticias, nuevos lenguajes en viejos cascarones y hasta los modelos empresariales tocan al restyling o aggiornamiento. Contra cultura, apertura y mezclado con nuevo periodismo. Nunca hubo una guerra mejor contada que Vietnam. Y dejó huella. Lo que unido a las nuevas tecnología que estaban en cierne, a la noticia a la carta, al dominio del receptor, infundía un entusiasmo que con los años sólo lo podemos ver como ese mejoramiento súbito del enfermo terminal.

Largo y pesado de exponer lo que, en este caso a mi juicio, contribuyo a la vuelta a los orígenes. Básicamente es un tema de falta de capacidad de las direcciones ejecutivas de los medios que no supieron interpretar lo que a diario las redacciones publicaban sobre el impacto tecnológico en la sociedad. Y, sobre todo su coste, la profunda y despiadada concentración de los mismos. Se bajó la persiana y para quienes todavía la tienen alta es a costa de pagar el precio de sus consejos de administración donde el poder económico con sus apuestas políticas dominan las redacciones. La pérdida de independencia es mucho más brutal de las que nos asombraban en Tirso de Molina.

Las redes sociales han abierto una espita a otra forma de comunicación donde cualquiera, erróneamente, juega a ser periodista (a veces se ofenden si les recuerdas que la profesión conlleva más que unas palabras ocurrentes). A veces hay una analogía con la arquitectura: siendo una profesión igualmente maravillosa tanto en urbanismo como construcción, las ciudades las construyen los promotores. Y dan asco. En su mayoría.

Hoy las empresas periodísticas mantienen su funcionalidad a la agenda política que la dictan las grandes corporaciones empresariales o financieras. El periodismo, por mantener la nomenclatura, es una parte del show que entretiene o no. Por los datos parece que a una gran mayoría sí. Machaca hasta la saciedad los temas impuestos que serán decisivos en unas elecciones, obviando deliberadamente otros. Están, todos licenciados, mal preparados. Hay veces que se siente vergüenza ajena. Todos detrás del teleprónter, ese scroll que escupe palabras con más prisas que sentido. De uno y otro lado. Sobre todo derecha neoliberal, perdón liberal, pero también izquierda, perdón socialdemocracia. Y el responsable, por supuesto, es el receptor. Vieja y falaz excusa la de la opinión pública que demanda y no que sucumbe.

Da ganas de perderse en el medio del océano sino fuese por algunas plumas de acá y allá que resisten, vaya uno a saber cómo, escondidas en segundas y terceras páginas de sus medios que ahora habitan en la computadora. La insolencia que mira, curiosea, se pregunta y repregunta sobre esta normalidad insostenible, existe. Manotea en la chatura de la normalidad periodística. Es impagable una matina de mate, pucho y lectura. Gardel cada vez canta mejor los mismos tangos de siempre. Verás que todo es mentira…

Inhabilitar a Vox

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Se han soltado la lengua. Se sienten acompañados, protegidos. Nacionalistas extremos que han salido de los armarios conservadores. Odian. Profundamente. Ya son visibles y en la diaria se les ve con sus comentarios. En la frutería, en el bar, en el trabajo. Se creen víctimas de varios enemigos: las mujeres, la homosexualidad y el extranjero pobre. Unas deben volver al lugar que la religión les otorgó. Otros ser tratados con el electroshock. Y los migrantes convertirse en esclavos sin derechos. Las tres desviaciones les roban el sueño. O les robaban porque acá, y en cada uno de los países de su amado y blanquecino, por la gracia de dios, Occidente, se han convertido en fuerzas política con representación en los parlamentos de reinos y repúblicas. Cuándo no gobiernan en solitario o coalición. Nada que decir sobre sus derechos de expresión y opinión. Son las reglas y hasta resultan divertidos en sus medievales planteamientos. Un rato. Hace un par de días, en la largada de la nueva campaña electoral española, el dirigente de Vox, Santiago Abascal cometió un delito que, por lo visto, no se da por enterada la fiscalía. Fue en Madrid. De su trípode argumental eligieron la pata del migrante. Lo de siempre: vienen a robarnos, a fornicarnos (eso lo piensan con rabia pero no lo dicen porque sería reconocer que su machismo es poco sugerente o está mal dotado), a quitar el trabajo y peor, a vivir sin trabajar aprovechándose de los beneficios sociales y sanitarios hasta agotarlos dejando a las personas de bien sin posibilidades de acceder a los mismos. Bla, bla, bla. Lo de siempre. Pero el torito Abascal se vino arriba y sacó un documento de la Comunidad de Madrid, donde cogobiernan con Ciudadanos y Partido Popular, sobre las ayudas al alquiler. Era una lista. Llena de nombres que empezó a enumerar los apellidos, supuestamente, extranjeros que figuraban en la misma. ¿Y la ley de Protección de Datos no existe? ¿A nadie de la fiscalía le rechina que un gobierno revele el apellido de un ciudadano? ¿No es instigar al odio y la discriminación? ¿No es poner una estrella amarilla en la ropa de esas personas? Qué pasaría si en vez de apellidos extranjeros los vascos o catalanes (porque son actualidad), enumeran, por ejemplo, los apellidos de policías que tienen ayudas para la vivienda en sus territorios. Al Supremo de cabeza, previo paso por galeras. Poner una diana en las personas por mucha campaña electoral que sea es traspasar la libertad de expresión. Más cuando se hace desde el poder. Más porque estas personas no han cometido delito alguno y solo por su condición de piel, bueno, de apellido son estigmatizadas. Es apología de odio, la xenofobia y racismo. Y creo, tan sólo creo, que está penado por ley. A lo peor, la fiscalía no lo ve punible hasta que un descerebrado se tome las palabras por la fuerza. Se debe inhabilitar a Vox por terroristas.

Imagen: okdiario