Me quiere, no me quiere, me…

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Ventura olfateó la brisa salada, tostada por el sol y ligeramente amizclada por las maquinas civilizatorias que, en ese punto del océano, sólo podrían venir de los vertederos ilegales del patio trasero de la sociedad o de los desarmaderos de objetos que atascan el modelo de progreso. Extraídos como recursos, devueltos como basura. La falta de armonía en el aire le llevó a pensar que algo acontecía en sus invisibles orillas, que el ciclo de creación había cedido a la destrucción que desde las lejanas atalayas financieras se ordena a los obsecuentes hombrecitos de sombrero gris. Destruir, dividir y caridad. La margarita que se otorga para sentirse amados o rechazados en propiedad y singular azar hasta la nada final. No hace mucho, cuando Ventura comenzó a naufragar, la margarita vivía indemne y sus pétalos eran la demostración de la biodiversidad, de la complementariedad, de la solidaridad. Fue como un espejismo. Efímero. Potente. Despertador. Esta brisa, lo sabe Ventura, viene deshojando la margarita, rompiendo lo que naturalmente se creó para unir. Como la UNASUR. Y, mientras tanto, los hombrecitos de sombrero gris, arrodillados, ruegan a sus amos del norte: me quiere, no me quiere, me… Mal vamos, remó Ventura.

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La patria de los hombres íntegros

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Es uno de esos países por los que la opinión pública no apuesta. El 181 de 187 en renta per cápita, según Naciones Unidas. País fallido para algunos, imposible para otros, “una merienda de negros” para el refranero. Tan poco inspirador que ni siquiera Macron pondría dos aviones para bombardearlo y tras los estruendos, correr a escribir (algo de Nerón y su cítara tiene Emmanuel), un romántico discurso sobre la democracia. Bueno, mientras no toquen a alguna de sus empresas mineras. Y es que la ruina de este país es ser el cuarto exportador africano de oro, además de otros minerales que lo han conducido a la hambruna, las enfermedades y el trabajo esclavo infantil (bueno, en términos de aceptación de la opinión pública occidental, este punto no es moralmente reprochable; véase la industria textil).

Sin embargo, sin embargo, sin embargo, fue más que un país posible durante cuatro increíbles años. En términos temáticos, esos que hoy seguimos como una zanahoria y que nunca se yuxtaponen y menos copulan, más avanzado que muchos de occidente y con el mérito añadido de arrancar de menos mil en esa escala de libertades y derechos que tenemos a bien destacar cuando se bombardea en pos de una democracia. Y como probablemente suene a cuento chino de migrante aburrido descreído de hípster en movimiento con siglas y grandes consignas que, a la hora de verdad, cuando tienen la posibilidad de gobernar, nada hacen (haciendo amigos entre la muchachada), empezaré como corresponde: había una vez un país que, en 1983, se cansó de no serlo. Durante siglos mantuvo a raya a religiones invasoras, vieron venir y marchar civilizaciones y hasta el día de hoy se desconoce quiénes edificaron su impresionante muralla meridional (me gustaría creer que son parte de los Reinos Hausas). Los dos últimos siglos asumieron ser parte del “imperio” galo. Le brindaron a cambio sus riquezas y las personas para sus guerras mundiales (igual que otros). En 1960, esa falsa independencia que tan bien describe Boaventura en su análisis sobre la continuidad de los colonialismos (con otra imagen). Dos décadas de golpes, repúblicas, golpes, repúblicas. Hasta ese 1983 que, un golpe con gran apoyo popular (de esos maléficos como los cubanos, nicaragüenses, bazzistas, bolivarianos, norvietnamitas, etc.), llevó al poder a un capitán llamado Thomas Sankara. Final de la Guerra Fría. Casi desconocido en Occidente, Sankara ha sido y es un referente africano y global, si uno quiere encontrarlo. En primer lugar, por orden de importancia mediática en nuestra actualidad, porque incorporó a la mujer a la vida pública sin cupos. Se le atribuye la frase de: “hago lo lógico si la mitad del cielo es mujer y la otra, hombre”. Además de la presencia en su gabinete, erradicó la ablación, los matrimonios forzosos y la poligamia y promulgó leyes sociales que permitían la conciliación de la mujer, alentando el trabajo fuera de casa. Vaya, hace treinta años. Y sin hashtags. En ese país ocurrieron tantas cosas que espero que lo tomen con un cuento porque muchos de los que llegan en pateras proceden de él (hoy hay 3 millones de emigrados en Costa de Marfil, por ejemplo). De las primeras medidas que se adoptaron fue eliminar la dependencia externa. Al diablo fue la alpargata, el FMI y el Banco Mundial que imponían sus políticas con la misma inescrupulosa doctrina saqueadora. Lo logró (los gobiernos progresistas de América del Sud, solo tenían que documentarse para encontrar el camino; digo, del pecado). Combatió la hambruna con una reforma del sistema productivo y con la reforma agraria. Un éxito. Estableció un sistema sanitario público y y promovió la vacunación de 2,5 millones de niños contra la meningitis, fiebre amarilla y el sarampión (puro populismo). Por supuesto, erradicar el analfabetismo (más populismo innecesario). Nacionalizó la minería (dictadura). Creo infraestructuras viarias en su creencia de un panafricanismo posible (hoy reivindicado). Y, como iba de moderno, plantó más de 10 millones de árboles para frenar la desertización en el Sahel (ahora estamos como revolucionario con el carril bici). Una última, antes que el Pepe Mujica, terminó con los vuelos en primera clase, la residencia presidencial y cambió la flota de Mercedes Benz en los que viajaba el gobierno por aquellos fantásticos Renault 5.

¡Ah!, pero cerró la prensa privada porque la consideraba al servicio de potencias exteriores (Francia, fundamentalmente). Y no, contra eso, no. ¡Si la prensa privada es lo más libre del mundo! ¡Son valientes empresarios que no dependen de nadie y les impulsa su pasión y deber por informar! Así que, en 1987, Miterrand y Giscard d´Estaing (el ADN dictaminará que eran abuelos de Macron) promovieron el golpe y su asesinato. Lo hicieron a través de Blaise Compaoré que ordenó desmembrar el cuerpo de Sankara para su olvido. Vueltos al redil de los Macron, May y Trump, de los democráticos organismos financieros internacionales, se revertieron todas las medidas adoptadas, la corrupción irrumpió desbocada y el país descendió a tumba abierta a los abismos de la nada donde hoy habita. A finales de 2014, La Escoba Ciudadana (acertado nombre para un movimiento que no necesita de sufijos datados para recordar), barrió del poder a Compaoré y como había vaticinado Sankara a modo de epitafio en su último discurso, “se mata al revolucionario, pero no a las ideas”.

Yo crecí estudiando a un país que se llamaba Alto Volta. Y Thomas Sankara lo bautizó Burkina Faso, que en mossi significa “patria de los hombres íntegros”. Y por ahí, los franceses y sus mandados se olvidaron de cambiarlo. Pero no de sus recursos.

 

 

 

 

“La voz de su amo”

1213.jpgEmmanuel Macro gesticula durante su discurso. Está embebido en palabras que cree originales. Habla de somnolencia ciudadana. De legalidad y justicia. Por supuesto, de democracia. Se viene arriba sintiéndose portaestandarte del “renacimiento europeo”. Es joven. Probablemente los últimos 16 años no prestaba atención a los discursos de sus homólogos en el cargo de la France. Tampoco a las decenas de bombardeos en los que su país actuó como comparsa de los Estados Unidos, siempre necesitado de legitimar sus redoblantes belicistas con simbólicos compañeros de armas.

Del otro lado del canal, Theresa May, más sobria en el gesto, no tan joven e igual de ausente, se centra en la justicia y la legalidad de su participación en el bombardeo. Si los disparates de Sarkozy, hoy investigados en el capítulo de Libia, amparan los actuales, a la Premier británica le restan muchos bombardeos para caer presa de la borrachera bélica de aquel líder de la nueva vía llamado, Tony Blair. Hecho el quilombo, huyeron, contraprestación de recursos mediante, dejando desamparados a quienes fueron a proteger de las armas de destrucción masiva. Fue el Faluya.

El Eurotúnel es atrapante y ambos países comparten la melancolía por reverdecer sus imperios asiáticos y africanos. Sus discursos, sean cuales sean los gobiernos que hasta la fecha han tenido de amabilidad de compartir, son de un insultante patriarcado que, por suerte, a la hora de la verdad, es pura milonga. Y es que no son nadie. Bueno, lo son como países, pero su peso internacional es de secundarios sin mención al Oscar. Igual, están ahí tirando bombas para su electorado interno, avalando a cada uno de los presidentes de la Casa Blanca.

Nipper era un simpático fox terrier, blanco y negro, que fue legado como herencia al pintor Francis Barraud, junto a un gramófono, tras el fallecimiento de su hermano. Barraud observó que aquellos discos de pizarra que además de música eran utilizados para enviar mensajes, provocaba que Nipper se acercase para escuchar la voz de su amo muerto. Atentamente, con la cabeza inclinada frente a la trompeta, parecía entender las palabras. Y lo pintó. Y a la postre se convirtió en 1901 en el logotipo de Victor Talking Machine Company y fue tan impactante que se mantuvo en su fusión con RCA, en 1930. Hoy, la voz del amo (his master´s voice), es la de Donald Trump. Un presidente irascible, lleno de prejuicios, racista y xenófobo. Un presidente mercader, donde las personas se miden en su cuenta de resultados. Ni es ideológicamente algo; un fanático de sí mismo. May y Macron son quienes acercan sus caras sin entender bien de que ultratumba tuitera salen esos sonidos reconocidos y a los que nunca se debe cuestionar. Eso sí, después marcan su territorio para sentirse coprotagonistas, casi impulsores y decisivos. Y lo peor es que están tan felices como perro con dos colas. Resultan conmovedoras o patéticas, según el asiento desde donde se escuchan, sus explicaciones que no son otras que la falta de soberanía, la mendicidad en el expolio de recursos ajenos, los imperios perdidos o la manifiesta dependencia hacia quién, hace unas semanas los amenazaba con medidas proteccionistas contra el acero.  Mañana vendrán (ya se producen, pero se calla), los daños colaterales de tanta democracia, justicia y legalidad (esa suerte de hashtag para todas las edades). Eso es seguro.

 

Érase una vez un reino del revés

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Érase una vez un rey que tres veces no debió ser monarca: una por amor, otra por oídos sordos y la tercera, por estar en la línea de fuego. Lo fue igualmente por epitafio de un dictador para bailar sobre su tumba. Sonaron las fanfarrias y se fabricaron, cuadros, fotografías, banderitas, banderolas y pancartas al paso de la comitiva en sus giras de descubrimiento de placas con su nombre, de primeras piedras con su nombre y monumentos con su nombre y figura por el reino donde debía reinar. A medias. Era un rey medio de mentirijillas. Lo era y no lo era. Tenía un diezmo que no era tal, pero era un diezmo, al fin y al cabo. Y como no le llegaba para ser como sus pares de otros reinos, se buscaba la vida alargando su sombra con los mercaderes que se instalaban en la plaza. Algún pariente de la corte pagó con sus huesos en las modernas mazmorras por exceso de alegría mercantil. Fue un desliz publicaron las gacetillas. El rey, que no debió ser rey, era de lengua oficial trabada que con el tiempo fue desanudándola cuanto más sobresalía su silueta campechana y más escondía su estampa documentos. Logró una postal familiar de armonía con hijos de rubias cabelleras como en los reinos del norte. Y el reino se olvidó de él y él se olvidó del reino. Salvo las intrigas de palacio. Pero eso va con el reino. Pasaron los años olvidados, puntualmente citados con cada cambio de estación, los desfiles de soldaditos y las fiestas religiosas. Las melenas rubias se oscurecieron y sumaron arrugas en sus caras. Políticos y bufones del reino se enriquecieron, pelearon y se amigaron y volvieron a pelear, algunos fueron a las mazmorras, otros murieron y muchos más nacieron y crecieron en esa normalidad de una corte, que no era tal, pero lo era, mientras el rey disparaba en diversas cacerías. También los nobles y herederos reclamaron su parte del botín del reino de mentirijillas. El peaje a los mercaderes que agrandaba el diezmo. Hasta que un día, el tesorero del reino, avisó que las arcas reales estaban casi vacías. Y el reino se sublevó. No hubo guillotinas. Y como antes su abuelo, abdicó. Una manera de lavarse las manos. Y aquel rey que no debía reinar, vivió feliz en una isla de un mar de piratas del Caribe. Hasta que apareció una rubia tribuna para mentar su nombre en un centro que, al parecer, tiene poco de docente. ¿Será el reino del revés que escribió María Elena Walsh? Colorín, colorado, este cuento no ha acabado (con perdón).

Verás que todo es mentira

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Si no fuese porque nos desayunamos con los “misiles bonitos, buenos e inteligentes” cayendo sobre Damasco, preludio de otras sesiones que vendrán y que ya tienen su seña visual con las imágenes de una coreografía aérea nocturna (las guerras cuentan con su iconografía propia que guardamos en nuestras retinas), la semana venía como una fiesta jolgorio berlangiana de mentiras, medias verdades, exageraciones y otras gaitas de esas que estimulan a más de uno para decir que tiene un primo en Alemania y eso, allá, no pasa. Bueno, en todos lados cuecen habas.

Puestos en ridículo a muchos de los personajes que a diario abren las tapas de los medios (y que legitiman el esperpento de quienes empiezan en un Gran Hermano y terminan como politólogos de los platós de televisión), y sabedores que este estriptis durará el tiempo justo para que otra actualidad lo lleve al limbo del olvido, es conmovedor la sorpresa de muchos ante una realidad existente en el ADN de las universidades. Cierto, se ha perfeccionado y ampliado (como tantos otros hábitos de una sociedad que exige más consumidores de cualquier cosa). Las tesis doctorales escritas por esclavos universitarios, las carreras exprés, las titulaciones de cualquier grado prepagas y las ansias de ganar dinero de los profesores y catedráticos formando lobby con el alumnado se practican desde hace décadas. Después llegaron los másteres que lo arrasaron todo (hasta las organizaciones sociales, de cooperación, se nutren de MBA para enseñarles a los pueblos originarios cómo explotar con más rendimiento la selva).

No son importantes los personajes que han falseado su currículum vitae. Nunca lo fueron. O, por lo menos, para gastar una noche de tragos con sus visiones del mundo. Sí, en cambio, el modelo. En el café para todos que aún está servido (después de desgarrarse las vestiduras se han vuelto a coser y todo sigue igual), las universidades son unos granos más del salpullido de multiplicidades innecesarias de la infraestructura pro electoral. Son mediocres en forma y fondo. De sus resultados solo se vende el número de titulaciones. Y de éstos, bueno, se llega al eslogan reiterativo y manoseado de “la generación mejor preparada”, tan inquietante como contradictorio por los resultados.

La cuestión es que tantas ronchas universitarias depende de la financiación para subsistir entre ellas. Y esta viene de las administraciones. Y es bien sabido que la política, en estas democracias imperfectas, se nutre de los menos aptos, los destinados a profesionalizar sus vidas en una yincana de cargos. La tentación llama a sus puertas. Enfrentados a sus currículums es fácil ceder a la seducción de engordarlos y justificar que son lo que no son. Hasta casi son una reivindicación a las generalidades que se aplican en América con las denominaciones de doctores o licenciados. ¿Pero de qué? Bueno, en el reino y otras repúblicas, tampoco es relevante.

En fin, difícilmente nos derrotaremos con esta personas y lo importante es no perder la perspectiva discepoliana y saber que: “verás que todo es mentira…”

La lluvia

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Ventura amanece con el cielo dividido.  Por su banda de babor los grises se intensifican con la profundidad del horizonte. Por estribor el cielo, todavía azul claro, tiene estrías blancas, algunas sucias, algunas amarillentas. Justo a su proa, ambas visiones se entrelazan como dedos que necesitan sentirse para saberse partes del cuerpo. Ventura se ríe con los huecos que el sol gana a las nubes como un recorte de luz escénica por donde muchos sueñan que se descuelgan seres asexuados que habitan en el éter. Las bandas no avanzan, juegan a resituar sus nubes, especie de tropa, de demostración de poder de la naturaleza. Mirar el horizonte es una obsesión de navegantes. Predecirlo anticipar los hechos, leerlo. El viejo Itzen, el papá de su abuela, murió por ver la lluvia. Ocurrió cuando siglo XX aún tenía vitola de joven. En Bergen, su paritorio, vacío y al final, tumba. Un nombre en un pasaporte que siempre soñó conocer y disfrutar y que nunca tuvo el tiempo de formar parte más que los primeros catorce años de su vida que congeló en la mente y reprodujo con creativa imaginación a quién quisiera escucharlo en otras latitudes. La mar seduce a muchos con sus cantos y leyendas. Los atrapa y al final, esclavos, los destroza.

El viejo Itzen, dobló el Cabo de Hornos para perderse en el Pacífico. Siete años duraba cada marea. Primero fue el Mar de la China, en una goleta holandesa que conectaba el continente con las diferentes islas hasta llegar a Indonesia. Una goleta de cabotaje donde se hizo un hueco en el escalafón hasta llegar a capitanear “La Mariana”, tras veinte años de singladuras. En esa época se conocieron Annita e Itzen. Ventura se pregunta si se amaron o si fue esa fatal inercia de los pueblos ribereños, ese rol maldito los condenó a no vivirse. Se habrán sentido, deseado en la memoria, esperado con ansiedad en sus tabulados reencuentros o por el contrario habrían aguantado la respiración para no oler sus desconocidos cuerpos, se cuestionaba Ventura también para darle algo de lógica a sus ciclotímicos impulsos. “Es espantoso cumplir y saberse cumplimentado cuando los cuerpos solo producen silencios. Una de las tantas demostraciones de prostitución ofertadas por las creencias que definen lo correcto de lo contrario, el bien del mal”. Los cuentos de la abuela hablaban de corrección, de un frío respeto, de un cariño interrumpido con cada marcha y de la normalidad de la ausencia. Un espectro intermitente, el perfecto secundario con el foco apagado.

Los siguientes veintitantos años de su vida los gasto llevando mineros entre San Francisco y Alaska y devolviendo fracasos y alguna fortuna. Las fiebres de antes y las burbujas de ahora son emociones intensas, irrefrenables, desesperadas y, sobre todo, muy contagiosas. La ruta fraguó una rutina, compró un ranchito en Pasadena y un ataúd. Dejó de regresar a Bergen hasta que el mar lo dejó en tierra y como los peces oceánicos que vuelven a los paritorios fluviales, retornó. El viejo Itzen y su ataúd. Annita lo recibió con lástima. Superadas sus miles de noches abrazada a una almohada inquiriendo los motivos de aquella errada decisión que la había condenado a la soledad de la carne, le dejó meter su cajón bajo la cama.  Convivieron dos años entre silencios prolongados llenos vergüenzas y presentaciones. Ambos eran maquinarias con engranajes herrumbrados que debían lijar. Annita con los recuerdos de sus hijos que un viento polar los había arrastrado a un sur tan remoto como su norte y el viejo Itzen con sus rumbos navegados. Como en una guardia, él salía cada mañana para sentarse en una roca y divisar el horizonte y ella acomodaba la casa esperando a los sonidos de los ausentes que jamás volvería a escuchar.  Cada noche, el viejo Itzen regresaba, cenaban y Annita le sacaba de sus errores construidos en su cabeza o le describía anécdotas sobre sus hijos, los parecidos, las travesuras, las explicaciones que ella había enfrentado y la leía las cartas recibidas. Esa supuesta normalidad sobre las lejanías es una falsedad erigida. Así, con el transcurrir del tiempo fueron quitándose las vergüenzas de ser acompañadas. Las miradas furtivas dejaron de serlo. Y hasta aprendieron a reír y llorar juntos. Una tarde, el viejo Itzen observaba el horizonte como era su costumbre cuando vio que se acercaba una tormenta con su cortina de lluvia. Apuró el paso para resguardarse en casa del aguacero. Durante el trayecto debió repasar que todo estaba bien trincado para pasar la tormenta. Al llegar a la casa, se sacó el abrigo, se sentó a la mesa y dijo: “Mujer, viene la lluvia”. Y se murió. Sacaron el ataúd de los bajos de la cama y Annita volvió a su rutina con otra voz ausente. La abuela de Ventura contaba la historia en los días de temporal de su sur, cuando sonaba la sirena del puerto. Era su forma de poner a salvo, bien trincados, a sus querencias.

Ventura miró al cielo. Los alisios otra vez les habían podido a las borrascas del norte. Quizás todavía estaba a tiempo de encajar en algún engranaje. Y tampoco pensaba escaparse de la lluvia.

Lawfare, el arma de las guerras jurídicas

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El concepto fue creado en el año 2001 por el general de la marina americana, Charles Dunlap, originalmente descripto como un “método de guerra no convencional en el que la ley es usada como un medio para conseguir un objetivo militar”. Existía desde del origen de la república como arma si bien fueron los mutando los entregadores, quienes conforman el contexto, el escenario donde se produce.

Hay dos casos recientes en el tiempo: el primero de ellos es el del cardenal Alysius, encarcelado en Yugoslavia en la década del 40 por defender a las minorías y protestar contra el racismo. Seis días tuvo su defensa para armarla y el tribunal desechó tomar testimonio a todos los testigos de la defensa. El segundo ejemplo es el de Nelson Mandela, elegido por el gobierno blanco de Sudáfrica como enemigo a eliminar. Fue condenado a prisión perpetua y liberado tras 27 años de prisión.

Hoy es Luiz Inácio Lula da Silva. El entregador, los medios de comunicación vertebrados por la corporación O Globo.

El método (superada su fase experimental o conceptual) se usa para atacar oponentes políticos con la ayuda de los medios de comunicación. La idea es volver al enemigo extremadamente vulnerable y hacerle infundadas acusaciones. Una vez debilitado, pierde apoyo popular y capacidad de reacción.

La estrategia pasa primero por elegir el territorio donde se realizará. Es decir, el tribunal más favorable y un juez proclive, quizás, con aspiraciones políticas como es el caso del de primera instancia de Curitiba con Moro. A continuación, desarrolla una guerrilla jurídica encaminada al abuso de las leyes vigentes para deslegitimar y perjudicar la imagen del adversario y, la implementación del proceso legal para cercenar su libertad, intimidarlo, silenciarlo, influenciar negativamente a la opinión pública para anticipar la sentencia condenatoria y cercenar el derecho a una defensa imparcial. Todo ello avalado y difundido hasta la saciedad por los medios de comunicación, el brazo armado del lawfare, para crear una sensación de presunción de culpa.

John Comaroff, antropólogo de la Universidad de Harvard (que como otras universidades lo estudian), señaló que el caso de Lula es el mayor ejemplo brasileño del uso del Lawfare. “La violencia de la ley sustituyó a las armas porque se destruye a las personas, las apaga, borra, se lleva la esencia, la dignidad, sus vidas”, explica Comaroff. “En esta guerra, como en todas las otras, la primera víctima es la verdad. La justicia y la ley no pueden ser utilizadas para una persecución política y cuando eso sucede, toda la nación está amenazada”.

La obediencia debida no es concebible jurídicamente entre los profesionales de la información (tampoco en la abogacía y menos en la magistratura). Sin embargo, un día sí y otro también, quienes una vez estudiaron las aberraciones periodísticas de antaño, hoy son meros empleados, soldados de sus empresas. Y, por supuesto, munición del Lawfare en otros escenarios geográficos donde se usa el mismo método. Allá cada uno.