El Miga se atraganta

2.Miga_Copyright_MisLutier-1.jpg

“Miga arranca en febrero de 2016 como el proyecto personal de Adrián Felipez en A Coruña. Casa de comidas, casa de xantares o bistró de cocina gallega son posibles definiciones para Miga, un negocio en el que el cocinero carballés se estrena como empresario, tras formarse profesionalmente en Galicia y Cataluña y tras trabajar como consultor con su firma AF Gastroconsulting”, así se presenta este restaurante coruñés de moda. Buena pinta.

Me deslizo por su página corporativa para encontrar alguna clave que ahonde la presentación: el concepto me pincha un poco el globo, el copy de la agencia no puesta por alguna línea y cae en la ambigüedad. La pestaña “cocina sin stock” tiene su gracia, mar y conchas, huevos y huerta, obviamente, como denota el título, fresco. La siguiente, “producto y respeto”, la copio literalmente: “producto y respeto, dentro de un marco cuidado, aprovechando los recursos y lo que hemos aprendido en la alta cocina”. Acá hay miga. Y termina con otra gracieta, “fin de existencias” que es redundante, pero parece que cerraba el círculo.

Cuando indagamos sobre la reputación de un establecimiento hosteleros hay varias líneas donde acudir. La primera, y esto va a gusto del consumidor, están los blogs más o menos posicionados. En referencia al Miga, recurro, Google por medio, a Gastronomistas dónde se deshacen en elogios y vuelven a incidir en su condición (Adrián Felipez) de cocinero y gestor hostelero. Huelga decir que estos formatos que utilizan los medios de comunicación, antes y ahora, son una suerte de publicidad en formato periodístico y el sector servicios, se nutre (la periodista hace una relación tan extensa de los platos que la imagino acudiendo al establecimiento una semana entera para tan profusa descripción). ¡Ojo con el turismo en general!

La segunda fuente es Tripadvisor, la más fuerte y temida, por los hosteleros y hoteleros, plataforma de calificación. Casi como las clasificadoras de riesgo, azotes de gobiernos, y sus primas de riesgos, estas plataformas de dudosa credibilidad si se analizan, son referentes, lo digamos como lo digamos, de un sector del público que interactúa con frecuencia y es gastador de establecimientos. Una buena o mala crítica y algo ocurre. En este caso es buenísima. Los comentarios comienzan con un “impresionante” y sus baremos son sorteados con nota.

“En el gastrosector del siglo XXI ya no sólo hay cocineros y personal de sala, sino que surgen nuevas profesiones en un entorno cada vez más exigente. Una de ellas es la de asesor o consultor gastronómico y un ejemplo de este nuevo rol lo protagoniza Adrián Felipez”, publica el digital de Expansión en una nota sobre AF Gastroconsulting, añadiendo su trayectoria en varios establecimientos como El Celler de Can Roca y Bo.Tic. ¡Perfecto! Es un digno arquetipo de la España o Galicia mejor preparada.

Es conocida la historia de la trágica muerte atragantada por miga de pan de Mama Cass, la cantante de The Mamas & the Papas (chau al almibarado sueño californiano). Seguro que alguna vez se nos atragantó esa masa esponjosa en la garganta; de puro angurrientos, noma´. Y la historia sobre tan sintomático restaurante y restaurador, cocinero, asesor gastronómico y surfista (no había citado su condición de deportista-tendencia) viene a colación porque el otro día un compañero de trabajo temporal, esa figura que hoy ya hemos normalizado (de lunes a jueves mendigo en la puerta de una panadería y viernes, sábado y domingo contrato por horas para cualquier cosa, en el mejor de los casos), me contó en su español de calle que “ese hombre no es de corazón”. Había sonado su teléfono y lo dejó intranquilo. Tenía que ver al restaurador porque le ofrecía trabajo y él no quería. Supongo que puse cara de extrañeza y me sacó un papelito con las condiciones propuestas. Christopher, que viajó durante dos años desde Nigeria a Coruña, con permiso de trabajo y dos hijos nacidos en la ciudad, no estaba dispuesto a ser humillado otra vez. Y es que ya había trabajado para Felipez. Contrato de 46 horas semanales por 1.000€. La realidad, 76 horas. En un mes, 120 horas regaladas (como pinche, ayudante, limpiador y lo que sea). Tres meses trabajó en esas condiciones, 360 horas regaladas. Es decir, si la hora le salía a 5,4€, Christopher le regaló 1.956€ en tres meses. Creo que se merece un gracias de parte de todos. Lo curioso es que insista, me consta que es un gran trabajador y ágil para cualquier desempeño, que le siga faltando el respeto. Ese mismo que publicita para las materias primas que utiliza. ¿Quizás porque es nigeriano y mendigo a tiempo parcial? O porque es un joven malcriado que olvida que sus paisanos ayer y hoy sufren las cocinas europeas por monedas. Y me preguntó si no es la desconsideración hacia los demás su argumento como asesor gastronómico. Quizás.

Es improbable que cuando se juzgue un restaurante estos nuevos auditores del paladar, los influencers, consideren evaluar la atmosfera y las condiciones labores que hay en dichos establecimientos. Si lo tenemos, no nos importan los medios. Menos que acuda un sindicato, a no ser para darse un homenaje. Esta es una de las historias mínimas que nos acompañan en la diaria. Y tiene un final feliz, Christopher decidió que no se atraganta con su miga porque “este hombre es un bla bla bla pero luego no paga, dice que no puede y yo no soy su esclavo”.

El Cala di Volpe

IMG-20140118-WA0004.jpg

A veces la naturaleza humana aparece como si fuese un efecto especial. Una ironía. Lo normal es anormal. Somos presos de unas normas que aprendemos a respetar y seguir y con las variables ideológicas, nos volvemos dependientes. Nuestros actos se disfrazan de libertad. Juzgamos y somos juzgados según nuestro grado de acatamiento. Cada uno en su equipo. Y repudiamos la contradicción y la etiquetamos de cambia chaqueta. Reprimimos sentimientos. Somos un zoológico con patas que mantenemos a esa fiera, que es la naturaleza humana, enjaulada por temor a que esté suelta y sea visible por los entornos, el jurado. Nos tememos. Y no es para tanto.

La ventaja de haber gastado buena parte de la biología es girar la cabeza. Nada de balance. Mirada. Tramos imperfectos, instantes sublimes. Desconozco vidas perfectas. La mía ha tenido rebelión al uso; dependencia al uso; ambigüedad al uso. Un menú de restaurante. He cada momento he sido consciente de mi funcionalidad a la idea. A fuerza de ser sincero, hubo períodos de franca estupidez y, aun así, por instantes sabía que era un estúpido. A favor, he de reconocer que he jalonado mi calendario de instantes de independencia que ocasionaron fracasos sociales, profesionales y de relacionamiento. Así, tras cada fracaso, vinieron las reinvenciones, a cada cuál más absurda, que me dieron de comer, fin último del animal enjaulado. Vida mercenaria, multimarca. Lo suficientemente hijo de puta para convertirme en un simulacro. Pequeñas renuncias, grandes silencios y sexo con regularidad ferroviaria. Han pasado decenios. Sin comentarios.

La cuestión es que hace unos años estaba mirando el río mar desde la ventana de un hotel. Llevaba un tiempo que no era una reinvención más. Había cruzado el océano otra vez. La dependencia me había enviado a buscar comida a contramano. Le llamaba responsabilidad. Solemos ser solemnes cuando nos dirigimos a cualquier patíbulo. Dignos. El agua marrón, la gente caminando. Mi lugar. Pero detrás de aquel vidrio desterré toda posibilidad de prolongar más capítulos a una trama patética. Me di la vuelta y en la cama estaba ella, mi epilogo. También había cruzado el océano. Para estar. Sin pedir nada a cambio. Sin obligaciones. Me sumergí en la cama y las palabras, nunca antes pronunciadas, se escaparon: “¿querés casarte conmigo?” Sonrió y sus ojos ámbar rebuscaron la etimología de mis sentimientos. Fue un “sí”. Un sí sin autoridades ni contratos, sin preguntas de otros ni respuestas marcadas. No importa lo efímero ni cruzar otra vez el océano. Sí, al final he vuelto a reinventarme, pero solo una parte. La de la comida. Desde aquella tarde en El Cala di Volpe escucho que soy intolerante, radical, amargado, denso, inapropiado, que estoy peleado con el mundo. Pero ya lo sabía. Me conozco desde que nací. Solo fui obediente queriendo lo innecesario y no amando como lo hago ahora, sin medir las consecuencias.

«Un poco más egoísta y más ‘macho’», imagina a Lennon

3a627428-eb6e-4616-9975-5654f70a4041_749_499La cultura expuesta, vendida o comercializada no es, necesariamente, arte. No hay imposibilidad en la naturaleza humana creativa, son las reglas del juego que aceptamos y nos hemos dado. Por acción u omisión. Confundir arte con industria es una estrategia de mercadotecnia consolidada desde casi sesenta años. Nada tiene que ver con la tecnología de reproducción múltiple, con el medio y sí con las capacidades de expresión, la comunicación de una idea por cualquier de los formatos y soportes. Discutiremos o no la estética, compartiremos o no la emoción, convergiremos o no en la visión del mundo pero debemos respetar la creación que no fue dada para nosotros sino encontrada como expresión emitida. Otra cosa diferente es cuando se crea en función de los públicos. Eso es industria, no cultura.

En los años sesenta The Beatles fueron el medio para la globalización de la industria cultural. Más allá de grupos locales o regionales, los de Liverpool fueron utilizados por la industria para captar cualquier estilo o estética y convertirla en dinero. Creado el mito, el deseo comercial, el resto fue fácil. Los que ya hemos gastado buena parte de la vida tuvimos la suerte de disfrutar de tiempos ambiguos, de movimientos y movidas que se revelaban contra la industria. Lástima que la rebelión se hiciese de forma independiente, cosa buena, pero con los mismos medios e instrumentos de mercado. La industria los canibalizó.

Desde los ochenta, la industria ha metamorfoseado su modelo de negocio. Ventas de discos, radio fórmulas, directos, venta de cd´s, etc. hasta llegar a nuestros días donde la pelea es por lo gratuito. Ante esta situación la industria pone como mascarón de proa a la fragilidad de los supuestos artistas. Una guerra que bien llevada incide y apela a la moralidad de los públicos olvidando la calidad de los contenidos. Y ocurre en todas las disciplinas, hasta ahora exploradas, donde ni se salva el arte callejero o el tatuaje, donde son los autores quienes reivindican su derecho a la propiedad intelectual. Y es correcto si antes reconocen que son artistas industriales. Crean para el consumo.

Sea cual sea la faceta artística crear es un acto solitario condenado al fracaso si no media la casualidad. Existen, por supuesto, artistas que se ubican en el reconocimiento, el llamado éxito, y deambulan por sus estadios expresivos indemnes a la crítica. Es rara la continuidad en el tiempo. La normalidad es adecuarse, ser asimilados o sumergirse en la interacción de la provocación como medio de vida. Es el estilo, el made in de la industria. La normalidad es la producción con el objeto de vivir de. El marketing.

La lectura del fallo que otorga a Yoko Ono la coautoría de “Imagine” (1971), hasta ahora en exclusiva de John Lennon, abre una puerta a la reflexión interesante. Porque si en la industrialización de la producción intelectual se reclama con fervor el derecho a la propiedad, algo tan opuesto a la idea creativa, está bien que como en otros ámbitos del mercado, se considere también parte involucrada y susceptible a dividendos a quienes han participado de la formación del artista, los derechos formativos que se aplican por ejemplo en el deporte. Es más, el fallo habla de la participación, esta vez documentada por declaraciones, en la creación de un producto cultural. Erradica esa concepción aséptica, de laboratorio, donde las ideas pueden estar contaminadas, o enriquecidas, por terceros. Es falsa la visión de un pastor en el medio de la montaña creando. Cada uno reinterpreta lo informado, da pasos, avanza. Y crea, en el mejor de los casos algo nuevo, pero no de la nada.

La popularmente malvada Yoko ejerció positivamente sobre el mediáticamente bondadoso genio (como antes productores o ejecutivos de la industria en The Beatles), en una de las canciones más emocionantes del pasado siglo, “Imagine”.  Lennon, cosas de los derechos sobre la propiedad intelectual y también del machismo, olvidó citarla en los créditos del disco. Olvidó citar que la letra reinterpreta un texto de ella, la maldita que rompió la máquina de hacer plata, la fórmula que se creía perfecta. Adicto a su marca personal, calló. Y ella vivió décadas conociendo la verdad. Quizás, si se hubiese sabido la verdad, “Imagine” no habría pasado de una cara b. Los públicos compran al personaje que la industria ha creado. Bueno contra mala, lindo contra fea, normal contra anormal. Y blanco contra amarilla. Por suerte, en un archivo rescatado lo reconoce y se disculpa con un por aquel entonces era «un poco más egoísta y más ‘macho’». Y si imaginamos un mundo mejor, deberíamos comenzar por ser coherentes porque, tarde o temprano, alguien te reescribirá tu historia.

Tu vecino puede ser un monstruo

Sucesos-Galicia-Sucesos_y_Acontecimientos-Reportajes_214739896_34034843_854x640

Su cuerpo es una cáscara hueca, una zombi que deambula en un mundo que ya le es extraño. La encontré con su uniforme azul de conserje, el mismo al que todas las personas acuden para solventar sus milongas diarias. Sabía que me faltarían palabras. “Es un monstruo” atisbé a decirle mientras sus ojos cobraban vida con las lágrimas. Durante un rato nos miramos y al final, su abrazo de abuela, el que ahora le sobra sin su nieto asesinado por monstruo con título de padre, me sumergió en el dolor de saberla vecina.

He de reconocer que me faltan armas para enfrentar la brutalidad que nos acecha en cualquier esquina en forma de drama. Esa bronca que tensa los músculos y amenaza erupcionar con una escorrentía de insultos y deseos para que alguien haga justicia por mano propia, se enfrenta a la distancia imposible de mostrar apoyo y serenidad para no horadar la tristeza infinita de la pérdida. Un instante.

La proximidad no debería admitir esa objetividad castrante con la que nos educan para sentirnos parte de la normalidad. Esa fría y aséptica normalidad que consume dramas porque lo importante es estar bien con uno mismo, ser feliz a toda costa, el centro de un universo desconocido. La normalidad de convivir con monstruos que se alimentan de nuestro orden, de nuestra corrección. No reivindico el ojo por ojo, ni reclamo sistemas judiciales que castiguen con severidad extrema que raye la crueldad al monstruo. Me inquiero a mí mismo.

Los monstruos sociales, que no son las personas enfermas, existen desde que conformamos sociedades, desde que definimos lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, lo normal y lo anormal. Lo bueno, lindo y normal es poseer. Lo malo, feo y anormal es no tener. La vida se vuelve una norma comparada, un muro fronterizo que admite y rechaza. Es difícil encontrar un monstruo social joven, por más que la prensa sensacionalista no hubiese mostrado a los “niños asesinos de Liverpool” que, en realidad, eran tan victimas como el niño que asesinaron. El monstruo se construye, lo hacemos entre todos y estalla. Y sus acciones se vuelven incomprensibles a la razón. El monstruo busca hacer daño y condenar a su entorno y así recordarlos el resto de sus días como cáscaras huecas, sin vida.

Mientras nos mirábamos le oí decir que la familia del monstruo sabía de lo que era capaz, que nada hicieron. Es probable, o no, pero tiene todo el derecho a creer y decirlo. Nadie sabe que ven sus ojos ni por qué se levanta cada día, ni lo que siente cuando alguien le abraza por la calle. Su nieto de 11 años fue asesinado por su padre con un golpe de pala en la cabeza. ¿Por qué era suyo? ¿Por qué era de ella? ¿Por qué ella no era suya? Convengamos que así nos educan, que nuestras relaciones personales se plantean en poseer, en cumplir convencionalismos, en ser normales. Y, sin embargo, la criba deja la puerta abierta al monstruo. La falta de un nosotros donde converger crea al monstruo. Ese tipo que hoy se llama Marcos Javier Miras Montánez, mañana aún desconocemos su nombre. Y hay muchos. Y lo sabemos. Quizás, tu vecino.

Chuches por un euro

euro-symbol-on-a-shopping-basket_318-37416

Recién amanece. Bajaré a comprar el pan por 0.99€. Me da la risa.

Hay momentos históricos que se le pone precio a las cosas, los terrenos, los objetos y a las personas. De la nada al valor del mercado. Las conquistas han sido momentos claves para el reparto de territorios y concesiones. Solo había que estar en el bando adecuado. También las independencias que barajan otra vez las cartas sobre las posesiones. También se debe estar con los ganadores. Los golpes de estado, a su vez, conllevan la entrega de los bonos a quienes los han financiado o apoyado. Y si bien los hitos descritos existen en la actualidad, aunque sean residuales y localizados en zonas del mundo afectadas por la riqueza de sus recursos y la pobreza de sus poblaciones, donde se parte el bacalao, en las grandes economías, los reajustes del sistema neoliberal para reposicionarse o reafirmar la posición dominante pasan por la complicidad de las autoridades. Es falaz hablar de que los mercados se corrigen solos, necesitan de la inacción de los organismos de contralor que nos hemos dado y que garantizan, en teoría, los intereses de la base de la economía capitalista: el ahorro de las personas.

En una economía de papelitos lo único real son los pesos, dólares, euros,… que las personas depositan en empresas financieras o productivas para llevar a cabo el mundo en tres dimensiones en el que habitamos. Desde infraestructuras hasta la investigación y desarrollo, pasando por lo más elemental como la educación, sanidad, cultural, etc. se fundamenta en la acción de compra y vender con el intercambio de dinero. Los salarios son intercambio de trabajo por dinero. Es el valor que mide la posibilidad de una vida. La calidad de vida, pasa por otros ítems.

Quizás dentro de unos años a las conquistas, independencias, golpes de estado y demás formas de saqueo, le debamos sumar las crisis económicas como ese hito donde se barajan otra vez las cartas y se repartan en la mesa. Quizás ya deberíamos contemplar que las crisis económicas y sus sucintas burbujas por sectores, son movimientos armados para que unos se lucren, adquieran o expropien las posesiones de otros. Legalmente, claro. No importa que los perdedores se instalen en la desocupación o la pobreza, ni que se vean abocados a migrar y que esto conlleve el riesgo de muerte. Siempre habrá una explicación, una puesta en escena ante la opinión pública del mal menor, de lo que se rescata de las cenizas, del resurgimiento de un ave Fénix más sólida, de que la vida es una cadena alimenticia donde los grandes se comen a los pequeños.

Voy a comprar el pan, pero por un céntimo más, me compro un banco. Y como no es ficción deberé ensayar una argumentación para explicarle a mis hijos. Seguro que ellos prefieren chuches.

En Estado de catalepsia

key_art_alfred_hitchcock_hour.jpg

Brasil, la del “jogo bonito” yace en los vestuarios en un entretiempo que amenaza la suspensión de un modelo de país que propusieron las presidencias de Lula y Dilma. Un proyecto inclusivo que, seguro, tuvo muchos errores y que careció de la beligerancia para desenredar la telaraña administrativa tejida por el poder financiero para saquear los recursos de todos. Brasil es una escola de samba atronadora, de hermosas vedettes y sambistas, una aquarela colorista que por instantes sincretiza al delincuente del establishment corrompido con quienes desde la miseria eterna construyen el sonido y la coreografía. Brasil se derrumba por un acantilado de piedra arenisca que comenzó a trepar tres legislaturas atrás para volver al siglo XX y su estado emmental. Las crónicas infaltables de Eric Nepomuceno, nos recuerda la frase Nicolás Guillén: “mi patria es dulce por fuera y amarga por dentro”.

Argentina, uno de los graneros del mundo, la otrora acogedora tierra de miserias y hambrunas, lleva dos años dirigida por un directorio empresarial. La desocupación ha aumentado en cientos de miles de personas, los tarifazos en los servicios públicos y los privatizados y los recortes en asuntos sociales han llevado a que millones de argentinos retrocedan a mínimos en los estándares de vida. El estado, visto como un enemigo, es una inacabada procesión funeraria que propone vivir con velas. Y sí el “corralito” del 2001 está presente en el respaldo de la memoria colectiva, cierto es que las elecciones las ganaron los que gobiernan. Y cuando los números no salgan, que será así como porque los recursos son finitos y los mercados exteriores marcan el precio, probablemente suceda otro corralito con la escasa capacidad de ahorro que queda. Un estado que tolera que sus administradores tengan cuentas en paraísos fiscales y que considera a los menos favorecidos como una masa vaga y delincuente, está en el hoyo, cuesta abajo en la rodada.

Gobernar con fiebre tuiterina puede producirle placer al presidente de los Estados Unidos pero seguramente que le falta el orgasmo de una decisión acertada. El actual imperio mundial, parece gobernado por un nuevo Calígula dispuesto a vaciar las arcas del tesoro en proyectos de desarrollismo armamentístico que no amedrentan a China, su verdadero rival en esto de repartirse la economía del mundo. Los estadounidenses viven entre la crónica rosa y la satírica de una propaganda que entretiene mientras se establecen las normas para saquear legalmente los recursos propios, recortar la acción social y borrar las leyes de protección medio ambiental. Si se acepta que gobierne Daniel el Travieso no debería extrañar que el estado cada día más conviva con vidrios rotos y las cuentas del balance solo se equilibren destruyendo con gasto y no construyendo con inversión.

La duda que surge es si estos tres ejemplos que podían ampliarse a varias decenas de países que viven en democracia es el entierro definitivo de un sistema o tan solo asistimos a un Estado de catalepsia y mañana lo desenterramos. ¿Murió Alfred Hitchcock?

Vuelta y vuelta

tiny-lizard-tattoo-on-lovely-back

Cada vez que nos recuerdo, veo tu espalda iluminada por la noche llena de relatos por escribir con mis dedos o bajo la ducha eterna para garabatear paisajes a tu tatuaje trepador. Diarias a doble cara. Tu espalda provocadora de impulsos, encuentros, deseos. Tu espalda.

Somos cuerpos de una sola cara. El descarte es cultural. Seres binarios de claros y oscuros, de blancos y negros, de sucio y limpio, de cara y dorso. Nos preocupa o atemoriza entendernos como un todo. Y la espalda, es una cordillera que desciende a lo prohibido, al sodomita perfecto o imperfecto como advierte y asusta la creencia. La espalda es un pecado y, sin embargo, ajena, es un milagro para el placer de recrear historias imposibles.

Nadie conoce al detalle su espalda. No se explora. Ignoramos si se ha llenado de pecas veraniegas, o de manchas que la despiadada biología marca en el calendario, o si los lunares se han vuelto verrugas o, simplemente, como se disipan los surcos de un instante arañado al placer. Los interioristas descartan diseños de espacios donde reflejar nuestros lomos. La excepción: los gloriosos moteles, amueblados o telos, denomínenlos como gusten, que tienen a bien, y justo como inhabitual o transgresor, jugar con los espejos. Sobre todo, el cenital. Descubrir que el frente tiene dorso es igual de excitante que esperar que se cierre tras de ti la puerta del garaje individual. El juego de los que van dándole una ruptura a la diaria.

Dar la espalda, lejos de ser considerado un acto íntimo de confianza en el otro, de ofrecer el cuerpo sin atisbar miradas o percibir gestos, de mostrarse libremente vulnerable, es expresado como rechazo, como ocultamiento de un supuesto lado noble: el frontal. La expresión facial y el sexo está en el frente. Y siendo verdad, ¿por qué obviar el lado oculto de nuestra luna?

La espalda, injustamente, es el rechazo, el desaire, el olvido, es también, cuando está mojada, el migrante, el último, lo ilegal, es soporte para sufrir tormentos en forma de latigazos, donde descansa el peso real o imaginario de nuestra vida. Es tan mala nuestra espalda que el imaginario la sitúa como el lado opuesto a la realidad. Y es, por esa rara concepción de la estética post mortem, la pieza del cuerpo que escogieron aquellos uruguayos estrellados en los Andes. Solo somos conscientes de su existencia cuando se curva, cuando el día a día nos agacha la cabeza. Entonces, somos jorobados. Y la maldecimos.

Desde hace unos años, la espalda se ha convertido en un lienzo perfecto para expresarse con tatuajes. Es un regalo para los otros. Y es de agradecer. Por fin, vuelta y vuelta.