La verdad de la milanesa

Desde México, Helena se despide: “¡viva las calles y sus palabras!”. Esa debería ser la consiga, wey.  No me perdono el silencio, la lectura distante de los hechos, los grilletes de las palabras ante la duda, ese lado b de mi alma contradictoria pusilánime o cansada o educada para no mandarme al carajo por no ofender. Por eso voy a comprar un kilo de nalga/tapa o “ese corte” señalado por mi dedo para no discutirle una vez más al carnicero de odios mutuos irreversibles porque un guaidoneano (gentilicio que recién me invento) que no es de Los Llanos no me viene a dar clases sobre los cortes vacunos. Y compraré pan rallado y me volveré para batir los huevos con ajo y perejil, con un chorrito de leche mientras la carne se refresca en la heladera antes de revisarla por enésima vez para quitar cualquier vestigio de grasa que sorprenda al comerla y machacarla hasta dejarla casi como un papiro, consistente pero flexible, listo para garabatear. Así, con música que no sé ahora pero adivino acompañante, whisky sin hielo y algo de picar, dejaré que cada cosa tenga su tiempo. Vaya quizás arranque por el finado Crosby que desde Uruguay Lindolfo avisó de su muerte recordándolo cuando eran The Byrds (después veremos con tills Nash & Young aunque el country-rock me empalaga después de un rato). Pero está bueno el tema y me lleva a mis cinco años de 1965, al hartazgo de la vieja por mi obsesión con las milanesas y a su drástica decisión de que aprendiese a prepararlas para no romper las pelotas. Las milanesas no recuerdan a recetas caseras porque no se heredan, se aprenden desde chico sobre la mesa, de rodillas sobre una silla (por suerte, mis hijos que también aprendieron solos nunca dirán que las milanesas de su viejo eran las mejores. ¡Las suyas, carajo!). Sí, puede ser para cocinar arrancar con su edulcorado Turn!, Turn!, Turn!, eso que cada cosa tiene su tiempo (nacer amar odiar matar…), puede ser, pero al caso, y viendo como viene la mano, el tiempo se lo doy a las milanesas y al resto solo chances porque no son míos. Salpimentar y empanar bañar en huevo y empanar. Terapia para que vuelvan mis palabras y que giren, giren, giren…, porque al final, puesta en el plato y con los ojos cerrados, el confiá, solo es posible con “la verdad de la milanesa”.

Más allá de la estética, de la imagen, del relato lleno de palabras de la verdad, tu verdad tiene que tener alma o como apuntaban las malas pulgas de Onetti, “Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene”. Ahí está la milanesa, la propia, la magra, la machacada, la empanada, la confiable. Y ahora que vivimos de la saturación de las palabras que describen los hechos, se vuelve imprescindible so pena de caer en el silencio, en ver pasar los días prestados, en el cabeceo con una guitarra inexistente haciendo un rift heavy que otro toca desde un escenario.

No quiero morder la milanesa y encontrarme esta democracia, la que en su nombre matan en Perú, la que reivindican reinos democráticos de familias divinas, la que coloniza territorios por sus recursos, la que valla fronteras y mira distraída la muerte, la que toma partido de guerras mientras incumple la legislación internacional, la sometida y esclavizada por el poder financiero, la virtual, la negacionista de la pobreza del hambre del cambio climático de las desigualdades, la creacionista, la racista, la excluyente, la que necesita una inteligencia artificial para explicarse…, no quiero morder la milanesa con la verdad de otros que sí, son el poder y hasta la cultura imperante, pero no son mi mirada y aun menos la textura de mi paladar de mierda, pero es lo que hay. Por eso, de vez en cuando, hay que comprar nalga/tapa y preparar milanesas que pueden parecer estúpidas pero en su interior, vos confiá, está la verdad de la milanesa.

Las señales de los «criminosos»: dios, patria, propiedad y familia

Corría el año 88 cuando debajo de la oficina de la calle Basílica, de Madrid, una docena de muchachas y muchachos de traje oscuro, apostados en las cuatro esquinas y portando estandartes con el León de Judá y la cruz de Tau lanzaban proclamas sin mucho éxito: “Tradición, Familia y Propiedad”. Me picó la curiosidad, bajé para verlos y parecían jóvenes conservadores de los 60s transportados en el tiempo desde una plantación de maíz imaginada por Stephen King. Su presencia, que se repetía en los distritos acomodados de Madrid, era una fantochada, pero también señal (rara vez las cosas ocurren de forma espontánea, sin un plan con unos objetivos a lograr).

De aquellos años al presente (tradición familia y propiedad había surgido en un San Pablo de 1960 para darle batalla a la “Teología de la Liberación”), paulatinamente y tras la desaparición del Muro, han surgido señales que responden a una estrategia, agenda y metodología común en Occidente por parte de, digamos, esta derecha alternativa que aglutina al  supremacismo blanco, el populismo de derecha, el racismo, el negacionismo del Holocausto, del cambio climático, la xenofobia, la homofobia, la LGTBIfobia, el antisemitismo, el anticomunismo, el neonazismo, el neofascismo, la islamofobia, la aporofobia…

Señales que se fueron articulando primero en think tank, fundaciones como FAES, congresos de defensa de la fe cristiana, como el Congreso Mundial de las Familias (desde 1997), que fueron ampliando a través de institutos, como el Instituto Superior de Sociología, Economía y Política de Marion Maréchal, conferencias como la Conferencia Nacional de Conservadurismo dedicada a Juan Pablo II y Ronald Reagan (sí, no es broma, Ronald Reagan) universidades como la polaca Colegio Intermarium, promovida por el think tank católico Ordo Iuris, asociaciones como Proyecto Veritas, una ONG ultraderechista que acosa a periodistas y docentes difundiendo vídeos fake grabados con cámaras escondidas. …, que pasaron a las calles sobre todo para exaltar tradiciones, movimiento pro-vida que hostigan frente a clínicas o se manifiestan pro-banderas o pro-familias y a los medios de comunicación existentes como FOX o creados como Breitbart News de la mano de Steve Bannon o de temática religiosa (hay cientos, quizás miles) y viven en un espacio natural para las mismas: las redes sociales a través de las cuales, los diversos y variopintos gurús tanto sacan plata para un nuevo Muro fronterizo como aggiornan estas “toma de las bastilla” del siglo XXI pero a la inversa, para reinstaurar el antiguo régimen. Porque para ellos, además de unirles el supremo odio a su inventada ideología de género, su misión está en camino, por llegar y ahora pelean por “la batalla cultural” y preparan “sus gladiadores y guerreros culturales” contra los OTROS que son el mal. Un OTROS amplio, amplísimo, que además de sus fobias, va políticamente desde el liberalismo a la izquierda y que para simplificar llaman comunismo (simplificar es una de sus claves).

Puede parecer un exceso de adverbio para ilustrar y ejemplarizar pero es apenas la punta de un iceberg que cruza de norte a sur y de este a oeste el espacio occidental de derechos y libertades democráticas, pero también de cuevas donde habitan estos cavernícolas fundamentalistas que a veces son gobiernos nacionales, regionales o locales, a veces son apoyo para que la otra derecha gobierne y que son ya grupos parlamentarios europeos como (otra vez), Identidad y Democracia (liderado por la Liga Norte y que cuenta, entre otros, con la Agrupación Nacional de Le Pen, Alternativa para Alemania y los Partidos de la Libertad austriaco y holandés) y de los Conservadores y Reformistas Europeos (liderado por los polacos de Ley y Justicia y cuenta, entre otros con Vox, los Demócratas de Suecia y Hermanos de Italia, cuya líder, Giorgia Meloni, es primera ministra de Italia).

Dios, patria, propiedad y familia

Lo ocurrido en el Capitolio y en Los Tres Poderes es fruto de terroristas o criminosos como elocuentemente relataban en vivo los medios brasileros. Terroristas sin barba, pero con su propia yihad bíblica, su guerra santa alentada por los pastores, curas, rabinos con escenarios de ángeles combatientes y soldados de un dios al que le piden un apocalipsis y creen que el ejército ejercerá de jinetes.

Estados Unidos y Brasil, por envergadura e historia son los grandes baluartes de estos grupos de fanáticos. Ambos, los primeros bajo la egida fundamentalista de los puritanos “los padres fundadores” y las distintas facciones del protestantismo cristiano y los segundos, tras la cruz de sus rivales en Roma e igual fundamentalistas católicos cristianos sentaron las bases y legalizaron los distintos genocidios sobre los pueblos originarios y fueron más allá, capitalizaron la esclavitud, dos barbaries ejercidas en nombre de la civilización que hoy, esta alt-right que avanza, justifica, la relata y la consuma con intentos de golpes de estado financiados por el poder económico global, ese que se muestra legal en sus matrices, que tan solo son edificios centrales, a cambio de silenciar sus operaciones depredadoras y esclavistas en la periferia. Es el Dios y está en todas partes, dicen. Un dios blanco con sus ejércitos de fanáticos.

Ay, pero el dios tiene patria; la patria de dios que no es la de los vecinos, ni la de los OTROS diferentes, ni la de que practican sexo por placer amor pasión, ni las que leen otros libros, ni la que insolentan la sagrada norma de ser temerosos; es una, grande y libre y basta mirar al cielo para ver que la patria tras la muerte, la patria del cielo, está llena de balconadas con la bandera de la patria, que no con las bandera de vecino que para eso hay infierno que es donde van a parar los comunistas. Es sencillo, dios y la patria van en cada frase y visten con el textil que mejor representa la bandera: la camiseta de la selección de fútbol, que es más canchera o campechana, que tiene apodo por sus colores y cuando hay que intentar un golpe de estado, es también uniforme. Porque uno, si patriota y temeroso de dios, debe dar un golpe de estado con la bandera en una mano y luciendo la camiseta de la selección (en Uruguay, hace un año se logró un referéndum para evitar 135 artículos de más de 400 de una ley ómnibus que afecta globalmente al funcionamiento del estado. Imparable su celebración, el gobierno optó por el color “celeste” para defender su reforma y a la oposición se le otorgó el “rosa”. ¿Cuántas personas votaron por “la celeste” que es la camiseta y el apodo de la selección de fútbol?, no se sabe bien, pero por lo farragoso del tema, mucha. “La celeste” y “ponte la camiseta” fueron los claims del gobierno y ganaron, no por mucho, pero ganaron).

Dios, patria y propiedad, ¡carajo! Privada, por supuesto (nada de esa pública y comunal, menos la de esos vagos y atrasados pueblos originarios, esos de las selvas, esos no contactados que, para mayor inri, desconocen al dios verdadero y vaya uno a saber si tienen patria). La tierra solo es concebida como propiedad (lo de la mar, va en camino; lo del cielo, bueno, cosa de dios y los extraterrestres pero si han avanzado es porque son propietarios). Y si ya se vuelven locos defendiendo a su dios y su patria, con la propiedad todo va un paso más allá y hasta la vida están dispuestos a dar. Porque la propiedad produce y es sustento, nada de eso del trabajo aunque los fundamentalistas se reconozcan como los primeros y casi únicos trabajadores del mundo que está lleno de vagos que quieren vivir a costa de su sudor. Tema que los arrebata (descienden de arrebatadores profesionales por imperativo divino o real). Y ahí, verdadero rasgo novedoso de los alt-right, fue judicializar la vida, hacerla bajo el parámetro de la lawfare que busca encontrar “ladrones” en la oposición. El 80% de los atacantes contra Lula Da Silva lo definen como “ladrón”. “Es un ladrón”, dicho con la camiseta verdeamarela enfundada. Los migrantes llegan para robar, dicen en otras latitudes.

Dios, patria, propiedad y familia, ¡cómo dios manda!, que suele ser odiando y desconsiderando al resto de las personas. Ahí entraron de lleno estos “gladiadores o guerreros culturales” para dar la batalla cuerpo a cuerpo armados con todos las fobias posibles e imaginables en la diaria de las personas. Sus armas: eres una víctima de quienes antes eran esclavos y ahora tienen o van logrando derechos. Esos, los degenerados por piel, género, procedencia o cultura te quitan el pan, te quitan tus hijos, te quitan la tranquilidad de saberte en el lado correcto, de ser una persona “de bien”.  Y ha calado, el odio penetra sin vaselina. A diario, y sin necesidad de pertenencia al alt-right, la supremacía de familia como “núcleo de la sociedad” se cuela en las informaciones, en las conductas de un supuesto bien frente a otro supuesto mal. Y mata. Matan a diario, no les hace falta intentar golpes de estado y, sin embargo, rechazan que se le reconozca como odiadores resguardándose tras las tradiciones los nacionalismos el consumo, tras la queja de “eres un intolerante”. Y en esto, tampoco hay latitudes.

Los criminosos de dios, patria, propiedad y familia que el 8 de enero de 2023 intentaron dar un golpe de estado en Brasil, que lo volverán a intentar y seguirán con su agenda (ya escrita) de acciones terroristas, no se explican solo como partidarios exclusivos del Partido Liberal de Jair Bolsonaro (tampoco en EUA con los republicanos de Trump). Hay una estrategia que intenta poner las condiciones para gobernanzas económicas globales (en su partes correspondientes o en bloques), con mercados humanos llenos de certezas, previsibles, distraídos. Las marcas dios, patria, propiedad y familia tienen sus hábitat en los medios de comunicación de masas y en las masas de las redes sociales. Las señales de los fundamentalistas y fanáticos están y ya son muy claras. Habrá que dar batalla; la cultural que es la que más les jode.

El trabajo te hará libre

Maicol nació con la crisis del 2002. Cumple condena por rapiña especialmente agravada en grado de reiteración y doble tentativa de asesinato. Tiene un hijo, Maikol al que no conocerá porque no espera vivir lo suficiente para cruzarlo en el patio de una prisión, aunque sueña que con solo citarlo genere respeto como le ocurrió a él con su viejo, que nunca conoció, Maikel, nacido cuando la dictadura terminaba y que supo estar preso en ambos lados del río por integrar unas bandas de esas que todo el mundo recuerda en aquellos momentos en que robar y trabajar era llegar a fin de mes. Y es que poco recordaba de Michael, su viejo, antes que se fuese para Estados Unidos en los 70 con la promesa de llevarlos y forjar una vida nueva llena de objetos eléctricos con luces de palabras en inglés de colachatas…, de esas cosas que el trabajo duro te devuelve porque es justo con los buenos trabajadores, como le recordaba antes de la partida y del regreso esposado por ilegal, su viejo, Miguel. Pobre Miguel, no llegó a Don como su viejo, Don Miguel y cuando lo echaron del escritorio porque alguien se había llevado la guita para algún lado, erró por muchos trabajos, cada uno peor pagado que el otro, cada uno con más horas de cumplimiento, pero cuando la suerte los reunía, Miguel auto inculpándose de su gracia, sermoneaba con la honradez de las personas que daba trabajo, el respeto, la educación, que era la única fuente que los sacaría a flote de esa pobre clase media deprimida. Y era escuchado, pero no muy comprendido. Le faltaba el sueldo garantizado de Don Miguel, un hombre con estudios, sabio, nacido sin crisis, dueño de sus actos, lleno de valores.

Maikol, nacido en esta crisis perenne, no conocerá ni a Don Miguel ni a Miguel ni a Michael ni a Maikel ni tan siquiera a su viejo, Maicol y recorrerá su camino, el disponible, el condenado. El trabajo te hará libre, dicen, pero las cárceles están más llenas y nadie sabe el porqué.

Los deseantes

Hay un plan, tenemos un plan, los deseantes invadiremos el norte o los nortes si la cosa es plural. Lo haremos con nuestras enfermedades nuestra civilización de la biodiversidad porque sabemos más de esto y los de norte están más para irse a pasear a la luna hacer autos que andan solos teléfonos que escuchan y acumulan datos solos o batidoras o el aparatito que les habla y les sopla la respuestas y les aseguro que será mejor que apostar por la inteligencia artificial que no pare hijos y necesita devorarlos a cada instante porque su cabeza es grandota pero fácil de infectar con virus de otra inteligencia enojada. Y los deseantes también les traeremos nuevos dioses, menos belicosos, más sonoros, menos avariciosos, más danzantes, menos opulentos, más variados y próximos a la diaria y ya no habrá que decir ojalá o si dios quiere y todo acá, nada se guarda para cielos. También los deseantes traeremos sabores, texturas y mucho tambor para que cuando protesten no acudan a esas terribles por mal tocadas batucadas. Y vendremos para no hacer nada, como es lógico, para apoderarnos de sus casas y tierras porque les vendrá bien no vivir con tanto cemento y asfalto que no se dan cuenta, pero les hace daño, los vuelve enfermos. Pero lo mejor, y sí, sabemos que temen, los deseantes nos mezclaremos para que la pieles tornen cálidas, más sanas más hermosamente inquietantes. No prometemos que todo salga bien, ni tan siquiera que algo salga bien, pero, acaso cuando vosotros hicisteis lo mismo, ¿algo salió bien? Los deseantes, atrás de las vallas desde otras orillas en camino por desiertos sobre la Bestía o terminando la valija, les deseamos un feliz 2023. Nos estamos viendo.

Solidaridad by…

Da igual la religión que sea, hay en cada calendario una fecha señalada para cantar chupar comer para el encuentro y la ausencia, para la catarsis del obsequio, de dar y ser dado, siempre adición de risas y llantos, de buenos deseos y perdones, de amistad y soledad. Al final, el trámite para volver a la diaria acorde con tu alcurnia como Natalio Ruiz, el hombrecito del sombrero gris de Sui Generis superada la pirotecnia de amor y emociones. Todo bien, esto no es la civilización Harappa que no le encuentran la vuelta a la falta de simbología religiosa y por acá sobra aunque sepamos que la historia siempre está mal contada y ya en las redes sociales la juventud crea que se festeja el nacimiento de Papá Noel. La cuestión es que mientras el copetín está en la mesa y la colita de cuadril craquetea en la plancha (en esta longitud la lluvia y el viento es una constante y la parrilla una quimera) el noticiario de televisión se afana en mostrar la marea de solidaridad, que no es tsunami, pero parece que es un tren de olas (de esos que arriban con tres cinco seis olas y después la calma hasta el siguiente), que estalla en la orilla de la ciudad. Este año toca la solidaridad de la restauración que prepara cenas para los sin techo, los precarizados con techo y los migrantes en el limbo. Los chefs con estrellas Michelin que ya están en camino de competirle al universo con sus galaxias, otros que por ahora son meteoritos o asteroides o satélites de metal, empresas del sector y, cómo no, presidentes primer ministros princesos y princesas y obvio, personajes del famoseo. Todo bien (la colita y el amarillo están controlados), pero hay que quitarle el audio al televisor para no escuchar cómo se les agranda el corazón, cómo reciben más de lo que dan, cómo ponen su cariño en cientos o miles (el dato está presente para la simbología se vuelva realidad y tome envergadura; en el pasado las mejores iglesias eran las que más mendigos tenían a sus puertas los domingos a la espera de la dadiva de los comedores de hostias consagradas) y la noticia debe contar con el agradecimiento de los beneficiados, casi siempre, no, siempre con el acento de los que vienen a buscar una vida posible. Pero resulta que las agencias de marketing solidario han descubierto que cada vez más se quita el sonido y, es sabido, que la solidaridad sin publicidad y su retorno en imagen es un gasto de energía al cuete. Se tiene que saber, lo deben decir los medios de comunicación (después hacen dossier de clipping para medir la repercusión), se tiene que subir a redes sociales para competir en likes. Es una vez al año y la competencia es ardua. Y sin sonido, sin palabras, la solidaridad se envuelve en bolsas donde queda claro el logotipo con sus colores y su maravilloso claim porque, todo bueno, pero quien paga quiere verse. Este mundo maravilloso tiene estas cosas: votan a quienes recortan derechos sociales, a los decididamente son clasistas xenófobos racistas, a los que todo los días precarizan vidas, pero llegados los días de fervor religioso y éxtasis solidario, lo comercializan. Hay que entender que si fuese justamente al contrario no sería democrático y menos signo de libertad y justicia…, que sería la recientemente recuperada palabra bandera del arco del centro a la extrema derecha: comunismo (o peor: populismo). Porque la solidaridad by…, huele mal, pero está buena para algunos o, vaya, para muchos. ¡Qué sean felices!, anónimamente.

¡Andá pashá, bobo!

“Francia… Creo que Brasil también, Brasil es un buen equipo. Hay varios equipos europeos también, porque la ventaja que tenemos aquí (Europa) es que siempre jugamos partidos de mucho nivel. Cuando lleguemos a la Copa del Mundo, estamos listos. Y Argentina y Brasil no tienen eso. En Sudamérica el fútbol no está tan avanzado como en Europa y es por eso que cuando miras las últimas Copas del Mundo siempre son los europeos los que ganan”, Kylian Mbappé, entrevista a un medio brasilero en mayo de 2002.

Qué será para este muchacho de cualidades deportivas innegables y prototipo del ser exitoso europeo con su discurso etnocéntrico, además del abismal diferencial de los salarios, que le paguen los que quieren blanquear sus fortunas de procedencia dudosa, los que se pasan por el forro los derechos humanos, los que participan en la trata de jóvenes “promesas” de 12 años en adelante, los mafiosos corruptos dirigentes condenados que dirigen desde Zurich, los que proponen una élite de clubes europeos para condenar al resto a ser unos comparsas irrelevantes, los jeques príncipes y oligarcas rusos o no, que hacen de los equipos una franquicia económica y política, los que crean normas por afuera de las leyes dadas cuan monarcas, los actuales fondos de inversión buitres que han desembarcado para convertir la competición en una super-bowl publicitaria, los que hacen que jóvenes nacidos en Europa prefieran las selecciones de sus progenitores, los que echan a las personas de las canchas para cobrarles cada segundo cada gol cada lamento de un fútbol encapsulado en un terminal que ni es real ni huele ni tiene textura, los que hacen política belicista con el deporte… Si es avanzado, no es fútbol, es otra cosa. Porque adentro del 70 x 105 metros todo puede salir bien mal regular y romper las estrategias de los papanatas ejecutivos brotados de masters de postgrado que creen hacer avanzar y controlar lo imposible y diferencial del fútbol: el resultado.

Es fútbol y desde que los Olmecas inventaron la pelota de hule, el bien y el mal se juega en la cancha y más allá del microcontinente europeo, en Sudamérica y África de donde vinieron los viejos de este muchacho, el fútbol habita en cualquier rincón, descalzos o con zapatillas prestadas gastadas rotas, con arcos sin travesaños o pintados en una pared…, la materia prima del fútbol. Los continentes son grandes, las selecciones una suerte de dádiva de los clubes del norte que presta lo que cree en propiedad. Es complicado, pero es fútbol y lo que un día es acá, los siguientes es a miles de kilómetros; lo que un día es a nivel del mar, los siguientes es a 3.000 metros de altura; lo que un día frío de invierno del Cono Sur, los siguientes es a 40 grados de los trópicos…

Estaría de acuerdo con Kylian Mbappé si el mundo, además del fútbol, fuese justo y ser o no ser avanzados dependiese de hacer bien o no las cosas. El fútbol es un reflejo de todas las injusticias que nos habitan, de ser parte de una periferia que, cada cuatro años, se le invita a regañadientes para dirimir el concepto “campeón del mundo”. Él, como profesional, debería saberlo por experiencia que dentro de la cancha que la realidad contradice demasiadas veces a la teoría. Sin duda es uno de los grandes dentro de la cancha, pero tiene esa mirada de xenófoba ignorancia con sus colegas de profesión, de mundos avanzados y retrasados con las hinchadas, de competiciones de nivel y otras casi subterráneas con el fútbol en general que ya tiene una respuesta en la zona mixta de la cancha cuando terminan los partidos: “¡andá pashá, bobo!”.

En la panza hay una estrella

¿Nadie recuerda cuándo comenzó? Podría ser 1444 en una playa de Lagos cuando el cronista de la corte portuguesa escribió que aquellos seres encadenados de piel oscura y apariencia humana, a falta de oro o especias, bien podían ser vendidos como mano de obra o fuente de energía y crear un Mercado de Escravos para complementar los de ganado. Y lamentó su infortunio y predijo un futuro lleno de penurias si, al final, también eran humanos como los piel clara. Podría ser ese año u otro, pero la historia oficial ha borrado la documentación de las cortes mediterráneas, desde Francia a Portugal y aquel terremoto de Lisboa, el Barrio Preto (hoy Alto, antes de Putas, hoy de para turismo hipster, antes para olvidos por sus esquinas). Dice la Universidad de Barcelona, cosas del genoma, que el 50% de la población actual de ese arco geográfico tiene genes de aquella esclavitud pulcramente eliminada del acervo (que condenada palabra) popular.

Puede ser a principios de los 90s, cuando la caída el Muro levantó las vallas del Norte de África, cuando se creó un espacio de Disney y se empezó a hablar de un cordón sanitario. Cuando los reinos y repúblicas se acusaban entre ellos del “efecto llamada” y dictaban normas de números clausus para vivir en el “paraíso”. Primero fue la curiosidad, después el horror de las muertes masivas, después pasó a convertirse en un dato de la diaria y al final, la vigésima noticia de los telediarios, antes de los deportes y el tiempo, salvo Mundiales Olimpiadas nevadas u otras calamidades de la naturaleza. Puntualmente, se utilizó sus muertes. Aylan muerto en una playa con sus cinco años vividos, provocó unos instantes de indignación, pero bajó la fiebre y la vida siguió con sus cifras sin contexto: una dos tres muchas pateras y tantos niños y tantas mujeres embarazadas; una dos tres muchas personas trepando una valla y tantos niños y tantas mujeres embarazadas.

Los seres humanos, aunque no lo parezcamos y nos obstinemos y reivindiquemos y festejemos y brindemos nuestra ignorancia, somos mucho más que autómatas mucho más perfectos que una inteligencia artificial. En la pandemia una noticia, sin mucha repercusión, reveló que dos niños de esos que son cifras, eran los culpables de la investigación para resolver el entuerto del Covid. Ahora que hay mundiales de fútbol la historia de los hermanos Williams, navarros de “pura cepa”, jugadores del Bilbao, de las selecciones de España y Ghana, se cuenta entre vallas y fronteras, entre cifras datos y desidias. Fue en la décadas de los 90s, cuando sin nombres y con el vergonzoso apelativo de “subsaharianos” algún noticiario, con suerte, contó que algunos pasaron la valla norteafricana aunque omitió decir que fue después de cruzar buena parte del continente, de ser abandonados en el desierto, de beber su orina para salvarse.

Ahí, en la panza de su madre, la que con suerte sale en el dato de “embarazadas” estaba el mayor, Iñaki, la estrella del fútbol que las tribunas aplauden. Cuántas estrellas se habrán perdido entre vallas mares o desiertos, cuántas viajan ocultas en la panza de sus madres, cuántas veces habrá que recordar que nada es nuevo y la vida debería ser otra. Ah, pero qué bueno es eso de la inteligencia artificial la vida artificial el amor artificial la felicidad artificial… Eso sí, cuando la panza pare una estrella, el mérito es de la partera.

Los guías, a paraguazos

Ya sé que mis gurises no son bellezas cegadoras ni que se atan a una farola para pedir por un mundo mejor, que probablemente a Georgia no la sitúen en el mapa y que su prehistoria esté llena de dinosaurios merendándose neandertales y por esas cosas vendrían a ser como los antiguos holandeses. Lo sé, pero si me preguntas, te digo que son buena gente, que les duele las miserias de otros, que han manoteado tiempos difíciles de esos que nunca se terminan porque son como un tren de borrascas sin nombre pero igualmente de largo recorrido. Y hasta puedo aburrir hablando de ellos, de sus emociones y su actitudes.

Ya sé que el río-mar es marrón y aunque no se vea la otra orilla nunca será océano de aguas turquesas. Lo sé, pero si me preguntas, te digo que el lodo en suspensión es riqueza y fertilidad, que viene acumulando miles de kilómetros desde esa Amazonía siempre en peligro como el teatro, que trae bichos paisajes e historia, que en febrero sus aguas son verdes y que a los navegantes de antaño los confundía con sus atardeceres de plata, entre salinos y dulces, entre voraces y correntosos. Y hasta puedo aburrir con rayos verdes, camalotes, pingüinos y sudestadas insolentes.

Ya sé que la ciudad vieja de A Coruña es apéndice de la actual ciudad, una vieja ciudad vieja con carencias, sin palacios y con las piedras como dentadura de viejo, pero es. Y desde verano (y hoy volví a escuchar la explicación y me rompió las pelotas), los guías del paraguas se hacen unas monedas mostrándola con mucha actitud y poco criterio ante 20, 30 o 40 turistas que eligieron vacacionar en esta esquina de la península ibérica. Situados para el recorrido, el guía avisa: “no esperen encontrar un Toledo o Santiago de Compostela con sus palacios y grandiosa arquitectura”. Lo sé, pero si me preguntas por qué me volví un turista nabo, te digo que vengo buscando otra cosa, la ciudad que inevitablemente fue portuaria, la de gremios, la que embarcaba sueños para otros destinos, la que fue modestamente judía, la de los rincones, la empecinada frente a los vientos del nordeste, la de jardines sobre la bahía, el puerto medieval donde desembarcaban los peregrinos del norte, las aventuras y desventuras de Cornide o Malaspina, su pasado de puerto negrero, la huida británica…. A ver muchachos y muchachas de paraguas, si quisiera un Toledo me hubiese ido a un Toledo y si estoy acá, no es para que me pinches el globo de una decisión. No sé si te lo explican en la carrera de guía… A paraguazos habría que correrlos por sentirse molestos con la modestia de ciudad vieja que les tocó mostrar y que por incapacidad o desidia, ni les interesa ni le buscan la vuelta a la mirada y a las historias que como en cualquier lugar, existen. Y todo tiene una mirada, creo.

«Por pringados»

La sentencia fue tajante: “por pringados”. Sonó a yakuza que irremediablemente tiene que agarrar su hanchō hōchō y cortarse el meñique en señal de acatamiento por el error cometido. Son los códigos. Todo colectivo las tiene y se vanagloria de ellas hasta convertirlas en códigos de cumplimiento debido más allá de soberanías. Pueden estar escritas o no. Pueden ser nacionales o transnacionales y apelar a la justicia ordinaria es considero un incumplimiento y ser expulsado o expedientado o cortarse el meñique. Nada importa la legalidad o no del código impuesto, si aceptaste ser parte se debe obedecer porque apelan a lo atávico, al honor, a la lealtad al grupo, a un supuesto bien común del colectivo y siempre es mejor la omertà o vivir con los dedos que restan. En tiempos de cambios y reconocimientos de derechos olvidados de las personas, las organizaciones también marcan sus tiempos para asumirlos rechazarlos obviarlos o interpretarlos a piacere. Son los códigos.

El asunto es que la FIFA le abrió un expediente a la Asociación Uruguaya de Fútbol y a varios jugadores por no respetar el “fair play” en Qatar o Catar o mejo Katar que suena más punk (que no es falta de respeto o por lo menos más leve que cuando el presidente de la Fifa se refiera al país asiático como africano) tras aceptar y publicar que un penal pitado en contra y revisado por el VAR  no fue tal y por no pitar a favor ni revisar otro penal lo que determino la posibilidad o no de pasar el grupo por el diferencial de goles. Como es lógico, la calentura del momento, ya eliminados, tiene su puesta en escena con puteadas o tirar una pantalla de ese VAR que, dicha sea de paso, quiere reducir el fútbol real a una pantallita de juegos virtuales, pero esa es mi opinión. También que Uruguay cayó eliminado por un mal entrenador que le quedó grande y por una AUF que lo contrató sin tener experiencia, pero es mi opinión.

La cuestión es que solo teclear FIFA te salen muchas entradas (hasta una con el Fifagate) que muestran los códigos de dicha organización resumidos en: soborno, fraude y lavado de dinero. Por eso se dio a Katar el mundial, por eso se miró para otro lado en temas de derechos humanos y en el goteo de muertes durante 12 años para crear un Disney del fútbol a sangre y espada. Eso sí, en la cancha: fair play (como dijo el ex Presidente Pepe Mujica cuando esperaba a la selección en 2010, “los viejitos de la Fifa son una manga de hijos de puta” y se tapó la boca riendo). Es fútbol es así, se podría decir como lo es la Yakuza o la Cosa Nostra o ‘Ndrangheta o Cartel de Sinaloa…, o la OTAN o la OEA o la UE o la Commonwealth o la OPEP o el FMI o el Banco Mundial… o tantas organizaciones que tienen sus códigos propios por fuera de las leyes que nos rigen al común de los mortales.

No es porque Uruguay es chiquito y no vende camisetas (tampoco es el único país que padece su papel de secundario, sobre todo los africanos y asiáticos, aunque por estrellas y tradición lo singularice), el asunto viene de lejos y ya son demasiados dedos que faltan en ambas manos por insolentes por protestar por no acatar a la organización que dicta los códigos de la omertà en la cancha o como esa sentencia tajante desde afuera: “por pringados”. Será.

Realmente, ¿de dónde eres?

Una Lady con modales y sonrisas mecanizadas. Nacida criada vivida como aristócrata que, equivocadamente, se podría pensar que vive ausente sumida en la burbuja de la inocencia cortesana de un cuento de reinos y hadas como esos once días de funeral de su jefa en vivo y en directo. No. La Lady Susan Hussey, además de “la madrina” del Príncipe de Gales, desde 1960 desempeñaba muchos más cargos y en especial, responder a las cartas que los súbditos británicos escribían a Buckingham Palace (nada interesante para una disección del ser británico de Stephan Frears [que hace demasiado que desapareció de la cartelera] pero sí para “cruel washing” de Netflix). Ni boba, ni inocente, pero sí abducida por el legado de Victoria que oficializó el sentimiento de imperio, los pasaportes de tres categorías de británicos y la eugenesia para depurar sangres cuando la piel se vuelve clara.

La Lady ya rondaba los diez años cuando un 22 de junio de 1948 atracó en Tilbury, el Empire Windrush con 500 personas del Caribe que llegaban a reconstruir la Britania. Y lo hicieron a pesar de guantes blancos que se ponían las personas para no tocarlos, a los bares e iglesias que colgaban sus carteles de “white people only”. Sin ellos no habría “milagro” de resurgir ni tampoco la frase que Winston Churchill nunca pronunció acerca de “cómo tan pocos hicieron tanto”. Da igual la procedencia asiática, africana o caribeña. Lo hicieron.

La mayoría no retornó. Estableció su vida en bucle: trabajo, casa y comunidad. De aquella extraña situación entre tolerancia y desprecio, entre comunidades culturales latentes o invisibles, británicos y europeos, rajado el telón de acero y abierta la habitación china, temieron por sus colores, por sus números y bienestar social, solo posible por la existencia de una mano de obra barata. Es más, hace unos años, cuando Theresa May estaba a cargo del Ministerio del Interior (después Primera Ministro), se implementó la política de “hostile enviroment” donde la delación al extranjero se premiaba. La generación del Empire Windrush comenzó a sufrir un hostigamiento del gobierno con deportaciones, tras cincuenta años, despidos en los trabajos y expulsiones de las casas que rentaban y del sistema de sanidad. Tenía que demostrar su britanidad.

Las repreguntas de Lady Susan Hussey a Ngozi Fulani, quien dirige la organización benéfica contra la violencia doméstica Sistah Space, insatisfecha por la respuesta de ser y haber nacido en el Reino Unido (pese al color de su piel) son elocuentes: ¿pero de dónde eres realmente?

Sí, la apartaron, pero esa mirada está y les cuesta demasiado digerirla a los europeos que a diario se enfrentan convivir en diversidad (fue el principal motivo para la votación exitosa del Brexit) y saber que han pasado generaciones y no ha lugar seguir creyendo que la piel da o quita sentimientos de pertenencia y menos para poner o restar valor por el origen. Es el mal del nacionalismo que tiene fecha de origen para relatar y para ocultar el pasado porque, ¿realmente de dónde son los británicos y los europeos?