Do sostenido

musica01

El Padrino se estrenó en 1972. Elenco y director aparte, también premios y taquilla, vista o no, es sabido que la historia que escribió Mario Puzo, más romántica que realista, normaliza la actualidad del sueño americano de los 50 y 60 del pasado siglo donde la beat generation vagabundeaba por las rutas descubriendo que aquella fachada de casa con jardín en urbanización con esquejes de árboles, dos autos (auto más camioneta), dos gurises con pecas, corte de pelo a la media americana que combinaba a la perfección con las excitadas permanentes todo un símbolo de los ganadores del último conflicto bélico global era eso: fachada. En 1956, Dwight D. Eisenhower impulsó el plan de autopistas interestatales para lograr la “dispersión urbana” lo que facilitó saber qué carajo había sido con los descendientes de los puritanos y genocidas colonizadores del medio y lejano oeste. Estaban y eran básicamente lo mismo con auto y jardín. En esa época, también, el crimen organizado usaba autopistas. Nada del pasado medio siglo de prohibiciones y barrios con un Little delante. Y hasta Vietnam, se normalizaron casi todas las praxis. EUA avanzaba, ya potencia incuestionada, con autos y jardines.

Si algo perduró en lo cotidiano de aquella película, más allá de italianizar la imagen de otras organizaciones, que salvo la certeza de su presencia y poder paralelo al Estado, nada tenían que ver, fue su música. Nino Rota, ya veterano, nos regaló una clave que se popularizó en muchas partes cómo la inevitable banda sonora de una sutil normalidad de fuegos artificiales. Rota, no solo desecha los emotivos himnos de la violencia y las inflexiones que la acompañan, sino que se saca de la manga un reposado vals de acento siciliano lleno de cuerdas, especialmente violines, con esos do sostenidos que se convierten en la sostenidas. La normalidad delictiva que es mafia, pero también muchas administraciones públicas, cambiando el acento, con la que cohabitamos oleaginosamente. Y durante años, bien con el gesto de tocar un violín o naneando su sonido, nos pusimos a discutir las verdades de esa normalidad.

Aquel do sostenido de Rota, aportó para muchos seres humanos comunes la serenidad necesaria para afrontar la milonga de un relato de normales que medraba gracias a dejar la puerta abierta al deseo de las personas de ser parte de esa normalidad (con auto y casa con jardín). Y lo son, la normalidad necesita (presente, pasado y futuro), de esa fuerza defensiva.

Y como en el juego de la Oca, de normalidad a nueva normalidad y tiro porque me toca, los normales, ya reflejados en su espejo, inundan el friso mediático con múltiples mensajes donde el mundo de la post pandemia, oído cocina en sus errores cotidianos hasta el 2020, será mejor. Do sostenido. Y rectificará conductas personales, políticas institucionales, productos financieros y empresariales…

Qué el capitalismo se reconvertirá: do sostenido; qué existen democracias inteligentes y responsables: do sostenido; qué existen democracias solidarias: do y la sostenido; qué preocupan los africanos y latinoamericanos tanto como sus riquezas: do sostenido; qué los gobiernos de los países desarrollados incluirán las recomendaciones para evitar el cambio climático: do y la sostenidos; qué se recuperarán las economías sin la deslocalización del tejido industrial: do sostenido; qué los modelos regionales tomarán forma política y económica: do sostenido; qué se tornará a un modelo de comercio justo: do sostenido; qué se dejará el modelo de vida “low cost” como leitmotiv y credo de desarrollo: do y la sostenidos; qué se apostará y destinará recursos a la ciencia y la cultura en igual medida que, por ejemplo, el gasto en defensa: do sostenido; qué la post pandemia mantendrá derechos y libertades: do y la (con bis) sostenido; qué el modelo educativo mutará hacia el conocimiento dejando a un lado el negocio de la titulitis funcional: do sostenido; qué la sanidad será pública y de calidad: do sostenido; qué vamos a salir todos juntos: do y la sostenidos en bucle.

El dueño de la pelota

ESPORTi-clot-street-futsal-penaltis-1

1

La gurisada tenía calles y esquinas. Un territorio, apenas una porción de esa malla llamada barrio que junto a las demás, todos retazos de otros mundos, eran la red multicolor y de acentuación libre, de la ciudad. Vista con el retrovisor, diríase sostenible. Llena de nudos. Para unir. Contener. Asociar. Territorios rodeados de otros. Urbanizados con ecléctica modestia. De cielos despejados, transitados por sus azoteas llenas de claraboyas, parrillas y ropa tendida. De calles adoquinadas, baldosas grises y amarillas, algunas flojas por las pisadas o rotas por las raíces de los árboles. Calles generosas de árboles. Territorios con venas de cemento donde se pechaban comercios, bares, almacenes y panaderías. Donde circulaban los ómnibus que influían con sus destinos. A cada barrio una playa, un cementerio, una cancha y el mismo centro, y su infaltable Aduana, cosas de las miguitas de pan que marcaron el camino de los ancestros migrantes.

2

La gurisada vivía en las calles. Con acentos y costumbres se dormía y comía en casa. Inevitable. No se planteaban desigualdades aunque su lenguaje y hechos eran normalmente destrozadores. Había que pelearla. Sin remordimientos. También recibían. Y mucho. La ley de la calle. Sus códigos. Los adultos imponiendo y ellos reclamando sitio. O siendo perseguidos por los canas de la comisaria. Delito: molestar. Cada barrio tenía una comisaria. Era un toma y daca. O bien no pasaba nada y los días transcurrían entre conversaciones descubridoras. Cada barrio tenía decenas de territorios de tribus infanto-juveniles que obligaba a pagar el derecho de paso. No ir “pa trinqui”, que tampoco significaba ganar, abría los territorios y se sellaba un saludo distante, pero saludo al fin y al cabo. De vez en cuando, una afrenta desembocaba en una pelea en toda regla, con convocatoria y lugar de enfrentamiento. Entre todos. Y a veces, todas. Los daños no pasaban de las suturas. Y ropa desgarrada. Algo que garantizaba algún que otro sopapo en casa. La propina. Pocos, realmente pocos, seguían la vida del delito. Los más, mantendrían la amistad entre estudios y trabajos en una ciudad, definitivamente, liberada de nudos. Muchos, realmente muchos, probaron sus destrezas en cuadros de fútbol. Ninguno llegó a primera.

3

Las calles de la gurisada eran, sobre todas las cosas, una cancha de fútbol. Infaltable. Un día Ángel Cappa, el director técnico argentino, describió a Montevideo como “una gran cancha de fútbol con casas”. De todos, sin mirar número de jugadores. Se estiraba o se acortada. Podía ser un picado, de tres o cuatro, una cabeceada de dos, media cancha o un partido sin límite horario, hasta que no diesen las fuerzas y se decretase: “el que convierta el siguiente, gana”. Sin cuadros establecidos. La elección: paso a paso hasta pisar. Los grandes, o los mejores, decidían cuál sería su formación. De a uno. Primero uno, después el otro, el pisado, buscando un equilibrio sin saberlo. Nadie quedaba afuera. Siempre existía un lugar para el barullo. Y la pelota, bueno, ese milagro de cada día. Rebuscar en los bolsillos, las carteras, en los armarios de los viejos, hacer algún mandado para la propina o aplicarle la inflación consentida so pena de no repetirlo. Por lo menos en una semana. De alguna forma, entre toda la gurisada se podía. Casi siempre pelota de plástico, las del kiosquito, con estallido final previsto. Ojo en los primeros tranques, se decía. El match tenía que durar. Otras veces, fruto de algún cumpleaños o visita familiar, se compraba de goma. Lindas pelotas. Pero picaban mucho y estaba asegurada la visita a una azotea, saltar el muro de algún galpón o subirse a los árboles. Con ellas, los vidrios de las casas temblaban y ya se armaba el relajo. A los canas de la comisaría les gustaban estas pelotas. Todas para el armario del patio trasero de la institución. Pasando las celdas de los adultos. A la botijada les tocaba sentarse bajo la claraboya, frente al omnipresente busto de Artigas y esperar que un adulto lo viniese a liberar. Solo los marcianos podían vanagloriarse de no haber sido detenidos. Cosas de vecinos y de calle. En enero, tras los Reyes, el territorio sonaba a cuero. Era un regalo seguro. No a todos. Entonces, los partidos finalizan al anochecer. Era habitual escuchar el reclamo para acudir a cenar. A gritos. Ver las rodillas rasgadas. Trancar con ganas. Los canas tampoco vacacionaban y aquellas pelotas, guindas para la muchachada, iban siendo requisadas una a una. Todas para el armario. O de regalo para algún hijo que jugaba en otro territorio. La diaria se iba diluyendo inexorablemente al rebusque de plata y la pelota de plástico. Salvo que apareciese el asocial de cada territorio: el dueño de la pelota.

4

El dueño de la pelota era hijo de otro dueño de la pelota. En su casa se respiraba que el territorio les queda chico, que no estaba a su altura. Vivían en tránsito. Malhumorados. Incomprendidos por la barbarie que las circunstancias los habían llevado a compartir, de vez en cuando, calles y esquinas. La casuística era diversa, a veces arrastrada desde otras tierras lejanas que, aunque los había expulsado era claramente más civilizada o cuando menos con una historia libros de texto, a veces construida en los clubes políticos para arribistas, a veces bebida en la mamadera religiosa. Tan solo trasladan su problema al territorio. Pero la calle era la calle, sus tiempos eternos, los descubrimientos compartidos, el mestizaje cultural espontáneo. Y a falta de curiosidades para transmitir, de alguna habilidad que mostrar, el dueño de la pelota tenía el recurso de imponerse, de vez en cuando, por tener una pelota, de las buenas, para jugar. Por supuesto, con sus reglas. Elige primero, juega en la delantera y tira los penales. Siempre bajo el chantaje de llevarse la pelota. Los chiquilines dudaban cómo encararlo. El vicio del fútbol era grande. En ocasiones, aceptaban. Total, después se iría y su diaria sería como siempre. Otras, reventaban la pelota a puro trancazo. Al final del partido, claro. Era poco lesivo porque el dueño de la pelota volvía otro día con una guinda nueva. También ocurría que se la pasaban poco. Ahí, sus reclamos y amenazas, que los chiquilines hacían oídos sordos por el fragor del momento desembocaban en su marcha con la pelota abajo del brazo. Momento tenso porque le llovían quejas e insultos y las amenazas de que no apareciese nunca más. Pero el fútbol, la necesidad de vivir una tarde de gloria en la calle, lo volvía a aceptar.

5

El dueño de la pelota se fue con sus viejos a un barrio al cual siempre se supieron predestinados. Un barrio uniformado, tupido de edificios altos que se tapan la luz del sol unos a otros. En cada apartamento viven desconocidos. Propietarios, directores, doctores en muchas disciplinas, estancieros, comerciantes… Cada gurí es dueño de su pelota, pero no existe el fútbol callejero. Sobran las pelotas y falta la gurisada. A cambio, se preparan para cuando sean grandes mostrar su propiedad de algo e imponer las condiciones. Y como antaño, les faltará calle. Y esquinas.

la leyenda del cinco

images-2

murió el Trinche Carlovich. un tipo que no se subió a los trenes que pasan por la vía de la vida. un cinco que siguió a una pelota imaginándola posible. como un músico que sigue la melodía sin discos. dicen que no supo gestionar. o no quiso. las leyendas lo son por los olvidos que se rellenan con inventos. faltan los recuerdos gráficos, las crónicas pedestálicas bajo los monumentos con los que se adornan las plazas. las carpetas llenas de rellenos momentos de gloria. su hinchada también está sucumbiendo a la última mirada. después, como el otro día que lo bajaron de su bicicleta, la nada. no hablo de fútbol. o sí, pero de otro. no hablo de vida. o sí, pero de otra. la amateur, la que se disfruta porque sí. la que se le hace un caño doble, se gambetea. la que no tranza. ni se disciplina. la que es inexplicable, inentendible porque no figura en los libros de textos. esos libros. vaya. donde habitan los profesionales de la historia. los que triunfan. hacedores universales de las pirámides. venerados sin saber bien por qué. pero están. aderezados con salsas hasta, algunos, saben bien. otros, simplemente, nos llenan la panza. algo tenía el Trinche Carlovich de Bobbie Gentry. quizás la renuncia. ese cachetazo y la vida sigue. propia. sin diseño ajeno. llenas de soledades queridas. esas tan temidas en el confinamiento. dicen y dicen y dicen los que lo conocieron, con quienes jugó en la cancha o en el potrero que se lleva mal con el tiempo, las reglas. que le faltó querer ser figura de fama mundial. no hay vuelta atrás. ya no. la hinchada, que con él desteñía los colores y disfrutaba de ese medio segundo por adelantado, su gran ventaja, ver antes que los demás la jugada, ya no podrá subvertir el sistema, la norma, la ley sagrada y obligarle a un referí, una vez expulsado, a readmitirlo en la cancha porque era fútbol, o no. un acto de noventa minutos que a veces es más. o era, cuando estaba el Trinche Carlovich. el cinco de cuadro chico, de doble caño, que no supo o quiso subirse a los trenes que pasan por la vía de la vida profesional. la memoria lo olvidará. como siempre pasa. la leyenda, no.

La memoria fragmentada

Unknown-1

El bicho revolvió las almohadas fragmentando el sueño de una vida concatenada, sin respiro ni calendario, de trenes que pasan y se debe subir para lograr la estación de llegada. A codazos. Sin problema. Con las certezas intactas de cómo se gestiona la vida. De lo que das y lo que debes recibir. De cómo pasar de tercera a segunda despiojando sentimientos; de cómo ascender a las literas numeradas robando ronquidos, sueños hablados; de cómo sentirse en primera viendo a través de sus ventanales los paisajes exclusivos, de primera, hermosos, abiertos, posibles que arrancan palabras condescendientes con los vagones de cola, siempre arrastrados, nunca arrastradores con sus ventanales de paisajes en la memoria; de cómo al fin, el coche cama es el premio, con mucama y sábanas. Y almohadas. Por fin el trayecto impensado. La misión está cumplida y la estación de estación de llegada se columbra. En ella se bajará con los baúles repletos de cosas acumuladas que fueron objetos o personas, instantes o épocas, vagón a vagón. Así normalmente, normal. Salvo lo impensable. Un bicho o una tormenta de nieve que detenga el tren en el medio de la nada. La nada, qué miedo. Porque el tiempo nunca se detiene. Sólo el tren. La cáscara que contiene tantas vidas diversas, a veces vividas, a veces no, a veces olvidadas, a veces no. Y en el coche cama, las almohadas se convierten en una tortura china. No brutal; sí gota a gota. Se las acomoda, abraza y golpea para lograr la forma del descanso. Inútil, siguen siendo almohadas. Y el maldito tiempo transcurre ajeno al drama. El sol sale y se oculta. La noche deja de ser acogedora, se vuelve pantalla por donde se van emitiendo los recuerdos. Los buenos, como las mujeres y los niños, primero. Hilvanados. Correctos. Los otros, los olvidados o escondidos, se van colando para romper el plano secuencia. Ésos, las gotas. Y están. Siempre estuvieron. Aislados, contenidos, como si fuesen un virus del que nunca se sabe inmunizados. Los anticuerpos se inoculan de chicos. Y el tren parado. Estúpidamente parado. Ya no se puede ni quemar al maquinista. También está parado. Sólo cabe la derrota. La estación de llegada ahora pinta diferente. Las almohadas se tornan compartidas con los instantes vividos. Han sido. Son. Y en el medio estás vos. Esa parte del todo del instante. Las fotografías, las cartas, las palabras oídas arrancan una nueva vieja película. Lo único en propiedad. Los ventanales de los vagones de cola cobran sentido. Migrantes del primero al último vagón. Ahora, asidos a la memoria fragmentada. Propia. Liberta. Por supuesto, incorrecta.

¡La imaginación al poder!

Unknown

Por doquier los políticos que les ha tocado gestionar al bicho hablan, se llenan la boca, de “la nueva normalidad”. Parece fresco el término, pero huele podre. La trampa es la normalidad. La novedad, la nueva, significa mantenerse en los mismos términos pero limitando la posibilidad de levantar cabeza. Es decir, sacrificando a buena parte de la población activa, sobre todo a las micro, pequeñas y medianas empresas, sobre las cuales alardean de grandes motores generadores de empleo, y condenando a la precariedad agónica de la población que tiene una dependencia laboral de las mismas. Y ya sabemos, estamos encadenados, somos eslabones de la cadena que tarde o temprano nos oxidará y romperemos. Acá no pasa por una revolución. Qué más quisiéramos. Pasa, y es sencillo, por dotar de imaginación, creatividad, oídos a propuestas, decisión, etc. que, sabedores del hándicap, el bicho, establezca soluciones, temporales, a cómo se reactiva la sociedad. A los grandes, ni bola. Tienen medios, recursos y financiamiento y si alguien deja de ganar miles de millones de euros, no pasa nada, es calderilla. Por ejemplo, los aforos. Es lógico la separación social para evitar el contagio. Bien. Y, ¿entonces? Peatonalicemos gran parte de las ciudades para permitir que los hosteleros puedan mantener (no digo ganar) la norma del 30% con más espacio para las mesas. Y quienes no tienen, se les permite. Lo mismo para los comercios. A la calle. Que los eventos masivos se suspenden. Perfecto. Que se hagan pequeños y mucho más por los distintos barrios de las ciudades. Atomizar la vida, llevarla a la calle, olvidarse de premiar la cantidad y sí la calidad. Temporalmente. Perfecto. Lo que no puede ser es condenar al cierre, a que no salgan los números ni por la cuenta de la vieja. Tenemos unas administraciones, en todos los ámbitos, pero más notorio en el municipalismo, muy formales, sin cintura o ideas, a verlas venir, nada proactivas, burocratizadas en exceso… Seguramente hay muchas propuestas in mente o ya sobre el papel de los sectores afectados que hagan de las descritas una anécdota de confinamiento. Pero falta la “crisis room”, esa habitación donde confrontar y proponer, donde hacer un seguimiento más profundo desde los sectores sociales, económicos, culturales, educativos, sanitarios… La nueva normalidad demanda de nuevas mentalidades. No las viejas, disciplinadas, de restricciones de más a menos, cumplimentadoras. Modificar el planteamiento que debe ser caleidoscópico. Lo otro, la nueva normalidad, bueno, no se la deseo a nadie. ¡La imaginación al poder!, se escribía en los muros del 68. ¡Salú!

 

La revolución tecnicolor

images

Mirando el mapa, diríase que a Portugal se le está expulsando lenta e inexorablemente a la mar. El movimiento de las placas que, de cuando en vez, se vuelve brutalmente sonoro, violento y destructor. A nuestra manera y con la lejanía que nos caracteriza, los hemos normalizado con sus cifras de muertos y daños a falta del “big one”, en casa propia, que también estará lejos pero afectará a los nuestros, que tampoco lo son, pero confianzudos como somos, así nos queremos ver. Diez a uno pagan las apuestas entre los nacidos para perder (no confundir con los “born to loose” que repetía cada vez más sacado Johnny Thunder) y los paridos para vivir.

Cada 25 de abril, indefectiblemente, mis flacuchas redes sociales, las emisoras vintages que me despiertan (a veces, cuando se me pianta un sueño evocador), lo hacen con la consigna del Grândola, Vila Morena, que desde el principio, con el sonido de sus botas acercándose, nos descubre que una voz temblorosa suena hermosamente subversiva y difícilmente hay censor que la prohíba cuando se entona en coro improvisado. Zeca Afonso, el sedicioso para los salacistas, sonó. Y quedó. Y es himno. Y cómo tal, sigue erizando la piel escucharlo.

La leyenda urbana, o no, de una Celeste Caeiro paseando con un ramo de claveles por el centro de Lisboa y su encuentro con un tanque lleno de soldados, rumbo al cuartel del Carmo, el regalo de los mismo y el gesto del soldado (desconocido como mandan las ordenanzas militares y que nunca se ha investigado) de poner un clavel rojo en la boca de su fusil, marcó para siempre el símbolo de un big one político/revolucionario singular, casi irrepetible, que prometía que de sus fusiles no saldrían balas contra el pueblo.

Para un muchacho montevideano de 14 años, a 10.000 kilómetros, aquel 25 de abril de 1974, donde las informaciones se empecinaban en mostrarse en blanco y negro, le movió el piso. Porque si bien era conocido, visto, palpado que la luz de su diaria se descomponía en colores los relatos de verdad-mentira, de bueno-malo, de libertad-opresión, de democracia-dictadura y todas las dicotomías aprendidas para mantenerse en el redil, estaban en blanco/negro. Aquellos milicos con sus claveles rojos le pusieron color, no sólo a Portugal, a sus arquitecturas llenas de azulejos manuelinos, a sus pieles mestizas, a sus paisajes, sino que también inundaron buena parte del mundo con una, la primera y única, revolución tecnicolor. Algo no menor e igualmente subversivo que ataca directamente a la uniformidad en cuerpo y pensamiento.

Este 25 extraño, de confinamiento, cuando para los que no son migrantes descubren su memoria segmentada y llenan las redes de recuerdos donde asirse, con un cielo gris (que alguien habrá para sacarle poesía y de repente verlo pintado), las bocas de los nuevos fusiles, éstos que disparan beneficios, acciones, rentabilidades, dioses varios, globalidades únicas.., deberían ser tapados otra vez por los claveles para descubrir que lo bueno y beneficioso que es vivir en tecnicolor.

Crónica de una agonía anunciada

1e437c16035f34911b5f060d0d3557e5

La crisis económica de Occidente del 2008 se cerró en falso. Se constató que los mercados no se autorregulaban. Se curaron sus heridas, se los vendó y se les dio de alta con la recomendación hacerse fuertes, especializados y competitivos. A lo de fuertes se le denominó, saneados; especializados, significó apostar a la tecnología TIC abandonando el resto; competitivos, se tradujo en la depreciación del coste laboral.

Los supervivientes ilesos o con leves daños volvieron a comprar autos. Todo bien. A llenar los bares. Economía de terrazas se llamó para otro Todo bien. Se olvidaron de los muertos en vida. Demasiada carga y solo se vive una vez como para pensar en el otro. La obsecuencia al poder económico se volvió la norma. La emigración en el salvataje de los titulados universitarios. Se llegó al 26% de desocupación. Y si bien las calles, en un principio se llenaron, fue tan solo un espejismo, una uve inversa que subió y cayó a toda velocidad que permitió la entrada o rehabilitación de actores dispuestos a normalizarse con guiños y relatos.

Mientras tanto, los años pasaban y millones de personas se sumieron en sus rutinas: contar con los dedos las monedas del bolsillo, acomodar las fetas de la mortadela más barata en el bocadillo y el arroz, siempre el arroz, blanco, que se hincha en la panza y parece rellenar el valle entre las costillas y la pelvis. Buscar una excusa para pedir un cigarrillo en la calle que detenga el malestar nebuloso de la abstinencia. Escuchar la duda del funcionario de la oficina de empleo sobre la veracidad de lo expuesto, introducir “el no se puede” en la diaria de los hijos, mirar el bullicio tras la ventana, escribir y escribir currículums sin respuesta, escuchar que no se intenta suficiente, que trabajo sobra, perder lenta e inexorablemente el entorno emocional por aburrir con la angustia, por contestar inapropiadamente, por pensar demasiado y nunca encontrarle la vuelta. Y por llorar. De rabia. De no haber sido lo suficientemente egoísta e hijo de puta para acumular pisando al otro. En fin, de saber que visto lo visto las decisiones fueron erróneas. Que se faltó a la clase sobre gestión de vida.

¿Alguien recuerda cuándo se normalizó la precariedad? Sí, cuándo empezó a aburrir aquello de la precariedad laboral o la energética. Los trenes dormitorios en cajas de cartón bajo los soportales de la Plaza Mayor, esa, la turística, de Madrid, de todas las ciudades. Porque todas tienen portales, zaguanes, tiendas cerradas. O las cocinas económicas, con las personas llenando las calles sobre las 13 horas, una antes que los demás, los posibles. No hubo revolución alguna. Al contrario, se desató la pelea entre pobres por los restos, por subirse a un ómnibus en marcha y se produjo el trasvase al voto bronca de extrema derecha, ya una realidad parlamentaria. Justo cuando comenzó la pandemia soplaba sudestada en el estuario de la anterior crisis. La correntada de aguas turbias tapaban y endulzaban a las claras y saladas de un océano abismal.

La salida propuesta, el post-bicho, multiplicará lo vivido en los últimos diez años en Occidente de la centralidad. La desesperanza para los más jóvenes es desoladora. Ni tan siquiera migra será posible. Para los grandes, bueno, solo resta vivir esperando la carroza. Se sumarán más personas a la vida ausente. Y se olvidarán pronto. De chicos se leía a Dickens sin espanto. Más crecidos, se fantaseaba con el sueño americano. A la desigualdad se la compró como realismo mágico. Inevitable. Casi poético desde la atalayas del confort. Dicen los relatores que un cambio es posible. ¿Verdaderamente alguien piensa qué es posible? ¿Alguien cree que se humanizará la riqueza, su distribución, qué se erradicarán paraísos fiscales, qué se frenará el cambio climático, qué surgirá un consumo responsable…? ¿Alguien cedería su tiempo en los demás? Tan solo eso. No. Y más ahora con el susto en el cuerpo. Porque el bicho es malo y peor, desclasado. Si la, ya vieja, normalidad nos llevó a ser frágiles, la nueva en la que nos adentramos, vistos los anuncios y medidas entre la caridad y el no cambio del modelo que exige un derecho de admisión, sólo presagia para los más una crónica de una agonía anunciada. Se estará sin estar en el medio del paraíso del bienestar.

Imagen del film: Le Monde