Cuestión de foco

Corría el 2013 y antes de tomar el barco para cruzar el río, ligero de equipaje, decidí darme una vuelta por la avenida Libertador y la zona de Recoleta para ver comprobar el éxito o no de la convocatoria a un cacerolazo contra Cristina Fernández de Kirchner (no contra el gobierno o sí, en la confrontación dialéctica argentina, los personalismos opacan a los partidos. O movimiento, tampoco está claro). Ya había anochecido y falta de personas agrupadas a la expectativa para tomar la bastilla, el sonido tímido del precalentamiento de la batucada y el foco de las cámaras dispuestas a cubrir la protesta, confirmó que el lugar era adecuado. Dos singularidades que, desde mi punta de vista alguna vez se tienen que ver en primera persona (si es posible) para saber leer una noticia: abrumadoramente era una protesta de mujeres de clase media-alta, alta (algo lógico por el barrio que hacía de escenario), sobre todo de una franja etaria de 50 para arriba y la presencia de algunas empleadas domésticas para golpear las cacerolas de sus señoras. Con la anécdota me subí al barco y en dos horas y monedas estaba en Montevideo justo para cenar algo y repasar los medios digitales locales y de otras latitudes. Las primeras páginas eran contundentes con sus calificaciones: multitud, miles de personas protestan, cacerolazo masivo…, acompañadas de las fotos en primer plano (máximo uno medio) y algún clip de vídeo con declaraciones de participantes justo en la zona donde estaba. Con el paso de los días, solo la presencia de las empleadas doméstica se coló para dar un contraste.

En la facultad cuando aprendíamos que la imagen (fotográfica o televisiva), no mostraba necesariamente la realidad, cuestionaba el debate y las conversaciones del bar. Aquello de una imagen vale más que mil palabras no estuvo en los 10 mandamientos, pero casi. Una verdad absoluta que a diario el público consume y cuesta introducir un matiz o discutirla sin escuchar: “pero no lo estás viendo”. La imagen es el aval de las palabras para las audiencias. Nada existe si no están.

Cada vez que enfrentamos una imagen como demostración del éxito en la política, los eventos culturales, sociales y los económicos se debería tener en cuenta el foco, su abertura o cierre y saber que, tras la imagen vienen las palabras condicionadas, incapaces de contradecirla aun sabiendo que, quizás, sea una media verdad o directamente una mentira.   

El último caso, la crisis en Cuba, desde el principio las imágenes con condecían el relato. Las decenas o centenares de miles manifestándose no aparecían por ningún lado. El foco no estaba abierto y menos las panorámicas. A falta de ellas, photoshop o directamente utilizar imágenes de otras épocas y lugares. Mucho primer plano, foco cerrado. Pero el relato y la necesidad de documentarlo gráficamente, era perentorio (las personas leen poco). Las premuras, los tiempos son fundamentales para el impulso y la compulsión, llegó al extremo que grandes medios europeos como El País o The Guardian, entre otros, les llevó a utilizar manifestaciones de apoyo al gobierno como si fuesen opositores. Fue tan grosero que ni leyeron las pancartas de los manifestantes (la bandera del Movimiento 26 Julio, famoso antes de la Revolución y en la defensa del intento de invasión de Bahía de Cochinos es visible), en ese “el fin justifica los medios” o en la clara desconsideración de la capacidad intelectual de sus lectores.

El relato, en un mundo donde impera la imagen, es cuestión de foco. Abierto o cerrado.

Mi abuelo el MENA

A Paco nadie le tosía el carácter, que no era malo, pero era. Había acumulado una fortuna que le situaba alto en la pirámide de la burguesía. De la biografía conocida, ese último fragmento que lo mostraba como empresario del juguete, accionista de grandes bazares, promotor inmobiliario, cofundador de una mutualista médica con sanatorio incluido, la Uruguay-España, benefactor de familiares y vecinos que habían quedado en una lejana Galicia, nadie se salía y menos aun, se motivaban preguntas. Pareciera que su vida había comenzado a los 26 años. Apenas algunas anécdotas y el origen catalán de la familia, de armadores de pesca emigrados a Galicia, salpimentaba el vacío sobre sus primeros quinquenios de vida. Y utilizo el término “anécdota” porque ciertas situaciones con resultado feliz, se podían contar normalizadas, como momentos vitales necesarios y aplaudidos que mostraban personas que abandonaban un continente deprimido, sumido en todos los males imaginables, necesariamente en cuarentena cuando arrancaba el siglo XX. La anécdota familiar protagonizada por el abuelo Paco, fue su marcha en absoluta soledad a Cuba cuando apenas tenía 13 años: ni tierra pisó, en uno de los barcos del bisabuelo fue conducido a la rada del puerto coruñés donde los barcos con múltiples destinos aguardaban las lanchas con mercadería humana. Un abrazo profundo entre padre e hijo, una carta con unas señas de un catalán amigo y las popas de los dos barcos se separaron para siempre como sus vidas. La segunda anécdota del abuelo Paco: dando tumbos por Cuba, recaló en Santiago y durante un año, a los 14 años, durmió sobre un mostrador donde por el día barría. Por supuesto, juntadas estas dos circunstancias (anécdotas), le daba a Paco un halo de héroe entre los más chicos (incluyéndome). Paco, el menor no acompañado que enfrentó el océano, los calores del Caribe, la soledad sin la caricia de su vieja. Con los años, busqué datos para vestir las anécdotas. Primero descubrí que los menores no acompañados europeos (si usted quiere y tiene mucho desprecio acumulado, puede llamarles con el acrónimo MENA), fueron multitud. Ponerlos a salvo de las miseria o cumplir con la tradición de sucesión donde el mayor (siempre hombre) era el único heredero y el resto de hijos se repartían entre la iglesia y la emigración (el abuelo Paco no era el hereu), era un contesto social normalizado. Los puertos americanos y caribeños recibían miles de menores no acompañados -y acá va el dato de la segunda anécdota-, cuyo destino era incierto. Lo normal era ser explotados bajo el epígrafe de “aprendiz o cadete”. Poco o nada capacitados académicamente, estaban expuestos a barlovento de las necesidades de los empleadores. Pero tenían la edad que tenían y sus vidas estaban llenas de impulsos, dinamismo  y sobre todo sueños que los llevaban a la frontera donde las reglas se aprenden según interpretaciones: desde la sumisión a la insolencia, la gama es amplia y, desde la perspectiva de los años, a mi entender, injuzgable. En esa opacidad, esa densa neblina creada por las sociedades, vivió el abuelo Paco. Porque la fortuna primigenia la hizo en Cuba entre la niebla. Los rumores, que no anécdotas, hablan que recogía el polvo de oro de una joyería donde barría a espaldas de los dueños; que le tocó dos la lotería; que fue listo con el primer peso guardado y supo invertirlo (es la preferida en estos casos, la más digna o por lo menos, la menos cuestionadora). Y, por qué no, que supo estar en alguna joda, que se embelesó con la música de Wagner e hizo suya la Obertura del Fausto (descartada la lectura de Goethe), que fue pícaro, oportunista y descuidero. Es el vacío, lo no contado, pero tampoco cuestionado.

En estos días, una sentencia judicial avala un cartel de Vox, bajo el amparo de la libertad de expresión, donde se compara el gasto público para asistir a los MENA (así lo escriben) con el destinado para cuidar a las personas adultas mayores. Doctores tiene la iglesia. El odio tiene su público. Y los votan. Probablemente deberían mirar a sus ancestros, pero sobre todo, la historia oficial, la que se inocula en los centros docentes debería mostrar que cambian los contextos pero no las circunstancias de los menores no acompañados. Que los de hoy son los de ayer. Algunos, como es mi caso, les debemos la vida. Pero más que la sentencia judicial, hoy me despierto debatiendo sobre un caso de injusticia migratoria con un bebé nigeriano. Tecnicismos, opiniones, vistas disímiles en un marco correcto hasta que, inevitablemente, se pone sobre la mesa “el problema de los MENA”, esas ilegales y perversas personas menores de edad que tanto atemorizan a muchos. No da risa. Es desoladora esa mirada estigmatizadora, esa manifestación pública de odio.

Paco, el abuelo, mi abuelo Paco, con placa recordatoria a pie del sanatorio de la calle Boulevard Artigas y empresario respetado, fue un menor no acompañado. Un MENA para los que odian e ignoran.

Amantes, no odiantes

Cuba escuece. Se la odia. ¿Qué carajo es eso de la igualdad? No señores, “qué el tema es la democracia”, dice enojado un analista en la televisión española, “el bloqueo es secundario”. Una periodista uruguaya publica en una red social que “una dictadura no es una democracia. No tiene libertad de expresión. Úsese en cualquier contexto”. Y son dos ejemplos de los llamados progresistas, implicados y con respuestas correctas en otras luchas. Pero Cuba, ¡ay no!, Cuba escuece. Se la odia. Son años sin respuesta a la insolencia de vivir en un paraíso y no querer dar el brazo a torcer. Pero un paraíso sin desfiles de automóviles último modelo, sin porteros eléctricos, sin restaurantes de estrellas neumáticas, sin playas cementadas, sin grandes paseos de compras, sin vinos de marca explicados por las características organolépticas de sus uvas. ¿Pero existe un paraíso así, sin la parafernalia para mostrar y ser mostrado? Un escritor argentino que escribe con ocurrencia y verbo fácil es categórico: no. Y es enfático aplicando el plural mayestático: ninguno de sus lectores quisiera vivir Cuba. Está bueno, sabe para quién escribe: elegantes progresistas que tienen un amigo de cualquier colectivo, menos alguno pobre. No son vagos, pero nada se puede hacer por ellos. ¿O sí? No, qué tontería, nada, son parte de ese paisaje que nos acompaña desde el neolítico.

Para ver la mirada sobre Cuba, recurro al escritor brasilero Frei Betto (fraile dominico. conocido internacionalmente como teólogo de la liberación):

“Advierto a los amigos: si eres rico en Brasil y te vas a vivir a Cuba, conocerás el infierno. No podrá cambiar de coche cada año, comprar ropa de diseño, viajar con frecuencia de vacaciones al extranjero.

Y, sobre todo, no podrá explotar el trabajo de los demás, mantener a sus empleados en la ignorancia, estar ‘orgulloso’ de María, su cocinera desde hace 20 años, y a la que niega el acceso a su propia casa, a la escolarización y al plan de salud.

Si eres de clase media, prepárate para conocer el purgatorio. Aunque Cuba ya no es una sociedad estatal, la burocracia persiste, hay que tener paciencia en las colas de los mercados, muchos productos disponibles este mes pueden no encontrarse el próximo debido a la inconstancia de las importaciones.

Sin embargo, si eres asalariado, pobre, sin hogar o sin tierra, prepárate para conocer el paraíso. La Revolución garantizará tus tres derechos humanos fundamentales: la alimentación, la salud y la educación, así como la vivienda y el trabajo”.

He de reconocer que durante muchos años pensé sobre qué ocurriría si un evento no tradicional pusiese en la balanza lo importante de la vida y a ella misma. Cuando volaba la toalla del abandono, la pandemia apareció para cuestionar modelos de vida y prioridades. El resultado es desolador: las personas no lo somos. Menos en Cuba (y algunos pocos países más) que es una dictadura.

Cuba es el único país de América latina que ha desarrollado vacunas (solo media docena en el mundo). Pero no tiene jeringuillas. A las 25 empresas que quisieron comprar se excusaron por estar obligadas a mantener el bloque. De Estados Unidos y socios, que son democracias. También bloquearon respiradores. También los suministros de medicamentos y alimentación (la isla, desde siempre ha necesitado importar el 60% de sus necesidades básicas; mucho antes de la revolución, también cuando era el burdel del Caribe, desde siempre, desde la colonia española). Al bloque que impuso Kennedy hace 60 años, Trump le añadió 240 normas nuevas en 2019 (Biden las mantienes). Sin las remesas del turismo por la pandemia, ni de los familiares cubanos en el exterior, en aquel año Díaz Canel hizo público que se venían tiempos duros. Más aún.

En este 2021, el estratega y diseñador de las políticas de bloqueos de Barack Obama, Richard Nephew publicó un libro: “El arte de las sanciones”. Toda una declaración de principios donde se narra sin pelos en la lengua cómo llevar al hambre a las poblaciones objetivo, la necesidad de actuar sobre la salud, el acceso a los medicamentos, la energía…, en fin, se podría decir que el Tribunal Internacional debería actuar de oficio y aplicar el artículo 7 del Estatuto de Roma para evitar crímenes de lesa humanidad. Pero es una democracia. Cuando mata, matan todos.

Cuba es una dictadura, pero no una tiranía. Estados Unidos es una democracia, pero sí, es una tiranía. Lo escribió Jorge Majfud desde su universidad de Jacksonville con su mirada crítica hacia Cuba, pero con la honestidad intelectual y sin poder cerrar los ojos a los años de investigación de documentos que muestran que “el destino manifiesto del Presidente Monroe”, ya estaba en ese ideario político religioso, el mito de la frontera, que le otorga el derecho divino de expandirse, desde el siglo XVIII. Son cientos y cientos de injerencias documentadas que ponen y quitan gobiernos (todos democráticos), de acciones bélicas punitivas, de escarnio al diferente, de golpes de estado, asesinatos, magnicidios… Bueno, es una democracia. Como la primera, la ateniense donde se enseña e inspira pasando por alto ese leve detalle de que la mitad de su población era esclava. Me excedería los márgenes del papel para citar a las democracias actuales que son tiranías. Por no citar la pleitesía que se rinde al Partido Comunista de China, que es una dictadura (o los reinos del Golfo), pero rica; ergo, buena para los negocios y punto.

El relato de los hechos acaecidos esta semana en Cuba, tiene muchas aristas. Podría citar al analista de redes sociales español, Julián Macías Tovar (de lectura recomendable su hilo en Twitter), que paso a paso describe la gestación de los hechos (por cierto, el primer tuit sobre el tema era de una dirección con una bandera española y uno de los personajes más significativamente activo, el eurodiputado de Vox Hermann Tertsch, también muy presente en el golpe de estado en Bolivia), los bots de la ingeniería informática (5 tuits por segundo, 500.000 tuits antes de las manifestaciones…), los trolls, las fakes, imágenes falsas y un seguimiento en directo (sin libertad de expresión no entiendo bien el acceso libre a las redes sociales. ¿Habrá, entonces?), donde por momentos el gobierno huía de la isla en aviones (supongo que con valijas llenas de oro y dólares), las luces del horizonte marítimo era la flota de barcos estadounidenses al rescate y la súplica a congregarse “porque era ahora o nunca”. Un delirio que extraña que los medios no buscasen abrir el foco, contrastar, dar panorámicas, ver envergadura (se llegó a poner los festejos por la Copa América en el Obelisco de Buenos Aires o la primavera árabe en Alejandría como ejemplos de las manifestaciones masivas en La Habana…). Y los grandes medios, pusieron portadas con imágenes, dígamos, no contrastadas. Eso es libertad de expresión. O vergüenza de expresión. Elijan al gusto.

Y sí, en Cuba está jodida la mano. Tan jodida como para millones de personas que viven en la calle en el continente. Bueno, no tanto. Se come mal, pero se come. Se puede ir a la escuela, tener acceso al sistema de salud. No se tiene bonos, pero se tiene trabajo. Y están los cubanos, que llevan 60 años siendo solidarios, abriendo las puertas de sus casas y como no, bailando cuando suena un merengue, una guaracha…, un son cubano. Esta jodida la isla, pero resiste insolente y me apunto a la frase de la periodista cubana Rosa María Fernández que escribió en estos días: “un país de amantes, no de odiantes”.

El último baile

Es domingo por la mañana. Afuera del recinto ferial las señales son contradictorias: más coches que personas. Dentro la colmena está llena. Como una vieja cinta embotelladora que serpentea en el espacio, viaje obligado en las escuelas de los años 60, la cola avanza lenta, mecanizada, manteniendo la distancia, quejándose sus rodamientos ya metales de chatarra. Somos cristal grueso gastado, pesado, de tonalidades verdes alternando con marrones o transparentes, creados para reutilizarse y por ello serigrafiados, llenos de óxido y moho en las comisuras y restos de cenizas que fueron cigarrillos en su interior.  Priman los de 250 ml, pero también los 750 y hasta 1.000 ml (los 330 ml vinieron después a fanfarronear de altura y capacidad, de coste y beneficio, de usar y tirar, de innovación y desarrollo). Una puerta luminosa al fondo es el destino donde se llenarán, taparán y etiquetarán las botellas humanas. Extraño juego de luces: natural al principio, tenebrosa en la cinta trasportadora de avance lento y luminosidad intensa en la puerta final (menos mal que el personal de seguridad no ha sido vestido con túnicas blancas de alguno de los paraísos prometidos).

Cubículo 202 en el improvisado hospital de campaña de lonas y batas blancas (nada de entrar en helicóptero con la música Johnny Mandel al hospital de primera línea de M.A.S.H. y tirarnos unas risas con camisas hawaianas). Helen Hayes corre la cortina y recita las respuestas para evitar las preguntas que se repiten. No soy su Gary Cooper (tampoco hay armas para decirle adiós) y por lo menos nos reímos cuando me adelanta que me puedo descargar el certificado digital: el día de los 1960 es de eucalipto hecho pasta de papel para llevar doblado en la billetera.

Al limbo de la espera, los de la generación de la televisión en blanco y negro llegamos más agiles. No hay selfies con dedos de la victoria. Sí sudokos para paliar las lagunas de la memoria que empiezan a desbordarse. Sí tatuajes antiguos, de puerto pesquero con algún escorpión de aguijón amenazante, de serpiente sacando la lengua, de anclas, corazones y alas. Faltan, no los veo, las Betty Boop, el amor de madre, los cinco puntos del odio a muerte a la policía… De soslayo compruebo que las canas son cosa de hombres como las peladas con pelo o las barrigas preñadas de rubias espumosas. Bueno, en las panzas hay empate. No hay riesgo en la vestimenta. ¿Dónde carajo están aquellas camisetas y camperas de cuero de los conciertos? Ni los peinados o los lentes de sol que fugaban estirando las caras, ni las alpargatas ya existen.

Aún nos queda la última cola. Nos son naturales, las hacemos con paciencia, no armamos quilombo. Mientras suene la palabra mágica, “siguiente”, el mundo gira.

Papel en mano de vacunados, seguramente, es nuestro último encuentro en el limbo de los reutilizables antes de volvernos número de la próxima pandemia. Todo sea por la pasta, el PIB y el turismo. Papel en mano de vacunados salimos a fumar, chupar, a  hablar y escribir incorrectamente porque suena la orquesta, ya es tarde y es el último baile.

El chuletón de Sánchez

Cuando Pepe Mujica decidió intervenir el precio del corte de carne más popular, la tira de asado (churrasco más allá del Trópico de Cáncer), el linotipo digital compuso la etiqueta “el asado del Pepe”. Las tiras, en medio tanques o improvisadas parrillas, inundan el aire del mediodía montevideano delatando que por algún lado una obra se construye y saliva el cerebro. Parrillero por doquier, hasta en los balcones de los apartamentos. En las veredas, frente a los almacenes, atados de leña esperan resistiendo esa mala onda del carbón. Las resto-parrillas no son tan antiguas como se cree y aunque el Mercado del Puerto, de hierro y cemento, es una buena opción para la parada, hay algo de turisteo, de puesta en escena que se visita cuando se quiere una postal, además de la carne. Infaltable los fines de semana. Cada persona tiene su escuela heredada y, a lo mejor, heredable. Basta decir que un país, paisito para los amigos, con 3,5 millones de personas, tiene 11 millones de vacas. Una cultura gastronómica como otros pueblos tienen con el pescado, por no entrar en el arroz o los cereales. En cada una, el exceso es visible. Cuesta escribir con el estómago callado, pero lo es.

Esta semana el ministro de consumo español, comenzó una campaña informativa para reducir el consumo en el Reino. Seguramente es carnívoro. Habló de la industria, no contra la carne. Habló del sistema de producción sostenible. No contra la carne. De la evidencia científica de los daños que el exceso produce en la salud; también de su impacto en el medio ambiente (imaginen a las 11 millones de rumiantes con su cuatro estómagos tirándose pedos). Habló de futuro, del cambio de hábitos; no contra la carne. Y, sin embargo, desde la lejanía Sánchez (imperdible la imagen que Rodrigo Fresán ve en el Presidente como el dependiente del Corte Inglés que avanza sonriente por un pasillo lleno de trajes Emilio Tucci) le salió al cruce. No perdona, al parecer, un “chuletón en su punto”. La gracieta no tiene gracia. Suena elitista (le faltó el complemento de un gran vino tinto). La carne que se puede consumir viene envasada, carece de sabor y como Benjamín Button de la estantería vuelve a la infancia reduciendo su tamaño en la plancha. Es carne, parece carne. Es la posible por precio, no la que crea cultura. Al igual que muchos, muchísimos productos expuestos, es de todo menos sabrosa. No arrancan un gemido de placer (el caso de la fruta es para la fiscalía). Se come. Solo rebuscando en el rural, uno puede disfrutarla. Pero en ese caso, no hace falta un chuletón, existe multitud de cortes para disfrutar sin necesidad de hacerse el nuevo rico. Tiene razón el ministro, confesión de un carnívoro impenitente. Y diría más, gracias al maltrato del producto, a su excesivo precio, a la frustración de la ingesta, es la industria cárnica la que canibaliza lo que produce. Y no jodan con las marcas que están llenas de trampas y engaños (las grandes manadas de bueyes invisibles…).

Sin embargo, el chuletón en su punto de Sánchez, suena lindo aunque distante o imposible. También los percebes. Hay veces que los presidente deberían llevar una chuleta en el puño de la impoluta camisa de su traje para entender el sentido de una campaña para un consumo responsable. Bueno, en el caso de Sánchez, sí necesita un chuletón.

Un aguacero de 800 mil gotas

Cada cuatro o cinco años, depende de cada país, o eventualmente cuando la estabilidad de un gobierno está comprometida, se nos invita a participar en la elección de representantes para gobernar y legislar derechos y normas que nos afectan en la diaria. Estamos acostumbrados y asumimos con mayor o menor independencia, a veces la necesidad es perentoria, otras la desidia es evidente, también la legibilidad de los mensajes…, que en las campañas electorales hay tanto de verdad como cuando las parejas se prometen amor, honra y aprecio, apoyo en lo bueno y lo malo, fidelidad comprensión en la enfermedad y la tristeza… hasta la eternidad o el fin de la legislatura.

La democracia directa a través de la acción popular que promueve referéndums, según los ojos, es populismo antidemocrático o la mayor expresión democrática. Cuando ocurre en la periferia, desde la centralidad inmediatamente es percibido como un ataque. Al revés, cuando Suiza (el país que más utiliza la herramienta), Canadá o Nueva Zelandia recurre, es necesario. Qué decir de los nacionalismos como el escocés y, por supuesto, sin duda que el Brexit podrá joder pero no se cuestiona que se logró a través de un referéndum.

Por las dudas, recapitular sobre la definición de democracia de la RAE: “Sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes”. Bien. Hay algo más entre elección y elección que contemplar la conjunción adversativa que, en el mejor de los casos, explica porque era sí y ahora es no o se llama a silencio, ese insulto condescendiente del poder.

Ese algo se llama democracia directa. Tiene sus reglas, sus marcos legales lógicos que dan o quitan impulso, que enamoran para enfrentarlos y nadarlos a contramano, a contra ola, a la perversa ociosidad de lo laudado porque los resultados electorales fueron los que fueron y a la discrepancia solo le resta aguantar cualquier tropelía gubernamental.

En marzo de 2020, asumió el gobierno una coalición de centro-extrema-derecha en Uruguay. También llegó la pandemia del Covid-19. Tras quince años de gobiernos del Frente Amplio, había prisa. El neoliberalismo que a la coalición les une, algunos como el Presidente Luis Lacalle criados por el aznarismo español de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), reza para adelgazar los Estados y “dejarse de hostias” con tanta acción social. Por ello, constituidas las cámaras, tuvo prisa en presentar una ley ómnibus de, nada menos, 476 artículos bajo el formato de Ley de Urgente Consideración, LUC. Un repaso por los cuatro costados para restar derechos, garantías y participación de la población en todos los ámbitos. Y el formato, si bien constitucional, les permitió reducir a un tercio la tramitación parlamentaria (si una Ley demanda al menos 300 días para su promulgación, la LUC, de 476 artículos que afecta a 43 leyes debatidas y aprobadas, solo 90 días). Y se aprobó. Y lo festejaron. Imposible estudiar, analizar, saber la repercusión y alcance de cada uno de sus artículos. Menos porque, como en todo el Poniente, los grandes medios de comunicación han derivado a fábricas de productos informativos y entretenimiento.

Así y todo, unas locas y enamoradas organizaciones sociales crearon una Comisión Pro-Referéndum sobre 135 artículos de la LUC. Según artículo 21.- El recurso de referéndum contra las leyes, instituido por el inciso segundo del artículo 79 de la Constitución de la República, podrá interponerse por el 25% (veinticinco por ciento) del total de inscriptos habilitados para votar, contra la totalidad de la ley o, parcialmente, contra uno o más de sus artículos, precisamente individualizados, dentro del año de su promulgación

La LUC instaló de manera relámpago un modelo de ajuste que limita el rol del Estado y afecta derechos fundamentales. Es decir, 670.000 firmas con número de credencial y huella dactilar. Hubo risas, sonrisas, comentarios de analistas y levantamiento de cejas por considerar ímproba la tarea. Cabezonas, puerta a puerta, llenando las redes sociales del delivery en bicicleta para la firma, con mesas en las calles, en las ferias, en las ollas populares, aprovechando el sol de la rambla, las celebraciones habituales… Una guerrilla de enamoradas personas, mucha y es alentador, jóvenes se abocaron a explicar la necesidad de la consulta y lograr la firma en un clima abiertamente hostil de la coalición gubernamental y los grandes medios de comunicación, en plena pandemia con los miedos al relacionamiento, a abrir la puerta cuando suena el timbre. Hasta se denegó el uso de la Cadena Nacional de Televisión, una herramienta nunca antes denegada cuando se solicita para informar a la población. Rieron y danzaron hasta el último momento los agoreros. La militancia, oídos sordos, siguió hasta llegar al día límite para presentar las firmas, el 8 de julio.

En un camión amarillo, con caravana de hormigas laboriosas y de exultante alegría, 800.000 firmadas de enamoradas se depositaron en el Corte Electoral. El Pepe Mujica tiró una carta sobre la mesa “habrá que declarar el 8 de julio el día del militante”, el dirigente sindical Fernando Pereira habló, con razón, de un acto de amor porque cuando se ama, duele y se nada contra un destino falsamente escrito por otros. Es el paso, faltan otros: informar el qué pretende el gobierno y después votar. Es la democracia directa, son 800 mil firmas de personas enamoradas. Y los abocado a la “Milonga de andar lejos”, hoy nos resuena su última estrofa: “una gota con ser poco con otra se hace aguacero”.

“Mala suerte, comandante”

La última imagen que recordaba era una rueda del camión girando. Después la oscuridad, el silencio. El Sertão aún no resquebraja las piedras con su implacable temperatura para que las chicharras danzasen malditas. Despertó en una ambulancia que apestaba a canutos. Un uniformado de bombeiro voluntario sonriente de bigote y perilla lo saludó y levantó el pulgar. Todo correcto. Se dejó ir na procura del instante previo a la rueda girando. El cartel de “vehículo longo”, el chequeo con la mirada, su mano derecha en el puño del acelerador, la decisión de lanzarse, las turbulencias del viento hasta que un sonido le atravesó el cuerpo y la trasera de la moto le sobrepasó. No encontró lo amado, lo aprendido en los libros, el papel de cómo parecer correcto, interesante, atractivo a otros ojos. Ni un mísero recuerdo de lo que debería haber sido, y a lo mejor lo fue, pero seguramente no. Tampoco un quejido reclamador de porqués. Ni aparecieron las escenas de su vida pasada. Tan solo forzó el manillar y preparado para ser aplastado por la rueda del camión, pensó que el momento había llegado.

La sirena, los porros, las palabras balsámicas en portugués contra las quemaduras le provocaron la risa dentro del casco. Tenía razón Lino, la mala suerte lo había salvado. Igual que él, en aquel destartalado Convair que atravesaba los Andes rumbo al Chaco con el rimbombante nombre de “carniceros del aire”, la mala suerte les habitaba y la acariciaban con ternura encallecida para dejarla hacer. Igual que él, cuando la nariz del avión se encaprichó con volverse cohete apuntando al cielo y Walter, el comandante gritó: “¡nos matamos, Lino!”, éste, sin darle mayor importancia al momento, le contestó sereno: “mala suerte, comandante”.

Al salir del hospital, los mismos dos bombeiros voluntarios lo esperaban apoyados en una desvencijada ambulancia Mercedes que como el Convair y la moto ya no recordaban las manos que las manejaron, ni los martillazos y la grasa que las mantenían en activo. Se presentaron, convinieron que la mala suerte otra vez, como con Walter y Lino que también salieron con vida, había actuado para joder a la falsa buena suerte y se encaminaron a buscar los restos. Pero antes, pararon en la plaza para comprar chocolate y tomar cervezas. Nunca se sabe cuando llegará el momento de repetir: “mala suerte, comandante”.

Murió un cobarde

Murió un cobarde. Oculto entre cobardes. Aún con el uniforme caliente de cobarde. Comulgando el miedo a la palabra, a la mirada. Cobarde. Cobardes que aún se esconden de sus asesinatos, torturas, apropiación de niños, desapariciones. Cobarde que se creía valiente, honorable, justiciero. Cobarde que pretendió humillar en cada uno de sus actos y terminó como la etimología de la palabra indica: con las colas entre las patas. No fue un cobarde más. Los cobardes compiten por el número de sus cobardías. Fue el mayor asesino de Estado de la República Oriental del Uruguay. Los cobardes no deberían tener epítetos. Pensarlos así es darle la posibilidad de argumentar explicaciones. La mierda no es grande ni chica, no es color ni textura, no es aroma: es mierda. Los cobardes son eso, cobardes. Del primer al último día.

José Nino Gavazzo un cobarde que murió 81 años de cobarde, teniéndole miedo a cientos de personas atadas, encapuchadas, torturadas, tiradas desde un avión, fondeadas en los ríos, encaladas bajo tierra. Teniéndole miedo a los niños robados, a las madres y abuelas que lo encararon. Teniéndole miedo a quienes antes le ordenaron, a las familias patricias que lo emplearon, al reglamento de la ormetá que los cobardes llaman lealtad.

“Murió un cobarde” escribió Daniel Chasquetti en redes. Lo justo. Que sepan sus allegados, los cobardes que aún defienden la cobardía, que José Nino Gavazzo que llegó a teniente coronel del ejercito uruguayo, como un día describió Dante Alighieri en su Divina Comedia, no tiene lugar ni en el infierno, que lo suyo por indigno de toda condición humana y para la eternidad es: el “anteinfierno”. También para los ignavos, los que creen en el olvido de la memoria, en las leyes de caducidad cobardes.

Cobarde, eras y te recordáremos como un cobarde.

Nadar de noche

Cuando Ventura anudó su mochila en la espalda para zambullirse en esas gélidas aguas, lo hizo con estilo. Arrastraba la espina de aquella visión de la infancia cuando su vieja había decidido aprender a nadar y desde el extremo del trampolín, rodilla en tierra, cabeza gacha entre sus brazos estirados hasta la punta de sus uñas, se convertía en estatua hasta que la instructora tiraba de la soga que previamente le había atado a su cintura. Caía a plomo manteniendo los brazos estirados hasta las uñas. Así que él, aunque fuese su última zambullida, lo hacía con estilo para levantar poca espuma.

Y nadó. Con impulso. Sintiendo el pecho como quilla, convirtiendo en hélices a sus pies. Mirando en cada braceada la línea de la costa que eran una solitaria lombriz iluminada. Pasaron horas sin llegar. Y amaneció.

Entonces, decidió descansar. Le sobraba el tiempo, o eso pensó. La costa era un perfil a mano alzada. Él, un punto. Durmió bocarriba entretenido con las gaviotas que sobrevolaban calculando cuando se volvería carroña. Por la noche, la mar lo arrimó a la rompiente y creyó haber ganado la partida.

Revolcado, una y mil veces, rascado por las restingas, alcanzó a levantarse aturdido con su mochila en la espalda. Las luces circulaban, creyó oír risas, sentir los cuerpos de sus hijos abrazados a su cintura y hasta un “hola, cómo estás”. Y se le aflojaron las piernas a Ventura y la mar lo volvió a tragar.

Durante años, nadar, dormir bocarriba y por la noche la rompiente fue su diaria. No así su aturdida presencia en la orilla. La mochila estaba llena de pescados envueltos con las contratapas de periódicos con distintos acentos. Ventura compuso su calendario por los personajes que le acompañaban justo antes del amanecer.

Plantados en la húmeda arena, un viernes sí y otro no, desconcertados por el periodismo literario que los describía sin revancha, humanos porque una vez lo fueron, encontrados de su extravío, daban una bocanada más el capitán Matula con su Legión Checa en su república independiente de tres metros de ancho y nueve mil kilómetros de largo por donde circula el Transiberiano; o el tirano Pisístrato comprando rapsodas para que inventen versos de Homero de la Ilíada o la Odisea porque nada hay escrito y el relato pinta que será estudiado; o el Viejo Poeta de la Ciudad Vieja de Alejandría, Konstantinos Kavafis que escribió lo justo a media jornada; o el roshi Kyudo Nakagawa descubriendo cuán estúpido es o será el honorable Shainberg-san; o la viejita disfrazada de cortina; o el atolondrado Attilio Romero que mató sin saberlo a Gigi Meroni, estrella del Torino cuando la Vecchia Signora era una ragazza; o, hasta Maradona aparece en la playa con otras gambetas a la vida que lo acompañó…,

Un viernes sí y otro no, quien plantaba los personajes antes del amanecer era Juan Forn. Ventura extrañará al periodista, escritor, editor. Quizás lo encuentre ante de la rompiente, porque como le explicó su viejo en unos de sus cuentos, la otra vida es como “Nadar de noche”.

Imagen: Página 12

Los Miserables

Las cajeras pasan los productos por el lector de precios del supermercado sabedoras que uno de esos carritos sobrecargados de productos envasados en plástico con llamativos colores y sugerentes nombres es ciencia ficción para ellas. Deben estar agradecidas por la libertad de ser pobres trabajadoras, uniformadas y con buen talante para que, quizás una o dos, o diez personas ingresen cifras a las que sin puntos entre los ceros, cuesta leer y menos entender. Es un sueño. Chico, no muy grande. A lo mejor unos electrodomésticos o un veraneo o simplemente a dormir sin repasar una y mil veces las cuentas para que no falte un plato sobre la mesa, para no caer al cul de sac de la pobreza donde la caridad tampoco es gratis y los Mefistófeles sacan algún tipo de rédito a los paquetes de fideos con otro lector de precios.  Y las cajeras del supermercado son las camareras, los braceros, quienes pasean viejitos, limpian en las casas y sus portales obligados a saludar amablemente a la vecindad vacunada de olvido y ceguera porque el prospecto asegura que nada pueden hacer y por ende, la culpa de su pobreza o es de ellos o de un ente invisible que hace de los votados, muñecos de ventrílocuo. Son más, muchos más, salen en las estadísticas impúdicas de la precariedad. Y llevan años saliendo como biblias donde un pajarito preña a una joven y eso es gloria bendita. Habría que insultar, encadenarse a los obeliscos robados, llamarles ignorantes a los una corbata les permite creerse cracs, hacedores de libertades y derechos de los hermanos Grimm, cavadores de grietas que se ensanchan como la de San Andrés y anuncian que un “big one” llegará y será devastador. Y en esto que está penado llamarnos putos o putas por ser malsonante, el gobernador (sí, seguramente tendría que ponerle mayúsculas al cargo, pero es imposible el protocolo sin que el agua caliente del mate me queme la laringe de considerar y menos tener respeto por los iletrados con título) del banco de España, publica que darle unas monedas más en el salario mensual a la cajera del supermercado, fue malo y ha evitado crear unos pocos miles de trabajos de mierda, los justos y necesarios en el organigrama social de Los Miserables.