discursos varios

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ya

 

 

 

cuestiona, exclama, entre paréntesis, suspenso, repetido, punto final, y seguido

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Mecánica cuántica

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Si no te perturba, te rompe, inquieta. Si no la dudas, la cuestionas, conversas. Si no la transitas como una piel descubriendo sus cicatrices. Quizás grafiteas con tus sudores, arañando su espalda. Si no te sentas en sus zaguanes para saborearla en sus bajíos, territorios de bicheríos, de impulsos ancestrales. Para odiarla y amarla a punta tacón. Por sus constantes sorpresas, construcciones. Y derribos. Si acaso no convivís con infidelidades, sin lealtades, en el entrevero. Traspasando sus orillas, fronteras, penetrando sus aguas y guaridas. Encontrando miradas jaspeadas, susurros intraducibles. Mal asunto. Lárgate. Abandona. Date por perdido en el ahora. Esa ciudad no te habita. Es tan solo un decorado. Un trabajo. Una estúpida rutina. Ciudades, pero también objetos, cosas. O personas. Mecánica cuántica. Una fatalidad descrita.

Gastronomía inclusiva

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“Roma, città aperta”, aparte de ser una excelente película de Roberto Rossellini, fue la filosofía que determinó el surgimiento del imperio romano, ese que vimos hasta la saciedad en las matinées de barrio (cuando las iglesias venían con cancha de fútbol y sala de cine/teatro y le competían a las comerciales por entradas y almas). Justo antes de ese, cuando tan solo era una más de las ciudades estados de lo que hoy es la República de Italia, allá en el Lacio, comprendieron que el hecho diferenciador era decretar y promocionar su inclusividad, su carácter de ciudad abierta y permitir asentarse a los desechados, repudiados, olvidados y esclavos prófugos de otras ciudades estados. Objetivo, además del demográfico, era captar, recuperar y barajar otra vez el conocimiento acumulado de cada persona. Todo sumaba. Y lo propio fue dar espacio y posibilidades de aplicación al conocimiento en un nuevo contexto. Creo que durante unos siglos le fue bien. Con sus cosas, claro.

Durante años, Ahmed Ahjam sufrió la luz perpetua, las torturas, el sofoco caribeño y el olvido con su mameluco naranja. El centro de detención ilegal, aún en funcionamiento, en la base estadounidense Guantánamo, Cuba, buscó destruirlo como persona y lo publicitó con la perversa intención de dejar claro que su paraíso en el cielo tenía como contraprestación su infierno en la tierra (imagino que alguna universidad u organización también estudiaría nuestra capacidad como espectadores de soportar la barbarie de los, en teoría, nuestros). Poco a poco, algunos fueron acogidos por acuerdos entre países para liberarlos. Y por ahí, en 2014, Ahmed Ahjam llega al Uruguay. De profesión joyero en su Siria natal, se reinventa. ¡Qué remedio! Y lo hace con algo tan sencillo como es rescatar parte de su cultura expresada a través de la gastronomía (una vez, cuando la ilegalidad me acompañaba en Londres, un gallego me explicó su teoría sobre el porqué los italianos impregnaban las sociedades de refugio y los gallegos no: “los italianos se van para siempre y necesitan llevarse su cultura, sobre todo la gastronómica, para tener asideros en la distancia. Los gallegos nos vamos para volver. Al final, no volvemos y tampoco aportamos lo nuestro.”). Así que Ahmed se lanzó a producir comidas que estaban en su acervo familiar y social. Primero en redes sociales. Éxito. Después, ya con asesoramiento, proyectó un establecimiento en el Mercado Agrícola de Montevideo. Y lo inauguró. No es ajena la comida de Oriente Medio en la ciudad. Pero es otra, la que vino en el siglo XX. Y la repercusión ha sido máxima y seguro que el éxito es factible. Lo es porque hay un planteamiento. Porque hay una intencionalidad. Porque hay creatividad y se carece de la caridad (ese modelo tan cristiano). Ahmed con su realidad suma al MAM y a Montevideo. Y por ahí, todos deberíamos estar agradecidos por contar con un “cacho” de cultura del Mediterráneo asiático.

En diciembre de 2017, en un congreso de mercados urbanos en A Coruña, España, tuve el placer de conversar con la presidenta de los puesteros de mercados de Lisboa. Los portugueses, a mi parecer, en estas últimas décadas han sido un referente europeo en su accionar social y cultural (ahora también económico, yendo en contra del austericidio practicado en otros países europeos como salida a la crisis del 2008 y político, siendo capaces de crea el llamado Bloco de Esquerda). Y, además, haciendo propio el “perfil bajo”, tan denostado por los nuevos ricos y, sin embargo, tan liberador para la expresión de las personas. De aquellas conversaciones apasionantes, porque los mercados urbanos lo son, sobre todo, en su capacidad acertada o errónea y siempre diversa de aggiornarse frente a la plaga de shoppings, Luisa Carvalho ponía el acento en estas instalaciones centenarias como el “alma del barrio” y, por ende, de la ciudad. En su retórica lisboeta, que es urbana y mestiza, hace un alto para lo que considera un éxito exportable: el restaurante Mezze del Mercado de Arroios. Otra vez Oriente Medio. Otra vez refugiados. Otra vez personas que portaban la gastronomía como bien cultural y no como profesión. Remozado el mercado, se buscaba elementos singulares, diferenciadores, atractivos para el barrio y la ciudad. E hilando cabos y con la participación de una municipalidad implicada en los hechos y no solo en los discursos, se anudó con los intereses de una familia de refugiados sirios que querían hacer de la ciudad de los mil reflejos sobre Tejo su apuesta de vida. Y se hizo. Y es un éxito. Es tal que supera las expectativas y es utilizado como bandera del mercado, el barrio y la ciudad. Así que, otra vez, lejos de la caridad, han llegado para sumar a ese estupendo y querido país que es Portugal.

Hace unos años, dos niños jugaban al fútbol en Tremecén, Argelia. En sus sueños conversados se veían como cracks del fútbol en países imposibles. Desde los diez años trabajaban y estudiaban, pero, sobre todo, curioseaban. Un buen día, adolescentes, conocen a un traficante que les promete llevarlos a España. Pasaportes falsos y dos billetes. Y quizás porque estaba fumado y confundió el aeropuerto San Pablo de Sevilla con la ciudad brasilera, los muchachos desembarcaron en Guarulhos. Percatados del error, el fútbol los situó. Y San Pablo es demasiado grande para dos chicos bereberes que pensaban en Messi y su Argentina. Decidieron ponerse en marcha haciendo dedo, pero, las banderas que a veces son una trampa (y siempre un trapito coyuntural), los hizo compra para mostrar su destino a los rodoviarios paulistas, una enseña celeste y blanca con un sol: vaya, compraron la bandera uruguaya. Y al Uruguay llegaron. Y en el Uruguay están. Acogidos por una institución pública dada su condición de menores. Y en el Uruguay quieren quedarse. Quizás, a lo mejor, un día decidan compartir sus cucús bereberes o los burek o la dolma como Ahmed comparte sus blakavá, tahines o bombones o como Shiraz, Fatima, Mouna e Rafat, en su Mezze lisboeta, sirven su baba ganoush, sus fatayers, hummus, sajs…, es decir, donde se comparte su cultura, que es mucha como cualquier otra, a través de la gastronomía. Gastronomía inclusiva.

Mameluco o mono

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Quería escribir sobre Ahmed Ahjam y su viaje de Guantánamo a La Comercial, de dos chicos argelinos que por un traficante fumado equivocaron el destino y del restaurante Mezze, de Arroios, en Lisboa, inclusión con dos escudos, pero me trabuqué con un término. Escribir al aire, sin tribuna ni hinchada esta bueno por carecer del camino que otros fueron pisando y armando para que los posteriores, por ahora nosotros y mañana se verá, tengamos fácil una senda, seguir unas pisadas. Cultura, respeto y equipo. Total, son unos años antes del horno. Y, sin embargo, es fútil transitar sin cuestionar que las huellas físicas pueden estar equivocadas, ser inciertas o, simplemente, no llevarte al destino que por ahí andas buscando. Cazador recolector, siempre. Y este verano boreal, habitualmente incierto más arriba de los 40° Norte, está resultando clarificador con las identidades: la propia, la dada legalmente y la adjudicada por el ruido. Bucear en la historia europea sin sentido de pertenencia es lisérgico. Todo y nada tiene fundamento. O sí, yendo a las fuentes, la historia desde la edad del hierro es básicamente xenófoba. Excluyente en lenguaje posverdadero. Uno podría creer que es el cul de sac asiático donde se mezcla y remueve hasta hacer posible la interpretación genética y lingüística de las tribus que han habitado el territorio (por cierto, de nombre asiático). La utilización parcial de las diversas sendas construidas ha sido, y todavía es, el mayor limitante para descubrir que nada es lo que parece. Y fueron fascinantes. Claro que sí. Policromáticos, en construcción. Sin embargo, toda esta parcelación xenófoba que ha conformado una cultura limitante, adjudicándose génesis y centralidades, nos traen a los lodos actuales. Y ahí los personajes de nuestro contexto tienen disculpa. Son así, naturalmente. Fruto de postverdades y fakes milenarios, de fronteras continentales ilógicas. Y no me creo esta historia de laboratorio, estas falsas purezas que arraigan en las identidades defendidas. O si no, cómo explicar que tenga dudas para escoger entre mameluco o mono de trabajo. Peor, cómo desconocer que dos tribus germánicas de onda, con un clima de mierda, sí, decidiesen cruzar un estrecho de mar y convencer a millones de britones que estaba bueno hablar su anglosajón; es decir, inglés. ¿Mameluco o mono? Y por qué no la que primero encuentren los dedos en el teclado. Neologismos en constante caos, entrevero. Igual efímeros. Igual no. Nos entendemos. O nos buscamos. Si el lenguaje nos revela, por qué engañar con formalidades y purezas. Una pavada, pero todavía no sé si escribir mameluco o mono, si quiero que lo entiendas o no. Si tengo ganas o no. No se  estampen los sellos.

Perspectiva caballera

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Terminaba el año mil nueve setenta y dos. Mi sexto grado de escuela, la entrada en el liceo para después del verano, gobernaba Bordaberry, el golpe se mascaba en el aire, las medidas prontas de seguridad, el auto de investigaciones en la puerta, mi hermana y mi cuñado habían zafado yéndose para Australia, mis viejos cuesta abajo en su rodada, uno en la Argentina y la otra acá, las “Medidas prontas de seguridad” de las Fuerzas Conjuntas y era verano. Fin de año, reunión familiar y esos paseos que muchas veces desembocaban en el Parque de los Aliados. Bajamos por Dr. Manuel Albo y a la altura de la Escuela Logosófica escuché como consensuaban mis viejos para enviarme a la Sagrada Familia, la SaFa, un liceo religioso francés masculino más estricto y disciplinado para atajar mi díscola conducta. Chau a mis ganas del Liceo Rodó, público, combativo y destino de la mayoría de mis compañeros de escuela. La suerte, Uruguay es un país laico y la religión no es evaluable. Igual, las tropelías de los curas, es imparable.

De aquel plantel de profesores, algunos interesantes y otros estoicos, destacaban un hermano suizo que apodábamos Drácula, siniestro y malo, perverso, de perfil castrense y con el cuál, inmediatamente, tuve problemas y, sobre todo, un hermano bufarrón que nos daba dibujo. Al principio todo bien. El problema fue cuando nos encallamos en la perspectiva caballera. Verlo llegar y disponer un bodegón sobre la tarima para que con nuestros lápices o dedos obtuviésemos la perspectiva idónea, sus formas, nos producía una especial bronca. Y es que, de entrada, cuando nada se sabía, los que levantaban la mano para solicitar ayuda eran manoseados sin pudor delante de todos. Parecía sencillo, no levantar la mano. Pero el tipo iba a más, no le llegaban los más inocentes y con el tiempo, so pretexto de vernos dibujar, paseaba por la clase para sus nuevas experiencias. Entonces, bajabas la cabeza y esperabas que no se detuviese tras de ti. No zafamos ninguno, creo. Notabas su presencia y cuando se agachaba para tocar tu hombro, acercar su cara a la tuya y su aliento. Puto aliento. Te agarraba la mano con el lápiz y en voz baja casi te susurraba como debías medir la figura. Su piel gomosa daba asco. Solo esperabas que esos minutos pasasen rápido y se fuese en busca de otro compañero. En los recreos hablábamos de venganzas, de darle una paliza. El tipo no era bobo y sabía de facilidades y resistencias, de miedos y culpas. Él y otros, solían castigar a algunos compañeros con supuestos trabajos que, cosa rara, siempre comenzaban en sus apartamentos. Nuestra imaginación llena de bronca hacía el resto. Después, el olvido. Pasar página. Naturalizar esos momentos como peajes de crecer. Con los años, quizás, en alguna reunión de amigos y arropados por otros, cada uno cuenta lo que vio o padeció y en algún lado de la memoria, resiste el olvido.

En estos días, una condena más en los Estados Unidos sale a la palestra sobre los abusos a niñas y niños por parte de estos curas. Hermanos decíamos. Y se autoproclaman. Es una maldición urbi et orbi. No son casos aislados, patologías individualizadas de pedofilia. Quizás fueron víctimas antes que victimarios. Es igual. Al menos desde el llamado Renacimiento la iglesia y sus funcionarios han normalizado estas conductas. Y se les ha permitido, amparado y, consecuentemente, promocionado. Y es perverso.  El documento de más de 1400 páginas publicado por la Corte Suprema de Pensilvania revela que más de 300 sacerdotes abusaron de niñas y niños durante las últimas siete décadas en ese estado. La investigación, que logró identificar a más de mil víctimas, concluye que hubo un “encubrimiento sistemático por parte de altos funcionarios de la Iglesia en Pensilvania y en el Vaticano”. Los sacerdotes que estaban al tanto de la situación decidieron proteger a los abusadores antes que a las víctimas: “Lo principal no era ayudar a los niños, sino evitar el escándalo”, dijo el fiscal general Josh Shapiro.

Ese año, un buen día, llegada ya la primavera, el hermano que nos daba dibujo, tuvo un accidente con su moto. Alguien, solo o en compañía, manipuló el acelerador del rodado y terminó contra un muro y con una pierna rota. Vino otro profesor a darnos dibujo y estaba bueno eso de medir con el lápiz sin tener un aliento en el cuello. Al final de curso, me expulsaron. Pero ese es otro tema. Ya estábamos en dictadura, faltaban vecinos y no había un último para apagar la luz. Y la Escuela Logosófica, una casualidad que tiene su vuelta en las creencias y su dudosa moralidad.

“Obrigado pela sua preferência”

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En febrero de 2017, el gobierno ilegítimo de Michel Temer decreta un “golpe maestro” autorizando la intervención militar en Río de Janeiro. En las favelas, claro, donde viven un cuarto de la población. Es una herramienta de imagen para repuntar ante su increíble 97% de impopularidad en el estado carioca. Es fácil ser curioso, basta con escribir en el buscador de youtube, rio (así, sin mayúsculas ni tildes). Las ventanas se despliegan con diferentes títulos y tiempos que buscan atraer al internauta o telespectador local: morto, traficante, conforto, guerra y otras de un supuesto bien peleando contra el mal. Click al azar y una carátula que se va conformando con impactos de balas: Risc en Río. Sobran palabras. Es decir, faltan palabras y sobran tiros. Las grabaciones son parecidas: eternas procesiones de policías (nunca aparece el ejercito) por calles, descampados y pasadizos semivacíos. ¿Semivacíos? Obvio, que el espectador le ponga cara al mal. El bien, va pertrechado como contratista en Irak o Afganistán. Cada cruce, esquina, recoveco es una posible emboscada y los policías, de la civil, militar o federal actúan cubriéndose, parapetados tras autos, farolas o muros, apuntando, dedo en el gatillo, como en esos juegos infantiles. Evitar la sorpresa. Llevan tanto equipo que es agotador verlos. Igual, de fondo, algún sonido de automáticas. El territorio que pisan no está destruido, simplemente, nunca fue, aunque quiso serlo. Al final, algún detenido. Imágenes tendenciosas como fondos con el “ordem e progresso” de la bandera brazuca, el respeto a los moradores despistados y la basura. Habitualmente son los atacados. Y caminan, caminan, caminan.

Al hilo de rebuscar las imágenes que están sin su control, el contexto, la vuelta a una certeza de una pseudo guerra civil provocada, necesaria para las elites coloniales, que odia y necesita a quien dice combatir, Eric Nepomuceno publica una nota donde los datos son desoladores porque, cinismos e ironías aparte, hablan de personas:

 

. El año pasado hubo en Brasil 63.880 asesinatos. Es decir: 175 asesinatos por día, más de siete por hora ( hubo más asesinatos en Brasil el año pasado que muertos en la guerra civil de Siria).

. De ese total, 4.539 eran mujeres. Y muertos por la policía 5.144: 14 por día. El promedio nacional indica 30,8 asesinatos por cada grupo de cien mil habitantes. Pero en algunos estados el índice es tremendamente impactante: 59,1 asesinatos por cada cien mil habitantes en nordestino Ceará, y 63,9 en el amazónico Acre, y escandalosos 68 en el también nordestino Rio Grande do Norte.

. Hubo al menos 60.018 estupros oficialmente denunciados, lo que significa 164 por día, casi siete por hora. Y se registraron 606 mil casos de violencia doméstica. Vale recordar que esos datos se refieren exclusivamente a denuncias prestadas ante a las autoridades, y que estudiosos e investigadores de esa clase de violencia indican que el número real sería de por lo menos el doble.

. En el abandonado y arruinado estado de Río de Janeiro (donde se graban las imágenes para los audiovisuales tipo corresponsales de guerra), se registró, en los cuatro primeros meses de 2018, la muerte de un preso a cada dos días. Principales causas de semejante brutalidad: enfermedades infecciosas, malas condiciones de higiene y falta de personal médico.

. En Brasil, se calcula que el 40 por ciento del total de poco más de 700 mil presos, la tercera población carcelaria del mundo, ni siquiera han sido juzgados (otra vez me vienen a la cabeza los detenidos de los audiovisuales). Se estima que la sobrepoblación media de los presidios brasileños es del 50 por ciento. O sea, por cada cien plazas, 150 presos.

 

El “golpe maestro” de Temer (así le llamó quien se sienta en Planalto), ha registrado ahora dos resultados: una disminución en el número de robos, y un fuerte aumento en el de muertes. Desde marzo ocurren 17 tiroteos por día, en promedio, en el conurbano carioca. Se multiplican casos de muertes de inocentes, niños y adolescentes, sin que nada cambie, excepto para peor (y estos, a diferencia de las desgarradoras imágenes de los conflictos bélicos oficializados de familias rotas, no salen en tv).

Eric Nepomuceno escribe acertadamente: “El aumento astronómico de la violencia, en todo caso, es solamente uno de los muchísimos aspectos del derrumbe de un Brasil que se deshace de manera veloz. Cada día gana impulso, fuerza e impacto el incalculable retroceso experimentado por el país que hasta hace tres años era la sexta o séptima economía mundial, ocupaba un espacio nítido y consolidado en el escenario internacional y mantenía –pese a sus problemas económicos y principalmente fiscales– programas sociales de enorme envergadura.”

El retroceso, que finalmente es violencia aunque no armada, ha provocado el crecimiento de la mortalidad infantil, el retorno de enfermedades que habían sido extirpadas, la vuelta de entre 5 y 8 millones de brasileños a la pobreza (tras la salida de la misma de 40 millones de personas en las legislaturas de Lula). Se traduce en la existencia de 27 millones de brasileños desempleados, o trabajando en condiciones de precariedad absoluta, o sobreviviendo en la informalidad; es decir: 37 por ciento de la fuerza laboral del país.

Volviendo al principio al principio de la nota, y antes de las carátulas de presentación de esa herramienta de desinformación que me llega por youtube, salen los patrocinadores de los espacios. La plata chica. Es elocuente porque en el fondo desnuda al público que quieren convencer: las víctimas que moran en los escenarios bélicos. Y entre varios de gomerías y tiendas, rescato a un servicio 24 horas de reparto de garrafas de gas a domicilio que cierran su speech con: “Obrigado pela sua preferencia”.

 

 

 

En legítima defensa

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Durante buena parte de la madrugada he seguido el debate en el senado argentino sobre la ley del aborto. El resultado estaba escrito de antemano. Rechazo. Lo apasionante era escuchar los alegatos de los senadores. Argentina no es un erial intelectual y aunque la cámara alta carezca del esplendor de otras plazas, resulta interesante el proceso por el cual cada uno de los representantes de la federación argumentan su sentido del voto. Primer punto, fuera público. Mal síntoma.

Los asideros de uno y otro bando fueron legales, de salud pública, sociales, de derecho comparado (esa maldita necesidad de los países que sienten periféricos de medirse con la centralidad del mundo), y, sobre todo, morales. El no, pero sí. El sí, pero sin hacer sangre (para ello, bajo distintos formatos y estilos, están los medios de comunicación y la calle). Hasta elegantes. Hay propuestas de ley, esta es una ellas, que, digamos lo que digamos, solo se circunscriben al mundo de las creencias religiosas. Hay tres en concreto con el mismo tronco fundacional y que son las llamadas de libro. Tres libros fantásticos y fantasiosos que marcan la cancha. Dentro, fuera. In, out. Durante siglos, sobre todo, dos, se han repartido los estados de Occidente y Oriente Medio. Y se han metamorfoseado para seguir influenciando en las cuentas de beneficios.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que para las religiones, el cuerpo no cuenta. Es materia y como tal, susceptible de revelarse. Lo importante es el alma intangible y que vivirá eternamente en otro mundo. Por cierto, en ese mundo, por lo visto, sólo acceden almas nacidas. Una más de sus incongruencias. Las almas son las temerosas de dios (lo llamen como lo llamen). Las iguales ya que no tienen forma, estado físico. Ahí radica la necesidad de hacer nacer los embriones. Darles forma física porque el alma sin cuerpo no existe, no está escrito y no es susceptible de atemorizar. Se necesita un cuerpo para el alma. Que después ese cuerpo se pueda matar, torturar, comercializar, enfermar y un largo etcétera de calamidades que nos asolan, dios dirá.

Por ejemplo, la esclavitud no fue considerada inmoral por las religiones. Los cuerpos no abducidos por la fe eran y son, propiedades comerciales. De 20 millones de esclavos que fueron secuestrados y enviados a América, se estima que 2 millones murieron en la travesía. Y es así porque cualquiera puede consultar los libros de asiento donde se estimaba una perdida económica asumible (el recurso existía en abundancia). El trato inhumano no hace falta repetirlo. Y el aborto, un mal en tanto perdida económica, sin otro miramiento moral. De ahí que los esclavos abrazasen cualquier religión oficial como salvaguarda de su integridad. Ya con alma, algo cambiaba. Igual, estaban muy bajos en el escalafón.

LAICISMO

El cineasta Fernando Pino Solanas es senador. Un tipo comprometido. Sin fronteras. Sin domar por monturas del poder. Su argumentación fue de las mejores, habló de la mujer con sencillez y nombres, con casos que por ahí muchos conocemos con otros nombres. Sólo un pero: los estados aconfesionales o con leyes de libertad de culto no son estados laicos. Los estados laicos son otra cosa y no estaría mal que los argentinos entrasen en ese debate y pongan coto, si lo quieren, a las religiones en los espacios comunes y el imaginario colectivo. Las religiones son creencias privadas en un estado laico. Vivir en ellos es crecer, sin adoctrinamientos, en esa separación, en la función del estado como organización que nos damos sin estar mediatizados por la religión que cada uno abrace. En esta votación, un tanto por ciento de creyentes, de haber crecido en un estado laico, ni tan siquiera se plantearía el dilema moral. La ley, como otras, no obliga, protege. Y es papel del estado informar, poner los medios para garantiza y, sobre todo, proteger a quienes acudan en su ayuda. Pero eso, hay que vivirlo, mamarlo, crecerlo.

Escuchando a senadores que rechazan la ley (a la postre, ganadores), los supongo defensores a ultranza de la vida. Sin embargo, nada cuestionan cuando la vida es nacida y se le da muerte. Es decir, arman a cuerpos de seguridad y los habilitan a matar si va contra sus propiedades. Y para vds., propiedades son bienes y personas. Arman a ejércitos para defender o atacar territorios. Y, en Argentina, es una realidad presente. Para eso no hay moral defensora de la vida. Podían tener una policía desarmada (armas de fuego), como la londinense. O ser como Costa Rica que renunció a sus fuerzas armadas. No, para eso no. Será porque en nombre de la religión se han matado a cientos de millones de personas. Porque la iglesia dispone de ejercito. Porque unos contra otros, en nombre de ese dios, se puede matar. Ah!, volvemos al principio, para matar y que el alma vaya a no sé dónde, hay que nacer. Y vds. pueden tener armas, y hasta una ley que los ampara como legítima defensa, pero las mujeres no. Y menos las carenciadas por esta sociedad anómica. Para ellas el castigo. Se abrieron de patas o se las abrieron a la fuerza. No importan. Y menos quienes gozan. Pecado. Que la criatura nazca y se porta fuera de la ley, si se revela, si protesta por una vida de miseria, se le mata. Y hay muchas formas de hacerlo. Para ellas no hay legítima defensa.