El cacique

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Tiene el rostro cincelado por un aprendiz de cantero. Cuerpo fornido, sin importar alturas, de matanzas sin san martiños y caldos de grelos, esos amargos, como entiende la vida. Manos fuertes sin callos. Viste como todos, quizás con alguna señal diferenciadora: un reloj, el teléfono de la manzana mordida y cadena con crucifijo de oro. Sus estandartes son el coche, el mejor del territorio, y la casa, la más grande, que nunca la más hermosa. Es prepotente y mal encarado de carácter. Abusador sin límites y casi con derecho de pernada. No hay familia, ni vecinos, ni animales, ni paisajes que le conmueva. Solo el territorio, sus dimensiones y oportunidades, le excita. Y mucho. A través de él siembra el temor, la necesidad y la dependencia hacia su persona de la cual emana la autoridad directa y primaria. A través de él amasa su fortuna, pero sobre todo su fama. El más macho. O lo que es lo mismo, el que todo lo puede. El inmortal. Es letrado básico. No existe negocio, legal o ilegal, que le sea ajeno. Es ventajista. Dependiendo de los tiempos, es o fue, o será, prestamista, tratante, intermediario y comisionista, contrabandista, constructor… Y, por supuesto, en los últimos cuarenta años, alcalde. Político con divisa propia al pairo del partido político lejano que más puje por su bolsa de votos. Arrimar votos a cambio de comisiones por obras; a cambio de la mirada distraída para sus negocios; a cambio de un sinfín de oportunidades caratuladas como progreso. Pero sus votos están garantizados porque sus vasallos acuden a él por una traída, una carretera, una beca más allá de las montañas, el papel para llegar a la pensión, la licencia dudosa, la recalificación del terreno, un puesto de trabajo y todo aquello que las leyes parecen imposibilitar. Y, sin problemas, él navega bien entre políticos de la provincia y de la capital, al fin y al cabo, él y otros los ponen, son sus cachorros, aunque ceremonialmente les llaman “mi presidente”, “mi conselleiro”, mi, mi, mío. Y le obligan a la foto para que todos tengan constancia gráfica de quién manda (yacen en las paredes de toscos y recargados despachos). Así los vasallos saben a ciencia cierta que están al lado de la autoridad, del capo, del jefe. Y por supuesto, paga las fiestas del pueblo, la parroquia y hasta el núcleo. Después del santo o la virgen, en la tierra, entre los límites del territorio, está él. Es inusual una ella. Patriarcado.

El cacique en Galicia se pierde en el tiempo. La orografía, el clima y el urbanismo rural han facilitado su figuran endémica. Monarquías, dictaduras y democracia pactan con esta figura que conoce las reglas no escritas. Es el cáncer de Galicia. Estrangula las iniciativas y alienta la niebla en el sumerge su territorio, creando las condiciones para que todo sea una trampa. Y cuando muere, los vasallos guardan su recuerdo, lo que hizo por cada uno de ellos. Los caciques ni transmiten ni heredan sus feudos, pero como los reinos, a cacique muerto, cacique nuevo.

Imagen: Castelao

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Carlitos

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Carlitos cuando era Carlos, jugaba a las bolitas en el palier de su casa de 18 de julio. Era 1925. Montevideo. El vecino del segundo, aporreador de pianos según su vieja y venerado en un futuro hasta el punto que una de sus melodías fue incorporada por los tranvías parisinos, bajaba entre bromas y tarareos con amigo rumbo a su cita dominical con los caballos. Burreros de ley, siempre atentos a encontrar la suerte en la inocencia, en la casualidad, en el desconocimiento, el amigo del vecino se detuvo frente al chiquilín absorto en las cuartas, el hoyo, y cómo bochar las bolitas. “Rubio, ¿por qué no me decís tus números preferidos de este diario?”, le preguntó el amigo del compositor y como un juego repasaron el programa: a la primera ese número, a la segunda, aquel otro y así hasta el final. Y se despidieron con la promesa de un regalo si aquellos datos le proporcionaban la suerte buscada en los pingos. Por la noche, justo a la hora de la cena, sonó el timbre de la casa y la vieja de Carlos reconoció a la pareja de amigos que, con sus impecables trajes y sombrero de media ala, venían con una bolsa gigante de caramelos. Y antes de llamar a su hijo para recibir el regalo, los rezongó: “a los niños, ni de refilón se les mete en el juego”. Carlos abrió los ojos sin comprender bien el obsequio. “Rubiecito, estos caramelos son para vos por la suerte que nos diste esta tarde. Acordate que no se juega con el pan, como dice tu vieja. Igualmente, los amigos somos agradecidos.” Y antes de darle un beso de despedida, el amigo del vecino le pregunta por su nombre: “Te llamás como yo. Bueno, vamos a tener que diferenciarnos: desde ahora yo soy Carlos y vos Carlitos”. Así fue para siempre, tanto que 78 años después, apareció una esquela que informaba de la muerte de Carlitos, como era su deseo, como se le agrandaban e iluminaban los ojos cuando contaba aquel instante vivido, cuando Carlos Gardel, el amigo de su vecino, Gerardo Matos Rodríguez, compositor de “La Cumparsita”, le regaló una bolsa de caramelos por los datos de un marcador.

Como pollos

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Desde que las principales religiones monoteístas impusieron “un más allá”, se tatuó una certeza en las personas acerca de que el tiempo pone las cosas en su sitio. Es un postrero recurso utilizado en lo privado y lo público donde el individuo, cansado de argumentar y/o pelear contra las circunstancias, el contexto, los Otros, se abandona al juicio reparador de la comprensión después de la muerte. ¡Un clásico! Pasa con frecuencia en el mundo de la creación, cuando el valor o demérito de la expresión artística depende del juicio de terceros, supremos analistas de lo qué es interesante o no en un contexto social determinados. Sobran ejemplos que ahora son estudiados y en vida despreciados. Casi siempre, estos casos se dan por el no manejo del marketing que hacer vender una necesidad. Y por supuesto, la política, los hechos que la circunscriben, se abandonan al juicio de la historia cuando es imposible un trato, al menos, equitativo o justo, frente a la opinión pública que tiene que refrendar acciones o actitudes que los motivan. Lejos del “fui injusto” de las relaciones personales, las actos políticos conllevan el sufrimiento y muerte de personas que, aunque crean en ese más allá, es el fin de un proyecto de vida. Ayer, se desclasificaron en Estados Unidos los archivos confidenciales sobre las purgas anticomunistas que el dictador Suharto y las milicias musulmanas llevaron a cabo entre 1965 y 1966 (alguien recordará la película de Peter Weir, “El año que vivimos peligrosamente”, cuando Mel Gibson no era el actual santurrón y una estupenda Sigourney Weaver, que contaba el pretendido golpe a Sukarno por parte del PKI) . Más de 500.000 personas muertas, una de las mayores masacres del siglo XX, conocida y tolerada por los Estados Unidos en el marco de una Guerra Fría muy caliente en el Sudeste Asiático. De entre los archivos desclasificados, destacan los llamamientos de los predicadores de las mesquitas musulmanas de Medan, en Sumatra, “derramar la sangre de éstos (los comunistas) es comparable con matar a un pollo”. Elocuente, “una licencia para matar”, según un cable de la emabajada estadounidense. Es curioso pensar en las justificaciones que adhieren actores y espectadores de las matanzas como la del sábado, en Mogadiscio, Somalia (315 muertos, hasta el momento). Y otras, por supuesto, que habitan en nuestro olvido. Como pollos, somos como pollos… Y así va.

Imos indo, imos vendo

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Las noticias del huracán Ofelia hacen frotar las manos a muchos y desata su proyección mental sobre cómo actuar y los beneficios que obtendrán. Ya no es tal, se ha convertido en la cola de una tormenta que viene con altas temperaturas, oleaje y vientos pero sin agua. “¡Cojonudo!” he de suponer sus exclamaciones. Y en octubre cuando los medios destinados al combate al fuego están menguando. Y en fin de semana de puente vacacional donde las investigaciones deben rebuscar entre posibles culpables a los turistas despistados.Dicho y hecho. Ourense y Pontevedra, mayormente, se convierten en teas, en procesión de antorchas nazis que se unen para ganar dimensión, voracidad, desolación.

¿Son estos incendiarios seres desalmados o miembros de una trama? En principio es más complicado ya que su modus operandi es parte de la peculiaridad política y socioeconómica de Galicia, sobre todo la rural y marítima que, seguramente, rascando se ve en otros ámbitos de la urbana. Los incendiarios no son pirómanos (probablemente habrá un mínimo porcentaje). Son personas dentro de una normalidad perversa y el eslabón más débil del sistema. A lo largo de la historia documentada en hemerotecas se les intentó individualizar, incendio a incendio, año a año, década a década, siglo a siglo, cómo seres motivados por el interés económico que ha ido cambiando según épocas. Pero esta sucesión no resiste el análisis. Qué se actúe solo demuestra una pauta de conducta donde el perjuicio a ocasionar se diluye con el beneficio de actuar y se ampara en el amiguismo y en el sentido de pertenencia al cacique, verdadero eje de la sociedad. Se quema porque se puede, se lucra y no se castiga, por lo menos con la intensidad legal necesaria y a sabiendas que mediáticamente, un fuego apaga otro.

Con la llegada de la democracia, y ante la imposibilidad de obtener un buen resultado electoral en el territorio español, Manuel Fraga Iribarne se repliega a su Galicia natal, coqueteando con crear un partido galleguista (la ley D´Hondt juega a favor) al estilo de los vascos y catalanes o bien, como resultó, imponer su Alianza Popular al sistema caciquil existente en el territorio. Caciques han existido en monarquía, repúblicas y dictaduras. Son personajes siniestros y temidos hasta la devoción en sus pueblos. Ningún hecho económico, legal o no, les es ajeno y con la llegada de Fraga, pasaron a ser personajes políticos. Se creó un entramado donde unos, a cambio de hacer y deshacer a su antojo, aportaban votos y con ellos la capacidad de legislar a su favor y, así, consolidar sus desmanes a salvo de la justicia. El urbanismo rural gallego, disperso, fue propicio para que la oposición, o no existiese o no hiciese sentir su voz. El cacique, devenido en alcalde, saca partido de todos los pequeños actos ilegales o paralegales que se producen en su territorio fijando a su tropa, la población, en una relación de dependencia. En el pasado, antes de ser políticos al uso, exportaban personas para América, contrabandeaban con bienes y sumaban leiras de emigrantes. En el presente democrático, llevan a cabo concentraciones parcelarias, imponen políticas productivas (muchas de ellas de sustitución por productos de una supuesta industria de rápido crecimiento y beneficio), siguen contrabandeando y exportando personas (ahora a las ciudades) y con el cambio en la financiación de los ayuntamientos, recalifican el territorio. La miseria lograda no es ajena al beneficio económico. Y siempre con el beneplácito de los herederos de Fraga, en este caso, Núñez Feijóo.

Un paso intermedio entre poder de los ayuntamientos y la Xunta de Galicia, son las diputaciones, donde se juegan los dineros de infraestructuras. Y es que la entrada de España en Europa, generó ríos de dinero que desembocaron en sus bolsillos pero, también, agrandó la dependencia persona-cacique con la introducción de las infraestructuras, la mayor parte de ellas, superfluas e innecesarias o, cuando menos, incoherentes. El hermoso verde gallego hoy convive con gris asfaltado, con la edificación pública en desuso y otras leiras. Pero sería absurdo desconocer que eso vende y compra votos. Es un sistema. Vale la pena recordar como Augusto Lendoiro se hace cargo de la Deputación de Coruña y establece el Plan 2000, que centraliza las compras de la provincia, ocasionando el repudio de su partido (nunca más fue alcaldable del PP y se dedicó a otros negocios) por imposibilitar el mercadeo y sus ganancias de los alcaldes de esa provincia. Por supuesto, todos lo sabían, detrás de aquella medida que tenía su lógica, estaba posicionarse como el gran cacique provincial y obtener ganancias para él y los suyos.

El vértice de esta diabólica pirámide está ocupado por el gobierno gallego. La inacción no es incompetencia, sino seguir el libro trazado para tener secuestrada la capacidad de juicio y decisión de la gente. No es una democracia plena. Así, cuando surgen estas falcatruadas acciones, en última instancia, se singulariza o se remite a la falta de pruebas, a la presunción de inocencia para no actuar conforme a la ley. El fuego se ha convertido en una industria que genera empleo: mal. El fuego alimenta a madereras y papeleras saltando procedimientos: mal. El fuego recalifica usos: mal. Todos estos males y otros, son notorios a la opinión pública que los percibe aislados y no en el contexto perverso en el que se desarrollan. Podríamos hablar de los negocios del mar, de las políticas formativas, de los polígonos fantasmas, de las políticas agrarias, de las medioambientales y en cada una de ellas veríamos a los mismos actores y su red de clientelismo. Son votos.

Detrás de cada incendio hay un negocio, un fiscal que no actúa, un gobierno que no gobierna, un parlamento que no legisla y unos medios de comunicación que desinforman. Todos en el mismo equipo. Las pintas, después de tantos años, no son buenas. Nada cambiará. Se seguirá exportando carne humana, vendiendo absurdos industriales, haciendo contrabando, recurriendo al amigo o familiar para permita cualquier negocio, mamando de la leche adictiva de las administraciones y, cuando se den las circunstancias, quemando el territorio. Así que cuando alguien ajeno al territorio pregunta sobre la reiteración real y casi identitaria de los incendios rurales, me viene esa respuesta ambigua: imos indo, imos vendo.

 

Imagen de Raico Rosenberg.

Pienso para pobres

Recuerdo que cada mes, mi vieja y tías, acatando el mando de una tía abuela de facciones talladas a cincel y martillo, nos revisaban a todos mis primos bajo la mandíbula a la espera de detectar posibles indicios sobre el bocio. Era una costumbre importada de la Europa, carenciada por guerras y hambrunas, para evitar una enfermedad básicamente de pobres, de una alimentación con faltas de yodo. Ya no estaba el escorbuto, tan presente en los viajes oceánicos, y la lucha en el paisito se centraba en la hidatidosis y nuestra obsesión por la carne. En escuelas y medios de comunicación se nos informaba y a nadie se les escapaba el ciclo de esos gusanos que desde los excrementos de los perros, previo paso por la vaca o la oveja, nos llegaba a las panzas. Después llegó la cagada del cólera y así muchas otras que nos han tatuado la idea que la garantía viene siempre envasada.

Al mismo tiempo, arriba del Ecuador, donde habitan los pueblos económicamente desarrollados, la alimentación se habría paso como herramienta de igualdad. O eso decían. La comida engordaba y, ¡oh milagro!, elevaba la altura media de su ciudadanía, y eso era igual que decir que se era más y mejor (ya, ni qué decir las personas rubias, ojos claros y con más de 1,80m: ¡dioses cuasi extraterrestres!, oiga usted). Ya en los años setenta se sucedieron emergencias sanitarias derivadas de las mala praxis en la producción (sobre todo por la dependencia de la industria petroquímica aplicada a la alimentación), en la contaminación de suelos y acuíferos o en la publicidad engañosa. Pollos, huevos, verduras varias, pescado y carne. Casi siempre duraron unos titulares y naturalmente cayeron en el olvido. Fechas de caducidad, etiquetas sobresaturadas de información al pedo y campañas estatales, fueron los remedios. Todas a excepción de las “vacas locas” que inadvertidamente para la comunidad científica, médica y periodística había transformado a seres herbívoros en carnívoros. Ese fue un buen detonante (como anécdota, no puedo donar sangre por haber vivido en Londres durante aquella época [ni decir, venderla]). Ahora sabemos que el pescado grande viene lleno de mercurio y que embarazadas, mejor no tocarlo. Y del pequeño, para harina. Y por supuesto, que nuestras mascotas comen commodities equilibras. La comida es un llena panzas envasado. Y que la de verdad es cosa de ricos o funcionarios. Los supermercados cada vez tienen menos de fresco y no nos molesta. Qué la falta de aromas es una bendición para nuestros olfatos obturados de sustancias. Total, viviremos igual, año más, año menos y empastillados.

Volviendo a cruzar la línea ecuatorial (los humanos somos maravillosamente estúpidos más allá de territorios) hoy me desayuno con la propuesta del presidenciable brasileño y alcalde de San Pablo por las filas del liberal conservador (con lo que implica) partido PSDB, João Doria Júnior, conocido por quitar productos saludables de la merienda escolar y por reducir los alimentos orgánicos en las escuelas, para un nuevo plan alimentario. Consiste en pedirles a los grandes supermercados alimentos con fecha de vencimiento cercana. Con ellos se hará una pasta, se mezclará con una harina y se harán croquetas de alimento balanceado para pobres; es decir, pienso como los de las mascotas. Supongo en esta línea, y caso de ser presidente, aplicará el chip, los bozales, la esterilización y, cómo no, los pobres con correa (es de esperar que el pienso para pobres venga con plato hondo que es más cómodo para comer a cuatro patas). Lamentablemente no es un chiste y sí una muestra más de la anormalidad de los normales. La lista es grande. ¡Guau!

Ingenuidades

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Resulta fascinante que alguien se asombre dónde está el poder real de nuestras sociedades llena de libertades abstractas, trapos y canciones. En el reino, que nadie lo llama como tal ni irónicamente, aunque lo oficialice el carnet de conducir, hemos vivido en los últimos cuarenta años (¡joder, cómo Franco!), en sucesivas efervescencias financieras en distintos sectores que, eufemísticamente se les llamó burbujas. Seguro que se conoce a muchos perjudicados (que nuestro alzheimer funcional nos ha ayudado a olvidar) y el ciclo recesivo que viene a continuación. También las distintas reformas laborales, reconversiones industriales y jibarización del primer sector. Solo una vez se bajó de los dos dígitos en el desempleo; es decir, las personas no han sido prioritarias a la hora de planificar la economía. Claro, qué decir de la crisis del 2008, verdadero hecatombe social y financiero. Primero fue el rescate al sistema financiero (ahora sabemos que no pueden devolver 42.000 millones de euros y que no hay ninguna empresa de cobros que los atosigue con llamadas intempestivas preguntándoles si tienen algún familiar o amigo que le preste el dinero para reintegrarlo y saldar la deuda o que les amenace directamente con su voz femenina y firme [según los estudios, son más efectivas las voces femeninas en los cobros] o que les manden un cobrador del frac o al torero moroso), en la firme creencia que la vida de las personas dependen del acceso al crédito y de los depósitos bancarios. Hasta donde creo saber, ningún cuerpo policial y hasta militar en funciones policiales ha entrado en esas entidades. Bueno, seamos justo, ningún juez ni fiscal ha considerado oportuno iniciar un procedimiento judicial contra esos poderes reales. Son los que mandan. Ahora, con la disputa territorial catalana, liderada por dos gobiernos liberales, resulta ingenuo no considerar que antes de mover ficha se acudió a la consulta con dichos centros de mando. La cuestión es que en las finanzas no hay personas buenas o malos, dinero en blanco o negro, negocios limpios o sucios; hay oportunidades. Y los enmarañados paquetes accionariales hace mucho que no responden a dictados políticos y sí a grupos, fondos, fundaciones, captadores de la liquidez para dar la solvencia a los parqués, verdaderos parlamentos en la sombra. Lo siento por quiénes una y otra vez apuestan ingenuamente por las libertades reales más propias y vivas en las sociedades del mundo menos apetecible por estos organismos y entidades, por quiénes son apoyan un discurso a sabiendas que sus oradores son liberales con piel de solidarios. Y no lo siento por estos últimos, que nada tienen de ingenuos, aunque la mano, a veces, le venga mal dada. Por suerte no ha habido muertes, aunque sí muchos heridos. Quizás si el poder financiero hubiese sido claro desde un principio, la singladura hubiese tomado otro derrotero. Escribir tal deseo, es una ingenuidad por mi parte. Y es que como señala el reciente premio Nobel de Economía, Richard H. Thaler, pionero de la economía conductual, es falsa la supuesta racionalidad en la toma de las decisiones de los consumidores y, obviamente, el sistema financiero lo sabe y promueve desde que los Von Taxis y Rothschild inventaron los medios de comunicación al servicio de los mercados.

Un apunte más porque me avisan que hay tres carabelas virtuales rompiendo las pelotas en el océano Atlántico, el Tratado de Roma del 57, fue económico y energético (se han borrado de las mentes aquellas singulares iniciales como la de un pueblo de Galicia: CEE). Se creó un marco económico (que fue imitado por el mundo), que necesitó desarrollar otros aspectos para tener un mercado interno lo más homogéneo posible; es decir, con capacidad de compra de los ciudadanos. Y así se llegó al asimétrico euro y sus políticas fiscales (eso sí les gusta como seña de identidad) que todos tragaron mientras se deslocalizaban las producciones y empobrecía el coste de la mano de obra para ser competitivos. Y sus políticas migratorias autistas o represivas se derivan de no encontrar la ganancia a los migrantes (en los 60´y 70´ eran bienvenidos). En fin, ingenuidades.

Imagen: Projecte Ingenu

Abya Yala

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Hace 525 años, nadie podía presagiar que tras el horizonte, empujado por los vientos de Oriente, navegaba la muerte. En Abya Yala, la diaria seguía sus ciclos propios, ajena al cataclismo que destruiría para siempre su cosmogonía tan evolucionada que los propios Puna denominaban “tierra de la madurez”. Los virus no se detectan hasta que atacan y contra ellos, como mucho, se combate. A veces, inoculándolos para generar resistencias, otras, apelando a las divinidades que habitan en los miedos seculares, y otras, simplemente se enferma y muere sin saber por qué le ha tocado esa desgracia. Y no había vaticinios sobre la llegada de dioses del pasado, ni sacrificios de virginales cuerpos, ni ingestas de San Pedro que explicase que ese encuentro sería el fin del mundo conocido, que ni era bueno ni malo, era propio. En el constante migrar, los pueblos de Abya Yala habían mutado sus pieles y creencias de forma armónica, aunque mediasen conflictos, guerras, asunción de culturas próximas. Nada impropio al ser humano.

Esta primera llegada, de la cual se desconoce más que se sabe de sus intenciones, abrió la espita que oprimía a la muerte, acostumbrada ella a las piras funerarias donde quemaban a sus propias vidas. Es su historia, y en eso habría que ser justos, la que antes asoló y recontra asoló y volvió a asolar en carne propia creencias y territorios como mecanismo de supervivencia. Y siempre ganan los más fuertes. Y pierden los más justos. Siendo tan ínfimo el territorio de procedencia, la economía era una industria de guerra y las ganancias se aplicaban en hacerse más fuertes. Siendo tan poco productivo el territorio, floreció la cultura urbana y con ella la necesidad de buscar recursos más allá de los horizontes. Ni bueno ni malo, propio.

No parece plausible que lo que después se conoció como América, fuese un basto territorio desconocido por Oriente y Occidente (llegar a Cipango y no continuar viaje es más que un cuento chino, uno japonés). Es como insultar la inteligencia. Sin embargo, sí resulta acertado creer que una vez dominado los vientos, las empresas (esa sociedades hasta el presente difuminadas pero impulsoras de los más atroces regímenes de facto), se embarcasen a devastar los espacios conquistados. Esa tierra que muchos de sus habitantes la denominaban “madura”, fue convertida por obra y gracia de un comerciante y cosmógrafo, Américo Vespucio, en el Mundus Novus y la implícita consideración de inmadurez de sus habitantes (durante todo el XVI, en Valladolid, debatieron si eran animales con forma humana o tenían alma). Y aunque con alma, se consideró necesario apalizarlos, someterlos y exterminarlos. ¿La letra con sangre entra?

Así se creó esa trinidad de la muerte: empresa, iglesia y estado representado por los ejércitos. Ningún régimen conocido, ni los nazis, ni el estalinismo, ni el apartheid, ni los exterminios nipones en China, ni el aniquilamiento sistemático en Vietnam, ni las historias de invasiones e imperios que desde los sumerios han jalonado las civilizaciones, se comparan a esa trinidad de la muerte. Porque, además del genocidio de millones de personas en todo un continente, a la aculturación de los sobrevivientes, a la creación de un sistema de esclavitud transatlántico, hoy, lejanos y cultos, biodiversos e inclusivos, se festeja como fecha patria de un descubrimiento. Es casi yihadista el concepto, irracional.

Sin embargo, seguro que todas las personas tienen matices, paños calientes, contextos explicables, intelectuales argumentaciones para explicar por qué es el continente más desigual, por qué se defiende que siga sumido en la inequidad racial, cultural, social y económica. Por qué no se debe tener otro futuro que el propuesto por esa trinidad aggiornada donde el ejercito son los medios de comunicación. Resulta difícil, una osadía, situarse en la mirada del otro que ha nacido sin ser persona de hecho y con los derechos de los otros, la prole de los llegados. Nacer sin ser. Explicar o sentir. Escuchar o sentir. Creer o sentir. Considerar o sentir. En el contexto inclusivo también predominan las reglas. No es una sumatoria libre. Y eso, después de 525 años, era lo que nadie podía imaginar aquel 11 de octubre, tras el horizonte, en Abya Yala. Mañana volverá a ser el “día de la raza” o “de la hispanidad” o “Columbus day” o “el de las Américas” en muchos sitios y los soldaditos desfilarán, las empresas darán asueto festivo y replicarán las campanas. No en todos.