Emergencia alimentaria en el granero

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En Villa Rosa, los perros cruzan la Ruta 25 con parsimonia. De onda. Su diaria consiste en dormitar un rato sobre la tierra mano Escobar, desperezarse, olisquear el aire y cruzar con el resto de su barra cánida la ruta para descansar otro cacho, mano Pilar. Tan sólo cuando los vecinos se abandonan a parrillas, tortas fritas o faturas, mueven la cola y ponen cara de “cómo anda maestro”, para recordar que son parte del paisaje, unos vecinos más, que alejan o alertan cuando aparecen forasteros de olores sospechosos. Y se da, no están flacos ni atosigan como antaño sus famélicos antepasados. Es 2013.

Después de la hecatombe liberal del 2001 muchas personas encontraron su espacio en Villa Rosa. Creció con modestia y dispersión, salvo el cruce de la vía del Belgrano Norte y la Ruta 25, su centro comercial, de servicios, de encuentros, donde gastan el tiempo la barra de perros.

En las periferias del mundo, el asfalto y el cemento pierden presencia frente a la tierra y el pasto. Por suerte. Es natural. Pies húmedos o empanados. Barro tal vez, que cantaba Spinetta… Por la ruta circulan vehículos imposibles mezclados con los anunciados 0km en televisión. Es una oda al desplazamiento desnudado del uso innecesario, consumistas, demostrativo. Todo lo que rueda, va pa´lante. Autos, camionetas, bondis, camiones sin capós, frankensteins sobre ruedas, sin cristales, techos, luces, cargados de personas, animales, objetos. Agujereados. Circulan. A su ritmo. Envidiables. Cierto que las normas son laxas en su aplicación, que cuando baja la barrera se tiran un lance para cruzarla. Qué le van a hacer. Y está lleno de motonetas, bicicletas y carros tirados por caballos. Al fin y al cabo, Villa Rosa está en el campo aunque para los ojos lejanos les parezca sucio, desprolijo, salvaje.

Sus habitantes no golpearon las vidrieras de los bancos en el corralito. Ya estaban bien golpeados con las políticas neoliberales de Menem y liberales De la Rúa. Curioso, el presidente que huyó en helicóptero de casa de gobierno, en fin de año, era vecino del partido. Nunca se le vio por la ruta. Tampoco a los miles de vecinos que viven en countries y barrios privados, esos países dentro de países. Los habitantes de Villa Rosa son las domésticas, jardineros, guardias de seguridad de esos barrios cerrados. Son trabajadores de los polos industriales. Son los que tienen la red de comercios versión trucha, popular, artesanal y de varias manos de la clase media. Son los puesteros de la calle que el 2001 convirtió en informales por no robar y supieron sentirse bien al pie de la ruta. Son la migración, siempre solidaria en sus paseos de compra, las saladas o los bolishops. Hay alguna chacrita para los abuelos.

En la ruta e Hipólito Yrigoyen, un contenedor de obra con muchas banderas y un gran cartel hace de oficina de ventas. La oferta: predios urbanizados para construir su casa. El sueño. Hay trabajo, se come, se toma. Parece que se puede. En pesos, no dólares. Cuota fija a cinco años. Sin bancos en el medio. De los bancos nadie se fía. Solo un esfuerzo: la entrada. Bien calculado, se ahorra por acá, se ayuda por allá, se vende la moto, se juntan dos sueldos. La idea es pensar que se está saliendo del pozo. Y dentro de dos años, arranca la obra. ¡Quién no tiene amigos en la construcción! Gremio donde los mejores son paraguayos. Obra de fin de semana. De material. Nada de livianos. Y un predio más otro, más otro, forma barrio. Los compradores arrancan desde los 18 años. Los hay de todas las edades y el promotor, que nunca pasa por ese contenedor oficina, se felicita de la idea que una vez una alguien le arrimó. Terrenos mal ubicados, terrenos para trabajadores. Son buenos pagadores. No necesitan ir a Miami o Madrid para sentirse realizados. Ni a Punta del Este en verano. Cuando la jornada laboral termina, hay mucha afluencia. Bajan de los colectivos, miran los planos, cuentan su historia mientras visitan el campo para imaginarse junto a los suyos en una vida posible.

La mirada fluvial sobre los territorios occidentales del río Uruguay necesita más de un termo de agua para el mate. Es 2019 y el Congreso aprobó la emergencia alimentaria. Aquella Villa Rosa de hace unos años se ha parado. Los predios comprados no han cosechado casas. Han cerrado fábricas de sus polos industriales y las domésticas cobran con más ropa usada y han cerrado una punta de comercios. Hay más carritos de torta fritas en la ruta para menos clientes. Algo es algo. Dicen que será peor si no votan al gobierno. Más pobreza, más hambre. ¿Más?, vuelta al 2001 y recomenzar, o a finales de los 80. A las ollas populares. En las afueras de Villa Rosa los altares del Gauchito Gil se llenan de cintas rojas y velas. Por las dudas. La milagrería capta adeptos de panzas vacías. Y es Argentina: “el granero del mundo”. Han salido de muchas pero están llenos de cicatrices.

De la capitalina estación Retiro sale el Belgrano Norte y, tras 50 kilómetros, su última parada es Villa Rosa. Los perros están llenos de tierra y cruzan la ruta con parsimonia. Y sí, hay una emergencia alimentaria en el granero. Es el modelo.

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Mirar pa´fuera

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Pongamos que el ochenta, noventa o setenta por ciento, da igual porque es por abrumadora mayoría, de los contenidos audiovisuales, bien televisión, cine o digital utilizan desmedidamente la violencia como herramienta solucionadora de conflictos. Vende. Eterno debate donde las empresas generadoras de contenidos se escudan tras “el público lo demanda”. Falso. Hay sobrada documentación, pero sobre todo experiencia, para asegurar que el negocio de la violencia se sustituye sin mermas de audiencias (el cine de gánsteres, que durante una década vivió la escalada en post del beneficio dejó paso a un cine más social donde la violencia ya no se media por tasa de beneficios).

Los asesinos de parejas han existido siempre. En algunas sociedades hasta amparados por códigos morales delirantes. Hoy, en el análisis, surge la duda de su perennidad pese al rechazo social expresado a través de los medios de comunicación. Mejor o peor expresado, existe ese rechazo. Entonces, por qué continua. La respuesta que es compleja y, por ende, no única, tiene una parte perversa donde exculpa al entorno y señala al asesino como una persona ajena a la sociedad que se comparte. Se dice que la sociedad tiene que defenderse de estos asesinos como si ellos no formasen parte, hasta la milésima de segundo final de su asesinato, de ella. Son otros, los otros. Falso.

Estados policiales, sociedades militarizadas, justicia infinita…, son algunas de las salidas propuestas que, además de ineficaces, abren los espacios para limitar las libertades individuales y colectivas como lo hicieron los atentados en Occidente. La realidad es que los asesinatos nos afectan a todas las personas. Y todas pueden hacer algo. Todas. Bien sea educando, conversando en el entorno, no tolerando a las personas que ejercen mal trato con otras, haciendo un revisionismo histórico de las relaciones, caiga quién caiga, y abolir esa sensación de dependencia moral, económica, laboral que lleva a distraer la mirada. Cuando ocurre un asesinato, es perversa la relación de personas que salen a contar que “ya lo veían venir”, que “sabían de sus comportamientos”, que había síntomas… Y, sin quererlo, por supuesto, se traslada a la víctima cierto aire de inacción por su parte. No. Las víctimas están aterrorizadas o abducidas. Son víctimas sin cuestionamientos. Pero viven en un entorno que prefiere un estado de confort, de no meterse en líos, de qué pesadez la justicia, de qué son cosas de pareja, de qué están muy ocupadas… Muchos de qué.

En el tema “Desaparecidos”, de Rubén Blades, tiene una estrofa reconocible para los pueblos de América y, quizás, del mundo: “Anoche escuché varias explosiones, tiros de escopeta y de revólveres. Carros acelerados, frenos, gritos, eco de botas en la calle. Toques de puerta, quejas, por dioses, platos rotos. Estaban dando la telenovela, por eso nadie miró pa’ fuera…” Exacta la imagen. Y eso lo saben las larvas de asesinos. Y ahí está el debe de las personas que lo dejan en manos de la santísima trinidad, sea laica o religiosa, que arropa la violencia. Son muchas las acciones combinadas para atajar los asesinatos de mujeres (y otros que ahora no vienen al caso), pero la que está al alcance de todas las personas es: mirar pa´fuera.

Las bandas sonoras oficiales

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Corea del Norte tiene su banda sonora. Pese a mostrarla como una sociedad siniestra, de espacios vacíos descomunales y silencios sepulcrales sólo interrumpidos por las marchas y paradas militares, por los aullidos de misiles amenazantes y triste, muy triste, tiene su banda sonora. La desconocemos, pero existe. Es consustancial al ser humano que estamos dotados de sentidos para captar la armonía del sonido. Es fundamental para la cohesión social, para la transmisión de mensajes y valores. Forma parte del relato identitario. El heredado y el que se construye con cada coyuntura, época, necesidad. La música de Corea del Norte que suena en sus radios no es ajena a la tradición, al mensaje oficial y, cómo no, al entrenamiento ligero de un estado de las cosas, a la distracción de la sus habitantes. Amor y desamor en todas sus variables, la temática.

A Mario, periódicamente, le mandaban discos la embajada de Bulgaria en Uruguay. Mismo esquema: tradición, discurso y actualidad, su particular sentido de estar en el mundo a través de la música. Música ligera. Competitiva con aquella irrupción de la industria musical privada de occidente que, tampoco, estaba exenta de oficialismo.

Hace unos días falleció Camilo Sexto. Salvo las personas que lo asumieron como propio y lo cantaban, bailaban y utilizaban como música de fondo de aquellas noches de desenfreno y promesas en las villa cariño (“basta cuatro ruedas y luz de reglamento…”, que cantaban los bonaerenses Wawancos) del mundo, a los cuales, doy mi sentido pésame, se ha desatado una singular turbonada reivindicativa de sus valores musicales, cualidades temáticas y, cómo no, su merecido éxito traducido por las ventas, conciertos o reconocimiento popular. Y por ahí, justamente por ahí, no trago.

Camilo Sesto, como Raphael, Juan Bau, Angela Carrasco, Juan Pardo, Andrés Dobarro, Teddy Bautista, Massiel, Fórmula V, los Brincos, el Dúo Dinámico…, la lista es interminable porque la industria no paraba (ni para) de fabricarlos. Eran el entrenamiento del franquismo que se prolongó hasta los 80. Para ser franco (je, je), la autarquía franquista (que tenía algo de todo, desde autos a lavadoras, de historiadores a poetas…), alimentaba su discurso exitoso con esta banda sonora y su retahíla de intérpretes. Por supuesto, había otras propuestas (música protesta o progresiva, sobre todo Sevilla y Barcelona, sobre todo), que sonaban y actuaban en una semiclandestinidad y sin acceso a los medios de comunicación, sobre todos los radiofónicos que eran escasos. Muy escasos. ¡Qué decir de la televisión! La horterada de Aplauso en prime time frente a un tibio Musical Express. Casi, se podría afirmar que eran más libres y combativas aquellas orquestas en las verbena de pueblo que solo eran vigiladas por una pareja de la Guardia Civil (con escuchar una sola vez el pasodoble “Islas Canarias”, daban el visto bueno). Todo aquello que se saliese del tiesto, incluida la música, era susceptible de ser detenida y juzgada bajo la “Ley de Peligrosidad Social (hasta hacer dedo en la carretera…)”.

Nadie se salvaba a la contaminación. Primero en la familia, una lotería y, sobre todo, la medioambiental que salía por los parlantes de las radios. Palito Ortega, el Club del Clan con Violeta Rivas, Johnny Tedesco, Raúl Lavié, Chico Novarro, o Juan y Juan…, otra lista interminable en mi costa atlántica. Y sí, cuando ahora suenan sus músicas, más o menos, conocemos sus estribillos. Nada tiene que ver con esa irrefrenable trampa de asociar música a una vivencia o a un recuerdo personal, a una persona… que exige, y seguramente estoy equivocado, consumirla despacio. Justo lo contrario al marketing cultural machacador y reiterativo.

Cuando los nuevos cantantes gallegos venían por Montevideo, Camilo Sesto fue uno más (con la dictadura tuvo más relevancia). Hay miles de gurises en la veintena de la vida que se llaman Juan Manuel (como decía Chichí: “por ese gallego divino” que era Serrat). Y Rafaeles (no con ph). O Pedro José (look de leñador). Hasta Víctor Manuel con su recurrentes minas (de carbón), que le competía a Tom Jones (de carbón y de carne y hueso). Camilo, lo que se dice Camilo, quizás, pero era por el cubano Cienfuegos.

Así que me extraña (no a quienes les movió el piso), tanto revisionismo sobre la importancia de la música ligera. Pero puede ser. El vintage es tendencia. Sea lo que sea, se consume. Las almonedas musicales se compran y se le encuentra el giro, aunque muchas tengan el yugo y las flechas. Los Camilo Sesto o Palito Ortega sólo aportaron distraer la mirada, sumir en una ligereza la diaria.

Cosas de la industria; la industria cultural y sus bandas sonoras.

Las Martínez

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Martínez, en la familia, es apellido de mujer. Hay muchas, son mayoría, aunque no vayan por ahí los tiros. Hubo más, o eso parecía cuando el mundo dependía del tacto, el aliento, la mirada. Ahora, quizás, son más perfiles, pero quién no. Las Martínez interpretan la vida cada una de forma diferente. Nada tiene que ver con clanes ni matriarcados y sí mucho con la insolencia de no ser compañía de ninguem y compañeras de quien les place. Las conocí como “las Martínez” y nunca encontré motivo para especular connotaciones. Fronterizas, hasta donde encuentro en los cajones de la memoria, sí tienen en común haber sido nacidas portuarias, dispuestas a emprender la marcha y arribar a nuevos puertos. Puestas sobre el papel, relatadas, un halo cuasi romántico de sobrevivientes puede confundir. Y no es así, porque ser una y otra vez parte de las identidades asentadas, sedentarias de las nuevas orillas les ha exigido un carácter combativo. Son, las Martínez, mujeres echadas pa´lante. A veces toscas, brutales, de vida por impulso; siempre, sin embargo, acogedoras, conocedoras de la derrota, resilientes. Pero la interpretan a su manera y en esos matices encuentran su hinchada y la contra. Ninguna de las Martínez, y ya van quedando pocas y dispersas por muchas costas, resulta indiferente.

En estos días que se cumplen 40 años de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) a la Argentina. Un puerto donde habitaban o se refugiaban algunas de las Martínez. Como la memoria aún son apuntes de un borrador que se escribe a mano, lleno de tachaduras, de incógnitas subrayadas y grandes espacios vacíos, repasé esos instantes tenebrosos de heridas aún abiertas a través de sus protagonistas y sus espacios comunes. Al azar, quizás por conocer, de pura mirada curiosa, el Delta del Tigre, reparé en una nota de una corresponsalía española en Santa María del Buen Ayre. Relataba la historia del padecimiento unas decenas de personas detenidas que fueron llevados a una isla del delta para esconderlas de la inspección de la CIDH. En los bajos de la casa, hecha de pilotes para los anegamientos estacionales, los retuvieron atados en un espacio no superior a 80 centímetros de alto. Sus vómitos y diarreas producían un hedor que alejaban hasta sus guardias. Lo relatan supervivientes. Cuentan la brutalidad, aprendida seguramente en la Escuela de las Américas para destruir a las personas. Y su resistencia. Rememoran a quienes, al final del suplicio, los terminaron asesinando y desapareciendo sus cuerpos para intentar borrarlos, torpemente, de su paso por la vida. Entre nombres evocados aparece la Gallega Martínez. Elsa. La profesora de inglés que vivía en la calle San José. La hija de una Martínez y mamá de Martínez. La que decidió pelear entre dos orillas. La que se sabe, desapareció en un vuelo de la muerte. Martínez de ley, su ley, como cada una de las Martínez y sus leyes. Así que rebusqué una foto, que siempre la tuve rota, para repasar aquellos momentos en que descubrí a las Martínez. Que es apellido de mujer, le pese a quien le pese.

Kakistocracia no está en la RAE

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Existe un fastidio generalizado y paralizante en las democracias occidentales, sean éstas repúblicas o monarquías parlamentarias. Una desidia fatalista de las cuales se salvan aquellos países que avizoran posibles cambios radicales a la seguidilla de informaciones sobre hechos y actitudes de los gobernantes. Ante el temor de caer en la descalificación personal, la tibieza de la mirada, recomienda hablar de “democracias imperfectas”. Nos trampeamos a nosotros mismos porque existe, en realidad, una base argumental que nos podría remontar al mundo helénico y, en concreto, a Polibio, historiador griego que le dio una pensada a posible gobierno del despropósito hace 2.300 años, más o menos. Sus reflexiones políticas están en la atmósfera del archiconocido Maquiavelo.

Platón y Aristóteles, filósofos ellos, sugirieron el término de aristocracia para definir un sistema político a cargo de gente que sobresalía por su sabiduría y capacidad intelectual. Proviene de los términos griegos aristos: sobresaliente, y kratos: poder. Las monarquías europeas de los siglos XVIII y XIX se lo apropiaron convirtiéndolo en derecho hereditario, sinónimo de nobleza. Así, por error, hoy es común hablar de aristócratas como pertenecientes a casas reales y, bien es sabido, que justamente estas personas no destacan por su sabiduría. Más bien son promedio, por no meter más el dedo en la herida, al fin y al cabo, qué culpa tienen ciertos cuadrúpedos de vida solitaria y sonido desagradable.

Justo lo contrario, se podría decir que su antónimo, es la kakistocracia que, desde el punto de vista etimológico, lo explicó el filósofo argentino Jorge García Venturini en 1974: la “kakistokracia” es el “gobierno de los peores”. “Kakistos en griego es el superlativo de kakos que significa “malo”, y también, “sórdido”, “sucio”, “vil”, “incapaz”, “innoble”, “perverso”, “nocivo”, “funesto”… Luego, si kakos es lo malo, kakistos, superlativo, es lo más malo; es decir, lo peor. Plural de kakistos es kakistoi; es decir, los peores. De ahí se determina que la kakistocracia es el gobierno de los peores”.

Treinta años antes, en 1944, el “Dictionary of Sociology” escrito por Frederick M. Lumley, en su primera edición en inglés, registrada por Philosophical Library Inc., se incorpora la definición del término “kakistocracia”, donde su autor explica la aclaración semántica del término: “Gobierno de los peores; estado de degeneración de las relaciones humanas en que la organización gubernativa está controlada y dirigida por gobernantes que ofrecen toda la gama, desde ignorantes y matones electoreros hasta bandas y camarillas sagaces, pero sin escrúpulos”.

Vistas las noticias diarias sobre los gobernantes matones e ignorantes, la explicación va tomando forma, si bien, hay que recurrir a un filósofo compatriota de Matteo Salvini (cumple con todos los requisitos), al cual se le otorga la oficialización del término. Michelangelo Bovero, profesor de la cátedra de Filosofía Política de la Universidad de Turín, amplió la definición en el contexto político de la Italia de finales del siglo XX: “la kakistocracia es -dijo- la combinación de la oligarquía y la demagogia: un pésimo gobierno, la república de los peores. Un tipo de gobierno plutocrático-demagógico-autoritario. Basado principalmente en la idiotización mediática de grandes masas electorales”. Veinte años después, restan palabras y es mucho más fácil citar países, muy pocos, donde la democracia, el gobierno del pueblo, tiene a sus mejores representantes, los más sabios y preparados, en el gobierno.

Nos hemos acostumbrado, la toalla ya la arrojó el segundo desde el rincón, aunque aún está en el aire, a convivir con los peores políticos posibles. Es el caso británico con su Brexit: si David Cameron jugó a la ruleta rusa, Theresa May gatilló el arma y hoy, un esperpéntico Boris Johnson, dispara. Una partida, no un gobierno. Podríamos saltar la mar océano para recalar en las costas brasileras con su nuevo gobierno de gorilas golpistas, evangélicos, racistas… que se jactan de su ignorancia. Podríamos jugar al pin-pon por el mundo para encontrarnos las plutocracias (los Estados Unidos de Trump, la Argentina de Macri), las electocracias (muy vigentes en el debate español sobre la conformación o no de un gobierno), burocracias (no me resisto a citar la frase de Castillos Peraza sobre la burocracia: “el arte de convertir lo fácil en difícil por medio de lo inútil”).

En estos días la actualidad española está en la imputación, ahora llamada investigación, de Esperanza Aguirre, antigua ministra y presidenta de la Comunidad de Madrid en el Caso Púnica. Animal político le llaman sus correligionarios. Toda poderosa, de verbo fácil e intocable hasta ahora formó parte como presidenta de un caso de corrupción continuada y descarada. Y resulta sorprendente como perduró en el tiempo y el poder que aglutinó por lo que hoy es investigada. Sorprenden los paños calientes ante sus salidas de tono, sus políticas efectistas y lesivas para esa comunidad.

Tras revisar el diccionario de la Real Academia de la Lengua, compruebo que kakistocracia, pese su base etimológica y presencia en publicaciones, no existe. Ni tan siquiera como caquistocracia.  Sin embargo, una sola mirada sobre quienes nos gobiernan, sus decisiones, métodos, formas y, desgraciadamente, resultados, amerita incluirla. ¿O no?

La fuente del deseo

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Foto: Dani Vázquez

Hoy concluye una incalificable fiesta que armaron los vecinos de la Ciudad Vieja coruñesa. Unos días a tracción humana y muchos deseos. Ni se contaron con cinco ni con cuatro ceros las personas que acudieron a disfrutar de la cultura aduanera, mestiza desde su fundación, de sus paisajes empedrados y rincones íntimos, mágicos. No era el objetivo. Sí visibilizarla. Otra vez, y ya muchas, en los siglos que carga sobre sus vigas, en sus muros, algunos hechos murallas. Nada rimbombante, poco palaciega y, sin embargo, la ciudad no se entendería sin ella, sin sus historias, a veces públicas, a veces secretas, siempre transcurridas. El final del XiX, el XX y lo que llevamos de siglo, fue renegando de su carácter portuario. Su pecado, ser concreta en sus límites. La Pescadería dejó de inundarse y le abrió paso al modernismo del Ensanche. El centro osciló al Oeste. El motor de explosión le puso la puntilla: las personas sin ruedas, o no eran tales o eran menos. Y la Ciudad Vieja se haciendo esquina. Y sus piedras nada podían hacer contra las máquinas de asfaltado. Como la malaria, de vez en cuando y de forma efímera resurgió para aquellos que viven por la desparramada península. De vez en cuando. La realidad, ahora que las personas viven de los servicios, es que la Ciudad Vieja no disfruta de los estándares de comodidad que una inmensa mayoría ha aceptado como perfectos. La Ciudad Vieja se fue abriendo a vecinos nuevos dispuestos a disfrutar de ese aire de pueblo medieval olvidado. Que los servicios no vayan muy bien, se intercambia por el placer del silencio, del saludo cotidiano, de sentarse en uno de sus bancos y perderse en conversaciones de bueyes perdidos. Sin embargo, el temor a la gentrificación, a terminar convirtiendo las escaleras de la Plaza María Pita en la entrada a una urbanización cerrada, está detrás de esta primera fiesta, La de la Fuente de los Deseos, que no es más que un convite, una invitación para que las personas la incluyan en sus diarios paseos, en sus paradas de terraza. Troncoso, los entornos la Plaza de Azcárraga o de la Colegiata o de Puerta Real, la calle San Francisco y también Santiago, tienen nombres propios, y son fácil de aprender. O pasear rozando las texturas de las piedras, sin coches, sin aceras con la mar tras la muralla, sobre la Maestranza, recreando la mirada de marinos y emigrantes hacia el horizonte desconocido y obligado, allá, cuando la ciudad, que todavía no era vieja, era el único puerto, junto a Cádiz, para navegar hacia América. Los vecinos no quieren competir con las beldades y servicios de otras zonas de la ciudad, simplemente estar, formar parte, ser un escenario diferente, con ritmo propio, singular. Y eso de la fuente de los deseos, por las dudas, se tiene que probar. El primero lo cumplió con la fiestita, vendrán más, seguro.

El rebelde del acordeón

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El verano había invadido el otoño aquella noche de domingo de principios de siglo. Las cuatro sendas del ramal Pilar de la Panamericana estaban atascados de urbanitas motorizados que regresaban malhumorados a sus diarias. Los autos son amor odio, corazas de testosterona a granel. Lo anormalmente normal. Kilómetros de cola vestidos de campo. Desde lejos, una música se va haciendo perceptible lentamente para los conductores atascados. El güiro suena a cadena, larga, prolongada, intimidadora. Los retrovisores se llenan de caras inquietas. Es cumbia. Cumbia villera. Y les entra el nerviosismo. Arrancan sus máquinas para hacerle un pasillo que no lo harían a una ambulancia con sirenas de emergencia. Da risa. La música viene en un viejo Ford Falcón tuneado, de amortiguación rebajada, cristales tintados, escape libre y bajos iluminados con una intensa luz azul que es un cielo artificial en el asfalto. Las timbaletas aportan graves al rasqueteo del güiro. Marcan el compás para que el keytar se luzca en sus piruetas estridentes de inflexión, de rif sobre teclados, complementarios de la voz que expresan letras cínicas, provocadoras que asustan en las fronteras de las villas. Los barrios de la miseria. Los nacidos de la premura, de materiales livianos. El Falcón circula a escaza velocidad sabedores sus ocupantes, que siguen el ritmo moviendo sus cabezas, que intimidan, asustan, disipan la testosterona que antes reinaba. Y relojean a propósito, y nadie les cruza la mirada. Pero la noche suena linda. Tiene ritmo.

El Caribe, que algún impresor bávaro olvidó cristianizar dejando para la posteridad el nombre de la nación originaria, a la cual sí supieron exterminar, es generoso. Quizás porque a sus orillas nunca arribó el puritanismo castigador y opresor de un Mayflower. Arribaron otros, también brutales pero desordenados. Durante siglos el Caribe, la Mesopotamia americana y el norte de Sudamérica fue la centralidad del comercio mundial. Territorios mestizos por excelencia, insolentes, germinadores de una cultura que, el tiempo es maravillosamente jodedor, hoy ha trascendido sus límites geográficos. De los productos comercializados, el mejor, el más rico y perdurable como cultura fue la trata de esclavos africanos. Indómitos e irreverentes, supieron ser en la isla de Santo Domingo, la primera república independiente del continente. Una república de africanos en América. Un camino que a otros les llevó siglos. Y su cultura oral, de sonidos, se expandió en la musicalidad de sus sentimientos. Resulta imposible hoy, aislarla en una probeta. Nada compuesto a posteriori de su presencia es ajeno a la misma. Y por supuesto, la cumbia, esa mezcla de vallenato y guaracha, tan propia para definir que más allá de la noción política de país, están los barrios. En construcción identitaria que nunca termina porque cada día alguien suma un nuevo compás a la partitura. Para países está el fútbol.

Celso Piña nunca supo explicar por qué se dedicó a la cumbia, a la suya, a su particular creación ligada a una interpretación explosiva. El cacique de la Campana, su barrio regiomontano y primer apodo, no llegaba con los sonidos tradicionales mexicanos. Quizás por ser fronterizos con los Estados Unidos, con las idas esperanzadas y las vueltas expulsados, quizás por los sonideros, aquellos bailes con ksettes (que decían los brazucas) y vinilos de cumbia colombiana que la hicieron propia emitiéndola una velocidad más baja (la cumbia rebajada), quizás porque su barrio, en definitiva, desde el último tercio del pasado siglo era mixtura de sentidos y emociones.

Autodidacta a la fuerza con su acordeón de botones, se encerró cuatro años hasta sacarle respuestas al instrumento. Con sus hermanos fundó Ronda Bogotá y Celso Piña. Y como los villeros de la Panamericana, asustó y fue vetado. Esa música, más que mala resultaba maligna para las discográficas y emisoras de radio. Igual se aventó, que dicen en México. Una y otra vez hasta que alguien le encontró la vuelta y publicó cinco años después, en 1980. Y fue un éxito. Resultaba a que a la raza, que decía Celso, le gustaba. Y había más de lo esperado. Los barrios para la cultura predominante tan sólo son una parte del decorado. Si cambia el viento, y hay lana, entonces, ¡viva los barrios! Ya son parte del festejo.

Cuando Celso Piña ya fue él y la Ronda Bogotá, siguió atento a los nuevos sonidos de su barrio; tipo raro no acomodarse a un éxito repetitivo. Sin renunciar a su 2/2 y al 2/4 fue quién de fusionarse con la música electrónica de final de siglo (el último gran aporte intelectual, guste o no guste, de la música), dubstep, reggae, ska, rap y hip hop (hasta anduvo en líos con el rock). De pura insolencia curiosa, nomás. Y debió ser por eso que al cacique, ya en solitario, le cambiaron el apodo por el rebelde del acordeón.

El 21 de agosto de 2019, un lindo día de verano, Celso murió en su Monterrey natal. En sus 66 años de montaña rusa, se forjó el respeto y seguidores que en los últimos años han dado un calambrazo a la espina dorsal del folclore americano. Desde Monterrey a Ushuaia por todos los ramales de las rutas continentales. Por sus barrios. La muchachada del Ford Falcón hoy son parte de la cultura. Los proyectos se hacen individuales o colectivos, sin formas predeterminadas, como instantes que sumados vuelven a resituar los sonidos andinos, brasileros, caribeños…, que son eminentemente urbanos, justo donde las ciudades se hacen campo, paisaje, emoción perenne. Nombres hay cientos y en el arranque, entre otros, Celso Piña, un cholombiano, regiomontano que un día hizo bailar desabrochándose el saco a Gabo García Marqués, que algo sabía del realismo mágico.