Fürher Trump

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Hoy comienzan las razias que el Fürher estadounidense ha ordenado para detener y deportar a las personas oscuras de piel, bajas de estatura, originarias del continente miles de años antes que el abuelo proxeneta del líder llegase de Alemania. El delito: ser parte, y además sin documentación vigente, de los residentes (gemeinschaftsfremde que diría en la intimidad aquel “tratante de blancas” del tardío XIX) que no pertenecen al cuerpo histórico y cultural de los Estados Unidos y, por ende, sospechosos de vivir na procura de la pobreza, el desempleo y la derrota racial de los compañeros de la nación, vamos, los volksgenossen de 1934. Suena a política de Volksgemeinschaft, donde unas personas conforman la comunidad popular y otras, la atacan (básicamente se les endilgaba a los judíos). Aquel año, cinco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, fue decisivo y cambió el mundo. Porque, si bien estaba protagonizado por un cabo que nunca tuvo la brocha fina, Europa (por descontado la realidad institucional del fascismo italiano) toleró y, en muchos casos, apoyó la cascada de medidas que convirtieron en diana (después en estrellas amarillas cosida en sus ropas) a una comunidad de personas conciudadanas, vecinas, familiares y amigas (también a gitanos, homosexuales y, en general, a las lavativi de Germania). Eran vistas y consideradas como las villanas de todos los males. Y se actuó con contundencia, sin miramientos. Las acciones finales, son conocidas y repudiadas por una mayoría: el exterminio. No así los síntomas que ayer como hoy son visibles. Tampoco se actuó, quizás porque la comunidad germana fue la más importante de las migrantes en el XIX (52 millones de europeos surcaron el Atlántico en ese siglo), en los Estados Unidos. Y, ni qué hablar, por los japoneses, activos exterminadores de quienes le dieron lenguaje y religión.

Hoy, el Fürher estadounidense, que solo significa líder aunque suene a dictador, comienza la orden masiva de deportación en los Estados Unidos. Ya existen los campos de concentración fronterizos erigidos para humillar, hacer padecer hasta la muerte la infracción administrativa de cruzar una frontera, separar familias, imponer el terror en los niños. Y el mundo, como en el 34, ve florecer a similares fürher (la lista empieza a ser demasiada grande) surgidos de unas urnas y escucha declaraciones donde se estigmatiza a quienes sólo buscan una posibilidad de vivir con dignidad hasta la muerte. No antes, Fürher Trump.

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“Lugares”

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Vari Caramés

El aplauso sonó como aguacero de verano y se prolongó con naturalidad, ya empapados de sus escuetas palabras y una gran ausencia, decapando la pátina del oportunismo que convoca en las inauguraciones de una exposición. “Lugares”. Sus lugares. Los de Vari Caramés. Perennes en su mirada e inexistentes en las ajenas. Sin petulancias. Simplemente suyos. E intensos, llenos de subidones y bajones que hoy, saben salinos. Lugares desnudados de intencionalidad argumental, facilitadores de otros, los propios, que habitan escondidos en la cabeza. Es una exposición que te conversa. Es puro lenguaje bolichero para desparramarse en noches traspiradas en lugares prestados o alquilados al discurso.

Justo esa mañana, una amiga me envía una imagen de una postal encontrada que va camino de la basura. Es el madrileño edificio Carrión en los 80´. El cartel de Scheweppes estaba golpeado por la dejadez y les escribía fascinado por el paisaje sucio (mi amiga y mi amigo estaban a punto de casarse a 600 kilómetros). Un lugar. Una adecuada coincidencia. Y entre la postal, ya triturada en el vertedero, y la exposición de Vari, los cajones de la cabeza se abren con lugares que me han seducido. No son pocos. No son tantos. No están abanderados por trapos, ni siliconados para permanecer eternamente jóvenes. Seguramente ya no sean tal como habitan en mi cabeza. Vendrán otros. No para sustituirlos.

El obturador de la cámara responde al dictado de una sensación irrefrenable del fotógrafo. La suerte es que los obturadores nos vienen de serie cuando nos nacen. La desgracia es desconocer su existencia, sucumbir a la estética, perder la mirada. Los lugares son una deconstrucción propia e intransferibles. Y están ahí como parte de un decorado a la espera de la mirada, derrotada o eufórica, para convertirlos en lugares propios. Esta buena la exposición de Vari, aunque él desconozca que, entre nuestra mirada y sus lugares, está su figura charlando con ellos.

Desafinado

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Dicen la gente grande que a finales de los 50´ el mundo el mundo estaba afinado en dos ritmos fríos y recelosos entre sí. Sin matices. Dos mundos ganadores. Uno occidente, otro oriental. Dos mantos donde estar y dejarse llevar. Dicen. La verdad, no lo conocí. Yo soy de los 60´ y entre mamaderas y pañales de tela, aprendí que el mundo, lejos de certezas, vivía, por suerte, desafinado. La democracia estaba desafinada. Las personas, también. El dogma, deshilachado. El color, pixelado. Las permanentes disolvían sus fijadores haciéndolas melenas. Al patio trasero le crecían enredaderas y santa ritas. El norte se volvía sur y nadie entendía nada. La insolencia ganaba la calle y las caras agrias, enfadadas, protestaban por cuestionar un mundo de buenos y malos con palabras y sonidos, con trazos y construcciones, con diseños y deseos, con miradas y oídos que socavaban esa supuesta verdad absoluta.

Dicen la gente grande que en la década de los 50´, en Brasil se acuñó una expresión para visualizar una nueva forma de hacer algo: bossa nova. Que un muchacho llegó a Río Janeiro, aún capital, desde Juazeiro, en el sertão bahiano, con su ritmo infinito y desafinado. Se llamaba João Gilberto Prado Pereira de Oliveira y fue más que una ola revolcando a otros muchos como Gilberto Gil, Caetano Veloso, Chico Buarque, Milton Nascimento, Edu Lobo y Jorge Ben Jor. Y ellos y otros, formaron una parte de mi banda sonora.

En una de las estrofas de Desafinado, João Gilberto escribe toda una declaración de intenciones: “Si insistes en clasificar mi comportamiento antimusical, yo, aun mintiendo, tengo que argumentar que esto es bossa nova. Esto es muy natural…” Hoy nos madrugamos con su muerte y, quizás, porque los fantasmas de quienes entienden que sólo existe una afinación posible para vivir, me apuesto en mi balcón para intentar percibir a alguien que proponga, otra vez, desafinar. Y de paso, si la suerte acompaña, ver una garota pasar.

El concepto es el concepto

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Jessica Powell es socia de una empresa de software musical, tiene tres hijos y está en la universidad. Ya escribió su primer novela, La Gran Ruptura, donde los medios rebuscan las claves del abandono de su anterior vida: vicepresidenta global de comunicación en Google durante más de una década. ¿Qué pasó? Dejar un puesto de dirección en una empresa que ha sabido posicionar su imagen como modelo de un mundo por venir, provoca interrogantes en los demás: demasiado joven para abandonarlo, demasiado éxito para dejarlo, demasiado poder para despreciarlo. Una decisión honesta para quien se define como traductora de ingenieros y conoce el gruyere de una empresa que, en realidad, por su envergadura, impacto y notoriedad, es la proa de un sistema que nos abraza y condiciona, que nos da placer y funcionalidad, que nos geolocaliza socialmente como homo consumidores.

Renunciar al ego, la gloria y el poder, no es fácil. La educación es un entrenamiento que disciplina la conducta en pos del éxito. La corrección técnica sustrae el criterio. Ay, pero da tantos objetos y halaga tanto los oídos, que se vuelve irresistible e inclina la balanza en el tener y ser de Erich Fromm hacia el primero. En su caso, va ser que no. Y en muchos otros aunque resulte raro ver que alguien se baje de la cúspide de la pirámide profesional y, lamentablemente, por ende, social. Gana la persona. Qué cosa.

Jessica Powell apunta a su diaria de entresijos llenos de medias verdades, a las pequeñas renuncias que luego, en su caso, se vuelven mastodónticas. Y es que Google ocupó el puesto de Coca Cola como detonadores de la chispa de la vida; la única buena y verdadera, la de la libertad y de la democracia, la del placer. Real en el occidente blanco, deseado en los orientes multicolores.

Su escalada, por emplear su jerga, tiene una trayectoria transparente, real, impecable. Sus capacidades a prueba de bomba. Y, sin embargo, harta de las medio verdades, de las invenciones, escribe una novela para ficcionar la ficción de la realidad: la del pensamiento único, la de los valores pero primero el negocio, la fragilidad estructural y humana que las hacen poco sostenibles. ¿Google? Eso parece.

La creación de un pensamiento único está en la base y na procura, del sedentarismo civilizatorio. Cambian las técnicas, herramientas y soportes. Y volverán a cambiar. Es el entrenamiento. De ahí, los choques perennes que, bien vistos, son los motores económicos de una guerra interminable por el dominio intelectual, religioso.

La imposición de valores, que mañana serán otros hasta llegar al universo y más allá, es un modelo negocio. Medio ambiente, género e inclusión, transparencia, transversalidad…, son una oportunidad de negocio. Hoy una cervecera te dice cómo salvar a una tortuga (en un mar donde también mueren personas adheridas a otros plásticos igual de reales pero que a pocos importa), una compañía de autobuses publicita vehículos seguros para mujeres o el mayor timador de emisiones contaminantes nos arenga para que compremos autos eléctricos (los autos no sobran, según parece). Y por supuesto los operadores sociales privados, una industria en sí misma, donde la inclusión de los excluidos es un llamado a precio tasado. Todo es y debe ser un negocio y los problemas reales y vitales que existen y lo son, se transforman en commodities para un motor de búsqueda empresarial que lo vulgariza, crea contenidos y portavoces mediáticos para nunca erradicar porque sería matar a la gallina de huevos de oro.

Y como nada es para siempre, la fragilidad estructural y humana es real, hace de estas todopoderosas corporaciones máquinas sin tiempo que perder para la obtención de sus beneficios y abocadas a un reciclaje continuo para estar y ser. Es elocuente que Powell hable de síntomas sobre la falta de talento o la imposibilidad de encontrarlo tras el primer big bang tecnológico (el discurso global se impone lo contrario, el autocomplaciente eslogan generacional de “nunca hubo tantos jóvenes tan preparados…”).

Suena catastrofista y cuasi conspiratorio, desnudar las formas como nos consumen (por lo bajo, hasta aburrido de leer y escuchar, de conversar y poner en solfa lo que por imagen es agradable) y, sin embargo, nada es nuevo, ha sido así desde el tiempo del ñaupa. Y como apunta Jessica Powell, la esperanza para revertir conductas y hacer sostenible y armónicas las realidades biodiversas, pasa por las personas. Quizás bajarse del pedestal. Quizás, tan sólo, aplicar el criterio que nos viene de serie y el entrenamiento educativo lo restringe a su mínima expresión (el cinismo de Galeano apuntaba a que si votar sirviese para cambiar la realidad, se prohibiría). Quizás ralentizar el paso, mirar con curiosidad, cambiarnos a nosotros mismos antes que cambiar el mundo. Porque, como en aquella escena de película de un encuentro entre mafiosos, el concepto es el concepto. Y eso, nadie lo entiende.

El disfraz identitario

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El almirante Juan Díaz de Solís (que aún se duda origen entre España y Portugal) halló la muerte, junto a parte de su tripulación, en una playa de lo que hoy es Uruguay, antes la Banda Oriental y antes una tierra para estar. Fue en el año 1516 de la era cristiana, aunque, vaya, hasta 1586, el calendario gregoriano que le otorga numeración al año no existía; es decir, ni idea, ni ganas de calcular el año porque estaban bajo el juliano (el utilizado por los romanos). Durante siglos no hubo duda: fueron los charrúas (nombre triunfador, pero con sombras etimológicas hasta el punto que, el recientemente fallecido antropólogo, Daniel Vidart, planteaba la hipótesis del origen gallego y al piloto Diego García su autoría ya que antes de embarcar en el puerto de Coruña, había estado en el carnaval ourensano donde la charrúa era una máscara de madera muy colorida para disfrazarse en carnaval). La historia oficial se cayó por una obviedad, los charrúas no eran antropófagos y en el aquel desembarco el asado duró días (solo sobrevivió el grumete Francisco del Puerto porque no se come a niños y mujeres). ¿Entonces? Los guaraníes, quizás los chandules que estaban de paso en una expedición de pesca. O no. Así que este quilombo en torno a un acontecimiento real (nadie, hasta el momento, pone en duda el 20 de enero como fecha), se vuelve inexplicable sin un relato ficcionado que desde la infancia se inocula en una sociedad: la expedición del español llegó en 1516 y los charrúas los enfrentaron, ganaron y se los morfaron. Punto.

Los humanos somos una especie social. El clan familiar, a lo largo del periplo vital ha ido creciendo con un básico criterio de sostenibilidad que determinaba su dimensión posible. El neolítico, con la introducción del sedentarismo, es la génesis de las civilizaciones. Estas, que eran múltiples pese a la historia oficial, crean, por el mismo principio de sostenibilidad, una gramática de signos (ya existentes pero dispersos e inconexos) que los identifican y singularizan frente a las otras. Comienza la guerra por la preponderancia de la simbología de la cual, nadie ni nada es ajeno. Su característica principal es la creación de una ficción sencilla de indentificar/se, de convivir en el placer de ser parte y de anular hasta el olvido a sus competidores (hoy, la historia suele aislar a las principales civilizaciones como en una isla: sin contactos, influencias, interrelaciones con otras que el tiempo fue ninguneando hasta el olvido oficial en los libros de texto).

Una de las tantas herramientas utilizadas para dar una coherencia a la ficción identitaria es el disfraz. Se suele hacer referencia a su función de efímero ocultamiento cuando, a mi entender, es representar la identidad (comprada a través de la cultura espasmódica) de forma jocosa y divertida. A las personas les gusta disfrazarse, interpretar.

La embajada de Estados Unidos en Argentina organiza, con motivo del 243 aniversario de su independencia, una fiesta tematizada. Los asistentes acuden vestidos de cowboys y chicas de saloon. Es su imagen histórica oficial, la ganadora, la imperante, la fácil de entender, la que impuso sus principios civilizatorios sobre los indígenas. ¿Y si ocurre en otro sitio? Y si lo hace España, ¿podrían los invitados acudir vestidos de tercios de Flandes, de musulmanes, suevos o iberos o se impondrían los toreros y las mujeres de mantilla y rosario? Y los alemanes, en su caso, ¿vestirían como bávaros o alguien le echaría pichón representando a los hanseáticos, por no citar el resto de landers? La respuesta es fácil: no. La identidad hasta en el disfraz se expresa haciendo de los rusos, cosacos. Los griegos, atenienses. Los italianos, romanos. Los uruguayos, gauchos. Los brasileros, cariocas… Y qué verán dentro de un par de siglos los que acudan a una fiesta tematizada, por ejemplo, del aniversario de Europa: ¿alemanes?

Tomo y obligo

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Tabaré Leyton canta con su cuarteto en un boliche de Montevideo. Su timbre de voz peculiar junta a rendidos con curiosos y el tango, liberado de las certezas de su esplendor de antaño, suena con sabores diversos agarrados a una barra de striper 4/4, que reinventa su ortografía musical sin perder su carácter urbano de penumbras. En una esquina, una pareja solitaria se camufla fuera del foco con su botella en la mesa, su gesto adusto, su distancia de la mundana emoción de los asistentes. Fue hace años.

El primer Secretario General de Naciones Unidas que almacené en la memoria, tenía algo del tipo de la pareja del boliche. Con los mensajes entreverados en la calle, la ONU se presentaba como un espacio de encuentro, como el aval para actuar o no, para reclamar o ser repudiado, para los grandes discursos que desnudaban realidades con ardor, sin temer a la frialdad de una guerra soterrada. Por eso, su Secretario General era un Pope laico, intachable, la cabeza visible donde acercar posturas en un mundo etiquetado por números.

Kurt Waldheim. Un tipo flaco, de nariz aguileña, repeinado hacia atrás, sonrisa de medio lado y modales atildados, tenía un pasado no contado (no como los aspirantes a líder de los tories con sus pasados esnifados y fumados). Kurt había sido Oberleutnant traductor y enlace de la Wehrmacht en Yugoslavia. Ya retirado de Naciones Unidas y de su presidencia en el país que inventó el cruasán y que fue imperio con los magiares, adujo desconocer la matanza sistemática de prisioneros partisanos que ocurría a cientos de metros de su oficina (Operación Kozara) y menos, por supuesto, del exterminio de civiles en el Campo de concentración de Jasenovac, a unos 30 kilómetros de su puesto de trabajo. Lo de su pertenencia a la Liga de los Estudiantes Nacional-Socialistas Alemanes (NSDStB), una división del Partido Nazi y la constancia como miembro de los cuerpos montados de la SA (aniquilados por las SS en la Noche de los Cuchillos Largos), una “tontería de juventud”. Su período (1972-81, dos mandatos y al final vetado por China para un tercero), coincide con la mayor explosión de regímenes dictatoriales en América. Coincidencia.

Volviendo al tipo de la mesa del boliche. Luis Almagro. En aquel momento, aún canciller de la República Oriental del Río de los Pájaros Pintados (también conocido como Uruguay). Ya tenía un pasado zigzagueante, oportunista, pero todo hay que decirlo, tras su estancia como embajador en la República Popular China (primer gobierno del Frente), Pepe Mújica lo hace Ministro de Asuntos Exteriores (la actual dinastía China, es de primordial importancia en el flujo comercial de América, África y Asía, lo cual hace plausible la decisión del Comandante Facundo). Este nacionalista reconvertido a progresista tuvo que tragar sapos y carretas cuando se liberaron a presos de Guantánamo (por cierto, en el más absoluto olvido), traer refugiados Sirios y acatar la permanencia en Haití (de ahí su gesto adusto). Y más pronto que tarde se pronunció. Fue por su gran tema: Venezuela. Relevado en la cancillería y expulsado del Frente Amplio (2018), fue nombrado Secretario General de la Organización de Estados Americanos (no confundir Estados Unidos de América) en 2015. En estos cuatro años en la OEA (rama de ONU y dominada por USA, de ahí el intento de formalizar y dar sentido a una nueva organización, UNASUR, hoy debilitada y esperando la carroza), su único trabajo ha sido derrocar al gobierno venezolano, abrazando a cuanto gobierno involucionista surgido en el continente. Es una fobia contra el progresismo. Una cruzada digna de Godofredo donde el sultán ahora es Maduro. Nada se habla de pobreza, de migraciones, ni tan siquiera de Óscar y Valeria, que ponen nombre a un drama cotidiano de frontera. Nada del golpe de estado contra Dilma. Sólo de Maduro.

Venezuela ha abandonado la actual OEA/GRUPO DE LIMA y Almagro dio carta blanca para que el autoproclamado gobierno de Guaidó este presente en la actual sesión que se lleva a cabo en Medellín (Colombia). Algo que atenta contra la Carta Fundacional del organismo. El gobierno uruguayo, se levantó y abandonó la sesión por la ilegitimidad de la delegación, que no legación venezolana. Y no es un apoyo a Maduro. Es no volver a la arbitrariedad que durante siglos presidió el continente. Y sobre todo, Almagro, recordando el espacio compartido en la actuación de Tabaré Leyton en aquel boliche, no vivir como un tango y, menos, el “Tomo y obligo”.

 

El policía que llevan dentro

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La historia, que se repite en cualquier ciudad del Occidente blanco, se reduce a tener una fiesta o un gran evento que con los años se ha convertido en una convocatoria de masas estimulada por la ingesta de alcohol (que como suelen ser productores ni entra en cuestión), que provoca excesos y consumos por impulso (dicen: es una vez al año). Todas, absolutamente todas, cuentan con la nocturnidad que cuál alfombra, tapa la inmediatez de los actos. ¡Ay!, pero cuando amanece los desechos cubren los espacios donde yacían los participantes del mismo. Los medios de comunicación y las redes sociales se tupen de exclamaciones acusando al resto de las personas de sucias, guarras, incívicas, maleducadas, cuando no apelan a la frase del turista: “en otros países eso no ocurriría…”, lo que es diametralmente falso ya que ocurre de igual o peor manera.

En A Coruña, desde hace unas décadas, la celebración de San Xoán encontró en sus playas un nuevo epicentro de las hogueras que antes eran barriales, casi familiares, de los bares que a diario son paradas para una caña o café. Sin lugar a dudas es la gran fiesta anual por su capacidad de convocar y encontrar personas de todas las edades. Es una fiesta con tantas aristas que escapa a la politización de la misma. Uno es ateo y salta la hoguera (y hasta hay quien se lava con hierbas de San Juan). Las personas se reencuentran y preparan sus sardinas o asado y, por supuesto, toman. Se toma mucho. El alcohol es parte de la cultura gallega, española y europea. Y se hace gala de ello. Al ser una fiesta de la ciudad, es su municipio el organizador. Sacan una imagen anual y se gastan la plata en campañas de publicidad en todos los soportes. Cada año se superan con las actividades, sobre todo musicales y de fuegos artificiales, que rodean la celebración. Por supuesto, la excusa es la repercusión económica para la ciudad con la llegada de visitantes y el gasto que hacen visitantes y locatarios en comida y bebida. Y son decenas de miles (por no decir, centenares), los que se abandonan a la noche más corta del año, al solsticio de verano, origen natural del festejo (fin de la oscuridad, comienzo de la cosecha).

Como todos los eventos privados o públicos (los festivales musicales y gastronómicos son un sarampión en Europa), la organización pone los medios para hacerlos sostenibles en el tiempo. Y la sostenibilidad se entiende en esa competencia entre fiestas, lo que incrementa el gasto en los carteles de participantes y, también, en el impacto medioambiental que, por suerte, va entrando como una variable más en las personas (huyen de la imagen de sus propios restos aunque imagino que al igual que los argentinos que culpabilizan a los argentinos de los males de Argentina, la culpa no es propia sino del resto, de la vecindad).

Glastonbury (Reino Unido), Roskilde Festival (Dinamarca) o Boom Festival (Portugal), por citar tres festivales posicionados, de éxito, que tienen los mismos problemas de residuos, han iniciado medidas para reducir la huella medioambiental implicando a los asistentes pero liderando como organizadores (recogida selectiva, reciclaje, prohibición de plásticos, fianza económica a cambio de los residuos, etc). Es cierto, son recintos acotados. Sin embargo, puesto el hándicap, encontrada la solución. Y es lo que le falta a las administraciones públicas que miden sus acciones en los costes finales. Y molesta bastante cuando son los llamados progresistas. Medidos los costes reales, dotar a estos eventos de material físico y humano para reducir el impacto es muchísimo más barato que recuperar. Nada es absoluto por sí sólo, siempre es una combinación de acciones para reconducir hábitos y costumbres (y qué decir si median las drogas legales e ilegales): campañas para todos los públicos, medios humanos (y no voluntarios) y físicos para recogida de residuos y acciones innovadoras que impliquen a los asistentes. Pero, el policía que muchos llevan dentro, reclama multas: “¡multazas!”. Corta mirada.