Esperando al rey

La tarde era bien madrileña, de esas frías y con sol, de árboles desnudos y siestas de febrero. Recién arrancada, un rumor, de esos que casi toman formas de serpiente que zigzaguea por las calles, fue de boca en boca en el barrio de Salamanca: ETA, disfrazada de Guardias Civiles ha tomado el Congreso. Fueron minutos que se prolongaron y hasta entraron en detalles inventados que a cada contagio se adornaba con una nueva cepa mutada en la experiencia de lo propio. Porque con la distancia, muchas veces se desconoce que aquellos mayores a punto de jubilarse o quienes tiraban migas de pan a las palomas, tenían presentes otros hechos en sus memorias. La radio y el mostacho de Tejero, ya mediático por la intentona de desarrollar un golpe en la cafetería Galaxia, fue contundente. No era ETA, de virulencia descontrolada por aquellos años tras la orfandad de los Polis y definitivamente Milis.

Acuartelados por falta de cintura en la fuga, apenas unos minutos evitaron la escapada, tras la Plaza Roma en el Parque de Automóviles de la Armada, la incertidumbre fue ganando espacio conforme la noche caía. La orden llegó a las ocho de la noche: cargar todos los vehículos con combustible y cambiar las matriculas de Fuerzas Navales, nada menos que FN, las siglas de los antepasados de Vox que festejaban por anticipado los hechos. Los infantes de marina, metralleta en mano, retuvieron al pobre empleado del surtidor cerca de la Fuente del Berro hasta que el último de los vehículos llenó su panza.

Mientras los tanques no salieron en Valencia, la espera se fumaba. Cuando hicieron temblar las calles a la vera del Turia, el panorama cambió. La Armada, la primera en beneficiarse de la renovación de armamento con el plan de fragatas y corbetas, además de su tradicional predisposición en despreciar al ejercito, tomó postura. Por la radio, en mensajes cifrados que el comandante puteaba porque nunca se había planteado desempolvar, supo que la flota de Cartagena se había apostado frente a Valencia. Por su capacidad de tiro, aunque parezca mentira había una sensación de jactancia, podía arrasar a aquellos obsoletos tanques. Bien, entonces la Armada no acompañaba. Entonces, más tensión. La noche se llenaron de planes. Los veteranos funcionarios civiles, también acuartelados, contaban anécdotas de fusiles yacientes en el suelo cuando estalló la Guerra Civil. Nada de heroicidades. La fuga era la opción de los corrillos. Unos para Francia. Error decían otros. Esa es la lógica. Mejor hacia Portugal que nadie la espera. Y ni en pedo con armas. Los choferes llevan a muchos militares que ocupan muchos y variados destinos y, por ello, escuchan muchas conversaciones, conocen algunos detalles. En aquel cuartel, lo único que se esperaba, ya que el rey no daba señales de vida, era el pronunciamiento de Estados Unidos que, no era menor con sus múltiples bases, en el tablero de Guerra Fría y una recién estrenada administración con Ronald Reagan (creo que Carter no habría perdido ni un minuto en oponerse a la intentona), famoso por sus westerns.

Al final, se anunció que el rey hablaría por televisión. Todos a la cantina a escucharlo. Había una sensación inquietante. El tiempo lo ha librado de la justa mirada y creo que también supo que todo era posible. En un caso tan excepcional, uno espera la compulsiva postura de ser o estar en contra. Es un grito de libertad impulsivo, incontinente, claro y alto frente al cálculo, a la espera. Y aquella España, sabía gritarla con fuerza. Cuando al fin salió y mostró su postura, hubo gritos y aplausos en la cantina. “Ya era hora”, se me escapó y un brigada, siempre brigada, me miró y amenazante me reto a callar so pena de 6 meses de presidio. Bueno. Les despistaba que operase en la radio y ser uruguayo. No fue a más. Y hasta se acallaron todo lo acaecido en esas 7 horas de silencio público, presentando una imagen que algunos creyeron que era necesaria. Siempre he creído que el rey jugó a caballo ganador. Se verá cuando al final se desclasifiquen muchos documentos. Hoy está su hijo y se cumplen 40 años (cifra maldita de la reciente historia española). Los transistores resisten el paso del tiempo aunque todo vaya por redes sociales. Y sí, se ha avanzado, pero también han vuelto a las instituciones aquellas matrículas FN, hoy legalizadas como Vox. Las democracias laten en conjunto y no deberían esperar a una emisión por televisión un ya 24F. Siete horas fueron muchas esperando al rey.

Democracia Plena Bailable

El algoritmo se comerá a los rankings. Ya lo hacen, pero los medios no le sacan titulares. Las corporaciones se rifan matemáticos obsesionados por sus fórmulas en la cadena de montaje del relato que se avizora post pandémico. En el presente, el ranking resiste el embate del clic compulsivo y su interpretación. Y sí, genera titulares que son imágenes porque dicen medir personas, actividades, culturas, estados….

Naturalizadas las muertes diarias que no escapan a la clasificación, el debate resurge por su pre-pandémico fuelle de bandoneón que estira o contrae la grieta de los posibles e imposibles derechos y libertades (cuesta escribirla, pero hay que hacerlo, ahora que los libertarios intentan redefinirla como inventada por la propiedad) de las personas. En el Reino de España, fruto de las elecciones catalanas con sus flecos interpretables de legalidades o su envés, de presos y ausentes, pero, también, de la “garganta profunda” que amenaza desde su celda con demoler la trayectoria del (hasta el momento) principal partido conservador, o del rey-padre en su “yanna” dorado que imaginamos rodeado de odaliscas y consentidos whiskies, repasando sus últimos movimientos bancarios, o el más reciente detonador por el encarcelamiento de un rapero acusado de adjetivar en contra de la norma vigente y sus posteriores manifestaciones (que fueron escasas en número de participantes y donde una joven perdió un ojo por la actuación policial aunque medio país lloraba la quema de unos contenedores), ha tomado forma el concepto: “democracia plena”.

En torno a la “democracia plena”, su orgullosa y enfática defensa, se cierran filas o, por lo menos, eso se percibe en los medios de comunicación que cuando se le da al control remoto aparecen en pantalla, o arriba de la página en el motor de búsqueda de internet, o cuando la sintonía surge nítida en el dial. ¡Pah!, una ofensa nacional mentar, cuestionar o simplemente dudar “de lo que todo el mundo ve y sabe”, concluyen en una mesa de debate. Por supuesto, reconfortado ante el consenso, el Presidente se deja titular:  “En una democracia plena como es España, la violencia es inadmisible”.

Tantas veces leída y escuchada en estos tiempos cual efigie alegórica que avanza abanderada y que tan solo está al alcance de una veintena de países, resulta perentorio buscar a los padres y madres de tal concepto que se vuelve totémico y hasta provoca un lagrimón. ¿Será Naciones Unidas? ¿Acaso un consejo de sabios? Vaya, no. Todo es mucho más pueril: el índice de democracia (Democracy Index) es una clasificación hecha por la Unidad de Inteligencia de The Economist, que a través de 60 preguntas sobre procesos electorales y pluralismo, libertades civiles, funcionamiento del gobierno, participación política y cultura política, determina el puesto en el ranking y los categoriza en cuatro segmentos (obviamente, cuanto más se desciende, suena peor). Lo curioso del caso es aferrarse a una encuesta de un diario conservador al extremo que no indica qué tipo de expertos son consultados, ni su número, ni si son empleados de The Economist Intelligence Unit o académicos independientes, ni las nacionalidades de los mismos. Es decir, es más transparente Eurovisión.

Sin democracia, “Plena” (junto a la Bomba), es un ritmo llegado desde África que los boricuas le pusieron pandero, guitarra, acordeón, voz, allá por mediados del XIX y que trascendió al principios del 900 con güícharo, cuatro, bajo, trombón y saxofón. Es bailable, divertida y anda por ahí, medio de tendencia en algunos países donde los ritmos tropicales no se miran por arriba del hombro. Y sí, cuando se lee y escucha a los relatores de la nada con sus violentos discursos (que lo son por enfáticos), reivindicativos de rankings creados en una opaca sede londinense, casi es mejor exclamar ¿qué democracia plena ni ocho cuartos!, acodarse en un mostrador imaginario, subir el volumen y disfrutar de la música en una democracia imperfecta, en constante construcción, agradable como otras y con muchos cantantes. Y bailar… Democracia, Plena, Bailable…

Sí, pero no

Cuando nuestras vidas eran matices de tonalidades, tonos e inflexiones, borrosa la vista, distinguíamos los cálidos de los fríos alientos, los apresurados de los regalados momentos, los acunadores de los obligados mimos. Y nos dormíamos confiados en lo seguro de estar en la tribu. La vista clara y la repetición de palabras y gestos, nos posibilitó, con el tiempo, interpretar. Después vino la fonética de cosecha propia fruto de nuestra esponja cerebral bien o mal regada. En el mejor de los casos, cuando la herencia de los ancestros no santificaban aquello de la letra con sangre entra, la conjunción adversativa se convirtió en la picana para sociabilizarnos. La pausa y su coma, qué decir que nadie sepa, avisa del anverso.

Cada mañana, desde que empezó la pandemia, asistimos a los gráficos de personas contagiadas y muertas. Propios y del vecino. Acto seguido, científicos y personal sanitario repiten qué hacer para combatirla. Es sencillo: frenar el contagio. Para lograrlo concluyen: frenar los contactos. Analistas de todo tipo de pelaje, asienten. Acto seguido, viene la pausa. Y su coma. Vivimos en un souk que nos da sentido o por lo menos nos entretiene hasta que llegue la hora. Imposible parar.

En este casi año de pandemia, un titular de un Presidente, que no viene a cuento citar pero forma parte de ese olimpo de mandatarios del poniente, que se nos presenta como un liberal moderado en ese centro idealizado donde conviven winds derechos e izquierdos, mediapuntas y algún que otro stopper, se extrae de una entrevista en profundidad que se supone cómoda y reflexiva: «Mi objetivo es salvar vidas, pero no podemos caer en una recesión económica irreversible».

Acostumbrados (y formados) a que la primera parte de la oración adversativa tan solo es una mero formalismo, una sucesión de adjetivos para regalar los oídos, esperamos la pausa y su coma para conocer las verdaderas intenciones. Sin embargo, y no es menor y la frase se podría atribuir a la inmensa mayoría de dirigentes de “el mundo libre, pero sujeto a los mercados”, el uso de la primera persona “mi objetivo es salvar vidas…”, en contraposición con el plural mayestático de la segunda parte, evidencia el mercadeo de dirigentes (casi mesiánicos) a la hora de frenar el contagio. El ego no hace equipo y sin él, la comunidad se torna pasiva, a la espera.

Lo sustantivo de la oración viene detrás (pausa coma), “pero no podemos caer en una recesión económica irreversible”, donde se desmonta todas las directrices y recomendaciones de científicos y personal sanitario. La economía solo tiene una forma de manifestarse y la creatividad intelectual es holgazana, prácticamente convoca a los “cuatro jinetes de la apocalipsis” si no es adherida irrestrictamente. Nos reconocemos y estamos felices con este modelo rígido. Hablamos con soberbia del estado del bienestar, de democracias plenas. De las libertades. Y si no, comparamos con los estados menos afortunados.

Más de treinta años de cortesía complican la necesaria contestación al cinismo presidencial. Hemos aceptado, porque no nos tocaba, que bombardeando ciudades se introducía la democracia y sus libertades; que en los bancos (ya no florentinos) se asentaba el bienestar de nuestros culos y cuando la cagaban (ellos) se le limpiaba su humanidad con billetes de 500 euros (y muchos); que no rescatar personas en el agua era para que otros, en lejanas tierras tras el desierto del Sáhara (que ahora son, como antes los celtas y los indios al oeste, subsaharianos), no escuchasen el efecto llamada que suena como sirenas de una Europa mitológica, y que los vientres hinchados por las hambrunas o enfermedades, a los que nunca les faltan moscas buscando la humedad de sus labios, son irremediables porque viven bajo gobiernos corrompidos por los señores de la guerra y reyes emplumados fruto de los proyectos descolonizadores fallidos. En fin, después de tanto tranzar con sus discursos adversativos, aceptamos que “no podemos” revertir muertes, hambrunas, pobreza, precariedad, discriminación, injusticia e inequidad so pena de “caer en una recesión irreversible”. Y ahora, blanca, cristiana y propia. Vaya.

Disciplinados asistimos al cinismo, impúdico y haragán de quien se erige líder de un territorio y busca la salvación (pausa), (pausa), siempre y cuando nada cambie los postulados económicos a los que se rinden cuenta. Es un sí, pero no. Sí a la lógica científica, pero no a sus recomendaciones. Sí a la vida, pero no para todos. Si al gasto, pero no inclusivo. Sí, pero no y debemos entenderlo, casi nos viene de fábrica la conjunción adversativa.

La condena de Luisa

Este año se cumplen 50 años de la publicación de “Las venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano, que supuso una patada a la historia oficial del continente. Ni era el primero ni será el último, pero hay veces que la forma y el contexto se alían para que cientos de historias reales, vistas desde otros ángulos, le den volumen a las sombras que erraban por el olvido. La América Mágica de la literatura le dribló a la leyenda y se presentó como historia de fragmentos multicolores unidos por un telar. La micro, por fin y por suerte, le compitió a la macro historia, tan presuntuosa y certera, tan adusta de colores y matices. He ahí el gran valor de las Venas y de Galeano que siguió acumulando instantes.

Luisa cumplió el 2 de febrero, fecha de Iemanjá y para los canarios de la Candelaria, 531 días presa en Dilley, en el sur de Texas. No le prendió velas a la diosa de la mar ni a la virgen luminosa porque lo suyo es tan terrenal que los milagros no cuentan en las burocracias.

Luisa, que no es su nombre pero eso no importa, tiene 9 años y aunque está acompañada de su mamá, los 15 meses de detención le han quitado el apetito y las ganas de jugar mirando la alambrada con concertinas que la separan de esa llanura verde infinita, su libertad. Nada sabe, y no importa, que esos campos que lucen libres y grandiosos, fueron el infierno de otros condenados a la esclavitud del algodón. Tampoco sabe que quienes hoy las vigilan descienden de otros migrantes que una vez cruzaron la mar océana huyendo de sus propias miserias y violencias.

Luisa y su mamá, Ariana, llegaron de El Salvador escapando de la violencia social, doméstica o económica. Da igual cuál de ellas, todas son violencias. La justicia les denegó el asilo por un trámite incumplido. ¡Vaya! La justicia olvidó que el Acuerdo de Flores impide retener más de 20 días a un menor migrante. ¡Vaya! Porque la justicia sabe de adultos y menores, pero no entiende de mamás e hijas. Cinco veces las llevaron al aeropuerto para deportarlas. Cinco veces las regresaron. Y ahí están, junto a otros, presas en un limbo.

La pandemia, deportaciones y alguna liberación fue vaciando el Campo Familiar de Detención de Inmigrantes, que como las plantaciones de algodón, es una empresa privada que busca el lucro y acumula demasiadas denuncias en su contra. Llegó a tener más de 1700 reclusas y hoy solo quedan 54 mujeres con sus hijos.

A Luisa la soledad la está asfixiando. Solo le queda una amiga pero ambas se han hecho prematuramente adultas. Alguien le dijo que el sátrapa ahora vive en Florida y hay un nuevo Presidente en la Casa Blanca. Qué también hay senadores con apellidos como el suyo o de sus antiguos vecinos. Y escribe cartas. Muchas cartas. En todas pide lo mismo: cumplir años, pasar navidades sin alambradas y ser feliz con su mamá y su tía que vive en California. Y como no entiende que eso es un delito que las personas nos hemos dado contra nuestros propios orígenes, escribe. Una y otra vez. Quizás, descartada la justicia, la piedad obre en su favor. Pero, ¿cuántas Luisas o Luises hay? Las venas, 50 años después, siguen chorreando. Y seguirán, por desgracia o por las personas.

La clase continúa

John Byrne era un irlandés de Chicago, corresponsal de radio en España para CBS (aquellos que desenroscaban el micrófono del teléfono para conectar el grabador y pasar la crónica en los 80) y especialista en la conducta, su percepción por los públicos. Siempre dirigía las sesiones de imagen pública por donde desfilaban empresarios y voceros. Era un tipo de exquisitos modales a la hora de destrozar los mensajes mal expresados, la gestualidad inquieta y reveladora, el maldito inconsciente que perturba lo que se debe o no decir frente a un público dado. Los industriales dejaban paso a los empresarios en aquella España post dictadura y ya no todo era válido con tal de estar bajo el paraguas del régimen. Había que transmitir y hacerlo bien. Surgían cada vez más los líderes de opinión (hoy bastardeados bajo el título de influencers) y las tendencias. Las empresas eran o no modernas, vanguardistas (palabra en desuso) y el state of art hacía referencia a la technology, siempre y cuando, sus cabezas visibles estuviesen la imagen correspondiente. Producto, mensaje y vocero debían guardar armonía.

Con los años, separados los caminos pero manteniendo el contacto, nos juntamos en los 90 en una visita en Madrid. Estaba a pleno con una empresa estadounidense que había ido más allá evaluando, midiendo y asesorando el impacto de todo el organigrama laboral cuando existe un contacto con el público, con especial incidencia en las instituciones públicas (como son en EUA, tenían hasta el costo, entre un 15 y 25% en los beneficios o el retorno, cuando se trabajaba el cómo comunicar y estar). John era enfático al demostrar el desfase entre la promulgación de normas y leyes y el uso real de los funcionarios de las mismas.

Han pasado casi 30 años de aquella conversación y hemos asistido a una modernización en la praxis. El comienzo de siglo introdujo muchos derechos post de una mayor equidad que algunas, por suerte, hemos normalizado (deberían ser todas). Sin embargo, primero la crisis económica del 2008-11, con sus medidas involucionistas (sobre todo laborales y su deriva), que generó una grieta social desmontando el estado del bienestar, y ahora la pandemia que penaliza la vida y profundiza las dos orillas donde conviven posibles e imposibles, posibilitaron la aparición del odio. Son más de 10 años donde, amparados por los votos, los mesiánicos que con mensajes simplistas han detectado quiénes son los culpables de sus miserias. El otro. El diferente. Y las barreras de ejercer la función pública en la enseñanza sin caer en las miserias propias, entendiendo que sus públicos son personas jóvenes que buscan conocimiento, se han levantado. No todos, por supuesto, pero con uno llega, sobre todo por la impunidad y la falta de ética:

Clase de Valores Éticos, 4º ESO: profesora dice: “respetamos más a los musulmanes que a los católicos”. Una joven apostilla: “a ellos les tenemos miedo”. Silencio. Otra joven comienza a llorar. Hija de un matrimonio mixto. Solución: “puedes ir al baño”. La clase continúa.

Los soldados de dios

El día que Jake Agneli, el joven disfrazado de Daniel Boone cornilargo (es de suponer que como aquel, también miliciano y cuáquero), junto a otros 15.000 supremacistas blancos y afines acataron la orden de marchar sobre el Capitolio estadounidense dada por su líder, el Presidente Zanahoria (la carotenemia en su físico inevitablemente recuerda a “Naranjito”, una infeliz mascota del Mundial de Fútbol de 1982), tuvo consecuencias, lanzó señales, en el resto del mundo poco evaluadas o inadvertidas por los analistas y politólogos.

Es ampliamente estudiado y medido el poder de las imágenes para condicionar la opinión pública: si existen, es la realidad (no importa el medio ni el marco, el fragmento editado se vuelve un todo y las interpretaciones se supeditan). Si para una gran mayoría de los telespectadores e internautas aquellas horas de vandalismo fueron esperpénticas, para otros no pocos, verificaron que no estaban solos y que se podía actuar por el poder anabolizante de los votos pero también de la fuerza.

A los desenfrenos dialecticos de Donald Trump al declarar la guerra a la democracia estadounidense (ergo, Occidental con matices), legalizando la violencia verbal y física bajo el supuesto de ser víctimas de un nuevo orden mundial socialista que ataca a los valores blancos y cristianos, se sumó la irrupción del coronavirus (chino, comunista, manufacturero) en su sinérgico y delirante discurso con un eje de comunicación: “plandemia”. Es la plandemia la que ha llevado la muerte y la pobreza, la que ha robado las elecciones en EUA. No el trastorno narcisista de la personalidad que padecen estos mesías (habría que incluir a otros personajes en el poder como Bolsonaro, Putin, Orban, Duterte, Erdogan…) y sus realidades paralelas.

La plandemia está siendo eficaz, tanto que fue quién de migrar 8.500 km de Washington a Montevideo (a saber los miles de kilómetros recorridos en la Rosa de los Vientos) para que otra iglesia, la pentecostal Misión Vida (las iglesias evangélicas todavía pelean la marca), haga suyo el discurso del robo electoral a Trump y se descuelgue con la creación de un campamento virtual para jóvenes de todas las edades, #BrakResistencia21, para formar a “los soldados de dios”.

Con una estética, tono y ambientación bélica (https://www.facebook.com/watch/?v=829408734286708), donde no falta que “libramos una guerra silenciosa donde el enemigo tiene una estrategia de ataque silenciosa que deben ser descubiertas y desmanteladas…”, o “tenés que ser parte del escuadrón de élite de dios…”, convocando a “ser valientes, sin importar a lo qué tengamos que renunciar, defenderemos con la vida…”, alejándose del localismo afirman que “los soldados serán reclutados de todas partes del mundo…”, “dios busca soldados…” (https://www.facebook.com/watch/?v=1019777331876237).

¿Anécdota? No. Su líder, el pastor Márquez, cumple con todos los requisitos de un patrón más de la industria del creer. Hasta de la aparición de trumpismo como hecho real y posible tenían una línea editorial, ya producían mercadería cultural-religiosa-social en un mercado de consumidores feligreses, de bienes y servicios simbólicos, que apunta Joaquín Algranti. Son esas iglesias las que pueblan el mundo de las ongs y fundaciones de opacos patronatos que el sistema, en su cálculo mercantilista, ha regalado el espacio de la acción social. Claro que hay ongs transparentes, no ideologizadas, pero cada vez cuesta más diferenciarlas.

Hoy, ausente el debate y calmados los temores por la toma de posesión de Joe Biden, los soldados de dios se entrenan y es un escenario global con actores políticos en los parlamentos de acá, allá y acullá, apoyo financiero y mediático. No pasa por letrados e iletrados, el pastor Márquez es arquitecto (o era, es difícil entrar en su mente), ni pobres ni ricos. La apología del odio es una realidad y Trump y la pandemia los ha espoleado: https://www.facebook.com/watch/?v=912387699509402. Veremos.

La esencial

Dyaa se quiebra al verbalizar lo que su fresca y radiante cabeza de 12 años le recuerda cada gélida noche del conurbano madrileño en su Cañada Real: “estos meses de esfuerzo se vendrán abajo”. Llora. Llora y su barbilla tiembla porque sus preguntas no tienen respuestas. Una compañía eléctrica hace tiempo que cortó el suministro de energía a la zona para evitar enganches ilegales de los productores de marihuana. Ella lo lleva como puede, estudia con la linterna de su celular porque utilizar velas lo considera peligroso. Sabia.

No lejos de la Cañada, Cristina Cifuentes, la que fuera Presidenta de la Comunidad de Madrid, sí tiene respuestas para justificar que es una avivada, una sisadora de capacidades teóricas y prácticas (vista sus imágenes como torpe descuidera de supermercado), que (no)participó a cambio de un título de un farsa de máster tan propio de la competencia universitaria para atraer estudiantes en post de escalar en un status social desquiciado y líquido. No llora (el catedrático creador de la farsa está muerto y cómo cuando se un el capitán con su barco, el muerto paga los tragos). Detestable ella y el entorno.

La historia de Dyaa no verá cumplido sus sueños. Es la realidad que nos acompaña desde hace décadas, “la normalidad” y para ello están las estadísticas (por ejemplo, sin salirnos del marco temporal: un 42,5% de los ciclistas y moteros que reparten a domicilio en régimen de semiesclavitud y que causan mucho picazón de genitales porque consumir así es formar para de la tecnología, son licenciados universitarios. Vaya. Sin máster, claro). Arriba, los autoproclamados esenciales nunca han pasado frío. Ni hambre. Sí, hay excepciones. Pero son eso: excepciones. Y sin memoria. O con resentimiento de clase.

Cristina dice no haber guardado sus trabajos por culpa de sus altas responsabilidades. Ni su secretaría. Sí un pen-drive con los contactos derivados del puesto de trabajo. Dyaa y su mamá, guardarán esos cuadernos escritos en la penumbra porque serán parte de una construcción personal, llenos de faltas de ortografía, de dibujos con movimiento e interpretaciones con frío y mantas. Ella es la esencial. Y lo será siempre. Aunque pocos le pongan el foco.

El calendario

Todavía no hemos llegado a marcar con cuatro palitos y uno más cruzado, la pared de la pieza que nos contiene ahora, contra la monótona y displicente lluvia, ayer parapetándonos del aullador viento y creo recordar que del sol vidrioso del verano. Un suplicio de cuatro estaciones. Hasta el momento. Como escuchar a Vivaldi, “un compositor de música ligera clásica”, mascullaba la abuela Pura sabedora que era una batalla perdida proclamarlo en voz alta. Para marcar la pared se inventaron las cárceles y los manicomios. O eso creí adivinar, hace tantos años que confundo cuándo, lo postulaba Foucault al criticar esos recintos punitivos de aislamiento que hacían sentirse bien, a salvo, libres de diferentes y más civilizados en su misericordiosa visión judeo-cristiana del Otro. Cachorros europeos imbuidos por la cegadora luz civilizatoria como ninguna otro antes.  O eso dice Dezcallar, que no es poeta diplomata como Vinícius de Moraes, tan solo diplomático y ex director del espionaje español, cuando reclamaba el compromiso por defender los valores morales de Occidente confrontando a islamistas que no han vivido el renacimiento y a chinos que, bueno, apenas tienen a Confucio. Y tan pancho.

Durante estas primeras cuatro estaciones de aislamiento punitivo defendiendo los valores morales de Occidente, al anochecer, agotada la batería del motor auxiliar que se prende por la mañana, empiezan los flashes visuales de aquellos calendarios clavados en la pared cuando el mundo era de papel. Calendarios de viejos marcados como un día más vivido hasta un no sé cuándo se producirá el desenlace. De espera. De aguante. De estar vivos. Calendarios tachados, pronosticadores de venturas. De partidas o llegadas. De encuentros. De lunas que crecen, se llenan y decrecen. Calendarios con círculos rojos recordatorios de no estar solo. De nombres. De edades. Llenos de caricias y besos. De lágrimas. Calendarios con principio y final que, cada 31 de diciembre se transformaban en papel picado y volaban por la ventana para ser pisoteados en el ritual que cada primero de enero, arranca un va de nuevo, un quizás, aunque nada cambie y todo siga igual. Pero los calendarios, juntos a los reloj de pared, sucumbieron ante el relato, incapaces de retorcer el tiempo, de dar virtualidad a las vidas.

Cuando empezó Todo esto no se echaron en falta los calendarios. La soberbia normalidad vaticinó el triunfo del modelo. Bueno, por eso es soberbia. Pero sí, cada noche marco una fecha en el calendario imaginado. Aún no sé si esperando el desenlace, el pronóstico o el recuerdo.

La vergüenza blanca

Las imágenes del asalto al Capitolio ya forman parte de la iconografía estadounidense y occidental del siglo XXI. La horda de 15.000 abducidos trepando muros, rompiendo puertas y mobiliario, robando objetos, ocupando despachos, disfrazados…, sólo se entiende si antes, y durante un tiempo prolongado, han sido sometidos al tormento de la gota china con mensajes clarividentes, apocalípticos, victimizantes. Eurodescendientes de una cultura superior, cristiana y conservadora amenazada por el “gran reemplazo demográfico” de democracias liberales, corruptas, globales… O eso dicen. Y bastaba con una gran crisis económica como la del 2008 para desatar la campaña mediática y pescar en caladeros idiológicos pero también de bronca.

Apabulla comprobar cómo una y otra vez la historia se repite. La manipulación de las personas  para convertirlas en hordas dispuestas a la ira (y de más de 70 millones de estadounidenses, pero también en todo Occidente), recuerda otra campaña que hace 100 años y monedas generó durante 14 años el clima necesario para el ascenso al poder del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán con Adolf Hitler al mando. La campaña, cuando el cabo no había escrito Mein Kampf, se denominó “La vergüenza negra (Die schwarze Schmach)”. La excusa fue que uno de los puntos del Tratado de Versalles, tras la Primera Guerra Mundial, establecía que los territorios a la izquierda del río Rin estarían ocupados, durante 15 años, por tropas aliadas De los 100.000 efectivos franceses adscritos a tal misión, se decidió que 1/5 parte de los mismos fuesen soldados coloniales procedentes de Argelia, Marruecos, Túnez,  Senegal, Madagascar y Vietnam.

La presencia de los 20.000 soldados coloniales generó una campaña de comunicación de partidos nacionalistas, conservadores, iglesias cristianas y también de sectores de socialdemócratas del Estado a través folletos, medios de comunicación, literatura, teatro, cine y el merchandising del momento (la medalla que por un lado se ve a un soldado con casco francés que más parece un mono que un hombre y su revés, donde una mujer alemana está atada a un palo de tormento que es explícitamente un falo de un negro coronado con un casco, ha llegado hasta el presente). Una campaña basada en noticias falsas (violaciones de mujeres y jóvenes, contagiados generalizados de enfermedades venéreas, chupadores de sangre, etc.), con equipos de publicidad generando contenidos en los principales idiomas europeos y con un programa de relaciones públicas de visitas de personajes internacionales para expandir la humillación de tal situación (Alemania se presentaba renovada, libre de culpa tras la abdicación el káiser Guillermo II, el culpable, dando los primeros pasos de la República de Weimar).

Una campaña eficaz (a tenor por las recaudaciones económicas recibidas, imprescindibles para su éxito) porque expresaba un sentimiento que recorría Europa y que suponía una inversión del orden colonial: súbditos coloniales que podían ejercer autoridad sobre una antigua autoridad colonial europea se percibía como una humillación extrema. Las ideas de que los hombres negros pertenecían a una raza primitiva y no controlaban sus impulsos sexuales, recorría Europa.

Nada había de subliminal ni de algoritmos, tan presente en la actualidad para descansar tras un orden matemático de las cosas. El primer Presidente de la República de Weimar, el  socialdemócrata Friedrich Ebert se despachaba a gusto en sus declaraciones:

“No podemos comprender cómo el mundo civilizado puede guardar silencio sobre esta inmundicia que se nos ha impuesto. Cómo puede guardar silencio sobre los muchos delitos sobre la moral, la contaminación de la población con enfermedades venéreas y otras cosas. El uso de tropas negras de la más baja cultura como supervisores de una población de alta importancia intelectual y económica como la de Renania es una desafiante violación de las leyes de la civilización europea. Así lo denunciamos otra vez hoy ante todo el mundo.”

Suena. Suena actual para entender ese discurso del panaeuropeísmo blanco y cristiano que asiste sin perturbarse al drama del Mediterráneo que va para 30 años, a los exámenes de idoneidad nacional para quienes legalizar su situación… El parlamento bávaro declaró solemnemente: “Es un crimen contra la civilización hacer venir a negros de África para vigilar a un pueblo de cultura superior. Protestamos contra esta humillación y dirigimos nuestro llamamiento a la conciencia del mundo civilizado.”

Muchas voces foráneas se pusieron de su lado como el Daily Herald, órgano del laborismo inglés, que publicó varios artículos denunciando “la peste negra” que había llegado a suelo europeo en la forma de “decenas de miles de bárbaros africanos primitivos”. Destaca los artículos firmados por el periodista y diputado laborista, E.D. Morel “Black scourge in Europe (El azote negro en Europa)”, o los folletos “The horror on the Rhine” que le suministraban sus fuentes berlinesas que no eran otras que publicistas de la campaña.

En el marco de las relaciones públicas de la campaña, en Ministerio de Asuntos Exteriores alemán invitaba a personalidades de todo el mundo para presenciar su puesta en escena. Hay un folleto de la estadounidense Ray Berveridge, publicado tras su visita a Alemania, delirante pero ejemplificador:

“¿Han perdido la razón los hombres dirigentes de todos los países arrojando ciegamente a nuestra raza blanca, a nuestras mujeres blancas al abismo? Llamo a todas las mujeres del mundo, a todos los hombres que todavía merezcan llamarse así: ¡Auxilio! Mujeres blancas, muchachas y muchachos blancos están en peligro todos los días, a cada hora. Este peligro existirá mientras una persona de color tenga derecho de ejercer poder sobre los blancos. En Estados Unidos se cuelga a todo hombre de color que ataque a una mujer blanca.”

Y, por supuesto, no faltaron congresos científicos internacionales para debatir estas cuestiones y poner en valor lo importante de ser blancos y seguir siéndolo en Europa y a través de los eurodescentientes en el mundo. Existía un lamentable pero consistente precedente: “El llamamiento a las naciones civilizadas” o Manifiesto de los 93, publicado en 1914, a meses de iniciada la guerra, donde 93 científicos (con varios premios Nobel incluidos), médicos, filósofos, artistas, intelectuales… expresaban, en uno de sus puntos el rechazo a utilizar tropas coloniales en el conflicto con:

“Quienes no tienen inconveniente en excitar a mongoles y negros contra la raza blanca, ofreciendo así al mundo civilizado el espectáculo más vergonzoso que se pueda imaginar, son los últimos que podrían reclamar el título de defensores de la civilización europea.”

El eje de comunicación de la campaña “La vergüenza negra”, es la mujer blanca como víctima y culpable del posible mestizaje. Un médico de la época (Rosenberger), se mostraba pesimista al respecto: “¿Vamos a tolerar en silencio el hecho de que en el futuro, a orillas del Rin, en lugar de las bellas canciones de los alemanes blancos, de bellos rostros, bien formados, intelectualmente superiores, activos y sanos, se oigan los broncos sonidos de mulatos manchados, de frentes hundidas y de morro ancho, regordetes, medio animales y sifilíticos?” No le falta nada para el perfecto compendio de un supremacista de la actualidad.

La realidad, como explica Iris Wigger, socióloga de la Universidad de Loughborough, no existió tal situación: “las mujeres no fueron víctimas de esos soldados coloniales y sí utilizadas, convertidas en víctimas y expuestas en libros y folletos como fantasía e impulsos sexuales masculinos, sádicos, animalistas y bestiales de los propios hacedores de la campaña.” Y lo peor, culpabilizadas porque, como es lógico, con el tiempo las fuerzas de ocupación y la población mantuvieron una relación de convivencia. Se formaron parejas que tuvieron descendencia. A estas mujeres sin campaña de comunicación, a  sottovoce, se las denominó “La vergüenza blanca”. Vaya.

Creo que a falta de internet y las redes sociales, este período histórico, contiene todas las puntadas de una costura civilizatoria construida, falsa, creyente…, que vienen llegando hasta hoy y amenazan con asaltos varios. Porque después de “La vergüenza negra”, llegó el nazismo y Hitler con sus campos de exterminio (que por cierto, esterilizó a aquellos niños y niñas nacidos de aquel mestizaje, porque a la barbarie siempre le queda un paso más por dar), el fascismo, el franquismo, las dictaduras en América… Hoy, Occidente otra vez se ha vuelto grotezco y agresivo, matón deslenguado, cruzado, racista y xenófobo. Y no son pocos. Al contrario. Y la historia se repite. Y no tienen vergüenza.

El Presidente adolescente

Alto no es. Más bien lo contrario. Está sobrado de gimnasio y lo acentúa con el gesto, con su pose de puños cerrados, prietos los pectorales, barbilla apuntando al cielo…, salvando las distancias, igualito que Hulk cuando se enojaba y rompía su camisa tornándose verde justiciero. Lo digo porque, exceptuando en su intimidad que a nadie interesa, su faceta pública está llena de instantáneas de casualidad casual que recogen esos momentos cuando la persona siente la necesidad de que su cuerpo, su imagen, surfeé las redes sociales transmitiendo un sex appeal de narcisista influencer (tiene algo de la escuela del otrora Presidente español, José María Aznar cuando, retirado del cargo y esto lo justifica, mostraba sus bíceps de tableta de chocolate por las playas levantinas y, también, cómo no, del incombustible y polideportivo Presidente ruso, Vladimir Putin, siempre dispuesto a cabalgar corceles con el pecho al aire cual cosaco fashion o hacerle múltiples llaves de artes marciales a un obligado voluntario frente a las cámaras del nuevo zar. Todos muy “Homo Eroticus; súper macho”, según aquella surrealista visión de Marco Vicario del 71).

El no muy alto y bien musculado que hoy es noticia es el Presidente de Uruguay, Luis Alberto Aparicio Alejandro Lacalle Pou, que decidió comenzar el año practicando su deporte favorito: surfear olas (el primer Presidente surfista del mundo según la revista Duke). Hijo de Presidente, 47 años, abogado sin ejercicio profesional reconocido, político de toda la vida (bisnieto del viejo Herrera, creador de la corriente política del “herrerismo”), que llegó a las bancadas legislativas finales del pasado siglo con el sugerente lema “aire limpio”.

Hoy, es Presidente y se gusta. Lo es gracias a ganar las elecciones de 2019 (obtuvo el 28,62% de los votos), y armar una coalición de centro-derecha-militar, donde abundan los tiburones financieros, los dinosaurios ruralistas, los zombies militaristas y disparatados legisladores que rayan el delirio en sus propuestas y comunicaciones en redes sociales. En el medio de todos, aparece el Presidente como piloto o capitán de la nave del gobierno que, por ahora, sólo ha demostrado que tiene engranada la reversa en temas sociales y laborales. Pero, en la pandemia global, al país hasta diciembre no le fue mal y eso lo ha sabido capitalizar. Sin confinamiento obligatorio, con apenas parón en el sistema educativo, sin limitaciones estrictas de fronteras y con el menor gasto de los países americanos para planes anti-covid, según la Cepal, los números eran realmente fueron muy bajos y hasta se presentaron como un modelo mundial (el Jacindo Ardern uruguayo para muchos). Subido en el pedestal del éxito, con encuestas de imagen mensuales que le daban un apoyo superior al 60% (no al gobierno), desplegó su retórica grandilocuente propia de los jóvenes donde los empresarios eran los “malla oro (en referencia a las carreras ciclistas)” a los que había que cuidar o la metáfora de “las perillas”, donde a él le permitía modular la libertad frente a la pandemia (hasta hizo una gira mediática en Argentina para contraponer las medidas estrictas del Presidente Fernández a las suyas como adalid de la libertad individual. Nada habló de la herencia de los gobiernos progresistas que habían fortalecido al país en su sistema de salud, el educativo que fue fundamental en el aporte científico y en las políticas sociales, fundamentales para enfrentar la pandemia y menos de la calidad democrática de la ciudadanía proclive a actuar responsablemente). Sus apariciones fueron tan surrealistas como la enfundarse el traje de piloto y subirse con uno de verdad a un caza y realizar prácticas de tiro desde el aire, ir de asado con los militares en el campo o bendecir la creación de un descomunal monumento, un “memorial” a las víctimas del Covid…, siguiendo una estrategia de alguna agencia de Comunicación, Imagen y Relaciones Públicas.

Pero, llegó diciembre y lamentablemente Uruguay se equiparó a las cifras de crecimiento exponencial donde habita el maldito virus. Uruguay dejó de ser una isla. En todos los parámetros, en quince días los casos se han duplicado o más. ¿Y las perillas? Atascadas. Las recomendaciones científicas, matizadas o desoídas. El plan para comprar vacunas, virtual o inexistente hasta el momento (al más estilo caudillesco declaró que “iría personalmente a comprarlas”). Y el panorama es feo. La falta de previsión, de medidas laborales y sociales que mitiguen los efectos de la pandemia, la presión que se ejercerá sobre el sistema de salud darán más malas noticias en 2021.

En un país que, desde marzo y gracias a los mecanismos populares se dieron más de 8 millones de raciones en las “ollas populares” que no apoyó el gobierno, con el lógico crecimiento del desempleo derivado del parón económico, el Presidente grabó un vídeo para Instagram (con ese toque de musculitos con corbata) en el que trasvasa la responsabilidad a las personas, en su deber de mantener una “actitud solidaria (que es quedarse en casa, mantener el distanciamiento social, usar mascarilla…)” y, fin de año sagrado, él se fue a su casa de la playa a surfear, justo lo contrario que debería transmitir si pretende que las personas actúen de forma responsable.

El 1 de enero, una foto casualmente de casualidad de un periodista amigo del Presidente, se subió a las redes sociales donde se le veía corriendo una ola al mejor estilo californiano; imagino que tarareando aquella canción de The Ventures, “Hawai 5-0” que el español Loquillo le puso letra con su “solo aquí en la playa…/soy un desastre sin igual, de verdad…” Bueno, las playas están atestadas de personas disfrutando del verano y dándose al relax como el Presidente. Siendo realistas y viendo lo acontecido, Uruguay tiene un Presidente adolescente sin igual, incapaz de estar a la altura, por lo menos durante cinco años, de las circunstancias. Y es un gran problema. O eso creo yo.

Imagen: Wastefi