No sustentable

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El tipo se sienta frente a la computadora para explorar alguna oportunidad tras la imagen de un auto con la puerta abierta. Apostó mal. Decidió peor. La cultura barata que entraba por la ventana. Las señas de identidad que solo se tatúan en panzas agradecidas. Es la era de mercaderes revolucionarios y de funcionarios emprendedores. Mitomanías, no posverdades. Eso sería un analgésico emocional. Son vidas inventadas. Y las oportunidades no existen. Quizás si se pusiese la camiseta de un cuadro grande, los que son pura corriente para dejarse llevar haciendo la plancha. Fue un error de cálculo infantil hacerse de un cuadro chico. Son buenos los argumentos pero pocos con quién compartirlos. La idea es disfrutar con un partido y no pensar en un campeonato. Basta de metáforas. La realidad es que cuanto antes venga la parca, mejor. Eso piensa. Solo jorobar hasta ese momento. Al fin y al cabo, y aunque tocado, queda el procesador obsoleto de la cabeza. A cada virus, un reseteo. ¡Oh!, el tipo parece esperar a un hacker ruso. Esos malísimos que atacan a los buenísimos. Y él, se supone que mora en el bando correcto. Le falta el Síndrome de Estocolmo para ver humanidad en el esclavista, el abusador de Otros pero, que es vecino, un tipo de revista de millonarios. Y bla, bla, bla. Mira por los tejados de una ciudad ajena. Y se reconoce no sustentable. La realidad viene así. Es imposible tener un horizonte. Y menos uno suyo. Tiene demasiados años para pensar en revertir la situación. Y la gente está acomodada. Son carne de un mitin donde se reconocen para irse de vinos después. Reivindicar es un hobby, podía ser una app, de esas pelotudas que el teléfono pugna por instalarla. Le persiguen el banco, las deudas, los pagos y dos bocas que no pidieron subirse a la calesita. Y no llega. Nunca llegará. Debería haber aprendido a robar. Hay infinitas maneras de robar. Plata, ideas, trabajos, currículums, vidas. O ser falluto. Sonreír mientras se detesta. O prefabricar emociones. Nada cambiará. Es una era de atrezzo. Un boleto de lotería. El juego de los pobres y de los empobrecidos, de los deudores. ¡Una mierda! Por eso sigue frente a la computadora reconociéndose no sustentable, esperando caer derrotado y que el sueño venga pesado, noqueador. Mañana seguirá sin futuro pero habrá gastado un día más del calendario. Y la puerta del auto seguirá abierta sin alguien.

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La supuesta calidad de vida

P1000624.JPGDicen que las pequeñas ciudades de provincia tienen “calidad de vida”. Ya no son un pueblo donde todos se conocen pero tampoco una ciudad donde viven en el anonimato. No lo entiendo. Para mí, es justamente lo contrario y las afirmaciones contra los extremos solo me provocan que el gris impera. En el pueblo se puede ser el tonto, el colgado, el malo, el perro, el yeta, el listo, el bocas, el jetas, el estudiado, el leído, el, el, el. O la, la, la. Igualmente, sos. Te lo dicen a la cara. Se convive. Y el ecosistema lo sabes desde la teta. Y cuando no da más, uno se marcha y punto. Las ciudades, por otro lado, tienen los barrios que son esporas de supervivencia y los centros donde se confluyen. No hay que marcharse, se puede estar y no estar sin moverse más que unas paradas de bondi.

En las ciudades de provincia, departamento o estado, todo se presupone porque existe la creencia de que se conoce. Tienen los tamaños justos para que las cosas suenen, próximas o lejanas, pero hacen ruido. A los antes descritos en los pueblos, se suman las distintas administraciones, el cuerpo cultural local, los medios de comunicación y redes sociales, la burguesía fagocitadora de las clases sociales y profesionales de distinto pelaje. Son sociedades endogámicas presuponedoras. Difícil no encontrar en un mostrador a alguien que no conozca tal o cuál hecho, o persona, o empresa, o administración y que no tenga una opinión formada adquirida de quinta mano y que vende como de primera. Todo suena. Y lo extraño es inexorablemente repudiado. Son la evolución perfecta de los Reinos de Taifas.

Por supuesto, cuando su legión de acólitos, esgrimen de la calidad de vida lo enmarcan en las dimensiones. ¿Acaso en las grandes ciudades es obligatorio recorrerla para notar la presión del Otro? No, la mayoría de las veces los microsistemas vitales se reducen al barrio y son los turistas o desplazados quienes viven esa supuesta incomodidad. También suelen reseñar la proximidad del Otro, pero, seamos sinceros, repetir una y otra vez las mismas situaciones y mismos personajes, es para quienes viven prescindiendo de la curiosidad, la mirada y, por supuesto, la pensada. Todo es previsible. Y, ya sé que muchos discreparan, aburrido. Cualquier persona con ese mínimo de curiosidad se asfixia en una ciudad de provincias, básicamente, por falta de mestizaje, de sorpresa, de reflexión ya sea humana, cultural, profesional y hasta política. Son un limbo.

Las ciudades de provincia son, además, proclives al chovinismo. Difícilmente sus ciudadanos atraviesan los límites, pero saben, porque así se lo transmiten desde los poderes locales, que son lo mejor del mundo, la envidia de los demás, la punta de lanza de las vanguardias. Especialmente cruel es en el mundo de la cultura. El músico, el pintor, el escritor y muchos el o muchas la, necesita de la contaminación para su discurso so pena de caer en el conformismo. Y lo hay. ¡Carajo si lo hay! Lo mismo le ocurre al profesional porque si bien el mundo de la comunicación ha facilitado el acceso a la información, es necesaria la praxis y ahí, se choca con los códigos de una ciudad de provincia que, por regla general, son conservadores.

Sabedor que no granjeo amigos diciendo que la calidad de vida de las ciudades de provincia es tan solo supuesta, me gustaría saber cuántas personas no han deseado marcharse. Y es que ahora hay hasta universidades, todas de medio pelo, que antes, durante cinco o seis años, contaminaban la mente de las personas en otra ciudad. Y el servicio militar, ese que reinventarán los suecos, para descubrir más allá de la señal de “está usted saliendo de la ciudad”. Cualquier cosa para descubrir que el mundo está lleno de baches para tropezar y caer. Y levantarse. En las cartas hay que cambiar la pareja de vez en cuando. ¡Y está tan bueno el mundo! Las ciudades de provincias siempre estarán para un fin de semana o unas fiestas.

 

La Loren

Recién me vino a la cabeza la Loren exuberante de mi juventud. ¡Qué mujer! Ella y la Gardner, ¡qué belleza salvaje! Las perseguíamos en las noches de verano montevideano. A una o a dos manos. Nada que ver con las rubias, qué tenían sus defensores también en la barra de la esquina de Lima e Inca. Los mayores tenían los datos de las medidas precisas para que aceptasen alguna de las cartas que estábamos dispuestos a escribirles con nuestra foto de desvalidos guachos de un sitio tan lejano y desconocido. Los argentinos nos hacían sombra. Y los brasileros, bueno, tenían brasileras. Nosotros, una pelota de plástico que comprábamos entre todos después de revisar trajes y carteras en el ropero de casa, mucha conversación y las chiquilinas de la barra que eran muy lindas, pero, les faltaba ir para adelante como creíamos que iban nuestras ídolas.

Con la certeza de no cumplir con los requisitos de la Loren, tras exhaustiva medición en descanso y firmes, arranqué por la vuelta de meterme en trabajos y ambientes que desconocía. Me convertí en sapo de otro pozo. Y en esas ando. Callejee con rumbo porque, aunque las personas suelen idealizar lo de sin rumbo, todos escondemos una dirección en la cabeza. Probé la religión pero me echaron. En realidad ni yo entendía su milonga ni ellos la mía. Estaba el asunto de jugar al fútbol en cuadro de la iglesia para lo que, obviamente, había que tragar hostias. Digamos, rescindimos el contrato ambas partes. Y una lástima, era un buen cinco. Duro, grande, intimidador. También podía ser un tres. Pero eso de la virgen María no me entraba. Lo había corneado a José. ¿O no? Después probé en las autarquías europeas. No querés religión, tomá dos platos. Terrible. Igualmente la sobrellevé a ponchazos. No entendía un sorete sus costumbres. Y me largué. ¡Para qué!, a navegar en un mercante. Era como el pato criollo: a cada paso una cagada. Eso sí, hijo de un tipo del 21, todo era tirar para adelante, guapear, trabajar aunque te doliesen los dedos de los pies. Así fui derivando por muchos trabajos donde siempre era el gil que no sabía las cosas y tenía que ganarse el puesto por esa escuela. La verdad, soy un inútil para todo lo que implica las manualidades. Eso lo acepté justo después de fundir un televisor en casa allá por mis 16 años. Soy ese tipo que abre el capó del auto y aun sabiendo los nombres, lo cierra y llama al socorro automovilístico. Digo, cambio ruedas. Me engraso. Porque eso sí, me enchastro sin remordimientos. Soy bueno para los trabajos brutos y simples, como, descargar camiones. Ahora eso de arreglar un enchufe, ponerle clavitos derechos a las malditas paredes, o meterle cinta americana al cable pelado, no. Sin embargo, en mi descargo, acudo a los profesionales y no les rompo las pelotas con mis ideas sobre su trabajo. Y hasta escribiendo, trabajo que hago como mercenario por mis continuos cambios de orillas, tengo que oír a una conchuda o un pajero, cómo debo hacerlo. Claro, es mi culpa por meterme a escribir mentiras publicitarias, guiones absurdos y ahora post para “luky venga”, con tal de hacer unas moneditas. Y es que, en esto de escribir para comunicar mercantilmente, hasta un ingeniero es capaz de opinar.

Y recién me acordé de la Loren, y me olvidé de decirle que no soy un pelotudo, aunque lo ejerza con singularidad destreza. Nunca alcancé las dimensiones necesarias pero estoy seguro que te habría hecho reír y me hubiese perdido por tu piel sabiendo la dirección de mis deseos. Cosas de la vida.

 

Instantes / Blues No future

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Al final de un mostrador, una tipa apura su whisky sin hielo. Me siento a su lado, también sin hielo. Le habla al espejo que nos descubre como a ese compañero ocasional de viaje al que se le cuenta sin válvulas de seguridad lo que repica en su cabeza: “Finales de una década. Da igual, como ahora. Desocupación real, vagancia intelectual, falta de independencia, miseria vital y, sobre todo, conformidad con todo lo dicho y mucho más. Todo envuelto en un paquete de regalo discursivo propio del más absoluto, rápido y diario onanismo. Acto por donde todos desfilamos como inspiradores de su deseo de jodernos. Hace años grafitearon que “nos mean y dicen que llueve”. Nada ha cambiado. Bueno, somos más los miccionados”.

Hace una pausa y líquido desciende por su delgada garganta.

“El paisaje político es desolador y nosotros somos los únicos culpables. Cada acto, frase o comparecencia debería ir acompañada por las risas grabadas que utilizan las series televisivas. Tendrían una disculpa, sería como decir que van en broma. Y nosotros los veríamos con más cariño, quizás, con la necesaria indulgencia con la que tratamos a los niños tras una mentira, una frase mal construida o una travesura. La verdad es que cuesta tomárselos en serio. A ninguno. A casi ninguno. Podían desaparecer y no nos daríamos cuenta. ¡Oh, no! Entrarían los funcionarios capitaneados por los jefecillos de lejanas y olvidadas oposiciones y concursos. Incompetentes con formas o vagos incompetentes. Los que se la rascan de 8 a 15 horas. Los de base, trabajan. No todos. Pero son quienes mantienen la maquinaria en funcionamiento”.

Otra pausa para perderse por los reflejos del espejo.

“Tantos años de vida y siempre con la misma pregunta: ¿por qué se desprecia la mirada, la curiosidad, el conocimiento? Este limbo a la espera de la muerte en que se ha convertido vivir en sociedad. Este criterio único, esta falta de debate, de pensar la vida como un todo y no como una parte, la monetarista, la conseguidora de objetos y personas. Porque la verdad, son tan aburridas, tan poco osadas, creativas, irreverentes, fascinantes, atractivas. Son una masa de carne y hueso sin sentido, carentes de la provocación que excita la razón y los sentidos a la vez”.

Y sin pausa: “Por desgracia no hay futuro porque existen personas que sí son esa contradicción de la mirada continua. Esas que buscan siempre el horizonte y no son meros espectadores. Las hay y hay que encontrarlas para festejar que estas sociedades no tienen futuro. Ni aquellas. Y disfrutarlas hasta el último segundo de vida, si se puede. Acá y allá. Allá y acá. El resto creen, errados, que los respetamos. Solo aprendimos a ser educados. No vale la pena rebatirles sus discursos usados. Pero no se confundan, esto es un blues no future y menos con ustedes si tienen alguna capacidad de decisión”.  Por la megafonía avisan que sale un autobús para su destino. Se levanta, apura el whisky y suelta un chau. Un instante.

Callejeros

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Se sabe que las razas de los perros tienen a la igualdad cuando se mezclan. Los callejeros. Cuestión de dos o tres generaciones. Un poco más altos o más bajos, pelo más o menos corto y tonos más claros u oscuros. Acá y en el Japón. Despectivamente las personas suelen achacarles más inteligencia. Y eso supone que son más independientes y con mayor capacidad de supervivencia. Claro, no son tan lindos ni nos representan adecuadamente en esa proyección absurda que hacemos sobre la cualidad que tienen nuestros bienes de describirnos como personas (ropas, teléfonos, autos, casas,… y mascotas). Son simpáticos e inteligentes, más fuertes inmunológicamente, sin las taras congénitas, pero no son tan lindos. Es mejor tener un perro juguete, o un loquito, un gigante o un ovejero en la ciudad sin ovejas, cuando no un peludo en el Ecuador o un pelado en los círculos del frío. Siempre habría un peinado o una ropita para acomodarlos. La raza lo es todo. Y por ella se paga. Y se vende. Además la belleza o no es una tendencia adquirida y no un proceso cultural (hace cuarenta años pensé extinguidos a los Chihuahuas y ahora son una plaga).

Por suerte a los humanos nos ocurre lo mismo. Por más que históricamente se haya construido un discurso genetista, cultural y político, en dos generaciones de humanos callejeros nos volvemos iguales, un poco más claros u oscuros, un poco más altos o bajos, un poco más o menos. Y también, más inteligentes, aunque también en nuestro caso se diga despectivamente. ¿Para qué sirve la inteligencia en un mundo mediático que ha crecido exponencialmente con las redes sociales si ya tenemos la imagen? Sirve. Lejos de la inmediatez que nos ahoga, y con la manía de prolongar farmacológicamente la vida, atravesaremos muchas tendencias y cánones de belleza y reconocimiento que solo la inteligencia nos permitirá sobrevivirlas. Y reírnos. Olernos el culo y darnos un paseo entre iguales, con matices. No en vano, somos callejeros.

Vividores de fondo

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“La carrera delictiva es corta. Aprovechala si tenes suerte y si no, retirate”, sentencia Beethoven Da Silva estacionado frente al boliche donde comenzó un de sus periplos vitales que lo llevó desde la sobredosis de adrenalina de las persecuciones y fugas al tedio de marcar cada día en las paredes de penales de ambas orillas del río.

Apenas unos minutos antes, “Beto” es uno más de una mesa de veteranos unidos por las murgas de carnaval, el billar y la grappa, y el whisky. Todos conocen sus prontuarios y no los conversan. Es la mesa más pesada del Club Social “Resistir”. Está abierta a la muchachada que ya ha perdido o encanecido su pelo y que son el eslabón que sigue en la cadena de la transmisión oral. De alguna manera, por decantación, se fueron arrimando para reservar un instante a lo que fueron o no, a lo que son y esperando a la carroza. Y después, cada uno a sus diarias, tan diversas como necesarias para llenar el buche de palabras que, mascadas, compartirán a eso de las siete de la tarde en la mesa sin día ni cita fija.

“Fui chofer de los hermanos Galíndez que, con solo oír el nombre de ellos, las personas estaban poniendo la plata arriba del mostrador. Unos grandes malandros que tuvieron su fama y reputación por su arrojo y decisión con los fierros. Nunca robos chicos, casas de cambio y bancos en Montevideo y Buenos Aires para escapar a la otra orilla hasta que un aguantadero, alguien los reconoció y terminaron como estaba escrito. Después busqué nuevos compañeros. Eso sí, siempre trabajando”.  Desde su camión mira boliche cerrado buscándose cincuenta años atrás, cuando con fascinación escuchaba los relatos de los guapos de milongas, tajos y puñaladas de un barrio de casas mansas y sueños altaneros, de acentos entreverados, de trabajo en lo que venga. La calle le fue ganando al liceo la pulseada por atraerlo y sus habilidades al volante fue su carta de presentación.

En la mesa del club, cada uno es un superviviente de vidas que en algún momento han dejado de manejar. Quizás por eso se reúnen a devolverse años e ilusiones como si todavía existiese el golpe de suerte para sus deseos que, aunque nadie los vea, están bajo su piel formal y cortes, consentidora y flácida. Cada una de sus profesiones suma a la charla. No importa si recién se han sacado el delantal, la corbata o mameluco, si sus uñas están cuidadas o llenas de grasa o portland, ennegrecidas por la tierra o la plata. En torno a la mesa les vienen las letras de los cuplés, el reverso de las palabras, la caricatura del disfraz y, cómo no, el aplauso durante un mes de los tablados. Es una mesa democrática en consumo, nadie se queda atrás, aunque las monedas en el bolsillo sean más bien solitarias. Es una mesa de cupleteros, bombo, platillos y redoblantes. Ellos son el plantel.

“Beto” fue un murguista canillita. Con su grito pelado avisaba de su presencia, de los diarios que vendía e improvisaba con entonación propia, al final y cabo era su marca distintiva, los títulos principales del día. Lo de la murga era natural para quienes viven de su voz prestada. “En esta esquina, en el almacén y bar Domínguez, aquí nos criamos. Aquí crecimos y nos fuimos haciendo hombres, ¿verdad? Después cada uno agarró para su lado, ¿verdad?¡Y bueno!, uno a veces se equivoca, pero con consciencia. Todo lo que hice de malo, todo, lo hice consciente. Nada que no sabía y que no. Cada uno sabe dónde está parado y las cosas que hace. Yo siempre fui consciente de mis actos buenos o malos, y más aún, sabiendo las consecuencias. ¡Y bueno!, igual le di para adelante”.

Minutos antes, en el Resistir, la mesa de veteranos, por unanimidad, había decidido armar el plantel para una murga. Llevaban años amasando la idea de volver. Y no como unos viejos nostálgicos y pelotudos, como una murga geriátrica donde lo pasado le gana al presente. Volver para competir de igual a igual. Para reclamar que, tras esa apariencia de chatura gris, eran parte del medio. Que seguían siendo canillitas en la mesa del club o sobre un tablado para darle un tono a la diaria. Que andaban más lentos, llenos de pastillas, pero vivos y con ganas de inventarse un resto a la vida. Quizás por eso Beto volvió a la esquina donde un día compaginó trabajo, choreo y murga. La carrera de la vida es de fondo.

“Pitita La Pistolera”

277362_3627375441846_907012263_o.jpgCuando Zelacio Terencio Durán Naveiras, alías “El Cacho”, el más temido infanto juvenil de los años 50’ en Montevideo, entró en la mercería que Elena había abierto en la calle Alejo Rosell y Rius, junto al Zoológico Villa Dolores, intimándola para que le diese la plata de la caja, se mascó una de las tantas tragedias que los diarios llevaban publicando desde hace años. “El Cacho”, producto de ese proyecto fallido de sociedad, tan en boga en la actualidad y tan oculto en la “Suiza de América” de entonces, era mostrado por la prensa como un psicópata que disfrutaba experimentando con muertes absurdas, como atropellar y matar por saber el ruido que hace un cuerpo al caer, la violación sin edad ni género por pasar el rato y otras más comunes que demostraban su sangre fría. La población temblaba si sabía que con su banda actuaban por barrios próximos.

Elena había llegado a mediados de los cincuenta con su esposo, Vicente, de la lejana Galicia. Eran los primeros de su generación “suficientemente bien preparada” que una sociedad franquista, oscura, siniestra y castradora, expulsaba. Mientras él incursionaba por sus mundos de veterinario, ella hacia micro emprendimientos como la mercería. Eran dos andantes, dos miradas curiosas, dos tripas mestizas.

Ella, ya hincha de Peñarol y al día del país que consideraba, por el momento, propio, supo al verlo que ese muchacho que la apuntaba era “El Cacho”, esta vez en solitario. De complexión menuda, voz fina y ojos inquietos, le dijo: “Cacho, no te pongas nervioso porque tengo muy poca plata”, quizás pensando o dándole crédito a la impredecible conducta del delincuente. “El Cacho”, sonrió, agarró la poca plata que había y se despidió saludándola con un “adiós, buenas tarde señora”. Pasado el hecho, nadie podía creer que aquel infanto juvenil tuviese esos modales en un asalto. Quizás, el inconfundible acento de Elena, le recordó a los de sus viejos, un maestro panadero y una enfermera, también llegados de Galicia.

Y como los destinos se van escribiendo, la pareja siguió viaje a Brasil. Primero Curitiba, después la selva atlántica de Paraná, cerca de Paranaguá y vuelta a Curitiba. En la primera parada se les dio por tener dos hijos. La ciudad de gran impronta italiana y alemana, le brindaba todo ese horizonte que una vez Vicente soñó mientras cursaba su carrera en la fría León, España. Allá todo fue superar retos y el mayor fue cuando decidieron irse a la soledad del mato costero con sus dos hijos, el mayor sin llegar a los tres y la chiquita, de meses. Aprender a vivir con el bicherío no es cosa fácil. Más en soledad. Más con dos criaturas que, cuestión de familia, ya mostraban la curiosidad por su entorno. ¡Y qué entorno!, con serpientes ratoneras que casi eran mascotas y se enroscaba cariñosas en las extremidades, mosquitos, hormigas, arañas gigantes y los sonidos de la naturaleza que no se entienden en un rato. Aprender a vivir armado, tampoco. Un día, Vicente marchó a la ciudad para arreglar cuestiones de su trabajo en la selva. Elena se quedó con los chiquilines, dos revólveres y una escopeta por eso de protegerse contra víboras y arañas que solían buscar el interior del rancho, o fazenda, por la noche. La noche cayó puntual como siempre y las lámparas de queroseno mantuvieron la normalidad del día a día. ¡Ay, carajo!, la noche se llenó de sombras zigzaguentes en el techo de la habitación donde dormían. La cuna de la beba y el varón con ella en la de matrimonio, ajenos a sus temores. Y Elena, alías “La Nena”, al mejor de sus estilos vació la escopeta contra el techo. No conforme, por suerte no había prensa cerca para hacerle una carátula, vació también los dos revólveres y se durmió, satisfecha con el deber cumplido. La balacera medio disturbio la selva que los rodeaba, pero la naturaleza todo lo puede y la noche fue acostumbraba para los noctámbulos y los diurnos. A la mañana siguiente, se levantaron olvidados con el incidente y expectantes con la vuelta del viejo. Besos y abrazos y otra vez la rutina de las víboras ratoneras, los ruidos y el “ojo con los chavales no se lleven a la boca cualquier planta o bicho”. De repente, una carcajada atravesó la foresta. Era Vicente que había entrado en la habitación y encontró todo el techo agujereado y a unas serpientes vivas y con cagazo enorme fruto de la descarga de balas de la noche anterior.

Hubo muchas más anécdotas, pero todos disfrutábamos de estas cuando Vicente o “La Nena”, o “Pitita” como la llamábamos para cacharla con aquel personaje de la farándula franquista, recordaban su vida en Uruguay o Brasil. La suerte, mezclada con la atracción de los sólidos en un medio hostil, me llevó a entablar una entrañable y duradera amistad con Vicente hijo, alías “Willy” y disfrutar, al menos tres veces por semana, de cenas llenas de miradas curiosas de Vicente y Elena. Una pareja singular, diferente, atractiva para quién entiende que la mirada y la pensada es lo primero y que, después, viene la actuada. Primero fue Vicente y ayer, casi con 89 años, falleció Elena. Estoy seguro que, con su carácter jovial e inquieto, aceptaría con una sonrisa que le llamase “Pitita La Pistolera”. Una suerte tropezar como personas como ellos.