El brunch de la olla popular

El título casi suena a estilo musical, a algo bailable entre Palacio Imperial de Hofburg (donde Sisi y Francisco I se rompían las caderas) y el Sud América (la gloriosa IASA de música tropical), escrito en una mesa del Tupí Nambá (que en 1889 un gallego de Panxón decidió abrir endilgándole el nombre de una tribu del nordeste brasilero, primer puerto de recalada de su patera buscadora de sueños). Un delirio. Pero, ¿acaso no es el sino que consumimos imbuidos de normalidad? Tampoco pensemos que es el hoy, nos avala ese relato historicista que, tampoco pensemos que es el final, nos tiene arrodillados frente a una pandemia donde las personas menos favorecidas tienen más boletos de morir si los Estados son débiles. Y lo son. Para la normalidad y tranquilidad del discurso, los estados fuertes son dictaduras y defender la vida es ofender la libertad. Y por ahí, por ahí, parece ser que muchos no pasan.

Tras un año de sindemia, el gobierno de la República Oriental del Uruguay (lucha para que incluya el Co Group S.A. o, al menos, “Company” en el nombre oficial del Estado), vistos los resultados de convertirse en “Campeones del Mundo” en muertes porcentuales por COVID-19 (llevan un tiempo apelando a la mística futbolera de “garra charrúa” o al accidente de los rugbiers en los Andes), ha tenido que hacer algo. Las 700 ollas populares (autoorganizadas por vecinos, clubes y asociaciones varias), que alimentan diariamente a más de 55.000 personas (el país de 3,5 millones produce alimentos para 12 millones de personas), fallido el intento de situarlas como un instrumento político subversivo que lucha contra la libertad y sin posibilidad de esconderlas, es ahora el objetivo de propaganda.

¿Qué se les ocurrió? Crear una ONG a través de sus militantes llamada Uruguay Adelante y darle la gestión propia del Ministerio de Desarrollo Social (creado en el gobierno del FA para mitigar la pobreza que habían dejado sus ancestros en 2002 y por ello, siempre dudoso de bolchevismo endémico), para la compra y reparto de alimentos entre algunas ollas y merenderos populares y, sobre todo, para llevar el registro de a quién se le entrega (alimentar de contenidos para futuras campañas de propaganda). Escuchados y leídos a los dirigentes de la ONG (fundada en mayo de 2020), da miedo su poco o nulo conocimiento de las carencias de la población. Ellos dicen haber sido 1.0 y ahora están 2.0. Qué sí, que el otro día lo hablaron después del trabajo y se tienen que preparar en aspectos sociales (sic), pero son eficaces. Eso siempre (deberían decir eficientes y eficaces y con know how…).

El mejor ejemplo del delirio y la falta de empatía con la pobreza y el hambre de quienes, aunque no lo parezca, son sus conciudadanos, fue el acto de presentación de su plan de trabajo para periodistas y empresarios en un shopping capitalino: la convocatoria incluía la invitación a un “brunch” con un “plato típico de las ollas populares”. O lo que es lo mismo, un guiso de arroz y pollo. ¿Fue una gracia publicitaria de la misma agencia creativa del gobierno para generar impacto entre sus votantes? Vaya uno a saber. Ciertamente y para recordar y contar, ¡qué experiencia para los empresarios comer un brunch típico de olla popular de pobres! Estuvo bueno alguien que publicó en redes sociales preguntándose si lo siguiente sería “organizar un safari fotográfico por las ollas populares”. ¿Suena o no suena algo bailable?

Surmenage

Cada uno de los ancestros que decidían enterrarse convocaban a sus vástagos para disculparse por no haber hecho nada de provecho para procurarles una vida más liviana. Tradición familiar desconocer el tiempo. Rabinos, curas, pastores, matronas y funcionarios de traje gris advertían que los que nos nacíamos en la familia éramos pedregullo decorativo, sólo molesto al pie descalzo o a la alpargata bigotuda. Integrados  y desintegrados con diaria y puntual periodicidad. Aparentamos y hasta diría que cada uno, sin mucha convicción, intentó trazar un rumbo acorde a su tiempo que lo trascendiese para pincharse el pecho con medallas o llenarse los bolsillos de botines, premios que se consideran justos por los hacedores de historias mínimas o máximas, da igual. Somos una línea de nacidos considerada como idiotas. Fallidos. Necesarios para distinguir lo moralmente correcto de la fuerza de trabajo. En algún momento, una brisa nos atrapa y estamos aunque no parezcamos presentes. Sería especular narrar las ausencias de los ancestros. Y una falta de respeto. Sí, sin embargo, hasta donde me llega la memoria, puedo recordar las anotaciones en el aire de quienes tenían claro su destino: “está en su mundo construyendo castillos en el aire”, “perdió el tren”, “le faltó ambición”, “tiene la cabeza llena de pajaritos”, “vive al santo botón”, o “es frágil mentalmente”. También, el guiño sobrador y amable del “qué saben ellos”, recuperados de la ausencia y vueltos al mundo de capa y espada.

En las conversaciones de la mesa, existía un término ya en desuso, que nos justificaba: surmenage. Les daba (nos da) un surmenage, que venía a explicar la necesidad de desconocer el tiempo pactado con el propio. Y desconectar. Por un rato. Pasó una brisa. Como enfermo ya veterano y antes de disculparme con mis vástagos por no haber hecho nada de provecho para procurarles una vida más liviana, tendré que meter la pata y hacerles un guiño, sobrador y amable porque, qué saben ellos que tienen claro su destino.

Fotografía: Riccardo Varini

La olla cultural

Jorge está sobrado de palabras. Las dosifica agrupándolas en párrafos como si las leyese antes de volverlas sonoras. Sus pausas simulan el retiro de la mar antes de la llegada del tsunami. Es su cadencia. Tiene una librería que es un delirio de lomos horizontales y verticales. Da la errónea impresión de verlos a la espera unos de otros, de estar regidos por una natural estacionalidad que crece, se muestra, merma y yace. Es falso, hay un orden predispuesto por Jorge.

¿Qué no habrá? Seguramente mucho, pero también, seguramente, exista uno de esos libros que activa sensaciones al encontrarlo; nuestras rarezas impresas que nos desnudan sin biombos, sin probador con espejo de libros. El trato es diferente, casi predispone al encuentro. No es una librería de suplementos dominicales de tendencias, de ventanales luminosos y mesas para cafés arábigos. Es otra. Es guarida, refugio o aguantadero de libros sobados que no pretenden ser objetos decorativos.

Algunos de sus libros, dice Jorge que los más valiosos por acumular varias vidas, vienen subrayados, con acotaciones, recordatorios, exclamaciones. Son libros varias veces escritos y que de alguna manera han provocado un diálogo, una repensada, un grafismo anónimo tan eterno como el impreso. Los libros leídos.

Jorge, lejos de obsesiones, es un tipo que disfruta de las palabras, las escucha. Sabe que por algún montón está ese libro que alguien busca y que necesita su “dame un momento que te lo encuentro”. Leer, dicen, es imaginar y las imágenes creadas nunca son mudas. Jorge es un escuchante por sobre todas las cosas.

En estos momentos sindémicos, de frugales o inexistentes medidas del Estado uruguayo hacia los menos favorecidos y, por ende los más necesitados de la comunidad de todos y para todos (el país que menos ha invertido en medidas socioeconómicas paliativas sobre las consecuencias Covid-19), bajo la tesis del Presidente de la República de la “libertad responsable” de los individuos so pena del “fin de la humanidad (sic)”, Jorge ha montado una “olla popular”. Una de las 700 existentes en el país.

Cada martes y jueves desde hace 15 meses, Jorge con una brigada de estudiantes y la solidaridad de muchos, preparan la cena para cerca de 100 personas que soportan el estómago vacío gracias la “libertad responsable” del gobierno. “Diomedes Libros, cultura y alimentos nutritivos y calientes”, es la consigna porque con cada vianda los usuarios pueden escoger un libro de postre. O más, “los libros nacen para circular”, apostilla Jorge, que desde hace 35 años nunca ha negado el préstamo de un libro que alimente el alma.

Hace unos días Jorge contaba una anécdota ilustrativa de la necesidad de seguir alimentando el estómago y la cabeza: una mujer que esperaba para recibir la vianda de cena preguntó si había algún libro sobre la pobreza en el Uruguay. Con su habitual respuesta, “dame un momento que lo busco”, Jorge encontró dos estudios sobre la brutal crisis económica del 2002 y la pobreza estructural derivada del neoliberalismo y se los dio. A la siguiente semana, esperando otra vez su turno, la mujer se le acercó para agradecerle por aquellos libros: “Necesitaba saber por qué somos pobres”.

Una “olla popular y cultural” al dente por tipos como Jorge, que es Jorge Artola, una feliz rareza de las tantas que existen impresas o latientes.

Es fácil

Hay dos horas que estamos sueltos en Todo Esto. De 21 a 23. Medio como perros sin correa buscamos árboles para marcar territorios con palabras. Y meamos cervezas y conversaciones. Somos los que no quisimos (algo teníamos adentro que nos hizo meter la pata… se garabateo en una milonga hace de más de cien años…) poner cara de pánfilos en restaurantes pipí cucú. Cerrados los boliches, estamos. Una variedad que sumamos cientos de años. La policía dejó de acercarse. Cumplimos. Es una sana costumbre conversar al raso. Además, tienen una labor complicada hacer cumplir la autoridad cuando le agregan letra al libreto. No saludan desde el patrullero, pero casi. Seguramente van comentando: “ahí están otra vez esos viejos de mierda”. En ese limbo espacial se han agregado otra banda de jóvenes que, al menos, tres o cuatro son del barrio lo que, respetando la distancia, nos da cierto grado de parentesco (ellos nos conocen sin canas y nosotros aún recordamos sus pañales cargados). La misma gama variada pero aggiornados. Como el barrio es peatonal bajan con una pelota como recurso relajante. Mixturan toques a la guinda con conversaciones y cervezas. Y porros. No arman quilombo aunque los viejos que nunca fueron jóvenes mascullen su veneno de no haber vivido.

Una noche Ahmed llegó a la plaza. Estaba al final de su ruta urbana cargado con sus expositores de encendedores, pulseras, mascarillas y otras singularidades colgando de sus ojales. La tentación, que además de un viejo reclame de radio de un bazar montevideano (“¡¡La Tentación!!, Uruguayana y Capurro”), puede tener forma pelota para evadir los entre paréntesis de la cabeza, las miradas esquivas, los silencios y desprecios, le pudo. Aquella pelota yendo de pie a pie, de muslo a cabeza, las risas de los jóvenes fue irresistible.

Le fue fácil sumarse al rondo. Se notaba que, al menos durante veinte años de su vida, había sido feliz con ella. En los últimos dos, desde que inició el viaje, solo habitó en su cabeza. Dejó sus productos con nosotros (un tipo listo que supo al instante que nuestra máxima distancia corriendo como oportunista no pasaba los cincuenta metros y monedas) y hasta casi el inicio del toque de queda lo disfrutó a lo grande. Daba envidia verlos jugar. Saber que durante un rato habían detenido la malaria y creado su república independiente del toque. Y como si fuese un vestuario, ahí estuvieron después compartiendo fotos y recuerdos, posiciones en un campo que es fácil ensancharlo, pero no se quiere.

Y fue la pelota, pero podía haber sido una guitarra o una percusión improvisada, o una secuencia de palabras constructivistas o una danza o una mirada con oídos o jugando a la rayuela… Es fácil, enriquece el tiempo. También es fácil aislar a los mensajes y mensajeros del odio. A los que buscan la pelea entre los menos favorecidos, a los condescendientes atados a una tabla de excel, a los que se saben posibles porque existen los imposibles o a los que marcan territorios. Es fácil. Al toque es fácil.

Gran Sol

En la nocturnidad del Gran Sol, cegados por las luces del puente, el copo pare sus tres toneladas de peces capturados a la mar. Al caer, sus cuerpos blandos suenan a contrabajo y escobillas, madera y tripa. Se desparraman por la cubierta con la mirada horrorizada, ahogándose con el aire de la noche iluminada, retorciendo sus cuerpos para alcanzar su pasado profundo y umbrío, para escapar de esas figuras de plástico amarillo que, como autómatas, uno a uno, los agarran para abrirles el vientre. Cirugía forense pescadora, atisbo de sensibilidad o codicia. Seleccionados, el resto, muertos inútilmente, a paladas regresan a la mar.

imagen: Jean Gaumy

La callada

Si coincide, visito un cementerio. A veces provoco la visita. Voy na procura de nombres a los que, a veces, les invento relatos que me rondan lo suficiente para sobrevivir zigzagueando la linealidad con la que se presentan los hechos. Otras, son fuentes alternativas del relato histórico. Entonces, hablan y escucho. Nada hay de espiritual. Son nombres escritos en cementerios comunes, sin el boato de aquellos que han impuesto su palabra más allá de la vida y hoy tienen una estatua. Busco lo que no espero; vagabundear entre personas muertas y calladas.

En mi infancia, cuando cruzábamos el río a la Banda Occidental, la tía Margarita no me daba chance para inventarme una excusa y así evitar acompañarla a la limpieza del panteón familiar. De Caballito a la Chacarita en colectivo con escoba y pala, balde y trapos de piso y, por supuesto, plumero. Además de limpiar (he de decir que todo lo hacia ella y yo apenas simulaba la ayuda pasando el plumero por los ataúdes), la tía Margarita iba respondiendo con fragmentos de historias a mis preguntas sobre quiénes eran los que estaban “ahí dentro”. Excelente narradora; nada trágica. Seis plazas, dos espacios a la espera que, sin decirlo, sabíamos que estaban adjudicadas. Al salir dábamos un paseo por el cementerio. La tía Margarita marcaba el paso citando apellidos escritos en las fachadas y lápidas. Una mujer severamente amable. Antes de regresar, disfrutábamos de un helado y, entonces, Margarita volvía al presente sin regodearse de relatos ni historias pasadas. A la tía Margarita Rodeiro la he guardado por descubrirme tantos nombres, pero sobre todo, por no callarlos.

Si coincide visito un cementerio. A veces provoco la visita. Voy na procura de nombres a los que, a veces, les invento relatos que me rondan lo suficiente para sobrevivir zigzagueando la linealidad con la que se presentan los hechos. Otras, son fuentes alternativas del relato histórico. Entonces, hablan y escucho. Nada hay de espiritual. Son nombres escritos en cementerios comunes, sin el boato de aquellos que han impuesto su palabra más allá de la vida y hoy tienen una estatua. Busco lo que no espero; vagabundear entre personas muertas y calladas.

En tiempos de esta última pandemia, las imágenes simétricas de los enterramientos brasileros, lejos de la mirada pulcra, fría y deshumanizante que el Poniente se autoimpone para mitigar el drama, conmueven (me) por ser, calladamente, los escribas de todo lo mal que esa trama aboca a un desenlace final previsto. Los posibles / los imposibles.

A la contra, sin embargo, en las redes sociales que todos denostamos en algún momento y están ahí aunque no sepamos qué será de ellas mañana, se rescatan erupciones de instantes que alguien le sale del alma escribir cuando la parca navega en las proximidades. Entonces, el número se vuelve nombre. Casi sección necrológica de diario que antaño los veteranos leían con detenimiento mirándose en un espejo a punto de romperse. Y los desconocidos se reconocen. Se saben. Se reencuentra confesándose haber vivido sin ser Neruda.

No son panegíricos, quizás sí fractales instantes de vidas que desde nuestros desvíos esquizos las leemos asimétricas, coincidentes, que alguna vez cruzamos mano en contra. Pero cruzamos, en una Rambla orillera o una gasolinera fumando un cigarrillo, en las peatonales de velocidades disímiles, en los pasillos acristalados de los aeropuertos.

De alguna manera, hoy que somos esa mota de polvo de las bases de datos, alguien debería recopilar esos nombres que son millones en cifras. Darles el espacio para ser hablados o inventados desde la emoción del instante compartido. No convertirlos en masa de un memorial, en monumento al desconocido. Eso, es fracasar como sociedad, olvidar que los cementerios son un barrio más lleno de nombres vividos.

Guillermo Saccomanno se sube al ómnibus en una parada de una ciudad hecha de muchas otras y que, sin embargo, me habita. Imprevisto giro final con su confesión de nómade. De elegir los desvíos para evitar el desenlace de una trama que conduce al final previsto. Y  lee un poema que podría ser un cartel de un almacén de ramos generales de Louise Glück: “Es cierto que falta belleza en el mundo. / Es cierto que no soy la indicada para restituirla. / Tampoco hay candor, pero ahí puedo ser útil. / Estoy/ trabajando aunque me calle”. Si calladas son las vidas, si es verdad como dicen en Galicia que las preguntas “tienen la callada por respuestas”, en tiempos del big data, que la muerte no permanezca callada y anónima en las morgues, ni en los mares, ni en los desiertos, so pena de desconocernos.

Lenta

Concluir que la mirada debe ser lenta para hacerle aguante a las luces, que nos rigen los miedos sombríos, las húmedas excitaciones.

Concluir que las palabras deben ser lentas para hacerle el aguante a los silencios, que son calmas sin vientos, conversaciones pa´dentro.

Concluir que las caricias deben ser lentas para hacerle el aguante a las texturas, que son historias sin sonidos, relatos entre los dedos.

Concluir que la pisada debe ser lenta para hacerle el aguante a los desequilibrios, que nos ahuyenta del anverso dado, criado, educado, inevitablemente ajeno.

Lenta, provocadoramente lenta, debería ser la diaria para hacernos nuestro propio aguante lleno de incertezas. Para disfrutarnos sin perdones, que esas son cosas de los ciertos. 

Lenta, avariciosamente lenta, para acumularla desnuda y extraer los instantes vestidos de sensaciones, sentidos, a veces palabras, a veces texturas, a veces aromas, a veces sabores, siempre mirada. Lenta.  

La bailarina

A Ventura lo amaneció un rumor de rítmicos pasos. Desde el fondo del bote, su cielo preferido, que no tiene sol ni luna para evitar los kilombos de egos llenos de palabras escupidas, malentendidos, influencias gravitacionales, redondas y enflaquecidas siluetas, al que llama Gitanes por áspero y su contrario, por inconcluso y necesario, por puro olvido nomás de otras palabras. Oculto por la borda miró curioso a dónde los Alisios lo habían llevado, que ya se sabe que son vientos con sentido del humor, que a veces mecen pidiendo permiso y otras, pasados de tragos, entran como huracanes rompiendo todo. Siendo imposible que esa agua dulce fuese la misma que un día lo bautizó sin dioses por siempre y para varias vidas, se apostó en su platea marina para reconocer la costa que paría ese rumor de danza. Encontró un escenario sobre una orilla. Pensó que otra vez su intermitente locura le provocaba visiones y la bailarina del paquete de cigarrillos había cobrado vida. Dejóse estar. Recordó su resistencia, que era un ancla rasgando los fondos, cuando de gurí lo arrastraban a las funciones de danza. Recordó que después, como si siempre fuese un debutante que nada conoce y por ello debe dejarse sorprender, las disfrutaba intensamente. Recordó la primera vez que vio a su hija sobre un escenario, contundente, grácil, vehemente, propia. Así, desde la distancia, disfrutó de los frames de esta joven bailarina. Cuando se prendieron las luces y estallaron los aplausos en la orilla descubrió que estaba en el lago Maracaibo. Que la bailarina era hija de esas otras miradas, sirenas sobre las rocas que muestran otros rumbos y por eso se les teme. Pero están. Nos alimentan de arte. También de vida. La bailarina de Gitanes, vaya uno a saber si tomó forma maracucha, pensó Ventura y se puso a remar satisfecho en busca de un boliche de puerto para brindar por esa inesperada dosis de quinina que insolenta a la malaria a orillas del Caribe.

Esperando al rey

La tarde era bien madrileña, de esas frías y con sol, de árboles desnudos y siestas de febrero. Recién arrancada, un rumor, de esos que casi toman formas de serpiente que zigzaguea por las calles, fue de boca en boca en el barrio de Salamanca: ETA, disfrazada de Guardias Civiles ha tomado el Congreso. Fueron minutos que se prolongaron y hasta entraron en detalles inventados que a cada contagio se adornaba con una nueva cepa mutada en la experiencia de lo propio. Porque con la distancia, muchas veces se desconoce que aquellos mayores a punto de jubilarse o quienes tiraban migas de pan a las palomas, tenían presentes otros hechos en sus memorias. La radio y el mostacho de Tejero, ya mediático por la intentona de desarrollar un golpe en la cafetería Galaxia, fue contundente. No era ETA, de virulencia descontrolada por aquellos años tras la orfandad de los Polis y definitivamente Milis.

Acuartelados por falta de cintura en la fuga, apenas unos minutos evitaron la escapada, tras la Plaza Roma en el Parque de Automóviles de la Armada, la incertidumbre fue ganando espacio conforme la noche caía. La orden llegó a las ocho de la noche: cargar todos los vehículos con combustible y cambiar las matriculas de Fuerzas Navales, nada menos que FN, las siglas de los antepasados de Vox que festejaban por anticipado los hechos. Los infantes de marina, metralleta en mano, retuvieron al pobre empleado del surtidor cerca de la Fuente del Berro hasta que el último de los vehículos llenó su panza.

Mientras los tanques no salieron en Valencia, la espera se fumaba. Cuando hicieron temblar las calles a la vera del Turia, el panorama cambió. La Armada, la primera en beneficiarse de la renovación de armamento con el plan de fragatas y corbetas, además de su tradicional predisposición en despreciar al ejercito, tomó postura. Por la radio, en mensajes cifrados que el comandante puteaba porque nunca se había planteado desempolvar, supo que la flota de Cartagena se había apostado frente a Valencia. Por su capacidad de tiro, aunque parezca mentira había una sensación de jactancia, podía arrasar a aquellos obsoletos tanques. Bien, entonces la Armada no acompañaba. Entonces, más tensión. La noche se llenaron de planes. Los veteranos funcionarios civiles, también acuartelados, contaban anécdotas de fusiles yacientes en el suelo cuando estalló la Guerra Civil. Nada de heroicidades. La fuga era la opción de los corrillos. Unos para Francia. Error decían otros. Esa es la lógica. Mejor hacia Portugal que nadie la espera. Y ni en pedo con armas. Los choferes llevan a muchos militares que ocupan muchos y variados destinos y, por ello, escuchan muchas conversaciones, conocen algunos detalles. En aquel cuartel, lo único que se esperaba, ya que el rey no daba señales de vida, era el pronunciamiento de Estados Unidos que, no era menor con sus múltiples bases, en el tablero de Guerra Fría y una recién estrenada administración con Ronald Reagan (creo que Carter no habría perdido ni un minuto en oponerse a la intentona), famoso por sus westerns.

Al final, se anunció que el rey hablaría por televisión. Todos a la cantina a escucharlo. Había una sensación inquietante. El tiempo lo ha librado de la justa mirada y creo que también supo que todo era posible. En un caso tan excepcional, uno espera la compulsiva postura de ser o estar en contra. Es un grito de libertad impulsivo, incontinente, claro y alto frente al cálculo, a la espera. Y aquella España, sabía gritarla con fuerza. Cuando al fin salió y mostró su postura, hubo gritos y aplausos en la cantina. “Ya era hora”, se me escapó y un brigada, siempre brigada, me miró y amenazante me reto a callar so pena de 6 meses de presidio. Bueno. Les despistaba que operase en la radio y ser uruguayo. No fue a más. Y hasta se acallaron todo lo acaecido en esas 7 horas de silencio público, presentando una imagen que algunos creyeron que era necesaria. Siempre he creído que el rey jugó a caballo ganador. Se verá cuando al final se desclasifiquen muchos documentos. Hoy está su hijo y se cumplen 40 años (cifra maldita de la reciente historia española). Los transistores resisten el paso del tiempo aunque todo vaya por redes sociales. Y sí, se ha avanzado, pero también han vuelto a las instituciones aquellas matrículas FN, hoy legalizadas como Vox. Las democracias laten en conjunto y no deberían esperar a una emisión por televisión un ya 24F. Siete horas fueron muchas esperando al rey.

Democracia Plena Bailable

El algoritmo se comerá a los rankings. Ya lo hacen, pero los medios no le sacan titulares. Las corporaciones se rifan matemáticos obsesionados por sus fórmulas en la cadena de montaje del relato que se avizora post pandémico. En el presente, el ranking resiste el embate del clic compulsivo y su interpretación. Y sí, genera titulares que son imágenes porque dicen medir personas, actividades, culturas, estados….

Naturalizadas las muertes diarias que no escapan a la clasificación, el debate resurge por su pre-pandémico fuelle de bandoneón que estira o contrae la grieta de los posibles e imposibles derechos y libertades (cuesta escribirla, pero hay que hacerlo, ahora que los libertarios intentan redefinirla como inventada por la propiedad) de las personas. En el Reino de España, fruto de las elecciones catalanas con sus flecos interpretables de legalidades o su envés, de presos y ausentes, pero, también, de la “garganta profunda” que amenaza desde su celda con demoler la trayectoria del (hasta el momento) principal partido conservador, o del rey-padre en su “yanna” dorado que imaginamos rodeado de odaliscas y consentidos whiskies, repasando sus últimos movimientos bancarios, o el más reciente detonador por el encarcelamiento de un rapero acusado de adjetivar en contra de la norma vigente y sus posteriores manifestaciones (que fueron escasas en número de participantes y donde una joven perdió un ojo por la actuación policial aunque medio país lloraba la quema de unos contenedores), ha tomado forma el concepto: “democracia plena”.

En torno a la “democracia plena”, su orgullosa y enfática defensa, se cierran filas o, por lo menos, eso se percibe en los medios de comunicación que cuando se le da al control remoto aparecen en pantalla, o arriba de la página en el motor de búsqueda de internet, o cuando la sintonía surge nítida en el dial. ¡Pah!, una ofensa nacional mentar, cuestionar o simplemente dudar “de lo que todo el mundo ve y sabe”, concluyen en una mesa de debate. Por supuesto, reconfortado ante el consenso, el Presidente se deja titular:  “En una democracia plena como es España, la violencia es inadmisible”.

Tantas veces leída y escuchada en estos tiempos cual efigie alegórica que avanza abanderada y que tan solo está al alcance de una veintena de países, resulta perentorio buscar a los padres y madres de tal concepto que se vuelve totémico y hasta provoca un lagrimón. ¿Será Naciones Unidas? ¿Acaso un consejo de sabios? Vaya, no. Todo es mucho más pueril: el índice de democracia (Democracy Index) es una clasificación hecha por la Unidad de Inteligencia de The Economist, que a través de 60 preguntas sobre procesos electorales y pluralismo, libertades civiles, funcionamiento del gobierno, participación política y cultura política, determina el puesto en el ranking y los categoriza en cuatro segmentos (obviamente, cuanto más se desciende, suena peor). Lo curioso del caso es aferrarse a una encuesta de un diario conservador al extremo que no indica qué tipo de expertos son consultados, ni su número, ni si son empleados de The Economist Intelligence Unit o académicos independientes, ni las nacionalidades de los mismos. Es decir, es más transparente Eurovisión.

Sin democracia, “Plena” (junto a la Bomba), es un ritmo llegado desde África que los boricuas le pusieron pandero, guitarra, acordeón, voz, allá por mediados del XIX y que trascendió al principios del 900 con güícharo, cuatro, bajo, trombón y saxofón. Es bailable, divertida y anda por ahí, medio de tendencia en algunos países donde los ritmos tropicales no se miran por arriba del hombro. Y sí, cuando se lee y escucha a los relatores de la nada con sus violentos discursos (que lo son por enfáticos), reivindicativos de rankings creados en una opaca sede londinense, casi es mejor exclamar ¿qué democracia plena ni ocho cuartos!, acodarse en un mostrador imaginario, subir el volumen y disfrutar de la música en una democracia imperfecta, en constante construcción, agradable como otras y con muchos cantantes. Y bailar… Democracia, Plena, Bailable…