Las tuertas

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El camarógrafo y periodista argentino Leonardo Henrichsen fue asesinado en Santiago de Chile el 29 de junio de 1973, durante la sublevación militar conocida como el Tanquetazo. Son imágenes imposibles de borrar: el cabo Bustamante sobre el camión del ejercito apuntando con su fusil a la humanidad que estaba tras el objetivo. Y disparar. Matar a Henrichsen, esa fracción de segundo donde el mundo deja de serlo, no tuvo consecuencias para Bustamante. Seguramente habrá recibido la felicitación de sus pares por la puntería. Los mismos que en sus cuarteles reivindican a todos aquellos que los utilizaron como fuerza de ordenamiento social bajo las leyes del terror. Y es que no hay nada más subversivo que la mirada. La mirada testimonial que desnuda la cobardía de aquellos uniformados que asolan la naturaleza humana. La mirada testimonial que podrá callar, esconderse y hasta justificar pero nunca se librará de rememorar las imágenes que activan la pensada. Se tortura con los ojos vendados. Se fusila con los ojos vendados. Se mata por ser vistos. La mirada es subversiva.

En estos días, y como apuntaba el cartel de una manifestante chilena: “El neoliberalismo nace y muere en Chile”, los mecanismos de bienestar que se arroga el sistema como único garante de los valores democráticos frente a populismos, indigenismo y antisistemas varios que buscan equidad, justicia y derechos para todas las personas, y que todas las Constituciones proclaman pero no amparan, las miradas subversivas vuelven a ser el objetivo. Los Bustamente de hoy apuntan, como ayer y seguro que mañana, a los ojos. Sus balas de goma son trazadoras que buscan dañar la visión de un Chile injusto. Es imposible creer que 352 personas, en la semanas de disturbios callejeros en Chile que buscan revertir su vida de atrezzo, han quedado tuertas por una fatalidad. Es una brutal represión. Se dispara a la mirada de la población. Se busca enviar un mensaje: no mires de frente al sistema. La mirada es subversiva y los carabineros, los pacos, tiran para cegar.

El sacapuntas

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A lo mejor existe una suerte de una vida circular. En ese caso, estoy en el último cuarto de milla. Náutica. La creciente brecha entre la curiosidad y la experimentación. Lo único lamentable es no resetear la memoria para las primeras miradas. Las hubo pero, a lo sumo, están construidas con relatos e imágenes de otros. Hábilmente podemos recrear con cierta veracidad algún flash. Probablemente, seguro, son impactantes al extremo de tenerlas ocultas, seccionadas, debajo de una columna de legajos que se aproximan a través de la estela que adelgaza cuanto más alejada. Creo que, sin embargo, y pese a las divergencias de turno o matices, estamos de acuerdo que recrear (y no en un diván, por lo menos que sea en soportes más interesantes de estar), nuestro particular Big Bang y entender el entorno está bien. Ahora lo tenemos tan prejuzgado que aburre. La mayor parte del tiempo. Te aburre la previsible dirección de los acontecimientos y sus mediáticos personajes. No todas las personas. Por suerte y si te dan las bolas o los ovarios para no perderlos de vista. Tenemos los cajones llenos de todo tipo de experiencias y emociones para revolver. De las que más me gustan o necesito (no está claro que va primero y tampoco ganas de saberlo), es recuperar objetos o actos del pasado. Las libretas, el papel, la espantosa letra, tachaduras y flechas que describen ángulos rectos. Después, un día, volví a las cartas. Con sobre, sello y buzón. Dos días. Para tironearle al tiempo, digo. Las cartas tienen muchos entreactos. El arrepentimiento no ha lugar en el párrafo. Ni el matiz. Una buena carta va con la pensada y cierta maquetación. La red social que admitía peso sin medida a cambio de quince días. Cuando existían vapores correos llenos de sacas que cruzaban cualquieras de las mares océanas. El tren correo parando en el medio de la nada y entregando una encomienda y una carta. El air mail en la esquina superior izquierda, para que lo tapen los sellos, del sobre que tenía un ribete azul, rojo y blanco. ¡Opa! Esa carta va por avión. Modernos. Las cartas tenían todas las señales que la lejanía permitía transmitir para darle manija a la cabeza. Y el lápiz. Su punta cambiante, no es menor. De línea se pasa a trazo (admiro esa habilidad creativa pero sí recuerdo cuando comprendí que no sería mi medio de expresión) y surgen las letras. Rugosas, baratas, borrable, oloroso, lejos del glamour de las estilográficas de sangre negra que nunca tendré. Su grafo es grafismo. Diseño. Manuscrito. Dibujo antes que fotografía. Apenas unos siglos de historia. La escritura borrable. Qué buen invento.

Tenía muchas ganas de comprar un sacapuntas de metal. De peso. Para llevar en el bolsillo. Para hacer tirabuzones de delgadas láminas de madera que reposan el tiempo.

El eslabón

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Hay revuelo en Madrid. Representantes de 51 países que son como unas cuantas miles de personas que han viajado, por abrumadora mayoría, en avión, porque sus vidas tienen unas agendas copadas de quehaceres, para hablar sobre el cambio climático podría ser un simplón argumento, muy al estilo de los contra, para descatalogarlo. Estoy lejos de esa intención. También de creer que será algo más que un acto de relaciones públicas política en la nueva estrategia para lograr que la maquinaria siga funcionando con otro parámetros. Más eco-friendly. La solución, de un veterano que se ha vuelto profundamente descreído en sus congéneres, no la tienen las cumbres y menos, mucho menos, adscribir a este marketing verde que nos invade: antes el consumo nos hacía libres, nos ubicaba en la escalera social, era sedicente ante los demás; ahora el consumo nos hace sostenibles. Y libres. Y todo lo demás.

De tan sencillo que es el problema medioambiental, resulta complejo revertir el calentamiento global. Y la solución, tal como se pretende presentar, es un producto más, novedoso y positivo a consumir. Y es justo esto, el consumo, lo que está en manos de cada una de las personas y que daría un vuelco definitivo al incremento de la temperatura. Qué sencillo. Qué complicado. Dejarse ver sin el envoltorio resulta casi una misión imposible. Pero, vamos, es o debería ser lo justo. Es cierto que las sociedades, tal y como se han construido, necesita del pobre para saberse rico o, cuando menos, superior. El crecimiento de la brecha es exponencial. Lo sabe cualquiera. Pero ante ello, se ha abrazado, impulsado y vitoreado con verdadero entusiasmo el low cost, esa bicicleta para pedalear una vida de mierda. Y contentos, sin terminar de creerse suficientemente que la mano viene mala. El low cost exige por definición volumen de consumo. Producir más. El low cost, para mantener el sacrosanto margen de beneficios (los padres fundadores del empleo, la libertad o los derechos y en definitiva, de la democracia, que así se ven, sienten y son vendidos), necesita producir barato, depreciar el valor de las personas y el hábitat. Producir barato es fósil (y el runrún de los territorio del lejano oriente como contaminadores, bueno, vale recordar que allá están las fábricas que producen para la vida low cost de occidente). Pero, ay, es tan tentador hacer uso del low cost. E, íntimamente, esa voz nos dice: flaco, vivís una sola vida, te mereces un envoltorio que te ubique, explique, enseñe. Total, es lo que ven en vos. El envoltorio. Y aunque escrito o leído tiene un aspecto demencial, la diaria se encarga de cagarse de la risa de las decisiones que están al alcance de la mano. Porque, al final, uno siempre tiene el comodín de lo políticamente correcto.

Así que, no es cuestión de sermonear. De elocuencias u ocurrencias sobre el consumo de cada uno. Pero ahí está la clave, el consumo es el eslabón que nos encadena y arrastra. El ancla. Se podría esperar a las decisiones políticas. Ese sempiterno método de dependencia e imposición: todo se pudre, so, los gobiernos imponen nuevas normas de comportamiento y uso a las personas. De paso se financian (y mantienen la paja intelectual de no aumentar impuestos equitativamente), aunque ya es otro tema. Entonces aparece el policía en la esquina para imponerlas (lo que se hace en temas de seguridad). Sin embargo, vos sabes cómo actuar. Sabes lo que sí tenes libertad de hacer o actuar y cual es la cadena que te atrapa. No sos, aunque te consuele, el eslabón más débil y tampoco diferente. Uno más.

Esperar que una rimbombante cumbre internacional guie, es hacerse trampas al solitario. Pensar que desde ahora (o desde ayer porque los encuentros ya tienen historia), vamos ser beneficiados por la bondad de un mismo consumo pero verde es, perdón, de tarados. Enfrentarse a ver quién es más respetuoso o sostenible, otro negocio. El de la culpa. Esa autoayuda que se ha impuesto en las blancas sociedades blancas para discutirse y encontrarse en temas sociales. Que cada uno haga su propia reflexión, que se entienda como un eslabón más de la cadena, de sus capacidades para engrilletarse solo y, si quiere, que actúe. Pero, por favor, que no lo venda. Se vuelve poco creíble.

Estamos jodidos. Es el medio ambiente y es más. Una red donde nos convoca muchas inequidades, injusticias, desprecios y olvidos. Estamos calientes. O deberíamos estarlo. Con bronca. Con nosotros mismos. Digo, algunos. Lo que parece oportuno para arrancar a caminar es poner distancia de quienes solo ven tu envoltorio. Parece idóneo reciclar (qué bueno eso de reciclar) una estrofa del 71 que cantaba Sui Generis (Necesito): “y que no le importe mi ropa, si total me voy a desvestir… para amarla, para amarla churuachuruachuruááá…”

De pura cepa

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¿Cuántas veces nos hemos creído miembros de un selecto clan, grupo, club, ideología, partido, cuadro, movimiento que nos sociabiliza o que nos forma como parte de un todo? Demasiadas veces para un vida corta. ¿Cuántas veces les hemos sido infiel? Demasiadas pocas para ese mismo escaso tiempo que nos ubica. Estamos entrenados para ser parte de un algo vendido como propio por un otro tan ajeno y emocional que cuando llega el disenso deberíamos festejarlo. Propios en un contexto impropio. Que bien se puede intercalar: impropios en un contexto propio. Los dogmas hay que pelarlos, quitarle esa piel que atrapa.

Yo soy esto. Pertenezco a una historia. Mi cultura es. Creo en. Me siento de. Tengo. Tengo. Tengo. Y los enemigos, siempre al acecho, son esos que quieren cuestionarme, removerme, mestizar mi prole, mis valores, quitar mi trabajo, mi cultura, historia, color, creencias, derechos, libertades. Y vienen. Es un goteo constante. Por que es diferente cuando nosotros vamos. Nosotros les damos civilidad, limpieza, oportunidades a los que quieren ser como nosotros, know how. Ayudamos a su crecimiento (los que nos apoyan). Los modernizamos. Y hasta los blanqueamos. Los quitamos de las tinieblas. Los domesticamos y en un futuro se podrá decir que los desechables son el mejor amigo del hombre. Es diferente. ¿Habrá quién lo dude?

Vaya, no lo sabía cuando los veo en el noticiario ateridos de frío en un muelle recién rescatados, pero forman parte de un complot. Igual siento pena. Durante un momento, antes de las noticias deportiva que están llenas de deportistas que proceden de los mismos territorios de los del muelle. Es diferente. Estos venden camisetas. Son singulares en la vestimenta. Pero venden camisetas. Y me divierten. Y hacen grande a mis entretenimientos. Y como todos los tienen, pelillos a la mar.

La idea del pura cepa está en el aire desde que se creó el concepto de nación, de identidad nacional en el XIX. Y es clave para legitimar unas fronteras ficticias y llenarla de contenidos. Es un concepto de propiedad, de naturalizar colores, lenguas y proximidades. De redefinir el sedentarismo en la creencia decimonónica de que el mundo ya estaba repartido y tan solo restaba consolidarlo en el imaginario colectivo. Unos acá, otros allá, lo que es nuestro, lo que no es de ellos, arriba y abajo, civilización y barbarie (las dos últimas de las llamadas guerras mundiales se producen por quienes se consideran perdedores del reparto). Sin embargo, es una argumentación endeble que no cuenta con la fricción del movimiento. Y somos andantes, como la tierra es calesita.

Las personas del muelle, parece ser, forman parte de un complot. No lo sabía. Un complot urdido por blancos. Renegados. ¿Todavía se dice comunista? Bueno, también, renegados comunistas. Y ellos, los periféricos los de la banda del sur son los reemplazantes. Lo dice Renaud Camus en sus libros De l’in-nocence. Abécédaire (2010) y Le Grand Remplacement (2011) un esclerótico escritor francés que ha acuñado la idea de que Europa está viviendo “el gran reemplazo” con la llegada de migrantes, los no europeos, especialmente los musulmanes y los africanos. Sus libros desarrollan la temática del Reemplazo de las sociedades blancas occidentales. Por suerte, pocos de sus acólitos son capaces de leer dos líneas seguidas sin echar mano de un lingotazo de pernot.

En un excelente artículo, Eduardo Febbro ahonda en el personaje, que no es único y traspasa fronteras (el argumento básico del Brexit, el American First, además de cada lema ultraconservador que surgen por doquier dentro de cada una de las fronteras ficticias): “la teoría del ultraconservador consta de dos ejes: por un lado, según el autor, los datos demográficos (falsos) muestran que la inmigración masiva y la fecundidad elevada de las poblaciones no europeas están superando a la población originaria y, por consiguiente, imponiendo su religión y su cultura a todo el continente; por el otro, si esto es posible se debe a que una clase de dirigentes “remplazistas” ha organizado deliberadamente los flujos migratorios masivos con el fin de que emerja un nuevo hombre, desprovisto de todas las particularidades nacionales (étnicas y culturales)…”

Esta pura cepa de europeos, que se vuelve surrealista cuando la reclaman los blancos en el continente americano (principalmente ya que ocurre en Oceanía y fue protagónico el reclamo supremacista en el cono sur africano), es creciente. Esta construcción decimonónica de naciones, de identidades nacionales, de fronteras, es un mensaje sencillo de entender. Lo asumen, con distintas intensidades y métodos, un variopinto espectro de la población bajo diferente y, en teoría, opuestas esquinas políticas.

La cepa prende en los suelos menos fértiles. Las cepas europeas son americanas. Y antes, las americanas fueron europeas. Pero mucho antes, las europeas eran asiáticas, plantadas por unos africanos errantes. No hay nada de puro en la cepa. Y eso, junto al conocimiento, ha hecho del vino un gran trago de tierra. De muchas. ¿O no?

El efecto Atocha

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Las encuestadoras en su vertiente política son herramientas de pago. Bajo el halo de neutralidad, subiéndose al carro desvencijado de los medios de comunicación que también recurren a la supuesta objetividad, se oculta la dependencia de tener un nicho de mercado en las mecánicas electorales que alguien paga y lo hace por algo. Estas encuestas, que adelantan la previa al minuto uno de gobierno para eternizarse en los cinco años de legislatura, tienen respuesta para todo. Y, sobre todo, la más habitual, para sus pronósticos desacertados. Ay, malditas personas.

Son una realidad tangible que busca mediar y, sobre todo, influir en la decisión de voto. Una encuesta con un caballo ganador muy destacado provoca, o debería hacerlo, la pereza de quien se sabe que perderá su candidato. Por lo contrario, un pronóstico ajustado moviliza. Y como los medios las compran (y las pagan los dueños reales de los medios que invierten en los mismos, bien por acciones o por carga publicitaria, cuando no como lobby para futuros negocios que hacen necesarios la presencia de un medio), se montan secuencias de encuestas que van perfilando a un candidato en desmedro de otro u otros. Es casi una carrera de caballos pero, en estas, está la figura del botija que se pasa el día en los studs o el hipódromo y sus datos para el marcador son mucho más fiables que estas empresas de sociólogos y politólogos.

Los procesos electorales se han convertido en una suerte de reality show con la introducción de estas empresas, las redes sociales y los debates televisivos. Las redes sociales, con sus equipos de frikis dispuestos a publicar sin medida ni reflexión alguna porque el tiempo vale votos, inventan el contexto de la diaria de quienes son candidatos. Vistos, soporte por medio, llegan a causar hilaridad y, si es el tuyo, vergüenza ajena. “Fulanito es recibido por doña Rosa. Es un placer estar con doña Rosa”, que significa: doña Rosa está jubilada, que muestra sensibilidad por el voto de los pasivos; doña Rosa no tiene un peso, que muestra al candidato al lado de una mujer pobre (y jubilada, y seguro que hijos, también peleando la vida, y seguro que con nietos que uno casi se los imagina con los mocos colgando y unos lindos ojos negros) y; por último, el candidato va a la casa de doña Rosa en un barrio de trabajadores en la periferia de la ciudad. Después, para contraponer: “Reunión con los empresarios, el motor de la economía y el empleo”. Acá, que cada cual saque sus significados. Y la campaña recorre una sociedad virtual. Pero, para poner facha al candidato, verbo fácil y sagacidad (ninguna virtud necesaria a la hora de gobernar), están los debates en televisión. ¡Qué pintún! ¡Qué bien retruca! ¡Cómo mira a la cámara! Los resortes emocionales actúan o, por lo menos, es lo que dicen los periodistas, analistas y politólogos varios que vienen tras el debate. Hasta se podría decir que puede darse un ganador de debates y otro de elecciones, pero…, en ese instante, el ganador televisivo es el triunfador del baile. Los debates televisivos se venden con epítetos tales como “decisivo”, “definitivo”, “crucial”…

Convengamos que si antes nos vendían un voto por un puesto de trabajo en ciernes o por un vaso de vino y un choripán en el club golondrina del partido político, hoy nos siguen destratando con estas herramientas que no dejan de comercializar el voto. Parece que el electorado interactúa o, cuando menos, a través de otros (los periodistas, analistas y politólogos a sueldo) se enjuicia. Rara vez pero ocurre, que el electorado se vuelve insolente a tanto hipster de la comunicación política. Una de esas veces fue este domingo, donde el caballo perdedor, Daniel Martínez del Frente Amplio remontó una desventaja, en segunda vuelta de las elecciones uruguayas, de entre 8 y 10 puntos que las encuestadoras pronosticaban llegando al empate técnico, a un final de bandera verde, que se decidirá cabeza a cabeza (voto a voto en los observados) en unos días. Las respuestas ante el fiasco fueron varias y diversas. La mejor la dio el más veterano de los encuestadores, Óscar Bottinelli (hay que decir que también entra las encuestadoras hay una elección sottovoce): “en la elección se dio el efecto Atocha”, haciendo referencia a las elecciones ganadas por Zapatero tras los atentados en Madrid en 2004 cuando España había entrado en guerra (con el mayor rechazo social de la democracia) contra un difuso enemigo de turbante amparado por Sadam Husein (que usaba uniforme pero tenía petróleo) tras el Pacto de las Azores. Exagerado el hombre como gaucho tomando mate debajo de un perejil. No será que la realidad palpable y analógica, la que avizora a un gobierno neoliberal con tintes dictatoriales (algunos llaman al exterminio del marxismo),se impuso a esa virtual que se presenta como real, pregunto. No será que esto de los estudios de mercado, informes, rankings y encuestas electorales son apenas una herramienta de venta vestidas de rigor científico y fácilmente desnudables. Digo. Esto de preguntar, cocinar y servir un resultado como una máquina de bending de una sala de espera, normalmente sabe a industria y no a personas. Hasta el momento, solo se sabe que la coalición de derecha tiene un plan para la inseguridad: palo y más palo. Pero nada se sabe de propuestas en temas sociales, económicos, culturales, productivos o de relaciones internacionales. Eso no importa para las encuestadoras. Lo real es la imagen, dicen. Y eso posiciona en las encuestas. En un cálculo de probabilidades, las encuestadoras volverán a acertar otra vez. En las próximas. O las siguientes. Algo de ruleta tienen. Pero, parece que son inevitables, que llegaron para quedarse, como las redes sociales o los debates televisivos aunque tengan estas disparatadas ocurrencias como el efecto Atocha.

El centrojá

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La vida duele cuando ni tan siquiera se puede rasguñar. Los de afuera somos de palo. Obdulio Varela, a veces se entra en la cancha, digo. En 1974 trascendió el paisito por aquel grafiti del viejo aeropuerto de Carrasco: “El último que se vaya, que apague la luz”. Y también era el puerto, embarcados en los interminables 15 días proa a Europa. Y llovía. Siempre llueve de alguna manera cuando la partida es una escapada. Una fuga. Una búsqueda de horizontes, sean cuales sean. Después vinieron los años 80, las tropelías económicas de la dictadura cívico militar y otra vez miles emigraron. Los acentos compartidos se transforman en torturas psicológicas. Los 90, ya fue un goteo constante, estaba inoculada la desesperanza, la certeza de que los hijos, por su bien, debían partir a encontrar otra vida. Qué estudien y que se vayan, era una frase recurrente. El 2002, lo recordaba una amiga tirando de hemeroteca con un reportaje de Televisión Española donde para la periodista: “Uruguay se convirtió, porcentualmente, en el país con migrantes económicos del mundo”. Triste balance de gobierno de los padres de quienes hoy ya se ven ganadores en segunda vuelta, nuevos gobernantes con fórmulas ya viejas. El neoliberalismo en coalición con la extrema derecha gobernará, más que probablemente los próximos cinco años. Su argumento: la seguridad. Tras quince años en el gobierno, parece ser que el Frente Amplio supo hacer crecer a esa difusa clase media, alabada y detestada con la misma intensidad, hasta hacerlos propietarios de algo y de hacerlos sentirse diferentes con quienes, cuando gobernaba el neoliberalismo, eran sus compañeros, sus compadres, sus vecinos. Suena feo. Racista. Pura aporofobia. Porque uno puede tener amigos que opinen lo contrario. Ven el mundo diferente pero son, ante todo, amigos. Y sin embargo, con el chaquetero, no. No son fiables. Mañana, cuando le bajen la persiana y vuelvan a mirar al nuevo Carrasco como vía de escape, cuando se conjuren para votar otra vez contra una opción progresista y, sobre todo sostenible, sabremos que la seguridad que reclaman, se tornará inseguridad, asfixia económica. El neoliberalismo gobierna para unos pocos. No para esos votantes golondrinas. La extrema derecha, apuesta por derechos para unos pocos. No para esos votantes estacionales. Afuera quedarán muchos más de la mitad de la población. No es pronóstico, es historia reciente. Los de palo somos astillas en otras orillas. Diez años después, la Televisión Española volvió hacer un reportaje. Uruguay era el paisito del Plan Ceibal, de los derechos, de la menor desigualdad del continente, del crecimiento, de las tecnologías, de las energías limpias, de acogimiento cuando el Norte se quebró, de los retornados, de la cultura y, sí, también de un fútbol diferente, más alegre y vistoso, más creativo e igual de solidario y aguerrido, la del centrojá. Y si bien es cierto que existe una base cultural importante, no es menos cierto que no es suficiente, que votar una gran mentira construida por el poder financiero, militar y mediático, comprobable y demostrable, es posible. El aeropuerto espera.

Hoy estoy raro

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Leyendo la sentencia a los 19 políticos andaluces liderados por Chaves, Griñán, Álvarez, Zarrías y compañía, tras un año de deliberación, por prevaricación y malversación respiro porque pegó en el palo. Unos días antes y ahora estaba Vox formando gobierno. Suena sospechoso, ¿no (“El Bello Sánchez” sacaba pecho públicamente sobre la influencia del gobierno sobre el poder judicial)? ERES + Procés + migrantes = VOX.

Viendo las caras de los condenados es imposible no recordarlos con menos años, menos, kilos, más pelo y no tan blanco. Con mi gastada memoria y sin sacarme una chuleta de internet aparecen también otros nombres y desordenadamente: Felipe González, que perdió las últimas elecciones por la corrupción generalizada (Malesa, Filesa, Time-Sport, Guerra…), mención aparte a Roldán en calzoncillos, Fraga Iribarne y su red clientelar con los Cacharro Pardo, Baltar, Pío Cabanillas, Rajoy padre (caso Redondela en las postrimerías del franquismo) e hijo y todos los gerentes, desde el mítico Naseiro que un defecto de forma lo libró y desde aquella dirige las “inversiones” en Argentina y Uruguay de sus correligionarios hasta el archifamoso “aguanta Luis” que le espetó Rajoy a Bárcenas, Fabra, alías “el aeropuerto del abuelito” o el amigo del Pelado de la lotería que le transmitía  superpoderes para ganar nueves el sorteo, Cifuentes “la distraída de las cremas”, González con sus pisitos y el Canal de Isabel II (toda la troupe popular de su época), Pujol, que amenaza con tirar de la manta como le toquen sus comisiones, el 3% de Convergencia i Unió, Camps el “Dandy” de los trajes, Gürtel, pendiente e interminable con personajes como “El Bigotes” diciéndole te quiero a Costas, el hermano de Hacienda, Rato en Bankia, Rajoy regalando 66.000 millones de euros a la banca (santa Rita, santa Rita, lo que se da no se quita), la financiación ilegal de los partidos… Me cansé. Da pereza pensar en cada caso. Absolutamente, con diferentes grados de intensidad, todos los partidos políticos, nacionales o regionales, están pringados. Creo que se debería dejar unos puntos suspensivos…………….. para que cada uno ponga sus casos más próximos en ayuntamientos, provincias, autonomías, administración central y otras varias como puertos, universidades, fundaciones…. Y la Casa Real, esa fortuna el rey jubilado y el cuñado con sus copy page (qué cutre). Fueron 4.000 políticos imputados en el período que nos atañe. Y se volvió normalidad. Y se reclama como tal. Oh! Se ha hecho tanto…, declaman los dependientes. Y tan mal porque el resultado es el que es. Bueno, estéticamente, no. Eso importa. La arruga es bella. La corrupción, parece, también. Y algunos se la llevaron al bolsillo. Y otros crearon esas redes de complicidad, del silencio y apoyo comprado. El clientelismo. Esa es la maldita normalidad. Porque la justicia, si llega, solo mueve el polvo del olvido. O la saturación de tantos.

Quizás por eso, como tocaba el Cuarte de Nos, Estoy Raro. Hoy estoy raro, y no entiendo por qué… Será que hoy me puse a recordar…, y aparte de la broma de Vox, que tampoco lo es, la verdad es que hay un cierto sentimiento de déjà vu. No sorpresa. La normalidad es esa. Muy poco erótica, por cierto. De pago. No vale la pena ni apelar a lo que parece lógico. Porque es ilógico. Y está, y por lo visto, estará presente en el futuro (basta ver a los substitutos que ahora son titulares). Así que, volviendo al Cuarteto, lo mejor es “sentarme a esperar, que se me pase, y chau.”