Cortá para la salida, Salvini

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Los que transitan por el debe de la vida, quizás, puedan entender las siguientes palabras. A nuestra edad, recordamos perfectamente que crecimos con, a veces, un puñetazo como última palabra. A veces, sin palabras. La violencia era la ley de la calle. No la única. Pero estaba presente y era prácticamente inevitable. “Ir para adelante”, una obligación para convivir en las calles que eran nuestros espacios comunes desde gurises. No era innecesaria, existían códigos como el mano a mano, respetar al que usaba lentes, no pegar ni dejar que pegasen a las chiquilinas y otras reglas adaptadas al crecimiento. Los curas de la Sagrada Familia, hasta tenían un cuadrilátero para que el alumnado arreglase cuenta. Sin embargo, cortar para la salida, para arreglar los litigios en la esquina era un clásico. Los motivos casi siempre eran nimiedades que versaban o pegaban en el palo con los asuntos del honor. Honor a los diez, a los doce, a los quince, honor sin edades. Y la verdad, el resultado era variable, pero, si ibas para adelante nunca era una derrota para la burla. En otros tramos de mi carrera hacia la nada, también la violencia estaba latente como en los barcos y, sobre todo, en sus muelles. Diría la nueva ola, un machirulo. Bueno, no se puede desandar los caminos. Sin embargo, aquellos años 60, 70 y 80 fueron dejando paso, como a todos, a convivir bajo otros parámetros que rechazan la violencia física. Supongo que ya no hace falta medir la impotencia con los puños (nunca armas). Pero desde aquellos años y hasta ahora, solo hay un tipo de persona que me provoca la autocontención: los bocones. Me superan. Porque el bocón lo es en la medida que se siente respaldado, protegido por el poder, amedrantador desde las alturas y con derecho decir lo que se le pasa por su cabeza que, obviamente, es un insulto, desprecio, un abuso de posición hacia los demás, a los desprotegidos, a los que las circunstancias los han colocado en una situación de vulnerabilidad (contra mi persona lo sé manejar y mantener la calma. Contra otras personas…). Y desde hace tiempo, Matteo Salvini me rompe las pelotas. Así que a pesar de molestar a algunas personas o que crean ver soy un incorrecto, hoy cansó definitivamente mis 59 años recién estrenados y, sinceramente, me chupa un huevo que me rezonguen por ponerme a su altura: Salvini, sos un cagón de mierda. Pagaría porque me dejasen agarrarte en alguna esquina y partirte la jeta. Sí, ver cómo te estallan los labios, sin palabras. No penses que quiero ir más allá, sólo conseguir que el resto de tu vida, cuando te mirés al espejo y veas esa cara de mongólico, te acordes de lo que sienten esos de los que te reís, de esos que ironizas con que se los lleven para Ibiza, de los niños aterrados, de los que solo tienen otitis, de ellos, los náufragos del Mediterráneo, los migrantes. Porque mirá, sos un pajero de playa, pero también una mierda de emigrante porque, aunque en tu paso por la escuela no te hayan explicado que los europeos en su historia, no se salva ni uno, sean descendientes de migrantes, que el cuentito de pertenencia no pase de eso, tu Italia, tu Liga Norte lo es en medida de sicilianos, calabreses, napolitanos y otros que la hicieron posible. Y sos tan cagón y baboso que cuando tienen elecciones vienen a pedir el voto a aquellos que antes expulsaron. Ah, pero son blancos, no son negros, magrebíes o gitanos. Pío, pío, cagón. Te olvidas que el mundo tiene otros Salvinis, igual cagones como vos. Que no hace tanto, en el XIX, en Nueva Orleans, lincharon a italianos por serlo. Que para aquellos Salvinis del Missisippi un italiano merecía el linchamiento como un negro, un chino o un mexicano. Que la unificación italiana no se entiende sin el continente americano. Que decenas de miles, algunos con certeza antepasados de quienes hoy piden auxilio, fueron a liberar a Italia de otro imbécil como vos y que terminó con la Petacci colgado en una farola de Milano. Que, si te crees imperial, recordá que fue en la Liguria, no en el Norte, y que su éxito se basó en contar con las personas que otros desechaban.  Chamuyas porque la Europa política no existe. Es exit de unos buenos fundamentos. Dan vergüenza sus silencios, sus inacciones, sus “cerrado por vacaciones”. Sus privatizaciones del accionar social. Y tenes galones de ministro del interior y es inexplicable que se tolere. Pero al menos, no se regodean de su cobardía. Así que, si vas por ese camino, nos agarramos a trompadas. Mano a mano. Viste, como esas cosas que inventaron los tedescos sobre los duelos para dirimir conflictos. No el criollo. Nada de facones. Y después lo publicas en tus redes sociales para los tarados que te siguen. Los que te ríen tus insultos. Y le pones muchos hashtags, bocón. Sos un cobarde, los italianos no te merecen. No te merecen ni los Di Cunto, ni los Paolino, ni los Lacagno, los Sacco, los Pastorino, los D´Elia…, tampoco aquellos que forjaron un “estilo italiano”, que supieron mestizarse y aportar trozos de Italia al mundo. Pero, como vivimos con tantas formas, con tantas vergüenzas por las palabras y a vos te gusta insultar; como ya estoy en el debe de la vida y con vos no sirven las palabras ¿cortamos para la salida, basura? #SalviniCagón

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El mundo en sus manos

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La última ocurrencia de Trump, tras una noche no transcurrida, es indagar sobre la posibilidad de comprar Groenlandia. Algún canal temático de cine le habrá puesto en la pista con la emisión de “El hombre de Boston”. En su infantil intelecto, el presidente de los Estados Unidos de América, quizás se vio navegando en La Peregrina (de Salem, por supuesto), para comprar los territorios rusos de Alaska, enfrentando, como el capitán Clark, al oscuro mundo de los zares, marcando las nuevas fronteras continentales, haciendo de los derechos comerciales los fundamentos de la libertad (y de la democracia, por supuesto). Y al igual que el Hombre de Boston, el capitán Trump se ve liderando a los banqueros (no sólo los de San Francisco, por supuesto), que harán posible la compra para el bien de sus arcas. Una estrella más en su bandera, vaya legado para la posteridad, junto al muro si al final se construye (la intervención en Venezuela, de tan repetido el modelo desde Wilson, se perderá en los libros de historia). Una estrella, la 51. De difícil encaje. Bueno, llegado el caso de que la fantasía nocturna se haga realidad, es un problema menor. Él, el capitán, ya tiene a su condesa  Marina Selanova por la que pelea Gregory Peck, el protagonista de la ficción, y se llama Melanija Knavs, que traducida a la lengua que le dieron los sajones y normandos daneses, vaya casualidad, es Melania. Sólo falta El Portugués y no me parece apropiado que el vago de Jair Bolsonaro pueda asumir el papel de Anthony Quinn (el alter ego de Peck para una generación), que humaniza con sus borracheras, canciones mamadas y bordadas travesías. No, definitivamente a Quinn no se le iguala. Y en el medio, el objeto del deseo, Groenlandia. Una comunidad autónoma del Reino de Dinamarca. Una modalidad colonial de las tantas que existen sin resolver bajo la tutela de otro reino europeo. Son pero no son. pueden pero no pueden. La isla del Noreste de América, la puso en el mapa Erik el Rojo allá por el siglo X (el dedo de Colón no apuntaba tan al Norte). Básicamente, ha resistido porque nadie mira los bordes del mapamundi. Y está llena de hielo. Ahora, lamentablemente, en retroceso. Pero al capitán Trump, ya le habrán contado que tras este irreversible deshielo, aparecen grandes yacimientos de minerales (rubí, uranio, hierro, aluminio, níquel, platino, tungsteno, titanio, y cobre, vaya, pecata minuta no es). Así en breve navegará en su Force One Peregrino, para explorar su sueño del pibe: poner su trapo nuevo de 51 estrellas, estratégico para las futuras vías de navegación ártica y sentir que tiene el mundo en sus manos. Y es que, el título original de la película que tanto le puso al presidente es: “El mundo en sus manos”. Política de cine, casi mejor la polución nocturna.

 

Yo soy el estado; detrás de mí, el diluvio

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Los argentinos ofendieron a los dioses. Bien visto, tuvo que ser excitante. Lo hicieron a través del voto en unas primarias (PASO) que no pasan de ser un muestreo real sin consecuencias para la gobernabilidad. Y fue una paliza. A los perdedores que gobiernan le metieron 15 puntos en la frente. Son muchos. Tampoco es para llorar porque durante cuatro años, día a día, fueron golpeando a la población y agrandando el beneficio de grandes corporaciones, especuladores financieros y endeudando el país sin límites (hay bonos de deuda a 100 años) gracias a la futura presidenta del Banco Europeo y directora del FMI, Christine Lagarde (que Europa ponga a remojo lo que quiera). Los peores golpes han sido para las personas con el crecimiento de la pobreza (al 35%, o lo que es lo mismo, 15.573.075.7 personas), la indigencia (7%), la precariedad en el empleo y la retracción empresarial en 3,4%. Y todo con una inflación del 55,8%. Lo único que creció fue la informalidad, el rebusque, la torta frita y el choripán en las esquinas, algo ya enquistado desde el comienzo de siglo con De la Rúa. Golpe tras golpe. En resumen, ni tan siquiera es un capitalismo productivo. Pero hace 4 años, lo votaron. Punto.

Macri es un personaje discepoliano, un buhonero revolcado en un blanco merengue blanco. Su reacción tras la devaluación de 30% del peso impuestas por sus socios y la caída libre de las cotizaciones en Wall Street Shopping Market (en el ambiente de la especulación y la usura no existen amistades), se mandó un discurso de extorsionador profesional donde los culpables eran los votantes, las personas, y el futuro gobierno (inédito aún porque las elecciones serán en octubre) que, quedaba claro, no es querido y menos deseado por el mundo financiero y político allende las fronteras. Verdad a medias: omite la fauna local (que más allá del fútbol y el tango, suspiran por ser parte de territorios norteños y guardan sus fortunas, el 27% del capital privado, en paraísos fiscales; como el propio Macri, revelado en los Panama Papers). Sin embargo, es cierto que, a Occidente, en su mayoría, no gusta de la estética populista. Y eso tapa la necesidad y coherencia de las medidas que un gobierno puede adoptar (en España la sanidad universal es logro, por supuesto vendible y digno de elogio y, sin embargo, puesto en otra latitud, una medida populista que atenta contra los derechos de libertad de empresa, alimentador de vagos, penalizador de la clase media; en definitiva, antidemocrático). Y los castigos financieros, ya reales y para el estudio, un nuevo actor, fuera de lista, en unas elecciones. Es un nuevo matiz de la democracia neoliberal. El resultado final, será los lunes cuando cierren los mercados. Y si bien hay consenso, por acción u omisión, para soportar y convivir con la dictadura en las relaciones internacionales, por muchos miles de personas que mueran en las migraciones a consecuencia del relacionamiento de facto, esta nueva modalidad ahonda más en los déficits democráticos tolerados.

Estuvo bien la paliza electoral no solo para los argentinos. A todos nos compete el análisis porque está más cercano de lo admitido. Los gobiernos que gobiernan Occidente, en apabullante mayoría, perpetúan un modelo distópico. Las matemáticas no dan. Nunca dieron. Solo se sanearon coyunturalmente con guerras. Aniquilar y reconstruir para volver, en bucle, a aniquilar y reconstruir. Vamos, están en los libros de historia. El peso de la sostenibilidad social, amplia, inclusiva y posible está catalogado (y asumido) como populista o dictatorial, en ambos casos extremista, radical o anti-sistema. Occidente contempla libertos, no personas libres.

La realidad es que los votantes argentinos tienen tantos motivos como número de votos para reclamar un cambio de rumbo, pese a quien le pese. La pobreza es un delito de lesa humanidad. El empobrecimiento, una tortura física, emocional e intelectual, diaria. Y no admite relatos caritativos o románticos. Es una guerra interminable que cada persona libra por entender el por qué, por buscar la diaria, las monedas, la destrucción del cuerpo sometido al racionamiento, la absoluta verdad de la desesperanza; la absoluta mentira de lo aprendido. Y sobreviene cuando las noches se niegan a amanecer y duelen los ojos chiquitos, inocentes, sucios de roña, de comer restos de otros, que sólo anhelan la protección imposible, la lucidez agotada y hallan la desesperación y la culpa. Es una suerte cuando al final amanece a pesar de la luz sobre la miseria. Esclavos libertos. De los que votan. Para desgracia de los dueños del mercado, de Macri.

El turismo hoy es industria. Se consumen vestigios de civilizaciones que enorgullecen al colectivo. Se conocen gobernantes y edificaciones; están en los libros de historia. Y aunque se sabe, nadie reflexiona la perversa relación con las personas esclavizadas, los posibilitadores por su coste cero de las civilizaciones. Son, fueron, serán esclavos. Personas nacidas para no ser. La revolución industrial posibilitó un pensamiento crítico hoy adormecido. Tampoco supo incluir a los pueblos originarios. La revolución francesa, pareció ser un punto de inflexión entre el poder absoluto y la democracia. Silenciosamente, se ha vuelto con otras formas y estéticas, a ese poder universal que condena a las personas. Macri, en su rueda de prensa, como apuntó Félix Crous en un breve y excelente vuelapluma, “Nuestro amo”, escenificó la vuelta al absolutismo y sólo le faltó la peluca de aquellos dos Luises (XIV y XV), que sentenciaban: “Yo soy el Estado (el Rey Sol)” y “Después de mí, el diluvio (completó su sucesor)”. Octubre elecciones en Argentina, también en Uruguay (de resultado incierto), quizás en España (sumida en un quilombo, en un reality político impúdico). Veremos los resultados y habrá que esperar al lunes, para saber qué opinan los mercados y si es verdad que se viene el diluvio.

La Marcha

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Drama. Ciencia ficción | Pobreza. Política. Así se describe el género de una película de 1990 pérdida en algún archivo de su productora, la BBC. La desaparecieron (no está viva ni muerta, como definía Jorge Rafael Videla a los desparecidos argentinos), ni internet la esconde. No es un prodigio de película ni tiene nombres significados. Es su significante, el sonido que el ruido tapó, el tema que trata (ciencia ficción en aquella época) y sus protagonistas: el conflicto norte-sur, perenne pese a la caída del Muro de Berlín que auguraba para muchos un mundo nuevo. La pobreza que conlleva la centralidad, el obelisco, y los conurbanos, los pueblos australes cada vez más amplios. La irrupción durante los 80 de una nueva clase política europea, los progres, abanderados de un discurso liviano del bienestar, socialmente excluyente de la globalidad surgida, de admiración por la profundidad de su ombligo y en búsqueda del grial del centro político. Y, también, el enfoque de los medios de comunicación y su neoperiodismo sujeto al poder financiero y sus shares.

La película, dirigida por el británico David Wheatley, plantea el desplazamiento de miles de personas desde los campos de refugiados olvidados por hambrunas de Sudán a Europa bajo la consigna de “porque vosotros sois ricos, nosotros somos pobres”. Su líder, Isa El Mahdi (“el elegido”, “el guiado por dios”), presentado como un Mahatma Gandhi sudanés para el público, es una evocación, en realidad, de Mohamed Ahmed, El Mahdi de 1885 que supo enfrentar e imponerse al Imperio Británico (representado por el mesiánico Gordon, protagonista en la India ya parte del imperio,  la peor versión de la reina Victoria y el rechazo a las políticas más sensatas e integradoras del Primer Ministro, Gladstone que, quizás, hubiese cambiado el paradigma norte-sur con su visión inclusiva), está convencido que los europeos, sus personas, no soportaran la visión de verlos morir en sus calles. Por eso marchan, para vivir o morir en las calles de Europa.

Casi treinta años después, presente y ya no ciencia ficción, se constata que, para muchas personas, no hay tal drama. En el viaje se va sumando miles y miles hasta llegar a 250.000 personas marchando rumbo al Mediterráneo marroquí. La contraparte, la coprotagonista, es una irlandesa progre, comisionada europea y encargada de intentar detener la marcha, de exponer que no tienen cabida en la Europa centrista, la del bienestar. Por supuesto, con buenos modales, sintiendo la intensidad del drama, pero sucumbiendo al pragmatismo de la nueva izquierda continental. Por medio, un candidato demócrata estadounidense que ve en la marcha de los pobres y hambrientos una buena causa para comenzar su propia campaña electoral. Ese paradigma hoy tan presente para ser emotivos con lo ajeno y “realista” con lo próximo. Y para la notoriedad y efectividad de su campaña, los medios de comunicación dispuestos a cubrir la nota del gran salto, de invertir plata, siempre y cuando, el cruce se coordine con el prime time televisivo del Este estadounidense.

La película introduce imágenes muy presentes hoy: los camiones setas cargados con centenares de personas y enseres, el cementerio marino del Mediterráneo azul, las pateras, los primeros planos de los niños y madres. Ficcionado el plano secuencia de la emoción antes de embarcar (hoy son bastante similares), cuando ya están frente a España, 250.000 personas se asoman a la esperanza tras el mar. Y lo cruzan. Y en la orilla española, cuando desembarcan,  los esperan los cascos azules (los soldados con muchas banderas, el mal de todos), ese actor secundario al que todos acuden, y sin resolver, como ocurre hoy, sale el The End. ¿Entran, los rechazan o se convierten en invisibles? La película se llama “La Marcha”.

Desde aquel 1990, la película se ha transformado en un reality televisado, a veces, de drama, pobreza y política. Obviamente, por definición, ya no existe la ciencia ficción en las migraciones (que bueno sería aplicar a los políticos la primera Ley de la robótica de Asimov: un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la primera Ley). El drama, no solo en las fronteras europeas, es descomunal e imparable por el crecimiento geométrico de las causas vitales para la marcha. La pobreza del llamado mundo periférico se ha agudizado y se podría parafrasear a El Mahdi, “porque vosotros vivís, nosotros estamos muertos”. La política, en estos 30 años los ha utilizado como herramienta de poder interno: medidas y contramedidas, efectos llamada como arma arrojadiza, devaluación de los costes laborales para la competencia productiva global, acceso de los extremismos raciales latentes al poder y subvertir la normativa de las relaciones y organismos internacionales para imponer la lógica del poder central y el acatamiento incuestionable de sus socios so pena de no ser parte del nuevo orden. El pensamiento crítico tan sólo mora en los after hours. Con suerte, porque la inercia de pasar lo más cómodo posible impera. Plantarse conlleva la etiqueta de radical, populista, antisistema, dicho en prime time, twitter o en un parlamento. Palabras gruesas, insultos directos por doquier recomendadas por los asesores de comunicación y estrategas electorales que buscan el miedo entre los menos favorecidos de este sistema fallido (que crecen día a día en número y dependencia), de pésimos resultados y absolutamente insostenible en el tiempo. Pero votan, como es lógico, y eligen por necesidad.

En resumen, 30 años después de la película, las orillas se han multiplicado y a la par sus barreras. Terrestres: muros, vayas, consentinas… Marítimas: violación del derecho y obligación de rescate de la Conferencia de Londres. No existen los cascos azules, los medios de comunicación ya no lo ven para sus prime time y han aflorado como una plaga los responsables políticos que haciendo uso del miedo consiguen ser electos. Y gobiernan a grito pelado, entre insultos y descalificaciones como lo hacen los estúpidos (ha quedado en el olvido cuando se juzgó y condenó con prisión a los dos últimos presidentes de la RDA, Erich Honecker y Egon Krenz por los muertos al intentar cruzar el Muro de Berlín. Eso sí sería ciencia ficción). Y aunque la película está desaparecida, el tema, la marcha de los pobres machados y olvidados, desprovistos de esa alma tan blanca y occidental, la diaria, sigue y seguirá. Falta saber que género le otorga cada mirada: drama, política, pobreza…

“Vienen con sus amigos…, ¡ah!”

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Los bares de los puertos tienen la atmósfera áspera. Por el momento. Algún narrador de tendencias al peso puede decir que el aire está impregnado con esencias de salitre, fatalismo ancestral y escamas que resitúan los sentidos, empapan las emociones o amanecen horizontes tras galernas y chau, ¡mecagoendios!, chau, ¡la concha de la lora!, se llenarán de coleccionistas de escenarios para marcar el boleto de haber estado y sentido, para contarlo como una experiencia vital única. Son tiempos comprables. reducidos a alientos adquiridos a otros, de paisajes cotidianos convertidos en decorados, de otros. Ay, pero venden. Ay, pero se compran. Todavía las tabernas portuarias de noches transcurridas no convocan mucho. Ya lo harán.

Abierta la veda vacacional, de repente, nacen lugares para que muchas personas se encuentren a sí misma, se emocione y, por qué no, descubran su lugar en el mundo. Durante un rato. Valles, quebradas, bosques, montañas, playas, acantilados, islas…, todos servidos durante amaneceres y ocasos, con aromas salvajes o delicados, al gusto del consumidor y, por supuesto, con banda sonora enlatada.

La competencia por la sensibilidad, a ver quién la tiene más grande o más profunda, lejos de ser diversa, tiene cicerones que dicen qué, cómo y dónde se ubica el mandala de las visitantes halladas. Se busca y rebusca, ahora en las redes sociales, por ser alguien vivido en la materia. Un instante que se lo pone a huevos a los algoritmos empalmados de tanta belleza recién descubierta para vender calcetines, airbnb, vinos o cremas solares. Y música. Y películas. Y literatura de los nuevos Hesse.

Después del subidón de dopamina, viene el bajón del regreso a la diaria que, como el luto, aparece tras expresar en repetidas ocasiones, a propios y extraños (las redes, principalmente), las emociones vividas. Han vuelto de la naturaleza revelada, donde habitan seres que no saben lo que tienen, que merecen una visión solidaria y, por qué no, de un food truck y una banda sonora de las llamadas inteligentes (la sensibilidad se puede comprar como gesto de inteligencia en los hábitats del jazz, por ejemplo, alopécicos; pero inteligentes), porque los aborígenes, tan tiernos, nobles (lo de brutos sólo se piensa), ya están, forman parte de la postal.

A la vuelta, dicen ser otros, entender la naturaleza de la vida, repensarse la propia, y hasta prometen (una verdad por impulso), cambiar sus actitudes. Por unos días, ya saben qué es y qué no, importante. El boca-oreja funciona lenta pero inexorablemente y las personas elegidas acuden para encontrar los paraísos. No importa subir al Everest en caravana oliéndole el culo a una persona desconocida o hacer cola para un instante del ocaso; el premio es mirar el mundo desde la cima para encontrar y erizarse por … ¡Qué sensación! – exclaman, para acto seguido subirlo a las redes sociales (desde hace décadas, Casa Pueblo, en Punta del Este, es el escenario de la puesta del sol “perfecta”. El fallecido pintor Páez Vilaró, grabó su despida diaria al sol que se deja atrás para que unas decenas de afortunados turistas, previo pago de entrada, consumición, souvenirs (marca registrada) y hasta un cuadro, disfruten del momento audiovisual, absortos en la densidad de unas reflexiones enlatadas. No sirve cien metros a la izquierda o a la derecha, ese el lugar exacto. Y salen ligeros por haber estado “en un lugar en el mundo…”).

Es mejor no preguntar por las sensaciones adquiridas so pena de escuchar los clichés habituales en las respuestas. Raro, las hay, encontrar personas que viajen con ese punto de azar y sorpresa, sin la mirada blanca, dejando en paz al entorno. Raro, pero las hay.

También están los que edifican en su lugar en el mundo. Terribles. Hastiados de tanta naturaleza (no lo reconocen), alientan a sus amistades para que sigan sus pasos y así tenerlo todo. Un aburrimiento, al final. Por supuesto, sin quererlo o proclamarlo, gentrifican los espacios. Pero son tan chics, que en realidad, creen mejorarlo cortando la maleza salvaje. Eso sí, ¡qué vistas!

Emocionarse una vez al año es un engaño de vida. Pero, por lo visto, ya es industria (la de las emociones, de los sentidos, de la solidaridad, especialmente cruel ésta…, en definitiva, el turismo de experiencias) llegó para quedarse. Y tanta suma de instantes emocionantes, deja huella y abre la tentación de modificar los espacios, las personas, las formas y surgen las ideas de “mejorarlo” con especias intelectuales importadas. Florecen los festivales (todos bajo la caratula de “slow”) y los aborígenes, en camareros, posaderos, en atractivos monos de feria. Y es que la belleza, tal como vamos, solo es sostenible cuando es turística.

Daniel Viglietti y el poeta Nicolás Guillen escribieron y musicalizaron sobre los sentires y sones del cubano José Ramón Cantaliso, entreteniendo a la turistada de antaño: “¿quién los llamó? Cuando regresen a Nueva York, mándenme pobres como soy yo. A ellos les daré la mano y con ellos cantaré, porque el canto que ellos saben, es el mismo que yo sé…” Hasta las pelotas de los sensibles por un día.

Haciendo honor a mi edad, confusamente vivida, me canta recordar a los ex “Coco y Los del 1.500” que terminaron siendo “Siniestro Total” y su divertida y espídica canción “Matar Jipis en las Cies”. Unos adivinos sagaces (Julián, Alberto y Miguel), que en 1981 escribieron la letra incluyendo una cuenta in crescendo profética de los jipis que llegaban a las islas Cies en busca de repetir los relatos leídos y construidos en otros lugares. Entre chorus de “¡ah!”, los vigueses ya entreveían que aquellos jipis se convertirían en hípsters y, lo peor, que vendrían con sus amigos… ¡ah!

Sin atracaderos

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Imagen: Joaquín Torres García

A Ventura se le dio por creer que cumple años. Un absurdo en el medio del océano. Un absurdo en tierra. Se levantó con ganas de remar borracho. Es lo que hay, podría hacer un cóctel de sustancias pero, simplemente, no hay. Whisky, sí. Esa costumbre heredada de guardar una petaca de whisky en una guantera, en el interior de un saco, el bolsillo trasero de blue jeans o en el botiquín de un bote. Whisky. Y remar borracho, ¿por qué no? Remar sin atracaderos. Esos, los que tienen bitas para hacer firme en alguna tierra o para desamarrarte. En círculos, las líneas rectas no son para Ventura. Remar para reencontrar lo sensorial y emocional que puede rescatar de un montón de años y monedas: los instantes de latidos y babas, de balbuceos y preguntas, la piel de una mujer y su mirada robada, los silencios conversados sin límites, las palabras sin tiempos ni espacios, pero siempre presentes, deconstruyendo amistades y hermandades y, por supuesto, las calles, muchas, sus zaguanes y esquinas, los edificios vividos, en derrumbe permanente y los horizontes, a veces marinos, a veces inventados. Las únicas herramientas de Ventura para seguir remando, esquivando la normalidad pronosticada que se mide en éxitos y fracasos. Todo el día estuvo remando y tomando, divirtiéndose, olvidándose de quienes ya ni tan siquiera merecen una ironía. Fue su culpa, lo reconoce. ¿Pero quiénes eran?, se preguntan. Definitivamente, hoy, Ventura rema sin atracaderos.

Racismo atmosférico

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“Eso no es verdad, eso no es verdad, eso no es verdad…”, intenta interrumpir el entrevistador en el estudio al entrevistado en la calle. Es un programa matutino de Telecinco, la que saca pecho de ser la primera en audiencia del reino. Vaya, parece que faltó a clase el día que explicaron cómo se realiza una entrevista: se pregunta, se escucha y, llegado el caso, se repregunta. Pero el entrevistado no cumple el rol previsto: portavoz de los manteros de Barcelona, tiene un discurso sensato, lógico, que puede o no gustar pero nunca interrumpir. Aziz Faye, habla de la traición de Ada Colau (algo evidente tras aquellas manifestaciones sobre la creación de “ciudades refugio”. Eran elecciones, estaba la imagen de Aylan, la isla de Lesbos recibía miles de refugiados, en fin, el relato estaba servido y hoy, las operaciones policiales, también forman parte del discurso). Hasta ahí correcto. Habla de querer pagar impuestos, que los tres años que la ley les obliga a estar pero no estar, a ser pero no ser, prefieren la opción de vender en las calles que pedir en los semáforos o delinquir. Sigue correcto (para el periodista). Dice que no saben quiénes son, cuál es el problema real y su voluntad de trabajar y con ello pagar impuestos. Sigue correcto, pero con matices (para el periodista). Y concluye que, en el fondo, si ellos no fuesen negros, el problema sería otro… (los puntos suspensivos se anteponen a la secuencias de los “eso no es verdad…”), que existe un tema de imagen, que no quieren negros. Para quien desconozca como se entrevista en la calle desde un plató: hay un colega junto al entrevistado que lo pone en antecedentes y lo introduce con alguna pregunta. El entrevistado tiene un auricular para escuchar a unas personas que desconoce, no ve y, además, escucha con un mínimo retraso generando vacíos o agolpando frases. Aziz, confundido por la vehemencia, pregunta por el nombre de la persona que le retruca acusándolo de faltar a la verdad. Respuesta: “debería informarse primero, me llamo Joaquín…” ¡Tócate las pelotas!, el entrevistado debe averiguar sobre la filiación del periodista. El tema se desmadra y una periodista (he de suponer que lo es), le propone el ejemplo al entrevistado: “¿qué haría si junto a su puesto se coloca otro mantero con los mismos productos pero tres veces más baratos?” El portavoz, irremediablemente convertido en una persona sensata y coherente, contesta: “ve cómo no sabe nada del tema, como debe informarse antes de opinar en un programa de televisión”. ¡Crack! O, hablar por hablar (la que nunca se cuenta es que las prendas de los manteros, las falsas y de mafias perversas, se fabrican en los mismos lugares, y quizás las mismas personas y niños explotados, que las otras, las verdaderas y de amables empresas que tienen a bien marcar algo de 6 a 100 euros. Cosas del valor de la marca). El periodista, aparenta recular. Dice comprar casi todo el discurso del portavoz, pero hace comentario sobrado y de sobrador cuando vuelve a interrumpirlo para recomendarle que tome aire y no hable tan deprisa. Termina la entrevista y pasan a otra cosa, sin comentarios de los panelistas. Nadie, exceptuando los votantes de Vox y algunos otros, dicen abiertamente que no les gustan ni los negros, ni los chinos, ni los originarios de América, ni los moros…, que prefieren echarlos, que las muertes en el Mediterráneo es porque se lo buscan, que la culpan la tienen los gobiernos corruptos de sus países (está bueno porque el tal Joaquín se le dice que conoce Senegal, y por ende, África… y Aziz le contesta que: “ve, usted llega a mi país y trabaja al día siguiente, nosotros aquí, no.” Silencio), por las guerras, “por las meriendas de negros”. Sin embargo, eso de la mala imagen para Barcelona (qué van a pensar los turistas), es aceptable aunque tenga esa atmósfera racista que todo el mundo niega.