Los lentes

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Estuvimos bromeando en la previa. El humor mitiga un poco la incertidumbre. O eso creo y por eso lo provoco. La oficina es áspera, incómoda el momento.  Tres sillas, una mesa, ordenador, una taquilla metálica y una pequeña ventana. Ninguna huella humana donde distraer la mirada. Psicología policial, quizás. La agente de la unidad de familia y apoyo a la mujer que nos recibió en la puerta entra con la declaración y una hoja con 9 fotos. El espacio se vuelve cálido, son años empatizando con las personas enfrentan ese momento de demonios internos. Tras el rigor burocrático, gira la hoja y aparecen las fotos. Nueve depredadores sexuales de menores fichados, semeja un número alto en una ciudad tan chica. Quizás no sea tan paradisíaco como se publicita. Ávida de enfrentar a quien aún preso la persigue, baja la cabeza como si estuviese preparando un examen y recorre con sus ojos casi adolescentes de izquierda a derecha, de abajo a arriba y viceversa esas caras que la miran. Todo es silencio. Es difícil humanizar el momento de su mirada escrutadora acostumbrados como estamos a normalizar el dolor en cifras y nombres ajenos. Esa maldita educación que nos viste de inmunes al otro. Y no lo encuentra. No lo identifica. Y parece un fracaso. La agente sonríe amablemente y sale de la oficina. Son unos segundos que con las miradas nos preguntamos: ¿acaso es otro?, ¿sigue libre? Sin tiempo, reaparece con otra hoja que oculta. La enfrenta y muestra otra vez las 9 fotos. Y ahí está. Sin dudas, está ahí el depredador con sus lentes. También estaba en la otra hoja, pero sin lentes, con sus ojos azules que destacaban, quizás por el flash, que lo ocultaban. La policía lo sabía, a otras niñas les pasó lo mismo. Pero las leyes se hacen en otras oficinas y dicen que cuando se detiene y fotografían no llevan signos externos, como unos lentes. La foto identificada es la del DNI del depredador y esa no sirve. No salen sus ojos azules. Identificación negativa lo que, cualquier leguleyo puede utilizar en favor del depredador. Otras niñas, con más edad, supieron decir “este, si tuviese gafas”. Identificación positiva. Igual lo agarraron in fraganti. Lo curioso es que los lentes, que todas relataron, esos que a simple vista aportan un toque inofensivo al delincuente, confundió a las bases de datos no revelando el prontuario del canalla. Para confirmar y darle tranquilidad, la agente le muestra una imagen de perfil extraída de un cajero de banco tras uno de sus ataques. Y a ella se les escapa un “es, es, es, así empujó la puerta…” Por suerte la funcionaria no es de película y la contiene con sus palabras y gestualidades. Quizás, si el fiscal lo solicita, habrá otro segundo reconocimiento, ya en persona. Pero ahora se firma: no identificado. Como lo tuvieron que hacer otras víctimas. Y yo, cambio mi veredicto de enfermo por el de canalla.

Antes de llegar, en la camioneta, me dice que ha soñado con el depredador, que la única palabra que le escuchó en el ataque, un “hola” mentiroso, ahora se ha vuelto amenaza. Me cuenta que en sueños el canalla le dice que sabe su nombre y donde vive, que cuando salga irá a por ella. La cárcel es una coyuntura para quien una vez fue víctima y no tiene ni edad ni herramientas para procesar la legalidad. Yo le argumento una milonga sobre “la ley del motor” y los años que estará encerrado. Nada efectivo. Así que en una de las veces que sale la agente, la intercepto en el pasillo por si ella sabe cómo darle tranquilidad. Otra vez sonríe y suelta un lacónico, “descuide”. Firmados los papeles de la no identificación legal, de pasada la agente le dice: “con sus antecedentes le caerá una larga condena, pero, lo mejor, es que las condenas de este tipo llevan aparejadas unas órdenes de alejamiento. Sabes, este fulano nunca más podrá pisar la ciudad, ni tan siquiera los ayuntamientos próximos”. De verdad, pregunta. Claro, le responde la agente. Y me mira resplandeciendo, como si hubiese vuelto a nacer. Nunca más, supongo que repite su cabeza. Y le doy las gracias a la agente con la mirada. “Tenemos que defendernos las chicas”, concluye la funcionaria.

Cuando nos estamos despidiendo, le pregunto a la funcionaria por la unidad, por el trabajo, por el número de policías, todas mujeres. “Tan solo somos seis”. Exiguo número se me ocurre cuando solo los depredadores sexuales son nueve, cuando además está la violencia machista en todas sus facetas. A poco que se piense, se entiende. Quizás no lo entiendan en esas otras oficinas donde se mercantilizan los mecanismos de prevención y protección. Todo tiene un presupuesto, un cálculo de rentabilidad.

De vuelta en la camioneta, cuando nos encaminamos a comprar un alfajor en una panadería de emigrantes uruguayos en un barrio donde la biodiversidad está en la calle y también es mirada desde lejos por el resto de la ciudad, ella va espléndida, los lentes ya no son un problema, lo ha identificado y, sobre todo, siempre estará lejos de su caminar real o en sueños. Con qué poco nos ayudamos y qué pena los que pueden y están ausentes por saber actuar, porque les queda grande el volumen de la realidad en sus relatos discursivos con grandes teorías y ningún hecho. Es lo que hay.

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Historias mínimas

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Corrían los años 80 en Londres cuando se detectó un rebrote del acoso sexual a niños, fundamentalmente varones, en determinadas áreas. No era primera plana de los medios, no existían las redes sociales; sin embargo, estaba ocurriendo. Un drama para quienes lo sufrían y la certeza de una pauta, de la acción de uno o varios depredadores de niños. Una tarde me avisaron de una reunión en el gimnasio de un colegio del barrio que patrocinaba el Council y la policía Metropolitan. ¿Yo, ilegal? Sí vos también sos parte, me recomendaron. El recinto estaba tupido de vecinos y comerciantes. Fueron breves y claros. Consejos sobre cómo detectar y prevenir y, sobre todo, como ponernos caras. Porque en mi rudimentario inglés, me quedó claro que la policía asumía que solos les era imposible. En la reunión me enteré que las reuniones eran parte de una estrategia para llegar al mayor número posible de áreas de los distritos de Este y Norte de la ciudad. De la reunión, medida en la comunicación (tiempo, forma y contenido), salimos conociéndonos más allá del pub, las rutinas del transporte y esos clubs para destrozar el jazz. Reconocidos como habitantes, hasta se terminó mi guerra con el capullo del kiosko que cada día decía no entender como pronunciaba Malboro.

Ayer, capturaron al depredador que acosaba sexualmente a niñas en A Coruña. In fraganti, los enfermos tienen sus pautas. Fueron unos jóvenes y un policía fuera de servicio que, por suerte, pasaba por la zona. Hasta donde se sabe, llevaba tres meses actuando. El número puede ser 20 niñas o más, documentar los hechos y volverlos denuncia es un proceso personal. Por desgracia, mi hija fue una de las víctimas. Instintivamente actuó de la mejor manera una vez acorralada en la puerta del edificio: tras forzar la entrada violentamente (el depredador hoy se sabe que tiene 37 años y mi hija, 13), ella lo empujo y volvió a salir llorando y gritando para ser auxiliada. Fue al mediodía. Es su modus operandi. El tipo salió corriendo. Llegó primero la ambulancia y después la policía. Un trato correcto; mejor, bueno. Gente joven, tranquila, contenedora para aquel manojo de nervios de 13 años. Se nos solicitó hacer la denuncia. Obvio. De ahí en más, la sensación agridulce. ¿Por qué?:

. al realizar la denuncia, el funcionario policial de turno, nos preguntó, con mi hija delante, ¿Por qué hacer una denuncia si no le había pasado nada? ¿Nada? Explicarle que la cabeza forma parte del cuerpo, que un hecho violento queda registrado de por vida no me pareció oportuno dentro de una comisaria y siendo esta persona la representante de la seguridad pública. Así que opte por señalarle que sus compañeros nos habían pedido realizarla. La respuesta literal fue: “Mis compañeros dicen muchas tonterías”. Si bien mientras escribía la denuncia se fue relajando aduciendo que les falta personal, nada borra esa sensación de, como dijo mi hija, “sentirse una tonta” por realizar la denuncia. Falta preparación y capacitación en la estructura policial.

. por el contrario, las funcionarias policiales de la UFAM (Unidad Familiar y Apoyo a la Mujer), fueron y son exquisitas en el tratamiento con una menor. Sin prisas, sin certezas, sin culpas, iluminando la cara de mi hija. Dos a uno, los agentes que intervinieron y el UFAM, frente al receptor de denuncia de la comisaria. Igual, no da. No es.

. el Concello, ausente. Qué son 20 niñas en una mega urbe de 250.000 personas (los londinenses son muy exagerados o tienen una ciudad muy chiquita). Una oportunidad pérdida para afianzar los lazos de solidaridad que nos atrapan en un espacio común: la ciudad.

. los colectivos que trabajan en favor de las mujeres, ausentes. Si bien la noticia tomó carácter público a través de los medios de comunicación, parece existir un baremo de lo que es grave y lo que no, de lo que es creíble o dudoso (la primera reacción de mi hija cuando supo de la detención del depredador fue: “por suerte estaba un policía y ahora podrán creerme”).

. las redes sociales de niñas, familiares y próximos funcionaron sin control. Otra oportunidad pérdida para saber utilizar esta herramienta correctamente aunque exista la disculpa de la emotividad y calor del momento.

. y los centros docentes, bueno, se confirma que son recintos donde memorizar datos. Ciertamente, hubo y hay personas estupendas, pero como institución es una docencia interruptus, que siempre pierde la oportunidad del debate, de compartir, de hacer y forjar personas con espíritu crítico. Y es que las acciones del depredador fueron en barrios concretos con institutos de barrio que han obviado el tema perdiendo esa oportunidad de mostrar una realidad y cómo actuar solidariamente.

Es agridulce. Es la realidad en la que vivimos. Autismo social. En este y en muchos otros temas que nos la jugamos solo a una resolución policial sin sentirnos partes.

Ayer por la noche festejé la detención con un whisky. Me encontré con una persona que participa activamente en temas de feminismo. Nada sabía de los hechos. Sin embargo, comenzó con su teórico relato. He de reconocer que apuré el chupito de whisky y me fui con mi historia mínima, una más de las que no encajan si no se quiere mirar.

El barrendero

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Ventura sabe que perdió. No es la primera vez que le ocurre. Probablemente sea su culpa. Desconocer apropósito las reglas que supuestamente sociabilizan tiene su castigo: la soledad. No saber interpretar el papel adjudicado es básico. Asumirlo y hasta disfrutarlo, se premia. Parece sencillo, pero no ocurre en muchos casos y aunque sí logró transitar en un limbo emocional, tarde o temprano, a poco que lo piense, le ocurre. Entonces pierde. Lo sabe. Agarra su libreta y escribe para leer las últimas palabras que, a veces varían, pero no modifican el relato. En la iglesia de los Padres Conventuales, de chico, lo convidaron a interpretar una sencilla obra de teatro. Era comedia en una peluquería, un barbero y un cliente tenían una conversación llena de gags, de chistes, de menciones a los vecinos del barrio. Quizás, porque aparentaba lo que no era, le dieron el protagónico del barbero. Tenía más diálogo que el cliente, casi una víctima de la ironía del fígaro. Se aprendió al toque el guion y comenzaron los ensayos. Una y otra vez, aun sabiendo de memoria los textos, se atrancaba. Y vuelta a empezar hasta que la lógica del director lo llevó a intercambiar los papeles y Ventura pasó a ser el cliente medio oculto entre la toalla caliente y la espuma del barbero. También sabía esos textos. Igual, se atrancaba. Y como pasaban los días sin avanzar, no hubo más remedio que buscar otro niño. Tanto trabajo y tan pocos frutos. El director, que sabía del esfuerzo de Ventura aprendiendo los papeles, se apiadó de él y creó un papel nuevo que no tenía palabra: el barrendero de la peluquería. Y los ensayos continuaron y liberado, Ventura anticipaba en su cabeza cada situación de la barbería. El día del estreno, Ventura no se presentó a representar su papel. La obra fue un éxito y él, desde la platea, la disfrutó sabiendo cuál era el final de la misma y que su presencia en el escenario sólo entorpecería la representación. Había descubierto que nunca interpretaría a otra persona. Ni en la ficción de un escenario. Perder con un hijo duele, desconcierta y se vuelve un mar sin luna. Es su culpa. La de Ventura. Barrer la barbería en silencio, aun sabiendo los diálogos escritos durante mucho tiempo, es solo una interpretación de la vida. Dice Ventura que esta vez, no irá al estreno. Dice muchas cosas y no dice nada.

Um bocado de tristeza

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Las once de la noche en el otro extremo de la ciudad donde las habitaciones se mezclan con los depósitos de alambres. El frío no es poético. La más chica de mis gurises estrena cena con sus compañeras de equipo. Y yo, espera. Ta´bueno. Sin dramas. Es una oportunidad para nuevas miradas. En la esquina, la baliza de la camioneta juega a sincronizarse con la intermitencia de los semáforos. La avenida está vacía. Sólo las motonetas de los delivery practican el eslalon entre los autos que portan rostros gélidos. Yo fumo recostado fuera. La edad me ablandó. Igual, los gurises conviven con mi humo y el dibujo en el living a carboncillo de Cabezas de una mano con un cigarrillo humeante y una palabra en grande: “FUMO”. Casi un acto heroico para contravenir al gran hermano. A unos metros una pareja tranza entre refugiarse en un gran colchón o derrotarse en rondas de cervezas con final incierto. El barrio está lejos de la zona de los boliches de dj ocasionales y gin-tonics. Se me ocurre que para ellos lo mejor sería la catrera y perderse entre palabras y rozaduras. Se me ocurre, tan solo.

En la radio de la camioneta, Poveda pincha a Moacir Santos. Estaba en algún instante vivido. Adolescencia. Viene enganchado de algo que Rodolfo suelta para fotografiarme frente al pick-up Viator leyendo las tapas de los discos. Coisas. Moacir Santos fue quién de componer instantes que nunca título. O lo invento o lo recuerdo, decía que uno de sus temas era una procesión de negros. Y era. Le puso Nº 5. La Nº 6, ahora que lo pienso, es la vuelta de un Vadinho impenitente a los brazos de Doña Flor, tras una noche eléctrica de Salvador, cuando aún tenía el São y era de Todos os Santos. Después de romper la harmonía de la samba, marchó a Pasadena. Demasiado lejos para la fama. No tanto para quienes aprendieron con él acordes transgresores de una dictadura que hoy vuelve para recatar cuerpos.

Moacir tiene algo con Gervasio. Y Santos con Artigas. Este componía pueblos libres y no les daba nacionalidad. Hacía “instrucciones” que hoy serían demasiadas osadas para el credo imperante. Instantes de contrabandista y redimido como soldado. De él se miente hasta en los cuadros. Incapaces de verlo tal cual era, lo pintaron idealizando a un prócer que siempre renegó. Dicen que la técnica de los pintores historicistas es una mirada neutra. Y los abalorios que contextualizan. Dicen que Artigas nunca tuvo tiempo de posar. Y cuando lo hizo, ya viejo, su imagen desmerecía el relato. ¡Qué cosas! Y también marchó a resolver su interna lejos. Fue a Cangó y Bobí, al Paraguay, para rumiar sus Pueblos Libres.

Por fin mi gurisa me saluda desde la puerta de la pizzería. Está radiante con su cena de conversaciones y descubrimientos. Vendrán muchas, pero yo no estaré en la esquina, apoyado contra la camioneta fumando y escuchando música. Es un instante para disfrutarlo. Sin espejo, no sé si ve a un viejo lleno de cicatrices o un tipo formal que forma a la puerta de una pizzería. Prefiero la primera visión.

Ya en casa, Moacir me vuelve a rondar como en la adolescencia. Pocos son quienes digan algo que vale la pena. Buceo para meterme la biaba de whisky y su samba hasta que todo tiene un hilo conductor. Es Vinicius. El poeta y diplomata tenía un tema donde citaba a Moacir Santos. En su olimpo de sambistas, el pernambucano está como Pixinguinha, el primero. Es la Samba da Bênção que me recompone la semana y aunque no lo recuerdo que también lo hizo en el pasado, con su arranque de “es mejor estar alegre que estar triste”. Y viene al toque con una fútil polémica donde un patán dice rechazar a las mujeres de 50 años y algunas mujeres, de esa edad, le contestan reivindicando lo imposible porque somos personas y no colectivos uniformados. Sin embargo, “Mas pra fazer um samba com beleza, é preciso um bocado de tristeza, senão, não se faz um samba não”. Cierto. “senão é como amar uma mulher só linda.E daí? Uma mulher tem que ter qualquer coisa além de beleza, qualquer coisa de triste, qualquer coisa que chora, qualquer coisa que sente saudade. Um molejo de amor machucado, uma beleza que vem da tristeza, de se saber mulher”. Cierto, para qué polemizar y si el patán tampoco sabrá de ser saber home, añado.

Hace mucho frío esta noche de viernes boreal. Pero Moacir y Juanito Paseante son una excusa perfecta para brinda o escuchar la estrofa de Vinicius de Moras le dedica: A bênção, maestro Moacir Santos. Não és um só, és tantos como o meu Brasil de todos os santos”. Salvo Bolsonaro y los suyos, digo. Coisas alegres que tienen um bocado de tristeza para sambar o escribir.

“Una experiencia interesante”

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Cuando Atahualpa del Cioppo y Ugo Ulive entraron al Teatro Victoria para presenciar la obra George Dandin, de Molière, les contrarió ver una media entrada. Maestro y discípulo, ambos directores y cofundadores del teatro independiente El Galpón, en 1947, mantenían una cordial relación con el elenco argentino, también de teatro independiente, Fray Mocho que presentaban una versión libre firmada por el dramaturgo residente del grupo, “El Vasco” Andrés Lizarraga.  Las vicisitudes germinales de los elencos independientes de teatro conllevaban reacomodos y deserciones entre la realidad de la diaria y el deseo del arte como lucha contra las formas. Ya no estaban todos, ya no eran los mismos de otros encuentros, pero la amistad y la necesidad de ver por donde se encaminaban sus pasos los había convertido en una especie de delegación semi-oficial montevideana.

En boca de Ugo Ulive, intentando sintetizar la figura de Atahualpa rememora aquella noche de estreno: “No pasó mucho tiempo para que comprendiéramos cuál era la intención y el fracaso de aquel montaje: se trataba de “popularizar” a un autor popular como Molière presentándolo de una manera muy basta y muy directa, afianzándose en la búsqueda del chiste, el gag forzado y la risa fácil. Dentro de la tendencia peculiar del Fray Mocho, la puesta en escena era de una absoluta escuetez y el término “teatro pobre”, que aún no había sido inventado, le hubiera venido como anillo al dedo. Ni Atahualpa ni yo cruzamos un solo comentario quizás porque nos dolía como si fuera nuestro el error general del espectáculo. Tal vez yo suspiré más de una vez de manera excesiva o no hallaba acomodo en la butaca, mientras que él, como de costumbre, mantuvo una inmovilidad atenta y concentrada, sin perder detalle de lo que ocurría sobre el escenario. Al final, los aplausos estuvieron lejos de sonar entusiastas y el público se fue yendo como con prisa, pero a nosotros, irremediablemente, nos esperaba el ritual de saludar al elenco. Al abrir la puerta que daba al escenario nos topamos con Lizarraga, que parecía estar esperando. Tenía una mirada interrogativa y desconfiada, aunque la fría reacción del público ya era un indicio de lo que podía esperar. Atahualpa avanzó, le estrechó la mano mientras le palmeaba el hombro con la otra y enunció con una convicción irreprochable: Una experiencia interesante. Después se alejó hacia los camarines. Yo farfullé que opinaba lo mismo que él, pero no pude evitar sentirme impresionado.

Del Cioppo era un hombre de una descomunal delicadeza, incapaz de un juicio drásticamente negativo sobre todo si se trataba de juzgar lo que habían hecho unos amigos. Al unir esas dos palabras, “experiencia” (¿pero con qué intención, quería decir que el espectáculo era un experimento o se refería a la experiencia que como espectadores habíamos vivido?) y el adjetivo “interesante”, que no indica entusiasmo ni desagrado, no es un juicio de valor sino una estimación esencialmente subjetiva, lograba colocarse en una zona que el interlocutor podía interpretar de diversas maneras, ninguna totalmente reprobatoria. La expresión se hizo prontamente muy famosa, se cargó de intenciones muy variadas, a veces como manera de evitar comprometerse, a ratos como ironía e incluso como juicio muy adverso. Prevaleció durante años, hasta que el desgaste decretó su desuso”.

El 15M español amaneció con elencos políticos independientes. Las mismas vicisitudes germinales. Tras unos años de ebullición, las distintas compañías, ya gobernantes en ayuntamientos, recorren sendas dispares. Las puestas en escena son diametralmente diferentes y, aunque enfrente está el empresario político con sus dependencias e intereses de poder que expone sin ambages la mercantilización social, la visión sobre el papel de la política no es solo un nombre, un claim acertado, un gag forzado para provocar la simpatía, la risa fácil (alguien debería hacer un estudio sobre el nuevo naming político que asola el planeta y que prioriza emotivamente un momento dado que es insostenible en el tiempo de otras realidades. Mercadotecnia, producto político, consumible, obsolescencia inevitable por falta de cimientos ideológicos). Quizás Madrid y Barcelona zafen. Hay algo de la edad en Carmena como lo fue también en Del Cioppo con su teatro independiente que evita la notoriedad de efímera levedad. En lo próximo, en Galicia, lo simbólico ha prevalecido y el aplauso no es entusiasta. Demasiadas primas donnas con la mirada en el ombligo o demasiadas montañas gastadas que achican el horizonte. Y también personas comprometidas, los menos. Los que duele el comentario. Los desinteresados. Quizás falta la madurez; quizás están recorriendo las etarias previas de una adolescente visión de la política. Quizás. “Una experiencia interesante”, como resumen de lo gobernado, tiene varias interpretaciones.

 

 

 

Las Llamadas de San Baltazar

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                                                                                  Foto: Sandro Pereyra

Cada 6 de enero, la memoria me tira un sisga para atracarme en una bita de la calle Isla de Flores. Construido o no el recuerdo, tiene una base de piano que alardea de repique y es tan real como aquella voz fina de un chico. Piano, repique y chico. Una cuerda de sonidos africanos. Olor a piedra quemada por el sol, sabor a salitre endulzado por el río, texturas de paredes descascarilladas y descoloridas por el tiempo. La mirada de gurí, la inquieta y porosa, la que se llena de fotogramas, construyó una película que sigue girando en la bobina de mi cabeza. Piano, chico y repique. Grave, agudo y brujo. Candombe. Para que las entidades de las naciones africanas sepan que resistieron, que están, que ahora son más, que ya no volverán, que han dejado de ser “un bien inmueble, no precioso, factible de ser vendido” como calificaban a sus ancestros esclavizados. Igual la vida es dura, vueltos personas, adjudicadas almas. Sin embargo, el 6 de enero, como desde hace 200 años, las Llamadas de San Baltazar (con zeta y no con ese), libera para tocar, bailar, chupar, amar y llorar hasta la madrugada por las calles de los barrios Sur y Palermo. Negro, blancos, mulatos, zambos, originarios… Más tarde o más temprano, todos salimos de África.

“Nada”

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Comenzaba 1986 y tras un sufrido match, Emilio Sánchez Vicario se proclamaba campeón de un torneo de tenis en Suiza. Por aquellos años, este deporte tenía un excelente rating de audiencia televisiva. El periodista que había cubierto la final entrevista al que ya se anunciaba como sucesor de los Santana y Orantes y entre las felicitaciones cuela la anécdota, por inhabitual, de que su rival, Ronald Agenor, un tenis haitiano nacionalizado estadounidense, fuese negro. Sánchez Vicario, con sonrisa canchera de triunfador, le contesta que: “Es que el tenis es un deporte en el que la inteligencia es muy importante y quizá los negros prefieren otros deportes, como el atletismo, donde no es tan necesaria”. Silencio. Otra pregunta.

La respuesta del tenista, quizás, se fundamentaba en la lectura de libros supremacistas de destino manifiesto o en esas conversaciones de café donde afloran toda nuestra carencia intelectual en el perverso rito de ser lo más irracionales posibles para levantar el aplauso de la parroquia (ahora se llama humor libre). El síndrome del barrabrava que canta hasta la saciedad “meta huevos”. Una de esas normalidades a la que nos enfrentamos en la diaria y da contexto a la realidad vigente del nuevo colonialismo.

James Watson es un biólogo bastardo que en 1962 ganó el premio Nobel de Medicina en 1962 por ser uno de los descubridores de la estructura del ADN. Un maldito supremacista blanco a quien patearle su huesudo culo blanco con un pie igual de blanco. ¿Intolerante? Según sus teorías: inteligente. Otra cosa es que le patearan el culo los negros, esa subcategoría genética que los hace inferiores en aptitudes cognitivas. Y lo dice, y lo recontra dice, a sus 90 años, tras décadas de estudio donde concluye su interpretación sobre una supuesta realidad genética: los negros tienen una inteligencia menor que los blancos.

De todas las respuestas recibidas (en estos días se emitía un documental llamado Decoding Watson, muy al hilo y buscando la notoriedad en la era Trump y lleno de frases lapidarias que no vale la pena reproducir), concuerdo especialmente con el director de los Institutos Nacionales de la Salud de EE UU, Francis Collins: “La mayoría de los expertos en inteligencia considera que las diferencias detectadas en los tests no surgen de factores genéticos, sino ambientales. Las personas con mayor nivel socieoconómico, mejor alimentación y mejor educación tendrán, en promedio, mejores resultados en las pruebas de inteligencia. Y es más habitual que estas personas con recursos sean blancas”.

Hace unos años, cuando el corralito argentino era una cruda realidad vivida (hoy vuelven a las andadas), saltó a los medios de comunicación una niña de la provincia de Tucumán. Fueron sus palabras ya que, lamentablemente, tan solo era una más de las personas, de todas las edades, que vivían la tragedia de la desnutrición. No había comido, “no tenemos plata”. Su, entre sollozos y mocos colgando, respuesta a la absurda pregunta, “¿vos de grande qué querés ser?” desnudó a la sociedad: “NADA”. Once años de padecimientos eran suficientes para la nena.

Tucumán que era y es una más de América, África, Asía y los conurbanos europeos. Nada nuevo en las dinámicas coloniales donde unos, por factores ambientales, nacen condenados a ser mano de obra, a emplearse en trabajos sin una categorizada “inteligencia”. Y es cierto que una mala nutrición desde el feto hasta los dos años de vida condiciona las sinapsis neurales, el desarrollo de las capacidades cognitivas, pero eso no lo da el color de la piel y si el sistema donde sobrevivimos que, vista la deriva colonialista global, son democracias desnutridas. “Nada” no se cura con caridad. Sí con justicia, equidad y solidaridad. Barbarita se llamaba la nena y cuando pensaba que era mejor no despertar, tenía once años. Y hablamos de inteligencia.