Los chuecos

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El edificio tiene un patio cerrado. Es luminoso. Recién reciclado, luce desnudo sin la costra de la cotidianidad de los relatos. La roña vendrá con los años acumuladores de cuerpos que esperan oír su nombre en boca de un funcionario judicial, recostados contra sus ahora blancas paredes, dejando impresas sus solitarias huellas de suelas que no escapan ni corren al destino que están a punto de escribirles. Son los adolescentes que ya han superado, muchos de ellos, la estatura de sus progenitores, que calzan deportivas de marca, verdaderas o falsas, da igual, con sus auriculares colgando, sus pantallas enredadas en conversaciones o juegos con otros mundos, algún tatuaje improvisado y sus cabelleras repeinadas, imitando el corte de pelo de sus ídolos, sean los que sean éstos. Están asustados, enojados, confusos. También sus padres. Los funcionarios funcionan en modo aséptico y automático y la calle vive ajena a la diaria escena donde se fraguan sus futuras vidas: dentro o fuera. Son los juzgados de menores.

Los adolescentes están por incumplir la norma. Y estamos llenos de normas. El panóptico sistema de vigilancia social, ese gran hermano en el que aceptamos que vivimos en una realidad creíble, incuestionable y sin matices, castiga todos los días a los incumplidores. Adentro, afuera. Quizás, en un futuro (con suerte por no perder cierto grado de romanticismo), como ha ocurrido con el resurgimiento de los médicos de cabecera, más cercanos a las causas, se racionalizará entre lo que es delito y las controversias de una convivencia donde los menores aún son sujetos carentes de cuantificar y cualificar sus propios actos con la patena de los adultos (en un territorio como Galicia, de suaves montañas gastadas, poca diversidad, sin grandes diferencias sociales, hay 5.000 jóvenes sujetos a medidas judiciales). La vida tiene costos, no es gratis y tampoco barata. La adolescencia son fronteras que se cruzan por impulsos. A veces sale bien. A veces, te quedas atrapado en el alambrado.

Es recurrente el reclamo en diferentes territorios del Occidente acerca de la rebaja en la edad imputabilidad. Algunos dicen 16, otros 14 y hasta hay quien no vería mal llegar a los 12 años para transformar a un niño en adulto y castigarlo. Encerrarlos y tirar la llave. Básicamente, desecharlos. Porque como cantaba Agarrate Catalina: “son el error de la sociedad, son el plan perfecto que ha salido mal…”

No hace tanto, un petimetre vestido de uniforme azul con muchas chapas plateadas redactaba el informe de un robo en una comisaria bonaerense. Tenía un bigote ridículo y galones que le conferían algo de mando. Todo iba por sus cauces normales hasta que un patrullero mete a dos gurises que rondarían los 10 ó 12 años. Venían detenidos por robar unos refrescos en un almacén del barrio. Son de la villa, apuntó el galardonado agente. La verdad le digo – continuó errando una supuesta comprensión -, a estos pibes habría que matarlos de chiquitos. No tienen futuro, tarde o temprano los liquidarán y si sobreviven estarán presos la mayor parte de su vida, concluyó el policía. La gestualidad le alertó que no había empatía y continuó aporreando la máquina de escribir por no recibir la aprobación de sus palabras, él que durante ocho horas al día defendía las propiedades de “las personas de bien”.

Peleas, bandas, botellones, ofensas, vandalismo, grafittis, pequeños hurtos, porros o bullyng escolar, entre otros, demandan de actos de conciliación en convivencia (y no de instancias judiciales) donde todas las partes, jóvenes, progenitores y adultos que permitan articular mecanismos de visibilización de conductas inapropiadas. No son paños calientes: es no convertirlos en paños rotos. Por la contra, sí hay delitos juzgables cometidos por menores, con toda la prevención posible y las sanciones correctora basada en la pedagogía. El sistema judicial no es el problema.

Cuesta verlos en el patio del juzgado como adultos que enfrentan sus actos. No hace tanto lo éramos nosotros. La justicia sólo cumple su función, son las personas quienes lo demandan como un triunfo, como una revancha a las frustraciones de sus propias vidas. Empoderados (maldita y fascista palabra), ejecutamos los castigos gracias al poder. Sin matices. Lucha de poderes. No se busca la igualdad y la inclusión, el reconocernos como personas diversas. Se busca el poder. Y con él, castigar y obtener placer. Sus cortes de pelo cuidados, son nuestras melenas, crestas o tupes. Sus deportivas, nuestras cazadoras de tachuelas. Sus reggeatones, raps, hip-hop, nuestro rock, punk, heavy… Bandas sonoras con la prisa de crecer dentro de contenedores donde los adultos son vistos como tristes súbditos de las rutinas. Es una edad para vivirla en esa edad, para hacer estupideces, para creer que se puede. El pop y las baladas, bueno, por desgracia, siempre estarán para mitigar las ganas.

Como ayer, hoy y, seguro, mañana, el conflicto generacional estará presente (quizás no en movimientos o “movidas” que dan un mayor amparo como colectivo). Lo que ha cambiado es la consideración de delito. Todo lo es. Y se reclama. Todo es una propiedad a defender. Hasta la gestualidad se denuncia. ¡Qué rápido se olvidan los años!

Y si bien existen diferencias discursivas por ideologías o creencias, la adolescencia es tan brutal y hormonada, tiene tal grado de ímpetu, irresponsabilidad y despiste, que mirarla con ojos olvidados es realmente injusto. Hace muchos años, Daniel Viglietti escribió “El ‘Chueco’ Maciel”. La izquierda tradicional se ofendió. Hacer una canción sobre la vida de un “infanto juvenil”, buscándole la vuelta, la explicación, los porqués de sus delitos, se alejaba del discurso político. Hoy la singularidad ya no es tal. Y en ese patio de aún limpias paredes, de lunes a viernes, un funcionario sale en voz alta a nombrar a quienes andan chuecos y serán juzgados. Adentro, afuera.

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El salpicón

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El salpicón es una figura del carnaval que algunas murgas emplean para sumariar en cuartetas jocosas las noticias más relevantes acaecidas a lo largo del año. Entre el saludo y el cuplé se enlaza y desenlaza, desde la perspectiva de letristas de barrio, lo que el público ha visto marcado y remarcado por los medios de comunicación y su apéndice, las redes sociales. Es complicado porque realmente tiene que tener gracia, equilibrio, ser empático con la platea de los tablados por donde itineran a “marcha camión” las murgas. Los mediocres tan sólo llegan a ser resúmenes de prensa que un oscuro periodista prepara para organizaciones.

Ayer fue un día salpicón. Un breve con foto de un medio local informa que una patrullera holandesa llegó a puerto. El exiguo texto destaca que la armada de las tierras sumergidas (cuna de las Holstein, tan características por su color negro y blanco y que en la escuela nos enseñaron como Holando, las grandes productoras de lácteos), diseñó el navío de guerra para “la lucha contra el tráfico de personas”. ¿Será cosa de quién redactó la noticia o comunicado oficial? Los súbditos de la Casa Orange-Nassau tienen amplia experiencia en el negocio de tráfico de personas en sus barcos “negreros” o como supervisores a través de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. En la actualidad, sin embargo, el traficante no explora el continente africano en busca de personas para secuestrar y vender como esclavos, tan sólo es una pieza más, el transportista, de la desesperada huida de las personas de la miseria y muerte en sus tierras originales. La patrullera que lucha contra el tráfico de personas (un tanto por ciento muy elevado de los componentes utilizados en su construcción, son originarios, como materia prima, de los lugares de las personas traficadas), siendo fieles a su clase, parece decirnos que las víctimas son los europeos y africanos y los malos los traficantes (por ello, la lucha). Gana Salvini. No se rescata, se lucha contra estos nuevos traficantes de las compañías norteafricanas occidentales en sus potentes embarcaciones que invaden el continente del bienestar por antonomasia. En fin…

Cerca de mil millones de personas viven en el mundo sin registro alguno de identidad. Las empresas financiadoras de los gobiernos están preocupadas porque no pueden consumir plenamente todos sus productos. Hay un óptimo de consumo hasta para la extrema pobreza. Laboratorios que no venden suficientes vacunas, holding de comida chatarra que colocan adecuadamente sus excedentes a punto de caducar, empresas armamentistas que no arman conflictos identitarios, multinacionales de las creencias sin almas registradas para el otro mundo y largo etcétera de productores que no pueden llegar a sus consumidores finales a través de sus organizaciones del tercer sector o agencias supranacionales. Y es un problema. Y opinan filántropos que trabajan el Banco Mundial (BM) o el Banco Interamericano para el Desarrollo (BID) o el Banco Africano de Desarrollo (BAFD) sobre los porqués. Muchos culpables y ninguna causa. Quizás, si naciesen sintiéndose parte, o como seres vivos, o con voz, asumiesen la necesidad de someterse al control de un registro civil, de una identidad social. Mientras tanto, el mundo que los ignora y ahora protesta, es un skyline a donde no llegar por prescripción vital.

Y justo en la cara B, al dorso de los no identificados, resulta que miles de millones de personas usuarias de la telefonía móvil con el sistema Android, están recontra controladas, testadas y usadas con la simple compra del terminal. El tráfico de datos personales que admitimos compartir con las aplicaciones que nos descargamos es un pirulo contra los que no sabemos que se nos roban por el mero hecho de poseer los aparatos. Las preinstalaciones que vienen de serie cabalgan entre lo legal e ilegal. Poseer significa ser desposeído. El registro civil es una pavada sino está asociado a nuestro perfil de consumo. Y lejos de que nuestros actos (hábitos de consumo) se conviertan en guías para la innovación de productos, son las personas las que modifican sus conductas para ser parte de los nuevos roles que la tecnología nos impone como modelo de felicidad so pena de convertirse en un anacoreta en sociedad. La solución debería ser divertida, aunque se antoja complicada: despistar al algoritmo haciendo cosas que no nos interesa, dando información falsa.

Y la última cuarteta del salpicón de ayer contradice aquel vaticinio de Charly García cuando cantaba al final de la larga noche cívico-militar argentina sobre las personas desaparecidas y sus matadores: “los dinosaurios van a desaparecer”. Después de la década de gobiernos progresistas en Sudamérica, de un negro como presidente yanqui, de las políticas de igualdad que avanzó España y se extendieron a muchos países, los dinosaurios, a veces de civiles y otras de uniforme, vuelven por sus fueros al amparo del contexto global donde un nuevo Nerón gobierna el imperio de Occidente. Está meridianamente claro, papel para los historiadores, que la gran crisis del 2008 fue la herramienta para pudrir los avances y reestablecer un orden, un antiguo régimen oligárquico que, ahora, se cimienta en lo intangible, en la economía no productiva. Los excedentes monetarios, convertidos en fondo de especulación y con el aval de los organismos financieros internacionales, dictan las políticas socioeconómicas. Y como ejecutores, se necesitan personas educadas en la obediencia ciega a la cadena de mando. Así, Vox (el último de la fila en apuntarse), presenta militares retirados de transparente adicción al mundo de la exclusión, de la sumisión a la cadena de mando donde unos deciden y la mayoría acata sin rechistar. Detectada la biodiversidad, ahora se siente dueños de actuar para hacerla monocromática (género, migraciones, pobreza, religión…). Y no sólo es España, está ocurriendo en cada uno de los países de Occidente con mayor o menor intensidad. Han vuelto los dinosaurios y están sedientos de nosotros, los otros, los de afuera del sermón.

Ahora empieza el cuplé electoral, donde no todo está perdido si miramos que también es posible tirar del hilo de Nueva Zelandia y su primera ministra, Jacinda Ardern. Un soplo diferente para un salpicón más fresco y humano. Creo.

“Yo no me llamo Rubén…”

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Era un tórrido 30 de agosto de 1959 y Hell´s Kitchen un territorio a reivindicar. Los adolescentes blancos irlandeses, altos y pecosos, ya eran parte de Nueva York como los italianos, negros, judíos y centroeuropeos. Sólo faltaban ellos, los boricuas, isleños que desde 1917 pertenecían al imperio de las barras y estrellas por el Tratado Jones, firmado por el mesiánico y tenebroso presidente Woodrow Wilson (intervencionista directo en México, Haití y República Dominicana [indirectamente en medio continente], segregacionista e impulsor del Klan y, por supuesto, premio Nobel de la Paz en el 19 {don Alfredo era un dinamitero y la paz con sangre entra}).

Aquel día “Los Vampiros”, una pandilla de adolescentes puertorriqueños, salieron de sus pisos sociales sin agua, apunto para el derrumbe o los recién llegados, con las reglas aprendidas de los guetos donde se vive trasplantados y se construyen paisajes urbanos deslocalizados. Y se armó la bronca, el tole tole, la toma de la bandera con sus plazas e intersecciones. Entre todos, Salvador Agron, “El Drácula”, tomó dos malas decisiones en su afán de conseguir el liderato y se convirtió, tras asesinar con dos puñaladas certeras a dos chicos altos y pecosos (a Robert Young en la espalda y a Anthony Krzesinsk en el pecho), en el condenado a muerte más joven de la Unión (después se le conmutó a una pena de por vida).

Dos malas decisiones que lograron intimidar, dar volumen a las sombras de más de 40.000 boricuas que desde 1950 llegaban cada año, principalmente a Nueva York, huyendo de la pobreza para vivir en la miseria del Bronx, el East Harlem, Lower East Side y en el propio Hell´s Kitchen. Así se conformaron las pandillas “latinas”, tan desdibujadas por una cinematografía de culo blanco, cueros, tupés y rubias. Pandilleros de la comunidad, como otros en la ciudad, y que necesitaban su banda sonora propia. Y fue la salsa. Y fue la discográfica Fania. Y fueron, entre muchos, Pacheco, Colón, Lavoe, Bobby Cruz, Ray (dicen que el nombre de salsa se lo dio Escalona, periodista venezolano fanático de la música latina de la manzana, que en una entrevista a Ray le preguntó en qué lo singularizaba de los sonidos caribeños tradicionales: “Esto que nosotros hacemos, lo hacemos con sabor, es como el ketchup, que le da sabor a la comida”. Y ante la respuesta sobre qué es el kétchup, Escalona exclama: ¡Ah! Lo que tocan ustedes es salsa…” Quedó).

Muy pocos tenían (y tienen), por aquellos años, una actitud musical anarquista. Más bien mixturábamos lo local con el tsunami importado y en inglés. Un claro liberalismo de dos únicas opciones (propio vs. ajeno en asimilación), con diferentes tipos de combinaciones por edad, conocimiento musical o imposición educacional. El anarquismo, con suerte, viene con los años. Y en el sur del continente, o en el norte visto con los ojos de Torres García, la música tropical olía a humo de choripán y entretenimiento bailable ajena al choque social de las placas tectónicas nacidos tras la revolución cubana. Música de milicos. Difícil o imposible detenerse en el dial de una radio tropical de Montevideo.

Fueron los discos de la Fania All Star en los 70´, un dream team salsero imposible de obviar y curiosear, los que abrieron puertas a músicos, compositores y cantantes que hablan de espacios comunes de sudores y pasiones, miserias y malandros, de personas de plástico… Y por ahí apareció Rubén Blades, el salsero intelectual. Subió la persiana para ver que las distancias no mitigaban los problemas por más que la vida fuese en dólares. Y se leyeron sus letras (los long plays antes tenían a bien escribirlas en su contratapa), donde el “Mack the Knife” de Bertolt Brecht se convirtió en Pedro Navajas de Rubencito, el “monaguillo Andrés se murió sin conocer a Pelé…”, la cándida Ligia Helena se terminó fugándose con un trompetista negro de la vecindad, o las ciudades de plástico que se derriten cuando les da el sol.

En estos días (es del 2018 pero las cosas llegan cuando llegan si llegan), se estrena la biopic del panameño, “Yo no me llamo Rubén Blades” (Abner Benaim: “Invasión”, “Empleadas y patrones {base de la oscarizada “Roma”}’, “Good Vibes”), una suerte de primer testamento filmado ahora que anda rondando los 71 años. Son 50 años de músico, cantante, actor, abogado, político (dicen que se postulará este año otra vez a la presidencia de Panamá, donde ya lo había intentado y fue ministro de Turismo) y participante de mi “frente amplio particular” (ahora que Occidente avaló que con levantar la mano uno se puede autoproclamar presidente y llamarle a su oscura sombra, usurpadora), donde se converge sin renuncias, con todos los matices y las dudas necesarias. Pero se converge. Y se admiten contradicciones. Porque un tipo como Blades, capaz de expresar y hacer evocar las sensaciones e imágenes de unos instantes de terror y desidia, del “por algo será”, como en el tema “Desapariciones” (Anoche escuché varias explosiones / Putun, patá, putun, peté / Tiros de escopeta y de revólver / Carros acelerados, frenos, gritos. Eco de botas en la calle / Toques de puerta. Quejas. Por Dioses. Platos rotos / Estaban dando la telenovela. Por eso nadie miró pa’ fuera…), está en mi frente amplio de pleno.

Ahora, el mestizaje sigue dando pasos en el continente entremezclando ritmos, instrumentos, soportes,  creando sonidos andinos, pampeanos, afros, selvático, caribeño…,  relatos musicalizados que son como aquel Hell´s Kitchen, vaya, un espacio del trópico americano. Y está bueno, se llame como se llame.

El día después

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No importa el grado de fidelidad ni proximidad que se tenga cuando una sociedad avanza. El viernes, avanzó. Las calles se llenaron de necesidades ocultas de nacimiento. El pecado concebido. Derrumbar murallas, quizás las propias, revisar olvidos, romper automatismos, siempre confortables y dependientes, cuestionar certezas, dudar, dudar mucho e intensamente, y mirar con la curiosidad de un viajero que tras los vidrios del bondi atraviesa paisajes desoladores, injustos, asumidos como daños colaterales de un modelo aprendido, comparado, patrimonialista. El viernes se avanzó, qué bueno. Fue un paso, importante. Una parada para detener la mirada. Ahora ya estamos en el día después. Quizás se mire diferente, quizás ocurra como con el amor y sus mariposas en la panza y nos duela el otro. El nacido sin ser. El que habita en nuestros espacios comunes y perturba la mirada cotidiana. O el que está en las orillas y que tan sólo son una imagen de los velados, de los que habitan tras la catarata de unos valores, tan solo uno de más de la biodiversidad, que, sin embargo, se postulan como el bien, el bienestar, la cultura, el progreso, aunque para lograrlo el sufrimiento del resto de personas vueltas pueblos. Quizás. Ojalá los pasos continúen. No es cuestión de mover el eje de la tierra de un golpe, pero sí avanzar. Hacer digerir una comida compartida, que no es atrezzo de cartón piedra. Es seguro que será diferente. El viejo ponía cara de pelotudo cuando en el hospital, ya jodido definitivamente, comentaba que se había pasado toda la vida pagando la medicina privada para terminar en manos de la mejor, la pública. De eso se trata. De un espacio común, público. Estamos en el día después, igual, estuvo muy buena la calle el otro día.

Los tiempos

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Aquella anciana del cotolengo de D.F., con su voz arrugada de una Malinche resilente, me rezongó con ternura por romperle su tiempo, que tampoco era suyo pero que, de alguna manera, lo había asumido como propio, inevitable: “la soledad provoca sueño, sabes, quizás no comprendas que mi día termina tras el desayuno, que me sobra tiempo ajeno y me falta vida propia”. Me agarró la mano y como enamorados de estación de autobuses que recorren andenes buscando destinos, caminamos por aquel pasillo lleno de sol dándonos una chance al encuentro. Fue lento, no teníamos prisa. Atravesamos la sala de lectura donde algunos compañeros clavan sus cabezas contra la tinta impresa, que ya no huele ni mancha las yemas de los dedos ni la punta de la nariz, pero que aún es rito para sincronizar los debe de la vida en lugares y personas desconocidas. Nos detuvimos un instante en un gran hall lleno de personas con la mirada fija frente a un gran televisor, moviendo los labios como si supiesen de memoria los diálogos de una telenovela que, quizás, o seguramente, una vez o miles de ellas salieron con sonido de sus bocas. Amor, desamor, odio, traición, certezas, insidias, repertorios milenarios. Seguimos y al final, por fin, nos acoplamos en una mesa para compartir una infusión de boldo. Inevitablemente, perdió la mirada y la dejé adormecerse con esos minutos de yapa prolongados a su tiempo. O eso creí.

Ahora, remando, recuerdo a Juanita. Encontrarla tras las palabras esquivas de su familia que la consideraba demente, fue un placer. De chico, a 7.000 kilómetros de su D.F. final, intercambiábamos nuestros tiempos entre juegos y cuentos esperando a que Cantor llegase del teatro y se sumase a nuestra obra improvisada. No eran ni los juegos ni los cuentos lo que me atraía a su casa sino el tiempo del que disponían para compartirlo. Fuera, en casa, en la escuela o en el club, el tiempo estaba medido, acotado, con principio y final, como una bandeja de comida de un internado donde se va sirviendo, consumiendo, defecando y vuelta a la fila. Es fácil acostumbrarse y hasta considerarlo como propio, erróneamente.

Juanita solía decir que la soledad da sueño. Y yo duermo poco, remo bastante, a veces, hablo mucho, casi siempre, e imagino todo el tiempo. Supongo que un psicoanalista diría que pese a mi naufragio estoy esquivando un puerto. Un amigo, por el contrario, tan sólo escucharía para saber por qué durante demasiados años me abandonaba a la siesta de un tiempo propio.

Burdeles de muñecas

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Cuando las singladuras superaban los veinte días de navegación sin tocar tierra, Marcial Lafuente Estefanía gobernaba la maniobra en el barco. En los cajones bajo los camastros se apilaban decenas de novelitas que la tripulación devoraba distrayendo la erupción de una psicosis latente de estar encerrados cumpliendo guardias noche y día entre la mar y el cielo. Nunca pasé de la primera página. Poca, muy poca pornografía circulaba. Los veteranos advertían sobre los peligros de su consumo para mantener la cordura. Cuestión de opiniones. Por aquellas épocas, a finales de la séptima década del pasado siglo, las muñecas hinchables eran novedad y, por supuesto, los marineros clientes posibles. Se contaban muchas anécdotas sobre usuarios, sobre todo en los grandes bulk carriers y súper petroleros, y todas coincidían en que su uso sólo llevaba al agotamiento y a la falta de concentración aumentando el riesgo de accidentes. Aquellas muñecas, con su boca abierta y grandes labios, me parecían poco inspiradoras, más bien grotescas. Nadie lo reconocía públicamente y las cabinas pertenecían a lo privado.

Las ansias de impregnarse en perfumes humanos cuando se arribaba a puerto indicaba que, en el caso de tener una compañera hinchable a bordo, no existía un vínculo afectivo digno de la psicología clínica. Nadie término como Michelle Piccoli simulando un matrimonio con una maniquí como en la película de García Berlanga, “Tamaño Natural” (más bien podía ser la versión del “orgasmatrón”, de “El Dormilón” de Woody Allen, por salir fundidos del encuentro). Nadie encontró el reverso de la moneda de una Catherine Deneuve encarnando a Severine, una onírica muñeca masoquista burguesa en “Belle de Jour” (Buñuel), que a muchos adolescentes nos movió el piso entre nuestras ensoñaciones y las realidades diarias. Una incógnita que me acompañó sin casar durante décadas y por fin resolví lejos de burdeles ocasionales.

Hoy en Europa (desde ayer en Japón y China), los burdeles de muñecas de silicona hiperrealistas o sexbots (muñecas robóticas con diversos grados de inteligencia artificial), se abren hueco en el mercado del sexo. Al igual que en el pasado, las opiniones están encontradas entre su papel mitigador del deseo y quienes creen que subliman conductas perversas (hay modelos para violaciones o para pedofilia…). Por 200€ unas horas con una muñeca (mayoritariamente varones heterosexuales, aunque también hay muñecos para mujeres). En un estupendo reportaje de la BBC, un cliente de los burdeles de muñecas de Turín (Italia), da una clave clarificadora: “Una prostituta es una persona real, puede juzgarte por tus fantasías y preferencias. Con una muñeca sólo tengo que pensar en mi satisfacción”. Quizás habría que recuperar “El discreto encanto de la burguesía”, de Buñuel para entendernos y no juzgarnos tanto. Como antes en el barco, creo que el sudor y el perfume de un cuerpo, es único e irrepetible, aunque nos juzgue.

Rodríguez

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Los Grandes Lagos norteamericanos se congelan en invierno atrapando barcos, personas, ciudades, canciones… Sólo maldices el hielo sobre el metal que desolla tus manos desnudas en paisajes bitonos, monótonos, humeantes. Una invernada estúpida y forzada para huirte, tengas o no a una prima húngara que rescatar de ese paraíso nevado desnudado por Jarmusch, pisoteado por un Lurie belmondoneado y sin aliento. Igual tiene un hechizo. Un medio oeste conurbano, deprimido, de ciudades oportunistas, a mitad de camino de lo que fueron y el olvido. Hasta el sonido Motown, pura alma, narra las historias de ratas y cucarachas.

Detroit, magnificada y hundida por trajeados universitarios de economía, es un cementerio de naves oxidadas, destartaladas, sonoras. En sus muelles, cuando aún había algunos dólares del subsidio para poner en la cintura de las bailarinas y escuchar a alguien durante unas pocas canciones, arranca Rodríguez (hoy Detroit está peor, se ha vuelto una curtiembre de cueros gastados, agujereados que alguna vez ocultaban la carne). Mal apellido para la música a finales de los 60´ (hoy para cualquier laburo). En uno de esos bares toca sus canciones de espaldas al público. El activismo está en alza menos en esos tugurios. A los insomnes parroquianos no les molesta, tampoco. Graba y saca unos estupendos trabajos que nadie escucha. Es una vida. Otra es comer. Trabajar en otra cosa, el medio. Albañil y techador. Por lo menos, hay. Y le da tiempo para seguir curioseando cómo se pudre todo. Y componiendo. Y cantando en algún bareto o fiestas. A más de trece mil kilómetros sus canciones suenan en radios y tocadiscos. Medio millón de discos vendidos en Sudáfrica (versus los veinte o treinta en Estados Unidos). Sus canciones también se cantan en Rodesia, Australia y Nueva Zelandia. Las letras son legibles para los colonos blancos que se hacen preguntas. Ciudad del Cabo no es Detroit. Diferentes formas de manotear un espacio vital. Para unos un revulsivo. Para otros, los propios, una banda sonora del abandono en el mundo del bienestar que es mejor no escuchar para evitar preguntas.

La historia de Rodríguez tiene una tercera vida: el redescubrimiento. Conciertos, giras, entrevistas y documental premiado con un Óscar. Nada cambia. Dona los beneficios a quienes, veinte años después, están peor que él porque ha desaparecido el trabajo. Dicen sus hijas que han vivido en la precariedad en sus más de 28 mudanzas, a veces sin baño, casi siempre amontonados en una habitación. Que su viejo, Rodríguez, ha sido changador, albañil o lo que sea, pero que nunca perdió la perspectiva de escribir lo que nadie quiere ver en su cotidiana dependencia. Y esa forma de entender la vida no tiene royalties que encadenan a las audiencias.

Rodríguez no es un tipo raro. Es el sexto (Sixto) hijo de emigrantes mexicanos a orillas de unos Grandes Lagos que en invierno congelan. Y escribe y canta sobre lo que ve y no sobre lo que le cuentan.