Canción mixteca

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Travis ve entrar a Jane para su sesión en la cabina del peep show, enciende la lámpara y se gira dándole la espalda al vidrio. Hace cuatro años que está perdido. Tiene un relato que son versos libres de rimas castrantes. Olvidado, borrado o deformado. El suyo, su parte de la historia recompuesta con imágenes que le han devuelto olores, texturas, miradas. Pero no puede enfrentarla, todavía, en carne y hueso. No importa la historia. Fue. Todos los estados los atravesaron. Poderosos o desvalidos. Esclavizados y libertos. Intensos, profundos, destructivos. Cuando las llamas azules surcaron sus brazos, huyó. Cinco noches corriendo sin mirar atrás. Antes lo había hecho Jane, librándose de sus ataduras del estacionamiento de caravanas. Cuatro años olvidada, borrada o deformada su parte del relato. Sam Shepard los equiparó. A Travis un desierto. A Jane una cabina de peep show. Fuera, un mundo abrasado. Es el último día del año. Una infantil construcción para ubicarnos. Y demasiadas veces la vida solo dura un rato. El resto, una canción mixteca.

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La patria, compañera

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En la previa a la crisis, cuando todavía se tiraba manteca al techo, se incorpora al estudio un diseñador recién llegado de Venezuela. Agradecido por su primera segunda oportunidad, poco a poco, va tomando confianza para sincerarse con ciertas sorpresas que no le cuadran en su diaria más allá del laburo. En lo cotidiano, en el roce, no es exactamente el paraíso pintado entre gaitas y morriñas del Centro Gallego de Caracas. Le desconcierta, sobre todo, no poder alquilar un apartamento donde quiere y puede. Las habituales negativas lo van alejando, barrio a barrio, de sus expectativas de proximidad y comodidad. Cree, con razón, que es el acento que lo delata. Los compañeros aborígenes niegan tal circunstancia. No en A Coruña. Verbalizo una anécdota acaecida cuando estudiaba periodismo en Madrid a primeros de los 80´: “al salir de clase, nos juntábamos unos compañeros para tomar “minis” en los bares de Moncloa. Mediodías de conversaciones eternas que proseguíamos en el Circular, un autobús que rodeaba la ciudad y que a la mayoría nos servía para no perder el hilo de la última palabra (mirábamos al periodismo con la frescura e irresponsabilidad de estudiantes. Y nos apasionábamos). Lo habitual del transporte era el bono-bus. Diez pasajes a gastar. Siempre pelados de plata, nunca exentos de participar. Muy colectivo, nada hippie. Cuando alguien había agotado su bono-bus, una cartulina con pinta de condón usado, otro picaba dos veces. Y rodar. Un día, una compañera estaba sin blanca y otra marcó el suyo dos veces. Vivían próximas, apenas a cuatro paradas de distancia. La mala suerte, en forma de gris revisor, subió justo cuando nuestra compañera bajaba. Al llegar a nuestro asiento, mi amiga le explicó la situación y, pese a ser algo frecuente, el revisor se negó a atender explicaciones. Era tan evidente la mala suerte, que intenté explicarle al funcionario (yo viajaba en regla), que eran verídicas las explicaciones que ella daba y de ahí que no hubiese intentado evitarlo o bajarse del autobús. En ese instante, vaya uno a saber que se le cruzó por la cabeza al tipo, ordenó al conductor que cerrase las puertas y llevase el rodado a una comisaria. Todavía no se decía sudaca. Digamos, un extranjero. El conductor cerró las puertas, pero no arrancó. De repente, en el autobús se armó una discusión acalorada entre los que defendían mi derecho a estar en el país y los que acusaban a los foráneos de venir a España para robar. Unos y otros enfrentados entre reproches y acusaciones. Y el autobús, con sus puertas cerradas, detenido en una parada de la Avenida Dr. Esquerdo. Pasaron unos cuantos minutos y el tono y las gesticulaciones crecían. Algunos de pie descontrolaban. Un tole tole que definitivamente el conductor zanjó volviendo a arrancar para proseguir la ruta. Mi compañera de facultad, irónico, bajaba en la siguiente (yo dos más allá). El movimiento rebajó la tensión a meros gruñidos y argumentaciones entre dientes”.

La anécdota, lejos de explicar las náuseas con las que mucho viven sus diarias a la espera del vómito, tuvo el efecto contrario. Y es que el constructo de la transición española se excusa en tiempo y forma. Y, cómo no, las ciudades de provincia siempre tienen a la ciudad de Madrid para echarle la culpa de algo. Así que, para relajar la negación de los aborígenes, propuse hacer una prueba: elegir al azar un apartamento de los clasificados del periódico y llamar para intentar alquilarlo. Una compañera diseñadora, la más negacionista e indignada por los comentarios, aceptó la prueba. Apartamento de dos dormitorios, de precio medio, medio alto, en la zona céntrica. Llamé interesado, me presenté como un ejecutivo destinado en la ciudad y muy interesado en verlo ya que el precio era adecuado. Durante unos segundos la mujer que me atendió guardó silencio. Y con una voz agradable se disculpó, justo ese mediodía lo había alquilado. Igual, intenté decirle que si no lo habían confirmado que yo estaba muy interesado porque bla, bla, bla. Nada. En el estudio estábamos en corrillo atentos a la llamada. Colgué, no sin antes dejarle mi teléfono en postrero intento. Le tocó el turno a nuestra compañera que agarró el teléfono con la sonrisa de científico que ratifica una hipótesis. Al iniciar su conversación fue transformando el gesto. El piso estaba disponible y la señora encantada de mostrarlo y ver un posible arreglo. Al colgar, nuestra compañera con la cara de asombro soltó: “no doy crédito”.

Ayer publicaban una grabación de una abogada amenazando a un dependiente con acento. Blanco y con acento. Quizás, polaco. Da igual. Le hablaba del ordenamiento jurídico, de quitar pasaportes, del significado de ser español: “hijo de padre y madre españoles”. Que no bastaba con nacer, con ser y amar, con estar y convivir. Es un error hacer sangre con el nacionalismo español ya que se da en todos los países: “los patoteros de las patrias”. Xenófobos en cualquier escala territorial. Esa mirada de desprecio, de poder, miserable que con la edad la aprendes a obviar y hasta te provoca risa. Pero es real. Está. Y sólo necesita de un mínimo aliento para vomitar la bilis del odio. Ayer, el tardofranquismo. Hoy, Vox. La patria, compañera, no tiene fronteras y habita el roce para evitar la prognosis intelectual de los constructores de escaleras. La patria es un inquilinato lleno de acentos, olores y tactos.

 

Misa de gallo

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Agosto de 1978. El Frente Sandinista avanzaba en Nicaragua. La Gira de la Anarquía no había hecho estación en España. Algo sonaba en el Carolina como síntoma de una contracultura que venía media “movida”. En el resto, bueno, los Ríos de Babilonia. Los argentinos ganaban su primer mundial entre la polémica del 6 – 0 frente a Perú y el eslogan de “somos derechos y humanos”. Ya se sabía que el fútbol estaba en manos de chantas (ver historia futbolera de alemanes, ingleses o italianos), pero fue un ensayo para ver su efecto narcotizante ideado por Burson Marsteller siguiendo el modelo de Goebbels y las Olimpiadas del 36´ en Berlín. El cóndor volaba alto y su plan se ejecutaba con marcial disciplina en Brasil, Uruguay, Argentina, Paraguay, Bolivia y Chile. Mi viejo había cumplido su parte del pacto y yo había huido de La Coruña, tras sacar en febrero tres materias de quinto, dos de sexto, todo COU y hacer la selectividad en junio. Las ciudades chicas son asfixiantes y en aquellos momentos entre los vestigios de un franquismo muy vigente en normas y comportamientos, el arribismo de los nuevos demócratas a los que les faltaba un hervor ideológico y les sobraba temperatura para imaginarse tomando posesión de la maquinaria estatal, poco pintaba un tipo de 17 años criado al sur del sur que estaba más cerca del anarquismo que de la chaqueta de pana. Ni una semana pasó entre el examen de selectividad universitaria y telegrama para embarcarme como mozo de cubierta en un mercante. Y se hizo la paz.

Cumplí 18 años en la bodega de aquel mercante limpiando potasa, amarrado en el muelle de Santa Apolonia, Lisboa. Linda ciudad, hermosa, adictiva. Africana, americana y europea. Con la oficialidad del barco, ya ascendido a marinero, obtuve el permiso para abandonarlo cuando estuviésemos atracados y poder conocer ciudades y lugares próximos. Eran dos o tres días que me las pasaba viajando en trenes nocturnos para dormir y pateando durante el día. Después, el regreso y a navegar. La primera vez que arribamos a Civitavecchia tenía claro que mi cita era con Roma. Estudiada desde la escuela, fantaseada como gladiador de aquellas películas en el cine de los Padres Conventuales, donde todo arrancaba con los “Siete magníficos en…” y al que restábamos importancia por ver romanos con relojes de pulsera, idealizada después con el realismo italiano en un blanco y negro mágico y recreada en mi baño de adolescencia a manos de la Loren, la Lollobrigida y Anita llamando a Marcello en la Fontana di Trevi. En fin, le tenía ganas a Roma.

Era agosto de 1978 y muy temprano tomé un tren a Roma. Stazione Termini no defraudaba con canallada a la espera de un descuido. Había memorizado un plano y me dejé guiar por el olfato deteniéndome en puertas donde la humanidad había sobrevivido al tiempo. Sí, estaban los monumentos pero se necesita mucho tiempo para estar y desmontar la historia oficial, ese relato perverso que muestra lo que no es o, al menos, una parte vendible. En Roma aprendí a sumergirme en el paisaje obviando la comprobación de un turista. Mi viejo, el pactista, al tener noticia sobre mi visita me encargó que le mandase una postal desde el Vaticano. Raro por su consecuente ateísmo. Compresible por una de las mayores aficiones de otras épocas: la filatelia. Y es que, en esos momentos, no había Papa en Roma. Pablo VI había fallecido y los sellos sin papado eran codiciados para el álbum. La plaza tenía unos carromatos de correos y las colas me parecieron insoportables de hacer. Sabía que volvería al día siguiente y me perdí fascinado por la columnata donde curas, monjas y otros uniformados vendían libros, imágenes y postales con la vida y obra del pontífice fallecido. Me fascinó ver la maquinaria engrasada de la iglesia para sacarle partido a la vida y la muerte. Después, sí me abandoné a la pizza y cerveza de una trattoria localizada en la caminata y que aún guardo en la memoria fotográfica.

De regreso al barco, encontré a mis compañeros asistiendo a un striptease burlón que una mina les hacía desde otro barco que lucía con insolente orgullo en sus bandas no su no alineado Jugoslavlja. Tras los aplausos, chiflidos e invitaciones no aceptadas, repararon en mi presencia. Cada uno tiene sus rarezas y mis recorridos se conjugaban bien. Esa noche, sin embargo, algo había en mi relato que los fue capturando. Marchamos a un club cerca de los muelles y entre tragos e idas y vueltas tras el calentón vivido con la mina del barco, se armó una excursión para el día siguiente. El capitán vio como una oportunidad de librarse durante un día de media tripulación y arreglamos que iríamos a Roma. Eso sí, con la promesa de portarnos bien, sin peleas ni broncas porque en dos días partíamos. Seríamos 7 tipos.

Madrugamos y me sorprendió la excitación de tipos grandes por el viaje. Supongo que mi relato había superado la ingesta de alcohol de la noche anterior. Nos subimos al tren y mansitos fuimos devorando los 80 kilómetros que nos separaban de Roma. Al llegar, el ambiente de oportunistas y carteristas, gustó. Y nos pusimos a caminar. No había cámaras de fotos (de hecho, en el siguiente puerto que era Rotterdam, todos compramos una). Todo fue mejor de lo esperado. Sin incidentes. Quizás nuestras pintas nos abrían paso. Igual, las bromas eran entre nosotros. La mayoría descubrió la pizza. El vino, bueno, era lógico reivindicar al español. Cumplimentar la promesa al viejo de enviarle una postal sin Papa y del peso de la religión, los llevé hasta el Vaticano. El semicírculo les impresionó menos a Anastasio que me preguntó qué carajo era eso. Le dije el Vaticano y me puso cara de póquer. Dónde vive el Papa, le exclamé. “¿Quién?”, me contestó. El Papa, le insistí, el jefe de la iglesia. Me comentó que no sabía nada de la iglesia más allá del cura que había en su barrio, La Carriona, en Avilés. Le estuve buscando la vuelta para explicarle pero Anastasio nada sabía del entramado religioso. Al final, se me ocurrió preguntarle si en su casa veían por televisión una misa en navidad. Me miró sobrador y soberbio, “por supuesto, mi mamá nos obligaba”. Bueno, le contesté, la hacen acá, dentro de esa iglesia. Y se le iluminó la cara. Se sumó a los compañeros que se había desparramado por las inmediaciones mientras yo hacía la cola para la postal. Al rato, Anastasio volvió a preguntarme si él también podía enviar una postal. Me la dio, las sellamos y nos perdimos. He de reconocer que algún incidente montamos por la ansiedad de conocer y que la Guardia Suiza nos sacó con buenos modales de una zona de habitaciones. Igual, festejamos. Y nos perdimos por bares y heladerías, nos reímos detectando pequeños delincuentes y colándonos en los autobuses. Cuando subimos otra vez al tren de regreso, recordé la postal de Anastasio, con su letra dubitativa, pese a los veintitantos años, y el escueto texto: Mamá, estoy en la misa de gallo.

Resiliencia, feminismo y cultura

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Cuando llegan las Saturnales, la Real Academia de la Lengua Española nos regala una puesta a punto del diccionario. Es como el camión de la basura que al finalizar el día recoge todo lo digerido, comprado y utilizado en forma de restos. Hurgados los contenedores, reconocidas las palabras, asumido el detritus de la lengua, proceden a su reciclaje como único tablón para mantenerse a flote como albaceas de una herramienta que importa más en lo económico que lo social. La imagen y la palabra, descartadas el aroma y el tacto, blanden en diversas representaciones buscando la cohesión y consistencia de territorios. La flexibilidad es fundamental si lo que se pretende es pervivir en las guerras por el dominio de los mismos. Es más, ahora el reto pasa por prever como integrar en un futuro los caracteres chinos e hindis que ya se lucen en forma de tatuaje en los cuerpos.

Convertida la RAE es esa tía abuela que en la cena de fin de año admite por fin el lenguaje con el que su desparramada prole la ha torturado hasta los entrantes, explica, argumenta y da su venia, por eso de la edad, para que, de ahora en más, nos sintamos legitimados para utilizar. No quiere darse por enterada que ya estamos mascullando nuevas palabras para provocarle enfado o sonrojo porque de eso se trata: hacerla sentir viva con sus enfados correctores y que nos cuente la etimología heredada y llena de gloria aprendida y nunca vivida.

A la tía abuela la queremos, no la combatimos para eliminarla solo que, nos gusta cuando se aggiorna (esta palabra no se la morfa). Y nos gusta cenar con ella y no invitar a los creadores de diccionarios digitales que nunca le encuentran la vuelta e insistentemente te subrayan o corrigen en la computadora o el teléfono. Esos no. Les falta el discurso de ella.

En el informe de la RAE de este año se introduce una categoría que como hurgadores resulta clarificador: las consultas. Tres son los sustantivos más buscados por las dudas que generan: resiliencia, seguido de feminismo y cultura. Y si el pasado era desolador saber que “aporofobia” era la palabra de moda, estas dudas que son un discurso en sí mismo, alienta a pensar que muchas personas van cuestionando una realidad que hay que incomodar como a la tía abuela.

 

Condenados

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Damos por verdadero que Cristóbal Colón pisó tierra americana un 12 de octubre de 1492. No hay duda (da igual que un monje alemán le pusiese por error el nombre al continente y cambiase, verdades geográficas pragmáticas, el género del navegante) y se festeja. Sin embargo, quienes enfrentaron a aquellos pequeños hombres enlatados, vivían en otra fecha y con otra organización espacio tiempo que también era verdad para ellos. Es más, seguro que alguno de los tripulantes de las carabelas, en apenas un año, había saltado del 896 a 1942, de verdad (sin citar a quién en casa guardaba el calendario hebreo y vivía en el año 5253). Este simple hecho conocido hasta la saciedad podría abrir en estudiantes de 16 años, el debate o la inquietud de interpretar, buscar, conocer las tres postulaciones sobre la verdad (por correspondencia, por coherencia o pragmática), en una clase de filosofía (de igual manera la historia). Bienvenidas las risas, las bromas o las exageraciones, las discrepancias o una hermenéutica improvisada al toque.

Hace un par de meses mi hijo Nicolás se descolgó con inquietudes razonables en su recién estrenada clase de filosofía. Ayer, almorzando, destripábamos su suspenso en la materia. Había algo que no calzaba: razonaba los temas examinados hasta un punto donde el sistema educativo ponía su máquina de hacer pelotudos y decididamente no entraba. Sacó su mamotreto de la mochila y me mostró el temario, por llamarle de alguna forma a esa maraña de palabras inconexas, nombres vacíos, períodos y demás acercamientos al aburrimiento filosófico cuando, justamente, debería ser algo divertido y creativo.

Son muchas las generaciones de profesores de diferentes disciplinas empecinados en condenar a la juventud al pronto olvido de sus materias. Tantas que, sin ironías, propongo que los años vividos en los centros educativos desde la infancia, cuenten para la jubilación como ocurre con el servicio militar. Por el mero hecho de acudir a clase deberían recibir una gran nota (si vale de algo). Es terrible aguantar la condena en vida de ser formados en los mecanismos de supervivencia, olvidando la educación y la cultura (después miran a los fineses y se preguntan por qué). Es un acto de prevaricación en grado de reiteración por vía escrita y oral. De la educación primaria a la terciaria. Es global. En 19 años de estudios, sinceramente, no pasan la media docena de profesores que ejercieron la pasión de motivar la inquietud en mi ser. Agradecido. Hasta me parecen muchos. Lo peor del caso es que son tantos y diferentes los campos donde inquietar a una persona de 16 años que esta playa de estacionamiento educativa se hace perversa por la complicidad de las familias.

La condena no es de ahora, llevamos décadas por no decir siglos, como reos del sistema educativo. Condenados a recibir una educación basura que los hará felices con la comida basura, los medios de comunicación basura, los trabajo basura, las relaciones basura, al hábitat basura… Es desolador hacer de personas desperdicios. No ver los peces de colores en la pecera. Entiendo perfectamente que reprueben exámenes (absurdos en sí mismos) y no les apetezca estudiarlos. Así trabajarán en sus vidas futuras. Ya están condenados.

Castigados

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Somos malos. Y malas. Males (¡Oh, no!, en nuestra lengua de anglicismos hipsterianos, males es machos. Bueno, era una broma. Seguiré hasta que decidan ponerlo todo femenino o neutro. No viene al relato). Merecemos un castigo. Debemos aprender con dolo (lo explicaba hace unos meses la responsable de Orientación de un instituto coruñés sobre el uso del teléfono por parte de los estudiantes y la necesidad de castigar para aprender. Una orientadora modera. En la edad de piedra.). Y no con un pañuelo de seda para atar nuestras manos. Con sufrimiento para escarmentar. Y todos. Y todas. Sin discriminar. El concejal de Mobilidade de la ciudad de A Coruña, se negó a plantear una alternativa lógica a los recurrentes accidentes de camiones en el túnel de la Marina. “Hay tener paciencia, es un atasco. Si se vuelve a repetir, haremos lo mismo”, afirma. Pero no es un atasco cualquiera. La ciudad es una península. Si se corta una parte del istmo, todo se atasca en la única vía restante. Y si el corte dura 24 horas, bueno, el caos es total. Lo peor del caso es que existe una alternativa. Pero no, el castigo desciende sobre los pecadores y pecadoras que utilizan su coche para desplazarse al trabajo, para una cita médica o de cualquier índole o para una emergencia (estimado concejal, la propia orografía distribuye las empresas por la comarca, no todos ni todas, tienen la misma suerte de que usted y yo con la oficina en el centro. Igual, yo voy caminando y no en bicicleta lo que me permite mirar mejor la ciudad). También para quienes mal utilizan el vehículo. Y, por supuesto, para el transporte público que no tiene la virtud de esfumarse y aparecer más allá del accidente. Sabemos que el túnel seguirá siendo una trampa para camioneros gracias a que un alcalde ególatra lo hizo mal y otro, despistado y con necesidad de votos, lo prolongó también mal. Llegada la nueva administración, no se ha hecho nada efectivo (cabe destacar que, a la hora del descomunal atasco, por lo menos, la pantalla led de la calle de La Torre, estaba apagada, no cumpliendo con su función de avisar y ofrecer alternativas. Hecha la trampa, se buscan remedios. Uno de ellos, muy judeo-cristiano, es el castigo. Y de sus palabras, me puedo equivocar, se destila un toque de soberbia, de moralina de sacristía que no resiste un round. Lo digo porque verá lógico no sustituir por bicicletas la recogida de basuras, o otros servicios del municipio que necesitan de rodado mecánico. Están en las calles trabajando. Como la inmensa mayoría de las personas que estaban en el atasco. Qué la ciudad se vive mejor caminando, por supuesto. Pero es o no posible. Y para solventar las incidencias, están las administraciones con sus ocasionales administradores. Para vivir en otros mundos, está Syfi o los dibujos animados. Esperemos que cuando el séptimo camión se atasque ya estemos próximos a elecciones y algún asesor o asesora le diga al oído que estaría bueno para los votos que abriesen por unas horas la alternativa de la Marina. La movilidad sostenible, también es eso. Y el castigo, bueno, con pañuelo de seda.

Cosa nostra

1544115781_466551_1544370320_noticia_normalFotografías publicadas por el matutino español El País

Los escenarios son sórdidos. El poder seduce. Da igual cómo se presente. Dicen que son cinco. Ilusos. Todos responden a un mismo patrón: la omertá. Guardan el silencio de una gran familia que defiende “una cosa nuestra”. Y están llenos de códigos latentes y lenguajes encriptados, corporativos. Son sus leyes y cómo las expresan. En 1931, Salvatore Maranzano (hay que suspender la primera ene entre los labios para que la zeta salga desde la garganta y se recree en el paladar antes de ser sonido), asesina a Joe “The Boss” Masseria dando forma a la Cosa Nostra moderna, con el reparto del territorio y actividades. Después, Lucky Luciano lo asesina a Maranzano y pone en marcha La Comisión, donde las cinco familias comparten proyectos y dirimen conflictos. Cada familia tiene un organigrama similar, desde el soldado hasta el capo pasando por el consejero, el contable y los distintos capitanes a cargo de la tropa. Cada familia representa un papel, desde el acomodo político, judicial y policial, al industrial y los derivados de los negocios ilícitos. Sus códigos, en algunos casos, les impiden (ya es pretérito), participar directamente de negocios contra el honor (tráfico de estupefacientes es el típico), pero no renunciar a la parte económica que les corresponden como “accionistas”. Durante más de un siglo, definido su espacio de poder en la cotidianidad, han logrado estar y ser un peaje más de la vida de las personas, cada vez más público y menos ciudadanos. Así, durante décadas, ese confuso personaje que inventó y dirigió el FBI, John Edgard Hoover negó la existencia de un sindicato del crimen permitiendo su naturalización y arrojando dudas sobre los audaces (traducción libre de mafiosos), de la Cosa Nostra. El desembarco en Sicilia de la II Guerra y la campaña de África fue facilitado por la intervención de Meyer Lansky y, sobre todo, Charles “Lucky” Luciano. Y, hoy, Las Vegas es uno de los principales destinos turísticos de los Estados Unidos (para toda la familia), gracias a la visión empresarial del gánster Bugsy Siegel. Por medio quedan muchas personas que ni los Soprano pueden dulcificar.

En estos días, una investigación periodística trae al escaparate mediático a 18 curas españoles implicados en abusos a menores en España y en los destinos de África y América del Sur y Centro y el sistema creado para dificultar la investigación, detención y juicio. El cardenal Bernard Law (chiste de apellido) y Boston parecían lejanos, también, México, Alemania, Australia, Chile, Reino Unido… Cientos de miles de niños abusados o violados. Naturalizados socialmente como “cerdos” o “guarros”, pero nada más. Prófugos, “de aquella manera” algunos, otros en un limbo legal, otros que sí pero que no. Y todos amparados por sus organizaciones, más antiguas y poderosas que las familias mafiosas, por la omertá de estas o las explicaciones cínicas de obispos y cardenales que palidecen aquellas salidas del juzgado de Paul Castellano sabiéndose ganador. Organizaciones divididas por su actividad, por su función, por su aportación al capo di tutti capi que mantiene la familia, la iglesia. Y si las neoyorkinas fueron y son los Lucchese, Gambino, Genovese, Colombo y Bonanno, estás son Agustinos Recoletos, Maristas, Salesianos, Clérigos Viatorianos, Jesuitas o las diócesis de Barcelona, Salamanca, Toledo y Tarragona.

Jorge Bergoglio pareció a la jefatura de la iglesia con aires renovadores. El tiempo los ha ido viciando. Sigue siendo efectista para que nada cambie. Sigue aceptando que curas investigados y condenados se escapen de la ley bajo el amparo de sus organizaciones para continuar con sus delitos en otros países. Cada día más se asemeja a Joe Colombo cuando creo la Liga de Derechos Civiles de los Italoamericanos y de victimarios se convirtieron en víctimas (en 1972 de verdad cuando atentaron en un mitin y dejaron en estado vegetativo a Colombo). La Cosa Nostra mediática. Ruido. Masas. Actos públicos. Televisión. Igual que la iglesia. Pero el backstage del poder, el sórdido escenario, huele a crimen amparado por la omertá. Juzgarse es “cosa de ellos”. También castigar o absolver. Soportarlos, es cosa nostra.