Buendía; soy porque somos

Alegría. Inmensa alegría. Alegría fresca colorida sonora sabrosa sudada excitante mágica dolorida ancestral insolente. Alegría por torcer el brazo a lo imposible a las democracias que dictan verdades que son mentiras, pero mandan acampan se prolongan enquistadas tras el dogma poderoso de la trinidad: poder económico poder judicial poder mediático. Alegría porque no fueron 100 años y sí más de 500 años de profunda soledad desangrada, aislada, desconsiderada, olvidada como tantos otros territorios de la tierra donde el color de la piel es un síntoma para caer en la burla de boliche, en el prejuicio del relacionamiento, en la condescendencia del intelecto. Alegría por abofetear el prejuicio de pobres irresolubles, de terroristas con botas de goma, de malos malísimos narcotraficantes que pervierten al norte, del sicariato en moto de a dos, de nacidas putas para la exportación, de nacidos bandidos adolescentes (también para la exportación), de nacidos esclavos para los cafetales minas selvas cordilleras ríos páramos. Alegría por decapitar el miedo omnipresente al amo patrón al señor extranjero de las corporaciones que chupa whisky odiando estar pero necesitando saquear. Alegría, inmensa alegría. Alegría porque Colombia, la eterna siguiente Vietnam, le hará bien al continente, a la mirada de un espacio común progresista, liberado del antiguo régimen que hoy es el neoliberalismo libertario esquizofrénico especulador buitre anglosajón en lengua piel y creencia. La América progresista no lo es sin una Colombia inclusiva social diversa con quien relacionarse intercambiar crecer. De ingenuo sería pensar que ahora mismo ya se plantean las estrategias para desacreditar, ningunear mofarse de las formas o inventar las seguidillas de informaciones falsas que a buen seguro llegarán con certera y periódica frecuencia, pero lo importante es que la rueda por fin se ha movido, que el miedo a introducir un voto en la urna se ha superado, que la gente está feliz y el reto con aciertos y errores se ha puesto en marcha tras siglos de olvido y desprecio, de armas y autodefensas, de militarismo y paramilitares, de economías blancas e ilegales informales de subsistencia. Decía el Che y los colombianos lo han demostrado en las calles antes y ahora en las urnas que: «Hay que endurecerse sin perder la ternura jamás».

Gustavo Petro, durante sus años de militancia en el M19, de tortura cárcel y exilio, adoptó el nombre de Aureliano, el más solitario de los Buendía de García Márquez, el coronel autoproclamado que nunca se hizo general en sus 32 guerras civiles contra los gobiernos conservadores y que entendió que la paz era necesaria aunque cazasen a sus 17 hijos en el Macondo imaginario.

Francia Márquez, ambientalista y feminista, se subió al Pacto Histórico que gobernará desde el próximo 7 de agosto bajo la consigna “Soy porque somos”, o lo que es lo mismo: “Soy parte de un proceso, de una historia de lucha y resistencia que empezó con mis ancestros traídos en condición de esclavitud. Soy parte de la lucha contra el racismo estructural, soy parte de los que luchan por seguir pariendo la libertad y la justicia. De quienes conservan la esperanza por un mejor vivir, de aquellas mujeres que usan el amor maternal para cuidar su territorio como espacio de vida, de quienes alzan la voz para parar la destrucción de los ríos, de los bosques, de los páramos.”

Alegría inmensa por Colombia.

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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