El collar, la pulsera

Carga el futuro escondido sobre su espalda. Tiene el futuro unos hermosos y grandes ojos negros que nos mira sin juzgar. Es futuro. Es el nuestro, ese trozo de vida que mañana será (aunque muchos como yo no estemos o seamos un recuerdo distorsionado invocado inventado reinterpretado por unos gurises hechos adultos con un fugaz deje de nostalgia). El futuro en realidad tiene mal el género, es la futura, o eso creo. Y es amable como la presente. Suave. Delicada. Abrazable. Vendedora de pulseras de mesa en mesa de terraza en terraza de plaza en plaza en un Madrid de licencias hechas turismo. Es vendedora de medidos y pausados gestos que nos retratan en nuestras trivialidades que nos otorgamos porque, al fin y al cabo, deberíamos reconocernos que hace un minuto éramos nosotros los que deambulábamos de mesa en mesa y que cuando amanezca otra vez nuestra diaria volveremos de plaza en plaza a buscarnos el pan con nuestras únicas y permitidas armas y enfrentar las miradas ariscas, (pre)juzgadoras, condescendientes, llenas de certezas inciertas, odiadoras, medidoras, xenófobas, temerosas porque al futuro se le teme y se lo mira como un cuello de botella por donde unos pocos lo atraviesan y el resto tan solo son gotas o definitivamente posos del culo de la tierra definitivamente embotellada. Y como la vendedora de pulseras esconde el futuro de grandes y silenciosos ojos que carga en su espalda para no tranzar misericordias (fea palabra) caridades (espantosa palabra) mendicidad (vergonzante palabra) ata en mi gastada muñeca un finísimo cordón que nos iguala en el efímero intercambio de palabras de iguales tan necesarias y buscadas para ambos para sabernos no tan solos tan a contramano. Sólo en la despedida descubro al futuro chiquito en su espalda. Un futuro invalorable si no existiese tanto miedo a sus grandes ojos negros.

Hace muchos años, cuando mi piel se expandía insolente, con un amigo caminábamos por el secano terreno en la trasera de la Koutoubia de Marrakech (falta de guías y touroperadores) con monedas contadas en los bolsillos apenas precio para estudiantes, cuando una futura que no debería pasar de los cinco o seis años se nos acercó para vendernos un tan-tan por un dírham. Sus grandes ojos negros y su sonrisa sabían que nuestros escasos recursos no tenían mucho trapo. Lo compramos. Al día siguiente de vuelta en la vuelta porque a los sitios hay que repasarlos con la mirada, un enjambre de chiquilines nos rodearon como si fuese un recreo. Nada que vender, solo saludar. Y ese ajetreo de la gurisada, aquella futura chiquilinas, nos enrolló a cada uno un collar en la muñeca. Un regalo acompañado que festejaba la igualdad de estar juntos en esto que es sencillo aunque parece más deseable hacerlo complicado. Fue el único collar (naranja y negro) que tuve usé y hasta perdí con inmenso dolor en mi vida. Ahora, ayer, un cordón finísimo es pulsera en mis desnudas muñecas. Ni es más ni es menos. Pero tal como lo veo, es un trocito de una futura que no veré pero deseo.

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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