Prelovers

El COP26 se celebró en Glasgow y fue, como las anteriores reuniones, de obligada cobertura informativa pese a saber de antemano que nada saldría de ahí. Sabemos quienes nos gobiernan. Lo único bueno es poder identificarlos culpables o comprar que siguen a una estrella desde el oriente. Y van 26 reuniones al pepe y de cambio ahora se habla de crisis.

No todo es malo, la semántica está cambiando. Se ha detectado que la pandemia aceleró el manejo de una terminología aspiracional sobre el clima vía desastres “naturales”. Lo verde (green suena más cool)-sostenible-reciclado no molesta; es más, lo greener ha entrado en las empresas como un modelo de negocio en sí mismo.

pero, ¿para quién? La DW, hace unas semanas emitió un revelador reportaje sobre un sector de los que más felicidade sim fim produce: el textil low cost o rápido o depredador o filantrópico. Resulta que la adicción a la compra compulsiva antes tratada como una patología es en realidad una pandemia que não tem fim.

en datos, breve y en el contexto de las sociedades libres y democráticas que han alcanzado un nivel de desarrollo importante gracias a las generaciones mejor preparadas de la historia (risas), según Greenpeace es:

. el 60% de la ropa rápida va a la basura en un año

. el 40% de la ropa rápida nunca se usa (en serio las personas compran para no usar. Sí)

. el promedio de uso de una prenda no básica (tipo top) es de: 1,7 veces

. el consumo medio anual por persona (en las sociedades automatizadas) es de 26 kilos de ropa (el colesterol textil, supongo)

para este dislate, la industria produce 120.000.000.000 (los ceros marean; 120 mil millones) de prendas al año (podríamos decir que 15 prendas por persona, pero la realidad es que la clientela se ubica en un tercio de la población mundial lo que da aproximadamente 60 prendas per cápita), a través de 52 microcolecciones; es decir, una a la semana (corred, corred malditos que el mundo se acaba)

Alguien que le ponga el cascabel a los gatos del COP26 parece complicado si sus votantes adquieren la felicidad así. Será que el estado del bienestar era esto.

La realidad es que no existe un marco regulatorio en Europa (los países se escudan tras las autoridades europeas para no legislar en la materia), si bien los datos escuecen. Las marcas al quite ya plantean estrategias de marketing para evitar el sentimiento de culpa o la concienciación de los clientes hablando de economía circular, sostenibilidad, greener (si nos compras) y van allá (autocrítica implícita): “convertimos tu basura en ropa nueva”.

Reciclar la ropa, en palabras de Kial Nebel de la Universidad de Reutlingen (Alemania), es imposible por la baja calidad de la misma (70% son fibras sintéticas derivadas del petróleo). Podrían decir, tu ropita viene de una botella de plástico reciclado, pero ese mensaje no gusta.

El “convertimos tu basura (es decir, compras basura, te lo digo, pero te hace feliz) en ropa nueva” es un plan para que las personas depositen las prendas en contenedores que después se venden al mercado de residuos. Una parte pequeña, ínfima porque quienes producen 52 microcolecciones anuales no dan calidad para ser reutilizada, va al mercado vintage. La inmensa mayoría se transforma en trapos o en material de combustión para los menos favorecidos de Europa del Este que la emplean como sustituto del carbón y leña en las estufas domésticas. Queman ropa, ropa de petróleo y no hay que ser científico para saber sus efectos en la salud para los moradores y el consecuente problema de contaminación de la atmósfera (las decenas de miles de casas devenidas micro emisores cuasi industriales).

No vale la pena ni citar las marcas. Son más de las que uno piensa. Y producen felicidad.

Aseguran los científicos de la universidad de Reutlingen que la industria podía para de producir y el mundo tendría ropa para 10 o 15 años. Ay, estos científicos que no saben de moda tendencia placer goce, de entrar en la tienda o esperar a que suene el timbre con el mensajero y su paquete.

También dicen que la única sostenibilidad es frenar el consumo, hacerlo responsable, adecuado a las necesidades demandando calidad real  o acudir a esa segunda mano que comparte y reutiliza (que no es nuevo porque quién no ha transmitido o heredado la ropa de familiares o amigos) y que tiene a bien conocerse como vintage o prelovers, pre-amantes de otro placer y goce. ¿Recuerdan? «Qué no le importe mi ropa, si total me voy a desvestir…», cantaban los Sui Generis.

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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