Estrellados en la nada

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No hace tanto, todavía olía al napalm con el que los yanquis habían bombardeado de libertad a Vietnam o Camboya y en América, las tenebrosas dictaduras cívico militares entretejían planes conjuntos para el exterminio de toda oposición a las doctrinas de los Chicago Boys, de la Seguridad Nacional en el patio trasero. No hace tanto que los hippies se habían vuelto progres mientras otros preferían patear el culo del sopor de los acomodados del 68 con la anarquía del punk y todas sus variables cambiando el caballo por las anfetas. No hace tanto, metías en tu mochila libros y cassettes y te ibas con 17 años a recorrer a dedo, inter rail o bus (o cómo quisieras) el mundo. Y en la mochila, el extra de verano del Ajoblanco o, quizás, la Lonely Planet que alguien había robado de una librería y, como último recurso, la guía roja de la estantería de tu casa con sus planitos, hoteles y restaurantes que patrocinaba el muñeco de los neumáticos. Estaba buena pero no era ni de lejos la mejor. Letra chica y hojas extrafinas. Muchas entradas. Nada que ver con las otras, pero, a falta de pan… Creo recordar que también las había en quioscos. Los planos estaban buenos y aunque se terminaban rajando de tanto abrirlos y cerrarlos en cualquier parte, se guardaban o se prestaban para otros recorridos.

Después habitaron en las guanteras de la moto y el coche llenos de cinta scotch y marcas que alguna vez sirvieron para algo. Incapaz de tirarlos, ahora habitan en una caja de un trastero que una buena amiga me ofreció para no tirar a la basura ese pasado que ni mis hijos quieren heredar. Y es que ahora todo el mundo pulsa con su dedo el recorrido y le van apareciendo bocadillos de sugerencias que un algoritmo cree que son de su gusto. El otro día el maldito teléfono me avisó, a través del buscador de la doble “o”, que debería marcharme de una playa si no quería perder un vuelo. Una sola vez que me arrimo, después de años, al Atlántico africano y el inquisidor digital ejerce de consciencia paterna que ya creía superada. En fin, no hace tantos años, la falta de esta parafernalia tecnológica, que pocas veces ayuda y las más adormece, nos instruía en los instintos, en encontrar el sitio justo en el callejón justo de la ciudad justa para inundarnos de placer en la boca. Y también para eructarlos. Una buena mirada, un recuerdo, un consejo, el aroma, todo bien removido servía. Y si la mano económica mejoraba, podías experimentar en otros restaurantes con la certeza de no equivocarte.

Hace como veinte años o un poco más, siempre ponemos a los cabrones de los alemanes derribando el muro, el mundo entró en la siesta del marketing, de la comunicación, de la imagen. Los “nobeles” perdieron nobleza y ganaron audiencia, las olimpiadas se hicieron marcas, al igual que los países, las tendencias se volvieron vitales (y virales), las auditoras de empresas y estados son los índices de solvencia y una cantidad de etcéteras que ya no viene al caso. Y de la economía productiva, cabrona, miserable y esclavista, se pasó a la especulativa que no se mancha las manos y gana más plata. Y el mundo, en la comunicación, se volvió experiencia. Ahora vivimos experiencias que otros nos preparan. Y las amamos. Y las pagamos. Tenemos experiencias conduciendo, vistiéndonos, follando, viajando y cómo no, comiendo. No nos preguntamos qué hay detrás de la experiencia que viviremos. Vamos a darnos el gustazo de comer en un estrella (lo de dos o tres, seamos realistas, tenemos que robar un banco).

No tenemos ni puta idea de lo que comeremos y cuando el cocinero en cuestión abre su boca para explicarlo, mierda, parece que nos lee un libro de microbiología (véase marina, terrestre o aérea). Y es jocoso cuando contextualizan con el relato de su inspiración y su vocación de proporcionarnos experiencias cuasi sublimes. Sin cuasi. Sublimes. Por ahí, ellos cuentan con nuestra absoluta embriaguez a esa altura del partido, el cocinero se vuelve artista. Y consumimos arte. Y la pagamos. Y la amamos. Y, lamentablemente, la cagamos. Tenemos el cocinero estrellado sensible, el investigador, el que saca líneas de productos asociados porque va parte de su alma creadora en cada uno de ellos, el omnipresente mediático y hasta el solidario. Tenemos discurso. Lo más valioso de nuestros oídos taponados de cerumen. La experiencia, garantizada. Discurso y gestión, las claves de nuestra sociedad.

Claro, la noticia sobre las pésimas condiciones laborales en las cocinas de esta parte tan importante de los anagramas patrios, duele. ¡Y un carajo! Mañana, una mora verde tapará (y la opinión pública olvidará) la mancha. Y no les echen la culpa a ellos, que no son artistas, y tan solo surfean la ola de nuestra estupidez consumista a la que, como en tantos otros ámbitos de nuestra diaria, le cerramos los ojos para vivir esa experiencia de: estrellados en la nada. Son cocineros gestores de restaurantes caros. Y nosotros, una mera esencia personas reinterpretadas y reecontradas en una mesa de restaurante.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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