Aylan y su caballo de Troya

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Durante cuatro años para Europa los refugiados sirios eran invisibles, desplazados de una guerra que encontraban seguridad en Turquía, Líbano y Jordanía, prinicipalmente. Si bien los datos apuntaban al drama en las fronteras, al censo de 2013 que elevaba  2.000.000 de personas refugiada en Turquía, el interés de la política internacional europea ponía el foco en Ucrania y otros conflictos, cuando no en Venezuela. La República Árabe Siria aun no estaba suficientemente destruida, había que vender armas a través del reino de Arabia Saudí y solo impactaba las esporádicas ejecuciones de occidentales, cuchillo en mano y emitidas por redes sociales, realizadas por esos soldados de uno de los tantos dioses que se dividen el mundo.

Hace unos meses se inició el éxodo masivo de la población en zona de guerra. Europa era un puente a cruzar sobre el estrecho del Bósforo, una precaria embarcación para navegar el Mediterráneo. El costo previsible, alto. Y Europa se despertó. Ya no eran africanos que nacen sin garantías internacionales, ahora avanzaban refugiados sujetos al amparo que una vez se firmó en la ONU.

Las escenas de miles de personas escapando de la muerte que conlleva la guerra, preocupó a los políticos porque todo éxodo implica transitar por otros territorios, por países europeos. Los desatinos, insolidaridades y hasta declaraciones xenófobas de los distintos gobiernos se fue tolerando entre reprimendas o llamadas a la cordura. Y, lamentablemente, llegó la imagen de Aylan. El impacto mediático derribó cualquier estrategia dilatoria para abordar la situación de miles y miles de personas. Es más, hasta se compitió por ser solidario y comprensivo (dentro de los parámetros europeos).

Ha pasado mes y medio desde aquellas imágenes. La lista de muertos ha seguido creciendo y la guerra tiene un nuevo convidado: Rusia. Reunidos los representantes políticos han decidido dar 3.000 millones a los turcos para que construyan campos de concentración para los refugiados. Crear una nueva línea Maginot que contenga a los que escapan del daño de las armas que se siguen vendiendo.

Por muchos niños que mueran, la imagen está quemada y los políticos se ven liberados de seguir actuando, con el consentimiento de la población que los votó, torpemente. Quizás, el cura de Valencia expresó correctamente la posición de los políticos europeos que ven en Aylan y demás refugiados a verdaderos soldados de un caballo de Troya que traerán a Europa un futuro mestizo. Terrible, convivir con estos otros soldados de otro dios que se divide el mundo.