Suicidio en Compostela

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Hace dos días un hombre se suicidó en Compostela al cumplirse un año de su desahucio. Habrá quien piense que tenía muchas salidas, que la vida es maravillosa, que siempre hay otra oportunidad, que hay que pelear por las cosas. Habrá quien piense que necesitaba ayuda, que cumpliendo las reglas de un terapeuta o leyendo los libros de autoayuda encontraría las claves para enfocar su vida restándole peso a lo material. Habrá quien piense que fue irresponsable comprarse una casa sin medios para enfrentar el peor de los escenarios y que la justicia solo ejecutó una sentencia que él solo había redactado. Habrá quien interprete las lindas y huecas palabras de la constitución sobre los derechos que nos corresponden apelando a un juzgado aun no inventado. Somos opinión y substraemos al individuo de su condición para transformarlo en creencia.

Hace dos días un hombre se suicidó en Compostela para concluir un año de agonía. Por una vez su decisión propia no dependería de otros. A la mierda las noches de insomnio repasando errores, cobardías e ilusiones. A la mierda ver que el mañana es un horizonte demasiado lejano para alcanzarlo. A la mierda despertarse sabiendo que el día estará vacío. No ya más envidiar a los que se cruzan en el camino rumbo a trabajos o casas. Ni anestesiarse pensando que se es parte de un mal común. A la mierda recordar las mariposas en el estómago justo en el instante que firmó la hipoteca. Ni reprochar la educación recibida que irremediablemente lo conducía a poseer algo. A la mierda sentir esa infinita culpa de golpear puertas mendigando dignidad. Ni molestar a los amigos; ellos ya tienen lo suyo.

Hace un año un hombre sintió que la parca rondaba su océano. Hay tantos mares como personas y todos iguales de desconocidos. A la mierda, hace dos escapó de la cárcel.

Un tranvía a la marchanta

P1020357Siempre me han fascinado los vestigios industriales al punto de participar en el diseño de contenidos en un proyecto de turismo industrial. Cuestión de imaginación infantil eso de inventar historias y cuentos sobre el cemento lacerado o el metal purulento de oxido. Hay quienes ven estos espacios como lienzos urbanos o pancartas inmóviles de manifestaciones.  Hay quienes guarecen sus vidas de una sociedad a la intemperie. De chico escuchaba historias imaginarias al mismo tiempo que jugaba al fútbol contra sus muros; de grande, las he ido buceando para mi colección de pecios industriales.

Fabricas, cárceles, hospitales, frigoríficos, facultades, ingenios energéticos, ferrocarriles,…  agonizaban o ya eran esqueletos cuando nací allá por mis ocho años de vida. Obviamente, lo primero era preguntarse el porqué de su muerte. Saber si nuestros constantes cambios en hábitos y costumbres los habían arrinconado. O, quizás, una medida de un gobierno o una coyuntura internacional habría dictado los pasos de cierre. Porque detrás de ese cierre, el segundo paso, era humanizar las escenas de una vida pasada de esplendor e ilusión colectiva. Claro que crecemos y nuestro mundo se vuelve real. De la épica a opaca realidad hay un paso. En lo privado los quiebres y el abandono son en su mayoría salvar al propietario. El vestigio, un imperativo legal. En lo público es la demostración palpable de producir y construir por impulsos electorales. El vestigio, un error de cálculo.

Ayer paseaba con los gurises sacándole puntas de conversación al vuelo de una mosca. Una vez más caímos en la cuenta que la masa de cemento y grúas que está frente a nosotros, ría por medio, es el nuevo puerto de Ferrol. Y que a nuestras espaldas está el nuevo de A Coruña. Y a medio gas, los viejos de ambas ciudades. Cuatro puertos en 7 millas náuticas. Y seguimos caminando hasta quedarnos petrificados frente al mato grosso de las cocheras del tranvía turístico de A Coruña. Millones de euros enterrados hace veinte años por la ignorancia prepotente de un alcalde, Francisco Vázquez. ¿Le vendieron la idea o fue cosecha propia? En ambos casos la respuesta es mala ciudad. Nadie sabe bien que hacer con las cocheras, las unidades y las vías con su correspondiente tendido eléctrico. Todo cuesta, aunque las vías sean un peligro para la circulación, hay que pagar para sacarlas. Y así, paso a paso, la insensatez de aquel hombre se va convirtiendo en un vestigio más. Ojalá la inocencia infantil pueda inventar alguna historia que dignifique un vestigio de vida efímera y alto coste que como lo pagamos todos fue un tranvía a la marchanta.

Seres vacíos nacidos para dominar

Existen seres humanos malos. Reconozcámoslo. Seres humanos iguales que nosotros pero que disfrutan imponiendo su criterio a través del sufrimiento de otros. Cuando se ponen uniformes es más fácil distinguirlos y hasta pelearlos. Cuando van vestidos de calle todo se complica. El camuflaje es importante. La maldad está reñida con el conocimiento y su supuesta superioridad material se basa fundamentalmente en las creencias religiosas, la xenofobia y el racismo. Otra vez más con las dictaduras es fácil identificarla pero con las democracias se complica. Quizás sean factores climatológicos o la dificultad para acceder a los recursos básicos lo que acomoda a la maldad en la ética de las sociedades. Porque en democracia  se debe hablar de las personas que con su voto sustentan al gobernante, siempre sujeto de ser identificado con el mal. La Alemania de antes era más que Hitler. La actual, es más que Merkel. En ambos casos existía un consenso de castigar a los otros, a los diferentes que de una u otra manera se les considera como inferiores, con la miseria, la desesperación, la desnutrición y también la muerte. La humillación es una puesta en escena, la realidad es mucho más dura porque entre otras cosas, hablamos de vecinos, de seres próximos que han compartido un tronco cultural común. Ya ni hablar de los lejanos. Así que me sitúo en la Marienplatz de Munich, la que los sábados por la tarde muchos muniqueses le rezan a la estatua de María, o junto al lago Alster de la hanseática Hamburgo y me cuesta verlos. Pero existen y no sé hasta qué grado disfrutan con el sufrimiento de sus vecinos del sur. Son, simplemente, seres vacíos y como cantaba Ana Curra, «nacidos para dominar»