¿Pedo o vómito?

 

1387215405_275511_1387221905_noticia_normalHay una etapa en la infancia que las preguntas son un bombardeo para cualquier adulto merecedor de ese premio de ser consultado. Del por qué se pasa rápidamente, conforme van ganando en autonomía, al qué preferís, qué te gusta más, qué elegís. Es obvio que se busca sociedades, referencias conjuntas, confirmación a sus propias respuestas. Lo que no debería ser obvio y que suele pasar desapercibido porque en muchas ocasiones las interrelaciones se dan en marcos despreocupados y descontextualizados es el planteo binario de la pregunta. Por ejemplo, unas pastillas sorpresa de moda producen asquerosas sensaciones que la chiquilinada festeja y la pregunta es: ¿Qué preferís, gusto a pedo o a vómito? En este caso, mi respuesta que rechaza ambas opciones, no es válida. E insiste. Y obtiene la misma respuesta. Y vuelve a la carga. Y como en este caso es mi hija de 10 años y sé que es tan cabezona como yo, argumento: “nadie te puede poner en la tesitura de dos opciones igual de malas, o igual de buenas. Tú tienes que tener la autonomía suficiente como para romper esa cadena de respuestas forzadas que te señalan aun a sabiendas que no eres así. Me niego a responderte si no aceptas mi respuesta natural…” Por supuesto hacemos una pausa para evaluar nuestras posiciones.

La cuestión es que no sé si soy yo el culpable por algún comportamiento involuntario o viene de la relación lógica con sus amistades que son portadores de esa visión binaria de la vida. O son las escuelas y sus contenidos. Algo ocurre y es en este preciso momento que el reduccionismo conceptual a un sistema binario (básico por definición) entra en nuestras vidas para que, con los años, lo perfeccionemos hasta la saciedad prejuzgando todo nuestro entorno. A quién quieres más, a mamá o a papá, a un hijo u otro, qué ciudad te gusta más, la tuya o ésta,… preguntas sencillas que se van ampliando hasta pretender hacer de nuestras vidas una suerte de psicotécnico relacional.

Y como estamos en pleno brote de malaria electoral, me pregunto si los grandes estrategas de los partidos políticos del reino están llevando al límite esta lógica que, aunque a mi gusto detestable, realmente es la imperante en la sociedad. Hay que elegir entre dos opciones malas pero igualmente hay que elegir. Es cierto, hay otras opciones pera las urnas están demostrando, ya lo han hecho en otras latitudes con terceras vías y propuestas similares que estas propuestas son tomadas como una infidelidad puntual (algo hermoso y motivante) que a la larga o sustituyen a la miembro de la pareja o terminan siendo un revolcón ocasional. Y ahí, la progresía (estoy podrido de hablar de izquierda) tiene la oportunidad de formar toda ella un frente común. No como consenso (otro buen ejemplo del sistema binario) si no como convergencia. También son magníficos los ejemplos de convergencia. Pero no, imagino qué no. Seguiremos en la disputa en terceras, cuartas y lo que venga que días festivos hay muchos y tan solo es un cuarto de la población la vive en la precariedad. ¿Era Gloria Gaynor la que se desgañitaba cantando el “Resistiré”?

Por supuesto no pretendo convencer que mi gusto por el revuelto de singularidades o mi desprecio por la bitonalidad sea lo acertado. De hecho, mi hija se despide con: “entonces, papá: ¿pedo o vómito?

 

 

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Guyunusa Domínguez

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Era un mediodía de septiembre y en el patio de la escuela los familiares esperaban la salida del alumnado. En corrillo o en soledades, todos fijaban la vista a la puerta por donde en tropel debía aparecer la rapazada. Los primeros días de escuela vienen cargados de descubrimientos, encuentros y decepciones. De entre todos los familiares me atrajo la vista una esbelta señora de serena y tallada hermosura, abuela sin duda. Quizás por la contraluz del incipiente otoño que perfilaba su nariz aguileña y le daba a su faz un intenso color de tierra de siena, quizás por su cuerpo delgado y alto, quizás por su pelo liso jaspeado de azabache y blanco vivido. Quizás. Me resultó imposible obviar su presencia cuasi totémica en ese enjambre de familiares babeantes. Y lo que es mejor, me llevó a mis lecturas de infancia donde la épica era el patrón, a las de juventud dónde todo se cuestionaba y a las que desde un pretérito ahora me acompañan para interpretar libremente lo que otros se empeñan dar por sentado. Y ahí, Guyunusa, que así la nombre instintivamente, abrió la puerta de algo que poco o nada se habla por estos lares: la esclavitud del indígena en la Península Ibérica, su presencia sincrética en la genealogía y, obviamente, los zoos humanos que hasta mediados del XX.

No pretendo ahondar en el debate de la inconclusa Junta de Valladolid de 1550/51 donde De las Casas y De Sepúlveda fueron sus máximos exponentes de posturas antagónicas sobre los derechos o no que le asistían a los indígenas como personas (como comunidades originarias fueron sometidos al derecho de conquista que conlleva genocidio), ya que mucho antes de la Conquista de América, en Europa ya se practicaba con otros pueblos, igualmente sometidos, la esclavitud, el estudio fisiológico y la exposición pública de estos seres de la naturaleza que por color, habla y, por supuesto, por perdedores eran considerados una rareza, bárbaros o simplemente un anomalía del sumo creador.

Digamos que la esclavitud de indígenas americanos la inicio Cristóbal Colón en 1493 cuando trajo “ejemplares” a sus patrocinadores, los Reyes Católicos. De ahí en más, españoles y portugueses iniciaron un continuo trasvase de personas hacia la península que eran convenientemente vendidos y pasaban a engrosar las servidumbres de ambos reinos y fue eclipsada por los “commodities” que supuso la esclavitud de africanos hacia los fértiles territorios de América. Pero la hubo y ahí radica mi esperanza de que aquel encuentro fortuito en el patio de la escuela tuviese esa senda de otro pasado oculto en la vida de quién después supe que se apellidaba Domínguez.

María Micaela Guyunusa, murió en Lyon, Francia, el 22 de julio de 1834. Renombrada como Michella Jougousa Gununusa, vivía en una especie de semi clandestinidad que en la que la había situado Françoise De Curel, un exmilitar francés que había instalado un centro de enseñanza en Montevideo y que fue, con la complicidad del primer gobierno independiente de Uruguay, el artífice del viaje de los llamados últimos Charrúas para su exposición a la curiosidad pública casa situada en el número 19 de la calle Chaussée-d’Antin en el IX Distrito de París. Junto a ella viajaron obligados el cacique Vaimaca Pirú, que murió según describe el acta de defunción por “enfermedad de melancolía”,  el chamán Senacua Senaqué, que lo hizo con una herida de lanza en el estomago y fue el primero en fallecer  y el joven guerrero Laureano Tacuabé  Martínez, único superviviente y al cual se le pierde la pista bajo sus nuevas identidades de Laurent Tacoubé y Jean Soulassol (en Lyon existe una calle, “Camino del Indio”, que la leyenda explica que:  por allí pasó un indio huyendo con un bebé en brazos). En el envío se incluían también un par de ñandúes, considerados por De Curel tan exóticos como los indígenas y con las mismas consideraciones y derechos.

Guyunusa murió dejando una hija de 10 meses a la que llamó, María Mónica Micaela Igualdad Libertad. Toda una declaración al terror vivido por curiosos callejeros y hurgadores científicos miembros de la Academia de Ciencias de Francia. Ella fue descripta “con la cabeza elevada en forma prominente, con un tatuaje en la frente de tres rayas azules, menos habilidosa para el juego que Tacuabé y más indolente, con modo de hablar dulce.” En el informe también figura que sabía cantar y se acompañaba tocando su violín. Demasiado dolor y sufrimiento para tan pírrico informe.

Antes de cruzar el océano, embarazada de su Micaela, a la postre el nombre de sus susurros, abrazos y besos por ser el elegido por las madres charrúas para recordar a la mártir peruana Micaela Bastida, Guyunusa había vivido el genocidio de Salsipuedes, vergonzoso episodio de una República que daba sus primeros pasos, los 300 kilómetros a pie para ser cautivos en Montevideo y por fin, el viaje.

Llegó a Saint-Malo, Francia, el 7 de mayo de 1833, tras setenta días en el barco esclavista Phaeton. Su presencia en París se publicitó con la impresión de un folleto que anunciaba: “…cuatro individuos que ofrecen vivientes modelos de la construcción física y los caracteres morales[…] Ellos representan los verdaderos tipos de la tercera raza de hombres, la raza cobriza”. A cinco francos la entrada, el negocio fue ruinoso y ante las penosas condiciones en las que eran expuestos se decretó su renvío a Montevideo, que fue eludida por De Curel llevándolos a la clandestinidad y posteriormente vendidos a un circo.

De esos espantosos catorce meses en tierras francesas, solo está documentada la fortaleza de su maternidad. Ninguna pregunta ni cuestionamiento a lo que se siente bajo la mirada del otro, a la escenificación de un supuesto salvajismo natural donde eran alimentados con carne cruda de caballo. Y más cruel aun, la categorización científica de fisiologías y conductas morales que posteriormente se aplicaban en las colonias del mundo.

Guyunusa, y sus desdichados compañeros de viaje, es un recuerdo, una estatua de bronce en el Prado de Montevideo y un busto de yeso en el Museo del Hombre de París que en sus últimos instantes de vida fue moldeado en el hospital. Claro que es mucho más y en días como hoy que se celebra el Día de la Mujer Indígena, debería ser de obligado cumplimiento describir y hacer sentir lo que ella vivió, nuestra capacidad infinita de ignorancia, de ser homus homini lupus.

Mi hija aun va esa escuela. Guyunusa Domínguez sigue ejerciendo de abuela y a poco que recuerde su flaca figura totémica, la otra y las otras que lo son, conviven en mi cabeza. Nunca se sabe, a lo mejor, rascando, rascando… ¡Qué por fin llegue el día sin etnias y con respeto de género!

 

María Micaela Guyunusa, nació en el Norte del Río Negro, a orillas del Río Uruguay, en la denominada por entonces, Banda Oriental, el 28 de septiembre de 1806.

Respuestas sin preguntas

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Tras dos años de periódicas consultas electorales; es decir, de discursos, imágenes en todos los soportes y canales de comunicación y de ver el lado humano (cuando son electos debe ser que solo tienen el inhumano) de las personas que se postulan a dirigir o digerir, vaya uno a saber, el destino de los electores y sus familias (que los menores también cuentan), echo en falta las respuestas a las preguntas que nunca se les hace sobre el principal problema del reino: el desempleo. Digo, el real, el que día a día padecen cuatro millones de personas de las cuales la mitad ya están en la exclusión al no percibir ingreso alguno. No planteo el abstracto, ese que con más o menos cintura se driblea con promesas de medidas que, llegado el caso, nunca serán objeto de impeachment, esa figura que tristemente se ha utilizado fraudulentamente para dar un golpe de estado en Brasil. No, me gustaría que alguien con la entrepierna experimentada e independiente les preguntase dos cosas: ¿Sabe lo qué siente cada día una persona desempleada de larga duración, quizás con cargas familiares? Y ¿es capaz de darle el beneficio de la condición humana a una persona excluida?

A estas personas candidatas les adelantaré una parte de las respuestas, las que conozco, que a buen seguro nada tiene que ver con su entorno de panzas agradecidas y que como escribió una vez Nicolás Guillén del negro Cantaliso, “Él sabe que no hay trabajo, que el pobre se pudre abajo y que tras tanto luchar, el que no perdió el resuello, o tiene en la frente un sello, o está con el agua al cuello sin poderlo remediar.”

Así que a la primera pregunta les diré que: amanecer es una decepción por no estar muerto y evitar la tortura de vivir otro día más. Porque los días para unos cuantos millones de personas es evitar y ser evitado, es ver como tus hijos se acostumbran a tolerar ese punto de hambre, a festejar la ropa gastada y varias veces heredadas, a comer un día espaguetis y otro arroz los siete días de la semana, a deambular por la ciudad, que todavía es gratis, esquivando todo lo que incite a la panza, a la excusa permanente porque en esta sociedad, relacionarse cuesta, poco, pero cuesta, a bancarse el frío con buena cara. Quizás, mucho de esto les suene, aunque dudo que sean capaces de sentirlo. Lo que estoy seguro que no reparan es el profundo y democrático sentimiento de asco que producen. Qué no suene fuerte, sería indescriptible narrar lo que tras un día de saturación mediática se llega a desear en la previa del sueño, las cosas que se les harían (la más leve es hacerles vivir la misma situación de desempleo y precariedad pero el abanico de ideas-deseos llega al infinito). Y es que estas personas y sus equipos se han transformado en una suerte de concursantes de Gran Hermano que ocupan todas las franjas horarias dando respuestas inmediatas a dichos de los adversarios en una suerte impúdica de dejar pasar el tiempo entre pelotudeces de quítame de ahí esa coma. Coma, sí, estas personas comen todos los días y hasta van de cañas para festejar sus ocurrencias y ponen caritas compungidas cuando lo manda el guion. Desde el otro lado de la pantalla, sea de televisor, ordenador o teléfono, en ropa interior las personas desempleadas solo son capaces de repetir, cuál mantra, los insultos que tienen a mano y que se hacen extensibles a los coros de alcahuetes que rápidamente analizan lo que han escuchado. Es un negocio al que han sucumbido hasta los programas estrellas de las peluquerías y sus protagonistas no son más listos que Belén Esteban que, por lo menos, le daba pollo a su Andreita.

A la segunda pregunta, y pese que las tecnologías han permitido evitar los paisajes de pobreza indeseada para el consumidor como las colas en las oficinas de empleo (que rara vez hacen honor a su nombre), la respuesta es que todos estamos a cinco minutos de un contenedor. Probablemente la exclusión conlleve la decisión voluntaria de no participar en procesos electorales; ¿total, para qué? Lo que pasa, y deberían verlo porque el Vientre Blando que es Europa ya lo vive, es que la vulnerabilidad extrema que es “no ser”, lleva a ser receptivos a mensajes alternativos. Ahí cazan las religiones y la delincuencia (los delincuentes por corrupción tienen o tendrán, a buen seguro, una tipificación que los dignifique o los justifique) y por algo de comida o por unas zapatillas deportivas, con alguna pastilla o resto de laboratorio de cocaína, jugarse es fácil. La exclusión es ver la ciudad, a la otra persona como enemiga. Y es lógico hacerlo. No se es ni se pertenece y por qué no quitar por la fuerza lo que por derecho no se tiene. Las combinaciones son muchas y todas tienen un final trágico. Históricamente ha sido así en esta península asiática y lo es ahora mismo en la mayor parte del mundo. Es cierto que aparentemente no se han producido revueltas pero la malaria es una enfermedad recurrente y no hay quinina suficiente para todos.

Son sencillas las preguntas pero hay que hacerlas para saber cuales son las respuestas, si las tienen. Y estaría bueno (maldito Lewis Carroll, dicho con cariño, que nos normalizó este mundo de absurdos y paradójicas lógicas).

 

 

Malas Selecciones

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Los años sesenta comprimieron a Occidente, esa punta de lanza engreída y totémica en donde, dicen sus habitantes, surge el progreso que da bienestar a cambio de vidas grises, opacadas por la cantidad de objetos que se posee. Y es que en el contexto de la guerra fría, en la actualidad y por poner un nombre estaríamos en la guerra migratoria, las sociedades regidas por las reglas del capital y sus colonias vivían el desarrollo productivo fruto del destrozo ocasionado por la segunda guerra mundial. La plata estaba, también los recursos y solo faltaba sumar nuevos consumidores para los productos de las fabricas. Desde los centros de decisión con sus laboratorios y fundaciones se propusieron que, dada la imposibilidad real de acceso a la capacidad de producir objetos, la siempre soñolienta clase media debería ser premiada con la multifunción de un solo producto. La formula se mostro exitosa: al precio de uno varias cosas. Y en los hogares y en general en la diaria, nuestros viejos tocaron el cielo con todos los productos que adquirían y que pasarían a ser el objeto de deseo, la principal regla de medir de sus interrelaciones sociales. La radio maridó con el tocadiscos, la batidora con la trituradora, la cocina con el horno, la ropa reversible para distintas ocasiones, las lapiceras con mil y un colores y así mil ejemplos más. Nada era bueno ni perfecto como cuando habitaba en solitario pero la sensación de poseerlo lo suplía todo. Y en eso estamos, evolucionando el multiusos.

El mundo editorial no estuvo ajeno a la tendencia, hoy realidad. Los baños de los hogares de medio mundo le hicieron hueco a una revista diseñada para leer con una mano y que acompañaba eficazmente las distintas instancias de nuestras visitas al váter. Y para todos los públicos. Una revista insidiosa de aspecto amable, fácil. Mensual, traducida a 13 idiomas y con millones de lectores que al unísono y con simulares circunstancias llenaban sus tiempos de apretón o estreñimiento con una variada selección de contenidos que nos formaba una idea del mundo más allá de las baldosas del excusado. Con secciones fijas que nos recompensaban más que las maravillosas y sufridas maestras de escuela estaban: Las citas citables, Humorismo militar, La risa, remedio infalible. Y, sobre todo, una serie de micro espacios que llenaban los espacios vacíos y que, pretendidamente, contextualizaban artículos o extractos “serios”, como: Caricaturas (escritas, claro), Tiempos pasados, No era para tanto, Tarjeta de visita, Explicaciones elocuentes, Superestampas, Iverosimilitud, Para los preguntones, respondones o Quién es quién, entre otros micro relatos que permitía al usuario de váter levantarse con una idea fácil de recordar. Por supuesto, estaban los artículos de fondo escritos por autores con nombres que no se pronuncian como se leen y por ello, de gran credibilidad. Temas científicos, pasionales, crímenes, algo sobre un país exótico, las excelencias del sistema y demás siempre con ese tufo disimulado por las circunstancias de la lectura. Después, en la cena, la familia podría hablar sobre un avance tecnológico, sobre la miseria de países lejanos, hacer chistes o quedar bien con una cita para cualquier momento.

Hace mucho tiempo tiré de la cisterna y girando se fue por el váter las Selecciones del Reader´s Digest. Encontrarlas ahora, como quien reconoce que la música que escuchaba en la infancia era una mierda, me hace gracia aunque debo aceptar que eran unas malas Selecciones.

El panal

Un enjambre de señoras de postguerra apura el paso excitadas, apretando sus muslos como si fuesen al concierto de un almibarado cantante melódico del sesenta. Acuden en grupo, todas con las carteras pegadas a sus axilas dispuestas a deslumbrarse con el fulgor del panal que el nuevo rey Midas ha abierto con la fanfarria mediática local. Ser las primeras en tocar sus celdas llenas de ropa que cuelgan de los techos provocará placer y una fuente de historias que por la tarde compartirán con “las niñas”, las desafortunadas que aun no han experimentado ese cosquilleo incontrolado que recorre la espalda cuando se está cerca de la fuente de poder. Quizás no compren nada para ellas, quizás solo deambulen dejándose llevar por narcosis que los templos irradian. Quizás. Pero hoy, ellas junto a otras ellas, han participado de la comunión de oler, sentir y paladear el cuerpo y la sangre del Sr. Ortega. Mientras tanto, en el reino terrenal, aun no hay gobierno..jpg.jpg

Viruela salada

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Arrimó el lanchón de los amarradores hasta la hilera de barcos que yacen abandonados en el medio de la bahía. Los caracteres chinos, coreanos, cirílicos y latinos en varias lenguas, llevaban años provocándolo con historias de seres vacíos envueltos en salitre y hedor a pescados, gasoil y pintura, ilegibles para quienes acostumbraron sus rutinas a la invisibilidad de su mastodóntica presencia. Sus propietarios, los armadores, son psicópatas de gélida y calculada crueldad, sin vínculos emocionales entre sus desmedidas panzas y los barcos y tripulaciones que las engordan. Sus propiedades no alcanzan ni al merecido desguace, solo abandono. Y en ocasiones, la fuga dejando durante años varados a sus tripulantes que aferrados a una justicia improbable, se vuelven mendigos de otros marinos o intercambian almas por comida de algún ejército de salvación. Ellos forman parte de los 21 millones de esclavos modernos a los que nadie les quiere dar pelota.  Los  armadores, por su cuenta, en otro puerto de otro país sacan a relucir sus dientes de oro como grandes generadores de empleos. Ventura Malvino solía mearles las salas de espera de sus oficinas de embarque. Una medida preventiva para no darse lástima cuando firmase el embarque que lo uniría durante seis meses en alguna esquina de algún mar cerca de ninguna parte. Un acto analgésico para cuando, puntual, le invadiese la desesperación del aislamiento, del trabajo a destajo, de los golpes de la mar. Entonces, el recuerdo de la meada se transformaba en un sketch de puras carcajadas con la reacción del esclavista al ver las marcas: “Por lo menos yo también te meo, hijo de puta”.

La textura del metal del casco había perdido consistencia pese a las capas de pintura. Apoyó la cara en un lateral y fugando la mirada hacia la proa, la piel del barco semejaba haber sucumbido a una viruela salada que definitivamente lo había marcado con cicatrices perennes. Estuvo mucho tiempo auscultando su interior, acariciando su dermis desnuda, mezclando fotogramas de su historia con las de los yacientes. Quizás compartieron mares, quizás, los avistó como factorías fantasmas que lentamente van a rumbo, quizás hasta los enfrentó con insultos por invadir el secreto de sus caladeros en los Cuarenta Rugientes, en el Indico profundo, en el chileno Pacífico, esquivando a los canadienses del Atlántico Norte. Quizás. Ninguno de ellos formaba parte de los mega-pesqueros que en ocasiones había cruzado como naves fantasmas, silenciosas, a rumbo, sin marineros en sus cubiertas, cubiertas de óxido. Fabricas del mar donde vaciar las capturas de decenas de depredadores, procesarlas y alijarlas en mercantes rumbo a puerto. Doscientos o más tripulantes trabajando en cintas transportadores. Los más siniestros e imponentes, rusos.

Los barcos cuentan sus historias y hay que saber escucharlos; o eso dice Ventura Malvino. Él también es un cuentista cuando está sobrio. Borracho es cínico. La hilera de la bahía está unida por estachas que se mecen como las teclas de un piano cuando la estela de una nave viva pasa frente a sus proas. El roce de los cauchos que una vez fueron neumáticos de camiones genera un sonido de queja. La hilera chirria con voces a madera podrida y hierro oxidado. Ninguno queda en silencio,  los poteros asiáticos fanfarronean con sus pretéritas hazañas como era iluminar la noche para confundir a los satélites mientras decenas de miles de calamares caían en su trampa. Los pesados arrastreros, pura fuerza nomás, alardean de sus kilométricas artes capaces de bajar hasta las entrañas de los mares para descubrir especies nuevas para exterminar. Los más chicos con sus redondeadas popas, se vuelven agrandados por ser los más marineros, los que mejor capean los temporales. Y se arma la conversa de viejos cascarones llenos de batallas para aprovechar que por una vez tienen a uno espectador que les escucha: uno muestra su amura de estribor aun abollada por un patrullero que inútilmente pretendió cortarle el paso para abordarlo y cobrarse la parte no escrita de un botín de merluzas negras. O eso contó el capitán, el esbirro de turno del armador. La maniobra desistió el apresamiento y aunque el armador pagó, el pesquero cambió los caladeros por los del Mar Argentino. Desde la otra punta, interviene un arrastrero factoría, negro y blanco, con una secuencia de abordajes, de capitanes y primeros mamados, de mercenarios. El más veterano y con acento ruso, relata como mandaron a pique a buque nodriza cuando extenuados por la marea entraron en un profundo sueño dejándose llevar por el piloto automático. Una historia conocida porque las frecuencias de radio se llenaron de mensajes y muchos desdichados acompañaron a aquel buque en su descenso a las profundidades. “Eran otros tiempos, otros nombres, otras banderas” concluye el eslavo.

Ninguno de ellos recuerda cuando fueron paridos. Están estropeados porque el destino de un pesquero es volverse mineral a granel, diluirse en el mar. Todos nacieron para ir barriendo sus huellas de los mares, para hacer del delito una forma de vida. No hay pesquero sin pecado concebido, asegura Ventura Malvino. El mar no es de nadie y las leyes de los despachos están alejadas de los caladeros. Esquilmar lo más rápido posible es la consiga. El hoy nunca el mañana. ¡Qué se jodan los que están por venir! Pero eso es sabido, admitido por acción u omisión y aburre repetirlo por lo que el taiwanés, que antes fue continental y antes vietnamita pero que fue botado y desvirgado como coreano, tiene humor y experiencia suficiente para hablar de la carne picada, del desparrame de tripas, de los baldeos para conducir los restos de sangre al mar que todo lo puede. Murmullan. No hay bromas en pesquero asiático. Es la esclavitud moderna que lleva siglos practicándose. Ahora que forman parte del olvido, recordar a quienes nadie llora, es egoísmo de confesionario.  El taiwanés ha visto como en todas sus singladuras se sometían a trabajos forzados a las larvas que un día fueron personas, ha visto como la locura por escapar se cala en los huesos reblandecidos de humedad de los marineros tornándose detonante de tragedias resueltas con filos de cuchillos. De cinco a diez muertos. No falla. La prensa no se impresiona. Ahora es más noticiable el postrero destino que las redes de narcotráfico dan a alguno de los pesqueros. Sobre todo los más chicos. Una vez aprendidos, éstos también caen en el olvido. Es el caso del beliceño, que fue peruano y antes gallego que cuenta como ya estuvo en otra hilera, aquella vez en El Callao, cuando fue rescatado para su alegría en un viaje hacia el Norte donde cargaron hombres y falopa para bajar hasta el Cabo de Hornos y remontar por el Atlántico. Cuenta que era tal su ilusión que vigiló para que nada se rompiese, para que lo rehabilitasen en la pesca. Lastima los días frente al puerto esperando para hacer combustible y las sospecha que levantaron. Lastima.

Los pesqueros cabecean para volver a su letargo y a Ventura Malvino le eyaculan las caras de unos otros que su memoria los había vuelto arena mojada: Vladimir, Pepe, Wilder, Manoel, Santiago y otro Santiago más que es nombre común. Recuerda verlos enloquecer progresivamente, confundir espacios, ver las cosas del revés, el adelante con el atrás, virar con soltar, las estaciones del año en hemisferios confundidos, sumergirse en un estado de automatización sin días definidos, solo oscuridad y luz, solo hambre y sueño. En su primer enrolamiento descubrió que si no escapaba a tiempo, de cualquiera de las formas que un humano tiene a su alcance para fugar, estaría condenado a contagiarse de la misma viruela salada que ataca a los cascos y convertirse en uno más de los seres del mar, no como los de Lovecraft aun coherentes en su monstruosidad, sino como convictos a galeras, en esclavos de la mar. Un figura distante de la cursilería poética de orilla que tanto le jode escuchar. Y matar, ser amputado, el suicidio o la bronca desbocada de no pertenecer está ahí, como una posibilidad más, tan natural como aplastar una cucaracha sin remordimientos. Ni la vejez, esa humillación a la vida, les devolverá lo que para los más es la cordura. Los más, los más, esos que pululan del muelle al centro.

Ventura Malvino cree que escapó a tiempo aunque el tatuaje persista. Da un cuarto atrás y les echa un vistazo. La niebla entra en el río que es mar.

En casa de la justicia, sentencia de palo

Desayunarse con la noticia que la Audiencia Nacional otorga la nacionalidad española a “Don Augusto,” tras 16 años de residencia en España, revocando la denegación dictada por un juez del Registro Civil de Cornellá de Llobregat por “desconocer el significado de un refrán aborigen”, exige pellizcarse el brazo para comprobar que no se está soñando.  Y no, no se está y es más común de lo que uno pueda pensar cuando el examen de arraigo para obtener la nacionalidad se deja al libre albedrío de los jueces. Hay sobrados ejemplos, http://cadenaser.com/ser/2016/08/11/sociedad/1470950984_039001.html , de los disparates de estos funcionarios que ven en el extranjero una cruzada justa para defender el nacionalismo.

El examen de arraigo que muchos países imponen a sus no nacionales es una soberana tontería. Quizás sí se debería hacer a la hora de permitir el establecimiento de grandes compañías, entidades financieras o de adjudicar contratos para evitar las excusas de mal pagador de Sacyr con el Canal de Panamá o de este pull de empresas que ganado el concurso del AVE a La Meca ahora justifican su incompetencia argumentando que la vía va sobre arena. Pero el caso es que tal prueba solo se realiza a las personas, y tiene un coste que supera los 200€, para obstaculizar su normalización en derechos y deberes. No les llega con el tiempo que una persona vive en la precariedad, y que también es obligatorio, en el limbo entre estar pero no estar, es necesario saber historia, colores de banderas y el refranero nacional.

La noticia tan solo destapa la mirada que sobre la humanidad se alienta a diario desde las instituciones. Europa y el manojo de países que la componen (lo mismo ocurre en otras latitudes con diferentes pretendidas centralidades) son un valor en sí misma a la que hay que defender de las hordas de harapientas personas que vienen a beneficiarse, cuando no a saquear, las libertades y derechos continentales (algo que sí ocurrió cuando se abrieron las puertas de la colonización salvaje).

Las personas somos una oportunidad. Más allá de nuestras capacidades y conocimientos adquiridos, cada uno de nosotros es un disco duro que aporta miradas, matices, sensaciones que bien asimiladas y encajadas en un marco social solo puede enriquecer y beneficiar a quienes eventualmente comparten sus espacios originarios.  En los 60 Daniel Viglietti escribió y cantó con su voz grave la “Milonga de andar lejos” https://youtu.be/04k4I5-5jMw que bien podría escucharla el citado juez de Cornellá aunque mucho me temo que hay posturas irrevocables, de piel, como es el caso de la xenofobia.

El refrán era: “en casa de herrero, cuchillo de palo”. ¡Qué tontería! y sin embargo, que justo acuñarle: “en casa de la justicia, sentencia de palo”.