Imprescindibles / Mi abuelo Cantor

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Hubo un instante de mi infancia que corría por pasillos estrechos, de eternas curvas, llenos de puertas blancas con filigranas doradas, asfaltados de moqueta bordeaux y techos, bueno, para mis años nuevos, altos. Cada una de las puertas me conducía a mundos diferentes. Todos fascinantes. Todos amables con mis ojos sorprendidos. Y no importaba que mis carreras fuesen dos veces por semana; cada día era un recomenzar. De un lado, las puertas conducían a bosques tupidos de ropajes que esperaban una obra, perfectos para jugar a la escondida entre texturas de la historia que una veterana costurera detenía su tiempo entre puntada y puntada para hacerlos parte de la narración. El mundo parecía más próximo, no existían puntos cardinales, y el pasado yacía a la vuelta de la esquina de mi Montevideo anclado en un sur, demasiado al sur para algunos, que era mi centralidad. Otras, siempre del mismo lado, tenían espejos enmarcados con luces donde la metamorfosis dejaba de ser una palabra complicada. Entrabas con tu cara de gurí y salías de pierrot, o con los mostachos de Quiroga. Y las había donde sentarte en un rincón, en el piso, y escuchar la claridad de voz que mil veces se equivocaba pero que sonaba lindo. Las puertas del otro lado daban a un vacío siempre dispuesto a llenarse. Sobre el escenario los instantes se fragmentaban en emociones una y otra vez repetidas. La oquedad se llenaba de palabras diáfanas que ocasiones eran acompañadas por el temblor sonoro de las maderas del escenario. Había llantos, enfados, besos, abrazos. La Xirgu, una señora muy simpática pero estricta con los elencos, era jefa. Yo lo sabía porque cuando hablaba el resto callaba. Y cuando simulaba estar enfadada arrancaba un aplauso. En ocasiones habría aquellas puertas y la música me golpeaba. Una orquesta típica ensayaba, un cuerpo de bailarines zapateaba, muchos, pero que muchos músicos, acompañaban con sus cabezas piezas de las que le gustaba a la abuela. Una vez, un muchachito delgado y saliva en la boca, ensayaba solitario canciones de Machado. Pero de todos, solo me importaba Cantor, mi abuelo por decisión suya. Recuerdo ir de su mano cálida rumbo al teatro. El gesto siempre confortable, sus invitaciones a desvariar entremezclando espadachines e indios montoneros. El velero que un día olvidamos en la playa. Su sillón desde donde contemplar la diaria de su amor, Juanita. El contrapunto perfecto. También mi amor. Yo le puse Cantor porque atropellaba las palabras y tenía que ganar su afecto. Se llamaba Héctor Cuore. Era actor y director. Era mi abuelo. Tuvimos pocos años para disfrutarnos. Su ausencia fue mi primer contacto con lo irremediable que es vivir. Y, pucha digo, como me gustaría volver a correr por aquellos pasillos de eternas curvas llenos de puertas a mundos que después se diluyeron en esto de vivir.

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Baldomero

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El encuentro con Héctor no desmereció lo imaginado por Ventura Malvino desde que el azar los había reconectado en una de esas redes sociales que ocupan las soledades de la noche. Estaba bien gastado, bien vivido, hubiese sido decepcionante encontrarse a un panzón con fotos de los nietos. El abrazo fue cálido y respetando la edad, Héctor marcó el ritmo de la conversación. Por una vez, después de cientos de años, Ventura Malvino volvió a ser el gürí fascinado con los cuentos de su primo mayor; 8 años es demasiada diferencia cuando se transita el puente entre la infancia y la adolescencia, cuando surgen las preguntas, las primeras puebra/error.

Héctor había provocado su gusto por la joda sin límites ejerciendo de prócer no escrito a imitar. Sus consejos fueron normas a seguir en aquellos años. Era el primo porteño, el habitante de esa gran ciudad para amar y odiar al mismo tiempo. Para un montevideano, ¡ma´qué Nueva York, Londres o París! si del otro lado del río está Buenos Aires, la ciudad generadora de contenidos, la del caos de autos, la de la calle Corrientes, el Luna Park de boxeo y conciertos, la del Parque Japonés, la calle Florida solo para peatones y de grandes tiendas, los estadios colosales, el subte, la del Caño 14 donde sus viejos no encontraban excusa para faltar a una noche de tango. La misma ciudad que no sabe comer pizza como en Montevideo, donde el fainá es una extrañeza, la que no tiene La Pasiva, la que renunció a tener una rambla donde matear, bañarse, jugar al fútbol o apretar contra el murallón, la que pese a tener miles de jugadores no es capaz de meter pata frente a la Celeste, una ciudad de murgas sin letras atrevidas, comprometidas, de tablado, sin marcha camión  y, particularmente para Ventura Malvino, la que no tiene candombe y menos un barrio Sur como el suyo. Y en el medio, la colonización por el televisor donde los artistas propios triunfaban a la otra orilla del río, donde los ajenos se vuelven casi propios si no fuese por ese acento genovés que les hace cantar a los porteños. Héctor, a sus ojos, era igualito a Rolando Rivas, un tachero de telecomedia fachero, de barrio, jodón, amigo de sus amigos. Un primo para contar en el liceo, para impresionar a la barra del barrio.

“Vos te acordás de Claudia. Sí, tu viejo vivía en Mar del Plata y vos con tu vieja y tus hermanas fueron un verano. Bueno, yo estaba haciendo la conscripción allá y ella vino”. Ventura Malvino de aquella época tan solo guardaba sus locuras, la vez que había aparecido con jeep del cuartel totalmente mamado, su cara de pibe bueno manguándole al viejo cuando el casino lo dejaba en pelotas, las cenas llenas de anécdotas de sus levantes pero, definitivamente, Claudia no estaba. “Me casé con ella y tuvimos a Marcelo y Mónica. Ella era maestra y yo tenía un taller de encuadernación. Con los milicos todo se pudrió, tuve que cerrar y cuando falta la plata las mentiras chiquitas se vuelven enormes. Digo, nos separamos y después ella, sus viejos estaban complicados en política, se marchó con los chicos para Australia. ¡Tengo nietos canguros! Fue un disgusto enorme para los viejos. La vieja me agarró a trompadas, ¡era terrible la gallega! y el viejo lloró tanto que estuve una temporada evitándolo para que no supiese que me derrotaba; ¡qué tipo Baldo!”  Durante un instante desconectó el relato para evocar a Baldomero, su tío abuelo más desconocido pero no el más olvidado. Héctor prosiguió con su relato de caídas y puestas en pie, de llegadas y salidas, de oficios insospechados en los cuarenta años de alejamiento. Brindaban a cada hito, por cada una de las personas del pasado y aunque Ventura tenía una rara facilidad para crear imágenes de personas desconocidos y acompasar los cuentos, tajeó una de las relaciones con su pregunta: “¿De dónde era, Baldomero?”

Las Luna, la familia de su vieja, eran abrumadoramente mujeres. Los hombres, a excepción de su abuelo, el único varón entre siete hermanas y padre de cuatro mujeres, entre ellas la vieja de Ventura, eran maridos de perfil bajo. Los otros dos con cierta vida propia habían sido su viejo y el tío Tano. Pero habían durado poco junto a sus mujeres. Por mucho que revolvió la memoria, sus tíos estaban en un segundo plano tras las Luna. Hasta físicamente los recordaba más bien chicos, endebles, callados. De carácter más que fuerte mantenían una estructura jerarquizada donde, igualmente, cohabitaban diversas facciones: la línea fundadora, la primera en arribar al Uruguay, la componían tres hermanas del abuelo y dos hijas de este. La línea política eran dos hermanas y una hija del abuelo. Ambos bandos con sus respectivas hijas. En ambas facciones estaban las sucursales de Buenos Aires y Nueva York, la primera de las políticas y la segunda fundadora. Hubo una intensa pugna en los años 20 por establecerse en Nueva York patrocinada por el abuelo de Ventura que solo logró convencer a unas de sus hermanas. Montevideo ya había acogido a los habitantes de la aldea de Couso y la mayor de las tías abuelas encaminó sus pasos a la seguridad de un idioma conocido. Se estableció en la ciudad y adquirió un hotel que inevitablemente denominó “Hotel Español”. Parada y fonda de los migrantes, hotel familiar donde empezar o finalizar una vida. De los maridos de las Luna, eran mayoría los que procedían de su misma zona. Los iban a recoger al puerto, avisadas de su arribo, los llevaban al hotel y les buscaban trabajo. Una cadena donde el interés se mezclaba con la ayuda, donde las renuncias eran eslabones que les alejaba de otra realidad, quizás obteniendo certezas, futuros, quizás, condenas.

Ventura recordaba a Baldomero lleno de incógnitas. Tres instantes para un recuerdo. El primero viajaba a una noche de verano siendo el dictador de turno argentino, Onganía. Una noche de milanesas con papas fritas, de seven up, de familia. Un Buenos Aires no tan tupido de ruidos y caminar por la Avenida de Mayo rumbo al Congreso, a encontrarse con una heladería de limón y naranja. Héctor y Nieves, su mamá, Ventura M y sus viejos y una de sus hermanas. Los grandes atrás, charlando. Los chicos adelante, jodiendo, escuchando relatos o siguiendo juegos del mayor. Sorpresivamente, antes de llegar al Palacio Barolo, unas manos fuertes lo levantaron en el aire como si fuese una caja vacía. Una carcajada y un beso en su nuca dejó paso a un sonoro “¡así qué vos sos el rapaz de la Mary!”. Entre sorprendido y divertido, Ventura descubrió de dónde venían las bromas de su primo. Baldomero, conserje nocturno de un hotel de Avenida de Mayo, vivía a contramano de la familia. Bromeaba y se dejaba bromear mientras Nieves lo miraba con la ternura de quién no comprende pero ama. Apenas unos minutos, los saludos y el intercambio de miradas sellaron el recuerdo. Después volvió a desaparecer entre las excusas de Nieves por su intempestivo encuentro y el arranque de otros cuentos de Héctor fruto de las mil y una anécdotas de las noches de Baldomero.

Vivían en la calle Lanza, en Nueva Pompeya,  y cuando el viejo Malvino emigró a Buenos Aires, familiares y amigos se afanaron por argentinizar a Ventura. Fundamental, un cuadro de fútbol. El viejo lo tenía claro: Argentinos Juniors. La primera residencia en la calle Rosario, abría la posibilidad a Ferrocarril Oeste, además era verde como Racing de Montevideo, su cuadro de nacimiento. Parte de la familia por parte del viejo Ventura era hincha de Racing de Avellaneda que, además, hacia una gran campaña. Y estaba Boca Junior, el clásico caballo ganador. No, River Plate no era opción. Y Ventura lo pensó un buen tiempo. Barrio, familia, amigos hasta que un buen día Héctor lo invitó al viejo Gasómetro para ver a su cuadro: San Lorenzo de Almagro. La elección fue sencilla. El siguiente paso fue adentrarse por el barrio de Caballito y la ciudad. Descubrirla, quererla y pelearla. La visita a casa de Héctor era frecuente pero pocas veces entraba en la misma: “no hagan ruido, Baldomero está durmiendo”. Las persianas bajas, Nieves cosiendo junto a la ventana, el zaguán ejercía de punto de encuentro para jugar con las figuritas, el trompo o las bolitas; rara vez jugaban al fútbol frente a la casa, todos en la calle sabían que “Baldomero estaba durmiendo”. Le apodaron “El Polaco” por ser el más chico de los picados y en honor a Ladislao Mazurkievicz, un golero uruguayo de gran respeto en Argentina. Cada tarde vivida era un reto a superar y Ventura cada vez estaba más integrado. Una tarde de intensa disputa, “El Polaco” se mandó una atajada de las antológicas y restando importancia se aprontó a poner la pelota en juego con tanto ímpetu que sin medir la fuerza metió un pelotazo tan largo que subió a los cielos de la eclética calle Lanza seguida por la mirada atenta de los pibes. Antes de descender, todos sabían que las consecuencias serían desastrosas. Bajó con tanta fuerza y tan bien colocada que entró como un misil por la ventana entreabierta de la casa de sus tíos. Un décima de segundo después, el ruido a cristales rotos los paralizó. “¡Qué hiciste Polaco!” atinó a gritar Héctor. Pasaron unos minutos en silencio, cada uno evaluando para sus adentros los daños ocasionados. Al final, como reses rumbo al matero ambos volvieron a su casa esperando capear de alguna forma la bronca merecida. Justo cuando entraban, Baldomero salió a su encuentro con su batín de boxeador: “Polaquito, tienes que repetir la parada si quieres que tu viejo no garpe el juego de whisky que rompiste”. Atónitos, lo vieron entrar y salir con la pelota: “ya pueden gritar, Baldomero no está durmiendo”.

El tercer instante almacenado por Ventura Malvino catapultó a Baldomero a su particular olimpo de personas dignas de ser evocadas en situaciones excepcionales. El marco, la fiesta de 15 de la prima Isabel, la primera generación de mujeres Luna que se formaba para no ejercer como tal. Un décimo quinto aniversario que además de cumplir con ese rito iniciático absurdo de presentar a una hija vestida de largo a la sociedad, la mayor de las Luna lo había convertido en una demostración de su éxito celebrándolo en el Nuevo Hotel Español. Los invitados habían llegado de toda la república y también del exterior. Ventura Malvino desconocía tal ramificación familiar. Buena parte del cumpleaños los dedicó a observar a quienes con total seguridad no volvería a ver en su vida. Se hablaba español, gallego, inglés, brasilero y portuñol. El ritual de los besos fue agotador. Besos, pellizcos en los cachetes, palmadas en la espalda y posar para que adivinasen si era más Malvino que Luna o viceversa. Después, en la mesa, los comentarios de los grandes. Las migraciones están llenas de fracasos y éxitos, de incomprensiones, de celos, de maldiciones y de pocas alegrías por el prójimo. Hay deudas impagadas, malentendidos heredados, resentimientos varios y la moral importada en rumbo de colisión con la adquirida. Ventura asiste incrédulo a la representación de un mundo que en breve será propio. Muchas preguntas sobre quiénes son, qué son, cómo forman parte del colectivo y pocas respuestas legibles para su edad como: de ésos no hablamos, aquellos hacen plata sucia, éstos siguen viviendo en la aldea… Y esta vez, sin batín de boxeador y con un “nudo del amor” que su hijo le había hecho en la corbata, Baldomero lo rescata con la naturalidad de quien observa el mundo tras la recepción de un hotel: “mirá Polaquito, aquellos de allá vienen de Nueva York, tu tía abuela y su familia. No hablan porque dicen que se quedó con tierras de tu bisabuelo pero andá a saber cómo fueron los hechos. Los de la plata sucia que dice tu vieja en realidad regentan un “telo”, un amueblado como dicen acá, un hotel de alta rotatividad donde van las parejas y de los que aún viven en la aldea es una frase para los que nunca se han adaptado a vivir acá, que sueñan que están en Galicia, que viven para volver y, como todos, nunca volverán porque el tiempo pasa y los hijos crecen acá. ¡Un lío bárbaro, Polaquito!”

Al final del rencuentro, Ventura Malvino y Héctor se funden en un abrazo sabiendo que volverán a sus olvidos vitales. Están vivos, resisten, la han vivido. Una mirada final para que Héctor vuelva a ser el primo mayor: “De la Rúa, el viejo era de la Rúa, un pueblo en la Galicia profunda del cuál nunca hablaba pero que lo llevaba bien adentro. ¿Y sabes?, te quería bien, Polaco, quizás porque como decía él, eras más Malvino que Luna.”

 

El mueble

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Abierto 24 horas, todos los días del año. Las mañanas para quien va más allá del trabajo, los mediodías de promesas mentirosas, las tardes para los jóvenes que el cine incómoda, las noches para parejas con hijos, padres y animales domésticos a quienes molestan los gemidos y, las madrugadas, apenas un triunfo contra la soledad. El mejor invento balear, mucho más apetitoso que esa masa llamada ensaimada, viajó al Río de la Plata como “mueblé” para hipotecarse en el lunfardo como amueblada, mueble, amoblado o como dicen los porteños, telo. El estado lo sociabilizó como hoteles alojamiento y la guía telefónica le buscó su lugar como “hoteles de alta rotatividad”, sabedora que llamar y reservar era una necesidad los fines de semana. De chico jugaba cerca del Montjuic con mi amigo Guille, otro más que una ola lo emigró al norte. Siempre estábamos a una cuadra, el lugar exacto donde emergía la cabeza de la acompañante y el auto se volvía biplaza. Nos reíamos especulando el porqué de no ser vistos. De nombres sugerentes, Edén, Paraíso, Kebon,… o señalizando el barrio, como El Goes o el Cordón. Una institución más de la barriada. La primera vez que fui a un amueblado lo hice taxi. Todo un lujo. Y es que el deseo no conoce medio de transporte: se va caminando, en bicicleta, moto, taxi y en auto. La plata no daba para más y nos vaciamos en una estándar. Una estándar pero con su espejo en el techo, como manda el reglamento. Un espejo dónde verse presa y depredador, un reflejo estimulante para fumarse un cigarrillo. El mueble se convirtió en algo habitual. De los más económicos, cerquita del trabajo, a las excepciones con sus habitaciones temáticas. Y al igual que mis viejos, las anécdotas llenan mi memoria con dos, cuatro o seis personas, desde entrar ocultos en el baúl del auto para pagar solo una pareja, hasta encontrarme amigos en hall de espera y preguntar con inocencia “¿qué haces acá? Los moteles de carretera son un invento del Norte que vive la sexualidad transitando de un lugar a otro, escapando. Los amueblados son una parte más del vecindario, el lugar donde uno se desnuda y, quizás, se confiesa.

Normalmente, anormal / El “I don´t understand” ya fue

 

da-de-la-lengua-inglesa-celebrado-el-de-abril-52292825La inclusión de restricciones de entrada al país para los estudiantes de inglés que Teresa Mayo ha propuesto en el congreso de los conservadores británicos abre una puerta a revisar el papel del idioma del archipiélago británico en Europa. Si únicamente será Irlanda el país miembro que usa ese idioma, en buena lid, su papel como lengua vertebradora de la Unión debe ajustarse al uso porcentual de la población. ¿O no? Un idioma más como tantos otros.

Como es el gobierno británico elegido democráticamente el que ha dado el paso para que la juventud europea no pueda acceder a su idioma esperemos que instituciones y empresas continentales respondan quitándole ese protagonismo donde se ha llegado al absurdo de ser más importante el idioma inglés que los conocimientos sobre la materia y la experiencia en determinados puestos de trabajo. ¡Aleluya!

Solo resta esperar que los países del continente no sean tan obtusos para tomar similares medidas con la chiquilinada británica y se permita que aprendan, como segunda lengua, las propias. Y también que vengan Erasmus. Y jubilados. Y turistas. Siempre se podrá chapurrear su idioma que la educación mejora todos los aspectos de la persona, incluido el negocio.

Lo siento por los profesores de inglés. Ya sé que están los Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelandia. Y que cohabita en otros lugares de África, Asía y el Caribe pero, eso que siempre sale a relucir, la proximidad, ellos han decidido cortarlo; y no seremos nosotros los que nos saltemos una decisión soberana.

Veremos que ocurre con el tiempo porque es bien sabido que las decisiones como el Brexit son reversibles aunque eso del single market, perdón, mercado único, solo importa en las divisas y mercancías. En el 2017 se juega el artículo 50 y desde ya, sé que soy un apurado, puedo ir diciendo que el I don´t understand, ya fue. Bye-bye, joder, adiós o chau, tschüss, чао, mějte se, pozdrav, farvel…

Normalmente, anormal / La verdad está ahí fuera

Existen algunas administraciones, sobre todo en países que hablan moderno anglosajón, que habilitan departamentos para el estudio y la investigación de misterios sin resolver. Son asuntos llenos de evidencias, y hasta pruebas, contradictorias o cuyo hilo argumental choca contra la verdad absoluta imperante o bien se desmoronan frente a otros hechos incontestables. Es el mundo de la conspiración y también de los llamados fenómenos paranormales. También el mundo de ufología que descriptivamente atinó a nombrar a lo que en mi infancia eran “platos voladores” como OVNIS, objetos voladores no identificados. Cada mes, excepto en verano, el Centro de Estudios Sociológicos, CIS publica una encuesta que mide el estado de la opinión pública del reino. Cada mes, excepto en verano, en los últimos 8 años, los súbditos de la corona se empeñan en decir que su principal preocupación es el PARO y la CORRUPCIÓN. Encuesta más, encuesta menos, 80 veces ha respondido ese universo de encuestados que sus miedos y angustias, sus necesidades vitales, están atadas a la penosa situación de no tener medios para sustentarse ni mantener una familia por la falta de empleo. Y creo que todo el mundo está de acuerdo, salvo ese tanto por ciento yaciente en los mundos de los teletubbies. Sin embargo, probadas las recetas socialdemócratas y conservadoras, con sus reformas laborales fracasadas, los resultados electorales arrojan otro panorama. La suma de las fuerzas del PP, PSOE y C´s, más el nacionalismo catalán y vasco, nos dice que la preocupación no es tal. Qué eso de la angustia solo sale cuando una voz cálida se lo pregunta por teléfono y se le desmorona la muralla defensiva. Qué eso de la angustia se vuelve euforia a la hora de enfrentarse a la urna y su insinuante y excitante ranura por donde caerá el sobre. Supongo que verla levanta el espíritu y uno se olvida que en el bolsillo, con suerte, solo lleva unas moneditas y que el corrupto, bueno, con una reprimenda vuelve al redil donde estamos todas las ovejas y los carneros. Supongo. Pero es que hoy, cansados de las mismas respuestas, los digitales que la publican, hay algunos que ni eso, hablan de la preocupación por la falta de gobierno y su aumento en 5 vertiginosos puntos porcentuales. Es decir, ¡¡ha llegado al 11,6%!! ¡Socorro! Qué pacten, qué dejen gobernar! ¡Qué cierren puentes, acueductos y acantilados qué la masa se dirige al suicidio colectivo! Pero, no, eso no ocurrirá porque la reiterativa encuesta sigue diciendo que frente a esa tremenda preocupación del 11,6% está la otra, la de siempre, la que le angustia al 71,6% de la ciudadanía. Una diferencia redonda de 60 puntos. ¡Paliza! Aunque eso de las llamadas y su correlación con los votos sea un “expediente X”. Habrá que pensar que la verdad está ahí fuera. Normalmente anormal.4979905254246

Instantes / Marina Kue

Micaela tiene los ojos secos, cuatro años desde la matanza de Marina Kue. La moto a medio pagar eran las ansias de hijo. La muerte la vino a buscar y alguna vez, aun, la espera. Micaela tiene los secos, vive en una tierra de ex, el ex campo de Anahí, el ex campo del Alemán, el ex campo de Rodríguez, el ex campo de Paraguay. Micaela no quiere ser una ex. Tiene un arroyito ahí nomás, la yerba mate es natural y el bosque indígena resiste. Le robaron el hijo y el sueño, por la espalda, en la zanja lo cazaron desde un helicóptero. Una refriega, dice la autoridad. Micaela tiene los ojos secos.

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El 15 de junio de 2012, la matanza de Marina Kue fue la excusa para un golpe de estado desapercibido por el mundo. En esos campos de Curuguaty se inventaron los golpes de estado que hoy, y a buen seguro mañana, restablecen el viejo orden de quienes nacen como seres humanos y quienes son mero atrezzo.

Instantes / Tu cara me suena

JUICIO POR LAS TARJETAS OPACAS DE CAJA MADRID
GRA098. SAN FERNANDO DE HENARES (C.A. DE MADRID), 26/09/2016.- El ex secretario de organización y comunicación de CCOO Rodolfo Benito (c), durante la primera sesión del juicio contra los 65 usuarios de las tarjetas opacas de Caja Madrid celebrada hoy en la sede de la Audiencia Nacional de San Fernando de Henares. EFE/Sergio Barrenechea ***POOL***

¡Qué sorpresa! O no tanto. Si está el hijo y nieto de aquellos funcionarios del régimen que lo llevaban al colegio, El Pilar, por supuesto, en un 1.500 negro y con chofer del Parque de Automóviles del Ministerio. Después, con su sempiterno jersey sobre los hombros, ya montaba un Vespino. Era del montón aunque no lo sabía y todos lo utilizaban para hacer los guateques. Estudió ICADE, obvio. Y entró a las plantas más altas de un ministerio de la Castellana. Y también está el trapichero. El rey de las Centraminas. Bueno, de cualquier anfeta. Lo tenía bien montado con la venta de exámenes. Creo que su papá estuvo implicado en un desfalco y pasó una temporada en Brasil. ¡Ay!, los industriales de aquellas épocas no eran comprendidos por Franco. Creo que su papá se lio con una jovencita y los mandó a paseo a su mamá, él y sus cinco hermanos. ¡Eso marca! Por lo menos, también terminó ICADE y la Caja que ayudó al asunto aquel de marras, lo colocó e hizo carrera. ¡También está el monaguillo! Qué tipo, no rompía un plato. Con su camisa abrochada hasta el cuello y aquella madre que no perdonaba un rosario diario. Se le perdió la pista en Navarra y cuando reapareció, con nueve hijos en escalera, ya era un mandamás en el departamento jurídico de la Caja. Y también está el rojo. Bueno, en la juventud que ahora vive en La Moraleja. Mucho Beatles, Brincos y hasta tuvo una camiseta del Che Guevara. Por ahí aparece el mayor de todos. Funcionario de antes y ahora. Capo. La verdad es que todos tienen una frente despejada y arrugada. Se me olvidaba, no reconocía a la morena de la Compañía de María. ¡Es que de rubia! Una chica seria. Se hizo abogada y creo que tiene no sé cuántos masters en los Estados Unidos. Por suerte, saldrán bien parados. Una pena económica y dos avemarías. Tienen equipos jurídicos cojonudos. Y además, ¿qué hicieron? Comprar en el súper, viajar por el mundo, comer en buenos restaurantes, beber caldos de añadas imposibles, pagar sexo, la gasolina de sus terribles maquinas, mercar ropa, sacar la entrada para el cine; es decir, lo habitual. No entendemos que ellos nacieron para ser grandes ejecutivos y quebrar empresas y corporaciones. Son una tribu más. Y en las tribus está el listo, el tonto y el guapo. Y como miran a la cámara, a más de uno le puedo decir: “tu cara me suena.”