Islas

contraste

Nadie recuerda cuando florecieron las favelas, las villas, los cantegriles, los asentamientos de los conurbanos del mundo. En los predios de la inundación, emparedados en los morros, en los corsés de las infraestructuras o en los centros olvidados yacen impúdicamente a los sentidos obstruidos de la sociedad. Bordeamos sus límites y hasta los cruzamos por autopistas elevadas donde las casas son enredaderas que trepan por sus pilares buscando el sol alimenticio. Nada nos conmueve. Sus ropas colgadas son banderas que nos dicen lo que no queremos escuchar. Están, son seres con formas humanas pero inanimados para nuestra noción de sociedad en común. Están, son seres que nos aterrorizan en el confort de lo que prepotentemente consideramos nuestros espacios. Están, por suerte, están.

Tampoco recordamos el último aluvión de llegada. Los arribos nos agarran durmiendo, mirando para otro lado. La suma de ranchos nuevos nos parece una acampada estival. Después con los años nos aferramos a la irresoluble de la materia. Y la vida sigue y nos volvemos islas. Porque, lo creamos o no, son malditas islas en un mundo de océanos. La realidad, observada cuantitativamente, no es Occidente aunque posea los faros más potentes con haces de luz que irradian vidas imposibles.

Las favelas, las villas, los cantegriles o los asentamientos ni tan siquiera son barrios para nuestra concepción urbana. Nuestro ordenamiento legal fruto de nuestro desordenamiento moral nos impide incluirlo en ese tour cicerones por lo propio. Son temporales, basta con esperar un par de siglos para que actúen las leyes del mercado. Para qué legalizar si solo desnudaría nuestra levedad intelectual, nuestros discursos ampulosos, nuestro ser social, nuestra cultura etiquetada. Podríamos hacer un gran campo de refugiados y encerrarnos o asumir que el mundo real es nuestro destino.

Políticos de plastilina

 

La plastilina es llamativa y hasta huele bien. Es irresistiblemente atractiva a pesar de asociarla a nuestra infancia. Fue creada con esa intención, dar forma temporalmente a las ideas. Y ser reutilizada tantas veces como la vorágine del objetivo lo demande. Los dedos la transforman. Las palmas la moldean. Su sutil humedad nunca hará definitiva la creación alejándonos de la incomoda definición.

Las campañas electorales anegan diaria rutina y la competencia por impactar en alguno de nuestros sentidos es un gas invisible para el que no existe mascarilla. Y sucumbís atrincherado en tu particular Línea Maginot. Una semanas dónde los discursos se moldean, dónde las propuestas se hacen como los menús del día. Y sin embargo, se conoce al cocinero.

Estas elecciones son novedosas al incluir políticos de plastilina. Parecen nuevos y son viejos. Fueron esto y aquello. Están diseñados para no permanecer, para ser bola o dado, barrita estrecha y alargada o tubería ancha y pesada. Deberíamos avergonzarnos de concederles el espacio público. Aunque bien pensado siempre han estado ahí, trepando en las empresas, en las organizaciones políticas más próximas. Verbo fácil, colorido aspecto. Sin embargo, como candidato a presidente cuesta tragarlo. Y es que la plastilina no se come ni tan siquiera se lleva a la boca. Ver a Albert Rivera o escucharlo, me retrotrae a la infancia y mis plastilinas de colores. Una invención de alguien.

Sur o no Sur

“Largarooon” con una “o” prolongada hasta más allá de los primeros cien metros por un speaker que sabe, datos no faltan, que la carrera se define en la recta de llegada, cabeza a cabeza, donde la emoción oculta las verdaderas capacidades de los caballos y todo queda en las riendas del jockey y en un probable final de “bandera verde”. Después, volverán los análisis que en la previa nos llevaron a apostar nuestras ilusiones a un caballo perdedor.

Tenemos la convicción que los programas electorales mienten. Por ahí sacamos una frase, un punto de interés oculto entre otros llenos de vaguedades. Están pensados y redactados para vender. Es una carrera. Y para los think tank partidarios los electores somos una especie de ludópatas que nos jugamos cada cuatro años el gobierno en la embriaguez de sus propuestas.

Estas son las segundas elecciones generales de la crisis. Las primeras fueron una fantasía, un brindis al sol donde una vocecita interior nos decía qué a nosotros no, qué nosotros podíamos, qué eso de la miseria, de la inequidad, de la malnutrición eran cosas de otros continentes. Y, por lo visto, se nos cayó la periferia con todo. De un 27% a un 24% de desocupación; o lo que es lo mismo, más de 4 millones de personas sin trabajo debería hacernos reflexionar en esta maldita apuesta electoral. Con ese volumen de desempleo viene para los demás el trabajo precario, el chantaje de “o estas monedas o nada”. Y la cadena va añadiendo eslabones a una sociedad de despojos.

Nada, absolutamente nada, se habla y menos se propone sobre un modelo de país posible, sostenible. Unos, viejos y jóvenes, abrazan el no modelo, ese anarquismo capitalista, también conocido como neoliberalismo, donde los mercados lejos de producir especulan con acciones, bonos o títulos; si hay una catástrofe, miramos la bolsa, si hay una guerra, miramos la bolsa, si el presidente se enferma, miramos la bolsa. Otros, manotean discursos más o menos éticos pero sin molestar a la bolsa. Y las nuevas formaciones, carentes de tiempo, que han sucumbido a priorizar el defecto del contrario dejando, si en realidad tienen, la propuesta de un modelo que debería ser trasversal para abandonar de una vez por todas el siglo XVI donde el sol nunca se ponía en el imperio. Cuestión de ubicación: Sur o no Sur.

Así son las carreras de caballos y electorales. Conforme avanza la cola nos vamos sumergiendo en el ruido, desoyendo el impulso que nos llevo a rascar nuestros empobrecidos bolsillos, donde tu mano solo toca tu pierna y alguna solitaria moneda junto al amuleto que un día tú beba te regaló. Y la política, el gobierno que nos damos, no puede salir de una carrera.

 

 

Desalmado

El futbolista entra en la cancha y se persigna. Lo hace antes de patear el penal. Y hasta cuando festeja el gol que también se lo dedica, alzando sus dedos índices a las almas queridas que ven el partido desde el cielo, aunque esté nublado. Se persigna el obrero, el maestro, el profesional y el directivo cuando enfrenta una eventualidad, una singularidad, una catástrofe. Creo que son pocos los que se persignan cuando cogen. Gracias a dios, por dios, si dios quiere, dios dirá, adiós, dios mío son algunas de las exclamaciones de la diaria.

Hay pueblos elegidos, mujeres con pecado concebidas, posturas de loto, meses de ayuno, viernes imposibles, sábados muertos, domingos de asamblea. Están los bebedores de sangre de muerto, los de pescado y no carne, los de vacuno y no porcino, los de porcino y no vacuno, los que lavan la comida con agua bendita, los que sacrifican mirando hacia una piedra, los que le preparan la comida a su dios que aunque sin cuerpo tiene hambre.

Unas, otras, más o menos, escriben su historia glorificando el martirio. Ninguno de sus protagonistas pasó a los anales, escritos o no, por la felicidad de su vida. El sacrificio ha sido dado como una virtud, un ejemplo a seguir que, en demasiadas ocasiones, se ha llevado todo por delante. La promesa de otra vida en la no vida ha matado a cientos de millones de personas siendo la primera y más cruel sentencia que nos ha diferenciado en el reino animal.

Y para aquellos mártires se hacen fiestas, romerías, procesiones, ofrendas y hasta fechas no laborables. Vivan las mujeres y hombres que pasaron una vida de mierda, o la arriesgaron, o la finalizaron, o utilizaron el metal para hacer sangre a los infieles que en realidad los redimían y envían a esa otra vida. Dale vino, dale joda, dale flagelo, dale cabezazos a un muro, dale por la cruz o la estrella o la medialuna, dalo por el gordo, el flaco, el barbudo, por el amarillo, negro o blanco, dale para ver quien es más atroz con la mujer, quien la esconde más, quien la siente menos. ¡Dale animal!

En 1942, Isaac Asimov publica el relato Runaround donde establece tres leyes de la robótica:  Primera: Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño. Segunda: Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª ley. Tercera: Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª ley. Lástima no sea aplicable a nuestro mundo orwelliano. Y con un adiós, se despide un desalmado.

 

Cabeza a cabeza

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Los resultados de las elecciones de la primera vuelta en Argentina tienen dos ganadores. Detesto esa milonga tan habitual en casi todo el mundo donde todos ganan: los que tienen más votos, los que suben en sus resultados comparativos y aquellos que se erigen en posibles jueces. La realidad es que Scioli y Macri, más allá de sus dos puntos de diferencia, enfrentan el ballottage del 22 de noviembre en igualdad de condiciones, cabeza a cabeza a pocos metros del disco de llegada, pendientes del voto de la parcialidad de Massa.

Argentina es un país importante en el marco regional y del llamado mundo de habla hispana. Marca tendencia, nos guste o no. Los resultados y aunque parezca contradictorio es un aplauso a los gobiernos kirchneristas que con sus políticas sociales sacaron del pozo a una clase media acorralada en el sistema financiero. Empobrecidos, sin trabajo ni sistemas sociales que garantizasen los mínimos para vivir, la clase media descendió un escalón para compartir durante un tiempo la precariedad en las que muchos, por desgracia, sobreviven desde su nacimiento. Durante 13 años se avanzó cuesta arriba con políticas productivas, de deuda, sociales y de memoria. El acceso al trabajo y al emprendimiento rehabilitó a buena parte de la media argentina que instalados en una cierta comodidad prestó oídos a su interés principal: la propiedad privada.

Las clases medias en los sistemas democráticos liberales, y más aun en los neoliberales, son inestables con el tiempo, cíclicas, vulnerables. En los períodos de bonanza el discurso que mejor asimilan es la reducción de costes, siempre asociados con los impuestos, para mantener la titularidad de la propiedad. Ya sea una casa, un vehículo, una empresa, etc. las personas se desprenden de la solidaridad, rechazan las políticas sociales y crean un discurso propio donde cada uno es el ejemplo a seguir en el trabajo. Diferente es cuando bajan ese escalón. El conocimiento se vuelve una abstracción.

En ese campo Macri, con un pasado familiar y propio tenebroso, lleno de egoísmo y ambición, se maneja como pez en el agua. Es el espejo de triunfo que toda persona de clase media le gustaría alcanzar. Menos impuestos, más olvido de los olvidados, ambientación internacional a cambio de privatizaciones y, sobre todo, los privados somos los mejores gestores. Algo sorprendente a poco que se gire la cabeza y se analice los resultados de otros macris del pasado. Y en ese campo, Scioli está a medio camino, tan solo.

Macri y Scioli, Scioli y Macri, no dejan de ser otra singularidad del modelo argentino. No es ni mucho menos el único país que se rige por el carisma más que el programa. Los ejemplos son intercontinentales. Argentina es y ha sido un país de peronistas, balbinistas, menemistas, frondicinistas, alfonsinistas, kirchneristas (versión bicéfala de Néstor y Cristina) y hasta de videlistas porque en el recuerdo de la dictadura cívica militar, Videla es en lo simbólico su principal figura. Macri ha sabido manejarse en la creación de la figura mientras que Scioli todavía, quizás si logra alzarse con el triunfo lo modifique, es un actor secundario del cristinismo.

Sobre el papel, la adscripción peronista de Massa debería inclinar la balanza a favor de Scioli. Tengo serias dudas. Argentina, más allá de la presión mediática nacional e internacional que es muy intensa, vive un momento de oportunidades. China pateó el tablero internacional del comercio y en lo regional comparte espacio con otros países ricos en recursos. El desempleo es bajo y un cambio de gobierno podría incluir regalos de la economía buitre a cambio de futuros negocios. Massa se dejará querer por ambos candidatos, podrá ser la imagen templada del macrismo o el contrapeso a políticas sociales del sciolismo. En lo particular y con visión a largo plazo, quizás, se incline por construir el massismo dentro del macrismo. La verdad es que no existen verdades y Scioli y Macri están, cabeza a cabeza, en la recta de llegada.

Stand up presidencial

http://www.ondacero.es/programas/mas-de-uno/audios-podcast/entrevistas/mariano-rajoy-27s-son-elecciones-autonomicas-tengo-claro-que-espana-ley-cumple_201509225600fd260cf23298e0d3d1aa.html

Los nacidos y educados en el franquismo, adolecen de nociones de historia y geografía básica; es decir, exactitudes que después se puedan disfrazar con ideología pero que a priori partan de una verdad incuestionable. Mariano Rajoy es un ejemplo de libro que con el tiempo nos ha hecho olvidar los dislates de José María Aznar, siempre dado a confundir reyes y a no dimensionar las culturas que una vez existieron en su tierra. Eso sí, dicho con mucha gracia con su peculiar acentazo texano.

En una reciente entrevista radiofónica con Carlos Alsina en Onda Cero al hilo de las elecciones de Catalunya, Mariano Rajoy avergonzó a buena parte del reino ante su desconocimiento básico de geografía política. Los epítetos con que adornaron su nombre, sobre todo en redes sociales, recordó su anterior etapa como ministro y los “hilillos de plastilina” que salían del Prestige. Merecidos, por supuesto, pero justificados porque todos sabíamos antes de hacerlo presidente de sus limitaciones culturales. Y es que Rajoy, desde primero de escuela era conocedor de su futuro sin complicaciones, de que, oposición mediante, algún gran puesto del Grupo A, una notaría o como al final se dio, el Registro de la Propiedad, le esperaban. ¿Para qué entonces estudiar? Y menos las asignaturas consideradas “marías”. Eso era de pobres, de familias sin abolengo. No los Rajoy.

En la España franquista que estudió Rajoy, la geografía política trazaba sus fronteras a mayor gloria del imperio, último bastión defensivo contras las hordas democráticas, los rojos y los judeo-masones. Así, la América de habla hispana era Hispanoamérica, Asía no tenía China, África eran territorios y Europa terminaba en Checkpoint Charlie. Y Mariano nunca presto mucha importancia. Tampoco otros. La verdad es que por lo que al reino le atañe, convendría refrescarle los conceptos a Mariano: europeos son todos aquellos habitantes que han nacido dentro del continente de Europa; es decir, es su gentilicio. Son europeos los gibraltareños, los catalanes sean o no independientes como los gallegos. Por el contrario, no lo son los canarios (africanos), los kelpers (americanos), ceutíes y melillenses (africanos), o los groelandeses (americanos), por ejemplo. El derecho de pertenencia no lo dictan los tratados que sí tienen por competencia el objeto del mismo. ¿O no son europeos los suizos?

Rajoy, que otra cosa no pero campechano es un rato largo, anda trabucado en los conceptos pero que más da si lo importante es el espectáculo. Y en eso de hacer reír, el stand up presidencial arrasa.

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Tripa

“Hoy me desperté con el rumor de los latidos de tu tripa mestiza. Mi lugar en el mundo. Hoy me desperté ausente. Como ayer, como hace tanto tiempo desde mi huida hacia la nada. La nada es perturbadoramente centrifuga. Y vos, la textura de tu tripa, mi gravedad a la que en sueños desciendo para calmar la amargura de este mar sin sentido, eterno, final. No pidas que no te sueñe.” Anónimo mío para anónimo tuyo.

https://youtu.be/QYEC4TZsy-Y

https://youtu.be/pO8kTRv4l3o

https://youtu.be/dp7gfHcXz1o

https://youtu.be/JxPj3GAYYZ0

Siete y tres

picadas.bligoo.com

Las mañanas por la calle Real y los Cantones aparentan ser vías con destinos a un trabajo, a un encuentro a vidas con agendas completas . Apenas cuatrocientos metros donde nos cruzamos con nuestras mentes ocupadas en la diaria. En el medio, invisibles, están los que les caminan sin destino. Mediana edad, ropas gastadas pero limpias y zapatos sin temporada. Han salido del encierro de las casas pero aun rechazan sentarse en el piso, último escalón de la esperanza. En esos metros detecto cuatro personas. Son muchas, y más si aplico la teoría de crecimiento económico de este gobierno. Casi no se detienen para solicitar unas monedas a quien los cruza. Hace un leve gesto con la cabeza como señal de rendición. Y si nadie se para, los demás no los vemos.

La escena, cuatro veces repetida, me anudan las tripas. Somos una sociedad, todos, sin ninguna excepción, fallida. ¿Qué hace diferente a estas cuatro personas de todos los demás que ocupamos el mismo espacio? ¿Cuáles son sus discapacidades para excluirlos, volverlos invisibles y continuar con nuestras vidas sin una pequeña sensación? Nos conmueve un edificio en ruinas, un perro abandonado, una historia de amor ficticia.

Somos una sociedad fallida por burros. Burros letrados . Letrados de falsedades. Esas cuatro personas deberían ser fuente de nuestras riquezas. Como cada uno de nosotros lo somos en cada una de las millones de relaciones que contiene nuestra sociedad compleja. Nadie sobra. Quizás muchos faltan.

Somos burros porque los datos lo demuestran. Y son fríos los datos. La desocupación no fue súbita. No cayó un meteorito. Porque ni las guerras son súbitas. Acá y muchos lados, volver invisible a las personas ha sido fruto de muchos gobiernos que como adolescentes fueron receptivos al halago fácil. Y al dinero.

Estoy seguro que ninguno de ellos admitirá en público que el futuro, tal y como lo plantean, nos llevará al escenario de un 70% de sobrevivientes frente al 30% de vida plena. Ese es el escenario del FMI, BM y su sucursal en Bruselas que hasta ahora se planteaba para el resto del mundo pero que, probablemente, incluya desde ya a la periferia europea.

Seguirá amaneciendo y los cuatro invisibles de hoy se multiplicaran. También la informalidad laboral. Y el crecimiento se fundamentará en ese 30% de población. Basta introducir algún cambio en las preguntas estadísticas para que cuadren los datos . Cuando era chico, en los almacenes de barrio las damajuanas de vino eran conocidas burlonamente como siete y tres: siete de vino y tres de agua. En los mercados actuales: siete son de agua y tres de vino

Las figuritas del presente

De chicos, las figuritas de los jugadores de nuestro cuadro eran monedas de cambio, de juego que medían nuestras habilidades o torpezas. Ponían cara a nuestros ídolos o rivales en las retransmisiones radiofónicas de los partidos. Rara vez se televisaba un match y aunque así fuese, la radio también estaba presente. Garantía de lo no visto que necesitaba ser escuchada, compartida, verificada a través del relato de un speaker de confianza. Éramos, sin saberlo, hinchas virtuales, los de afuera de la cancha. Éramos, sabiéndolo, abducidos por los transistores que arrinconaban las viejas radios de válvulas, que permitían seguir conectados al relato en el zaguán, la ducha o en la rambla. Y ocurría que lo que se escuchaba no siempre lo compartías, casi nunca si contásemos con nuestros silencios privados, nuestras verdades buscadas. Después inventaron lo de repetir las jugadas para ganar voluntades. Ver lo que no veíamos o no queríamos ver, admitir, certificar la mentira. Gran parte del entretenimiento, que es cuando aparentemente estamos más lucidos, se vino abajo.

Las figuritas hoy siguen existiendo pero ya son tan solo un recordatorio, un escapulario sin valor para el trueque, el juego. Adiós a la fantasía de poner un gesto en la cara, una intencionalidad en la acción, un pensamiento en la actitud. Soy laico, devoto del misterio de las incertezas, de los puntos de vista, de las interpretaciones y de la ciencia. Demasiadas relaciones, actuaciones o representaciones se repiten una y otra vez mudando nuestro deseo de imaginar lo posible. Y lo imposible, también. Nos hemos convertido en vacas rumiando las jugadas, las promesas electorales, la industria de la cultura y de los valores.

Nos quedan los sueños, hasta que inventen la repetición de los mismos.