Los drones suicidas

El matemático y doctor en ciencias de computación especializado en el procesamiento del lenguaje aplicado a la inteligencia artificial, Alexander Gelbukh cita que “en los cuentos para niños, los animales y las cosas inanimadas pero mágicas, se comportan como personas: inteligentemente. Pueden ver, oír, pensar, actuar… En nuestros días la ciencia convierte cada vez más cuentos en una realidad. Ya no nos sorprende una alfombra voladora (aunque no parezca una alfombra)”. Me vino a la cabeza los otros días desayunando las noticias con su infaltable parte de guerra, el minuto a minuto desde esta orilla occidental que de vez en cuando rompe la monotonía introduciendo un nuevo concepto para animarnos a no bajar la guardia.

En los departamentos comunicación imagen y relaciones públicas de ambos bandos; es decir, de propaganda, se libra a diario el traducir e interpretar el significado del vuelo de una mosca en el frente porque como resumía Edward Bernays, el creador de la propaganda moderna, en su libro Propaganda de 1928, esta es el arte de conseguir que las personas se comporten de manera irracional si se logra vincular los productos (o las políticas) con sus emociones y deseos más acendrados (en la I Guerra Mundial, diseñó para el Gobierno de EEUU una estrategia motivacional para que los jóvenes para que se alistaran en el ejército, aunque es reconocido por sus campañas de rrpp para Ford un coche no es necesario pero te hará feliz, para la industria cárnica inventando el desayuno de huevos con panceta, el uso del reloj de pulsera en los hombres y hacer que no estuviese mal visto que las mujeres fumasen). (Basta decir que él fue el fundamento teórico del archiconocido propagandista Joseph Goebbels). En las facultades de comunicación e información poco o nada se habla de él (supongo que estratégicamente; es broma, ¿o no?) de lo que definió como “gobierno invisible”: nuestras mentes son moldeadas, nuestros gustos son formados, nuestras ideas son sugeridas, mayormente por hombres de los que nunca hemos oído hablar…

Entre las noticias matutinas para evitar la censura que habita en Europa y la propaganda del noticiario televisivo de la mañana, un nuevo concepto (expresado aún como término) reclamó mi atención: Rusia utiliza drones suicidas fabricados en Irán. ¿Drones suicidas? Adiós al planteo sociológico de Émile Durkheim o bienvenida a Gelbukh y la magia de los cuentos infantiles. En realidad, ambos mantienen vigencia porque si para el primero había una sujeción a las normativas morales (entre otros factores propios y externos), el segundo es claro que aunque adultos, la magia se nos presenta hoy como una realidad posible (la alfombra voladora).

Mezclados y amasados, los Bernays actuales introducen este disparate de los drones suicidas como una idea sugerida donde el mal se nos presenta en todo (o casi todo que hay que seguir formando) esplendor. Rusia malo despiadado antidemócrata que utiliza un arma producida por otro despiadado y maléfico país, de rabiosa y global actualidad por la revuelta sobre el uso del velo en las mujeres, y que, además tiene la inteligencia artificial de un suicida (los imagino chocando las manos en los despachos cuando tras una sesión de brainstorming, de pizza y cocacola, se da con la idea), que en el imaginario occidental es un tipo de barbita, desaliñado, turbante o pañuelo, con un cinturón de explosivo adosados al cuerpo y recitando versos del Corán).

Eso de dar vida al armamento tiene su gracia, casi podría justificarse en un juicio que la bala que mato en realidad era una bala suicida y la que erró el destino, simplemente bala; que se dispara y entran a funcionar los factores del suicidio de Durkheim o que, como se pretende: hay una fanatización de las armas (buen argumento para la Asociación Nacional de Rifle de EEUU). Este dislate conceptual del dron suicida (las armas se producen para matar porque tienen esa capacidad y después hablaremos de legalidades), llegó para quedarse, para apuntalar que hay armas buenas, armas con inteligencia artificial (pobre Asimov) que matan pero no tanto (cuando erran el objetivo habrá que considerar que pasaban por un mal momento personal) y las de los malos que se suicidan y matan indiscriminadamente. Y así vamos y no es bueno el rumbo ni el destino.

12 de octubre, prime time

El Reino de España tiene una singularidad (en realidad como cada territorio, tiene muchas y para todos los gustos), celebra su día nacional con motivo de una conquista efímera y dolosa, cuestionable y de postura encontrada (pienso en los sirios festejando el 27 de abril como fiesta nacional por el desembarco de Táriq en Hispania al pie de la roca de Calpe en la bahía que lo recuerda por llevar su nombre, Gibraltar). Es singular, como nación y aunque me rompan las pelotas los rituales, podían elegir otra fecha, que las tienen, y más conectadas con el presente. Igual esto de las paradas militares es una comedia pasada de época. Digo, si existe la necesidad de mostrarse como los fuertes del barrio hay materia de diván por no haber superado su historia vital. Ta, no está. Pero debería (y esto lo hacen todos de alguna manera) (y dejaron de desfilar los empleados públicos con sus escuadras de enfermeras carteros ferroviarios y fuerzas vivas de la sociedad porque no había forma que mantuviesen el paso y los desfiles, como el fútbol o los realities, tienen su soportes mediáticos en cadena nacional: uniformes sonidos y saludos). Ahí van los reyes en un Rolls Royce. Lo normal (en unos años será eléctrico, el Rolls, digo). Lo escoltan guardias a caballo. No es joda. Un gesto a la galería que visto como espectador, es poco operativo (los tipos en una carroza es más propio, lo del Rolls es cosa del franquismo). Así que porque unos dijeron que llegaron un 12 de octubre, se lustraron las botas para desfilar. Y estuvo lleno de “vivas” (el desfile se hace por zona “nacional” y por los votos sabemos que han florecido muchos nacionales desde la crisis del 2008 cuando dejaron de ganar una porción de lo que consideran por derecho propio y cuasi divino y necesitaban un Vox).  Pero volviendo al caso, soy lubolo de alma (tengo que explicar por qué rehabilité el alma, pero otra vez) y este tema de la conquista es impeorable. No va de blancos contra blancos. Va de que quiénes eran legítimos propietarios del territorio (en términos occidentales que nos manejamos los conquistadores eran okupas, okupas violentos, okupas apestados, de patada en la puerta y cambio de cerradura, digo, los denostados por la vecindad por romper la armonía. Y hay manifestaciones contra los okupas y contra los violentos, y hay unidades especiales de desalojo). No puede ser. No pueden tenerlo como día nacional (los que lo quieran tenerlo, allá ellos pero que mantengan la distancia sin pudor, no me gustan cerca). Acá solo pueden opinar las personas que fueron robadas  diezmadas o exterminadas por un plan económico por los recursos. Acá nada de cultura existió. La religión, sí. Tenía un plan. Todas las religiones lo tienen. Es como un club, va de socios que paguen una cuota en efectivo o especias. Oro, plata, especias y una cruz, es lo que el mercado demandaba. Por eso, la atroz esclavitud en términos métodos y objetivos nos perseguirá hasta el final de los días por ser un sistema desarrollado, implementado y puesto en marcha con versiones, de la maldad o desprecio humano con el humano (ya sé que es tema de Hobbes), sin otra lógica que la económica. ¡Ah!, se quiere transmitir bajo los parámetros de la cultura: civilización vs barbarie. ¡No jodan!, eran una bando de bandidos con deudas que vieron la oportunidad de sobrevivir y se instalaron donde estaban los recursos. Les chupaba un huevo la cultura. Estuvieron todo el siglo XVI buscándole un sentido divino y/o amparo legal para legalizar el exterminio (aquello de que eran animales con forma humana o tenían alma y eran desdichados ignorantes. Ganó el alma para el club de la catequesis). Y lo legalizaron.  Ahora bien, creo que como territorio, Iberia Hispania o España/Portugal son mucho más que ese clavo ardiendo al que se aferran porque una vez fueron el prime time de las noticias. Un prime time terrible que amerita conocerlo, sin que ahora se flagelen, pero conocerlo. No un desfile y menos un día nacional.

El velamen negro

Compré un velero de velamen negro y casco de madera devuelta por la mar. Chiquito y ligero. Fue un impulso al verlo porque me recordó a los veleros de papel de diario que me navegaban por las calles de la infancia recién llovidas entre bocas de tormentas y hojas de plátanos tiradas por el goterío y el viento formando afluentes imaginarios que, al levantar la mirada desembocaban en el gran río-mar para perderse en un horizonte que nunca alcanzarían. Un impulso de veterano que sentado mira a las orillas para lograr su último baile que debería ser como el primero, sintiendo otro latido y un perfume que vuelve irrelevante el paso, o eso forma parte del deseo. Un velamen negro que no es luto ni pirata ni mucho menos agorero, pero me cierra un círculo desde que Cantor o Cuore o Héctor, el abuelo elegido, se apareció por casa con un velero de velas blancas para navegarlo por fuentes estanques y orillas de playas estivales. Era tan grande, o tan chiquito yo, que verlo navegar llevado por el viento nos sumía en el silencio de dos vidas cruzadas en esas pequeñas singladuras de estanque de aquel velero; era una profecía a vivir y un epílogo de lo vivido. Zarpar partir navegar, pelearle al viento y las corrientes el rumbo y derrotarse, saberse a merced de la naturaleza, ser parte de ella. Compré un velero de velamen negro a la espera de la lluvia o de un estanque o de una orilla llena de olas para seguir porfiando en encontrar los vientos propicios y navegar para cumplir la profecía de vivir errando.

«Nací bajo Mussolini, no quiero morir bajo Meloni»

El domingo una persona nonagenaria mostraba un cartel en la previa de las votaciones italianas: “Nací bajo Mussolini, no quiero morir bajo Meloni. ¡Qué dios nos ayude!”. Simple. Contundente. Una guirnalda de bombillas de colores entre dos muros de una campiña que imagino calabresa (Calabria tiene siempre una historia más) paridora de migrantes o camisas pardas o partisanos. Una guirnalda combada por el peso de las luces de colores que arranca desde un muro levantado en 1922 cuando Mussolini accede al poder y finaliza en otro, en el hoy de 2022, cuando Meloni intenta repetir los pasos de su héroe. Cien años y sus bombillas que vistas con perspectiva el amor no pudo con el odio. ¿Amor? Sí, no es una palabrota. Cada bombilla jalona la represión en pos de pensamiento único, pero también la guerra despiadada por la pureza racial, la destrucción, los barcos cargados de migrantes con maletas vacías, la reconstrucción ilusionante, la incipiente diversidad libertad creación y otra vez el olvido, el nuevo pensamiento único de los asépticos y anónimos mercados, la certeza que la gobernanza está en la sombra, que la felicidad está en el sacrificio para tener, en las crisis cada vez más asiduas que desde debajo de los púlpitos se admite el por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa existe la desocupación las empresas se marchan la precarización vuelve la pobreza resurge las pandemias rebrotan la naturaleza se destruye…, hasta el resurgir, cien años después, del verbo fácil del odio. Porque es fácil odiar. Porque amar duele. Inmolada la esperanza, la fortaleza de la solidaridad y la ideología, el odio, que nunca murió y sobrevivió a guerras crisis reconstrucciones, acampa en Occidente con sus simples recetas: por su culpa, por su culpa, por su grandísima culpa señalando al migrante que, como antes y durante siglos los europeos fueron, en responsable de llegar para robar trabajos blancuras culturas, señalando a los derechos adquiridos de quienes nunca los tuvieron como nocivos e innecesarios, señalando a la ruptura del sacro orden religioso de dios patria familia, a la insolencia del feminismo capaz de alterar hasta la gramática… Cada uno de las personas votantes tienen un asidero fácil para sentirse víctima y poder odiar. Por eso, el veterano en la previa a las elecciones italianas tenía razón cuando salió con su cartel a la calle. Sabía que Meloni, ya en el poder, tenderá otra guirnalda llena de odio entre muros. Su cartel no era para odiar ni para despreciar a esos votantes que votaron, tan solo para reflexionar qué fue y es el fascismo que nos sobrevuela y ya hemos olvidado por nuestra culpa, por nuestra culpa, por nuestra grandísima culpa.

Viejo

Ventura se levantó por fin con la respuesta que durante meses buscaba por qué letra empezaba, por qué sílaba, por qué sonido, por qué significante podría asociar el significado de lo que le acontecía para encontrar esa imagen acústica para repetir a la pregunta de lo sabía irresoluble. Meses de olvidos errores confusiones, de momentos de lucidez conocida que daban paso a obsesiones a insolencias con vivir el tiempo con sus horas propias a contrapelo como un adolescente rebelde, de estar despierto cuando todos duermen y dormido el resto del día. Meses de respuestas sinceras que bien sabía inapropiadas porque la sinceridad nunca estuvo bien vista y no conlleva con eso de gestionar bien la vida, aunque en eso de gestionar mal la vida lo había significado y marcado el carácter. Meses de los sentidos alterados o diferentes o desconocidos o la puta madre que los parió descompuestos. Meses de desaprender la lectura la escritura, por momentos por instantes por días y vuelta a aprenderlos casi junta la eme con la a y formar esa primigenia sílaba: ma. Meses hablando solo y lo que es peor, pensando solo que bien sabía desde chico porque así se lo habían repetido repetido repetido, que eso estaba mal y que contradecía lo correcto. Meses de extrema soledad solo presente en mundos sin texturas, ajenos. En fin, meses y meses preguntándose si al final estaba llegando a su último arribo a una última costa a una última dormida, pero sin sueños ni pesadillas ni remordimiento ni broncas ni acusaciones ni mezclas de escenarios ni personas, sin matinas reparadoras. Ventura, se levantó y supo que había confundido lo inconfundible hasta hace nada y mientras aprontaba un mate olió su cuerpo y descubrió que olía a viejo, que por fin todo eso de vivir remando ninguna parte ya tocaba a su fin, al epílogo de un libro nunca publicado. Que era viejo. Viejo.

Los fusiles abandonados

La guerra en Ucrania no sentará cátedra aunque por ilusiones de revertir el modus operandi de los conflictos ¡qué la inocencia nos valga! Digo, los sudaneses de la frontera marroquí que huyen de una guerra olvidada pero real, son una banda organizada violenta y matarlos no tiene castigo, sean 23 o 37, y es más, hay que juzgarlos por intentar tiznar la blanca madre blanca Europa en contraposición con otras victimas, los que proceden de Ucrania también huyendo de la guerra. Sigue igual. Tampoco la solidaridad que acudió “en masa” a la fronteras de aquel país a rescatarlos: está más cerca Lesbos, Trípoli, Ceuta, Melilla, las costas atlánticas marroquíes donde están los que ya no esperan más que vivir. Seguirá igual y podría haber sido un espejismo lo vivido tras el estallido del conflicto o “la normalidad” de los números clausus raciales.

En las últimas horas, el impresentable Vladimir Putin llamó a filas a parte de sus reservistas para combatir y, como es lógico, muchos que se consideran afectados por edad decidieron poner tierra por medio, convertirse en prófugos (no desertores) ante la posibilidad real de pelear salir herido o muerto en un conflicto que no lo consideran propio. Por supuesto, en Occidente es noticia que abre noticiarios sin medida ni una mínima reflexión y sí más bien como un síntoma de debilidad y soledad del impresentable Putin (repito adjetivo porque me parece más abierto y acorde a lo que cada uno quiera sumar). Pero, y si Occidente que se considera partícipe (por ahora con armas, logística y dinero), hiciese esa misma llamada a sus reservistas; ¿qué ocurriría? ¿serían los hombres y mujeres occidentales casi héroes o cuando menos atinadas personas que deciden huir de un conflicto que no lo sienten como propio? ¿Se mantendría el halago y se buscarían fórmulas para mantenerlos insertos en la sociedad? Y la más fácil: ¿serían noticia?

En la guerra de Vietnam, esa espina clavada que tiene EEUU y que pese a publicaciones y películas nunca ha podido acomodar el relato porque por única vez la prensa tuvo las manos libres para informar, decenas de miles de muchachos estadounidenses se convirtieron en prófugos aunque se les tildase de “desertores” erróneamente (el prófugo no se presenta a filas y el desertor se marcha de las filas). Miles, decenas de miles, sobre todo en Canadá pero también en México y por el mundo. A tal punto que Bob Dylan habló de ellos una canción en 1975, If You See Her, Say Hello (If you see her, say hello / She might be in Tangier…). Eran antipatriotas, vagos, hippies, drogadictos y, lo que es peor, estudiantes universitarios… Pasaron algunos años para permitirles el regreso al Estados Unidos derrotado.

Cuando Antonio Tejero y otros y otras decidieron intentar un golpe de Estado en España, allá por un febrero sin carnaval de 1981 (o quizás ellos y ellas eran las mascarita y nadie se dio cuenta), en el Parque de Automóviles de la Armada española en Madrid, la espera era tensa y nerviosa. Los automóviles listos para intervenir ya que la Armada era contraria al golpe y en esos momentos las preguntas rondaban las cabezas de los acuartelados. ¿Habría un conflicto real? ¿Las fragatas y corbetas abrirían fuego contra los tanques de Milans del Boch en Valencia? ¿Qué hacer? Pero sobre todo, ¿cuál sería la mejor ruta de escape? ¿Francia o Portugal? La guerra la patria el deber eran cuestiones que se alejaban a cada minuto que pasaba. Sí estaban las querencias presentes. En aquel cuartel atrás de la Plaza Roma, cada uno se debatía un dilema moral lindo en teoría, pero complicado en la práctica cuando pintan bastos: vivir o pelear. Por suerte, estaban los veteranos, aquellos a punto de jubilarse y que habían vivido la guerra civil española. De entre ellos, Manolo, el jefe de chapa y pintura, viendo los corrillos de marineros y sus miradas pérdidas frente a los automóviles listos para desertar, con tranquilidad pasmosa soltó: “cuando se tuvo noticia del alzamiento nacional y el estallido de la guerra civil, en Ferrol, donde hacia la mili como vosotros, solo se veían fusiles abandonados, tirados por el suelo o apoyados contra la pared. Ni guardia quedaba en las garitas. ¡Al carallo con los guerreros!”

«La Frontera Salvaje», dato mata relato

Durante siglos, primero las potencias coloniales europeas y después Estados Unidos, América, la que antes era y ahora ni por su nombre es y se refugia con una terminología inexacta (entre latina, hispana, ibera porque que a nadie le digan que Norteamérica incluye a México), fue una frontera salvaje divida por un océano que sumó un río, pero sobre todo, muchos prejuicios que hicieron el relato que hasta hoy nos acompaña. Un relato lleno de causas ficticias inventadas prejuiciosas que dan una consecuencia: el continente más imposible de la Tierra.

En el hoy se repite como un mantra Cuba Venezuela Nicaragua representan todo el mal que nadie desea para sus vidas, aquello de si no te duermes viene el hombre de la bolsa para sumergirte en terrible pesadillas. Y pongamos que el hombre de la bolsa existe, pero por qué existe, qué le llevaron a protagonizar el papel del malo en la película (si verdaderamente es el malo o su bolsa está llena de maldades) o es parte de ese relato de seres fantásticos o ángeles caídos. Es evidente y conveniente que exista una mirada reduccionista de buenos y malos, de puros e impuros, de divinidades y demonios que nos permitan prejuzgar a los demás, cuestionarnos y a lo sumo, ser condescendientes con esa paternal mirada: no saben lo que hacen, nos están cualificados para gobernar, son populistas, no tienen solución o más abiertamente, es una merienda de negros, hacen el indio, son comunistas vagos indolentes aprovechados salvajes sucios… Es larga la lista pero de una u otra manera, enfrentar una noticia sobre un acontecimiento en el continente americano está llena de prejuicios y solo aporta la certeza de la imposibilidad de ser de cientos de millones de personas.

El libro “La Frontera Salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina”, de Jorge Majfud, es una sisga tirada al muelle para acercar esa nave del prejuicio creado a través de los hechos y que explica con datos ese terrible accionar impuesto por EEUU como nueva potencia colonizadora y a la postre imperio global que arranca a primeros del XIX hasta el hoy. Datos de fuentes existentes y contrastadas (las que salvaron del fuego o la picadora de papel), de las actas y comités del Congreso de EEUU, de los discursos presidenciales, de las publicaciones públicas, privadas o mercantiles, de los informes diplomáticos, de las universidades y, por supuesto, de las hemerotecas.

Datos y no relatos que explican los hechos que sabemos que existieron pero mejor dormir no vaya a ser que venga el hombre de la bolsa. Porque sabemos que el genocidio de los pueblos originarios en EEUU existió como la esclavitud durante siglos de personas traídas de África, pero nos falta saber cómo semejante barbarie en nombre de la civilización (democrática y llenas de leyes en pos de la libertad) se justificó, normalizó y alentó en palabras de sus protagonistas. Y son terribles descarnadas persistentes y están ahí para su consulta.

Datos y no relatos de 200 años en nombre de la democracia la libertad el cristianismo y  el beneficio empresarial de invasiones golpes de estado de bloqueos de asesinatos masivos de poner y quitar presidentes de explotación de la carne y los recursos del financiamiento del caos donde sacar partido.

Datos y no relatos de cómo el accionar fue mutando en función de los tiempos, de las herramientas utilizadas en cada momento: el Estado, los mercenarios o filibusteros, las empresas (las que inmortalizaron el peyorativo nombre de “las repúblicas bananeras”, las agencias gubernamentales, los terroristas a sueldo y, cómo no, los medios de comunicación siempre dispuestos a un relato a una fake news por una cifra considerable

Datos y no relatos que explican ese fanatismo despiadado que hoy nos acompaña y explica que otro Donald Trump (que no es el primero ni mucho menos) o un Bolsonaro ambos elegidos por los votos sean el bien frente al mal de un Petro o un Lula (ni que decir de Maduro, Díaz Canel u Ortega).

Datos no relatos fruto de años de investigación desde adentro, desde una universidad de Jacksonville (ciudad que lleva el nombre del séptimo presidente de EEUU célebre por su odio a los indios que justificaba: Los indios fueron completamente derrotados y la banda de descontentos fue expulsada o destruida… Aunque debimos actuar con dureza, fue algo necesario; nos agredieron sin que nosotros los provocásemos, y esperemos que hayan aprendido para siempre la saludable lección.) y que intenta entender esa justificación al fanatismo que de alguna manera afecta a todo occidente sumido entre el bien y mal. No es lo mío hacer críticas a un libro, pero me parece fundamental su lectura para hacer evitable el final del relato anunciado y, sobre todo porque, dato mata relato.

¿Cuál es el lema de los cadetes de la militar de West Point? ´NO MENTIRAS, NO ENGAÑARÁS, NO ROBARÁS NI PERMITIRÁS QUE OTROS LO HAGAN´. Pues, yo he sido director de la CIA y les puedo asegurar que nosotros mentimos, engañamos y robamos. Tenemos cursos enteros de entrenamiento para eso. Los que nos recuerda la grandeza del experimento estadounidense. (risas y aplausos) Mike Pompeo, Secretario de Estado de Estados Unidos. Texas A&M University. 15 de abril de 2019

Es lo que el público pide

En una pequeña ventana en el margen inferior derecho de la pantalla pasa una caravana fúnebre o unos caballos fúnebres o unas personas fúnebres o unos soldados fúnebres pero pasan y no dejan de pasar mientras la locutora avisa que se viene un otoño y, peor aun, un invierno donde pasaremos frío, mucho frío porque alguien la cagó y ahora toca pasar frío, mucho frío como escarmiento, y que compraremos menos comida, mucha menos comida como escarmiento porque las monedas suenan poco en nuestros bolsillos y alguien se la está llevando a paladas porque la carestía es negocio legal y lícito y, a la vez, hay un making of de una guerra entre el mal y el bien. Vaya, ahora le encuentro la lógica de la ventana en la pantalla porque está mostrando que una semidiosa del bando del bien está siendo paseada a su última morada y es necesario no perder detalle no vaya a ser que se levante y vuelva al trono o que un fanático republicano le lance un reproche a su ataúd o a la comitiva real que lo es en uniforme medallas y número. Hay un empacho de medievalismo fúnebre o así lo siento. Es la última voluntad de la fallecida, es su última puesta en escena diseñada al milímetro, dice la locutora. Años planificando esta demostración de nostalgia imperial casi faraónica es uno de esos espectáculos deseados por los programadores de la realidad. No sé por qué me vienen las imágenes de una plaza en Corea del Norte (que no está invitada ni tampoco Rusia ni Afganistán ni Venezuela porque las espadas de la libertad y la democracia están en alto) festejando al líder, pero eso son cosas mías que tengo testa cattiva. Un espectáculo que bate récords, donde los súbditos hacen trece horas de cola para saludar a su reina muerta tras trece horas de colas porque el número importa y el sharing es una medida inventada hace siglos para hacernos sentir culpable con la sentencia: es lo que el público pide. Y sí, solo me alegro por los vendedores de merchandising con sus tazas, pines, banderitas, juegos de té, platos y demás abalorios recién importados de Asia, de sus antiguas colonias. Es cierto, faltan representantes de los territorios antes colonizados y ahora explotados por compañías o pacificados por las armas (hasta un punto que la solución nunca es solucionar el problema). Pero faltan, claro que faltan en el desfile los pueblos de África, Asia, Oceanía, América y el Caribe con sus danzas de guerra presentando vasallaje a la muerta (no en vano fue la propietaria de un sexto de la tierra) como en vida mostraban los medios sus viajes imperiales e imperiosos (quizás sería un exceso una ristra de esclavos encadenados que están en el origen de las ganancias que pagan el espectáculo con trece horas de colas y ventana en la pantalla todo el día). No, el desfile es blanco y el único exotismo posible es el gaitero escocés omnipresente en una unión de territorios que se agarran con pinzas. Un espectáculo lleno de imágenes de profunda emoción o no tanto, pero la locutora del noticiario así lo lee en el teleprónter y si lo dice la tele será cierto. Caballos perritos ositos (al zorro nunca lo invitan), hijos nietos bisnietos sobrinos primos cuñados y cuñadas son objeto de deseo de los objetivos de las cámaras porque en el espectáculo unos ven la normalidad de una familia que perdió a la abuela pero que se odian o aman o desprecian pero con uniformes y medallas y otros ven la divinidad que pese a los impertinentes revolucionarios franceses nunca ha dejado de existir por el bien de nuestras distraídas vidas que necesitan ese símbolo que nos rige haciéndonos diferentes, partes de un gran mundo lleno de hambre muerte mísera odio guerras y dictaduras corporativas. Es un espectáculo real y como dicen en el teatro cuando sobreviene una muerte, debe continuar porque a juicio de los programadores de la realidad: es lo que el público pide.

Narcisos en flor

Nada es por casualidad aunque le otorguemos al azar un protagonismo inexplicado, pero necesario como una tercera persona que nos acompaña como una sombra nocturna. Lo digo porque hacer poco una amiga desconocida ya de años en una red social tuvo a bien recordar una entrevista hecha por Rosa Montero para El País en 1984 dejaba correr la grabadora y sus dedos tecleadores de la máquina de mostrar la autoestima de su entrevistado. De aquel lejano al treintañero al presente septuagenario los hechos han confirmado la sinceridad de sus palabras. Punto a su favor.

Hasta el momento las señales eran claras, sus actitudes evidentes, la gestualidad condescendiente y las palabras, a veces propias a veces puestas, tienen esa grandilocuencia de transmitir que en estos tiempos y por su gracia, la gracia de tres, vivimos momentos históricos (hay que desconfiar de quienes se creen forjadores de historia, pero es una opinión de veterano), vivimos en tiempos de guerra y lo que es peor, justificada gloriosa necesaria; una cruzada en el nombre de otra cruz igual de militarista. La simbología es bella, dicen.

Hasta el momento conocíamos que el rival de nuestro protagonista estaba personalizado en un siniestro presidente exhibicionista montado en un caballo con el torso descubierto, haciendo artes marciales contra (in)voluntarios soldados, mostrado sus fálicas armas en desfiles, practicando deporte, acariciando niños portadores de ramos de flores, distanciando a sus pares en kilométricas mesas decimonónicas, jactándose de un difuso pasado en la KGB y, sobre todo, de gestualidad pétrea y palabras ásperas. Vladimir Putin es un combo que gusta presentarse con la verdad en sus palabras y, en caso contrario, con la fuerza de sus puños para terminar una noche de vodka mal enfocada. Por su lado, el presidente del otro bando, Volodimir Zelenski, encarna al superhéroe de película, recordado por las escenas donde saca una metralleta y extermina un parlamento, por sus acercamientos a cámara para reclamar armas y dinero a los telespectadores, impoluto en una guerra, musculado a cada más, uniformado pero con estilo, capaz de mostrar ese lado más chic para la prensa de variedades, omnipresente pero siempre peinado, devenido en una mezcla de Jesucristo-Churchill-Bruce Wayne y que no acepta aplausos menores a diez minutos.

Y aunque la respuesta a la pregunta hasta el momento no se quiere dar, ¿por qué han llegado a la guerra si se sabía que el camino era-es-será la paz?, se explica en la entrevista de Rosa Montero, donde su entrevistado, el jefe de la diplomacia europea Josep Borrell se “desnuda” para estas pobres personas que lo leemos vemos escuchamos aceptando que para eso está (para defender y exportar la democracia y la libertad sin pedir nada más que unos recursos unos mercados una frontera más allá) y que él decide por…, bueno, mejor leer qué siente cuando nos ve:

“Lo cierto es que el mero hecho de hablar en público, sólo el hablar en público, es ya una satisfacción erótica. Yo la he sentido incluso como profesor de universidad. Primero, porque hay una relación de superioridad manifiesta. Ya de entrada te sitúas sobre una tarima, sabes mucho más que los demás y no pueden interrumpirte fácilmente. Luego tu ego ya está situado por encima del común de los mortales. Y eso gratifica. Si encima lo haces bien, desarrollas una cierta satisfacción intelectual, porque ves que razonas y los demás escuchan tus razonamientos…”

Narcisos en flor o flor de narcisos, justo lo que las personas no necesitan ni ayer ni hoy ni mañana. O eso creo.

Elegir el llanto

El gobierno Canario anunció que en lo que va de año, al menos 1.000 reinas y reyes, princesas y príncipes, duquesas y duques, infantas e infantes, murieron o desaparecieron en la travesía atlántica conocida como “la ruta Canaria”. Y aún falta lo peor, cuando la mar y el tiempo cambian el escenario y se arbola. Un escenario más de los muchos con los que Europa y Estados Unidos conviven adentro de sus murallas salinas espumosas dulces alambradas desérticas, de púas y cemento. Pasmosa y argumentada normalidad. Sus viajes no son oficiales, no les bailan con su exótica vestimenta las tribus blancas del norte. No les muestran sus cuerpos pintados. No les cantan en sus primitivas lenguas ni le comparten su comida de plástico. Cuando acontece la muerte no se paran las rotativas, no se repasa su vida como hitos de la supervivencia humana llevada al extremo y aun así, sonrientes optimistas creyéndose posibles, constructoras de sueños. No se hacen panegíricos semblanzas in memoriam, ni se cuenta que lo han sido todo por todos con sus resistencias que han sufrido el saqueo vandálico de sus recursos la guerra la hambruna las enfermedades la contaminación que las aguas y el viento arrastran desde lejanos reinos a sus vidas. No hay lutos oficiales ni lazos en los perfiles de las redes ni cortejos fúnebres ni tuits ni telegramas ni fotografías ni familias pueblos países imperios mundos desconsolados. No hay. Simplemente no hay, desaparecen o yacen en fundas mortuorias rumbo a cementerios de tumbas NN, sin nombre sin historia sin llantos de miles de millones de personas que sienten congoja por su muerte, también anunciada. Son los que no son, los que nunca fueron, los que no paralizan el tiempo con sus ausencia, los que nunca entendieron que la democracia y la libertad tienen fronteras, pruebas de aptitud, reglas llenas de palabras asesinadas, color de piel. Son reinas y reyes que buscan refugio que no invaden buscando recursos, imponiendo religiones culturas…, creando súbditos. No celebro muertes, pero elijo a quienes llorar.