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El abrazo del Frontex

Te abracé en la noche, te ibas de mi vida, te abracé en la noche, era un abrazo de despedida…, quedé a la deriva… y quedé con sabor desaparecido… (no puedo entrecomillar porque no recuerdo, la etaria condena que nos habita, saber si amasijé a Fernando Cabrera y, vaya mi disculpa de mostrador de habitué de El Cosmopolita que ya no está, pero ahí, justo ahí viene el tema de las ausencias presentes nunca olvidadas ausencias).

Mis tatarabuelos, bisabuelos abuelos viejos yo y quizás (seguramente sí) mis hijos que aún no lo saben enfrentaran ese abrazo nocturno que pelea por quedarse y sabe que cuando amanezca en el último colchón cardado por la necesidad vendrán un puerto aeropuerto estación de tren de autobús o un camión que pondrán la ruta en funcionamiento. Y quién se tiene que marchar, deja. Y quién queda, deja. Y es el abrazo, el último el que no quiere ser el que es y no quiere ser el que siente como la arena se escurre entre los dedos lo que produce ese rechazo visceral (mirar hacia otro lado es también asunto de vísceras) para no recibir. Qué tema, qué aburrimiento, qué pesadez escuchar leer ver ese asunto epidérmico de decir que no sé es y sin embargo, sí; ese asunto epidérmico de ser distraído con los miles y miles, decenas cientos y a poco que miremos atrás, millones de ñatas contra el vidrio que piden entrar. Racismo. Sí, da igual la etiqueta (quizás tenga razón Byung-Chul Han y Europa está signada por la infocracia, donde las audiencias, el público, las personas que enfrentan la sobredosis informativa sin saberlo pero a propósito se han convertido en mercancía. Quizás).

La publicación de una investigación conjunta de ‘Lighthouse Reports’ (Der Spiegel, SRF Rundschau, Republik y Le Monde) donde se acusa al Frontex (Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas, creada en 2004) de haber estado involucrada en la devolución en caliente de al menos 957 solicitantes de asilo en el mar Egeo entre marzo de 2020 y septiembre de 2021, provocó la dimisión de su director ejecutivo, el francés Fabrice Leggeri que había llegado en 2015. Apenas la punta del iceberg de una agencia involucrada en varias investigaciones desde su operativa hasta el antifraude.

Leggeri, apoyado por el semicírculo parlamentario europeo que va desde centro a la punta de la extrema derecha (y que avanza), sintiéndose desautorizado escribió en su carta de despedida: “parece que el mandato de Frontex por el que he sido elegido y renovado en junio de 2019 ha sido modificado de forma silenciosa pero efectiva”. Vaya, a quién se le ocurre mojarle la oreja con las violaciones de los derechos humanos. Vaya, porque venir ahora, tras muchos años asistiendo a la muerte de miles de personas, a decirles que existe la ley, que guardar las fronteras no es reprimir a las personas que intentan llegar, no es abandonarlas en la mar a esperar la muerte, no es devolverlas a los puertos de partida de donde han escapado, no es hacer negocios públicos y privados para agrandar y extender el abandono. Vaya, seguro que no se miran como personas. Ni tan siquiera un rato, como alguien escribió, pensarlas en clave de refugiados ucranianos.

Ver una patrullera un coche un helicóptero un uniforme del Frontex es una eurovisión canalla y no da para un abrazo. Es el mandato de Europa: blancos entran el resto afuera…, cosas de pieles culturas libertades derechos..

Lula es claro: se necesita una nueva gobernanza mundial

Habían transcurrido ocho años del inicio de la Guerra Fría cuando  por iniciativa de los jefes de gobierno de India, Jawaharlal Nehru, Egipto, Gamal Abdel Nasser e Indonesia, Sukarno (inspirados en el pensamiento de Mahatma Gandhi), se vislumbró una nueva vía intermedia para ser posibles como naciones, los Países No Alienados sin la adscripción a los dos grandes bloques en liza: EUA/Europa Occidental vs URSS/China. Fue en la primera de sus cumbres (la inicial en Bandung de 1955 fue la propuesta de crear la organización), en Belgrado (1961), cuando se dio forma a la organización oficializó la denominación de Movimiento de Países No Alineados (a fecha de hoy la componen 120 países y 15 observadores, que supone el 55% de la población mundial y 2/3 de los países presentes en la ONU). Y no, por supuesto, no están los países de los antiguos bloques que hoy siguen guerreando simbólica y realmente en sus cosmogonías geoestratégicas de poder como miembros de cada una de las partes (aunque no exista la URSS).

Los objetivos primarios, desde aquel 1961, de los países no alineados se centraron en: el apoyo a la autodeterminación, la oposición al apartheid en Sudáfrica, el apoyo de la lucha contra el colonialismo, el racismo, la no adhesión a pactos multilaterales militares, la lucha contra el imperialismo en todas sus formas y manifestaciones, el desarme, la no injerencia en los asuntos internos de los Estados, el fortalecimiento de la ONU, la democratización de las relaciones internacionales, el desarrollo socioeconómico y la reestructuración del sistema económico internacional aspirando a la independencia económica y a la colaboración en pie de igualdad, los principios de la coexistencia pacífica, la diplomacia como solución a los problemas… Ni Europa (Este/Oeste) ni EUA ni la URSS ni China ni otros países que bajo sus órbitas participaron ni participan de esa visión que hoy, tras 60 años, la siguen presentado como: populista, radical, antidemocrática, inviable, carente de libertad…

En estos días, el expresidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, candidato para las próximas elecciones generales en octubre de este año, concedió una entrevista a la revista estadounidense Time (https://time.com/6173104/lula-da-silva-transcricao/) y entre muchos temas, habló sobre la guerra en Ucrania y su repercusión mundial. Fue claro contundente sin ambages en cada una de las respuestas responsabilizando a Putin pero también a Zelenski a Europa a la OTAN y a Biden por estar más pendientes de echar gasolina al fuego que de buscar la paz a través del diálogo, de colectivizar las sanciones a Rusia a la mayor parte de la humanidad, del circo mediático (la comedia de relaciones públicas), de la falta de líderes que actúen como tales y, sobre todo, de la necesidad de una nueva gobernanza mundial (ninguneada la ONU).

Brasil no es un país cualquiera y Lula tampoco es un dirigente cualquiera de éstos que abanderan “estar en la lado correcto de la historia”. Porque la historia, la real que está llena de atrocidades tras un relato, la siglos de imperios, guerras mundiales, pandemias hambrunas, crisis de todo tipo y pelaje…, siempre tienen los mismos actores y los mismos resultados. Los objetivos principales del Movimiento de Países no Alineados siguen vigentes y aunque Lula no los cita como herramienta, es bueno que sea claro y le llame a las cosas por su nombre: se necesita una nueva gobernanza mundial.

El imperio contraataca

Está salado el asunto de los imperios. Superado aclimatado incorporado y explicado el significado de “oligarca ruso” haciendo hincapié en sus conductas disimiles frente a los empresarios generadores de empleo aborígenes, el asunto de los imperios ha tocado la puerta para gastar mucho grafito tinta tecla; sobre todo mucha tecla. Y otra vez toca singularizar diferenciar recalcar que existen imperios del bien e imperios del mal o buenos y malos que hacen el amor y no la guerra o en todo caso hacen la guerra justa que terminará en el amor la justicia social la igualdad a través de la gobernanza del pueblo y por supuesto, la libertad (lo del amor libre ya es excesivo, pero pongamos que sí). y diferenciarlo porque de no hacerlo habría que cambiar todo el temario formativo de la historia clásica donde los imperios se asocian a los grandes maravillosos e increíbles procesos civilizatorios de la humanidad ya definitivamente sapiens que conllevan progreso e innovación y el conflicto guerra invasión conquista descubrimiento colonización apenas es un detalle sin importancia pero necesario a tal magno fin.

Y tras la m con la a es ma y repetido mamá y la p con la a es pa y repetido papá viene dar el contexto a las raíces que nos sujetan y alimentan como hojas caducadas del árbol de la sabiduría con epígrafes grandilocuentes para soñar imperios donde nunca se pone el sol, para tajear el globo terráqueo entre dos justo Este y Oeste, para saber parte de un destino manifiesto culto y religioso y de sangre pura y democrático, para diagramar continentes con la premura de una rotativa que escupa periódicos que piante un lagrimón en los lectores con los territorios de ultamar, para narcotizar naciones poco colaboradoras con el progreso y hacerlas dependientes, para ver y comprender que los genocidios son palabrotas cuando son leídas pero necesarios para aquellos pueblos que ni visten ni calzan y me rezan al dios correcto y lógico si tras el exterminio se plantan aquellos que defienden los valores supremos de la libertada y la democracia aunque no incluya el derecho a la vida (por eso de las hojas caducadas y del comodín de una otra e ilocalizable vida tras la muerte). Los imperios nos protagonizan y sus emperadores son, desprovistos de la violencia, semidioses que alguna vez vivieron y nos trajeron al magnífico presente de la muletilla “nunca como ahora hay generaciones tan educadas y tan bien preparadas”. 

Poner en solfa o matizar o expresar un espíritu crítico sobre este choques de imperios que pugnan en la tabla de posiciones del campeonato imperial del porvenir; es decir, de la propiedad o en su defecto arrendamiento leonino de los recursos, es de “estúpidos”. Así lo dicen en Europa. Y están cabreados, sumamente cabreados, por quienes no adscriben a ciegas sus planteamientos. Tan cabreados que han geolocalizado en la periferia, sobre todo en la América por debajo del Río Grande, esas voces que incluyen variables visiones cuestiones que hablan de otros conflictos en desarrollo (los habituales entre la civilización y la barbarie) que recuerdan que en cada momento existieron justificaciones éticas basadas en un supuesto victimismo del momento para avalar y aplaudir la guerra invasión ocupación sin fronteras ni soberanías y en nombre de un bien mayor. A todas estas voces se les han acuñado ser “putinstalinista”. El mal por partida doble. Es en vano que digan que están en contra de la invasión rusa si meten como corresponsable de la guerra a la OTAN. No, están en “el lado incorrecto de la historia”, vista ésta como futuro y no como pasado. En la OTAN tiran flores y si los afganos la acusan de crímines de guerra, son afganos, no entienen que lo hacían por su bien. Dudar, no. Así que el imperio contraataca contra todos los estúpidos putinstalinistas (en el caso que alguna pluma se le reconozca con vínculos religiosos habría que añadirle estúpido putinstalinistasatánico; es una propuesta), adoradores del comunismo, de lecturas dudosas, de historias no oficiales, de memoria condicionada y resentida con una zaga de editoriales columnas comentaristas analistas expertos que dejan bien a las claras que el bien es uno grande y libre y el mal un kan que asola estepas bosques y montañas.

Como en la zaga de las películas de Lucas de cronologías y precuelas, donde nadie sabe si el bueno era malo o el malo lo era porque fue bueno o los socios están y después son enemigos o al sabio lo matan por ser sabio, en este presente de imperios en conflicto, de fronteras móviles, de milenarios relatos, de epicentros de luz, de porvenires catastróficos o venturosos y placenteros, de instigadores mercaderes, los muertos son los de siempre aunque todo el mundo diga que lo hacen para salvarlos. Sí, hay un conflicto imperial, pero muchas miradas, sobre todo las incómodas de aquellos que fueron sujetos a padecer tan magnánimo esfuerzo bélico en pos de…, bueno, de los recursos. Nada hemos aprendido de nuestras historias. Pero bueno, son palabras de un estúpido putinstalinista; y quién sabe, a lo peor también Darth Vader.

El Norte es el Sur

Nico, el más grande de los que se quedarán cuando deshaga las valijas, estrenó su piel a pura aguja de tinta. Bien, zanjado el tema enquistado durante años sobre las marcas que nos acompañan. Dos miradas. La despejada que ve amaneceres y la brumosa llena de atardeceres. No antagónicas. Acrónicas. Sin drama. La brumosa, claramente la mía, justificada por estar llena de cicatrices de una vida más presencial más de contacto más lesiva más de pedrada más de patada más mugrienta pulgosa rasqueteada, hecha un siete o pespunteada o cosida o pegada o rasguñada o quemada por el asfalto. Un mapa que cada mañana en la ducha revela al Neruda epidérmico que confiesa haber vivido. Lo habitual de la vida donde el contacto lo era todo y nada era posible sin el mismo. Así que la tradición de tatuarse, de añadir una marca artificial pese, sin duda, a libertad de hacerlo y el simbolismo implícito o la carga emocional de hacer perenne una emoción un instante una situación un recuerdo una persona, va a ser qué no, que dicen por estos lares (creo que fue la única estupidez que no hice, algo raro en mí, cuando la marinería entró en la tatuajeria de Immingham para concluir una curda de campeonato). De la mirada despejada, qué decir, tiene garra profundidad de campo es reversible fresca creativa y no necesariamente se adscribe a una tendencia.

Pero, ¿por qué cambiar mi arrugada y cicatrizada mirada? Es fácil: uno solo es veterano si asume que acumula varias vidas (no varias ideologías que entonces es un veterano de mierda) y que cada una te ha despertado en territorios diferentes. Así que cuando Nico me mostro, hinchado de mayoría indiscutible de edad, su tatuaje, fue inesperado y me gustó. Me gustó mucho. El loco se había tatuado en su costillar izquierdo el dibujo de Joaquín Torres García. El mapa. “El Norte es el Sur”. No pregunté el porqué; para qué estropear el momento haciendo esa estúpida pregunta. Lo entendí como algo suyo propio deliberado, como esos bonus track de los discos escuchados. Me descolocó. Y de colocarse y descolocarse tengo una maestría. Supongo muchas cosas que no vienen a cuento, pero creo que ese mapa dibujado por el maestro del universalismo constructivo es una declaración de intenciones, una brújula con un destino incierto, pero destino. Un destino al revés o al derecho, con latitudes y paralelos para atravesar, sin olvidos ausentes. A falta del mapa de mis cicatrices, trazarse el suyo propio y a contramano me alegra, aunque no auguré singladuras fáciles en un mundo de mesa puesta donde habitan los normales. El Norte es el Sur y es un lenguaje y está lleno de otros símbolos iconos pensamientos sentimientos a definir porque, así lo creo, quedarse con la primera edición del relato es mal asunto.

¡Al loro! Una mirada estrecha cruel canalla

“La mejor obra que hice como alcalde, sin lugar a dudas, fue el saneamiento de Madrid que, cuando llegué, era una de las tantas ciudades del mundo, diría que la mayoría, desbordadas por un crecimiento demográfico vertiginoso y un urbanismo político desbocado, cortoplacista y acomodado. Y costó mucho dinero, el saneamiento no es barato, fue la obra más grande y lenta. Por suerte, crear o sustituir la red de alcantarillado y traída de agua no concita debates, no compra o vende votos, es una obra necesaria para todas las personas y ya está. Fue una gran obra y larga, diría que siempre inacabada que la sociedad agradece sin aspavientos porque, de nuestros restos, los que generamos, no se habla salvo cuando hay inundaciones o son foco para epidemias. Pero no se ve, y tu sabes que de lo que no se ve, no se habla”, fue la respuesta, ya lejana, que Tierno Galván me dio cuando era plumilla en prácticas en una agencia de noticias, en su casa de Ferraz, con su sempiterno traje cruzado, lejos de la mediática imagen de abuelo de la movida madrileña tras la frase en el concierto del Palacio de deportes: ¡Rockeros: el que no esté colocado, que se coloque… y al loro!

Guarde la respuesta (o la esencia porque mis libretas yacen bajo tierra como aquellos grabadores-walkman) o la programé en la cabeza como una curiosidad a satisfacer por las ciudades que pasé y me detuve. En la nocturnidad se convive con los camiones de la basura, los barrenderos y las Carmen Maura empapadas por un gentil operario que baldea las calles. En la diurna claridad se comprueba como el paisaje, de pronto, se vuelve cemento ladrillo o chapa, asfalto o barro, el cuento de los tres chanchitos cuando hay sudestada o gotas frías o cómo carajo le llamen ahora a las tormentas con nubes preñadas de granizo o agua. Entonces, el desastre es inminente y los equipos de tv registran hasta dónde llegó el agua tras los amasijos de enseres que categorizan el desastre.

Ahora, de la contaminación producida por el aluvión de personas en los nuevos asentamientos o de los viejos fruto de la especulación urbanística, de sus restos, sus basuras, su falta de reciclaje o “civismo” sí se habla, pero asimétricamente (lo asimétrico nos define como sociedades del poniente) porque: o directamente el saneamiento no existe, o se ocuparon los cauces naturales (esos que dicen presente cada 100 años y hoy por hoy, por el cambio climático, vienen con mayor frecuencia) o las hay poco dimensionadas cuando crecen en densidad y altura…; sí, los centros y barrios aledaños están correctos. Por ahora.

A Tierno Galván en aquella entrevista le faltó el “por ahora” ya que los cachorros de los Chicago Boys devenidos del neoliberalismo que asoló los 70s a la actual doctrina libertaria o neolibertaria el campo de batalla es destruir las políticas de Estado donde el saneamiento era ese tema necesario y sin debate, fuese cual fuese el signo político de los gobernantes. Hoy es herramienta en la estrategia política y están dispuestos a bloquear y postergar las obras de saneamiento de bien común porque entienden que al rival (o enemigo) ni agua, aunque penalizan a la población (o porque buscan agrandar esa grieta en la clase media, siempre atemorizada en caer al abismo y por ello dispuesta a no mirar a sus vecinos; o porque alguna encuestadora les vendió las respuestas que querían escuchar en esas desopilantes estudios de opinión pública; o porque directamente son unos canallas). Hay muchos temas urgentes donde avanzar y también a defender del hackeo mundial de los libertarios y entre ellos, el saneamiento asociado al derecho vital del agua, pero también de la salud imposible entre basurales y al medio ambiente.

No es nuevo, pero en estos días ocurrió en Montevideo, en su Intendencia. La coalición libertaria en la oposición municipal bloqueó (votación ponderada) un fideicomiso por 70 millones de US$ ofrecido por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para acometer un plan de saneamiento en zonas carenciadas y un programa de limpieza en la ciudad que contaba con el aval por considerar necesaria la obra del Ministerio de Medio Ambiente (curiosamente, también de esa coalición que gobierna el país). Y lo han festejado como un triunfo muchos de aquellos que viven de un lado de la avenida que es frontera entre dos realidades (habrá que suponer que la canallada se absuelve en sus ritos religiosos de fin de semana).

Y es que los libertarios no soportan los sentidos y no van, salvo en campañas electorales, ven a las personas por televisión y cuando aparecen es para hacerse un selfie con un pobre al que desprecian o como los viejos caudillos, frente a las cámaras, reciben la solicitud suplicante de un trabajo para el hijo una pensión rechazada… Y se van, seguramente puteando por llevar los zapatos embarrados.

Si el viejo profesor Enrique Tierno Galván asistiese a esta nueva política de mercadotecnia en las obras civiles de saneamiento, levantaría su ceja tras sus gafas por lo inaudito. Ay, así como en su España está Vox, así como Josep Borrell creó un nuevo cargo para Juan Guaidó en Venezuela como el rimbombante nombre de “presidente encargado”, en Montevideo también hay una no intendenta libertaria llamada Laura Raffo (la intendenta encargada, supongo Mr. Livingstone) que tras perder las elecciones (y no ejercer cargo alguno) habla de personas olvidadas mientras las condena a vivir sin la mínima dignidad humana. Una mirada estrecha cruel canalla desde su lado de la avenida. ¡Al loro con los libertarios!

Un copón de fervor: Yes of this Earth

Asunto extraño es el fervor que en algunos se desata en la semana de pascua cristiana. Va por épocas. Cuando la malaria se asienta y nos pica el mosquito de la economía el desempleo el pandémico o el guerrero, el fervor crece. Los mosquitos no tienen la culpa, son mosquitos, pero se nos presentan organizados, consecutivos como un tren de olas que apenas te permiten dar una respirada entre ola y ola antes de sucumbir otra vez a los embates y revolcones de la “naturaleza” (¿de la naturaleza?, bueh, es otro debate el dedo Miguel Ángel Buonarroti y su libre albedrío para ser parte del problema). Nada nuevo, siempre es así cuando vienen estas temporadas (que de pronto son años, cantaba Silvio Rodríguez cuando daba una canción), aunque en nuestra supina petulancia sintamos que todo es nuevo y fruto de nuestra desbordante creatividad y conocimientos (nunca una generación estuvo tan preparada, se suele escuchar). Así que durante una semana, las imágenes milagreras salen a la calle (cuando no son estas épocas, hacen negocio los turoperadores) y marchan con rabia contenida marcando el paso. Ni bueno ni malo aunque el sonido trepe hasta mi buhardilla con la vana esperanza que estimular la curiosidad o recordar que la laicidad es una hoguera rodeada de devotos que  yiran y yiran y yiran con sones de guerra buscando almas desgraciadas.

Procesionan. Van con percusión y trompetas (diría que mis muros están más firmes que los del mito de Jericó) empujando a mantener el fervor pese a quien le pese. Visto, desprovisto del fervor, la puesta en escena con caras encajadas en el papel, parafernalia estimulante y sonidos cívicos-militares, te evoca el cine de la parroquia y esas películas de serie “b” del final de la niñez, de bajo presupuesto (en todo) y títulos ocurrentes como “Not of this Earth”, que un año atrás y con otro nombre y otro presupuesto rutilaban en las fachadas de los cines de estreno de la Avenida 18 de Julio. De romanos del farwest de mundos fantásticos (por eso estaban perdidos, era mi teoría) de marcianos de piratas… el mundo del cine prendía el proyector en el barrio para entretener a la gurisada. Íbamos a no verlas, a reírnos, a armar quilombo por la oscuridad y ese descontrolado picor de la sexualidad al vernos en la oscuridad iluminados por la pantalla  (el mayor acto de amor era tirarle un chumbito a la vecinita de en frente que te tenía loco de algo indescifrable, pero algo al fin y al cabo), hasta que fray Alejandro prendía la luz y campana en mano recorría el pasillo para calmar con tono amenazante y acento calabrés a las “pieles del demonio” desacatadas. Entonces nos resignábamos a verlas y reírnos sin aspavientos como estaba permitido. A veces, en las ciudades o planetas perdidos de plexiglás y de luz plana, el mal y la barbarie se mostraba co una procesión ritual (a un volcán a las fauces de un animal hambriento a un dios irascible a un rey de túnica…). No había presupuesto para caracterizaciones o grandes maquillajes por lo que todos los participantes del rito paradójicamente eran parecidos conocidos nuestros. La mayoría miraba hacia arriba como buscando respuestas (mirar hacia arriba es clave para formar nuestra estupidez, pero eso lo aprendí después). Procesionaban con gesto compungido, sin arrugar la cara, sin parpadear ni un cachito pero, eso sí, con colirio a granel para gotear lagrimones, qué el dolor o la emoción les iba por dentro. Dos filas con velas antorchas caracolas báculos (la música de fondo hacía lo que podía para contextualizar la solemnidad del momento, ya lo dije, el presupuesto daba para lo que daba) siguiendo a los sumos sacerdotes con sus letanías, manteniendo un paso en suspensa coreografía, en silencio rumiando. Las escenas del ritual nos provoca risas, en parte porque los elencos se repetían en distintas películas, en parte porque los extras siempre tenían el mismo papel tragicómico del hincha popular con distintos vestuarios, pero sobre todo porque entendíamos que la supuesta gravedad del momento fervor, en realidad, el director-guionista-productor ejecutivo pretendía hacernos reír con la caricatura del fervor (la falta de atrezzo, lo del presupuesto, ayudaba) en la mirada del otro. No eran planos secuencia y sí un combo de primeros medios generales para recoger esa catarsis esquizofrénica que poseía a los cofrades acólitos siervos adeptos del rito religioso. Pero, siempre existía el porqué de ese estado de trance religioso: beber de un copón humeante de fervor los drogaba, los llevaba al mal (en estas películas claramente era a la estupidez; por lo del presupuesto), los cariacontecía, los alejaba del vino de misa. Y eso, como en la película “Not of this Earth”, llegado al The End, no ocurría cuando se prendían las luces y nos desparramábamos por las calles.

Tras tres días rodeado de tambores y trompetas, de imágenes dolientes porteadas por patas sin cuerpo, de las dos filas de mantilla traje caperuzos uniformes y velas (y alguna que otra saeta muy sentida), me provoca la misma risa que en la oscuridad del cine de los padres Conventuales aunque no sé cuándo toman un copón de fervor para hacerlos marchar pidiendo que se termine esta época de malaria, u otras cosas, vaya uno a saber. Yes of this Earth.

¡Recordad El Álamo! y a sus esclavistas muertos

Dicen que David Robert Jones eligió su nombre artístico en homenaje a James Bowie un personaje de la milicia esclavista que se convirtió y es héroe nacional de EUA. Puede ser, quizás imbuido por aquel film de 1960 de John Wayne, “El Álamo” (actor que nunca ocultó su opinión sobre la población negra a la cual calificó como “irresponsible people”), donde la épica audiovisual llegó al clímax de este hecho histórico asumido, nunca controvertido, como referencia de la libertad y democracia, como refrendador del país de las leyes, como la necesidad de defenderse ante la barbarie del enemigo visto desprolijo oscuro incivilizado. Así David como tantos otros, desprovistos de la alimenticia crítica, pautados en un combo de educación familia juegos entretenimiento nos moldearon como vasijas seriadas andromorfas (el mito del hombre hecho de barro a imagen y semejanza de algún dios omnipresente). Nada en contra de David sea Bowie o Ziggy Stardust.

La defensa de El Álamo en 1836,  es el final épico y consolidado y nadie que lea estas palabras hiladas lo hará sin levantar la ceja cuestionando que si cada año dos millones de personas visitan la misión franciscana, en San Antonio, Texas, por un mero razonamiento cuantitativo, los más tendrán razón frente a los menos (que rompemos las pelotas).

La historia arranca en 1822 cuando Stephen F. Austin, conocido como “The Empresario” (buen título para una película que hable de oligarcas) y que da nombre a la capital de Texas, lleva a la practica el plan de su viejo, Moses Austin, de llevar a esa provincia mexicana a inmigrantes anglosajones que residían en estados sureños de los Estados Unidos. Para ello logra que México les regale a cada uno o unidad familiar (más o menos) 4.400 acres de tierra (casi 1.800 hectáreas) para producir algodón que estaba en máximos históricos de demanda en el Reino Unido por los avances tecnológicos. Además de las tierras, demandaron poder llevar todas sus propiedades para el trabajo: los esclavos (también la versión cristiana protestante de su dios y su lengua, que no era propia, pero esa es otra cuestión).

Todo bien, tierras fértiles poca competencia ventas aseguradas, pero, ¡ay!, los mexicanos eran tan atrasados e incivilizados que no querían en su territorio la esclavitud. Y no solo eso, no entendían que la esclavitud era la bendición a través de la cual serían libres, demócratas y civilizados (con el beneplácito divino).

Durante años (hasta 1836) estuvieron entreverando el relato que si Texas era diferente, que si el artículo 13 de la Constitución mexicana de 1824 que explicitaba la prohibición de la esclavitud tenía o no la salvedad de los llegados para seguir como esclavos y liberar a los nacidos en México a los 14 años o a los 24 años o nunca, que si los africanos (y los mulatos) eran más felices siendo esclavos, que el progreso y la civilización era gracias a la esclavitud, en fin todo ese relato que permitió que la población blanca, anglosajona y protestante fuese creciendo ayudado por la inmigración ilegal de sus iguales (no había mares ni muros ni alambradas pero ya existían las leyes sobre lo que era o no legal), además de maleantes y todos esos personajes que salen en algunas películas del farwest y que con cruzar el río, ya vivían tranquilos y a salvo la ley de Estados Unidos.

Fue en 1835 cuando los latifundistas anglosajones hartos de esas “incivilizadas leyes contra la esclavitud” deciden crear un Consejo General en Texas y a la par establecer sus propias leyes (sociales, fiscales y económicas) y comenzar la limpieza étnica contra quienes trece años atrás los acogieron obligándolos a abandonar sus tierras y refugiarse en otros territorios mexicanos. Algunas de las leyes fue poner un impuesto de 1 dólar por negro, la prohibición de entrada de negros libres, mulatos o personas con antecedentes de sangre negra para “prevenir la introducción de la insatisfacción y desobediencia en la mente de los esclavos honestos y contentos (sic)”. Y lo hacen amparándose en el reclamo de leyes (esclavistas), de la libertad (para esclavizar) y la democracia (solo para blancos protestantes y anglos).

El grito ¡Recordad El Álamo!, vigente en la actualidad entre las tropas de EUA cuando demandan un plus de valor para matar, nos evoca al resto de los consumidores de relatos con visos de algo supuestamente real a un John Wayne, un Richard Widmark, otro Frankie Avalon que interpretaron a los “héroes” defensores de El Álamo; a la necesidad suprema de morir por un ideal y si no queda uno, mejor (entre 184 y 257 esclavistas-defensores murieron, el dato está difuso); a la misión franciscana con nombres verdaderos como William Travis a la cabeza, James Bowie (el ídolo de Jones) y, entre otros, a nada más y nada menos que otro súper héroe infantil, David Crockett. Por supuesto que si hay buenos es porque hay malos y creo no errar mucho al decir que el general (presidente) mexicano Santa Ana (el malo y feo y sucio y maleducado y estrafalario y maloliente y borracho y mestizo y vulgar de otras películas), lo guardamos en la memoria de nuestros villanos ficticios aunque reales.

Todo muy épico y peliculero, pero el primer ¡Recordad El Álamo!, fue un mes después en San Jacinto en una no batalla de 18 minutos cuando las tropas tejanas al mando de Samuel Houston (otra ciudad en ciernes), masacraron a las fuerzas de Santa Ana cuando dormían la “sagrada siesta” (600 muertos, 200 heridos y pocos para contarla). Dicen que el grito insufló las fuerzas necesarias para dicha atrocidad inclemente.

Fue este hecho lo que originó la independencia y creación de la República de Texas y, como no, la primera constitución de la República incluyó los valores y libertades por las que aquellos anglosajones había peleado muerto pasado a la historia: “El Congreso no podrá aprobar ninguna ley que prohíba a los inmigrantes de los Estados Unidos de América traer consigo a sus esclavos a la República y mantenerlos bajo las mismas condiciones en las que se encontraban retenidos en los Estados Unidos; El Congreso tampoco podrá emancipar esclavos; Tampoco se permitirá a ningún esclavista emancipar a su esclavo o esclavos, sin el consentimiento del Congreso, a menos que envíe a su esclavo o esclavos fuera de los límites de la República. A ninguna persona libre afrodescendiente total o parcialmente, se le permitirá residir de forma permanente en la República sin el consentimiento del Congreso…”

En 1845, la República de Texas se integra como estado de Estados Unidos. Sudistas y esclavistas, por supuesto. Cierto que perdieron la Guerra de Secesión (1861-65), pero las vidas de los afrodescendientes poco cambió a mejor en estos casi 200 años, carentes de los mismos derechos en la practica que los eurodescendientes (ni hablar de los pueblos originarios y de quienes llegaron desde la frontera sur del continente). Eso sí, los ejércitos de EUA y la OTAN siguen gritando cuando los mandan a morir (a los negros o latinoamericos porque son carne más barata y quieren, al menos por un instantes ser parte del «we the people») para defender la democracia, la libertad y los derechos: ¡Recordad El Álamo! o Remember the Alamo!, vaya uno a saber.

Para esta nota, la fuente principal se ha tomado de la obra de investigación “La frontera Salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América latina” (editorial Baile del Sol) del arquitecto, profesor relaciones internacionales de Universidad de Jacksonville (EUA) e investigador, Jorge Majfud. Por supuesto, más que recomendable porque recoge documentos oficiales y privados, correspondencia y, sobre todo, bucea en la hemeroteca de la época en el lugar de los hechos.  

sea lo que sea; será

si quieren venir que vengan, le presentaremos batalla…, quedó como la frase dentro de un discurso que antes tendía la mano para una paz y evitar lo inevitable porque, es de esperar que ahora alguien concuerde,  cuando suenan los tambores de guerra, las pegadizas emotivas estimulantes excitantes marchas militares es difícil darle la espalda prender un cigarrillo apurar un whisky para que venga otro y pensar, bien para dentro, que por ahí una generación se sacrificará al pedo. y decirlo (pensarlo para evitar el frote del colectivo enardecido), sabiendo que es legítimo y está interiorizado el sentimiento de territorialidad que a cualquier visitante que cruce el río y trepe del bajo al centro, se desparrame por cualquiera de los cien barrios porteños, por su conurbano por la pampa encontrará una y mil veces referencias en escuelas calles plazas pueblos del tiempo de ñaupa. no. galtieri con su tono miliquero, de pausas enfáticas era tan tarado como otros que hoy son alimentados con secretos en sus oídos que nada pasará que a lo sumo unos cuantos morirán y eso está bien bárbaro estupendo emocionante necesario. pero las guerras están llenas de miedos llantos deseos de no estar de no disparar ni ser disparado de orines que bajan por la entrepierna de vómitos de sudor frío tan lejano a lo dejado unos días antes cuando la película tenía un final feliz. nada tiene un final feliz nadie quiere disparar herir matar a un otro que está igual de cagado pero con otra bandera. trapos. sí, están los adoctrinados, pero no vale la pena citarlos describirlos hablarles. cuarenta años han pasado y las escuelas calles plazas pueblos siguen siendo Malvinas Argentinas pero faltan los que fueron llevados al matadero jaleados despedidos con banderitas. ahora los supervivientes de ambos bandos andan transitando los sesenta y monedas. nada ha cambiado. la legalidad y el derecho aplica para unos, pero no para otros. ley de vida, dicen. es difícil darles la espalda prender un cigarrillo y apurar un whisky para que venga otro y otro, callarse la boca con tantos mamaderas ofendidos que reclaman el sufrimiento de otros porque morir morimos todos, pero muchas personas antes de tiempo. quedaron muchas palabras para decirnos, es un buen epitafio para el silencio de años. y que sea lo que sea; será.

Nayirah, la enfermera falsa

El próximo martes (5 de abril) el presidente Zelenski interviene por zoom en el parlamento español. Hay expectativa en las redes sociales para detectar gestos levedad en los aplausos, las veces que sus palabras provoquen interrupciones para aplaudir y hasta la posible osadía de no levantarse. Gracias a la pandemia la presencialidad, claramente más emotiva, no restará carga a la virtualidad de la pantalla. Por supuesto, las escarapelas o lacitos se podrán comprar a las puertas de la Carrera de San Jerónimo y por descontado todos los canales audiovisuales retransmitirán en vivo el acto. El evento se ha repetido en muchos parlamentos del mundo y por fin, negociado los tiempos y confirmadas las agendas ya está dispuesto por todo ese trabajo previo de una buena campaña de comunicación, imagen y relaciones públicas. Un trabajo ímprobo que lo presupongo desde alguna centra neoyorquina y sus delegaciones en Bruselas y, a su vez, locales. Se recaban los datos, se testean y proponen de acuerdo a la capacidad de interpretación del protagonista y, en este caso, hay suerte porque el presidente Zelenski es de profesión actor. Los discursos, hasta ahora, se han dividido en: poner en contexto a los parlamentarios sobre la invasión apelando a recuerdos emotivos de las propias tragedias vividas en los países que recorre este roadshow, los partes de guerra que varían según las últimas noticias que se difunden coordinadas por los medios de comunicación occidentales, el recordatorio de ser a imagen y semejanza del público en sala y por ello innecesaria toda esa burocracia de admisión en el club y finaliza con la amenaza (no velada) de ser las siguientes víctimas si el apoyo material y financiero no es el esperado. El tono las inflexiones dramáticas y a la vez épicas y/o heroicas, por descartada. Es actor. Lo mismo su indumentaria y el fondo (eso que tanto gustan de hablar los comentaristas en los discursos de navidad).

Es una estrategia de comunicación, nada que comentar porque solo es novedosa su virtualidad, pero poco por culpa de la pandemia que nos cambió o calentó la frialdad de un medio audiovisual en los discursos. Sí, curiosidad por la contextualización que los letristas (ya lo habrán redactado y aprobado y probablemente ahora estén con los ensayos que serán pocos porque el esquema se repite), en el caso español. Creo que habrán descartado referencias a la territorialidad dado el carácter plurinacional del reino, pero podría ser (imaginarse un Donbás catalán o vasco o gallego, generaría controversia y menos hacer de Gibraltar una Crimea porque a 14 km otros podrían decir que Ceuta y Melilla también lo son y chau al momento de rosas con Marruecos). Podrían remitirse a la Guerra Civil por el sufrimiento de las personas de ambos bandos, los bombardeos nazis, el apoyo del fascismo italiano y las brigadas internacionales equiparando a los rusos, los chechenos y los combatientes internacionales que acuden a la llamada de las armas, pero creo que habrán sopesado que el ganador de la contienda española fue Franco y durante 40 años mantuvo una dictadura nada democrática. Dividiría aunque bien tratado el texto y sobre todo las omisiones, podría ser aunque en la comunicación, uno de los objetivos principales es no generar una doble lectura, no dar lugar a las interpretaciones. Por ello, y por supuesto la equivocación es humana y a veces atropellar con vehemencia a las emociones tiene resultados, creo que la contextualización irá por los atentados del 2004, recordar y emocionar aquella barbarie donde, además, sus autores tienen la neutralidad de ser yihadistas repudiables y adoctrinados por el islamismo radical que, ahora relegado a un segundo plano, buscan expandir su influencia a través de la guerra. Vamos, como Putin. Es un golpe bajo, es la comunicación. Y seguramente todo esto parezca absurdo y fruto de una mente enferma, pero deberían recordar o poner en internet el nombre de Nayirah, la falsa enfermera kuwaití que el 10 de octubre de 1990 (campaña diseñada por la agencia Hill & Knowlton para el gobierno de Kuwait), declaró en el Congreso de los EUA sobre los supuestos crímenes de los iraquíes que asesinaban a los recién nacidos que estaban en las incubadoras de los hospitales de Kuwait (Amnistía Internacional llegó a cifrar en 300 asesinatos, aunque un año después pidió disculpas). Esta declaración inclinó la balanza de la votación en el Congreso para que EUA volviese al escenario bélico y fue el primer paso de una sucesión de guerras que nos llega hasta nuestros días y, por supuesto también, de la creación de los grupos terroristas que han atentado en occidente como por ejemplo, Madrid. La comunicación en la guerra es propaganda; de todos los bandos. Cuestionarla debería ser natural, pero por lo visto es estar en el lado equivocado de la historia. Veremos.

https://www.democracynow.org/es/embed/story/2018/12/5/how_false_testimony_and_a_massive

«Ganamos, perdimos, el pesto se lo dimos»

“Ganamos, perdimos, el pesto se lo dimos…” era el cántico de botijas cuando regresábamos de una derrota. Un cántico de olvido, de orgullo intacto, de alguna controversia a rememorar para contradecir al placar del resultado con nuestro juego en equipo. Ahora que lo recuerdo (he de decir que en no pocas veces la tarareé pa´mis adentros en infinitas derrotas que supone esto de vivir), imagino a los vecinos escuchándonos nuestro coral y agudo cántico de regreso al tiempo que con esa ternura de sabernos los sacachispas del mañana, pero sin poder evitar levantar sus cejas: “sonaron”. No había dramas había barrio y éste, además, estaba lleno de zaguanes donde esconderse de la lluvia y a veces de la policía cuando los partidos en la calle-cancha eran estruendos insoportables a la hora de la siesta y mandaban a los desgarbados canas de la seccional para poner orden (recuerdo una vez que tras corrernos varias cuadras, un uniformado pasado de kilos y apunto de vomitar el almuerzo, nos llamó desde una esquina pidiendo tregua a la escena de cine mudo: “no jodan más botijas con la pelota. ¿No pueden jugar más tarde? Sabemos donde vive cada uno y para la próxima marchan presos sus viejos”. Nunca ocurrió. Se quedaban con la pelota. Si alguna vez te agarraban, una hora o las que fueses hasta que te fuesen a buscar los viejos, te sentaban en la comisaria mirando el busto de Artigas). Sin dramas. Sabíamos quiénes llamaban y hasta nos compadecíamos por esos vecinos a los que vivir en el barrio con sus calmas y estallidos de euforia era una condena, un descenso a los infiernos de sus vidas. Eran vecinos no vecinos a la fuerza de su mísero destino. Vivían a contrapelo (eso creía y creo que cómo se han desarrollado los años en algo estaba equivocado) no siendo parte. No eran más que nadie, pero creían serlo y según recuerdo, tenían las leyes de su parte. Pero nosotros las desconocíamos y he de decir que, tras la apariencia de buena conducta, disfrutábamos del calor cómplice de nuestros viejos y los viejos de los demás y de los tíos nuestro o ajenos, de los abuelos propios o prestados, de los familiares putativos donde es difícil e injusto discriminar la sangre a la hora de ser primos o tíos. Todas las casas tenían un plato servido para una urgencia o imprevisto un mate con bizcochos para un desayuno la leche también con bizcochos o galletas o pan con dulce de leche para la merienda.

“Ganamos, perdimos, el pesto se lo dimos” vuelve en estos días por el asunto del referéndum. Es inevitable, y más en la distancia y más en el hemisferio norte y más por el terrible avance del individualismo como bandera y más por el verbicidio de la palabra libertad y más porque aquellos no vecinos hoy se disfrazan de vecinos, los más vecinos los más amables los más generosos (aunque nunca pusieron para el tablado) los más populares. Y es inevitable porque desde esta distancia se escucha el cántico y levanto las cejas sabiendo que también me equivocaba que el “ganamos” significaba estar, ser parte y nunca renunciar al futuro. En este largo camino que los más emprendieron primero al recolectar las firmas, 800.000 ni más ni menos, en la desigual campaña de enfrentar al aparato del estado con sus nuevas normas y formas, en el pestilente uso mediático, llegar a hoy, 27 de marzo, con las ganas e ilusión intacta aun sabiendo que la policía conoce donde vivís, es más que una alegría, es el pesto un baile una insolencia en estas cada vez más desdibujadas democracias a las que no se renuncian pero, ¡carajo!, cuestan.

Está pareja la votación, pero se escucha a la muchachada “ganamos, perdimos, el pesto se lo dimos…, ganamos, perdimos, el pesto se lo dimos…, ganamos, perdimos, el pesto se lo dimos…” Y eso, ya les jode a los no vecinos que ahora son gobierno. Sí.