Acerca de

Castigados

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Somos malos. Y malas. Males (¡Oh, no!, en nuestra lengua de anglicismos hipsterianos, males es machos. Bueno, era una broma. Seguiré hasta que decidan ponerlo todo femenino o neutro. No viene al relato). Merecemos un castigo. Debemos aprender con dolo (lo explicaba hace unos meses la responsable de Orientación de un instituto coruñés sobre el uso del teléfono por parte de los estudiantes y la necesidad de castigar para aprender. Una orientadora modera. En la edad de piedra.). Y no con un pañuelo de seda para atar nuestras manos. Con sufrimiento para escarmentar. Y todos. Y todas. Sin discriminar. El concejal de Mobilidade de la ciudad de A Coruña, se negó a plantear una alternativa lógica a los recurrentes accidentes de camiones en el túnel de la Marina. “Hay tener paciencia, es un atasco. Si se vuelve a repetir, haremos lo mismo”, afirma. Pero no es un atasco cualquiera. La ciudad es una península. Si se corta una parte del istmo, todo se atasca en la única vía restante. Y si el corte dura 24 horas, bueno, el caos es total. Lo peor del caso es que existe una alternativa. Pero no, el castigo desciende sobre los pecadores y pecadoras que utilizan su coche para desplazarse al trabajo, para una cita médica o de cualquier índole o para una emergencia (estimado concejal, la propia orografía distribuye las empresas por la comarca, no todos ni todas, tienen la misma suerte de que usted y yo con la oficina en el centro. Igual, yo voy caminando y no en bicicleta lo que me permite mirar mejor la ciudad). También para quienes mal utilizan el vehículo. Y, por supuesto, para el transporte público que no tiene la virtud de esfumarse y aparecer más allá del accidente. Sabemos que el túnel seguirá siendo una trampa para camioneros gracias a que un alcalde ególatra lo hizo mal y otro, despistado y con necesidad de votos, lo prolongó también mal. Llegada la nueva administración, no se ha hecho nada efectivo (cabe destacar que, a la hora del descomunal atasco, por lo menos, la pantalla led de la calle de La Torre, estaba apagada, no cumpliendo con su función de avisar y ofrecer alternativas. Hecha la trampa, se buscan remedios. Uno de ellos, muy judeo-cristiano, es el castigo. Y de sus palabras, me puedo equivocar, se destila un toque de soberbia, de moralina de sacristía que no resiste un round. Lo digo porque verá lógico no sustituir por bicicletas la recogida de basuras, o otros servicios del municipio que necesitan de rodado mecánico. Están en las calles trabajando. Como la inmensa mayoría de las personas que estaban en el atasco. Qué la ciudad se vive mejor caminando, por supuesto. Pero es o no posible. Y para solventar las incidencias, están las administraciones con sus ocasionales administradores. Para vivir en otros mundos, está Syfi o los dibujos animados. Esperemos que cuando el séptimo camión se atasque ya estemos próximos a elecciones y algún asesor o asesora le diga al oído que estaría bueno para los votos que abriesen por unas horas la alternativa de la Marina. La movilidad sostenible, también es eso. Y el castigo, bueno, con pañuelo de seda.

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Cosa nostra

1544115781_466551_1544370320_noticia_normalFotografías publicadas por el matutino español El País

Los escenarios son sórdidos. El poder seduce. Da igual cómo se presente. Dicen que son cinco. Ilusos. Todos responden a un mismo patrón: la omertá. Guardan el silencio de una gran familia que defiende “una cosa nuestra”. Y están llenos de códigos latentes y lenguajes encriptados, corporativos. Son sus leyes y cómo las expresan. En 1931, Salvatore Maranzano (hay que suspender la primera ene entre los labios para que la zeta salga desde la garganta y se recree en el paladar antes de ser sonido), asesina a Joe “The Boss” Masseria dando forma a la Cosa Nostra moderna, con el reparto del territorio y actividades. Después, Lucky Luciano lo asesina a Maranzano y pone en marcha La Comisión, donde las cinco familias comparten proyectos y dirimen conflictos. Cada familia tiene un organigrama similar, desde el soldado hasta el capo pasando por el consejero, el contable y los distintos capitanes a cargo de la tropa. Cada familia representa un papel, desde el acomodo político, judicial y policial, al industrial y los derivados de los negocios ilícitos. Sus códigos, en algunos casos, les impiden (ya es pretérito), participar directamente de negocios contra el honor (tráfico de estupefacientes es el típico), pero no renunciar a la parte económica que les corresponden como “accionistas”. Durante más de un siglo, definido su espacio de poder en la cotidianidad, han logrado estar y ser un peaje más de la vida de las personas, cada vez más público y menos ciudadanos. Así, durante décadas, ese confuso personaje que inventó y dirigió el FBI, John Edgard Hoover negó la existencia de un sindicato del crimen permitiendo su naturalización y arrojando dudas sobre los audaces (traducción libre de mafiosos), de la Cosa Nostra. El desembarco en Sicilia de la II Guerra y la campaña de África fue facilitado por la intervención de Meyer Lansky y, sobre todo, Charles “Lucky” Luciano. Y, hoy, Las Vegas es uno de los principales destinos turísticos de los Estados Unidos (para toda la familia), gracias a la visión empresarial del gánster Bugsy Siegel. Por medio quedan muchas personas que ni los Soprano pueden dulcificar.

En estos días, una investigación periodística trae al escaparate mediático a 18 curas españoles implicados en abusos a menores en España y en los destinos de África y América del Sur y Centro y el sistema creado para dificultar la investigación, detención y juicio. El cardenal Bernard Law (chiste de apellido) y Boston parecían lejanos, también, México, Alemania, Australia, Chile, Reino Unido… Cientos de miles de niños abusados o violados. Naturalizados socialmente como “cerdos” o “guarros”, pero nada más. Prófugos, “de aquella manera” algunos, otros en un limbo legal, otros que sí pero que no. Y todos amparados por sus organizaciones, más antiguas y poderosas que las familias mafiosas, por la omertá de estas o las explicaciones cínicas de obispos y cardenales que palidecen aquellas salidas del juzgado de Paul Castellano sabiéndose ganador. Organizaciones divididas por su actividad, por su función, por su aportación al capo di tutti capi que mantiene la familia, la iglesia. Y si las neoyorkinas fueron y son los Lucchese, Gambino, Genovese, Colombo y Bonanno, estás son Agustinos Recoletos, Maristas, Salesianos, Clérigos Viatorianos, Jesuitas o las diócesis de Barcelona, Salamanca, Toledo y Tarragona.

Jorge Bergoglio pareció a la jefatura de la iglesia con aires renovadores. El tiempo los ha ido viciando. Sigue siendo efectista para que nada cambie. Sigue aceptando que curas investigados y condenados se escapen de la ley bajo el amparo de sus organizaciones para continuar con sus delitos en otros países. Cada día más se asemeja a Joe Colombo cuando creo la Liga de Derechos Civiles de los Italoamericanos y de victimarios se convirtieron en víctimas (en 1972 de verdad cuando atentaron en un mitin y dejaron en estado vegetativo a Colombo). La Cosa Nostra mediática. Ruido. Masas. Actos públicos. Televisión. Igual que la iglesia. Pero el backstage del poder, el sórdido escenario, huele a crimen amparado por la omertá. Juzgarse es “cosa de ellos”. También castigar o absolver. Soportarlos, es cosa nostra.

 

Vox populi

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El 15M nunca fue un tsunami. Apenas olas ruidosas, arboladas, llenas de espuma fascinante que ocultan los remolinos internos de energías que pugnan por una cresta efímera. Las orillas sus fronteras. Después, remansadas, transformadas en espejos de vanidades, retornan al mar para volver a ser olas. Solo olas. A la espera de vientos favorables o acomodadas en suaves brisas que una y otra vez las devuelven a las orillas como recuerdo de galernas pasadas. Nunca tsunamis, solo una bronca pasajera inconexa, vuelta mar, inundada por un orden denso, apisonador de ligerezas. Pero existen los tsunamis. La mar es un gran poder.

Otro gran poder en el reino, asentado tras la funesta batalla de Las Navas de Tolosa, crece bajo las restingas formadoras de olas. Hasta ahora camuflado entre otras formaciones, visible acaso en demostraciones flagelantes de cristiandad arcaica, de arraigo bituminoso, peineta y gomina. Un gran poder patrimonialista que podría ser húngaro, estadounidense, brasilero, filipino, francés, italiano… Una minoría poderosa que solo explica un mínimo porcentaje de un resultado electoral. Falta el resto.

Cada vez que un resultado electoral pone el foco en los homos primitivos surgen las preguntas para saber si pueden ser nuestros vecinos y el porqué de su elección. Sí, claro que lo son. En una sociedad etnocéntrica, el juego de la silla se vuelve ansiedad descontrolada que alguien lo puede canalizar hacia el voto de quienes nunca participarán del reparto pero necesitan identificar y culpabilizar a un colectivo. Son tan patanes, están tan asustados y se sienten tan acorralados que basta un clic emocional para abrir una espita visceral e irracional que los desinhibe conformándolos como colectivo que se defiende, cada uno con su particular enemigo, de un estado al que consideran pusilánime.

No es poca cosa contar con el aval de 65 millones de estadounidenses que votaron a un troglodita como presidente, saber que otros también se imponen en países más próximos. Leer, ver o escuchar cada día la impunidad de quienes, desde gobiernos, desprecian a otras personas e incitan al odio proclamando que las minorías son culpables por pedir equidades y derechos. Una partitura que, puesta en el contexto de cada votante, suena a explicación sencilla y elemental de sus propios males. Males económicos, siempre. Con plata todo se arregla. Y surgen las identidades nacionales cargadas de genética e historia construida, de creencias, de usos y costumbres decimonónicos a recuperar.

Se quitan los capirotes y aparecen los melancólicos de un pasado a recuperar, los paranoicos de invasiones, los esquizofrénicos que no admiten a una mujer como persona igual que ellos, los masoquistas que defienden al que los desprecia, los sádicos que ejemplarizan con el castigo, los obsesivos que ven en cada acto ajeno el desmembramiento de su cuerpo, los fóbicos que cada mañana defienden su rutina como única y amenazada por los otros y hasta los fetichistas de cruces, cirios y látigos contra la debilidad de la carne. Una fauna de patologías larváticas con las que se convive porque, digamos lo que digamos, era vox populi que estaban bajo la epidermis nacional y cristiana, y que tarde o temprano saldrían a la luz. Solo necesitaban unos mínimos motivos, sus crisis, y unos supuestos enemigos. Habrá más y se convertirán en ola. Nunca en tsunami. Están abocados a chocar contra otras olas iguales, a odiarse entre ellos, a reclamarse cuentas pendientes, algunas históricas y otras religiosas, a mirarse los culos genéticos. Era vox populi que bajo la piel anidaban esas larvas.

El ascensor

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Madrugada. El ascensor se convierte en la última frontera que franquear antes de la intimidad. De una u otra forma, el artilugio te ve incandescente, retorcido, picajoso o te recuerda que llegas igual de ileso que siempre, sin una cicatriz nueva que te haga sentir vivo. Hay toda una secuencia de puertas cerradas que se abren al paso del retorno y solo esperas que el colega elevador esté en la planta baja y no en el sexto piso del matrimonio que invariablemente sale a cenar y se toma unas copas la previa de un feriado. Tenes prisa. De verdad. Sería un detalle que estuviese esperando. Y cuando ocurre, ¡bien ahí! Cuando no, mierda, hay que ver lo lento y parsimonioso de su descenso. Hoy estaba abajo. La edad te vuelve el estómago delicado. Bien. Toqueteas el ascensor para darle ritmo de percusión al ascenso y sabes que la relación será breve. Hay ascensores y ascensores. Este no estará muy presente en el futuro. Y pasará al olvido. No es por él. Forma parte de una trama que se alarga innecesariamente. Tampoco tiene alguna singularidad para rescatar. Dos puertas, formica y un espejo sólo utilizable por las mañanas para comprobar que no salís con las alpargatas de casa y el cuello de la camisa doblado. Por la noche, el espejo no refleja. Por suerte. Y poco más, no tiene la lentitud de los ascensores de madera, cristal y fierro, infidentes de platos rotos y griteríos, de aburridas noches de televisión compartida a todo volumen o de discusiones laudadas mucho tiempo atrás. Tampoco la agilidad de los cubículos de acero inoxidable que saltan los pisos de dos en dos. O los que no tienen puerta y vas viendo cómo se atraviesan pisos con sus números, cerrando los ojos para acertar el tiempo que le lleva subir a tu lugar en la colmena. Y, tampoco, los que cerraban con una reja comedora de dedos descuidados. Alguna vez, soñé con ser ascensorista y detener el mundo con su palanca. Solo llegué a ayudante ocasional en las Galerias Socoa. Este es un ascensor y nada más. Chico y que rara vez se comparte. Por eso, lo olvidaré. Pero hoy, sólo hoy, estaba abajo, esperando, aliado o cómplice para llegar y reconocer que bajar no fue una decisión acertada. Otra más.

¿Soy una tonta?

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Generalizar, obviar la duda y los matices que acompañan a las circunstancias, no vienen al caso. Sin embargo, hay trabajos y profesiones, donde la singularidad, la empatía y la proximidad son tan imprescindibles como plasmar en un papel un relato de hechos. Hay una excepcionalidad para quien se sienta de un lado de la mesa que el otro nunca debe olvidar y, por el contrario, fomentar la ayuda para que la emoción no desvirtúe la realidad. Es el caso de presentar una denuncia en una comisaria. La rutina del funcionario debe contemplar estos principios más allá de atender los números de casos que se le adjudiquen al día. Caso, para quien denuncia, es único y excepcional, no registrado e incapaz de contenerse en la experiencia. Qué decir, si la protagonista de los hechos es una persona menor de edad.

Difícil conocer los mecanismos de selección personal y puestos, de las valías o competencias por medio de las cuales unas personas tienen un destino concreto. Difícil saber y son supervisados, si con una periodicidad oportuna pasan exámenes psicotécnicos que garanticen el correcto desarrollo de sus funciones. Difícil saber si la descortesía es norma adquirida, si la frialdad es aconsejada o si la duda viene justo antes del saludo (quizás exista una percepción sobre vestimentas o gestos de los denunciantes que prejuzguen una intencionalidad). Difícil saber muchas cosas para justificar situaciones que, a mi entender, no deberían ocurrir en una comisaria.

De las aptitudes, pasan por una academia de policía, deberían tener presente que existen diferentes formas de agresión y que el dolo puede ser tanto físico como emocional. Así, cuando una víctima reacciona ante una agresión en grado de tentativa huyendo para buscar ayuda, no desaparece el delito, o cuando menos, amerita averiguar la concurrencia de hechos. Es decir, no se puede decir, antes de sentarse a escuchar los hechos, el porqué de la denuncia sino no concurrieron daños físicos. En este punto, valdría la pena recordar, para los profesores de la academia (a lo mejor lo hacen y después no se cumple), que somos sapiens, que nuestro cerebro forma parte del físico y que los daños se miden en las sinapsis incontroladas que surgen ante el terror de enfrentar una situación donde hay una agresión en curso y su correlación con el resto del cuerpo; sea sexual u otro tipo. Los impulsos nerviosos se disparan y se entra en pánico o shock. Sí, no hay rasguño epidérmico. Lo hay, emocional.

Puestos en escena, la víctima que denuncia (que en este caso tiene 13 años), ya empieza a cuestionarse lo vivido y si es realmente necesaria la denuncia ya que la autoridad así lo dice. Nervios, bloqueo, inseguridad al explicar cómo fueron los hechos, mientras se autoevalúa como persona. Obviamente no está sola en la sala y arranca la declaración. Hay excusas sobre falta de personal, sobre situaciones generales, sobre que sus compañeros en las calles, quienes habían solicitado hacer la denuncia y cuyo trato, hay que decirlo, fue exquisito y profesional, tomando tiempos y pausas necesarias por el shock del instante recién vivido por una menor de edad, sobre que “dicen demasiadas tonterías”. Surrealista. Y, puestos en el relato de los hechos, resultaron verosímiles, creíbles y hasta en el final, ya olvidada el comienzo, susceptibles de halago por reaccionar escapando del individuo que, además, actúa de forma reincidente en la ciudad, según la policía, “tocando el culo de las niñas”.

Justo antes de pulsar el botón de publicar, leo una noticia en un periódico local: «El 90 % de las mujeres con las que trabajo dicen que no volverían a denunciar, que no se sintieron amparadas ni comprendidas y que optarían por otra vía», advirtió Mónica Novas, psicóloga clínica y agente de igualdad del Centro de Información de Mujeres (CIM) de O Salnés.

Al salir de la comisaría, solo una conclusión le ronda a la niña de 13 años que ha enfrentado revivir lo acaecido y que resulta injusta: ¿soy una tonta?

Un enfermo depredador

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Este es el deprador que lleva tiempo actuando y hoy, lo ha vuelto hacer.

Sé que sos un enfermo. Un enfermo que hace daño. Vas marcando niñas de por vida porque de eso se trata tu enfermedad. Probablemente te odies, suele pasar. Pero ellas, las ellas que viven su recién estrenada vida no son las culpables de tus males, de tus instintos depredadores. En caliente, no te cruces en mi camino. Por eso escribo tibio. Sé que sos un enfermo porque tus ataques son al azar, cuando te habla esa oscuridad de tu cabeza, sin medir ocultamiento, imponiendo tu físico al que seguramente odias. Alguien dirá cuál es tu enfermedad. No me siento justiciero. Tampoco caritativo porque haces daño. Daño. Haces daño. Y si aún te camuflas, no es tu logro, es nuestra culpa. Culpa por no achicar espacios, por no ser solidarios con el otro, por nuestra exquisita displicencia. Culpa por no tener una mirada prestada, regalada. Culpa por no llamarte enfermo. Y ese es tu hábitat, tu zona de caza. Que la policía pida que se haga la denuncia explica la soledad en vivimos rodeados de personas. Dicen que es mejor no meterse, no hablar, no tener problemas, que a las niñas se les pasa con el tiempo, que serán terrores nocturnos y después lo olvidarán. Dicen los teóricos de bolsillo. Lamento que la nena te haya cruzado este mediodía en un supermercado. No hay vuelta atrás. Ya le jodiste un pedazo de su vida. Y las imágenes de hoy, le volverán como un castigo y una pregunta. Y sé que sos un enfermo. Pero no hay perdón. Para vos y para quienes te mantienen libre mirando para otro lado, mudos. Será mejor que no nos crucemos por la calle porque, aunque tu enfermedad solo busca niñas como víctimas, el daño es colectivo y no están solas. Sos un enfermo. Solo por eso escribo tibio. En la ciudad hay un depredador. Un enfermo depredador que sobrevive por las ausencias.

El valor de la tapa

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Nacer y criar hijos semeja ser una alcancía donde los diferentes colectivos que obligatoriamente se presentan como peajes de un recorrido vital, meten monedas. En los términos que manejan: valores. Desde la guardería, pasando por la escuela, la secundaria y hasta en la universidad, unas personas habilitadas te explican, miden y reajustan, si se les deja, los comportamientos y valores que van a introducir por la ranura cerebral de las criaturas. Sin permisos. Avalados por el consenso de lo que es bueno o malo, limpio o sucio, aceptable o rechazable, moral o inmoral… A casa llegan como apropiadas o inadecuadas, conductas, hábitos y objetos. Esas criaturas que alguien tuvo en su panza y otro alguien la vio crecer, empiezan a convertirse en el conflicto interno, en el mejor de los casos. En el peor, se asume que, aunque no entiendan sus mensajes, son portavoces de valores comúnmente aceptados. En la universidad, el quilombo ya es suyo y que lo arreglen ellas. Pero los valores van incluidos en todas las actividades extraescolares, culturales, experimentales, deportivas y en esos grupos de amigos que se conocen como progenitores de criaturas que es tan delirante como quienes forjan amistades paseando perros. El reclamo que justifica el precio son los valores asociados. Es la formación, siniestra palabra que define como se moldean a las criaturas para ser parte y contraparte del mercantilismo social, emocional, sensorial.

Hace unos días asistí a un foro sobre el deporte. Reconozco que presté atención a los discursos porque siento una fascinación especial por el morbo. Sacrificio, superación, compromiso eran los valores que se vendían. Y para ello, en este punto existía debate, las personas que habían alcanzado el éxito debían jugar o no un papel protagónico. Irremediablemente, acudieron a mi cabeza un ramillete de deportistas que me jorobaría ponerle la cara a cualquiera de mis hijos. La contraparte, representantes de deportes o clubes de base, dudaban si era bueno o malo. En todo caso, coincidían que, a través de sus organizaciones, las criaturas serían mejores personas y de ahí la necesidad de apoyar su labor (económicamente) y el consenso para el sector privado patrocinase camisetas y recintos deportivos como la mejor relación coste impacto. Parece ser que inocular esos supuestos valores tiene un coste reversible si las criaturas llevan las marcas en las camisetas.

Perdido, el morbo también implica una situación o personas que lo provoquen, desconecté del turno de preguntas y respuestas sumergido en una notoria ausencia: nadie hablaba de placer o diversión; nadie planteaba que sus organizaciones eran focos para el deleite, para la ficción de una actividad como contrapeso a la aburrida realidad diaria. Hoy, escuchando a Alejandro Dolina opinar sobre el ataque de hinchas de River al ómnibus de Boca, pone el acento en algo importante: la incredulidad necesaria (la fe poética), para sumergirse en un acto (también los culturales), que es un regalo ficcionado y no un motivo de vida. La vida no es mejor por el resultado de una competición. Y se pregunta, cómo se hace para que una persona no tenga como máximo objetivo de su vida el triunfo del domingo.

En estos días ha tenido cierta relevancia una noticia sobre un resultado de fútbol infantil: 30 a 0. Se ha dicho que es una falta de respeto, una humillación, que son niños, etc. Se tatuaron ganadores y perdedores para siempre. En ambos casos, mal. En ambos casos, protagonistas involuntarios. Los valores que se venden son así. No se juntaron dos equipos para disfrutar de un partido. Y competir es innato, lo mismo que disfrutar. ¿Es necesario someter a unos niños a semejante situación? Dolina responde a su pregunta: “dándole una vida mejor, si uno tiene una vida más rica, más compleja, con los bienes que la educación provee; es decir, tener una mente más lúcida, más compleja, más llena de cosas…” Y eso, se consigue en la proximidad, en el roce, fuera de horario de cumplimiento en las organizaciones que marca la ley. Sin valores escritos ni propuestos. Disfrutando incrédulamente de un espectáculo donde se participa o se comparte. Con los gurises, solo hay una regla: terminada la ficción de la función, disfrutar del valor de una tapa sin que importe el resultado. Rozándonos, acariciando nuestro disfrute ocasional para prolongarlo en el tiempo. O eso creo.