Acerca de

Sólo busco otra chica

“Bueno, no quiero cambiar el mundo, no estoy buscando una nueva Inglaterra,
sólo busco a otra chica…” retumbaba con una guitarra conectada a un vetusto Marshall en los caños londinenses de acarreo de ganado en pie rumbo a sus tediosas diarias de té con leche en cocinas enmoquetadas de rubia en bikini en la tercera página del Sun de sándwich de cremas y pavo partido en cuatro triángulos para alargar la media hora de almuerzo de borracheras a la carrera antes de la campana de sexo automatizado. Está bien o mal o no lo sé pedir deseos a estrellas fugaces que son satélites, hardware espacial que dicen y entendemos como nuestra felicidad, parece propagar en sus ondas entubadas Billy Bragg. Fuera, exhumados, el conflicto llevaba años. Así debía ser. Derechos y libertades que se peleaban para romper la milenaria condena de Sísifo del día a día del yo-tú-él-ella-usted-nosotros-vosotros-ellos-ustedes (algunos no. Pocos. Pero admirados. Deseados. Emulados. Adorados). Y sí, se perdió. Perdió el amor en todas sus expresiones, el amor político, el sentir por quien se desconoce, pero se percibe igual de necesitado de vivir que la imagen que nos devuelve el espejo cada mañana.

Renunciar a cambiar el mundo se ha vuelto cambio. Qué loco. Los baby boomers ajados cansados canosos oxidados descolocados jubilados enrocados en el relato de un siglo pasado y por ello derrotados so pena de ser estigmatizados como no democráticos, nostálgicos de violencias callejeras-sierras maestras-casbas-selvas, peor, populistas contradictorios conversos, ya fuimos. Mirar al horizonte pasa por saber que el sistema colapsa. Solo.

Gracias al brexit, ¡bien brexit!, sabemos que la estacha está a punto de cascar, que sin las personas nada funciona. que el relato del empresario como generador de empleo basura-esclavo-caritativo-xenófobo no funciona. que los baby boomers ya pocos quedan para asumir la derrota. que se llamen como se llamen las actuales generaciones no transan. que no se avergüenzan con su no trabajo por un salario de miseria. que saben que hacen falta pero no para transformarse en ese ganado en pie que transitaba por los caños de la guitarra con voz de Bragg. que si odias mi color acento olor, mi cultura, se siente, es lo que hay valor. y no hay más. oh, pobre Inglaterra, pobres centros de poder que ya nadie quiere pintarles en la pared. Pensaban que la muchachada del hoy sería tan inocentes como lo fuimos nosotros, que bastaba con tirar unas monedas en la funda de la guitarra y seguir el paso. no. dos, tres, cinco años a lo sumo para que nosotros seamos outsiders que sólo busquemos otra persona para perdernos entre sus piernas y ustedes, simples egoístas, lidien con el dilema de ser inclusivos, equitativos, diversos porque les va en sus billeteras (lo único sagrado en sus miserables vidas). “I don’t want to change the world, I’m not looking for a new England, I’m just looking for another

El juego de la oca

Durante diez años los aqueos guerrearon, fueron guerreados, tentaron entrar, rebotaron, obedecieron, acataron, pero sobre todo, se aburrieron un rato largo entre tanta orden confusa de avanzar-retroceder-amagar-confinar. Diez años en perspectiva, tal como se relata la historia, son un suspiro, pero hay que vivir la diaria de esas 24 horas x 365 días x 10 años. Un coñazo diríase por los aborígenes de la península del Poniente europeo. Y, para entretener a la huestes acampanadas, vaciarlos de inquietudes y explicarles que estaban al albur de las circunstancias sin margen de maniobra, transitaban el tiempo jugando con el disco de festos, hoy considerado el origen del juego de la oca. Después alguien le dio una pensada y vino el caballo, pero mientras, para atrás para adelante en la cárcel o en el pozo cruzando puentes cayendo en la muerte y dados que sigan tirando los dados (la versión de las casillas encriptada para descubrir el Camino de Santiago by Templarios, bueno, es eso, una versión).

Tres mil y pico años después, el juego de la oca es un clásico de los juegos de mesa que sobrevivió casi como un medidor de la buena o mala suerte que nos acompaña para recorrer esas 63 casillas hasta el jardín-paraíso-edén de la oca, llegar por fin al final, sin otra estrategia que el azar de los dados.

Un juego estúpido, pero nos explica devenidos en fichas que un dedo mueve a su antojo desde marzo del 2020. Los científicos fueron claros, lógicos y alejados de pronósticos explicaron las reglas de una pandemia. Había muchos otros juegos de mesa para plantear estrategias, adelantar movimientos o calcular que casa casilla conlleva una siguiente jugada. No. Vistos por nosotros mismos, hemos preferido convertirnos en fichas de la oca, dejarlo a la azar de los dados y, tras 19 meses que arrancamos desde la casilla de salida, las nos confinamos usamos mascarillas dejamos de besarnos nos separamos para llegar tira por que me toca a los puentes de ya está controlada el vamos que se puede ¡qué vienen los turistas!, la mirada comparada de lo mal que van en otros lares o de lo bien que van en esos lares al vamos primeros-segundos-terceros somos buenos malos, las mutaciones Delta (plus, plu+plus)-indias-brasileras-Ómicron (las que vendrán esperando la carroza), salvamos la navidad (uno y dos ya en los cines) vacunados uno-dos-tres (¿vendrán cuatro-cinco-seis?), salvemos la economía porque sin economía ¿qué carajo somos?, ya estamos llegando a la normalidad nueva vieja ajada ¡pero normalidad!, hasta que listos para llegar al jardín de la oca, mierda, caemos en la casilla de la calavera y vuelta a empezar desde el inicio.

En una pandemia, lo decían en marzo del 2020, hasta una inmunidad total y global no existe el politiquero claim: “está bajo control” y menos aventado con exclamaciones. Podíamos haber elegido otro juego, seguramente no habríamos llegado al contador de 4 millones de muerte que sigue creciendo, más acorde a lo que pretendidamente creemos ser, pero no (aburrimiento-pereza-azar). Somos las fichas del juego de la oca o del disco de festos y parece que falta mucho para inventarnos el caballo de Troya. Vaya, igualmente nos quedará la Odisea de Ulises.

La culpa fue del chachachá

La culpa es de Francia. La culpa es del no gobierno, véase anarquía resultante y olvidada de la postguerra de liberación en Libia que yace traspapelada sobre un escritorio de asuntos a reparar del Subsecretario de la Secretaria de la Dirección Internacional para el Desarrollo de Democracias, Asuntos Religiosos y Explotación de Materias Primas Público-Privada de Naciones Unidas (SSDIDDAREMPPPNA por sus siglas en esperanto y espanto). La culpa es de Marruecos que chantajea a las bienintencionadas democracias europeas con el Sáhara Occidental. La culpa es de Turquía nostálgica del Imperio Otomano codiciosa, rara, entre europea y asiática, conflictiva, poco fiable, digna de una pasión y por ello pasajera, despechada. La culpa es de Siria, otro caso casi parecido de la SSDIDDAREMPPPNA. La culpa es de Argelia, temida y acariciada. La culpa es de Mauritania (bueno, primero aclaremos que linda con Marruecos y Senegal). Este, Senegal, también tiene la culpa. La culpa es de Guinea Conakry, Togo, Nigeria, Guinea Ecuatorial, Costa de Marfil, Mali, Congo, Benín, Camerún, Liberia, Sudán del Sur y Norte, Ghana. La culpa es de Irak que no reconstruye con los buenos, geniales, de vaqueros y lentes de sol contratistas y así no hay que viva. La culpa es de Afganistán donde gobiernan los malos más malos, pero recontra malos (los veremos en alguna película del 007 porque Rambo tenía el límite intelectual que tenía y los confundió con los “luchadores por la libertad” y parece ser que en el fondo le tomaban el pelo, de ahí la vincha en su pelo, como al matón de esquina). La culpa es de China que anda sobrada de personas y se alivia por los aliviaderos fronterizos para colonizar a los que, toc-toc, tocan su muralla. La culpa es del islam, ya lo dijo un apóstol obispo de Valencia, que disfraza de desesperación a sus muyahidines de corta edad. La culpa es de Bielorrusia, que ya es culpable por el nombre, por ser peón de la Madre Rusia que es tan genéticamente mala como lo fue la URSS. La culpa es de todas esas organizaciones, que tienen que marxistas porque de otra forma no se entiende, que los socorren en las aguas que rodean la península euroasiática. La culpa, sin género de dudas porque las otras pueden entrar en colisión con algunos intereses lícitos, democráticos, empresariales, geoestratégicos es de las MAFIAS DE LOS CONTRABANDISTAS HUMANOS, unos seres que imaginamos sucios, sin afeitar, tiradores de pedos y balas, con algún diente de oro, poco leídos, moradores de mansiones agujereadas, pero con piscina que utilizan de urinario, ordinarios. Sin duda, ellos son los culpables.

Anoche, en lo que fue el corazón y ahora es una frontera de Europa, 31 personas murieron en el Canal de la Mancha en sus aguas congeladas. Los habían visto zarpar. Una más de las 25 embarcaciones que se adentraron rumbo a las islas del Atlántico, esas que están sufriendo porque no podrán comprar todos sus regalos, emborracharse a gusto, manejar su automóvil para ir a recoger a los abuelos del cotolengo porque les falta trabajadores. Trabajadores blancos, cristianos, que agradezcan con un thank you.

Quizás, haciendo propio aquello que escribió en 1792 Rouget de l’Isle navegaron al son de la marcha de “¡Marchemos, marchemos! ¡Que una sangre impura inunde nuestros surcos!, que tanto emociona cuando van por los Campos Elíseos.

La cifra es secreto de estado. Tiene demasiados ceros. En décadas las muertes se han convertido en noticia de relleno. Alguna vez, cuando interesa, uno o dos días salta a la primera plana-se sacan fotos-prometen medidas-recursos-se muestran sorprendidos-hasta derraman una mediática lágrima y pasan página. La culpa es de. La culpa es de. La culpa fue del chachachá que cantaban los Gabinete Caligari.

Al Maestro con cariño

Cuando Sr. Thackeray llegó, ya veterano, a dar clase en un centro de Chicago, eligió aceptar el reto de hacerlo en el curso “H”, de los alumnos horribles. Sus nuevos alumnos son estudiantes hispanos, negros y blancos que son ruidosos, rebeldes y empeñados en comportamientos destructivos. Como hizo en Londres, él comienza enseñándoles el respeto por los demás. Se dirige a ellos como el señor X o la señorita Y, y espera a ser llamado el Sr. Thackeray. Poco a poco se entera de sus historias personales: Wilsie (Christian Payton) es el líder de la banda que protege a su hermano menor. Otra es una mujer afroamericana que lucha doblemente contra los prejuicios. Evie (Dana Eskelson) está creciendo sin padres y esconde esto para evitar ser adoptada. Así, cada uno es una historia a conocer y ofrecerle una mirada diferente.

El viernes, echaron con muy poco estilo o al estilo de los neoliberales, al “Maestro” Óscar Washington Tabárez, tras 15 años de proceso al frente de la selección uruguaya. Aducen falta de resultados. La realidad es otra. El Maestro era una piedra en el zapato en el marketing gubernamental, una imagen sólida fruto a su mirada diferente sobre el aglutinante e imperioso mundo del fútbol donde sus protagonistas han crecido (salvo casos puntuales) desde la crudeza de sus realidades sociales a un posible estrellato renunciando a los mecanismos que sociabilizan en una sociedad. Es el “a toda costa”, es la esperanza, es el juego del contacto donde los jugadores sí manejan la bronca y la osadía. No importa la opinión de quienes pagan tribuna. Ya era mala y nada, durante su efímera carrera, les convertirá en lo que no aspiran ser a ojos de los “doctores”.

Óscar Washington Tabárez como el Sr. Thackeray, son un grano en el culo del sistema que demanda producir y desechar personas. Durante 15 años, pero sobre todo en los últimos 10 años, el “proceso” Tabárez ha suscitado interés en el mundo tanto por lo deportivo, pero sobre todo, por hacer inclusiva la figura de las grandes estrellas que juegan en las ligas del Norte en un entorno. Conocer sus realidades vitales, empatizar con las mismas, tratar y exigir el respeto al Otro, sea cual fuese la función, ha marcado un antes y un después. La hinchada, siempre demandante de éxitos futbolísticos, se sintió participe, orgullosa de sus figuras y comprensivas con la idea de planificar, de estar en un rumbo concreto.

Se sabe que el neoliberalismo se significa por la figura del líder (aunque detrás estén los accionistas que obtienen los beneficios). El Maestro era rival para el Presidente. Le recordaba que hay otras formas de dirigir, que la planificación a medio y largo plazo la vuelve sostenible, que el efectismo tiene las patas cortas, que al carisma se lo comen los años como la pintura, que el fútbol sienta juntos en la cancha a muchas ideologías durante 90 minutos, que internacionalmente es más respetado y seguido Tabárez que su desconocida e intranscendente figura (una más de tantos líderes neoliberales), que es herencia de otra forma de ver y mirar la vida y que para un país fiado a las exportaciones, Tabárez es/era (su proceso) un valor que él nunca alcanzará.

Sí, ha habido un estallido de muestras de desagrado (aunque peligre la participación en el mundial de fútbol) por su cese (en tiempo y forma ruines). Pero sobre todo, un reconocimiento a quien supo maestro de escuela y de jugadores que publican: “al Maestro con cariño”. Lo de Uruguay Campeón, es secundario. Y lo del Presidente, tan solo es y será el número 52.

Prelovers

El COP26 se celebró en Glasgow y fue, como las anteriores reuniones, de obligada cobertura informativa pese a saber de antemano que nada saldría de ahí. Sabemos quienes nos gobiernan. Lo único bueno es poder identificarlos culpables o comprar que siguen a una estrella desde el oriente. Y van 26 reuniones al pepe y de cambio ahora se habla de crisis.

No todo es malo, la semántica está cambiando. Se ha detectado que la pandemia aceleró el manejo de una terminología aspiracional sobre el clima vía desastres “naturales”. Lo verde (green suena más cool)-sostenible-reciclado no molesta; es más, lo greener ha entrado en las empresas como un modelo de negocio en sí mismo.

pero, ¿para quién? La DW, hace unas semanas emitió un revelador reportaje sobre un sector de los que más felicidade sim fim produce: el textil low cost o rápido o depredador o filantrópico. Resulta que la adicción a la compra compulsiva antes tratada como una patología es en realidad una pandemia que não tem fim.

en datos, breve y en el contexto de las sociedades libres y democráticas que han alcanzado un nivel de desarrollo importante gracias a las generaciones mejor preparadas de la historia (risas), según Greenpeace es:

. el 60% de la ropa rápida va a la basura en un año

. el 40% de la ropa rápida nunca se usa (en serio las personas compran para no usar. Sí)

. el promedio de uso de una prenda no básica (tipo top) es de: 1,7 veces

. el consumo medio anual por persona (en las sociedades automatizadas) es de 26 kilos de ropa (el colesterol textil, supongo)

para este dislate, la industria produce 120.000.000.000 (los ceros marean; 120 mil millones) de prendas al años (podríamos decir que 15 prendas por persona, pero la realidad es que la clientela se ubica en un tercio de la población mundial lo que da aproximadamente 60 prendas per cápita), a través de 52 microcolecciones; es decir, una a la semana (corred, corred malditos que el mundo se acaba)

Alguien que le ponga el cascabel a los gatos del COP26 parece complicado si sus votantes adquieren la felicidad así. Será que el estado del bienestar era esto.

La realidad es que no existe un marco regulatorio en Europa (los países se escudan tras las autoridades europeas para no legislar en la materia), si bien los datos escuecen. Las marcas al quite ya plantean estrategias de marketing para evitar el sentimiento de culpa o la concienciación de los clientes hablando de economía circular, sostenibilidad, greener (si nos compras) y van allá (autocrítica implícita): “convertimos tu basura en ropa nueva”.

Reciclar la ropa, en palabras de Kial Nebel de la Universidad de Reutlingen (Alemania), es imposible por la baja calidad de la misma (70% son fibras sintéticas derivadas del petróleo). Podrían decir, tu ropita viene de una botella de plástico reciclado, pero ese mensaje no gusta.

El “convertimos tu basura (es decir, compras basura, te lo digo, pero te hace feliz) en ropa nueva” es un plan para que las personas depositen las prendas en contenedores que después se venden al mercado de residuos. Una parte pequeña, ínfima porque quienes producen 52 microcolecciones anuales no dan calidad para ser reutilizada, va al mercado vintage. La inmensa mayoría se transforma en trapos o en material de combustión para los menos favorecidos de Europa del Este que la emplean como sustituto del carbón y leña en las estufas domésticas. Queman ropa, ropa de petróleo y no hay que ser científico para saber sus efectos en la salud para los moradores y el consecuente problema de contaminación de la atmósfera (las decenas de miles de casas devenidas micro emisores cuasi industriales).

No vale la pena ni citar las marcas. Son más de las que uno piensa. Y producen felicidad.

Aseguran los científicos de la universidad de Reutlingen que la industria podía para de producir y el mundo tendría ropa para 10 o 15 años. Ay, estos científicos que no saben de moda tendencia placer goce, de entrar en la tienda o esperar a que suene el timbre con el mensajero y su paquete.

También dicen que la única sostenibilidad es frenar el consumo, hacerlo responsable, adecuado a las necesidades demandando calidad real  o acudir a esa segunda mano que comparte y reutiliza (que no es nuevo porque quién no ha transmitido o heredado la ropa de familiares o amigos) y que tiene a bien conocerse como vintage o prelovers, pre-amantes de otro placer y goce. ¿Recuerdan? «Qué no le importe mi ropa, si total me voy a desvestir…», cantaban los Sui Generis.

meta-verso, un puro-verso

(hay imágenes imborrables) Esta es en el cruce de 18 de Julio y Ejido (pleno centro montevideano): estoy parado delante del semáforo, en la vereda de enfrente en diagonal y hay una cola de personas para entrar en una de las nuevas hamburguesería de una cadena estadounidense. Recién arrancó la década de los 90 y no entiendo nada. O sí y me resisto de puro asombro. Cómo (me pregunto) una población con cultura carnívora acostumbrada a la paleta, aguja, asado, pulpón, cuadril, lomo, nalga, peceto (por decir algunos) se autoconvocan a ingerir esa masa de carne picada de opaca procedencia que necesita enmascararse con salsas y otros aditivos que acompañan con papas fritas congeladas (con la mayoría de las adicciones necesitan romper la barrera del cuerpo y recuerdo haberlas probado y sentir, a los minutos, una extraña sensación en mi panza). los miro. los supongo dando el primer mordisco. los creo transportándose a un mundo de dibujitos animados -estatuas de la libertad- ruta 66 en 6 cilindros-bandas de rock blancas con solo estribillos-parques de atracciones con ratones y patos-surferos recién teñidos al atardecer-cowboys fumando sobre el caballo. Fin de la imagen.

Mark Zuckerberg, lo siento, a lo mejor es de carne y hueso pero desde que apareció en la escena pública tuve la sensación de estar viendo un cyborg un androide o un robot revestido de piel humana. Será su inexpresividad facial, el mecánico y perfecto corte de pelo que enmarca su androide mirada, esa piel de apariencia silicona, neutra, anclada de una eterna franja etaria en la adolescencia de la adultez. Un blanquito sin rasgos.

La pegó con las redes sociales. Incuestionable por sus apuntes contables. Entramos todos, de alguna manera estamos todos (el todos solo hace referencia a un tercio de la población mundial, que parece ser, es el número que secretamente estiman como viables-público objetivo-ideales-perfiles). Supongo (me pregunto) que todos han sentido en algún momento hastío impotencia disgusto repudio en esos mundos paralelos de las redes sociales donde forzadamente participamos y que si decidimos (decidir es un verbo claramente comprometido que cada día más se arrincona tan solo en las constituciones).

La pegó, pero se pasó de frenada. Todas las redes carecen de airbag para cuando chocan en sus delirantes trayectorias con la realidad palpable. Y, lo juro que no lo digo a mal pero sigo pensando que es un robot, está en na procura de imponer un nuevo consumo: el metaverso. Un nuevo mundo paralelo para el futuro donde se participa de lleno o a medias pero siempre a escala 1:1. Cada día un ejemplo nuevo, una solución nueva a una necesidad que desconocíamos tener, pero en nada tendremos. A alguien se le ocurre dudar que en el mundo de todos futuro nos levantemos cada mañana en dos, tres, cuatro, tropecientos mundos paralelos deseados y necesitados como vitales (otra vez me pregunto, pero ya sé la respuesta). Instantes y momentos orgásmicos ad-hoc (a los aromas de dos con sus infinitas combinaciones, uno prefabricado como las salsas de las hamburguesas. seguro que gustará)

El mundo de los mundos paralelos que habitamos cuando consumimos tiene larga data; despiertos o en sueños. No seamos malos, es una de nuestras debilidades. La ficción. En todas sus acepciones soportes canales. Seguramente en la sede de Menlo Park, allá en California (estado con nombre de mítica leyenda medieval de proezas o de cálida fornax, vaya uno a saber), hayan desechado la chicana rioplatense de llamarle al verso como sinónimo de relato adornado o directamente mentira. Y si bien no crearon el término, ahora lo abanderan e imponen. Y (qué le voy a hacer), me viene la imagen de una hermosa librería llamada Puro Verso. Y es lo que es el meta-verso, un puro-verso de universos que los que vienen atrás ingerirán. Veremos si mantienen la chicana de reírse de sí mismos. (por favor)

«Sé gitana, lo pasarás bien»

“Soy tu esclava” desnuda de rodillas aquella militante de los derechos daba rienda suelta al juego de abandonar por un momento a la militancia de café constreñida en la diaria a lo que los demás ven en una construcción de años. nada de contradicción ni de severa mirada ni experimentación ni psicoanálisis. mucho de coherencia de libertad de sensibilidad de insolencia. amor. arte-sano real-acto. con espejos. sin partituras. apenas un instante de claridad sin cilicio para mortificar la cabeza con lo educado reiterado tatuado consensuado: eso no; se hace se dice se piensa se siente se cree. es por tu bien por tu imagen por tu marca personal.

“Cuando crezcas Cristinita sé gitana, lo pasarás bien” le repetía el viejo a su hija tras los paseos reglados por el Parque de los Aliados sabedor que era cuestión de tiempo que ella le encontrase sentido al deseo paternal. Eterna certeza atemporal de no sucumbir a las normas escritas o no dictadas o no impuestas a la fuerza o no, pero impuestas para domar hasta la mansedumbre el alma que no existe, pero existe. “Sé gitana, lo pasarás bien” en tiempos del cuello de botella suena lindo, irredento, libre, nómade, interpretable, lleno de amor gastado.

Cristinita creció a Cristina con la frase para sus adentros. Se convirtió en una maravillosa poliédrica incógnita. pasar bien es conocer pasar mal, es de suponer porque qué carajo necesitamos saber de la otra persona más allá de los instantes compartidos.

100 años

“hoy el abuelo cumpliría 100 años. piénselo durante un instante, inventen sus palabras y gestos, pero no le manden ningún mensaje porque no usa whatsapp. besos”, fue la comunicación madrugadora aún exenta por imposible de exclamaciones de felicidad, recuerdo almibarado-distorsionado-afectuoso de quienes aguantamos un otoño que avanza cuando realidad deberíamos estar en una polinizada primavera que despunta. Desordenado en su orden, ajeno en su presencia, padre soltero, ateo por varias iglesias, futbolista-boxeador-estudiante-carpintero-diseñador y médico de juguetes inconcluso, pasajero trasatlántico mareado, accidentado motorista e incurable tragador de kilómetros con los sentidos, apostador impenitente de perdedores e hincha porque los ganadores no lo serían sin los perdedores, de valores suyos casi siempre, solía contar anécdotas donde habitualmente salía mal parado para encontrar la humanidad del error y desmontar la frialdad del éxito. Sencillamente complicado para llevar la contra a la norma. Felizmente infeliz o infelizmente feliz es un tema que a nadie más que a él le competía. Y con todo el entrevero hizo lo que pudo, mucho o poco bien o mal aprobado o reprobado. Con 82 años su cuerpo gastado bien de bien dijo basta. Fue a estas horas. No está, pero estuvo.

El código: ZARA ZEROU

Seguramente han vivido en el pasado o estado cerca de la escena donde un portero impertérrito, brazos cruzados escalón alto mirada en fuga, niega la entrada a un local de copas por llevar zapatillas deportivas. ZEROU. O tal vez, en un casino-restaurante-club social, con modales más amables pero igualmente implacables, ofrecen por no armar lío-escandalo-incomodidad una corbata para el ingreso a esos templos de unos pocos donde se forjan acuerdos privados sin registro o se apuestan premoniciones. ZEROU. O más infrecuentes pero existentes clubes de “caballeros” donde las “damas” no tienen acceso a bibliotecas con grandes chimeneas para dormitar en sillones orejones tras un “agotador” 18 calles de tees y green, rodeado de pelotudos vestidos de miamenses años 60. ZEROU. Sí, seguramente, o no, probablemente, han sido víctimas o visto cómo en supermercados-aeropuertos se olfatea-detecta-vigila y se separa a quienes son diferentes (quién alguna-varias-muchas veces tiene pinta de cansado-despistado-recién levantado-no duchado). ZEROU. (he de decir que por razones que no vienen al caso, los “malos” no tienen pinta de malos. Les va en el negocio y no aplica ZEROU).

ZEROU ZEROU ZEROU, intuimos que hay muchos más ZEROU de lo que sospechamos y muchas más “razones” de las que creemos para discriminar en la diaria.

Es el caso de emblemática-carismática-ejemplar marca ZARA. De ella como de su matriz INDITEX solo cabe señalar maravillas y llenar páginas de loas a su buen hacer. Señalar o cuestionar comportamientos es de resentidos y en los medios de comunicación no tiene cabida más que con un sonoro silencio. Y lo que no se publica o se ve, no existe. Eso en España, pero fuera…

El 21 de octubre de 2020, la policía de Fortaleza (Estado de Ceará), Brasil, daba un rueda de prensa para informar de la detención del gerente de la tienda de Zara en el shopping de Iguatemi, acusado en virtud del artículo 5 de la Ley de Delitos Raciales por negar el acceso o atender a una persona por su color de piel o tipo de vestimenta (“ropas sencillas”).

El hecho surge de la expulsión de la tienda en septiembre de una persona negra que, para desgracia del gerente, era comisaria de policía. De ahí en más se abrió una investigación donde se detectó que no era un caso aislado y que existía una orientación para los empleados a la hora de identificar personas “que tuviesen estereotipos fuera del patrón de la tienda”. Los clientes negros o con ropas sencillas hacían saltar el CÓDIGO ZARA ZEROU, que era transmitido por el sistema de sonido de la tienda para que los equipos estuviesen en “ESTADO DE ALERTA”. «A partir ese momento la persona no sería tratada más como un cliente y sí como una persona nociva que debería ser seguida de cerca por el personal”, detalló el jefe de policía.

Zara/Inditex en Brasil solo adujo que eran protocolos derivados de la pandemia Covid-19, pero las investigaciones demuestran más una conducta racista y discriminatoria que sanitaria. Se verá cuando se juzgue si es política de empresa en la filial de Brasil o iniciativa del gerente de la tienda (que enfrentaría una pena de 1 a 3 años en caso de condena).

Todo hay que decirlo, preguntadas fuentes locales, no existe el CÓDIGO ZARA ZEROU en España. Es más, aquí las tiendas son “pet friendly”, pero ya se sabe que las personas no somos mascotas. Y sí, el código ZEROU sea en ZARA Brasil o en cualquier otro establecimiento es RACISMO.

tinta invisble pero Indeleble

Hay un ejercicio que practico y no recuerdo desde cuando, pero presumo que debió ser cuando aún tenía anuda la lengua y por alguno motivo que desconozco, pero presumo fruto de  mi hiperactividad y la saturación-desquicie-ineficiencia de tirar las orejas-oídos sordos de los dioses invocados, encontré un lugar donde pasar el rato: el zaguán (lamentablemente soy gurí de apartamento años 50 tres alturas más azotea con taller y no disfruté del ecléctico de maestros italianos con balcones a un metro de la calle. Lo digo porque soy zaguán de mármol y baldosa imposible de calentar por muchas horas de asiento). Uno más, nada excepcional. Del zaguán a la esquina-banco de plaza- de rambla-de los bancos de territorios encontrados, es mi ejercicio practicado que practico que practicaré: observar.

Observar sin prejuzgar, sólo superponiendo imágenes, olores, gestos, palabras oídas, ritmos. Observar por curiosidad tiene una primera conclusión: dudar de la tinta visible presentada como un acto de fe con sus verdades-armonías-aceptaciones-jerarquías. De chico ya te das cuenta que algo no cuadra. De chico ya sabes que cuestionar el relato te traerá problemas. Pero algo no cuadra. Se ve, no cuadra. Sean los territorios que sean la perfección del relato que atribuye identidad está novelado y sus protagonistas, con buenos y malos, con obsecuentes y cuestionadores, tapan la mar de dudas que surgen a poco que se siente uno a mirar-curiosear-vaguear; da igual.

Sentado a miles de kilómetros aquellas superposición de imágenes se vuelven más nítidas con el estudio científico:

la primera

falso que es “un país sin indios” como proclama la historia oficial ya que hay un 14% de la población con ancestría genética indígena

la segunda

falso “el éxito del genocidio” que ya me revolvía las entrañas de chico cuando tal hecho se presentaba en los libros como una suerte de destino manifiesto con comprensión-sin crudeza-mostrando resultados que éramos nosotros, los casi europeos blanquitos civilizados enclavados en un continente demasiado indígena y por ello abocado a no lograr un pleno desarrollo cognitivo

la tercera

verdadero penoso cruel bárbaro miserable el éxito del etnocidio sobre las poblaciones originarias donde con esa mirada decimonónica de civilización-progreso, las políticas aplicadas por la ilustración local se fundamentó en tatuar la idea de que lo importante era destruir la base cultural de las poblaciones nativas: los indios no se tienen que reconocer como indios

la cuarta

el desconocimiento de los orígenes de las poblaciones nativas, la simplificación del relato, la bondad de unos frente a la maldad de otros. poco o nada es el relacionamiento de la macroetnia charrúa (acá vendrán más episodios para dar y quitar envergaduras y mitos) con los guaraníes (me pincharon el globo de la infancia donde éstos eran los culpables del asado con Juan Díaz de Solís) y, por el contrario, un lógico mestizaje con nativos argentinos y chilenos, en especial con los mesopotámicos diaguitas

la quinta

los franciscanos buscaban almas y sexo ya que se fija los primeros mestizajes con europeos sobre 1658, cuando establecen la misión en Soriano y la segunda, cuando los portugueses fundan Colonia de Sacramento (1683) donde aparecen rastros de mestizajes con europeos pero también con africanos, los esclavos de los lusos

la sexta

que es secundaria al proyecto pero general al estudio del genoma de cada individuo es que el saber SÍ ocupa espacio ya que portamos alrededor de 5 millones de datos para escrutar lo que supone en términos actuales unos 300 gigas de almacenamiento y un tera para su procesamiento.

Lucía Spangenberg y Hugo Naya son dos de los investigadores del proyecto “Urugenomes” en el que participan científicos de varios países (asiáticos-europeos-americanos) que de alguna manera están pateando en el culo al mito fundacional uruguayo a través de los dos pares de 23 cromosomas que nos habitan y como puntapié inicial es la publicación en la revista francesa Corps del artículo de divulgación “El genoma humano: la tinta invisible (pero indeleble) de nuestra historia”.

Que la tinta sea invisible forma parte del relato que aún hoy está anclado en los planes de estudio y en la esfera de lo público. Alguien se preguntó una vez que sin los romanos los pueblos romanizados ¿serían mudos? Sentarse a mirar es un buen ejercicio y quema calorías. La ciencia, con todos sus recaudos éticos, empieza a desmontar sin proponerse esa labor, pero desmontar, lo que es visible, pero es invisible oficialmente por culpa de nuestra huella que, mamá papá abuelas abuelos bisabuelas y bisabuelos…, nos han escrito con tinta indeleble.