Acerca de

Por la última, Tone

Decía “El Negro” Dolina que el Sindicato de Gastronómicos había publicado una especie de decálogo del perfecto camarero titulado “Ser camarero (mozo) es todo un arte” quizás porque los bares, boliches, cafés y pubs son escenarios cotidianos en nuestra cultura donde esperar, revolver y derrotarse sin perder la intimidad. Entre aquellos postulados publicitados, tan solo me quedé con “debe actuar y sonreír, debe tener paciencia”. Tone tenía a raudales esas cualidades que el sindicato con su mismo humor enfatizaba apelando a la memoria que todos atesoramos sobre esa relación de cliente-camarero que no llega a diván, pero se le acerca, sin juzgar y apoyando con el silencio o las interjecciones que muchas vienen bien al caso. Paciencia y sonrisa, creo que desde taburete de mostrador es un buen recuerdo de Tone. Y los clientes, reconozcámoslo, cuando estamos a gusto en ese escenario no medimos las mierdas o alegrías con las que entramos por la puerta. Paciencia, mucha paciencia tenía Tone, por lo menos conmigo. Poco, muy poco conocía de su vida fuera de las puertas del pub. Otro debe o, quizás, es la forma de mantener ese mostrador entre la confianza y el respeto. Alguna vez, algún hecho divertido compartía como aquel vídeo grabado en una localidad canaria narrando que había perdido a su mamá. Cómico a su estilo. En mi caso, le estoy y estaré debiendo que se ofreciese de testigo por un caso de un mequetrefe que no viene a cuento. Pero ahí en los juzgados nos vimos de otra forma, sin mostrador por medio. Ahora que la biología está medio gastada y habitamos en constantes ausencias, me parece que Tone las reúne todas. El whisky perfecto, la cerveza en copa y la conversación a piacere. Sé que apenas fui un cliente más, pero bien que lo siento su prematura muerte. Por la última Tone, Tonecho, Juan Antonio Soís.

Cuando calienta el sol

Alguien se percató que el algoritmo intenta por defecto escribir en mayúscula la marca de la red social que sustituye al sexo matutino dominical previo al mate con la tostada o el bizcocho con dedos enchastrados de tinta impresa y lo consigue so pena subrayar en rojo (en rojo que es el color de la pasión, la sangre, el dolor y la izquierda diabólica comunista que no sé bien que significa pero en el pajarito dicen que es sinónimo de vago y serlo es casi tan malo como eso de la intelectualidad sin gomina, que solo el tango reivindica que los de antes, los verdaderos hombres, no la usaban pero tampoco le daban para la pensada y por eso no eran vagos y hacían a puro tajo y puñalada brotar la sangre fruto de una pasión disculpada por un dolor del alma que, vaya, se presupone pero no se toca). Hay que ir para atrás y para adelante. Hay que cansarlo al algoritmo. Podría seguir hablando de sexo, de sexo con una máquina, de disciplina inglesa pero no da. Demasiado veterano para verle la tecla g, que sin pensarlo la sabemos entre la h y a f, debajo de la t y la y (bueno, esta redundancia tiene un no sé qué) y sobre la v y la b, que todos sabemos que una es corta y otra larga (oh, las inseguridades masculinas mejor explotadas solo por debajo de tener o no tener plata porque corta o larga se aplica a todo lo demás a un auto una labia una trayectoria una amistad un trago una pitada un aliento). Pero se verá aunque no lo vea si todo esto antes no se va al carajo abruptamente que no lo hará porque hay pomadas para alargarla que al fin y al cabo también es el sueño húmedo que, eso sí, interpretó bien el algoritmo. Sobre todo cuando calienta el sol aquí en las redes sociales, aunque afuera haga un frío del carajo. Aunque no tenga muy claro eso de afuera y adentro y como viejo en el último peldaño me revuelva buscando que antes era más fácil saberlo a puro tacto y aroma, dice Ventura.

Los trepas tienen ojos y oídos

Una terraza tupida de vegetación fue el escenario distendido para el almuerzo y presentación de un inventor. Por una de esas confusas casualidades, la persona que ejercía de anfitriona quería mi opinión sobre el inventor cuyos inventos estaban preñados de una necesaria y oportuna inversión económica (más que una opinión, la persona necesitaba confirmar las excelencias del invento con el negocio adosado que previamente el inventor le había macerado). En los aperitivos hubo un intercambio de banalidades que para el susodicho inventor resultaban fundamentales para construir mi perfil de espectador. El almuerzo, mis modales y gustos culinarios, le cerró el círculo para saber por dónde ir, qué regalarme a los oídos y cómo mostrarse. Finalmente, en la sobremesa sacó a relucir su información haciendo énfasis en los años de investigación, la innovación y las aplicaciones, pese a un mundo conservador. Hice unas preguntas de rigor que le incomodaron. No presioné. Pasado el momento de las respuestas complicadas, se relajó y adornó la vida del invento con anécdotas (¡ay, las anécdotas, tramposas y acomodaticias!), sobre sus experiencias vividas en otros países (en México salvó la vida de toda la familia por dos horas, que “los mexicanos querían robar el invento porque solo buscan la lana”). La cita terminó, el tipo se fue, y la anfitriona preguntó expectante mi opinión: es un estafador, fue mi escueta respuesta. Y todo esto viene a cuento porque me recordó a los trepas, un magnifico término coloquial español para significar al arribista que con encantos y pericia estafa, es un fraude, en su modus vivendi.

Decir que hay un antídoto es una soberana tontería. La proximidad o lejanía, la necesidad o el deseo, determinan que bruma ciegue o no la mirada. Y es peor cuando afecta a la industria cultural, muy dada a autorías que no son tales (hace años, revisando unas cajas de discos y cd´s, una de esas personas imprescindibles para entender cosas que desconocemos, sacó uno de Andrés Calamaro y sin sutilezas ni aceptando respuesta, espetó: “este es un pijo de mierda, un fraude”. Me dejó picando la pelota porque “El Salmón” siempre me planteó, con poco éxito, la extraña, variopinta y maleable trayectoria desde Los Abuelos de la Nada a Los Rodríguez o en su profusa carrera como solista jalonada de hits exitosos, cuasi himnos ad hoc de cada generaciones de consumidores: juvenil, “transgresor”, baladista, letrista para cada momento hasta el presente que, visto el panorama de los “libertarios” y que ya tiene un buen pasar, se descuelga con declaraciones apoyando a los neonazis de Vox. Lo escuchado: “este es un pijo de mierda, un fraude”).

Así que llegamos al de la foto, un tipo con cierto talento para las letras oportunistas, un ídolo de masas (hay que reconocerlo), otro incombustible camaleónico fraude, en mi opinión. Un producto que ahora ya vende Díaz Ayuso porque instalado en la fama tiene hasta visitas turísticas guiadas: “El Madrid de Sabina recorre los lugares habituales en los que Joaquín ha tocado, cantado, escrito, comido, bebido, fumado y otras cosas que quizás no vengan a cuento”. Y sí, formó parte de La Mandrágora, pero sin la coherencia y propuesta de Alberto Pérez o Javier Krahe. No, no formó parte de La Movida de los 80, aunque se arrimaba para sacar frutos. Pero tuvo himnos que le permitieron solventar problemas judiciales, como aquel botellazo a una chica o más recientemente, esa de futbolista, no pagar impuestos (ambos con sentencias de culpabilidad en firme). Un trepa con éxito, ahora canalla, ahora transgresor, ahora amoroso, pero como un día señaló María Dolores Pradera cuando supo que Sabina se arrogaba la autoría de  morirme contigo si te matas/ y matarme contigo si te mueres/ porque el amor cuando no muere mata/ porque amores que matan nunca mueren, “¡Pero eso es el romancero anónimo español, mi querido! ¡Ay, Joaquín, qué canalla! ¡No haberlo puesto en los créditos del álbum! ¡No se puede ser más Joaquín!”

El inventor estafador, el pijo fraude, el trepa Joaquín llegados a la tranquilidad del éxito y el reconocimiento, tienen una verdad incontestable: tienen ojos y oídos para ver lo que está pasando. Sabina fue claro en  la presentación del documental de Fernando León de Aranoa, Sintiéndolo mucho, devenido en pope, se descuelga con su sentencia:  “Ya no soy tanto de izquierdas porque tengo ojos y oídos para ver lo que está pasando”. Pero sus ojos y oídos solo han tenido palabras y miradas para sus bolsillos. ¿Cuándo fue un tipo de izquierdas? Y si ahora crecen los neonazis, él se baja de su supuesto izquierdismo porque tiene ojos y oídos y va se descuelga desde su paternalismo eurocéntrico hablando del fracaso de las revoluciones, del fracaso de la izquierda latinoamericana; pero, ¿qué sabe de Cuba, Venezuela, de Brasil, Argentina, Uruguay…? Ah, que se corrió unas farras y la materia prima era buena, pero ahora descubrió que las guerras son buenas y democráticas… Un cantante de izquierda es España es Luis Pastor, no un arribista como él.

Lo siento por las víctimas, por los que en algún momento les creyeron haciendo suyas sus canciones, sus aspiraciones y necesidades, sus actitudes. La cultura, su mayor parte, es industria que produce para consumir con las leyes de mercado que, no cabe la menor duda, tiene ojos y oídos. Lo saben los trepas.

El paraíso distópico

Conforme pasan los días para la celebración del Mundial de Fútbol en Qatar surgen los matices que justifiquen la presencia de muchos países capaces de todo para defender la democracia y la libertad (su democracia y su libertad). Existen antecedentes sobre campeonatos deportivos en dictaduras, en territorios donde el clamor de las tribunas tapaban las sesiones de tortura, donde la miseria se ocultaba pintando árboles de blanco, donde…, pero Catar o Qatar, que ni el nombre somos capaces de consensuar, es ir un paso más allá y no por ser una monarquía absolutista (una teocracia del siglo XXI) donde los derechos humanos son objetos de contrabando que se dejan en el aeropuerto. No. Un poco más. Catar, su mundial de fútbol, es el primer gran evento donde las democracias y las dictaduras se dan la mano y refuerzan porque, deberíamos entenderlo de una vez y asumirlo con resignación religiosa,  las dictaduras proveedoras de recursos y productoras, son amigas y entendibles y dignas de darle una chance o de encontrarle la vuelta para ese “no es para tanto”.

La cifra de los 6.500 muertos en la construcción de las instalaciones deportivas no ha movido la hoja de ruta. Sin pudor se han dado los países de origen de los muertos y la hay una mayoría de paquistaníes. En la orgullosa ignorancia de occidente, Pakistán es un país lejano, casi de otra galaxia, de cientos de millones de musulmanes, con decenas de millones de pobres. Uno de esos países… Las redes sociales hablan, expresan indignación pero hasta un límite, que no falte el fútbol o se truncará el futuro de un par cientos de millonarios. Y sí, todo mal, pero que no falte el fútbol que ya pagué el abono a la tele por cable. Y sí, no debería haberse hecho, pero ya está y que no falte el fútbol que tengo bajo mínimos mi orgullo patrio. Y sí, 6.500 obreros muertos que son migrantes en régimen de semi-esclavitud, pero ya no volverán a la vida. Y por ahí, justo aparece la justificación que llevamos todo siglo escuchando cuando se matiza la precariedad de la mano de obra que la industria occidental busca para reducir sus costes laborales: “por lo menos se les da trabajo y no se mueren de hambre”. Estos 6.500 muertos no tuvieron, al parecer, la fortuna de los otras decenas de miles de trabajadores que “ganan 20 veces el jornal paquistaní”. Una fortuna, 190 US$ al mes con jornadas de 20 horas y 7 días a la semana, no parece cuando además el pago se retrasa y las condiciones laborales, en muchos casos, son de trabajos forzados. Pero, desde Occidente, apenados esas muertes, no indignados y menos con las armas en la mano si fuesen muertos de piel blanca, se puede leer que, “lamentablemente, para ellos es un paraíso Qatar”. Un paraíso distópico en ese fantasioso mundo de los valores del deporte, de la importancia de preservarlos y hacer bandera de todo lo bueno que somos. ¿O no somos tan buenos?

La vida es eterna en cinco minutos

El otro día un artículo finalizaba con la frase, “la vida es eterna en cinco minutos”. Sabía que al leerlo se soltaría el resorte que prenso para no evocar con la inevitable melancolía y los distintos, no sé si muchos o pocos, cinco minutos eternos de felicidad. Los prenso porque durante semanas, y ya van un par de ellas, que a cada rato la desentono con innegable pulsión. Un par de semanas donde me convierto en un todopoderoso insufrible vanidoso engreído e insolente paseante. Los cinco minutos me hacen florecer de mi fluctuante diaria gris y disciplinada. Por ahí, dado que nunca uno sabe cuándo acontecen los cinco minutos vueltos eternos, vistos con distancia los encajono en la sorpresa de haberlos vividos sin mediar su búsqueda. Recuerdo manos, miradas, sonrisas anchas; recuerdo calles fabricas abandonadas muelles derruidos; recuerdo una estufa para dar calor dos pequeños cuerpos que parecían saborear un mundo nuevo; recuerdo detener el tiempo sin preguntas sin saber que me estaba enamorando; recuerdo mirar sin ser visto y sentir la felicidad de un espectador de otros que lo iluminan todo; recuerdo la terminal de llegadas y entrever a través de sus puertas que llegaba a casa; recuerdo sentirme acompañado protegido querido sin palabras en silencio; recuerdo y a lo mejor me lo invento pero inventar un recuerdo es darle vida a un deseo. Está, claro que está, la tristeza, pero no la recuerdo aunque no la olvide. Está, claro que está, el resto del tiempo, pero eso es un relato y no se canta durante semanas cuando al final de un artículo, alguien escribe: “la vida es eterna en minutos”.

Política em nome de Deus

Allá por los 90, practicaba mi particular chill out con un trago y alguna radio evangelista que reponía sus retransmisiones radiales desde un cine de 18 de Julio. Una verdadera escuela aunque primero hay que cansarse intentando un mejor plan, tomarse el río (solo o con hielo), fumarse y llegar a un apartamento vacío con dolor de patas. Rendidos, solo cabía esperar que el pastor de turno hablese de la voluntad de Deus, que todo lo ve y todo lo siente y si no lo ve será por algo, para que empezasen los milagros de turno, la venta de aceite y agua bendita y las parafernalias del rito. Recuerdo una vez que convocado al escenario un feligrés contaba que habiendo perdido una pierna en un accidente de aserradero y tras pedirle a Deus con fervor y devoción (y comprando los productos de esa iglesia) en una noche le había crecido una pierna nueva (al ser radiofónica mi escucha, tuve que imaginarme aquella pierna neonata peluda con alguna cicatriz porque seguramente era de segunda mano [los pobres no podemos pedir una pierna modelo Cassius Clay so pena de ser considerado un pecado de avaricia], siendo mostrada a los creyentes de la platea del templo y estos, extasiados, gritando ¡Aleluya!, ¡Aleluya!, ¡Aleluya!). Lo recuerdo porque esos golpes de efecto no eran habituales como mis madrugadas fracasadas llenas de invidentes que recuperaban la vista, paralíticos que se levantaban y caminaban o madres felices porque sus hijos diablos de nacimiento, una vez reconvertidos, habían conseguido trabajo en una fábrica de fideos o galletas (Deus, supongo que provee y es más proclive a estos rubros de alimentación que a la tornillería o mecanizados). Relatos que erróneamente creía síncopados por los “amén” que los interrumpían en cada párrafo sin caer que al fin y al cabo era la previa de unos de sus himnos rituales que, a mi entender, no funcionaban en la radio (la imagen después los potenció porque si bien la música era para el directo en sala, aquellas caras eran “un puema” que decía doña Petrona C. De Gandulfo al referirse a las recetas en su programa de cocina televisado). Sin embargo, la música funcionaba. Siempre ha funcionado a la hora de evangelizar. Lo descubrieron los franciscanos en el XVI y perfeccionaron los jesuitas que hasta para algunos inventaron el barroco guaraní (los pueblos originarios tocando y cantando en castellano, italiano o alemán, otro puema). Ahora los evangélicos le pegan a todos los ritmos blancos porque con Deuses africanos prefieren no entrar salvo en eso del góspel estadounidense.

Esto que aconteció en Brasil con el reclamo de un golpe de estado por parte de los nazis locales y las iglesias evangélicas no reconociendo el resultado electoral de Lula tiene mala pinta y más, cuando Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal y del Partido Republicano Brasileño (apoyó a Jair Bolsonaro), condenado por «charlataneria», fraude y lavados de activos y investigado internacionalmente por delitos económicos, dice: “Voy a seguir con mi vida, porque no dependo del presidente, gobernador o alcalde. Yo dependo de Deus”.

Hace más de 50 años, cuando los evangélicos estadounidenses se abrían paso en el continente, Leonel Brizola (1922-2004), fundador del PDT, gobernador de Río Grande do Sul y Río de Janeiro, aventuró: «Se os evangélicos entrarem na política, o Brasil irá para o fundo do poço. O país retrocederá vergonhosamente e matarão em nome de Deus.» Ya están, no son una broma recordada, están armados, salieron del cine e invadieron las calles para gobernar em nome de Deus. Mal asunto, lo tiene complicado Lula. Lo tenemos todos porque ese Deus no tiene fronteras y no hay Deus bueno, lo digo por experiencia.

En su tercera elección, Lula resucitó

Lula hizo una gran elección. Probablemente a la inmensa mayoría le parezca un disparate, pero sin embargo repito: tuvo un gran número de votos y para su contrincante con sus seguidores, sorpresivo. Es cierto, existe un sabor agridulce en el progresismo que ha recorrido Brasil, el continente y el mundo por la escasa ventaja (2,5 millones en un universo de 150 millones de personas con derecho a voto) que solos las encuestadoras aventuraban por goleada (una y otra vez, acá allá o acullá las encuestadoras son más una herramienta oscuras confusas y desestabilizadoras, pero que nadie renuncia cuando lo pintan ganador o reconocido en sus políticas).

Sin embargo, como ocurrió en EEUU, la elección y sobre todo la no reelección (también ajustada) cortó el relato antidemocrático y autoritario; ese relato “libertario” (de una libertad para unos pocos que cumplan el dogma neoliberal), reaccionario (regresivo, aporofóbico, racista, xenófobo, excluyente, belicista…), religioso y ultranacionalista (la bandera y el himno de un país como divisas de una única ideología).

No es poco sacar 2, 5 millones más (60 millones sobre 58 redondeando). Y no lo es porque es una reelección y si bien el ultraneoliberalismo propone la reducción a la mínima expresión del Estado, llegado el momento del acto electoral no le hacen ascos a utilizar todo el potencial de la estructura de un Estado y es mucha su capacidad, sus métodos y su influencia mediática (las democracias avanzadas utilizan mecanismos de ajuste tendentes al equilibrio conscientes de la desventaja inherentes a detentar el poder estatal. ¡Ay!, pero las democracias, qué tema a revisar en todo el mundo…).

En Brasil, en todo el continente americano, en todo el mundo “occidental” periférico productor de materias primas, el poder político de la derecha ultraneoliberal se expresa por las 3 B: “balas” con políticas de rearme de la población civil (durante el período Bolsonaro se pasó de 300 mil portadores de armas a 1 millón), la vía libre de la represión a la delincuencia minorista (la mayorista está en manos diversas y muchas veces asociadas con el poder financiero o político) y al diferente (básicamente a lo no blanco y no cristiano) y por introducir medidas de fomento al gatillo fácil o a la legítima defensa que equipara una propiedad a una persona (por defender una propiedad se puede matar impunemente); “buey” que representa el poder político del negocio agroalimentario exportador frente a políticas medioambientales y sobre todo desconoce los derechos de los pueblos originarias, que produce bajo reglas del beneficio y no como proveedor exclusivo de recursos alimentarios condenando al hambre a millones de personas que viven donde se produce; y, “biblia” cada vez más presente en las calles y medios de comunicación sustituyendo el trabajo de asistencia social del Estado por las iglesias donde destacan los ritos neopentecostales, surgidos en EEUU, con estrategias de comunicación agresivas del b2b. Cada uno de estos puntos tienen sus soportes mediáticos masivos y sus redes sociales.

Las redes sociales, tantas veces citadas y analizadas y desconocidas o demasiadas conocidas y por ello, ignoradas y banalizadas. Porque en Brasil hay 1,5 millones de trabajadores en plataformas digitales con sus sistemas de mensajerías y su condición de autónomos que, a la postre, son caudales de votos y amplificadores de mensajes y, algo que el progresismo no ha sabido encarar o lo ha olvidado porque cuando los mensajes eran asamblearios sí se hacía con eficacia, es la comunicación directa. Los ultraneoliberales y los evangélicos de todo el mundo han retomado, esta vez en redes sociales (y de ahí en otros medios masivos), con éxito, el emitir mensajes y que los receptores lo entiendan como propio, en primera persona. Es sencillo, lo entienden porque conocen el problema, no se habla a un tótum revolútum o a un colectivo, se le habla a cada uno de forma masiva. Pocos pero eficaces mensajes, falsos medio falsos y algunos hasta verdaderos. Y las redes sociales, sus empresas, forman parte de la derecha ultraneoliberal.

En agosto del 2016, el impeachment a Dilma Rousseff fue un golpe de estado blando que significó el el primer paso de una larga noche que el neoliberalismo desarrollo en toda América (empezó en Honduras con el golpe a Zelaya, siguió en Paraguay con Lugo…), pero tuvo su gran impacto al realizarlo en la 6ª economía mundial, participante en los BRiCS, impulsor de UNASUR, alternativa desde el Sur a la desprestigiada y norteña OEA, pero también, internamente de poner límites a las 3 B. El siguiente paso, pensado como definitivo, fue el lawfare de abril de 2018 que supuso el ingreso a prisión de Luiz Inácio Lula da Silva, durante 580 días acusado de corrupción (por el entonces juez y ahora ministro de Justicia, Moro), condena anulada y retirados todos los cargos por el Tribunal Supremo. Era, tenía que ser, definitivo porque entremedias se celebran las elecciones que dan como presidente a un psicópata ex militar funcional a los intereses de las 3 B llamado Jair Bolsonaro,

Desde afuera, los impresionantes datos de sus dos legislaturas como presidente, daban la falsa impresión de una victoria fácil donde la democracia se impondría al autoritarismo, donde la inclusión sería incuestionada frente a la exclusión, donde el empleo ganaría al mercantilismo, donde la defensa de la Amazonía sus pobladores y el medio ambiente asolaría a las desforestaciones masivas, que el absurdo nacionalismo intransigente sería una anécdota. Nada de eso ocurre, como no ocurrió en el EEUU de Trump. Es una no reelección donde 58 millones de personas, que mayoritariamente no son fascistas, solo ven lo que las pantallas le dicen o lo que los pastores les dicen: tu desgracia es por culpa del feminismo y del lgtbi que va contra la naturaleza divina, de los pobres que son vagos que quieren vivir sin trabajar, de los indios que viven sobre la riqueza siendo animales, de los delincuentes que no se podrá matar, del comunismo que es un diablo vestido para matar o algo parecido pero malo, del color rojo que tiñe la verde y amarilla, de los intelectuales que adoctrinan a la juventud…

No será fácil ni mucho menos, las incógnitas están ahí por la composición de las cámaras parlamentarias y la elección de gobernadores. Tampoco será un gobierno rompedor y está abocado a pactos. También será peligroso (lo vemos con los cortes de ruta de bandas de extremistas organizados y en el pedido de algunos para que los militares den un golpe de estado). Pero el primer paso el pueblo brasilero lo dado con rotundidad. En su tercera elección, Lula resucitó. Lo necesitaba Brasil, la región, el continente y el mundo.

«Es una película»

La respuesta a un tuit, tras ver Argentina, 1985, que planteaba la terrible indolencia-pelotudez de los uruguayos por no haber actuado como los argentinos y sentar en el banquillo a los siniestros dictadores militares y civiles que desde 1973 y hasta 1985 asoló el país generó respuestas desgarradoras, enojadas, sesudas, encontradas, acusadoras, automatizadas y fuera de lugar, el tu más, los mea culpa…, hasta que alguien con absoluta libertad de cátedra y con la sabiduría de lo breve tapó la boca de todos por su verdad irrefutable que cada uno interpretó como quiso: “es una película”. Simple y demoledora respuesta, una fotografía con pie de foto de la ficción en que se basa nuestra mayor y más publicitada cualidad: el raciocinio. A diario interactuamos obviando la realidad (como mecanismo de defensa de una felicidad ansiada por prometida y merecida a cambio de no contradecir el natural y divino devenir de los hechos), o apenas recordando los titulares (y eso basta para saturar y cerrar los oídos) que nos confirman que somos buenas personas y temerosas del caos. Los fanáticos son fanáticos y no visten como nosotros, no van al bar como nosotros, no vacacionan como nosotros, no comprenden como nosotros el orden natural divino político y nuestro puesto en la escalera. Solo hay una salvedad: la ficción con sus hechos trama y desenlace. Ahí nos brotan los sentimientos a través de la emoción. Nos emocionamos a término, nos emocionamos durante 120 minutos preguntándonos si es posible tanta maldad, si es posible tanta hipocresía, si es posible que tras la verdad se esconda la mentira, si es posible amar de otra forma, si es posible estar equivocados, si es posible que exista otra historia. A veces, la emoción suplica que se prendan las luces del cine antes del desenlace y retornar a la normalidad aprendida, al mundo conocido, a las caricias conocidas. Esa genial e incontestable “es una película” podría recordarnos lo vivido, pero nunca tendría la iluminación, los primeros planos o los panorámicos, los silencios el contexto y el elenco de artistas que confirman la verdad de lo acontecido. Los documentales adormecen son demasiado reales subjetivos, las películas emocionan. Quizás, tan solo quizás y derrotado por lo incuestionable de los hechos, habría que hacer películas para explicar el hambre, la pobreza, las migraciones… Ay, pero las películas no huelen y carecen de texturas. “Qué le vamos a hacer”, solía decir el fiscal Strassera como muletilla entre la ironía y la resignación. Qué le vamos a hacer es una película, añadiría a la respuesta de aquel juicio que desembocó en 1.088 genocidas condenados por delitos de lesa humanidad en 286 causas, en el hoy con 14 juicios orales en desarrollo y 63 casos elevados a juicio y en el mañana con 274 causas en etapa de instrucción. Iré, en estos días iré a verla, pero por favor, no me cuenten el final.

La tomadura de pelo de Lacalle Pou

“La culpa es del mayordomo” ronda a cualquier lector suspicaz de la literatura detectivesca. Doyle, Crhistie, Simenon y decenas de autores abducidos por crear la ficción de plantear un hecho doloso, en un escenario establecido, lleno de pistas a la vista y de personajes que, de alguna manera, son culpables de algo, pero que a la postre son expuestos y librados del hecho por sus carencias debilidades e inconsistencias intelectuales para el delito. De ahí surge el mayordomo, o el jardinero, o el chófer y cómo no, el custodio, todas profesiones que habitan dos mundos (rara vez el culpable está en la cocina o las caballerizas), que asisten como figuras de mármol a las confidencias de “los de arriba y los de abajo”.

Cuando saltó la noticia sobre la detención de Alejandro Astesiano,  jefe de custodias de Luis Aparicio Lacalle Pou, Presidente de Uruguay, por integrar una banda de falsificadores de pasaportes y hacerlo desde una oficina del piso cuarto de la Torre Ejecutiva (la sede del gobierno), se armaron las subsiguientes respuestas en forma de conferencia de prensa del Presidente negando los hechos y antecedentes penales de su custodio, después en declaraciones sobre posible falta de información (hasta la prensa oficialista sabía que era un delincuente) para terminar aceptando que lo “había traicionado su confianza…, que él confiaba en las personas hasta que le demostrasen lo contrario…”, me vino a la cabeza aquella literatura juvenil detectivesca y publiqué un tuit que tuvo un inhabitual seguimiento: “Ningún delincuente abre oficina en sede de gobierno si no sabe que las condiciones están dadas, que está entre pares o que la actitud ante el delito es laxa. Astesiano es la punta del iceberg y desconocerlo fue el final del Titanic. La orquesta toca en cubierta y no es buena señal”.

El jefe de la custodia presidencial, al igual que el mayordomo, es un cargo de máxima confianza porque asiste y tiene conocimiento de encuentros y conversaciones secretas, de Estado o particulares, del mandatario (unas amparadas por la ley de secretos y otras por esa dependencia que conlleva su cargo). Es mucho más que la cinematográfica figura del guardaespaldas con chaleco antibalas corriendo junto al que protege la vida (y de ahí la primera defensa del Presidente del ahora confeso delincuente). Es una persona que, en teoría, pasa unos estudios que filtran quiénes tienen la actitud o no para estar y saber como si fuesen estatuas de mármol. En teoría. Que con su conocimiento haya estimado que no pasaba nada con abrir una oficina para falsificar pasaportes en la sede del gobierno, abre muchas incógnitas sobre el proceder de muchos funcionarios y políticos del actual gobierno.

Luis Aparicio, por ahora, ocupa el lugar de posible culpable de algo para el lector, aunque la oficina de propaganda lo haya posicionado como una persona débil por ser fácil de manipular dado su amor al prójimo (vendría a ser el personaje que entre campechano y de verbo fácil, lleva la empresa sin el rigor que la misma demanda). La estrategia pasa por culpar de todo al custodio (como un ser vil y ajeno a su custodiado) y otros miembros no afectados al gobierno. Hasta la fiscal que lleva el caso ha tenido palabras de comprensión hacia el Presidente, algo insólito que se entiende como un acto de condescendencia (el pobre es así…) o como parte de esa estrategia exculpatoria de una conducta inapropiada de toda la cadena de mando.

Oportunamente, la investigación en migraciones y el Ministerio del Interior ha revelado otra conducta laxa del gobierno en plena pandemia. Algo banal que viene a reafirmar cierto grado de inmadurez del Presidente (lo digo sumándome a su propia estrategia): en pandemia se autorizó el ingreso con una visa especial e “impostergable” de un cirujano capilar argentino para que en su clínica montevideana se realizase una operación de injerto de cabello a Luis Aparicio (en su momento, cuando apareció en público con su coronilla otra vez poblada de rubios cabellos, cosas de surfistas el color, se dijo que era un tratamiento capilar y no una intervención, cosas de la imagen pública, el artífice de tal milagro).

Estos dos hechos concatenados para la opinión pública (uno tapa al otro con el fin de disimular la gravedad del primero), sumados a otros que aparentan dislates como llamar “ciudad universitaria” a un edificio viejo alquilado como residencial de estudiantes, componen un perfil de Luis Alberto Aparicio Alejandro Lacalle Pou, digno de una novela de Doyle, Christie o Simenon que hábilmente se plantea como un posible culpable y a la postre, una vez expuestos, quedan librados del hecho por sus carencias debilidades e inconsistencias intelectuales para el delito.

La banalización de una presidencia obtenida por los votos de la ciudadanía, de considerar que todo vale en sus dominios, que mentir se tapa con una selfie o un vacío e inconcreto “me hago cargo”, de presentar una traición como si fuese una telenovela y no como, al menos, un delito de omisión que exige depurar culpabilidades es, a mi juicio, una tomadura de pelo. Reírse de la ciudadanía es tan solo la punta del iceberg y que la orquesta mediática de ese Titanic (que nunca fue lo publicitado) toque en cubierta, es mala señal y Uruguay (ningún país) se lo merece.

¿Qué pasó con las gaviotas?

Desde mi mudanza hace cinco años a esta parte de la ciudad a orillas de la bocana del puerto, un casal de gaviotas compartía su espacio gentilmente conmigo. Había más pero en esta pantalla que conforman los ventanales y que nos adjudicamos como propio, ese casal me bancó músicas y cigarrillos, whiskies puteadas observaciones estériles a las estrellas y miradas pérdidas en el horizonte tras el cual era inevitable gritar “Amérrica, amérrica” con acento de migrante del valle de Silesia divisando la estatua de la Libertad. He visto a sus crías nacer, crecer y ensayar el vuelo. Las he visto marchar y volver. Cada año alguna cría caía en mi simulacro de balcón y ayudarla era misión imposible por la enérgica actitud del casal. Lógico. Me conocían y quizás por ello me mantenían a raya. Siempre con final feliz porque de alguna manera la recuperaban. Por supuesto en la primavera el rito de la procreación llevaba semana y con los gurises festejábamos sus idas y venidas. Sí son escandalosas con sus conversaciones y avisos, odiosas para los que sufren con sus excrementos sobre los coches (esas máquinas que son un maldito gasto, pero, uy, nos hacen felices libres independientes democráticos…), para las ropas y cabezas aunque dicen que una de sus cagadas traen buen suerte, depredadoras, rebuscadoras de basura y descaradas con las tapas en las terraza. Son poco queribles por carecer de la sumisa actitud que le otorgamos para ser parte de nuestra sociedad (no se tiran patas para arriba para rascarle la panza), pero son fieles al espacio que habitan. Acompañan a los pesqueros buscando los restos del copo y planean junto a los alerones del barco girando la cabeza para saberte y saberse.

Son gaviotas y desde hace dos o tres meses han desaparecido. Viva dirán los que dicen padecerlas. Sin comentarios. Ninguna noticia y nadie que haya dado la voz de alarma. He rebuscado en los medios y solo encontré una noticia donde se denunciaba que algo extraño está pasando con las gaviotas gallegas. Una enfermedad desconocida ha diezmado al 70% de la población en la zona costera donde resido en los últimos diez años, lo que de por sí debería ser noticias de primera porque se piense lo que quiera forman parte de nuestro ecosistema. Menos alimento, menos pesca y la enfermedad puede ser un combo perfecto, pero las gaviotas de mi calle han desaparecido de forma abrupta en los últimos meses. ¿Control de plagas no declarado o las famosa contaminación de las antenas para móviles? Ni idea y aunque muchas personas lo festejen, la pregunta es: ¿qué pasó con las gaviotas?