Acerca de

Los pisitos

1137950

“¡Qué te cases con la vieja!”, le ordena amenazante Petrita a Rodolfo para conseguir el pisito a la muerte de Doña Martina. Es la salida, la subsistencia, la oportunidad, en una realidad de crisis que, recurrente, vuelve y vuelve y vuelve como aliviadero de unos y condena de otros, los más. Neorrealismo cinematográfico. Una comedia de humor en la que es imposible reírse, heredera de esa veta oscura que une a Goya, Unamuno y al cine en reconstrucción de la postguerra. Realidad intensa donde los personajes, lejos mostrarse en solidarios, sacan su prosaico discurso donde reina el egoísmo. “El pisito”, es un clásico del cine español y, por lo visto, de la política.

Neorrealismo y cine social van de la mano, igual que, en la actualidad, neorrealismo y política social. Sé es así, se actúa así. Alguien sacó la brillante idea de comprar pisos para resolver una necesidad social. No se fijó en la datación de la revista leída. De haberlo hecho, sabría en sus números posteriores que esa medida fracasó en los espejos urbanos donde se miran. Sin embargo, el premio prometido, la inmediatez en el accionar frente a la opinión pública (sin los plazos más lentos de una política de viviendas), era goloso. Y por ahí, como hace Marco Ferreri en sus escenas que se van llenando de personajes, aparentemente absurdos (por ejemplo, un niño sentado en una bacinilla sobre una mesa de comedor junto a los comensales), el concurso “en libre concurrencia”, sumó propietarios oferentes. Debió estar muy bien comunicado porque la noticia llegó hasta Barcelona. Un propietario cercano al partido de gobierno vio oportuno presentar dos “pisitos” heredados. Y ganó. Con los dos. Igual que tres personas más. ¿Con dos? El guion no busca la risa. La supuesta casualidad, el don de la ubicuidad, tampoco. Parece lo que es. Es lo que parece. Pensaríamos igual si fuesen otros (la historia reciente del reino está llena de casualidades juzgadas o no, condenas o justificadas. Las hemerotecas están ahí). Lo que ocurre es que cuatro de los cinco pisitos comprados no cumplen con la normativa. Entre esos cuatro pisitos están los dos de la casualidad. ¡Vaya!

El neorrealismo cinematográfico es un invento italiano. Se caracteriza por un intenso realismo, por sus localizaciones naturales y la inclusión de actores no profesionales. ¿Coincidencia? En este caso, pasados los años los políticos amateurs tienen ya un grado de semi-profesionalismo. Y su actuación, tampoco provoca risa. Solo se salva el concejal con competencia en contratación porque, digamos lo que digamos, firma todo lo que sus colegas le pasan y, a falta de un notario, uno se puede imaginar que tiene que existir un sistema de confianza o, en su defecto crear un puesto para esa responsabilidad. Firma lo que le pasan. Punto. Sin embargo, quién tiene competencias en la materia, quién diseñó el plan, lo ofertó y evaluó, sí tiene responsabilidades. Está mal, bueno, chau. Hay cientos de personas que pueden ejercer ese cargo. Ya es un tema de partido. Y, hablamos de un partido, no de una formación diferente que llegó a refrescar las cloacas de la política en las que se sumió el reino con el bipartidismo monárquico.

Y como las películas tienen su metraje, y este lo hicieron largo, desde la cúpula se montó una trama desmedida. No son profesionales, tampoco, ya, amateurs. Negar la evidencia tampoco provocó risas. ¿Alguien pensaba que dilatando el tiempo con negativas iban a crecer los metros cuadrados de los pisitos o se abrirían las ventanas? ¿Alguien pensó que el tribunal no se ajustaría a derecho? Y como el emérito en sus memorias de África, ahora se pide perdón. La plata de los pisitos, voló. Ahora el propietario ya no es tan colega. Hablamos de plata.

Mary Carrillo y José Luis López Vázquez representaron estupendamente a quién le supera la realidad y está pero no está y a quién, a toda costa, busca manotear las circunstancias a su favor. Marco Ferreri, criticado en su época por hacer uso del sarcasmo y el humor “negro”, y Rafael Azcona guionizaron una realidad de las tantas del incipiente desarrollismo en dictadura. Los datos sociales y económicos actuales, lo diga quién lo diga, son de una situación de crisis. Y a falta de neorrealismo cinematográfico, hoy, la comedia que no es para reírse, se consume, día a día, en los noticieros y otros medios. Cosas de pisitos.

 

Anuncios

Miedo #MeTooToo

180910-woodward-trump-fear-mn-1224_1e77a57df618d197fcbf45a605c3a175.fit-760w.jpg

El miedo se impone. Inoculado, se absorbe. Condiciona la mirada, humedece el cuerpo. El miedo se porta, se incorpora a la diaria. Y cuando llega a convertirse en terror es, habitualmente, muy tarde. Da miedo saberse desposeído del derecho a ser. Y es peor saberse poseído por el poder del otro. Estamos entrenados. Desde la infancia (familia, escuela, empleador, pareja, financiera, y todos los etcéteras que se quieran). Es lamentable listar todos los miedos con los que se convive en la diaria. Incorporados. Disimulados. Miedos, al fin y al cabo. Y la protección, a veces mafiosa, a veces condicionada, las menos real, desinteresada y solidaria, gravita en los relacionamientos.

Situación 1: un tipo pide refugio en Austria. Procede de Afganistán. Lo solicita como refugiado que huye de las leyes que persiguen la homosexualidad y que, pueden acarrear la pena de muerte. El funcionario, lo mira y examina el expediente. Denegado. Motivo: no tiene la suficiente “pluma”, no es excesivamente amanerado. Y, además, tiene un antecedente por una pelea callejera. Deportado. El funcionario, que se me antoja gris, reluce con su poder para decidir por meras impresiones oculares, el destino de esa persona (cosa no menor a tenor de las leyes de las que se escapa). Y se publicita. La idea es imponer el miedo a esos seres desgraciados que vienen a mover su piso.

Situación 2:  pagodas improvisadas en Europa. Maestros del budismo tibetano, monjes y laicos, abusan sexualmente e infringen malos tratos a los estudiantes. Se escudan en que “el sexo con estudiantes es una tradición tantra”. Se crea el #MeTooGuru. Hace unos años, el abuso sexual en un marco religioso era presentado por el poder como una práctica de las sectas, muchas de ellas con santón o gurú indio. ¡Qué cosas! Hoy sabemos, y tan sólo vemos la punta del iceberg, que el abuso a menores ha sido y es una realidad en los colegios católicos. No tienen hashtag. Es un escenario que tiene su lógica canalla. El miedo infantil presentado como respeto a la figura del docente, confesor o, simplemente, mayor. El miedo de la fe presentado como el maestro. Poder en estado puro alimentándose de la debilidad infantil y de la necesidad de creer, ya adultos, que no se está solo en esta vida de mierda y que, si bien culpables, hay una tabla de salvación. Eso sí, con peaje.

Situación 3:  violencia doméstica. Puertas adentro, el poder se impone por el miedo a la fuerza física, la coacción intelectual y la dependencia económica. La centralidad tiene tres o cuatro modelos de relacionamiento en pareja donde las personas se adscriben. Son zapatos de horma chica que exigen sufrir y padecer para estar adentro, para ser parte. Mal negocio. En la periferia, a veces solo hay un modelo. En un reciente estudio de violencia intima de pareja (IPV, por su sigla en inglés), realizado por la Escuela de Salud Pública de Minnesota, entre parejas de hombres de Chicago, Boston y Atlanta, da unos resultados elocuentes: 45,6% reportaron haber sufrido IPV de algún tipo (146 de los 320 participantes), 33,6% reportaron IPV emocional, 20,3% IPV de monitoreo, 9,7% IPV física y 6,8% IPV de control. Los autores reconocen que la IPV “es un problema de salud pública prevalente que afecta a personas de todos los géneros y orientaciones sexuales”. Puntualmente, y propio de las redes sociales, es importante los datos de conducta de “monitoreo y control”. Y hay un dato que también me gustaría destacar del estudio como causal: el estrés financiero y la depresión. El miedo de vivir en los modelos.

El 11 de septiembre, Bob Woodward (caso Watergate), publicó “Fear” (Miedo), un trabajo de investigación sobre Donald Trump. El título se extrae de una frase que Trump le dice en una entrevista en 2106: “El verdadero poder es… y preferiría no usar esta palabra… el miedo”. Por una vez, coincido. El miedo es cultura. Lamentable. Real. Cultura del poder. Empoderar, tan de moda, es aceptar las reglas del miedo como herramienta. Y, por ahí, se desmorona el discurso inclusivo. No existe el otro. Todo es el yo. Valdría la pena repensarnos, repasar nuestras biografías, seguro que la mayoría entramos en el “yo también” del hashtag.

Escribiente, escribano, escritor

3bf0e2af851add6f5e9d06f2d05b478e.jpg

Rabindranath Sánchez fue escribiente toda su vida en la plaza Independencia. Oficio heredado. A máquina y singularmente a mano. Caligrafía inglesa. Especialidad en cartas a deudos de difuntos. Las escribe sin inventarlas, tan solo compone una escena. Y está quién ya no está. Es un estilo propio de los Rabindranath. Sánchez es apenas un apellido comprado hace tres generaciones cuando el viejo, el original, según dichos familiares, por azar terminó escribiendo en la misma plaza. Casi la construyó. Las revoluciones, los duelos y el excesivo uso del facón para dirimir confrontaciones fueron oportunidades que las agarró al vuelo. Tenía experiencia el viejo y era ágil para los idiomas. Inglés, portugués y su natal hindi. El español, coser y cantar. Un naufragio en Aguas Dulces ancló sus expectativas más lejanas. Y no le dio mayor importancia. Encontró la plaza, a las personas y se instaló con su máquina. Encontró a doña Emilia y la amó. Se amaron. Dos indios de dos continentes. Una confusión creada por otros. Con cartas de amor comenzó su trabajo en la plaza. Y tuvo éxito. La soldadesca sembraba viudas a reglamento. Supo explotar el exotismo de sus escenarios. No son distintas las personas cuando pelean por explicar su excitación encorsetada y se abandonan a no tener palabras. Con el tiempo, el escribiente se transformó en escribano. Los contratos, las demandas, los acuerdos, son meros formulismos donde se cambian los nombres y las amenazas. Son formulismos canallas, que intimidan para quien el alfabeto nunca se detuvo en su estación. Por ahí tenía más competencia. Igual, se las rebuscaba. Cuando al fin se sintió con fuerzas para colgar el cartel de: “se escriben cartas de difuntos”, la pegó definitivamente. Las cobraba dos veces, una por tarifa y otra, fruto de la propina que siempre recibía. Por mucho que le preguntasen por la fórmula, nada respondía y con su cortés mirada dejaba incógnitas que transcendieron la plaza. Su hijo, el segundo Rabindranath, al igual que él de chico, aprendió el oficio mirando escenarios. Padre e hijo recorrían descubriendo la ciudad y sus personas. El bullicio del puerto donde el dolor y la felicidad pugnaban entre llegadas y salidas de los fierros flotantes, los mercados en los que la picardía eran un modus vivendi entre texturas y olores, la estación de ferrocarril por donde entraba el campo y salía la ciudad, los barrios más aburridos de la burguesía con sus tiempos detenidos, los populares de acentos marcados y conversaciones a puro grito que es como se traducen las lenguas y el centro, una entreverada red al que acudían los vivientes anteriores intentando ser otros. Ellos dos, y después Rabindranath Sánchez con su papá, observaban en silencio las historias que otros le regalaban. Maravillosos espacios comestibles que siempre estaban en la vuelta esperando ser escritos, descritos, inscriptos en alguna identidad posible entre sus cielos y esas tierras. Por las noches, las recreaban dándole un sentido a los instantes vividos con la prohibición expresa de sucumbir a sus criterios construidos, a los prejuicios que los invadían fuera de horas de trabajo. Porque su trabajo, la materia prima que redactaban después como de escribientes y escribanos. Rabindranath Sánchez creyó ser el último. Emilia, su hija, la mejor pluma que leyó en su vida arrancó como escribana. Otro tipo de escribanía. Cosas que nunca se deben juzgar. Igual, más que hablarse se escriben eternas cartas pese a su vecindad. Y le manda clientes que lo mantienen vivo. ¿Quién no quiere recrear a la persona fallecida? ¿Quién no quiere imaginarla en escenarios llenos de vida? ¿Quién no quiere saberla diferente a una imagen tediosa de vencida, devolverle el nombre, entender sus secretos?  Y ahora que Rabindranath Sánchez ya es el viejo, y hasta le hacen homenajes, disfruta con su impecable caligrafía inglesa, evocando tiempos y espacios que sólo esperan un nombre, una vida vivida. Nunca inventada. Y le llaman, y se ruboriza, escritor.

Cagarse en dios

digitalizar0003_thumb[5]

Verano del 83. Estudiaba periodismo en Madrid. Tenía una moto más vieja que yo y quería comprar otra que me posibilitase viajar. Idea de mierda: embarcarme al Gran Sol. Un cascarón que con marea baja solo sobresalían sus mástiles en el muelle. Bueno. Ya estaba. Primer día, 25 vómitos. Al final, lo siento, me tapaba la boca y tragaba lo poco que resistía dentro de mi cuerpo. Segundo día, ya fue. Tercero, psicodelia en estado puro. Cinco horas de trabajo, dos de descanso. Cinco horas, dos horas. Cinco, dos. Mal tiempo. Frío. Humedad. Poca comida. Golpes. Muchos. Muchísimos. Devastando la mar. Poniendo valor a los peixes, no a las personas. Trabajo duro. Más de lo que se pueda imaginar. Ni qué decir los románticos de la mar. A cada movimiento un “mecajoendios”. No hay errata. Estrobar, mecajoendios. Palear, mecajoendios. Seleccionar, mecajoendios. Largar, mecajoendios. Virar, mecajoendios. Limpiar, mecajoendios. Comer, mecajoendios. Lavarse las manos, mecajoendios. Ponerse la ropa de agua, mecajoendios. Engrilletar, mecajoendios. Mecajoendios, mecajoendios. Al principio, el vacío. Después, colegas. Eso del periodismo les supo divertido. Día del Carmen, mecajoendios. Y la pregunta obvia: por qué una comida, en las dos horas de descanso, si el mecajoendios es la palabra más usada. La respuesta, nos da fuerza. Bien, está buena la contestación. El más veterano de los marineros recuerda que unos años antes llegó un extraño, como yo, al barco. Buen trabajador aunque sufrió el vacío de rigor. Un tipo educado. De buenos modales y piel blanquecina. Así cómo yo logré hacerme espacio entre ellos con un golpe que me noqueó, el tipo también pasó el filtro. Era un estudiante del seminario de Salamanca. Estaba al final y quería saber eso del pescador que tanto les gusta contar a los católicos. Y cuando uno ya forma parte, el trabajo no da para conversaciones o disquisiciones sobre lo que somos fuera de los 30 metros de eslora. Bastante es aguantarse con olas de 6 metros sin ser barrido. La onda es que todo el mundo siguió con sus mecajoendios. Y el tipo, impasible. Bien por él. Pasados los días, según contaba el veterano, lo reubicaron junto con el contramaestre a los mandos molinillo. Y se sintió cómodo. Y aprendió, como el resto, que cuando algo no iba, se trancaba o simplemente demandaba un extra de fuerza, lo mejor era decir: ¡mecajoendios!. Cosas de la mar, dicho por Deus (no interpongo denuncia alguna), y escuchado entre aguas internacionales e irlandesas (por las dudas de la indignada asociación de Abogados Cristianos).

Los forros reversibles

7963351862_e51db9efd6_z-min

Si hay algo que me produce risa es cuando un católico (cristiano, judío o musulmán, cada uno en contexto) apela a la tolerancia para no escuchar un análisis de texto. ¡Somos unos intolerantes! La estadística nos sitúa como escasos o, por lo menos, la que presentan para reclamarle al fisco sus prebendas. Pero, muy, que recontra muy, intolerantes. Irrespetuosos con la mayoría. Y, dependiendo del tono, hasta radicales extremistas con tendencia a apuntarnos en una escuela de pilotos de la Florida. Sin embargo, nada de eso ocurre y por mucho que libro no resista un pase ni literario ni histórico, mofarse es de intolerantes y recordarles que, en el pasado, presente y futuro, cientos de millones de personas murieron, mueren y morirán, una salida de tono. Curioso victimismo.

En las últimas décadas, después de Cristo (patrón que nos rige un principio cronológico, un antes y un después, menos al meteorito despistado que acabó con los dinosaurios del cual directamente asumimos que fue hace 65 millones de años), la derecha conservadora de valores exclusivos y excluyentes, ha tomado las calles de muchos países y continentes. Se han vuelto revolucionarios. De esa manera, claro. Se han autoproclamado victimas de gobiernos socializantes que quieren equiparar al pobre con el medio clase media. Y como con los votos no se obtienen resultados, se acude a la fraternidad internacional para describir un panorama de opresión, de falta de libertades y, lo que es peor, de políticas que igualen al indio, negro, zambo, mulato, amarillo, cobrizo o verdoso con el blanco heredado. Si todo estaba bien, por qué cambiarlo, unos en sus barrios y los otros en sus barros. Unos servidos y otros sirvientes. Y es que, lo digamos como lo digamos, los pobres (condición adjudicada a las poblaciones originarias de cualquier continente), nacieron con el pecado concebido. Puestos así, desde la centralidad, surgen las dudas. De tanto hablar y escribir, seguro que hay algo malo. Y que son corruptos. ¡Vaya! Curioso victimismo.

En estos días surgió una polémica sobre la libertad o no de expresión de un monologuista que en un canal en abierto se mofó del pueblo gitano. Las redes y movimientos sociales, saltaron y lo denunciaron. Parece obvio revolverse frente al poder hegemónico que tradicionalmente han encargado los blancos cristianos. Y debate significa que muchos patearon el tablero para defender la libertad de expresión del personaje: “¡es humor!”. Ciertamente, y del malo. Pero nada tiene que ver con la libertad de expresión que ampara el derecho de las minorías a expresarse y no de las mayorías a ser redundantes (discrepo que un monólogo sea humor y sí una caricaturización que muchas veces nos desvela y de ahí nuestras risas. Hacer un monólogo con fines comerciales es idear, plasmar en un guion y representar; es decir, existe una intencionalidad), bajo distintos soportes para estigmatizar a una minoría determinada. Seguro que, todo es comercial, no se manda un monólogo sobre la violencia de género (lamentablemente no hace mucho se hacían), o de los migrantes en el Mediterráneo. Esto no quiere decir que no lo pueda hacer. Existen fórmulas donde las personas afines a su percepción sobre el pueblo gitano puedan compartir, por ejemplo, un libro, un teatro, un canal de pago. La idea es que en abierto y a través del “humor”, se normalizan para muchas personas (sobre todo la chiquilinada), los estereotipo de lo qué es el pueblo gitano. Prueba: en 10 segundos una, solo una, cualidad de los gitanos (y no vale el flamenco que es más amplio). ¿Y? Ah, no sale. Tampoco de los leperos, ni de los belgas (para los franceses), ni de los judíos (no israelitas), ni de los gallegos. Son lo que son, aunque no sean eso. Y el “humor” como el “amor”, también mata, excluye y condena. Todavía recuerdo a un padre que hablaba mal de un colegio porque también acudían gitanos: “un niño gitano solo, fastidia toda la clase”. Supongo que no vale recuperar la foja histórica del pueblo gitano, sus condenas, expulsiones e intentos de exterminio. ¿No? Bueno. Ni tampoco el número. Bueno. Perfecto. Lo mejor es que el susodicho monologuista (omite señalar que es de un pueblo, Carballo, donde desde siempre ha existido una disputa con los “moinantes”, apelativo utilizado para las personas gitanas), publicó un comunicado para transformarse en víctima. Los salvajes gitanos le enviaron 400 amenazas de muerte (número exacto ya que las fue contando y las organizaciones sociales son muy matemáticas, ellas). Y, por supuesto, su hinchada se indignó. Creo que nadie le tildó de artistas. ¡Vaya! Lo mejor es ese punto medio indefinido de hipsterismo desbocado que formalmente se posicionó. Desde sus asépticas y teóricas vidas, lo consideran intolerantes. Curioso victimismo.

Unas cuantas cosas aprendí navegando. Una de ellas: los forros no son reversibles. O lo que es lo mismo, victimario nunca será víctima. Cosas de texturas e higiene. Y de lógica.

 

 

El póster de Radio 3

9012961

Tuve un póster durante años que me acompaño en múltiples mudanzas. Está bueno, donde quiera esté ahora. Estudiante de periodismo, Madrid, años 80. Pisos compartidos. Bagajes y territorios con whisky DYC, pirulas y porros. Agujerearse con alcohol, fuego y la destreza de una colega. Horas de música en el suelo, conversaciones de encrucijada, subidas y bajadas de los latidos, fanzines desparramados y los últimos comixs de una Barcelona que solo tenía sentido dibujada. Era la previa a salir a romperlo todo. Y se rompía. No había medias tintas. De muchas formas podías ser parte del forúnculo de una transición que ya se percibía mezquina, interesada, que encorsetaba destinos para que otros pagasen sus facturas. Es mentira lo de las libertades. Había que pelearlas. Pero se contaba con el descontrol. El caos dejaba ese hueco por donde colarse. Por eso la movida, convertida en un resto arqueológico recurrente, fue efímera. Nació para morir y así tenía que ser. Desde mitades de los 80´, la creatividad fue dictada por los mercados. Y en eso anda.

Tuve un póster en la pared que cuando la cama giraba como una lavadora, lo puteaba. Y me gustaba. El póster y putearlo. Estaba cargado de personajes conocidos, de conversaciones de prolongadas, de espacios comunes. Quizás, de culpables de juergas que duraban días como una secuencia de olas que llegaban y marchaban a alguna orilla, quizás conocida; quizás, no. Las dexis de 15, la trasera del bar Isis con los iraníes preparando talegos, siempre en conflicto con los vallecanos, siempre diciendo que nos matarían aquellos granos naranja y blanco que pulverizábamos para metérnoslos por el narigón, siempre con la voz de Sinatra tras el mostrador preguntando por sus minis; uno por cabeza. Y la policía, bueno, policía. Uniformados de marrón. Y frente, nuestra base, el Malandro. No sale en las guías. Demasiado chico. Da igual, existió. Y estaba bueno, como el póster.

El póster, habitualmente, estaba en el corcho sobre la mesa de estudio, después trabajo, después paro, después ni idea. Años intensos de un tardío nuevo periodismo, de convergir en espacios comunes, de osadía y también disparates. Una facultad con el mejor bar de la Complutense y algunas mentes brillantes ocultas por los codazos de trepar en el nuevo régimen. De todos, singularmente, Santiago Montes (si alguien le interesa, le ponen al lado filósofo). Había más. No muchos. Años de proyectos como Radio El País, fantástica extremidad del grupo Prisa que duró poco porque era demasiado buena y eso siempre es malo (un buen ojo habría detectado el bluf del grupo). Fanzines como La Luna o Madriz, editado por el Ayuntamiento algo que adolecen las nuevas formaciones municipales de la actualidad. Bueno, van por otro lado. Quizás, con un hashtag, tomarían la posta. Lo dudo. O el mismo que publicó Radio 3. Esa emisora de mi póster en la pared. El de las noches de estudio que arrancaban con un sutil susurro: Tris…, tras…, tres… Con Nano en los informativos. Y Jesús Vivanco. Creando estilo en formas y contenidos. Era la radio. Un premio y un castigo porque irremediablemente fue devorada por las fórmulas. Pero existió. Y esa generación se divirtió siendo serios, relocos y repasados.

Tuve un póster durante años en la pared que juntaba a todas esas personas y les daba un toque de elegancia de una mirada particular. Muchas eran las miradas. He intentado localizarlo en internet y solo sale una foto espantosa con un pie que dice: un póster “histórico y raro”. El dueño de la mirada era Ceesepe. Celebro los espacios comunes. Lamento la baja de su mirada. El territorio se achata un poco más. Pierde color. Y larguiruchas y sensuales emociones. Tengo que recuperar ese póster.

Tirar del cuerito

misscarito

Existe un remedio ancestral contra el empacho, de esos que es imposible ubicarle su génesis, seguramente repudiado por los adictos a la ciencia médica que enarbolan los prospectos ante cualquier amago a recursos previos a la revolución industrial, que funciona. Y muy bien, por cierto. Desde Alaska a Ushuaia lo han utilizado los pueblos originarios, los criollos, esclavos y después lo asumió la migración que bajó de los barcos. Curiosamente no viajó a las metrópolis como otros productos del campo o la minería. Así que resulta cómico ver las caras de las personas, fuera de contexto, cuando se menta que para el empacho, abuelas, tías o madres, propias o prestadas, siempre del barrio, tiran del cuerito. Y lo hacen a los bebés, niños y adultos, que empacharnos está en el ser. Y alivia, reconforta, te pone otra vez en movimiento. Y la sonrisa. Para volver a empacharnos. Está la solución romana, vomitar. Un poco más aparatosa, creo.

Las pantagruélicas normalidades construidas han llenado la panza de las sociedades occidentales. Están empachadas. Les falta calle. La ortodoxia de los mercados marca la cancha, provee intangibles certezas. Y las personas consumen. Nunca antes como ahora se tuvo tantas herramientas para comunicar, para llegar y ser llegado; sin embargo, sea cual sea la ideología (dándole la izquierda de su existencia), las personas están sentadas mirando una pared repleta de ellas, bien ordenadas, a las espera de que el poder les indique cuál utilizar. Es la ortodoxia que en cada periódico histórico ha determinado el accionar moral de las personas en función de sus necesidades. Un rey, un emperador, un consejo de administración. Normalizadores. Es su papel. ¿Y el de las personas? Lo que se disponga. La ortodoxia es la marca global de un sistema. El conjunto de valores que se le presupone al símbolo (la democracia). Sin embargo, la historia y seguro que el futuro está lleno de simples outsiders. Sencillos, irreductibles. Contradictorios imprescindibles. Juzgables. Así se organizó la huelga de mujeres de 1975 en Islandia, 24 horas que cambiaron la isla para siempre, o se optó por el Bloco de Esquerda en Portugal que arriesgó a ser lógicos y consecuentes con la crisis económica (sin el discurso estudiantil griego que a la postre, bueno, fue un fiasco), se cambió el sistema educativo finés, se legalizó el matrimonio igualitario en España, se legalizó la marihuana en Uruguay, etc. Inusuales, abridores de puertas. Jodedores de la ortodoxia. La cuestión es que las herramientas existen, algunas tecnológicas y otras ancestrales. Y se deben utilizar. Mover el piso. Con las más acertadas. Sin pragmatismos. Tampoco romanticismos.

Los pellizcos se aplican a ambos lados de la columna. Más bien cerca de la cintura. Pellizcos abarcadores, intensos, prolongados, llenos de secretos. Y resulta. ¡Chau empacho! Y miren por donde, tras siglos de utilizarlo, de transmitirlo oralmente, de recomendarlo, la ciencia lo investigó (véase sociedades médicas y universidades, con informes maquetados para el consumo de sus atónitos consumidores), y lo normalizó. Tirar del cuerito es científicamente correcto: “estimula las inervaciones nerviosas para acelerar el movimiento estomacal y expulsar el bolo alimenticio “pegado” en el estómago”. ¡Vaya! Entonces podemos tirar del cuerito en las próximas elecciones brasileras o romperle las pelotas a los Salvini & Co, para 0 muertos en el Mediterráneo, o encarcelar curas pedófilos… Es científicamente posible.