Es lo que el público pide

En una pequeña ventana en el margen inferior derecho de la pantalla pasa una caravana fúnebre o unos caballos fúnebres o unas personas fúnebres o unos soldados fúnebres pero pasan y no dejan de pasar mientras la locutora avisa que se viene un otoño y, peor aun, un invierno donde pasaremos frío, mucho frío porque alguien la cagó y ahora toca pasar frío, mucho frío como escarmiento, y que compraremos menos comida, mucha menos comida como escarmiento porque las monedas suenan poco en nuestros bolsillos y alguien se la está llevando a paladas porque la carestía es negocio legal y lícito y, a la vez, hay un making of de una guerra entre el mal y el bien. Vaya, ahora le encuentro la lógica de la ventana en la pantalla porque está mostrando que una semidiosa del bando del bien está siendo paseada a su última morada y es necesario no perder detalle no vaya a ser que se levante y vuelva al trono o que un fanático republicano le lance un reproche a su ataúd o a la comitiva real que lo es en uniforme medallas y número. Hay un empacho de medievalismo fúnebre o así lo siento. Es la última voluntad de la fallecida, es su última puesta en escena diseñada al milímetro, dice la locutora. Años planificando esta demostración de nostalgia imperial casi faraónica es uno de esos espectáculos deseados por los programadores de la realidad. No sé por qué me vienen las imágenes de una plaza en Corea del Norte (que no está invitada ni tampoco Rusia ni Afganistán ni Venezuela porque las espadas de la libertad y la democracia están en alto) festejando al líder, pero eso son cosas mías que tengo testa cattiva. Un espectáculo que bate récords, donde los súbditos hacen trece horas de cola para saludar a su reina muerta tras trece horas de colas porque el número importa y el sharing es una medida inventada hace siglos para hacernos sentir culpable con la sentencia: es lo que el público pide. Y sí, solo me alegro por los vendedores de merchandising con sus tazas, pines, banderitas, juegos de té, platos y demás abalorios recién importados de Asia, de sus antiguas colonias. Es cierto, faltan representantes de los territorios antes colonizados y ahora explotados por compañías o pacificados por las armas (hasta un punto que la solución nunca es solucionar el problema). Pero faltan, claro que faltan en el desfile los pueblos de África, Asia, Oceanía, América y el Caribe con sus danzas de guerra presentando vasallaje a la muerta (no en vano fue la propietaria de un sexto de la tierra) como en vida mostraban los medios sus viajes imperiales e imperiosos (quizás sería un exceso una ristra de esclavos encadenados que están en el origen de las ganancias que pagan el espectáculo con trece horas de colas y ventana en la pantalla todo el día). No, el desfile es blanco y el único exotismo posible es el gaitero escocés omnipresente en una unión de territorios que se agarran con pinzas. Un espectáculo lleno de imágenes de profunda emoción o no tanto, pero la locutora del noticiario así lo lee en el teleprónter y si lo dice la tele será cierto. Caballos perritos ositos (al zorro nunca lo invitan), hijos nietos bisnietos sobrinos primos cuñados y cuñadas son objeto de deseo de los objetivos de las cámaras porque en el espectáculo unos ven la normalidad de una familia que perdió a la abuela pero que se odian o aman o desprecian pero con uniformes y medallas y otros ven la divinidad que pese a los impertinentes revolucionarios franceses nunca ha dejado de existir por el bien de nuestras distraídas vidas que necesitan ese símbolo que nos rige haciéndonos diferentes, partes de un gran mundo lleno de hambre muerte mísera odio guerras y dictaduras corporativas. Es un espectáculo real y como dicen en el teatro cuando sobreviene una muerte, debe continuar porque a juicio de los programadores de la realidad: es lo que el público pide.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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