Los malos desde la butaca

Volvieron, por esa casualidad de los programados, las películas de soviéticos malos o depresivos a punto de desertar o de acento con licencia para morir o de asesinos de la KGB. Casualidades. Ya había un kilombo porque en la guerra fría a los soviéticos también le llaman rusos para mojarle la oreja y recordarles su pasado imperial. Medio loco pero en realidad, si se cambia en el ushanka  la estrella roja por el águila bicéfala de Iván III  ya se puede reponer las viejas películas hasta que la factoría del entretenimiento (ahora en fase de producción acelerada) emita las nuevas y juegos de guerra con el aguilucho de dos cabezas en las pantallas.

Por las mismas me arrancaron de la memoria todos los malos que la pantalla nos mostró desde la infancia. El éxito absoluto de los malos y que marcó un camino cuasi científico para poner en valor al cine como método de generar opinión y prejuicios desde la niñez, fueron los INDIOS. 

El invento del cine se demostró como un medio perfecto para llenar un vacío en la historia de EEUU y el avance de los imperios por el mundo. Fácil de consumir de guionizar la imagen, aunque ficción, daba la certeza de un relato reinterpretado acomodado justificador del genocidio que los blancos anglosajones y cristianos practicaron, sobre todo a lo largo del siglo XIX donde se centraron las películas (muchos de sus protagonistas aun vivían cuando se proyectaban las primeras películas). El cine no deja lugar a la imaginación y permitir que toda la extensa documentación oficial y privada, las actas políticas, las hemerotecas… fuese interpretada por las nuevas sensibilidades (pocas pero nuevas) de la opinión pública era “poco democrático y menos cristiano”. Así pues, el cine que representaba un avance tecnológico para sacar pecho de clase de “raza”, se aprestó a explicar hasta la saciedad que no había existido un genocidio que no habían robado los territorios que no habían esclavizado a otros humanos y que, en todo caso, si era todo lo contrario había ocurrido por el bien del espectador que desde su butaca disfrutaba del bienestar gracias al sacrificio de aquellos cristianos racistas asesinos esclavistas ladrones. Un chantaje emocional para un niño que no nos convertía en eso, pero entendíamos que los buenos también hacen esas cosas y por nuestro bien por la democracia por la libertad por las leyes del hombre y las divinas. Por supuesto, soñábamos con participar en una carga del Séptimo de Caballería a pura corneta. Por supuesto, sabíamos que “hacer el indio” no estaba bien. Por supuesto, creíamos que el asunto era: “o ellos o nosotros” (nota: los chiquilines en la calle cuando jugábamos a policías y ladrones, siempre queríamos ser estos últimos; resistencia inconsciente o carne de diván, vaya uno a saber).

La historia de los indios como seres malos y dignos de matar sin remordimientos y hasta con alegría para un final feliz duró medio siglo (y está vigente porque la televisión tomó la posta y como producto barato las sigue emitiendo como el “cine del oeste”) y se convirtió en género que estiró como un chicle el papel de los malos.

Si el perfil de los malos “históricos” estaba definido y consolidado, en papel secundario, acompañando la historia de Estados Unidos y del imperio británico (los indios de la India eran malos malos y algunos, malos malos y musulmanes), se incrustó a los mexicanos que además de malos, eran vagos, imposibles, de sangre impura entre india y europea, la mediterránea. Sin pintura de guerra y  con ropas occidentales, aunque sucias, los mexicanos del cine del norte aportaron el nexo de unión de los malos del presente. El cine como creador de opinión pública en convivencia con la televisión y la información (ahora se suman los juegos y aplicaciones) funcionales a mantener el pensamiento único: el norte es por definición la esencia de la libertad la democracia las leyes y la periferia (el sur aunque no corresponda muchas veces con su situación geográfica), odiosamente rica en recursos, necesita ser intervenida en nombre de la democracia la libertad el progreso por su manifiesta incapacidad intelectual cognitiva y amenazante con los valores dados. Así los malos aunque diversos compartieron un mismo perfiles para acompañar las guerras e intervenciones en el mundo: estuvieron “los Charlies”, odiosa variante asiática capaces de vivir en el subsuelo y de resistir varias muertes, los revolucionarios centroamericanos y sudamericanos que aportaron el narcotráfico como arma de destrucción masiva en casa hasta llegar a quienes hasta la guerra de Ucrania eran protagonista de toda la maldad que Occidente puede aguantar: los musulmanes. Ahí, además de estar en peligro la democracia la libertad el progreso y el libre comercio, estaba en juego la religión. Igual de sucios, mal vestidos (ninguno de los malos saca lustre a la hebilla de su cinturón), barbudos, caóticos se sumó el fanatismo que las creencias aportan a la maldad. Y como es el hoy (bueno el hasta hace un rato porque ahora son los rusos eslavos), verlos en la calle, fuera de la pantalla, inquieta.

Los malos desde mi butaca tan solo fueron los indios de los 60. Inevitable. Para desgracia de los estudios de la industria cinematográfica y los programadores, en la calle los malos de verdad, los que hacían daño de verdad, eran iguales a ese mundo blanco que me rodeaba y odiaba sin remordimientos. Y mierda, 60 años después se sigue en la misma y como en los juegos de policías y ladrones, por suerte, muchos optamos por ser ladrones o malos porque la historia no es un invento y tampoco el presente aunque la pantalla todo lo aguante en una butaca.

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s