«No blondes allowed»

Difícil que el espejo nos devuelva una imagen de racistas cuando se dice por activa y pasiva que estamos en la era postracial. Ahí está el nazismo salvaje para salvarnos de no serlo aunque obviemos que su crueldad tan solo fue un tsunami de décadas de gestación y siglos de justificación y señalamiento de la epidermis como signo visible entre lo que es y no civilizado. En el mejor de los casos admitimos el término “prejuicios” que funciona igual que “mercados” en la economía: existen pero no sabemos dónde, son culpables pero apócrifos, educados pero anónimos pero sobre, están en la diaria sin cuestionamientos. Muros, estatuas, edificios, calles, libros de textos, películas, noticiarios…, multitud de signos consumidos sin entender su significado.

Hace 53 años, el 17 de febrero de 1969, en la escuela secundaria Cabin John, de Potomac, Maryland (EUA), su director Tom Warren, ideó un experimento que provocó un gran impacto informativo: “concibió la idea de convertir la Semana de la Hermandad, una observancia oficial de la tolerancia en todo el país que comenzó en la década de 1930, en una lección sobre el desarrollo y la propagación de los prejuicios. Pero en lugar de discriminar al puñado de niños negros de la escuela, lo harían apuntando a los alumnos rubios”, según recuerda el Washington Post. Oficialmente se había prohibido la discriminación racial en los centros docentes en 1961 (no se puede concederles la medalla al interés por la inclusión social a los estadounidenses), pero como bien señala Jorge Majfud prohibir no significa eliminar.

El planteo fue sencillo: recuperar lo que hasta hace bien poco era una normalidad y que pasaba por visibilizar y convivir con la iconografía racista: se colocó en la puerta un cartel: «Los rubios utilizan la puerta lateral». Al ingresar (por esa puerta lateral) los estudiantes rubios enfrentaban uno más explícito que delimitaba su espacio de los otros, los comunes: «No blondes allowed (No se admiten rubios)” y por megafonía y en periódico de la escuela se difundía el mensaje: «las personas rubias son inferiores e indeseables». Los monitores del pasillo se burlaban de ellos, en clase, sus profesores no los llamaban a opinar, en el almuerzo y la biblioteca, les obligaban a sentarse en una mesa separada, tenían baños segregados por el color de su pelo. Por un lado los monitores, los de cabello oscuro, colocados en el bando correcto, dominante, ganador ejercieron su poder de represión u observancia de la norma. Por el otro, muchos estudiantes rubios se radicalizaron para protestar por su discriminación y reclamar sus derechos humanos.

El experimento concebido para toda la semana, apenas duró tres días por su gran impacto (masiva protesta de los padres, abarrote de medios de comunicación para su cobertura), pero dejó muchas preguntas en el aire en torno a los prejuicios de raza (al racismo, carajo). Maryland no es el Sur profundo de EUA, el Sur Confederado que fue a una guerra civil para defender su derecho a la esclavitud (hoy en día no es raro que muchos papafritas en todo el mundo porten su bandera en conciertos de rock), tampoco era el Vietnam o la Sudáfrica del apartheid o las reservas de pueblos originarios ni mucho menos los países por debajo de su frontera Sur; entonces, ¿es posible que el racismo habite a nuestro lado? Otra de las preguntas que surgieron por el aparente cambio de roles fue: ¿se puede enseñar a los niños a tener prejuicios o a resistirlos? Medio siglo después muchos de aquellos alumnos que padecieron la segregación recuerdan: «Imagina que tuvieras que pasar toda tu vida así»; «Me impactó mucho. No hay manera de que alguien pueda hacerte sentir lo que es con sólo palabras»; «Simplemente sacaba a relucir lo que los afroamericanos estaban sufriendo todo el tiempo»; «Parecía que los tipos duros tenían vía libre para acosar a la gente»;. «Agradecí no ser rubio: todos teníamos algo de miedo de algunos de los ejecutores»; «los vigilantes de los pasillos se convirtieron en neonazis, se tomaron su trabajo demasiado a pecho» y un dato curioso revelador y que todos conocemos que apunta el Post: ninguno de esos ejecutores respondió a las repetidas solicitudes de entrevistas.

Si bien nadie se reconocía racista y menos explícitamente, en el condado de Montgomery del experimento, en 1969, existía frente al juzgado una estatua confederada, el propietario del teatro lo vendió en 1961 cuando le obligaron a terminar con la segregación, la escasa población afroamericana vivía en Escocia, el barrio negro en condiciones deplorables (no tuvieron agua corriente hasta mediada esa década); es decir, los alumnos estaban rodeados de signos de discriminación.

El experimento expiró el miércoles, apenas tres días después, el impacto de lo que era ser discriminado en aquella época tuvo gran repercusión. Hoy, en Occidente, el nacionalismo blanco está en auge y lo invade todo, bien por el poder de los votos, bien por asumir que no se es y en realidad son prejuicios veniales. Las noticias para señalar ponen el origen de las personas cuando cometen un delito, las noticias una y otra vez se hacen eco de supuestas disonancias en otros lugares (nunca de armonías), los muros bordados de concertinas se levanten para que no entren las pieles oscuras, las estatuas de esclavistas devenidos en mecenas impulsores del bienestar están en las plazas o en centros docentes, los libertarios se quejan de su falta de libertad para expresar todo el odio que llevan dentro, a las deplorables condiciones de vida se les llama pisos patera (para que no se olviden del cementerio marino que cruzaron) y si ponen la manta en la calle, delincuentes, se entretiene con la burla, se teme que un solo niño gitano o emigrante, estropee a toda una clase, se agolpan bajo plásticos a las personas que bracean el campo porque son leyes del mercado y, sobre todo, se educa a ese resto del mundo que hoy habita al blanco, democrático y cristiano Occidente. Quizás porque las palabras no llegan a explicar lo que otros sienten, habría que reeditar por un momento  ese experimento y colgar el cartel: «No blondes allowed». A lo mejor se ven resultados.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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