Tiempos capicúa

Al alba, un tipo declama su letanía xenófoba al abrigo de “La Austríaca”, en la cortada de San Onofre, por donde se ubican las entradas del servicio de la coloreada Gran Vía con sabor a destartaladas fabricas asiáticas, las plantaciones de algodón o azúcar del presente. Una banda sonora que no entorpece las porras y churros, las tostadas con tomate sal y aceite, las leches diversas para los cafés reinventados en mesas de juntas, los que resisten, jugos de frutas transgénicas, los cruasanes dulces de decrecientes lunas vienesas, los datáfonos y los celulares para dos dedos dos ojos dos sonrisas dos soledades. Amenaza ser un día de verano madrileño y a poco que se conozca la ciudad uno debería apostar por caminarla y toquetearla entre camiones de basura repartidores llegados de las periferia trasnochadores impenitentes viajeros que no han traspasado la puerta de embarque y apuran el cigarrillo antes del inframundo encapsulado transportador, un salto de espacio tiempo. El tipo tiene un fantasma o un dios o un viejo falangista invisible que le hace el aguante y al que suplica dar término a su agonía de perdedor que describe entre un pasado feliz y un presente de víctima de aquellos que han llegado para quitarle la vida el trabajo el piso la mujer el honor los privilegios. Le pide a su fantasma que remedie su abandono que se los lleve a sus tierras porque solo han venido a vivir sin trabajar a vivir de los impuestos que pagan los aborígenes nacidos sin pecado concebido a vivir con las becas para sus cachorros a vivir cuando no deberían vivir, por lo menos en la tierra del hidalgo de la triste figura. Es una película idealizada desde el franquismo que vaciaba aquel país de pobres disidentes y amorales que no hacían patria hasta la fecha. No repite en exceso los frames de su película cuesta abajo, de su ruina, pero sí su guion es un espiral que conduce irremediablemente a un epicentro psicodélico donde habitan los pieles oscuras de acentos oscuros miradas oscuras bocas oscuras hijos oscuros, de oscuras y aviesas intenciones. Mirado con mis omóplatos, se podría pensar que la cortada San Onofre es la Carrera de San Jerónimo, que el bar de porras y churros es el hemiciclo capitalino que el sujeto y su fantasma son uno más de los parlamentarios de la extrema derecha que asola otra vez Occidente agitando los orgullos nacionales las razas la guerra entre los pobres el odio al diferente. de estos tiempos capicúa donde se repiten los extremos. Vuelve la VI Flota al Mediterráneo se festeja que la OTAN tenga sentido otra vez para guerrear (¡viva la guerra, carajo!), las mujeres son desahuciadas de sus cuerpos como antaño por jueces de la moral, resurge el concepto de invertido para quienes hacen un mal uso del coño y la pirola va contra la patria, los judeo-masónicos son las mafias de la trata (peor, ¡comunistas!), los gitanos y moros ahora bandas latinas machupichus subsaharianas, vuelve la barbarie irredenta frente a la civilización del antiguo régimen destructora de culturas medioambiente miradas. Vuelve la “una grande y libre”. Tiempos capicúas, aquella fascinación inocente por la reversibilidad del número, de la situación, de los extremos, de la cabeza y cola que hoy cabalgan en un Occidente que una vez más se vuelve Poniente. Hasta que se haga noche de antorchas de verdades únicas. Mal asunto los tiempos capicúa.

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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