Y dale alegría a mi corazón

Mi hijo se va a Río de Janeiro (recuerdo a Carlitos cuando tenía 17 años y le avisé que me iba a Marruecos de mochilero y decirme: ¡qué envidia! Si tuviese tu edad, me iba de cabeza). Asumida la envidia, estoy contento muy contento recontento y pesado, todo hay que decirlo. Es Brasil. Pese a lo que pese y los conceptos preconcebidos de la industria del entretenimiento, volver a Brasil está bueno. Le envío por la mensajería electrónica pulgas de cosas variadas. Es Brasil (ya lo dije). Por suerte no me hace mucho caso, cumple la estricta cortesía hijo-viejo, salvo en los almuerzos que estoico aguanta anécdotas relatos de los culpables de nuestra existencia relacionados con Brasil. Uno que en casa tenemos asociado con el Pan de Azúcar es el aeropuerto Santos Dumont porque parece que un familiar hace la intemerata de tiempo tuvo casi un accidente, de eso que convierte en anécdota por su condición de “zafaste por los pelos”. Pista corta al lado del mar, con el Pan de Azúcar para esquivar. Es decir, subimos para verlo e imaginarlo pisando el freno, sacándole humo a las ruedas. Ver Santos Dumont nos detiene para saber lo que pasa.

Ayer saltó la noticia y en las redes se festejó con profusa alegría: “Hackearam um painel do aeroporto Santos Dumont e botaram pornô kkkkkkkkk o brasileiro não tem UM DIA DE PAZ!!!”. Durante un buen rato el perfume auto whisky paraíso con palmeras lentes de sol… y todo el llamado producto de lujo, le hicieron un hueco a vídeos pornográficos (justo ahora que los hackeos son sinónimo de caballo alado israelí que te espía de datos, muchos datos, de big data de estafas económicas de guerras…). Otro bromeó con “parece que mucha gente perdió sus vuelos hoy», pero sin dudas el mejor le agregó al nombre: «bienvenidos al Aeroporno Santos Dumont (lo que me lleva a recordar al familiar y en lo qué estaría pensado para hacer aquel desastroso aterrizaje)». En la crónica que no está firmada pero seguramente es una persona con buen sentido de humor y la exacta dosis de sarcasmo señala: “Tampoco faltaron los aguafiestas: «Imagínese a las personas que viajan con niños», se quejó un usuario, «qué falta de respeto», detalló otro sin agregar qué atropello a la razón”.

Contradiciendo en parte y sin acritud a Juan José Millás que apuesta, en estos tiempos, por correr para que la actualidad no te atrape, creo que hay actualidades que nos deben abrazar porque no llueve, hace sol y la temperatura está agradable.

Otra actualidad reconfortante (seguramente impúdica para los viejos thatcherianos) es la que implica a los que 82 vieron salir de su puerto a parte de la flota para guerrear en territorios de ultramar contra los argentinos, los que le compiten a los cavernosos y legendarios escarabajos porque en la cancha y en esos tránsitos cuando todo se viene abajo y hay que inventarse una forma de vivir a los ponchazos, nunca caminan solos han incorporado a sus cánticos una canción del flaco de Rosario, Fito Páez, haciéndola propia a medio trayecto entre la suplica el reclamo la promesa: “Y dale alegría a mi corazón”. Seguramente tengo diferencias con muchos de ellos en ciertas miradas políticas, pero nadie podrá convencerme que también hay confluencias sensaciones que hacen del fatalismo una insolente alegría. O una risa fácil.

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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