El Norte es el Sur

Nico, el más grande de los que se quedarán cuando deshaga las valijas, estrenó su piel a pura aguja de tinta. Bien, zanjado el tema enquistado durante años sobre las marcas que nos acompañan. Dos miradas. La despejada que ve amaneceres y la brumosa llena de atardeceres. No antagónicas. Acrónicas. Sin drama. La brumosa, claramente la mía, justificada por estar llena de cicatrices de una vida más presencial más de contacto más lesiva más de pedrada más de patada más mugrienta pulgosa rasqueteada, hecha un siete o pespunteada o cosida o pegada o rasguñada o quemada por el asfalto. Un mapa que cada mañana en la ducha revela al Neruda epidérmico que confiesa haber vivido. Lo habitual de la vida donde el contacto lo era todo y nada era posible sin el mismo. Así que la tradición de tatuarse, de añadir una marca artificial pese, sin duda, a libertad de hacerlo y el simbolismo implícito o la carga emocional de hacer perenne una emoción un instante una situación un recuerdo una persona, va a ser qué no, que dicen por estos lares (creo que fue la única estupidez que no hice, algo raro en mí, cuando la marinería entró en la tatuajeria de Immingham para concluir una curda de campeonato). De la mirada despejada, qué decir, tiene garra profundidad de campo es reversible fresca creativa y no necesariamente se adscribe a una tendencia.

Pero, ¿por qué cambiar mi arrugada y cicatrizada mirada? Es fácil: uno solo es veterano si asume que acumula varias vidas (no varias ideologías que entonces es un veterano de mierda) y que cada una te ha despertado en territorios diferentes. Así que cuando Nico me mostro, hinchado de mayoría indiscutible de edad, su tatuaje, fue inesperado y me gustó. Me gustó mucho. El loco se había tatuado en su costillar izquierdo el dibujo de Joaquín Torres García. El mapa. “El Norte es el Sur”. No pregunté el porqué; para qué estropear el momento haciendo esa estúpida pregunta. Lo entendí como algo suyo propio deliberado, como esos bonus track de los discos escuchados. Me descolocó. Y de colocarse y descolocarse tengo una maestría. Supongo muchas cosas que no vienen a cuento, pero creo que ese mapa dibujado por el maestro del universalismo constructivo es una declaración de intenciones, una brújula con un destino incierto, pero destino. Un destino al revés o al derecho, con latitudes y paralelos para atravesar, sin olvidos ausentes. A falta del mapa de mis cicatrices, trazarse el suyo propio y a contramano me alegra, aunque no auguré singladuras fáciles en un mundo de mesa puesta donde habitan los normales. El Norte es el Sur y es un lenguaje y está lleno de otros símbolos iconos pensamientos sentimientos a definir porque, así lo creo, quedarse con la primera edición del relato es mal asunto.

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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