Un copón de fervor: Yes of this Earth

Asunto extraño es el fervor que en algunos se desata en la semana de pascua cristiana. Va por épocas. Cuando la malaria se asienta y nos pica el mosquito de la economía el desempleo el pandémico o el guerrero, el fervor crece. Los mosquitos no tienen la culpa, son mosquitos, pero se nos presentan organizados, consecutivos como un tren de olas que apenas te permiten dar una respirada entre ola y ola antes de sucumbir otra vez a los embates y revolcones de la “naturaleza” (¿de la naturaleza?, bueh, es otro debate el dedo Miguel Ángel Buonarroti y su libre albedrío para ser parte del problema). Nada nuevo, siempre es así cuando vienen estas temporadas (que de pronto son años, cantaba Silvio Rodríguez cuando daba una canción), aunque en nuestra supina petulancia sintamos que todo es nuevo y fruto de nuestra desbordante creatividad y conocimientos (nunca una generación estuvo tan preparada, se suele escuchar). Así que durante una semana, las imágenes milagreras salen a la calle (cuando no son estas épocas, hacen negocio los turoperadores) y marchan con rabia contenida marcando el paso. Ni bueno ni malo aunque el sonido trepe hasta mi buhardilla con la vana esperanza que estimular la curiosidad o recordar que la laicidad es una hoguera rodeada de devotos que  yiran y yiran y yiran con sones de guerra buscando almas desgraciadas.

Procesionan. Van con percusión y trompetas (diría que mis muros están más firmes que los del mito de Jericó) empujando a mantener el fervor pese a quien le pese. Visto, desprovisto del fervor, la puesta en escena con caras encajadas en el papel, parafernalia estimulante y sonidos cívicos-militares, te evoca el cine de la parroquia y esas películas de serie “b” del final de la niñez, de bajo presupuesto (en todo) y títulos ocurrentes como “Not of this Earth”, que un año atrás y con otro nombre y otro presupuesto rutilaban en las fachadas de los cines de estreno de la Avenida 18 de Julio. De romanos del farwest de mundos fantásticos (por eso estaban perdidos, era mi teoría) de marcianos de piratas… el mundo del cine prendía el proyector en el barrio para entretener a la gurisada. Íbamos a no verlas, a reírnos, a armar quilombo por la oscuridad y ese descontrolado picor de la sexualidad al vernos en la oscuridad iluminados por la pantalla  (el mayor acto de amor era tirarle un chumbito a la vecinita de en frente que te tenía loco de algo indescifrable, pero algo al fin y al cabo), hasta que fray Alejandro prendía la luz y campana en mano recorría el pasillo para calmar con tono amenazante y acento calabrés a las “pieles del demonio” desacatadas. Entonces nos resignábamos a verlas y reírnos sin aspavientos como estaba permitido. A veces, en las ciudades o planetas perdidos de plexiglás y de luz plana, el mal y la barbarie se mostraba co una procesión ritual (a un volcán a las fauces de un animal hambriento a un dios irascible a un rey de túnica…). No había presupuesto para caracterizaciones o grandes maquillajes por lo que todos los participantes del rito paradójicamente eran parecidos conocidos nuestros. La mayoría miraba hacia arriba como buscando respuestas (mirar hacia arriba es clave para formar nuestra estupidez, pero eso lo aprendí después). Procesionaban con gesto compungido, sin arrugar la cara, sin parpadear ni un cachito pero, eso sí, con colirio a granel para gotear lagrimones, qué el dolor o la emoción les iba por dentro. Dos filas con velas antorchas caracolas báculos (la música de fondo hacía lo que podía para contextualizar la solemnidad del momento, ya lo dije, el presupuesto daba para lo que daba) siguiendo a los sumos sacerdotes con sus letanías, manteniendo un paso en suspensa coreografía, en silencio rumiando. Las escenas del ritual nos provoca risas, en parte porque los elencos se repetían en distintas películas, en parte porque los extras siempre tenían el mismo papel tragicómico del hincha popular con distintos vestuarios, pero sobre todo porque entendíamos que la supuesta gravedad del momento fervor, en realidad, el director-guionista-productor ejecutivo pretendía hacernos reír con la caricatura del fervor (la falta de atrezzo, lo del presupuesto, ayudaba) en la mirada del otro. No eran planos secuencia y sí un combo de primeros medios generales para recoger esa catarsis esquizofrénica que poseía a los cofrades acólitos siervos adeptos del rito religioso. Pero, siempre existía el porqué de ese estado de trance religioso: beber de un copón humeante de fervor los drogaba, los llevaba al mal (en estas películas claramente era a la estupidez; por lo del presupuesto), los cariacontecía, los alejaba del vino de misa. Y eso, como en la película “Not of this Earth”, llegado al The End, no ocurría cuando se prendían las luces y nos desparramábamos por las calles.

Tras tres días rodeado de tambores y trompetas, de imágenes dolientes porteadas por patas sin cuerpo, de las dos filas de mantilla traje caperuzos uniformes y velas (y alguna que otra saeta muy sentida), me provoca la misma risa que en la oscuridad del cine de los padres Conventuales aunque no sé cuándo toman un copón de fervor para hacerlos marchar pidiendo que se termine esta época de malaria, u otras cosas, vaya uno a saber. Yes of this Earth.

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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