¡Recordad El Álamo! y a sus esclavistas muertos

Dicen que David Robert Jones eligió su nombre artístico en homenaje a James Bowie un personaje de la milicia esclavista que se convirtió y es héroe nacional de EUA. Puede ser, quizás imbuido por aquel film de 1960 de John Wayne, “El Álamo” (actor que nunca ocultó su opinión sobre la población negra a la cual calificó como “irresponsible people”), donde la épica audiovisual llegó al clímax de este hecho histórico asumido, nunca controvertido, como referencia de la libertad y democracia, como refrendador del país de las leyes, como la necesidad de defenderse ante la barbarie del enemigo visto desprolijo oscuro incivilizado. Así David como tantos otros, desprovistos de la alimenticia crítica, pautados en un combo de educación familia juegos entretenimiento nos moldearon como vasijas seriadas andromorfas (el mito del hombre hecho de barro a imagen y semejanza de algún dios omnipresente). Nada en contra de David sea Bowie o Ziggy Stardust.

La defensa de El Álamo en 1836,  es el final épico y consolidado y nadie que lea estas palabras hiladas lo hará sin levantar la ceja cuestionando que si cada año dos millones de personas visitan la misión franciscana, en San Antonio, Texas, por un mero razonamiento cuantitativo, los más tendrán razón frente a los menos (que rompemos las pelotas).

La historia arranca en 1822 cuando Stephen F. Austin, conocido como “The Empresario” (buen título para una película que hable de oligarcas) y que da nombre a la capital de Texas, lleva a la practica el plan de su viejo, Moses Austin, de llevar a esa provincia mexicana a inmigrantes anglosajones que residían en estados sureños de los Estados Unidos. Para ello logra que México les regale a cada uno o unidad familiar (más o menos) 4.400 acres de tierra (casi 1.800 hectáreas) para producir algodón que estaba en máximos históricos de demanda en el Reino Unido por los avances tecnológicos. Además de las tierras, demandaron poder llevar todas sus propiedades para el trabajo: los esclavos (también la versión cristiana protestante de su dios y su lengua, que no era propia, pero esa es otra cuestión).

Todo bien, tierras fértiles poca competencia ventas aseguradas, pero, ¡ay!, los mexicanos eran tan atrasados e incivilizados que no querían en su territorio la esclavitud. Y no solo eso, no entendían que la esclavitud era la bendición a través de la cual serían libres, demócratas y civilizados (con el beneplácito divino).

Durante años (hasta 1836) estuvieron entreverando el relato que si Texas era diferente, que si el artículo 13 de la Constitución mexicana de 1824 que explicitaba la prohibición de la esclavitud tenía o no la salvedad de los llegados para seguir como esclavos y liberar a los nacidos en México a los 14 años o a los 24 años o nunca, que si los africanos (y los mulatos) eran más felices siendo esclavos, que el progreso y la civilización era gracias a la esclavitud, en fin todo ese relato que permitió que la población blanca, anglosajona y protestante fuese creciendo ayudado por la inmigración ilegal de sus iguales (no había mares ni muros ni alambradas pero ya existían las leyes sobre lo que era o no legal), además de maleantes y todos esos personajes que salen en algunas películas del farwest y que con cruzar el río, ya vivían tranquilos y a salvo la ley de Estados Unidos.

Fue en 1835 cuando los latifundistas anglosajones hartos de esas “incivilizadas leyes contra la esclavitud” deciden crear un Consejo General en Texas y a la par establecer sus propias leyes (sociales, fiscales y económicas) y comenzar la limpieza étnica contra quienes trece años atrás los acogieron obligándolos a abandonar sus tierras y refugiarse en otros territorios mexicanos. Algunas de las leyes fue poner un impuesto de 1 dólar por negro, la prohibición de entrada de negros libres, mulatos o personas con antecedentes de sangre negra para “prevenir la introducción de la insatisfacción y desobediencia en la mente de los esclavos honestos y contentos (sic)”. Y lo hacen amparándose en el reclamo de leyes (esclavistas), de la libertad (para esclavizar) y la democracia (solo para blancos protestantes y anglos).

El grito ¡Recordad El Álamo!, vigente en la actualidad entre las tropas de EUA cuando demandan un plus de valor para matar, nos evoca al resto de los consumidores de relatos con visos de algo supuestamente real a un John Wayne, un Richard Widmark, otro Frankie Avalon que interpretaron a los “héroes” defensores de El Álamo; a la necesidad suprema de morir por un ideal y si no queda uno, mejor (entre 184 y 257 esclavistas-defensores murieron, el dato está difuso); a la misión franciscana con nombres verdaderos como William Travis a la cabeza, James Bowie (el ídolo de Jones) y, entre otros, a nada más y nada menos que otro súper héroe infantil, David Crockett. Por supuesto que si hay buenos es porque hay malos y creo no errar mucho al decir que el general (presidente) mexicano Santa Ana (el malo y feo y sucio y maleducado y estrafalario y maloliente y borracho y mestizo y vulgar de otras películas), lo guardamos en la memoria de nuestros villanos ficticios aunque reales.

Todo muy épico y peliculero, pero el primer ¡Recordad El Álamo!, fue un mes después en San Jacinto en una no batalla de 18 minutos cuando las tropas tejanas al mando de Samuel Houston (otra ciudad en ciernes), masacraron a las fuerzas de Santa Ana cuando dormían la “sagrada siesta” (600 muertos, 200 heridos y pocos para contarla). Dicen que el grito insufló las fuerzas necesarias para dicha atrocidad inclemente.

Fue este hecho lo que originó la independencia y creación de la República de Texas y, como no, la primera constitución de la República incluyó los valores y libertades por las que aquellos anglosajones había peleado muerto pasado a la historia: “El Congreso no podrá aprobar ninguna ley que prohíba a los inmigrantes de los Estados Unidos de América traer consigo a sus esclavos a la República y mantenerlos bajo las mismas condiciones en las que se encontraban retenidos en los Estados Unidos; El Congreso tampoco podrá emancipar esclavos; Tampoco se permitirá a ningún esclavista emancipar a su esclavo o esclavos, sin el consentimiento del Congreso, a menos que envíe a su esclavo o esclavos fuera de los límites de la República. A ninguna persona libre afrodescendiente total o parcialmente, se le permitirá residir de forma permanente en la República sin el consentimiento del Congreso…”

En 1845, la República de Texas se integra como estado de Estados Unidos. Sudistas y esclavistas, por supuesto. Cierto que perdieron la Guerra de Secesión (1861-65), pero las vidas de los afrodescendientes poco cambió a mejor en estos casi 200 años, carentes de los mismos derechos en la practica que los eurodescendientes (ni hablar de los pueblos originarios y de quienes llegaron desde la frontera sur del continente). Eso sí, los ejércitos de EUA y la OTAN siguen gritando cuando los mandan a morir (a los negros o latinoamericos porque son carne más barata y quieren, al menos por un instantes ser parte del «we the people») para defender la democracia, la libertad y los derechos: ¡Recordad El Álamo! o Remember the Alamo!, vaya uno a saber.

Para esta nota, la fuente principal se ha tomado de la obra de investigación “La frontera Salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América latina” (editorial Baile del Sol) del arquitecto, profesor relaciones internacionales de Universidad de Jacksonville (EUA) e investigador, Jorge Majfud. Por supuesto, más que recomendable porque recoge documentos oficiales y privados, correspondencia y, sobre todo, bucea en la hemeroteca de la época en el lugar de los hechos.  

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

2 comentarios en «¡Recordad El Álamo! y a sus esclavistas muertos»

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