Los paraísos del tesoro

De chicos jugábamos sobre el sofá o saltando entre las camas o trepando por las rocas o descolgándonos de travesaños o ramas con improvisadas cuerdas al grito de “al abordaje” en nuestros imaginarios escenarios donde, por supuesto y acá no había “polis o ladrones”, todos queríamos ser piratas, bucaneros o corsarios (quién querría ser tripulante de aquellos navíos españoles cargados de oro plata monedas joyas telas perfumes…, que de alguna manera implícita eran ladrones de otros que no aparecían en nuestra película). La culpa, en mi caso, de Errol Flynn, un pirata honrado por mor de los guiones.

Barbanegra, Black Sam, Henry Morgan, Francis Drake, los hermanos Barbarroja y otros que la memoria me esconde eran piratas y señores, malos y buenos, justos e injustos, de finos modales y embrutecidos y expeditivos métodos, aventureros que las circunstancias los había hecho actuar de esa forma. Reales o históricos, en nuestra infancia eso era lo de menos. Y no había mar donde no navegasen, bandera que no arriasen para izar la universal negra con una calavera cruzada por huesos en blanco. Infancia.

A golpes de espadas de madera y con cicatrices para siempre, la lectura era una forma aceptable de domarnos y por ahí, el escocés Robert Louis Stevenson con “La isla del tesoro” es culpable, descubrimos que tras tantos abordajes, los piratas necesitaban un lugar donde poner a salvo sus grandiosos botines. Y se vinieron los juegos de mapas, enteros o por trozos, en papel o tatuados, en islas o costas del Caribe y otros mares, llenos de palmeras singulares y veinte pasos a poniente, de cuevas, de señales a la vista pero ocultas.

Nos hemos hecho adultos y lo que creíamos fantasías de la infancia los sabemos reales como los personajes de nuestros juegos. Existieron y son. Quizás por ello, aquellos que siguen soñando en un golpe de suerte o por la espada, normalicen (que es la manera que el poder se vuelve tangible), la existencia de los paraísos fiscales de grandiosos botines fruto de los nuevos “al abordaje”.

Periódicamente se descifran mapas del tesoro que desvelan esas palmeras donde están enterrados los tesoros. Ahí están los Panamá Papers, Offshore Leaks, China Leaks, Bahamas Leaks, Football Leaks, Money Island, Malta Files, Paradise Papers, Dubaï Papers, FinCEN Files, OpenLux (gracias Eduardo Febbo por la recopilación) y ahora los Pandora Papers.

Durante días surge la indignación: los reyes no creen en sus reinos, los jefes de estado le esconden a sus estados, las autoridades se autorizan, los bi-millonarios no comparten riquezas, miles de personajes hablan del fruto de su trabajo, de herencias, negocios, golpes de suerte que esconder de la codicia. Se hablan de cifras atropelladas de tantos ceros que marean. De hospitales, educación, hambre, de acciones sociales pendientes, necesarias, fundamentales.

Pero es un instante, unos días, quizás algunas semanas y rara vez se cuelga al pirata porque habita desde la infancia entre algunos de nosotros. Son los nuestros, los que generan riqueza, los que abanderan identidades, los que generan las normas y las ejecutan, el espejo donde mirarnos para saber cómo es la “felicidad verdadera”. Ron, ron, ron, la botella de ron (la cantaba el Capitán en la taberna de La Isla del tesoro), la bebida y el diablo se encargaron del resto en los visibles, pero ocultos paraísos del tesoro.

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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