Um bocado de tristeza

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Las once de la noche en el otro extremo de la ciudad donde las habitaciones se mezclan con los depósitos de alambres. El frío no es poético. La más chica de mis gurises estrena cena con sus compañeras de equipo. Y yo, espera. Ta´bueno. Sin dramas. Es una oportunidad para nuevas miradas. En la esquina, la baliza de la camioneta juega a sincronizarse con la intermitencia de los semáforos. La avenida está vacía. Sólo las motonetas de los delivery practican el eslalon entre los autos que portan rostros gélidos. Yo fumo recostado fuera. La edad me ablandó. Igual, los gurises conviven con mi humo y el dibujo en el living a carboncillo de Cabezas de una mano con un cigarrillo humeante y una palabra en grande: “FUMO”. Casi un acto heroico para contravenir al gran hermano. A unos metros una pareja tranza entre refugiarse en un gran colchón o derrotarse en rondas de cervezas con final incierto. El barrio está lejos de la zona de los boliches de dj ocasionales y gin-tonics. Se me ocurre que para ellos lo mejor sería la catrera y perderse entre palabras y rozaduras. Se me ocurre, tan solo.

En la radio de la camioneta, Poveda pincha a Moacir Santos. Estaba en algún instante vivido. Adolescencia. Viene enganchado de algo que Rodolfo suelta para fotografiarme frente al pick-up Viator leyendo las tapas de los discos. Coisas. Moacir Santos fue quién de componer instantes que nunca título. O lo invento o lo recuerdo, decía que uno de sus temas era una procesión de negros. Y era. Le puso Nº 5. La Nº 6, ahora que lo pienso, es la vuelta de un Vadinho impenitente a los brazos de Doña Flor, tras una noche eléctrica de Salvador, cuando aún tenía el São y era de Todos os Santos. Después de romper la harmonía de la samba, marchó a Pasadena. Demasiado lejos para la fama. No tanto para quienes aprendieron con él acordes transgresores de una dictadura que hoy vuelve para recatar cuerpos.

Moacir tiene algo con Gervasio. Y Santos con Artigas. Este componía pueblos libres y no les daba nacionalidad. Hacía “instrucciones” que hoy serían demasiadas osadas para el credo imperante. Instantes de contrabandista y redimido como soldado. De él se miente hasta en los cuadros. Incapaces de verlo tal cual era, lo pintaron idealizando a un prócer que siempre renegó. Dicen que la técnica de los pintores historicistas es una mirada neutra. Y los abalorios que contextualizan. Dicen que Artigas nunca tuvo tiempo de posar. Y cuando lo hizo, ya viejo, su imagen desmerecía el relato. ¡Qué cosas! Y también marchó a resolver su interna lejos. Fue a Cangó y Bobí, al Paraguay, para rumiar sus Pueblos Libres.

Por fin mi gurisa me saluda desde la puerta de la pizzería. Está radiante con su cena de conversaciones y descubrimientos. Vendrán muchas, pero yo no estaré en la esquina, apoyado contra la camioneta fumando y escuchando música. Es un instante para disfrutarlo. Sin espejo, no sé si ve a un viejo lleno de cicatrices o un tipo formal que forma a la puerta de una pizzería. Prefiero la primera visión.

Ya en casa, Moacir me vuelve a rondar como en la adolescencia. Pocos son quienes digan algo que vale la pena. Buceo para meterme la biaba de whisky y su samba hasta que todo tiene un hilo conductor. Es Vinicius. El poeta y diplomata tenía un tema donde citaba a Moacir Santos. En su olimpo de sambistas, el pernambucano está como Pixinguinha, el primero. Es la Samba da Bênção que me recompone la semana y aunque no lo recuerdo que también lo hizo en el pasado, con su arranque de “es mejor estar alegre que estar triste”. Y viene al toque con una fútil polémica donde un patán dice rechazar a las mujeres de 50 años y algunas mujeres, de esa edad, le contestan reivindicando lo imposible porque somos personas y no colectivos uniformados. Sin embargo, “Mas pra fazer um samba com beleza, é preciso um bocado de tristeza, senão, não se faz um samba não”. Cierto. “senão é como amar uma mulher só linda.E daí? Uma mulher tem que ter qualquer coisa além de beleza, qualquer coisa de triste, qualquer coisa que chora, qualquer coisa que sente saudade. Um molejo de amor machucado, uma beleza que vem da tristeza, de se saber mulher”. Cierto, para qué polemizar y si el patán tampoco sabrá de ser saber home, añado.

Hace mucho frío esta noche de viernes boreal. Pero Moacir y Juanito Paseante son una excusa perfecta para brinda o escuchar la estrofa de Vinicius de Moras le dedica: A bênção, maestro Moacir Santos. Não és um só, és tantos como o meu Brasil de todos os santos”. Salvo Bolsonaro y los suyos, digo. Coisas alegres que tienen um bocado de tristeza para sambar o escribir.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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