Las Llamadas de San Baltazar

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                                                                                  Foto: Sandro Pereyra

Cada 6 de enero, la memoria me tira un sisga para atracarme en una bita de la calle Isla de Flores. Construido o no el recuerdo, tiene una base de piano que alardea de repique y es tan real como aquella voz fina de un chico. Piano, repique y chico. Una cuerda de sonidos africanos. Olor a piedra quemada por el sol, sabor a salitre endulzado por el río, texturas de paredes descascarilladas y descoloridas por el tiempo. La mirada de gurí, la inquieta y porosa, la que se llena de fotogramas, construyó una película que sigue girando en la bobina de mi cabeza. Piano, chico y repique. Grave, agudo y brujo. Candombe. Para que las entidades de las naciones africanas sepan que resistieron, que están, que ahora son más, que ya no volverán, que han dejado de ser “un bien inmueble, no precioso, factible de ser vendido” como calificaban a sus ancestros esclavizados. Igual la vida es dura, vueltos personas, adjudicadas almas. Sin embargo, el 6 de enero, como desde hace 200 años, las Llamadas de San Baltazar (con zeta y no con ese), libera para tocar, bailar, chupar, amar y llorar hasta la madrugada por las calles de los barrios Sur y Palermo. Negro, blancos, mulatos, zambos, originarios… Más tarde o más temprano, todos salimos de África.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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