“Nada”

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Comenzaba 1986 y tras un sufrido match, Emilio Sánchez Vicario se proclamaba campeón de un torneo de tenis en Suiza. Por aquellos años, este deporte tenía un excelente rating de audiencia televisiva. El periodista que había cubierto la final entrevista al que ya se anunciaba como sucesor de los Santana y Orantes y entre las felicitaciones cuela la anécdota, por inhabitual, de que su rival, Ronald Agenor, un tenis haitiano nacionalizado estadounidense, fuese negro. Sánchez Vicario, con sonrisa canchera de triunfador, le contesta que: “Es que el tenis es un deporte en el que la inteligencia es muy importante y quizá los negros prefieren otros deportes, como el atletismo, donde no es tan necesaria”. Silencio. Otra pregunta.

La respuesta del tenista, quizás, se fundamentaba en la lectura de libros supremacistas de destino manifiesto o en esas conversaciones de café donde afloran toda nuestra carencia intelectual en el perverso rito de ser lo más irracionales posibles para levantar el aplauso de la parroquia (ahora se llama humor libre). El síndrome del barrabrava que canta hasta la saciedad “meta huevos”. Una de esas normalidades a la que nos enfrentamos en la diaria y da contexto a la realidad vigente del nuevo colonialismo.

James Watson es un biólogo bastardo que en 1962 ganó el premio Nobel de Medicina en 1962 por ser uno de los descubridores de la estructura del ADN. Un maldito supremacista blanco a quien patearle su huesudo culo blanco con un pie igual de blanco. ¿Intolerante? Según sus teorías: inteligente. Otra cosa es que le patearan el culo los negros, esa subcategoría genética que los hace inferiores en aptitudes cognitivas. Y lo dice, y lo recontra dice, a sus 90 años, tras décadas de estudio donde concluye su interpretación sobre una supuesta realidad genética: los negros tienen una inteligencia menor que los blancos.

De todas las respuestas recibidas (en estos días se emitía un documental llamado Decoding Watson, muy al hilo y buscando la notoriedad en la era Trump y lleno de frases lapidarias que no vale la pena reproducir), concuerdo especialmente con el director de los Institutos Nacionales de la Salud de EE UU, Francis Collins: “La mayoría de los expertos en inteligencia considera que las diferencias detectadas en los tests no surgen de factores genéticos, sino ambientales. Las personas con mayor nivel socieoconómico, mejor alimentación y mejor educación tendrán, en promedio, mejores resultados en las pruebas de inteligencia. Y es más habitual que estas personas con recursos sean blancas”.

Hace unos años, cuando el corralito argentino era una cruda realidad vivida (hoy vuelven a las andadas), saltó a los medios de comunicación una niña de la provincia de Tucumán. Fueron sus palabras ya que, lamentablemente, tan solo era una más de las personas, de todas las edades, que vivían la tragedia de la desnutrición. No había comido, “no tenemos plata”. Su, entre sollozos y mocos colgando, respuesta a la absurda pregunta, “¿vos de grande qué querés ser?” desnudó a la sociedad: “NADA”. Once años de padecimientos eran suficientes para la nena.

Tucumán que era y es una más de América, África, Asía y los conurbanos europeos. Nada nuevo en las dinámicas coloniales donde unos, por factores ambientales, nacen condenados a ser mano de obra, a emplearse en trabajos sin una categorizada “inteligencia”. Y es cierto que una mala nutrición desde el feto hasta los dos años de vida condiciona las sinapsis neurales, el desarrollo de las capacidades cognitivas, pero eso no lo da el color de la piel y si el sistema donde sobrevivimos que, vista la deriva colonialista global, son democracias desnutridas. “Nada” no se cura con caridad. Sí con justicia, equidad y solidaridad. Barbarita se llamaba la nena y cuando pensaba que era mejor no despertar, tenía once años. Y hablamos de inteligencia.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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