La patria, compañera

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En la previa a la crisis, cuando todavía se tiraba manteca al techo, se incorpora al estudio un diseñador recién llegado de Venezuela. Agradecido por su primera segunda oportunidad, poco a poco, va tomando confianza para sincerarse con ciertas sorpresas que no le cuadran en su diaria más allá del laburo. En lo cotidiano, en el roce, no es exactamente el paraíso pintado entre gaitas y morriñas del Centro Gallego de Caracas. Le desconcierta, sobre todo, no poder alquilar un apartamento donde quiere y puede. Las habituales negativas lo van alejando, barrio a barrio, de sus expectativas de proximidad y comodidad. Cree, con razón, que es el acento que lo delata. Los compañeros aborígenes niegan tal circunstancia. No en A Coruña. Verbalizo una anécdota acaecida cuando estudiaba periodismo en Madrid a primeros de los 80´: “al salir de clase, nos juntábamos unos compañeros para tomar “minis” en los bares de Moncloa. Mediodías de conversaciones eternas que proseguíamos en el Circular, un autobús que rodeaba la ciudad y que a la mayoría nos servía para no perder el hilo de la última palabra (mirábamos al periodismo con la frescura e irresponsabilidad de estudiantes. Y nos apasionábamos). Lo habitual del transporte era el bono-bus. Diez pasajes a gastar. Siempre pelados de plata, nunca exentos de participar. Muy colectivo, nada hippie. Cuando alguien había agotado su bono-bus, una cartulina con pinta de condón usado, otro picaba dos veces. Y rodar. Un día, una compañera estaba sin blanca y otra marcó el suyo dos veces. Vivían próximas, apenas a cuatro paradas de distancia. La mala suerte, en forma de gris revisor, subió justo cuando nuestra compañera bajaba. Al llegar a nuestro asiento, mi amiga le explicó la situación y, pese a ser algo frecuente, el revisor se negó a atender explicaciones. Era tan evidente la mala suerte, que intenté explicarle al funcionario (yo viajaba en regla), que eran verídicas las explicaciones que ella daba y de ahí que no hubiese intentado evitarlo o bajarse del autobús. En ese instante, vaya uno a saber que se le cruzó por la cabeza al tipo, ordenó al conductor que cerrase las puertas y llevase el rodado a una comisaria. Todavía no se decía sudaca. Digamos, un extranjero. El conductor cerró las puertas, pero no arrancó. De repente, en el autobús se armó una discusión acalorada entre los que defendían mi derecho a estar en el país y los que acusaban a los foráneos de venir a España para robar. Unos y otros enfrentados entre reproches y acusaciones. Y el autobús, con sus puertas cerradas, detenido en una parada de la Avenida Dr. Esquerdo. Pasaron unos cuantos minutos y el tono y las gesticulaciones crecían. Algunos de pie descontrolaban. Un tole tole que definitivamente el conductor zanjó volviendo a arrancar para proseguir la ruta. Mi compañera de facultad, irónico, bajaba en la siguiente (yo dos más allá). El movimiento rebajó la tensión a meros gruñidos y argumentaciones entre dientes”.

La anécdota, lejos de explicar las náuseas con las que mucho viven sus diarias a la espera del vómito, tuvo el efecto contrario. Y es que el constructo de la transición española se excusa en tiempo y forma. Y, cómo no, las ciudades de provincia siempre tienen a la ciudad de Madrid para echarle la culpa de algo. Así que, para relajar la negación de los aborígenes, propuse hacer una prueba: elegir al azar un apartamento de los clasificados del periódico y llamar para intentar alquilarlo. Una compañera diseñadora, la más negacionista e indignada por los comentarios, aceptó la prueba. Apartamento de dos dormitorios, de precio medio, medio alto, en la zona céntrica. Llamé interesado, me presenté como un ejecutivo destinado en la ciudad y muy interesado en verlo ya que el precio era adecuado. Durante unos segundos la mujer que me atendió guardó silencio. Y con una voz agradable se disculpó, justo ese mediodía lo había alquilado. Igual, intenté decirle que si no lo habían confirmado que yo estaba muy interesado porque bla, bla, bla. Nada. En el estudio estábamos en corrillo atentos a la llamada. Colgué, no sin antes dejarle mi teléfono en postrero intento. Le tocó el turno a nuestra compañera que agarró el teléfono con la sonrisa de científico que ratifica una hipótesis. Al iniciar su conversación fue transformando el gesto. El piso estaba disponible y la señora encantada de mostrarlo y ver un posible arreglo. Al colgar, nuestra compañera con la cara de asombro soltó: “no doy crédito”.

Ayer publicaban una grabación de una abogada amenazando a un dependiente con acento. Blanco y con acento. Quizás, polaco. Da igual. Le hablaba del ordenamiento jurídico, de quitar pasaportes, del significado de ser español: “hijo de padre y madre españoles”. Que no bastaba con nacer, con ser y amar, con estar y convivir. Es un error hacer sangre con el nacionalismo español ya que se da en todos los países: “los patoteros de las patrias”. Xenófobos en cualquier escala territorial. Esa mirada de desprecio, de poder, miserable que con la edad la aprendes a obviar y hasta te provoca risa. Pero es real. Está. Y sólo necesita de un mínimo aliento para vomitar la bilis del odio. Ayer, el tardofranquismo. Hoy, Vox. La patria, compañera, no tiene fronteras y habita el roce para evitar la prognosis intelectual de los constructores de escaleras. La patria es un inquilinato lleno de acentos, olores y tactos.

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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