Misa de gallo

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Agosto de 1978. El Frente Sandinista avanzaba en Nicaragua. La Gira de la Anarquía no había hecho estación en España. Algo sonaba en el Carolina como síntoma de una contracultura que venía media “movida”. En el resto, bueno, los Ríos de Babilonia. Los argentinos ganaban su primer mundial entre la polémica del 6 – 0 frente a Perú y el eslogan de “somos derechos y humanos”. Ya se sabía que el fútbol estaba en manos de chantas (ver historia futbolera de alemanes, ingleses o italianos), pero fue un ensayo para ver su efecto narcotizante ideado por Burson Marsteller siguiendo el modelo de Goebbels y las Olimpiadas del 36´ en Berlín. El cóndor volaba alto y su plan se ejecutaba con marcial disciplina en Brasil, Uruguay, Argentina, Paraguay, Bolivia y Chile. Mi viejo había cumplido su parte del pacto y yo había huido de La Coruña, tras sacar en febrero tres materias de quinto, dos de sexto, todo COU y hacer la selectividad en junio. Las ciudades chicas son asfixiantes y en aquellos momentos entre los vestigios de un franquismo muy vigente en normas y comportamientos, el arribismo de los nuevos demócratas a los que les faltaba un hervor ideológico y les sobraba temperatura para imaginarse tomando posesión de la maquinaria estatal, poco pintaba un tipo de 17 años criado al sur del sur que estaba más cerca del anarquismo que de la chaqueta de pana. Ni una semana pasó entre el examen de selectividad universitaria y telegrama para embarcarme como mozo de cubierta en un mercante. Y se hizo la paz.

Cumplí 18 años en la bodega de aquel mercante limpiando potasa, amarrado en el muelle de Santa Apolonia, Lisboa. Linda ciudad, hermosa, adictiva. Africana, americana y europea. Con la oficialidad del barco, ya ascendido a marinero, obtuve el permiso para abandonarlo cuando estuviésemos atracados y poder conocer ciudades y lugares próximos. Eran dos o tres días que me las pasaba viajando en trenes nocturnos para dormir y pateando durante el día. Después, el regreso y a navegar. La primera vez que arribamos a Civitavecchia tenía claro que mi cita era con Roma. Estudiada desde la escuela, fantaseada como gladiador de aquellas películas en el cine de los Padres Conventuales, donde todo arrancaba con los “Siete magníficos en…” y al que restábamos importancia por ver romanos con relojes de pulsera, idealizada después con el realismo italiano en un blanco y negro mágico y recreada en mi baño de adolescencia a manos de la Loren, la Lollobrigida y Anita llamando a Marcello en la Fontana di Trevi. En fin, le tenía ganas a Roma.

Era agosto de 1978 y muy temprano tomé un tren a Roma. Stazione Termini no defraudaba con canallada a la espera de un descuido. Había memorizado un plano y me dejé guiar por el olfato deteniéndome en puertas donde la humanidad había sobrevivido al tiempo. Sí, estaban los monumentos pero se necesita mucho tiempo para estar y desmontar la historia oficial, ese relato perverso que muestra lo que no es o, al menos, una parte vendible. En Roma aprendí a sumergirme en el paisaje obviando la comprobación de un turista. Mi viejo, el pactista, al tener noticia sobre mi visita me encargó que le mandase una postal desde el Vaticano. Raro por su consecuente ateísmo. Compresible por una de las mayores aficiones de otras épocas: la filatelia. Y es que, en esos momentos, no había Papa en Roma. Pablo VI había fallecido y los sellos sin papado eran codiciados para el álbum. La plaza tenía unos carromatos de correos y las colas me parecieron insoportables de hacer. Sabía que volvería al día siguiente y me perdí fascinado por la columnata donde curas, monjas y otros uniformados vendían libros, imágenes y postales con la vida y obra del pontífice fallecido. Me fascinó ver la maquinaria engrasada de la iglesia para sacarle partido a la vida y la muerte. Después, sí me abandoné a la pizza y cerveza de una trattoria localizada en la caminata y que aún guardo en la memoria fotográfica.

De regreso al barco, encontré a mis compañeros asistiendo a un striptease burlón que una mina les hacía desde otro barco que lucía con insolente orgullo en sus bandas no su no alineado Jugoslavlja. Tras los aplausos, chiflidos e invitaciones no aceptadas, repararon en mi presencia. Cada uno tiene sus rarezas y mis recorridos se conjugaban bien. Esa noche, sin embargo, algo había en mi relato que los fue capturando. Marchamos a un club cerca de los muelles y entre tragos e idas y vueltas tras el calentón vivido con la mina del barco, se armó una excursión para el día siguiente. El capitán vio como una oportunidad de librarse durante un día de media tripulación y arreglamos que iríamos a Roma. Eso sí, con la promesa de portarnos bien, sin peleas ni broncas porque en dos días partíamos. Seríamos 7 tipos.

Madrugamos y me sorprendió la excitación de tipos grandes por el viaje. Supongo que mi relato había superado la ingesta de alcohol de la noche anterior. Nos subimos al tren y mansitos fuimos devorando los 80 kilómetros que nos separaban de Roma. Al llegar, el ambiente de oportunistas y carteristas, gustó. Y nos pusimos a caminar. No había cámaras de fotos (de hecho, en el siguiente puerto que era Rotterdam, todos compramos una). Todo fue mejor de lo esperado. Sin incidentes. Quizás nuestras pintas nos abrían paso. Igual, las bromas eran entre nosotros. La mayoría descubrió la pizza. El vino, bueno, era lógico reivindicar al español. Cumplimentar la promesa al viejo de enviarle una postal sin Papa y del peso de la religión, los llevé hasta el Vaticano. El semicírculo les impresionó menos a Anastasio que me preguntó qué carajo era eso. Le dije el Vaticano y me puso cara de póquer. Dónde vive el Papa, le exclamé. “¿Quién?”, me contestó. El Papa, le insistí, el jefe de la iglesia. Me comentó que no sabía nada de la iglesia más allá del cura que había en su barrio, La Carriona, en Avilés. Le estuve buscando la vuelta para explicarle pero Anastasio nada sabía del entramado religioso. Al final, se me ocurrió preguntarle si en su casa veían por televisión una misa en navidad. Me miró sobrador y soberbio, “por supuesto, mi mamá nos obligaba”. Bueno, le contesté, la hacen acá, dentro de esa iglesia. Y se le iluminó la cara. Se sumó a los compañeros que se había desparramado por las inmediaciones mientras yo hacía la cola para la postal. Al rato, Anastasio volvió a preguntarme si él también podía enviar una postal. Me la dio, las sellamos y nos perdimos. He de reconocer que algún incidente montamos por la ansiedad de conocer y que la Guardia Suiza nos sacó con buenos modales de una zona de habitaciones. Igual, festejamos. Y nos perdimos por bares y heladerías, nos reímos detectando pequeños delincuentes y colándonos en los autobuses. Cuando subimos otra vez al tren de regreso, recordé la postal de Anastasio, con su letra dubitativa, pese a los veintitantos años, y el escueto texto: Mamá, estoy en la misa de gallo.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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