La ruleta de la justicia

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Hoy las nubes tienen prisa. Quizás estén huyendo de la justicia acusadas de tormentosas, de grises y acuosas masas, de ocultar el poder del sol y la luna a quienes todo les es permitido en esta cosmogonía construida de dependencias fácticas. Y si es verdad que huyen, las entiendo. Nos nacieron para tener varias certezas. Una de ellas, el valor supremo e independiente de la justicia. Ciega y justa, togada para ocultar diferencias con los justiciables. Pesada y lenta. Demoledora en instancias secuenciadas. Garantista. Un ogro que más vale no cruzarse en la vida. Un “¡agárrate Catalina!”. O al menos transmiten eso los que se dedican al negocio de la justicia. Porque una cosa es la justicia y otra, diferente, que sea concomitante con lo justo. La justicia para los más, que somos como las nubes con prisa, podría decirse, tiene un componente de suerte que se escapa a la lógica que nos aprendieron machaconamente en varias instancias de sociabilización; es decir, de nuestra etapa de fijación de prejuicios cuando asentamos que la justicia es la máxima instancia donde acudir para un reclamo justo. Nunca ha sido, no es de ahora. La repercusión, sí es mayor ahora, pero va la par de ser más efímera que antes. Es una repercusión como eyaculación: precoz. Para que la justicia sea justa (sin entrar en las dependencias que los magistrados tienen a ideologías), debería cumplir dos requisitos: accesible y asequible. Como la educación, los asuntos sociales y la sanidad, la justicia es injusta cuando se rige por criterios mercantiles. Una población sana, con conocimientos y feliz, necesariamente incrementa el PIB del territorio. ¿Una barbaridad? No. Es medible. Sin embargo, no ocurre. La verdad es que, con la excepción de la firma de un contrato cuando nos nacen (aunque entremos en un registro civil que nos otorga más o menos que los registrados en otras partes), la vida se plantea como una sucesión de acuerdos contractuales que a la postre dirimimos en los palacios de justicia. El amor entre dos personas, se firma. La confortabilidad, se firma. Los servicios adscritos a esa supuesta calidad de vida, se firman. Hasta la muerte se firma. Y en este maremagnum de compromisos contractuales que es vivir, ser accesible y asequible se vuelven fundamentales. Y no lo son. Solamente se observa para quienes pueden y no para la inmensa mayoría (formalmente, el papel todo lo aguanta, existe una equidad en las garantías. Realmente, no). Y, una vez metidos en la corte, el resultado de lo enjuiciable pasa por la capacidad de asirse a todas las garantías de un sistema que, por otra parte, está fundamentado en esa misma demostración de habilidades o fuerza. Es decir, gana, casi siempre, el más fuerte. La verdad es interpretable (ahora le llaman posverdad) y el sistema exige de mediadores para enfrentarla. Esta la excelente opción de la rebeldía. Al fin y al cabo se vive una vez. Ya, imposible para muchos que prefieren otras opciones como acordar aunque se pierda. Poner acentos en acá o allá, es absurdo porque este funcionamiento judicial es glocal. Enfrentar una corte tiene algo de ruleta. Vos apostas por un color o un número, pero quien vive judicializado, el profesional del casino, puede apostar a todos los números, a las esquinas, a los lados, a los dos colores, al par e impar y difícilmente perderá más allá de ese remoto calculo de probabilidades que cuando toca, inspira las frases de creer y respetar a la justicia. Es una ruleta la justicia y la persona jugadora, bueno, qué tenga suerte.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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