Estasis

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¿Alguien se irá a la tumba sabiendo que contravino sus directrices sustituyendo el trabajo por hermosas mañanas de sexo entre ruidos cotidianos y olores de detergente? ¿Alguien será cremado sin recorrer el camino inverso esquivando a la marea que desciende a sus destinos previsibles y pautados? Probablemente. Y sin darse cuenta. O peor, creyendo en su independencia de sí mismos. Suena el despertador. Una frivolidad que se incorpora en las habitaciones para creer que se necesita un sonido que alarme a un cuerpo excedido. El autoengaño, presente. Si todos los días se repiten las pautas y el cuerpo lo sabe, el despertador no ordena ningún exceso. Hasta los fines de semana tienes sus insufribles, perdón, maravillosas libertades convenidas. Después del despertador los caminos irremediablemente automatizados: ducha, desayuno, momento de interés, vestimenta, llaves, ascensor y calle. Calle caminada; calle rodada. Mismas personas a quién saludar o evitar la mirada al cruzar. Hasta los escalones muestran el desgaste de años de iguales pisadas. Cada persona en su vía. En la esquina de una ciudad vieja, seis ancianos leen seis periódicos. Los últimos de Filipinas. Están en una de esas residencias que son la postrera morada para esperar la muerte. Debe ser complicado disponer de tanto tiempo para ser libres cuando la parca se retrasa. Acostumbrados a las certezas, ociosas las curiosidades y los sentidos, únicamente resta cumplir el trámite con la mayor comodidad posible. El aburrimiento viene de serie. Descender hacia los ruidos urbanos solo tiene la satisfacción del fugaz encuentro con ella. En su parada, cada mañana espera un autobús que la lleve a un centro de día, mientras les habla a seres ocultos a otras miradas. Son conversaciones amenas y más de una vez les rezonga con cariño y paciencia. Es un premio encontrarla. Un cable a tierra rodeada de seres inertes que también esperan un destino. Diferentes diarias. Una viva y otras muertas, aunque estas últimas presuman de una confortable y dependiente normalidad en bucle, año más año. Especializados en sus trabajos, repiten ciento de millones de veces su función como un tornillo sin fin. Sus vidas se componen de cinco, diez o quizás veinte variables que, con matices, llenan una vida que se puede prolongar, con pastillas, hasta los ochenta años. Epígrafes que algunos lo incluyen en los índices de calidad de vida, de esperanza, y que se contrapone al caos, a la independencia, a poner patas para arriba el orden propio. Para cualquier ideología hay un texto, un libro de estilo lleno de subrutinas. Fracturarlo es opcional. Y recomendable. Jugar a reinterpretar los espacios y personas conocidas, a desconocerse en la diaria, a buscar con curiosidad la mirada para plantear cada día una incógnita, o por lo menos de vez en cuando, para que la muerte nos atropelle viviendo y no estasis.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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