El disco de Zara

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Hay ensayos de fanfarrias en la ciudad. La hija de uno de los dueños del bazar de la calle Torreiro, hoy devenida en primera multinacional del textil en el mundo, se casa. Felicidades (siempre me asalta la duda sobre si debo o no expresar un deseo de felicidad en estos momentos). El azar y un boliche que se llamaba Habana Club (el viejo), me hizo partícipe involuntario de aquellas primeras singladuras empresariales. Las ciudades chicas tienen eso del comentario dispuesto para quien preste oídos. Y por el bar, en aquellos momentos epicentro comercial urbano, se generaban esos dichos y diretes propios de un reino que recién dejaba de ser dictadura. Y es que un bazar, justo en frente de unos grandes almacenes, era una más de las afrentas que por doquier los franquistas enfrentaban (ya dejo de jugar con el frente), en esos turbulentos nuevos tiempos que ponía en cuestión un modelo de sociedad. Y ganó el bazar. Y el dueño de los grandes almacenes terminó suicidándose ante la imposibilidad de mantener esa idea de tener todo lo que los parroquianos demandan sin caer en la bancarrota (episodio trágico y olvidado ya que lo consumó clavándose un cuchillo en el pecho. Hecho corroborado por el relato de un coruñés que llegó al bar contando que: “iba yo con mi Vespino cuando rebasé a una ambulancia que llevaba a un tipo con un cuchillo clavado en el pecho”. En aquellos tiempos las ambulancias contaban con ventanas para que el paciente le echase un último vistazo a sus querencias y también para sobrellevar el atronador ¡niinoo, niinoo! de la sirena. Era fulanito, comentaron los parroquianos del Habana Club). La historia es que ganó el bazar que, en su parte posterior, apuntaba a una ropa de estilo diferente.

Transcurridos los años, el relato oficial, y también el extra oficial, de la multinacional omite al bazar. La génesis de la misma, vuelta en marca y por ello cargada de valores simples y consumibles, la sitúa en otro local, ya sin la pelusa conceptual de bazar, con una intencionalidad clara de romper el mercado textil. Un cuento de hadas o de self made importado que los expertos en comunicación corporativa aconsejan para clarificar lo que ellos consideran turbio, poco claro, dudoso. Es el hombre, la idea, el trabajo y el éxito. Un mantra que desde la infancia se educa dotándolo, además, de valores morales y comportamientos éticos. Curiosamente, estos dos últimos son, acatados con rigor, los principales impedimentos para la consecución del éxito (a esta altura del partido y siendo honestos, casi valdría la pena introducir en el sistema educativo todos los matices y salvedades que las personas deben aplicar si la finalidad de una vida es el éxito material. Evitaría frustraciones y gastos en psicólogos). Las marcas, y las personas devenidas en estas, deben ser percibidas como indudables. La duda, esa maravillosa deconstrucción del relato, en los términos actuales de lo que es la felicidad y la vida plena, no tiene cabida. O sí, pero relegado al conflicto diario de explicar o convivir sin dar respuesta, a la monocromática existencia del entorno.

Piratas, delincuentes de todo pelaje, oportunistas, traficantes varios, usureros, esclavistas, colaboracionistas de genocidios, provocadores de los mismos, la masa cívica de dictaduras, conquistadores tras banderas, etc. están detrás las marcas que consumimos. No digo que este sea el caso. Acá está el bazar. Tampoco llamar a la rebelión ni a la autoflagelación. Sí, estaría bueno, no perder la perspectiva. Ojo, no soltarse la lengua con unos whiskies si te importa no caer pesado. Y es que el relato se vuelve tan poderoso que contradecirlo en una nimiedad como la del bazar, puede resultar contraproducente. La verdad es el relato. Los datos del relato no deben ser comprobados. Así aprendemos historia, creemos en religiones y consumimos personas. Sin duda.

Pero como se casa la hija de uno de los dueños de aquel bazar de la calle Torreiro y sabedor que la mayoría de los parroquianos que una vez frecuentamos el Habana Club ya son ceniza, me acordé que una vez compré en el mismo un disco de Olga Manzano y Manuel Picón, una curiosidad solo posible en un bazar que no tenía claro el éxito de su proyecto. Quizás sea un buen momento de deconstruir el relato y hacerlo más humano y real, lleno de aquellos instantes de dudas e incertidumbres. Creo. Estaría bueno. Sería novedoso, rompedor y divertido. No se hará. Es una marca más. Un relato. Y yo con mi disco de Zara, un pesado.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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