La banalidad del mal

An-intelligent-trained-ideological-warrior-Adolf-Eichmann-with-his-son-Horst-in-Prague-circa-1942

Me cuesta entender el olvido de Hannah Arendt en el temario de la facultad de Periodismo. Ese estéril debate entre objetividad y subjetividad que oculta la realidad de formar profesionales dependientes de la organización. Esas magníficas crónicas del juicio a Adolf Eichmann (Jerusalén 1962), publicadas por la revista New Yorker donde la subjetividad ante el genocida nazi y responsable de la logística de la “solución final” en Polonia, se torna en brutal objetividad: una persona normal, dependiente del trabajo como posibilitador de vida, motivada aspiracionalmente por el dinero, puede ser un eficaz genocida que les cuente a sus hijos cuentos de libertad y amistad cada noche. Y Adolf Eichmann, por un plus económico de productividad, fue un eficaz organizador del sistema de transporte hacia los campos de exterminio. Banalizar el mal es, fue, será una normalidad para muchos.

La pregunta de quién fue peor de los Adolf: Hitler o Eichmann, tiene una respuesta: Eichmann. Y una explicación: la figura mesiánica de Hitler demanda un cuadro patológico singular y, sin embargo, cualquiera puede convertirse, bien estimulado, en un genocida, en un cómplice necesario como quienes veían a diario llegar los trenes repletos de personas a los campos de exterminio para regocijo de las chimeneas que anunciaban la muerte, los vecinos que no echan en falta a los ausentes o los burócratas robotizados de una maquinaria administrativa, pública o privada. Están latentes mientras la economía funciona, solo visibles en su diario egoísmo del yo.

El próximo 28 de octubre se celebra la segunda vuelta de las elecciones en Brasil y parece imparable la victoria de Jair Bolsonaro. Los que están adentro y los que estamos afuera, por muchas Antarcticas que tomemos, nos resulta complejo quitar el sabor metálico de la boca, el del cigarrillo a desgana que se fuma para distraer la presencia del otro no deseado. Bolsonaro no es el problema, son los 49 millones de Eichmann que lo votaron en primera vuelta y que, con seguridad, se incrementaran. Son las supuestas únicas víctimas de la crisis económica que ven al diferente y al pobre, como responsables de todos los males que acontecen en Brasil. Esas minorías que por piel, género, pertenencia o pura pobreza nomás, les cruza pensamientos de odio, de repulsa o repugnancia. Y por eso acompañan con su voto a un mesías de la salvación que, además, se lo pone fácil en las formas y los mensajes: Brasil necesita una limpieza. Ordem e Progresso. Blanco, cristiano y propietario. Cero complicaciones.

Los índices de pobreza y de mortalidad prematura se dispararán. Es la teoría económica del envión que tanto se aplica: multiplicar la pobreza y la precariedad laboral para después actuar sobre ella (en algunos países se le llama “reforma laboral”). Y habrá muchas noches de cuchillos largos. Pero nada ocurre, nada es consistente, sin el apoyo cívico de esos Eichmann dispuestos a mirar para un costado mientras les cierre su diaria.

Un Adolf Eichmann puede ser tu vecino, en Brasil o en cualquier parte. Lástima que nos falten muchas Hannah Arendt para descubrirlos.

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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