Mañana será peor

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Cada 11 de octubre, un despertador imaginario me arranca de mis sueños de hombre común (blanco, medio letrado, otro tanto domado, dependiente con ínfulas de no serlo, migrante a perpetuidad, ateo, papá de dos chiquilines, precario y solitario), abriendo un mapamundi en el techo de la pieza. Es tan chiquita la centralidad y, sin embargo, tan dañina que, paneando con la mirada a la periferia, una y otra vez me asaltan la misma pregunta: ¿cómo era el mundo un 11 de octubre de 1492? La única respuesta posible: biodiverso.

De los 11 de octubres, poco o nada se explica. A escape libre o con matices ideológicos que edulcoran y reafirman las distintas posiciones oficiales, los debates del siglo XVI sobre la humanidad o no de las personas encontradas siguen vigentes en la actualidad bajo otras formas de colonialismo: civilización frente a barbarie. Formalizados como humanos, pero categorizados como subdesarrollados, explica la pétrea emoción de ver como miles de personas mueren ahogadas en el Mediterráneo. La centralidad se formó con la muerte y con ella ejerce su dominio en un siniestro libro de balances.

Cada 11 de octubre, siento como la historia en la centralidad, que es la blanca en la periferia, está en manos de oscuros funcionarios, apenas escribas de un campo de exterminio que anotan el día y la hora de los tormentos, de los nacimientos cautivos, de las muertes adjudicadas; colaboradores necesarios para la credibilidad de los hechos. Y da asco, dan asco, la falta de revisionismo, la construcción educativa para los más jóvenes de un pasado ya irreversible. La historia oficial, la dada, es más sombras que luces. Nada habla de genocidios, de la barbarie civilizadora, del expolio sistemático que hoy es normalidad justificada. Y avalada con o sin matices.

Cada 11 de octubre, siento mí culpa, la de mis antepasados descendiendo de los barcos. Colonialismos bajo nuevas banderas republicanas. Blancos contra blancos. Europeos frente a europeos. Los humanos originarios tan sólo fauna. Los negros, importada. Los mestizos, nacidos para la pobreza. Un paisaje que transciende a un continente pero que, de alguna forma se estableció a la mañana siguiente de aquel día.

Y vista la absoluta desidia con la que enfrentamos nuestra diaria, la normalidad ante la ignominia con la periferia, la reivindicación de las sombras, el sembrado de dudas sobre los genocidios acaecidos y la necesidad de poseer, cada 11 de octubre, el último día de libertad para los pueblos originarios y los descendientes de los esclavos, me despierto con el desasosiego de saber que mañana será peor.

 

Ilustración de: Theodore de Bry

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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