Ordem e progresso

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Resulta normal ver pintadas bandereas brasileras en las demasiadas favelas que la historia cosechó en las ciudades de Brasil (o “del” por su pasado imperial). Los trapos nacionales son los ponchos que visten la desnudez de los habitantes de cada país disimulando pellejos curtidos, tetas agotadas, mocos chorreantes y lágrimas salinas. Uniformados tras un discurso del tardío XVIII, que entona estrofas contra tiranos y que apela a la libertad, a la muerte como medio, dos siglos después, se vuelve lógico, quizás irremediablemente normal, entender por qué una mayoría de “no seres”, continua auto agrediéndose con sus elecciones. Brasil, su bandera y Comte, es un relato de una realidad que impera en el Occidente parcelado de Estados.

La primera vuelta de las elecciones en Brasil ha sido devastadora. Igual que en Estados Unidos, Hungría, Italia… Rara avis, México. El positivismo con su triada de altruismo, orden y progreso hizo valer su dominio y capacidad de atemorizar a quienes tan solo piden sobrevivir a la noche y amanecer un nuevo día. Y son los más y aunque pertenezcan a minorías tradicionalmente oprimidas, vejadas, invisibilizadas que, sumadas, hacen una mayoría arrasadoras, palpitan una desazón, un temor, un sálvese quien pueda que, lejos de alimentar la biodiversidad del cambio, los sume en el esquema opresor clásico contra el cual saben convivir, aunque sea en el más absoluto abandono.

El Orden abandera descaradamente posiciones misóginas, machistas, homofóbicas y racistas. Como fundamentaba Comte, reclama a la familia como unidad básica para el sostén moral de la sociedad que construirá la felicidad y llevará al Progreso, su fin. Brasil, cualquier país occidental, ha visto la necesaria y legitima reivindicación de las minorías, de la mujer, de la biodiversidad étnica, de las migraciones que nos ha enfrentado, en las últimas décadas, a una deconstrucción social que plantea un nuevo paradigma social más justo. Sin embargo, no se supo (ni se sabe), transmitir, vender en términos de mercado. Tantas voces se han alzado al mismo tiempo que, lejos de reivindicarlas con alegre expectativa de un nuevo Orden, ha abierto las puertas a estos positivistas del XXI. Y no es nuevo, los fascismos europeos (presente en todos los países europeos, aunque después entrasen en guerra entre ellos), o el nazismo, actuó de la misma forma: primero proclamarse víctimas de las ideas o de los Otros, después votar a un mesías salvador. El Orden frente al Caos. Y este último, expresado por la violencia física, verbal o emocional. Y ya está construida la víctima que en muchos casos fue nacido y criado como victimario.

El Progreso es presentado, vendido y consumido por un sistema político partidario-empresarial-judicial-mediático (y militar, que está), que si bien corrupto, está en el génesis de las sociedades vividas. Es lo conocido. Lo tolerado. Una cadena trófica social. Demencial. Es. Nada importa, en Brasil, los 30 millones de personas que los dos gobiernos de Lula sacó de la pobreza. Apostar a crear nuevos consumidores, siendo válido, se ha demostrado demasiado endeble y frágil a los vientos de esta crisis global que aún estamos padeciendo. Es la cuenta de resultados de unos pocos lo que motiva el Progreso. La cuenta del almacén de los más parece, y así está representada, asociada a ver como se agranda la brecha entre ricos y pobres. Es cultural. Aceptamos que a la cara se nos diga que la felicidad del mañana viene por el ajuste del presente. Pero el mañana nunca llega y el presente, bueno, siempre es presente. Los organigramas estatales del poder son sólidos, se han reconstruido tras los gobiernos progresistas y han sabido saturar a las personas de mensajes simples, verdaderos o falsos da igual, pero organizados en un círculo económico, judicial, militar, mediático y educativo. Porque desde que nos nacen las libertades, derechos, obligaciones y democracias, son concepto abstractos y lejanos que debemos aprender a depositarlos en ese círculo que, a la fuerza, deben tener razón. Y el Progreso es el fin.

El altruismo no figura en la bandera de Brasil; sin embargo, subyace con más importancia del que apreciamos a simple vista. Ahí está, fuera simbolismos, la tabla de salvación de las creencias. Y en Brasil, al igual que en otros países, la fe va a la urna. Y más ahora con las iglesias virtuales, con su peso en los medios tradicionales o redes sociales. Y las creencias tiene un discurso simple, son un cuento de hadas que se asume y abandera, que se acata. Dios está en el parlamento o en la habitación de al lado. Y si la vida es un valle de lágrimas, la muerte es el paraíso.

Ordem e Progresso, tantas veces leída la bandera deja en esta primera vuelta (y probablemente confirme en la segunda a finales de mes), todo su simbolismo patriotero para tornarse una triste y lamentable realidad: Jair Bolsonaro como presidente. Y ningún país del Occidente, ninguno, está a salvo. Saravá.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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