Perfil bajo

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Unos amigos me comentan que el próximo año quiere ir con su hijo veinteañero a Brasil, Argentina y Uruguay. Me sorprende, no voy a mentir. Quiere conocer Montevideo. Me deja en orsai. Entre la alegría y el rubor. Argumenta que tienen interés y curiosidad. Pedimos más cañas. Y fluye su conversación. Lo tienen claro, saben que buscan y por primera vez, sé que es verdad. Hace unos años recibí la visita de una amiga en Montevideo. Y paseamos. Típico de los montevideanos. Y me mostró cosas de la ciudad que desconocía. Me hizo feliz la flaca. Pese a mi rechazo a patrioterismos, nacionalidades e identidades, hay algo que solo encuentro allá. Bueno, también en Lisboa y Portugal, en general (en el apodado “resto del mundo”, que viene siendo la periferia, ese conurbano de la supuesta centralidad que se suele atravesar sin desviar la mirada [salvo cuando el exotismo lo puede todo y hasta en esa circunstancia, solo se compra en el freeshop]). Es el perfil bajo. Y a los que estamos emigrados nos cuesta, retornados, desprendernos de esa grandilocuente actitud frente a la vida. No es fácil tener un perfil bajo. Menos abanderarlo.

Hace tiempo que no me fugo a Portugal. La lana, dicen acertadamente los mexicanos. Hace demasiado tiempo que no me siento a chupar whisky en el viejo muelle de Almada frente a Lisboa que Lobo Antunes me regalo en una novela. Hace tiempo que no me siento en la Rambla a tomar mate, fumar y vichar ritmos. Dos ríos que casi no lo son. Dos ciudades, estupendas y malditas urbes que te encuentran y sorprende en la diaria, en sus tránsitos, en sus imperfecciones, invento inglés para no olvidarse de sus pasados, en su dejadez normalizada, rebelde y atractiva por su encuadre. Y los contraste río-ciudad, fuga-quietud, viejo-joven, ruina-proyecto o lo que cada uno encuentre en su particular quilombo mental, rellena el tiempo y lo vuelve vivible. Y es sublime vivir el tiempo. Y cuando te falta, solo transcurre. Y eso es malo. No va ni más rápido ni más lento, simplemente se convierte en textura. Y por ahí, lo sentís con el cuerpo. Sin reglas. Sos parte de la ciudad como el originario de la selva. Es tu naturaleza. Justo en ese momento también encontras a las personas. La ciudad no resulta sino está humanizada por quienes la heredan, masturban y transmiten. En voz baja, como su perfil. Epítetos latientes.

Debería citar los nombres que algunos rumian en sus cabezas. Desde algunos años sorprenden en muchas latitudes por su perfil bajo pese a la altura que otros le otorgan. No viene a cuento. Sí, la forma de encarar sus vidas que a veces son políticas, creativas, sociales y, por supuesto, económicas. Otras fórmulas. Nada raras. Aunque inhabituales. Estúpidamente, inhabituales. Pero es eso: el río, la ciudad, los contrastes, el tiempo, o vaya uno a saber, es el perfil bajo.

Mis amigos y su hijo, lo verán. Lo sé. Pasman en Portugal. Harán un viaje estupendo, diverso, alimenticio, con tres propuestas que no admiten comparaciones. Y yo tengo que volver (ay, la lana), aunque sea un instante, al muelle de Almada y a la Rambla. A pasmar, que es vivir de otra manera. A encontrar otra vez mi perfil bajo, que es una insolencia, pero sienta muy bien y no se mide.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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