Miedo #MeTooToo

180910-woodward-trump-fear-mn-1224_1e77a57df618d197fcbf45a605c3a175.fit-760w.jpg

El miedo se impone. Inoculado, se absorbe. Condiciona la mirada, humedece el cuerpo. El miedo se porta, se incorpora a la diaria. Y cuando llega a convertirse en terror es, habitualmente, muy tarde. Da miedo saberse desposeído del derecho a ser. Y es peor saberse poseído por el poder del otro. Estamos entrenados. Desde la infancia (familia, escuela, empleador, pareja, financiera, y todos los etcéteras que se quieran). Es lamentable listar todos los miedos con los que se convive en la diaria. Incorporados. Disimulados. Miedos, al fin y al cabo. Y la protección, a veces mafiosa, a veces condicionada, las menos real, desinteresada y solidaria, gravita en los relacionamientos.

Situación 1: un tipo pide refugio en Austria. Procede de Afganistán. Lo solicita como refugiado que huye de las leyes que persiguen la homosexualidad y que, pueden acarrear la pena de muerte. El funcionario, lo mira y examina el expediente. Denegado. Motivo: no tiene la suficiente “pluma”, no es excesivamente amanerado. Y, además, tiene un antecedente por una pelea callejera. Deportado. El funcionario, que se me antoja gris, reluce con su poder para decidir por meras impresiones oculares, el destino de esa persona (cosa no menor a tenor de las leyes de las que se escapa). Y se publicita. La idea es imponer el miedo a esos seres desgraciados que vienen a mover su piso.

Situación 2:  pagodas improvisadas en Europa. Maestros del budismo tibetano, monjes y laicos, abusan sexualmente e infringen malos tratos a los estudiantes. Se escudan en que “el sexo con estudiantes es una tradición tantra”. Se crea el #MeTooGuru. Hace unos años, el abuso sexual en un marco religioso era presentado por el poder como una práctica de las sectas, muchas de ellas con santón o gurú indio. ¡Qué cosas! Hoy sabemos, y tan sólo vemos la punta del iceberg, que el abuso a menores ha sido y es una realidad en los colegios católicos. No tienen hashtag. Es un escenario que tiene su lógica canalla. El miedo infantil presentado como respeto a la figura del docente, confesor o, simplemente, mayor. El miedo de la fe presentado como el maestro. Poder en estado puro alimentándose de la debilidad infantil y de la necesidad de creer, ya adultos, que no se está solo en esta vida de mierda y que, si bien culpables, hay una tabla de salvación. Eso sí, con peaje.

Situación 3:  violencia doméstica. Puertas adentro, el poder se impone por el miedo a la fuerza física, la coacción intelectual y la dependencia económica. La centralidad tiene tres o cuatro modelos de relacionamiento en pareja donde las personas se adscriben. Son zapatos de horma chica que exigen sufrir y padecer para estar adentro, para ser parte. Mal negocio. En la periferia, a veces solo hay un modelo. En un reciente estudio de violencia intima de pareja (IPV, por su sigla en inglés), realizado por la Escuela de Salud Pública de Minnesota, entre parejas de hombres de Chicago, Boston y Atlanta, da unos resultados elocuentes: 45,6% reportaron haber sufrido IPV de algún tipo (146 de los 320 participantes), 33,6% reportaron IPV emocional, 20,3% IPV de monitoreo, 9,7% IPV física y 6,8% IPV de control. Los autores reconocen que la IPV “es un problema de salud pública prevalente que afecta a personas de todos los géneros y orientaciones sexuales”. Puntualmente, y propio de las redes sociales, es importante los datos de conducta de “monitoreo y control”. Y hay un dato que también me gustaría destacar del estudio como causal: el estrés financiero y la depresión. El miedo de vivir en los modelos.

El 11 de septiembre, Bob Woodward (caso Watergate), publicó “Fear” (Miedo), un trabajo de investigación sobre Donald Trump. El título se extrae de una frase que Trump le dice en una entrevista en 2106: “El verdadero poder es… y preferiría no usar esta palabra… el miedo”. Por una vez, coincido. El miedo es cultura. Lamentable. Real. Cultura del poder. Empoderar, tan de moda, es aceptar las reglas del miedo como herramienta. Y, por ahí, se desmorona el discurso inclusivo. No existe el otro. Todo es el yo. Valdría la pena repensarnos, repasar nuestras biografías, seguro que la mayoría entramos en el “yo también” del hashtag.

Anuncios

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s