Los forros reversibles

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Si hay algo que me produce risa es cuando un católico (cristiano, judío o musulmán, cada uno en contexto) apela a la tolerancia para no escuchar un análisis de texto. ¡Somos unos intolerantes! La estadística nos sitúa como escasos o, por lo menos, la que presentan para reclamarle al fisco sus prebendas. Pero, muy, que recontra muy, intolerantes. Irrespetuosos con la mayoría. Y, dependiendo del tono, hasta radicales extremistas con tendencia a apuntarnos en una escuela de pilotos de la Florida. Sin embargo, nada de eso ocurre y por mucho que libro no resista un pase ni literario ni histórico, mofarse es de intolerantes y recordarles que, en el pasado, presente y futuro, cientos de millones de personas murieron, mueren y morirán, una salida de tono. Curioso victimismo.

En las últimas décadas, después de Cristo (patrón que nos rige un principio cronológico, un antes y un después, menos al meteorito despistado que acabó con los dinosaurios del cual directamente asumimos que fue hace 65 millones de años), la derecha conservadora de valores exclusivos y excluyentes, ha tomado las calles de muchos países y continentes. Se han vuelto revolucionarios. De esa manera, claro. Se han autoproclamado victimas de gobiernos socializantes que quieren equiparar al pobre con el medio clase media. Y como con los votos no se obtienen resultados, se acude a la fraternidad internacional para describir un panorama de opresión, de falta de libertades y, lo que es peor, de políticas que igualen al indio, negro, zambo, mulato, amarillo, cobrizo o verdoso con el blanco heredado. Si todo estaba bien, por qué cambiarlo, unos en sus barrios y los otros en sus barros. Unos servidos y otros sirvientes. Y es que, lo digamos como lo digamos, los pobres (condición adjudicada a las poblaciones originarias de cualquier continente), nacieron con el pecado concebido. Puestos así, desde la centralidad, surgen las dudas. De tanto hablar y escribir, seguro que hay algo malo. Y que son corruptos. ¡Vaya! Curioso victimismo.

En estos días surgió una polémica sobre la libertad o no de expresión de un monologuista que en un canal en abierto se mofó del pueblo gitano. Las redes y movimientos sociales, saltaron y lo denunciaron. Parece obvio revolverse frente al poder hegemónico que tradicionalmente han encargado los blancos cristianos. Y debate significa que muchos patearon el tablero para defender la libertad de expresión del personaje: “¡es humor!”. Ciertamente, y del malo. Pero nada tiene que ver con la libertad de expresión que ampara el derecho de las minorías a expresarse y no de las mayorías a ser redundantes (discrepo que un monólogo sea humor y sí una caricaturización que muchas veces nos desvela y de ahí nuestras risas. Hacer un monólogo con fines comerciales es idear, plasmar en un guion y representar; es decir, existe una intencionalidad), bajo distintos soportes para estigmatizar a una minoría determinada. Seguro que, todo es comercial, no se manda un monólogo sobre la violencia de género (lamentablemente no hace mucho se hacían), o de los migrantes en el Mediterráneo. Esto no quiere decir que no lo pueda hacer. Existen fórmulas donde las personas afines a su percepción sobre el pueblo gitano puedan compartir, por ejemplo, un libro, un teatro, un canal de pago. La idea es que en abierto y a través del “humor”, se normalizan para muchas personas (sobre todo la chiquilinada), los estereotipo de lo qué es el pueblo gitano. Prueba: en 10 segundos una, solo una, cualidad de los gitanos (y no vale el flamenco que es más amplio). ¿Y? Ah, no sale. Tampoco de los leperos, ni de los belgas (para los franceses), ni de los judíos (no israelitas), ni de los gallegos. Son lo que son, aunque no sean eso. Y el “humor” como el “amor”, también mata, excluye y condena. Todavía recuerdo a un padre que hablaba mal de un colegio porque también acudían gitanos: “un niño gitano solo, fastidia toda la clase”. Supongo que no vale recuperar la foja histórica del pueblo gitano, sus condenas, expulsiones e intentos de exterminio. ¿No? Bueno. Ni tampoco el número. Bueno. Perfecto. Lo mejor es que el susodicho monologuista (omite señalar que es de un pueblo, Carballo, donde desde siempre ha existido una disputa con los “moinantes”, apelativo utilizado para las personas gitanas), publicó un comunicado para transformarse en víctima. Los salvajes gitanos le enviaron 400 amenazas de muerte (número exacto ya que las fue contando y las organizaciones sociales son muy matemáticas, ellas). Y, por supuesto, su hinchada se indignó. Creo que nadie le tildó de artistas. ¡Vaya! Lo mejor es ese punto medio indefinido de hipsterismo desbocado que formalmente se posicionó. Desde sus asépticas y teóricas vidas, lo consideran intolerantes. Curioso victimismo.

Unas cuantas cosas aprendí navegando. Una de ellas: los forros no son reversibles. O lo que es lo mismo, victimario nunca será víctima. Cosas de texturas e higiene. Y de lógica.

 

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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