La batería

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Es una tarde de verano. En el Paseo Marítimo sopla del nordeste. Lo habitual. Y, sin embargo, hay sol. Escaso en estas latitudes. Da para estar en camiseta. Ventura coloca la batería de su vieja camioneta con la certeza que arrancará otra vez. La conoce y sabe que, pese a su larga temporada parada, que no olvidada pero sí incalculada, volverá a estar ahí para fugarlo. Y es así. Y suena linda. Está llena de telarañas, con cicatrices por toda la chapa y alguna nana más que es poca cosa para tanto abandono. Y bien cagada. Recontra cagada por el bicherío de la ciudad que la agarró de diana para sus excrementos. Pero suena linda. Nunca le puso nombre y menos un apelativo cariñoso. Eso era antes, en los tiempos que un auto era uno más del contexto personal. Decían los manuales comerciales de las automotoras que una venta estaba asegurada cuando se valoraba más al auto que se dejaba como forma de pago; que había algo doloroso en desprenderse de quien había formado parte, que tenía nombre, historia y anécdotas compartidas. Estrategias de traje. Cosas. Este no es el caso. La camioneta fue una herramienta para escapar. Una y otra vez. Para manejar inundándose de paisajes. Manejar por manejar. Todos sus vehículos cumplieron ese papel. Rodar, andar y mirar. Mirarlo todo. Darle una pensada a los kilómetros devorados, a los instantes cruzados con sus banderas, colores, aromas. Solo le faltaba la batería. Y los papeles que ya están. Ventura se sienta a fumar sin moverla, pero escuchando su motor. Ella y él están legales. Otra vez.  Encuentra un disco olvidado de Stan Getz, João Gilberto y Antônio Carlos Jobim. Música del 64. Y se pasma mirando la nada. Marida bien el motor y la música. Recuerda que en algún lado había leído que las prisiones no encarcelan el intelecto. La tabla del náufrago. Y se le achican sus últimos cuatro años resistidos. Ve lícito proclamar su revancha. Sólo en este glorioso momento. Ver desde abajo una devoradora pared de agua es desolador. Atreverse a manotearla para remontar sumergido en su panza líquida, tiene pocos boletos de sobrevivirla. Supone que en aquel momento que se tornó eterno, imposible, lo empujó el instinto. O sus castillos en el aire. O la locura. O el prontuario falso que le habían endilgado. Y sin perder la mirada la braceó, golpeó, la habló. Un soliloquio que no pretendía. Y es lo que dio. Y el ruido del motor y la voz de Gilberto ahogan este momento que Ventura se vuelve presente. Como la camioneta. Parados los dos. Listos los dos. Disfrutándose frente a la normalidad de otras. Con sus años y cicatrices. Cagados por el bicherío. Mierda ácida. No lo suficiente. Con agua sale, sabe Ventura. Y sin poner la primera, apaga el motor y se baja. Ya son dos. Es un recomienzo. Otro más. Igual de incierto que cuando lo nacieron. Y a esa maldita batería que los arrancó, le brindará muchos tragos desde su ventana sobre los tejados de una vieja ciudad vieja.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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