Mameluco o mono

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Quería escribir sobre Ahmed Ahjam y su viaje de Guantánamo a La Comercial, de dos chicos argelinos que por un traficante fumado equivocaron el destino y del restaurante Mezze, de Arroios, en Lisboa, inclusión con dos escudos, pero me trabuqué con un término. Escribir al aire, sin tribuna ni hinchada esta bueno por carecer del camino que otros fueron pisando y armando para que los posteriores, por ahora nosotros y mañana se verá, tengamos fácil una senda, seguir unas pisadas. Cultura, respeto y equipo. Total, son unos años antes del horno. Y, sin embargo, es fútil transitar sin cuestionar que las huellas físicas pueden estar equivocadas, ser inciertas o, simplemente, no llevarte al destino que por ahí andas buscando. Cazador recolector, siempre. Y este verano boreal, habitualmente incierto más arriba de los 40° Norte, está resultando clarificador con las identidades: la propia, la dada legalmente y la adjudicada por el ruido. Bucear en la historia europea sin sentido de pertenencia es lisérgico. Todo y nada tiene fundamento. O sí, yendo a las fuentes, la historia desde la edad del hierro es básicamente xenófoba. Excluyente en lenguaje posverdadero. Uno podría creer que es el cul de sac asiático donde se mezcla y remueve hasta hacer posible la interpretación genética y lingüística de las tribus que han habitado el territorio (por cierto, de nombre asiático). La utilización parcial de las diversas sendas construidas ha sido, y todavía es, el mayor limitante para descubrir que nada es lo que parece. Y fueron fascinantes. Claro que sí. Policromáticos, en construcción. Sin embargo, toda esta parcelación xenófoba que ha conformado una cultura limitante, adjudicándose génesis y centralidades, nos traen a los lodos actuales. Y ahí los personajes de nuestro contexto tienen disculpa. Son así, naturalmente. Fruto de postverdades y fakes milenarios, de fronteras continentales ilógicas. Y no me creo esta historia de laboratorio, estas falsas purezas que arraigan en las identidades defendidas. O si no, cómo explicar que tenga dudas para escoger entre mameluco o mono de trabajo. Peor, cómo desconocer que dos tribus germánicas de onda, con un clima de mierda, sí, decidiesen cruzar un estrecho de mar y convencer a millones de britones que estaba bueno hablar su anglosajón; es decir, inglés. ¿Mameluco o mono? Y por qué no la que primero encuentren los dedos en el teclado. Neologismos en constante caos, entrevero. Igual efímeros. Igual no. Nos entendemos. O nos buscamos. Si el lenguaje nos revela, por qué engañar con formalidades y purezas. Una pavada, pero todavía no sé si escribir mameluco o mono, si quiero que lo entiendas o no. Si tengo ganas o no. No se  estampen los sellos.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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