Perspectiva caballera

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Terminaba el año mil nueve setenta y dos. Mi sexto grado de escuela, la entrada en el liceo para después del verano, gobernaba Bordaberry, el golpe se mascaba en el aire, las medidas prontas de seguridad, el auto de investigaciones en la puerta, mi hermana y mi cuñado habían zafado yéndose para Australia, mis viejos cuesta abajo en su rodada, uno en la Argentina y la otra acá, las “Medidas prontas de seguridad” de las Fuerzas Conjuntas y era verano. Fin de año, reunión familiar y esos paseos que muchas veces desembocaban en el Parque de los Aliados. Bajamos por Dr. Manuel Albo y a la altura de la Escuela Logosófica escuché como consensuaban mis viejos para enviarme a la Sagrada Familia, la SaFa, un liceo religioso francés masculino más estricto y disciplinado para atajar mi díscola conducta. Chau a mis ganas del Liceo Rodó, público, combativo y destino de la mayoría de mis compañeros de escuela. La suerte, Uruguay es un país laico y la religión no es evaluable. Igual, las tropelías de los curas, es imparable.

De aquel plantel de profesores, algunos interesantes y otros estoicos, destacaban un hermano suizo que apodábamos Drácula, siniestro y malo, perverso, de perfil castrense y con el cuál, inmediatamente, tuve problemas y, sobre todo, un hermano bufarrón que nos daba dibujo. Al principio todo bien. El problema fue cuando nos encallamos en la perspectiva caballera. Verlo llegar y disponer un bodegón sobre la tarima para que con nuestros lápices o dedos obtuviésemos la perspectiva idónea, sus formas, nos producía una especial bronca. Y es que, de entrada, cuando nada se sabía, los que levantaban la mano para solicitar ayuda eran manoseados sin pudor delante de todos. Parecía sencillo, no levantar la mano. Pero el tipo iba a más, no le llegaban los más inocentes y con el tiempo, so pretexto de vernos dibujar, paseaba por la clase para sus nuevas experiencias. Entonces, bajabas la cabeza y esperabas que no se detuviese tras de ti. No zafamos ninguno, creo. Notabas su presencia y cuando se agachaba para tocar tu hombro, acercar su cara a la tuya y su aliento. Puto aliento. Te agarraba la mano con el lápiz y en voz baja casi te susurraba como debías medir la figura. Su piel gomosa daba asco. Solo esperabas que esos minutos pasasen rápido y se fuese en busca de otro compañero. En los recreos hablábamos de venganzas, de darle una paliza. El tipo no era bobo y sabía de facilidades y resistencias, de miedos y culpas. Él y otros, solían castigar a algunos compañeros con supuestos trabajos que, cosa rara, siempre comenzaban en sus apartamentos. Nuestra imaginación llena de bronca hacía el resto. Después, el olvido. Pasar página. Naturalizar esos momentos como peajes de crecer. Con los años, quizás, en alguna reunión de amigos y arropados por otros, cada uno cuenta lo que vio o padeció y en algún lado de la memoria, resiste el olvido.

En estos días, una condena más en los Estados Unidos sale a la palestra sobre los abusos a niñas y niños por parte de estos curas. Hermanos decíamos. Y se autoproclaman. Es una maldición urbi et orbi. No son casos aislados, patologías individualizadas de pedofilia. Quizás fueron víctimas antes que victimarios. Es igual. Al menos desde el llamado Renacimiento la iglesia y sus funcionarios han normalizado estas conductas. Y se les ha permitido, amparado y, consecuentemente, promocionado. Y es perverso.  El documento de más de 1400 páginas publicado por la Corte Suprema de Pensilvania revela que más de 300 sacerdotes abusaron de niñas y niños durante las últimas siete décadas en ese estado. La investigación, que logró identificar a más de mil víctimas, concluye que hubo un “encubrimiento sistemático por parte de altos funcionarios de la Iglesia en Pensilvania y en el Vaticano”. Los sacerdotes que estaban al tanto de la situación decidieron proteger a los abusadores antes que a las víctimas: “Lo principal no era ayudar a los niños, sino evitar el escándalo”, dijo el fiscal general Josh Shapiro.

Ese año, un buen día, llegada ya la primavera, el hermano que nos daba dibujo, tuvo un accidente con su moto. Alguien, solo o en compañía, manipuló el acelerador del rodado y terminó contra un muro y con una pierna rota. Vino otro profesor a darnos dibujo y estaba bueno eso de medir con el lápiz sin tener un aliento en el cuello. Al final de curso, me expulsaron. Pero ese es otro tema. Ya estábamos en dictadura, faltaban vecinos y no había un último para apagar la luz. Y la Escuela Logosófica, una casualidad que tiene su vuelta en las creencias y su dudosa moralidad.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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