Dedos sepia

sepia_008_61131418.jpg

Hay una banda de mujeres que se citan en el zaguán de un portal de la calle De la Torre. Comercios, bares, muchos bares, sobre todo jamonerías. Cerveza y jamón. Y pan, qué no falte. Los días son largos y pocas las alternativas para quienes les pesa su propia compañía. El barrio está en plena explosión de llegada de nuevos vecinos hipsters que trabajan en las textiles de la ciudad. Y en implosión de los vecinos treintañeros con sus nuevos códigos de accionar social, llenos de hashtags, de conductas políticamente correctas ad hoc a las nuevas organizaciones. Unos y otros suben y bajan la calle con destinos ciertos. Es la edad. Mientras, la banda, escondida pero presente, a lo suyo. Mucha charla cigarrillo en mano. Está bueno para ellas, supongo, tener esa platea desde donde ver sin ser vistas. Son tres o cuatro las habituales. ¿Coincidencias verlas cada día? No, se pasan media tarde fumando y hablando. ¿Y por qué no? En su estilo, están impecables. Ni un rayo de sol se les escapa. Repeinadas y remaquilladas. Un poco más de mediana edad. Personas que por desgracia se esconden. Las ciudades que no se alimentan de sus habitantes, de los sonidos del roce y de los sudores humanos y mecánicos están abocadas a desconocerse. Y es mala señal. Para mí. Esos cientos de fracciones de segundo que hemos sumado en el cruce da para inventar historias. Todas clandestinas por culpa del cigarrillo. Ellas le llamaran pitillo. Unas cuantas décadas en reversa, sentados en la 2 de mayo, policonversados, imaginábamos un mundo que vendría envasado con otras etiquetas. No recuerdo quien apuntó a que los fumadores seríamos como los leprosos del medievo que anunciaban su presencia al grito de “inmundos”. Una y otra vez, a los gritos, precavía a los vasallos de su presencia. Los sin clase, sin la esperanza de llegar a pobres. Todavía no llegamos formalmente a la inmolación. Cosa de modales. Si a ser considerados como enfermos. La peste. Con igual maldad divina. Contagiosos. Paladar de ceniza. Y por ahí, en portales y ventanas, con ropa interior o de trabajo y ojos perdidos en celulares que son los burkas dados, sin género, estamos. La banda, se tienen a ellas, sus eternas charlas de humo. Nunca me fijé si sus dedos eran sepias, el estigma de fumar deprisa y a escondidas.

 

Anuncios

Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s