No marcar la cancha

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Si hay un sonido reconocible es el griterío de la chiquilinada cuando sale al recreo, ese fugaz momento donde la institución (pública o privada), da una tregua a los contenidos formales que, en esas piruetas de las democracias actuales, alguien podría decir que los hacemos todos (elegimos, deciden, imparten y padecen [en bucles periódicos: los modifican con la misma argumentación}). Los patios de recreos son espacios comunes donde se juntan quienes arrastran realidades diversas de sus casas. Y, por lo visto, espacios empíricos para algunas personas.

Si hay una máxima que se debe asumir, sería el constante aggiornamiento de la educación a las realidades del constructo social en constante movimiento. Nada es para siempre y en la educación ya no llega con la modificación periódica que los grupos de presión ejercen sobre cada gobierno (iglesias, organizaciones, corporaciones, etc.). A esta altura del siglo, las diferentes sociedades occidentales han mutado sus autarquías culturales y hasta sociales por realidades policromáticas que necesariamente tienen que deconstruir el relato imperante hasta la fecha. Globalidad, migraciones, género, tecnología, inequidad, desempleo, creencias, color, comunicaciones, medio ambiente, consumo, etc. se entremezclan, por ejemplo, en los patios de recreo de las escuelas donde se representan las consecuencias asimétricas que se padecen como violencia (en todas sus facetas), precarización, xenofobia, exclusión, dependencia, etc. Para cada latente, la suya es prioritaria sobre las demás. Y es, justamente, el error que como civilización, o cúmulo de ellas, se ha producido en la historia de la humanidad: la sustitución del poder educacional, representado en la visión del espacio con vocación de cultura por otro poder educativo que, quizás, solvente una carencia, pero solo enseña las reglas (siempre fundamentadas), de quién manda en cada momento y como se debe acatar en el futuro. La realidad de la convivencia, por suerte, es mucho más compleja. Y la estructura, inevitable, debería fundamentarse en mostrar, visibilizar, reivindicar y enseñar la otredad, el respeto a la misma y la capacidad de infinitas posibilidades de sumar. Es la norma la que se debe acercar a las personas, cobijarlas y amparlas. Y no como hasta ahora que exige un acatamiento que para muchos es imposible. Flexibilizar la norma a las diferentes realidades de las personas. Ciertamente, vivimos en momentos mediáticos y las distintas presiones tan solo buscan impactar en la educación y no hacerla posible, sustentable.

La revista de la sección de enseñanza de Comisiones Obreras publicó un artículo de opinión donde dos profesoras hacen 19 propuestas sobre medidas a tomar en los colegios e institutos para erradicar el machismo en los centros docentes. Las opiniones son eso, opiniones. Se puede estar o no de acuerdo. En mi caso concuerdo con varios puntos, echo en falta otros que liberen a la institución de su rol social de adoctrinamiento en valores y discrepo de la visión prohibicionista de la cultura. La reacción de los lectores (nunca suficientemente ponderada), cubre todo el espectro posible, desde el aplauso cerrado a la indignación abierta. Y si bien, hace tiempo decidí no dar mi opinión, a la fuerza condicionada, en temas de feminismo por sentir que leyendo o escuchando posturas escritas por mujeres me suma en lo personal, esta lucha en el posicionamiento hegemónico dentro del feminismo tiene una trampa: el poder. Y el poder es malo si solo tiene dos caras (esquema político clásico: gobierno vs. oposición). Si bien el sindicato se desmarca de alguna de las opiniones, no es menos cierto que en su análisis estratégico ve oportuno arrimarse a grupos que aparentan estar bien posicionados, cosa que no hizo en temas de desempleo, migración o inclusión durante décadas (habría que explicarle a la chiquilinada qué es un sindicato y para qué sirve). Por otro lado, nadie llega a una redacción y publica sin más. No es un hola qué tal, tengo un texto y tú tienes un hueco, vamos para adelante. Hay estrategias e intencionalidades detrás. Siempre. Este no es un laboratorio y las épocas de los fanzines quedaron en el olvido.

El reduccionismo a bueno y malo conduce a “mentira la verdad”. Sin embargo, cuestionar es intrínsecamente necesario. Y por ahí, a mi entender, deben ir los tiros en esa parte formativa: en generar personas con criterio propio, capaces de convivir con lo diferente, de hacerlo propio y sumar. No de acatar pasivamente el poder, lo dado. Por eso rechina leer que se deberían prohibir autores, creadores, filósofos, historiadores. Y menos sustituir (uno puede repudiar a xenófobos y racistas como Sarmiento y Murguía pero sin analizarlos es imposible comprender el contexto, que es lo que somos nosotros en este momento dado, contexto, masa, votos). En todo caso, y bienvenida la bibliografía, sumar. Ahora bien, qué persona tan limitada es aquella que enfrenta una creación por género. O por piel. O por creencia. Prohibir, quemar, matar. Históricamente ha sido una pauta de comportamiento de los poderes que aspiran a la hegemonía. Hacer del Mein Kampf un bestseller no le otorgó legitimidad a su autor para convertirse en un genocida. Tampoco destruyó el pensamiento de lo que ellos identificaban como el mal en su momento. Y, por supuesto, una lista es un conjunto cerrado impúdico que necesariamente olvida o discrimina lo que matiza el pensamiento hegemónico. Igual, todas las publicaciones sirven.

En lo concerniente al fútbol en los recreos y su sustitución por pistas de baile forma parte del desconocimiento de lo que es un deporte destrozado, arrugado y caótico en un recreo. Hablar de fútbol en el patio, sencillamente es olvidarse de infancias y juventudes. Otra cosa es el fútbol como institución y organización. Igualmente, basta con ir un fin de semana a campos de fútbol infantil para comprobar que sus jugadores solo miran la pelota (que no los adultos, aunque sea otro tema).

Claro que está todo mal. Claro que es intolerable seguir alimentando a sociedades amónicas que matan por condición de género, piel y creencias, que han hecho del individuo una masa olvidada y uniforme. Pero la matria no será mejor que la patria si olvida a las personas, si no las respeta como seres diferentes, si no las suma. El feminismo ha logrado muchas cosas que nos han beneficiado a todas las personas, como es poner, por ejemplo, en cuestión el modelo de la familia como unidad básica social. Estas prohibiciones, a mi entender, de lograrse, sería una precuela del propio movimiento, aunque se sintiese orgullosamente empoderado. En los patios de recreo no se deben marcar la cancha.

Nota: Adjunto el artículo publicado en CCOO para que cada cual saque sus conclusiones. Es, no se olvide, un artículo de opinión. Recomendados, los comentarios al pie del mismo. http://www.te-feccoo.es/2018/02/15/breve-decalogo-de-ideas-para-una-escuela-feminista/

 

 

 

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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