Post-estúpidos

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Esta publicación incumple nuestras Normas comunitarias relativas a los desnudos o actividades sexuales, por lo que solo tú puedes verla.
Acá había una imagen de Sebastião Salgado que ilustraba a una tribu de la Amazonía brasilera. No están vestidos como Mark Elliot Zuckerberg y sus primates ejecutivos consideran moralmente correcto. Están desnudos. En su selva, que es su casa. En su selva que no es la bazofía edilicia y urbanística donde viven estos jóvenes que los nacieron con la patena del oscurantismo cristiano del medievo y los crecieron, porque tan solo son primates con habilidades digitales, alejados de la mirada diversa.  Lo moralmente correcto para ellos es vender personas al mercado para que compañías y partidos tatúen su posverdad en la siesta de la vida. Y poner su cara de pelotudos, que lamentablemente cuela, para hablar de fallas de seguridad. Hay una constante en la historia de la humanidad (que no empieza en California), y es la quema de libros y documentos por quienes, acto seguido, se convierten en quema personas. Sin metáforas. El orden. El orden puritano. Las normas morales. Y la banalidad del mal de quien obedece a un algoritmo (habrá que ver si el algoritmo está hecho a semejanza de un dios). Dejo el texto, que era un vuelapluma y ahora tan solo una precuela de la nueva censura de unos post-estúpidos.
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LA MÁQUINA

Al abrir el ojo tenía un aviso en la pantalla. Algo había hecho el día anterior para enojar a la máquina. Por la noche, en algún lugar del mundo, un tribunal le había retado y aplicado una leve condena por conducta impropia. Pensó que era una mierda empezar el día sin estar conectado con la película del mundo. Era su rutina. La ducha, el mate, los cigarrillos y la pantalla con los amigos desconocidos que publicaban pelotudeces que, sin embargo, le daban la contención de no tener que mirar por la ventana. Se espabiló para leer la sentencia. Era una pavada. Un álbum de fotos de unos indios en pelotas. ¿Y cómo quieren las máquinas que se visibilicen los indios?, se preguntó. Si publico fotos de indios vestidos los transformo en desheredados de los conurbanos, argumentó a sabiendas que el juicio ya había pasado y lo suyo era tan solo una defensa a destiempo. ¡Putas máquinas! Hay que transar. Ni eso, cumplir. En otros tiempos, cuando las opiniones se dirimían voz a voz, mirada a mirada, trompada a trompada, todavía cabía un recurso.

El mensaje de la sentencia es claro: autocensuráte. Eliminá los desnudos que van contra la norma. Así que repasó las imágenes. Estaban buenas. Eran de Sebastião Salgado. Brasilero. Con una mirada más que interesante. Discursiva. A pesar de conocer bien su obra nunca había reparado en la desnudez de alguna de ellas. ¡Qué pelotudo!, no excitarse como le ocurre a las máquinas cuando ven un cuerpo desnudo, ironizó. Máquinas con logaritmos lascivos, rio. Camuflados en el mato, en su hábitat, las personas se desvelan posibles. Sus cuerpos útiles.

El álbum es una serie sobre personas, Vecinos, tituló. Blanco y negro. Desde hace años le acompañan dos reproducciones que indefectiblemente cuelga en las habitaciones que ha ido habitando. Una es de un garimpeiro en lo alto de una de las cientos de escaleras del garimpo. Carga un saco con, quizás, su fortuna, sujeto a su frente por una cuerda. El cuerpo semidesnudo no excita a la máquina. Son partes sujetas por una tanza invisible llenas de barro. Apariencia humana. Desgarrada. Pero tiene un short. Y es decente mostrar la esclavitud si cubre su sexo. El garimpo, los garimpeiros tiene el beneplácito electrónico.

La segunda imagen que le acompaña lo lleva a una orilla de Pakistán. Trabajadores del desguace de barcos que nadie quiere. Sus turbantes, probablemente en breve, tampoco le harán gracia a las máquinas. Se está procesando un nuevo logaritmo. Por ahora, sus rostros ennegrecidos de hollín y lodo de sentinas son máscaras de un carnaval veneciano. Paralizado el tiempo, sus ojos y labios claros simulan un macabro antojo de estilista. Están vestidos, aceptados.

Resetea. La máquina insiste. Vuelve a resetear porque le jode. La máquina debe estar en la hora de su café y le muestra un cartel preguntando si las imágenes están ok. Él le contesta tocándole el botón: siguiente. Y vuelve la rutina. Le ha eliminado fotos y en algún archivo de algún valle, la reina máquina guardará el día y hora que desde su dirección se le ocurrió mostrar a los Vecinos. Si se comporta, nada ocurrirá. De lo contrario, saldrán todas sus incorrecciones de una vida gris y anodina enganchado a una máquina.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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