El amor te deconstruye

Naufrago1

A Ventura le gusta nadar. Alejarse. Regresar. Perderse en sus batallas internas mientras bracea. Estuvo entrenado de botija, pasó a la reserva y ahora, maravillosa oportunidad, vuelve a disfrutar de su cuerpo como una quilla que surca el agua. A los náufragos no les gusta nadar, piensa. Se aferran a su bote como si fuese un pedazo suyo de tierra. Lo transforman en un bote político, una propiedad. Suya. Una más. Y rechazan, cree, al océano transformándolo en un decorado hostil. ¿Qué culpa tiene el océano de su naufragio? Ninguna. Entonces, ¿por qué evitar disfrutarlo? Ni el bote ni el océano son propios. La oportunidad, sí. Supone Ventura. Y nada, además de remar, tocarse las pelotas, divagar y dormir, nada mientras remezcla sus quilombos mentales. ¿Una propiedad?, se pregunta. Como el amor malentendido. El experimentado que viene de fábrica. El que se proclama propio con un te quiero. El encontrado como complementario. Menudo egoísmo. Es mejor pajearse, se ríe. La media naranja para hacer una completa. Pero como a uno le gusta, no con distintos sabores. Más onanismo. El amor porque te da lo que queres. El que opina y siente como vos. Hasta que se pone un mostrador en el medio y se salta y chau, ya no siente ni opina como vos. El amor como arma política, o religiosa porque para muchos se eleva a la otra persona a una metafísica y pelotuda existencia. A un dios. A una diosa. Y cuando se gasta se compra otro. Bien. Pero a casi ninguno se guarda como un pullover viejo y roto que sos incapaz de tirar. Ventura, lo tiene claro. Hace años. Ahora, las circunstancias casi de laboratorio, asépticas con el ruido o el roce, lo confirman: se olvidó de todas las personas con las que convivió. Es incapaz de recordar aromas, texturas, palabras. Ni las sueña. Podía ser el inconsciente. No. Hasta confunde la cronología acaecida. Y no suele hacerlo. Con todas, menos una. Y, ¿por qué? La respuesta es sencilla: fue a la única que amó respetando su otredad y hacerlo, le obligó a deconstruirse. Visto realmente, a perder. Pero amar es perder. De verdad, dice por si lo escucha su escualo despistado: “te explico, me agarró veterano, cosa lamentable porque me podía haber agarrado de pendejo. Aunque, por lo menos, me agarró. Digo, estoy seguro que, por mayoría abrumadora, no le ocurre a las personas. Y no ocurre porque el amor se inocula como capitalismo puro y duro. El amor como propiedad. Dicha la pavada, la mano es que era una y muchas a la vez. Todos somos muchos y no uno solo. De entrada, nomás, en un motel de carretera en un sitio llamado Punxin, un telo propio de los hermanos Cohen o de Jarmusch donde el exceso de nieve y grises se muta con otro exceso de verde y grises, con ese punto sórdido que excita, por lo menos a mí, después de sudarnos hasta la extenuación, cigarrillo en la boca y contemplándonos bajo el espejo del techo, y tras avanzarnos algunas de las muchas cicatrices que portábamos, acordamos que ninguno haría pequeñas renuncias. Que los acoples, no. Las cesiones, tampoco. ¿Te parece fácil, tiburón? ¿Lógico? Puede ser. Debería ser. Bueno, supongo que esa funcional y política figura de la familia, como poco, sería distinta. Sería petulante contarte cómo lo llevó ella. Lo mío fue un quilombo. Ya sabes, venís cada día a curtirme nadando en círculos y te vas agotado. Todo el relato construido durante años se hizo añicos. Estuvo bárbaro. Solo que cada vez que la dejaba, mi cabeza procesaba la sorpresa de ese día. Cada día una interrogante. O una respuesta. O un desacuerdo. Después repensado. Y nada en ella, digamos, era normal. Es. Está viva, creo. Tampoco anormal. Tecnicolor. Contradictoria. A veces. Ciertamente, teníamos similares intereses: la curiosidad. Una loca linda. Difícil mantener erecto al ego. Y alguna vez hasta preguntarse sus porqués para estar conmigo. Y lo mejor es que sin quererlo, me quité todo el cemento acumulado. Y por ahí, volví a recuperar esos pedazos de mí que estaban acostumbrados a perder mis batallas internas. Y sí, te preguntás, un día te pongo nombre marrajo grande, qué pasó. Me fui. Solo físicamente. La crisis, desocupación, el deber hacia los gurises, un empleo prometido. La parte que me hace remar. Hace seis años, loco. Y siguió siendo ella. No podía quedarme. La balanza trucada, la dependencia, habría quebrado al amor. No me rondes con esa aleta podrida de tiburón veterano y escuchá. Volví, pero, el ruido había podido más. Mentira la verdad. Y ella se transformó en un ectoplasma dentro de mí. La peleo, como siempre. Me sorprende, como siempre. Y yo me descontruyo, como desde que la conocí. Y aunque se han acercado otras personas, me he vuelto algo así, no igual, como el tipo que inspiró el tango “Uno”, vivo presintiendo, sabiendo que las pequeñas renuncias no son honestas. ¿Acaso, un halago, un me gusta, un compartir, un bien ahí, no deja de ser coyuntural, falso, hipócrita, no deja de estar superditado al cumplimiento de unas expectativas, de unas normas, de un fin para hacerte parte de un otro, entero, sin matices? Las personas se aman a sí mismas. Aman proyecciones propias que les reafirmen. Las incertidumbres no forman parte del cuento.” Para cuando terminó el speech mañanero, el tiburón estaba en Kamchatka, por lo menos. Ventura le preguntó a una ella ausente si era verdad lo narrado, si el amor te deconstruye. Ella, con su voz atropellada, le dijo, “Malvino, te fuiste. Un beso… Un beso enorme”.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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