Pinball

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Los pinball, “la máquina”, lo tenían todo: agilidad, habilidad, ruido, colores, resistencia y victimismo con figuras a las que odiar. Eran para diestros y brutos, refinados y rudos, legales y tramposos. Y, con un poco de suerte, un entretener el tiempo barato. Si preguntásemos entre las personas que arañan el medio siglo, habría un número importante que les gustaría incorporarlos a su diaria. Sería un mala noticia para el vecindario. Tiene un punto de manejar durante quilómetros, que atrapa. Incomprensible su paso a retiro. Las mataron su presencia en los bares. Y los salones recreativos, para las buenas gentes de la sociedad, eran lupanares donde convivían con billares (el cine con su romanticismo rebelde ayudó para asustar a los bebedores de gaseosas, víctimas propiciatorias de los jueguecitos actuales fomentadores de autistas sociales). Hasta el tipo que cambiaba monedas y vendía fichas, con su cara de repugnante, mirando a la calle como un imposible, terminaba por tener nombre. Y manías. Y era bueno saberlo para intentar engañarlo con el cuento de la máquina estropeada que tragaba monedas. O para poner cara de pelotudo cuando sonaba el golpe seco contra el metal y la desgraciada marcaba falta. Tilt. Aprender idiomas. Tener estilos. Imitar a los mayores desde el inicio. Retener el tirador para darle fuerza. Ser sutil para embocar por la entrada que daba la partida. Golpear por pura guapeza sin tirar del resorte, a costa de marcar la palma de la mano con el metal. Juego en equipo o solitario. Con espectadores de incómodos comentarios. En pareja. Una vos y otra yo. Jugar con la gravedad dándole, dándote, oportunidades con los flippers. Y, mejor, in extremis, pellizcando la bola metálica para volver a la parte alta del tablero al reino de los bumpers, no sin antes, empujar ligeramente las fichas para verlas desaparecer. Y volver. Significado de estar vivo. Y allá arriba, en el entrevero de esos estúpidos hongos, presa por las esquinas como una cadera deseada, hacerla bailar. Y con el cigarrillo colgando de los labios.

 

Bailar sus metálicos sonidos, golpetear con desconocida y excitada escenificación bondage y hablarle, era planos continuos de un salón recreativo. Inocente indecencia para las viejas de crucifijos ocultos bajo sus almidonadas enaguas. Cada máquina, una temática. El pinball apareció otra vez por mi ventana sobre los techos de una vieja ciudad vieja, el domingo con las idas y vueltas de la posible liberación de Lula. Era una buena noticia. No lo fue. Pareció serlo. Rebotó entre bumpers y terminó cayendo por el agujero. Hay más bolas, no es game over. Y en las fichas para golpear salía la cara del juez Moro. Golpista de toga. No Temer (en mi imaginación lo sitúo en una cascada de monedas sin cara). Sí otros a quiénes apuntar con los flippers como la banda de los Le Pen, gritando por una Francia campeona de fútbol gracias al 80% de descendientes africanos, al sangriento joker de Matteo Salvini, al agujero oculto donde guarda la plata el emérito rey de España (si el jefe del estado no confía en su país, bueno, al diván quién lo justifica), al pinball perfecto, Donald Trump (de éxito garantizado), o Putin u Ortega, que no es perfecto pero se merece bajarle alguna ficha y así, sucesivamente, bola a bola, con tosco estilo propio.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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