Sexo ilegal

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A mediados de los 90´ del pasado siglo, apareció el chip para los perros. Las excusas (véase, argumentos de venta a la opinión pública), eran la prevención sanitaria, la lucha contra el abandono y la eficacia en la recuperación de un animal extraviado. Es decir, la razón, la ignorancia y el servicio. Impecable. Tanto que rechinaba esa inmaculada herramienta que ahora viene de serie cuando copulan los cánidos. Los perros, sobre todo para los urbanitas, se han convertido en juguetes peludos, antidepresivos con patas y hasta animales presidenciales. Y aquella medida, hoy normalizada, tenía/tiene toda la pinta de un banco de pruebas, de una acción socializante, paso previo para la aceptación de llevarla a cabo en las personas. Y seguro que, cuando se produzca, será aplaudida por su eficacia (¿alguien recuerda la polémica de las cámaras en las calles que invadían el derecho a la intimidad?. ¿Acaso hoy no es el primer reclamo ciudadano para temas de seguridad como si de un antibiótico de amplio espectro se tratase?).

En el 2015, una serie de fundaciones de entidades financieras y corporaciones españolas, a las que solo le suponíamos su papel de herramienta fiscal, se embarcaron en un proyecto de reconocimiento biométrico para censar a la población infantil en situación de calle en países con otro desarrollo en Asía y América. Una población estimada de 150 millones de infantes. El argumento: dar cobertura a las ONG´s en su trabajo, sobre todo sanitario y educacional, y evitar la duplicidad de historiales. Con un teléfono, cualquier asistente (voluntario en prácticas de exotismos estivales), podrá sacar una foto de la persona en situación de calle y acceder a un banco de datos con la filiación y patologías, así como el historial de servicios recibidos. Es decir, un estado dentro de muchos estados. Porque la base de datos en constante creación es privada. En diez, quince o veinte años, sin la necesidad del chip canino, existirán equis millones de personas cuyos perfiles personales serán patrimonio de unas fundaciones y estarán bajo su control como moneda de intercambio. Ciertamente ahora cedemos voluntariamente a las redes sociales (por favor que no nos excluyan que es como prohibirnos el paso a los bares de tendencia), una serie de datos, pero no vamos tan lejos como, por ejemplo, en nuestro historial clínico.

El 1 de julio del presente año (el tiempo avanza hasta llegar al “orgasmatron” previsto por Woody Allen), en Suecia rige la ley que obliga a dar el consentimiento explícito para tener sexo a través de una aplicación de móvil. Es decir, un integrante de la pareja, trío o, que cada uno ponga el número, tome el teléfono, abra una aplicación y ponga su firma digital bajo la frase “sí quiero” antes de continuar dando riendas sueltas a la libido. La argumentación: el principio de que las relaciones íntimas deben ser libres y que los involucrados deben expresar fehacientemente su acuerdo, sea de forma verbal o no verbal y, sobre todo que, la pasividad ya no podrá interpretarse como un consentimiento silencioso. Y allá va para “la nube” el consentimiento donde se registra y acumula nuestra intimidad.

Descartada, parece ser, la necesidad de hablar y compartir, de mirar y curiosear las reglas no escritas sobre el relacionamiento humano y de éste con el entorno, que debería ser natural en el aprendizaje desde la infancia, sobresaturados de conocimientos medibles y a examen, crecemos personas incapaces de tener criterio, pero sí muy funcionales. De ahí el éxito de las tecnologías como herramientas de control. Y deberíamos considerar un fracaso que si de nuestros roces de la diaria no hemos sido capaces de mostrar que significa un animal que convive con nosotros, que es más importante que no existan niños en situación de calle que registrarlos eficazmente o que entre personas, llegados a la estupenda situación de intimidad, el respeto es excitante porque lleva implícito el descubrimiento de otra piel, amada o no.

Quizás nunca me vea en la situación de ver que tras quitar la espoleta del deseo, que es mucho más compleja y entreverada porque hablamos de personas, entre besos, caricas y cierres al tacto, alguien saque un teléfono para que firme una autorización y así continuar como si tal cosa. Esperpéntica situación, opino. Y si la cosa se pone salada y se normaliza como el chip en los perros y la biométrica en los niños pobres, habrá que recurrir al sexo ilegal, sin firmas, con el único y tradicional consentimiento de la mirada.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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