Un comienzo

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Cuando el tren se fue alejando de la estación, a Ventura se le quedaron cortos sus 17 años en medio de los andenes vacíos. Aplastado por el sol de octubre, liofilizado por el temor a quienes minutos antes tan solo eran personas en un paisaje y ahora semejaban miradas hostiles, se planteó una estrategia para sobrevivir en Marrakech. 1977. Pocos viajeros. Hippies europeos irredentos, ojeadores curiosos y soldados prófugos de Vietnam a la espera de un indulto. Canutos y una guía de Ajoblanco. El camino hasta ese andén había sido constructivo. Primero la curiosidad conversada entre dos amigos. Guillermo y Ventura. Música, literatura, joints (siempre con el previo smoke a) del Líbano, Afganistán y Ketama, revoluciones inconclusas ajenas a organizaciones facilonas y castrantes y ansías por mirar tras del horizonte. Después la necesidad vital de salir, de encontrar algo más que rutinas. Descargar camiones de fruta, trabajar en una fábrica de bloques de cemento o vender sangre. La plata, el viaje. Viajar con menos de lo imprescindible era obligado. Galones de adolescencia. Mochilas, latas de conserva, un plano de Michelin y mucha información en la cabeza. Tren o dedo. Algeciras y por fin Tánger. Ibn Batutta, el muelle y descubrir que era más diferente de lo imaginado. El primer Mohamed nunca es bueno. El suyo, tampoco. Es el único pícaro del viaje. Una pensión en el souk llena de aromas y vergüenzas. Desvirgados, la ruta era hacia el sur. Grandes momentos gratis y frescos. Formaban un buen binomio. No les costó ser viajeros invisibles y penetrar en muchas diarias a las faldas del Atlas. Eran esponjas fascinadas. Comidas, colores, costumbres, dagas a las cinturas y velos discretos.  La información y la intuición. Un buen binomio. Hasta el final, cuando Guillermo tomó ese tren rumbo al norte. Ventura supo, entonces, que era un comienzo. Hasta ese momento había varado varias veces con una sisga en la mano para lanzar con la certeza de que alguien la agarraría. Ahora, no.

Salió de la estación y se encaminó por la avenue de France en dirección al camping con su mochila, el saco de dormir, una hogaza de pan, un salamín y un paquete de cigarrillos Gauloises. Necesita un espacio conocido para improvisar una salida. Y la encontró. Recordó que unos días antes se habían cruzado con dos tipos y que uno de ellos llevaba una camiseta con el escudo de Uruguay. Ciegos de canutos, aquella visión de un tipo con rasgos chinos vistiendo una camiseta así, les produjo risas y comentarios jocosos sobre un mundo chico, fácil de invadir. Los localizó con la esperanza de que hablasen español. Error. Igual se entendieron. Las lenguas se flexibilizan cuando el fin es la comunicación y no la supremacía. Llevan cinco días en Marrakech y todavía estaban en la tapa del folleto turístico. Viajaban en una Renault 4. Un ingeniero belga y abogado yanqui. El chino. El chino de Boston. Visado para 40 países. Se habían encontrado en Bélgica y recién arrancaban por África. Jeff y Paul. Unos meses antes, Jeff había estado en Uruguay. Lo mezclaba en sus recuerdos con otros lugares. Su plan era de dos años. Envidia, sintió Ventura. Por un rato. Después hablaron de la ciudad, de sus rincones, de sus horas y la desconocían. De ahí vino el trato: enseñársela por comida y un catre para dormir. Y algo de plata, aunque eso fue como una propina. Jemaa el Fna, nocturna, musical, ahumada, saltimbanqui y boxeadora les quitó el miedo y la hicieron propia. También el laberíntico souk, que Ventura y Guillermo habían descifrado entre sukraan y precio for students y ba lak gritados para abrir paso, se les iluminó y lo disfrutaron hasta el último regateo. Eran turistas. Estando no estaban. Picaban el boleto de la ciudad y marchaban a otra. Ventura les enseñó que el hachís estaba 50 metros más allá en el camping, que aquellas voluptuosas italianas en topless eran los ganchos del camello y quizás algo más, pero eso lo solucionaba cada uno. Los escandalizó cuando les llevó a los otros jardines de la Menara, la piscina municipal, llena de turbias aguas, musgo en su fondo, de viajeros colocados y de viejos pedófilos alemanes excitados con los muchachitos a golpes de dírhams. La ciudad tiene de todo, no solo vestigios, torres y boulevares afrancesados para dar paseos en carrito de caballo. Ventura se descubrió a sí mismo mientras enseñaba lo que no le era ajeno. O no. La mirada no había formado parte de su discurso encontrado en los libros. O sí. Y ahora en el bote, lo recuerda como un comienzo. Estar solo sería una constante intermitente como la malaria. Un naufragio del cual sólo él se rescataría. Y tras dos días remando bajo la lluvia, endereza el rumbo cuando se queda dormido.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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