La pieza

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Existen sensaciones que suelen repetirse. O eso cree Ventura. Una es la llegada obligada, o el arranque inevitable, o lo que sea, que recoloca las necesidades tectónicas de continuar viviendo en otro lugar. Es una sensación desoladora: una habitación desconocida que es una guarida nueva que deberá aprender, reconocer, hacerla propia sin presentir el tiempo que lo contendrá. Ese instante, esa bajada a tierra, le ocurre al encender la lámpara de la mesita de luz y observar su nueva pieza llena de sombras. Ningún relato propio con el que entretener la mirada. Tan sólo, objetos que el tiempo y la desidia han colocado para estar sin ser usados. Objetos que nuncan fueron de alguien, que son atrezzo.

La siguiente pesadumbre a driblar es la escandalosa y plana luz del baño que invade la pieza como si fuese un haz de luz del Solís. Ya irá para comprobar que la persona que introduce, siempre hay alguien que lo hace, miente o, cuando menos, exagera con el estado de las cosas. Seguro que el óxido corona los desagües de la pileta y la bañera, que los ribetes del espejo son años mal llevados, que el bidé, si lo hay, no tiene ducha y solo le preocupa que el váter no chorree agua para conciliar el sueño sin ese sonido de gotas.

Cuando se cierra la puerta del acto de presentación, solo queda tirarse bocarriba en la cama y pensar que algo empieza mientras se repasa las humedades del techo que son un cielo nublado lleno de formas a encontrar. La pieza, entonces, se transforma en la conjunción entre los motivos la llegada y el devenir, más o menos, incierto. Fuera, la ciudad y sus dinámicas, el campo de batalla. Dentro, sin escrúpulos, usar lo mil veces usado, dormir donde muchos antes han dormido, pisar alfombras gastadas y hacer caminos con el óxido. La trinchera.

Ventura conoció demasiadas piezas. Todas en las extremidades de las casas. Sótanos, cuartos junto a garajes, y bajocubiertas reinventados para almacenar y vivir. Algunas, hasta con minúsculas cocinas y entradas independientes. Poco o nada de relación. Se ha olvidado de todos los nombres que una vez intercambiaron saludos con diferentes acentos. Las piezas no son para juveniles. Cada uno con su historia en el bolso, con sus temores escondidos con adustas gestualidades. Correctos. Nada más. Recuerda las ciudades y los barrios vividos, aunque confunde el nombre de las calles. Son tramos de meses a la espera de salto. El siguiente paso. Si llega. O si vuelve a la casilla de salida. Introducciones que, en alguna ocasión, se le hicieron largos.

En el bote sonríe satisfecho porque haber sido parte, como cul de sac, de una sociedad espantosa, como todas, donde los límites los marcaba uno mismo. El bien o el mal, los otros, el contexto natural o artificial, no lo marcaban las maquinas. El algoritmo. Una sociedad pésima pero no peor que la dejada atrás en el naufragio. Quizás más conflictiva, de mayor confrontación. Más alimenticia, en su opinión. Y el bote, sin mesita de luz para las sombras ni baño con luz plana para cegar, sin querer, se está transformando en hogar. En el medio del océano, pero hogar.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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