Orientado

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Un tiempo antes que su vieja le mandase la valija con algo de ropa para sellar su no pertenencia a la familia, Ventura, que era Venturita, descubrió que el paisaje circundante puede ser parte o, tan sólo eso, paisaje construido. Sentado en el zaguán de los López, esperando a que despertasen y lo convidasen con un mate con bizcochos, las personas, los ómnibus y las casas eran gigantes que lo observaban. Primero amenazantes. Después compasivos. Al final, iguales. A sus doce años los terrores convivían con la osadía y las hormonas descontroladas. Y puntual, a las siete de la mañana, la abuela de la casa abría la puerta y le acariciaba la cabeza. Unas monedas, comprar los bizcochos en la panadería y su nueva normalidad. No había preguntas. Solo mate y bizcochos y la sonrisa de Esther. No muy lejos, en sus paseos de descubrimiento montevideano, le intrigaba el porqué de la casa de Onassis, siempre impecable y cerrada, siempre tan distante Grecia, nunca citada en las revistas que especulaban sobre los motivos de la Callas, primero, y ahora de Jacqueline, irredenta a los Kennedy, para estar y amar a ese hombre feo y bajito. La conclusión era la plata, su inmensa fortuna que un día comenzó a forjar en la vecina costa rioplatense. Y como le interesó, averiguó. Y la historia le fascinó. Compartían paisajes, construidos y humanos. Casi a la misma edad, Aristóteles llegó a Montevideo cuando su destino era Buenos Aires. Sin plata, con los mismos miedos vago por la ciudad hasta la noche. En la plaza más disimulada eligió un banco para pasar la noche en el mismo momento que otros López paseaban su felicidad nocturna. Sus grandes ojos observadores lo delataron. Los gigantes le rodeaban. La pareja no pudo evitar el sentimiento. Y entre griego y uruguayo, que es español pero no es lo mismo, se entendieron. Sin chistar se lo llevaron a su casa. Durante días el calor le dio fuerza. Pero él iba al Buen Ayre. Y los López, que no eran apropiadores, le facilitaron el billete para su destino. Esos días nunca cayeron en el olvido. Vino el contrabando, los barcos hundidos y la naviera en Grecia. Y la Callas y Jacqueline Lee Bouvier. Y la casa en Montevideo, nunca visitada. Y le llegó la muerte bajo sospecha. La lectura del testamento de ese feo bajito, sorprendió en un párrafo: una importantísima cifra era consignada a los herederos de aquellos López. Dicen sus allegados, que mil veces había relatado la historia. Ni la distancia ni el tiempo cortaron el lazo tejido aquella noche. A su forma, claro. Cada cual tiene sus formas. Son las corazas templadas contra gigantes, fáciles de abrir a los sentimientos. Ventura miró a su horizonte circular con la certeza de estar bien orientado, nunca perdido aunque irresolublemente solo. Y remo un rato en su naufragio.

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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