El poder no cambia, revela en el Circo Beat

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Una gran carpa se ha instalado en la esquina de ahí al lado. Es el Circo Beat. O eso creo. Su música invade los balcones y la muchachada estalla en algarabío para encontrar a sus personajes favoritos enfrentar a los malos, también, favoritos. Detesto el circo. Me gusta su provocadora presencia. Sus personajes ensayan una y otra vez para sus puntuales funciones. En los carteles pintados con llamativos filetes, Pablo e Irene, se aprestan a mostrar cómo su control mental desvía los cuchillos en la rueda donde están atados y que gira, gira. Un número que excita a la platea. Los lanzadores son archienemigos conocidos. Mucho antes, fueron ellos el objetivo que giraba y sus oídos los que capturaban el zumbido sórdido del acero cortando el aire mientras la tribuna popular disfrutaba del espectáculo. Al fondo, entre tinieblas, Fito toca el piano proclamando que es todo es parte de la “psicodélica star de la mística de los pobres”.

Invertidos los papeles, ambos, pasado y presente, se tornan iguales. Quizás, igual futuro. Ambos, abrazaron el inconformismo y la capacidad para el verbo fácil para destacar de sus congéneres. Ambos, entendieron que eran profesionales. Ambos, por fin supieron acceder a la normalidad de una retribución en “justa medida” a sus cargos. Y si el pasado destila tufillo a rancio, el presente va por el mismo camino. Cosas del circo. ¿Ya dije qué no me gustaba? Eso.

Y Fito sigue cantando sobre la mística de los pobres, “de misterio, de amor, de dinero y soledad. Yo no vine hasta acá ayudarte buscando cobre. Mi pasado es real y el futuro libertad”, concluye la primera estrofa. No le falta razón. La historia no es solamente lanzar cuchillos a una diana móvil, es sustituir el circo. O reinventarlo. Más justo, equitativo, sostenible, posible. Europa es perfecta para aconsejar a la periferia. Terrible para mirarse en su espejo. Se reclama, aconseja y hasta penaliza lo que, fronteras adentro se hace con total normalidad. Se dice, impúdicamente, que sus actos son frutos de “un plan de vida para criar a sus hijos”, en ese suponer que lo material les ayudará a ser mejores personas (ciertamente, tendrán otras oportunidades en la vida, no sé si mejores). Y resulta penoso que personas que se proclamen progresistas, hayan llevado una vida de mierda sin encontrar esa mirada, gratis y alimenticia que lo vale todo. Que no hayan disfrutado de los avatares de una vecindad multicolor, biodiversa y poliaromática. Bueno, sus hijos se lo perderán. Como se lo han perdido los hijos de los otros, los del pasado, devenidos en vetustos cuerpos solo aptos para la acumulación, esclavos o dependientes de lo material en cualquiera de sus formas (resta por saber quién pondrá la voz en la nueva versión del “Spain” de The Stranglers, con su deseo de una casa para todos los niños españoles alegre, con cariño y juguetes…).

Y antes de finalizar la función, redoble y fanfarrías, el público decidirá si son o no ensartados. Pero en el circo, todo tiene trampa. Un siguen vivos es rápido y definitivo. Un mueren es enfarragoso, complicado, mendicante de todo lo que la sociedad se perderá sin ellos, de la necesaria reorganización del organigrama, de la búsqueda de nuevas figuras para los carteles fileteados. Vivirán, seguro, está medido y planificado. El espectáculo continuará.

Decía Mujica, con el que todos están dispuestos a hacerse un selfie (quizás con una camiseta del Che y los rostros e ideas distorsionados por la lente), que: “el poder no cambia a las personas, solo revela quiénes son”. Una verdad repetida muchas veces en esta neófita democracia. También dice, que no es pobre, que tiene el tiempo para la felicidad, que su casa es el espejo de las casas de la mayoría de los uruguayos. Y es verdad, aunque en las imágenes no se capte el olor a Primus. La vida es una carrera de fondo y algunos sólo piensan en la milla en este Circo Beat que el otro día han vuelto a instalar en la esquina de ahí al lado.

 

 

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Publicado por

carlosdeus

Periodista independiente

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